El toque de Satán
Capítulo 2
SU RENGUERA era casi imperceptible al bajar las escaleras. El tiempo húmedo sensibilizaba la zona llena de cicatrices en la parte de atrás del muslo, y había mucho tiempo húmedo en Cork. Sintió la punzada de la ciática, pero había aprendido a no hacerle caso. Recogió la correspondencia, la llevó a la cocina y la dejó sobre el armario.
—Listo el café —Anne Heyden levantó la cafetera y él se sentó a la mesa inmensa. Los pájaros jugaban más allá de las grandes ventanas georgianas, los árboles y arbustos estaban llenos de ellos.
—Se comerán las peras antes de que nazcan — dijo él revolviendo el café.
—Déjalos. Alcanza de sobra para nosotros ahora que los niños son grandes. Pobrecitos, deben de estar muertos de hambre. — Tenía el cadencioso acento de Cork oriental que todavía le agradaba, después de tanto tiempo. Años de vida en Londres no pudieron quitárselo.
Sonrió, observando a los pájaros panzones. En ningún otro lugar se hallarían pájaros tan bien alimentados, pero su esposa seguía preocupándose por ellos. Y el perro y el gato y el burro. Habían dejado de criar gansos cuando el perro, un pelo de alambre, decidió mezclarse con ellos. Fue como una nevada, con lluvia de plumas y gansos desnudos aleteando y tratando de conservar la vida mientras el perro corría con una sonrisa estúpida en la cara, las mandíbulas llenas de plumas, como si le hubiera crecido una barba blanca.
Jack Heyden sonreía mucho en esos días. Eran felices juntos y la fábrica que construyó iba bien. Ahora empleaba a cincuenta hombres.
—Veamos la correspondencia — dijo sin entusiasmo. Era difícil definir su acento. Aún se discernía el alemán, aún confundía algo la v y la w. El resto era una mezcla de acento inglés e irlandés. Había pasado unos quince años en cada país.
El ritmo era más suave aquí; las presiones no tan intensas. Inglaterra era como Alemania, donde la competencia era feroz. No había lugar para un hombre que se contentaba con una retribución razonable. Las otras compañías trataban de sacarlo a uno del mercado o de absorberlo.
La casa estaba situada en casi dos hectáreas y media de bosque y arbustos, sobre la carretera Cork-Killamey, y al norte y al oeste tenían la acuarela púrpura de las montañas. La fábrica quedaba más hacia la ciudad de Cork, de fácil acceso para los moradores de la ciudad y del campo.
—Nos invitan a una recepción — dijo él, alcanzándole una carta a su esposa.
Anne Heyden la miró, ordenándose con gesto inconsciente el pelo algo canoso. Todavía era una linda mujer, de ojos muy claros y brillantes.
—Bien —dijo—, nada menos que el gran hombre en persona. ¿Hay que ir?
—Debemos ir. Tiene intenciones de abrir algunas fábricas aquí. Con el desempleo que hay, se necesita mucho ese, trabajo.
—¿Por qué nosotros?
—Han invitado a todos los hombres de negocios locales. Querrá que aprobemos lo que hace.
—No tengo nada que ponerme.
Él sonrió.
—Nunca tienes nada que ponerte. Ve a Cork y cómprate algo.
—Fabuloso —lo miró con coquetería —. No eres un mal hombre, Jack Heyden.
Jik, el pelo de alambre, entró corriendo en la gran cocina moderna. Rápido y alerta, andaba en busca de algunos tobillos para mordisquear.
Anne Heyden observaba la carta.
—Es un muy lindo hotel, pero demasiado chico para un multimillonario.
—¿El River? Seguro que lo ocupó todo, como hizo el presidente alemán en Galway. Es fácil para la seguridad.
—¿Y para qué quiere seguridad?
Jack Heyden empujó la silla hacia atrás y se puso de pie.
—Tengo que irme. Un hombre como ese siempre necesita seguridad, aunque más no sea contra los empujones de la muchedumbre.
—Bien. —Se puso de pie para arreglarle el cuello a su marido —. A nosotros nunca nos pondrán seguridad.
Sonrió otra vez.
—Ya la tenemos. Él solo tiene dinero.
—Y una loquita inglesa de amante, por lo que he oído.
—Puede ser una buena chica — se pasó los dedos por el pelo, aún abundante y negro.
—Quizás tengamos ocasión de averiguarlo. Tendré que comprar un buen vestido, Jack, con gente así.
—Podrías ir como estás… —Esquivó el golpe que ella le tiró y salió de la casa riendo.
Desde el punto de vista de la seguridad, el hotel no era difícil de vigilar. La entrada principal daba a una calle lateral, al nordeste de la calle Patrick, y los fondos a uno de los muellecitos frente al río Lee en el punto en que se separaba en dos. La parte de atrás del edificio brillaba contra la suciedad del muelle descuidado. La entrada posterior era por unos viejos establos que habían sido convertidos en estacionamiento para autos.
Dos de los guardias desarmados de Ted Cooper estaban en los establos con un detective de civil armado, de la comisaría de Garda en Union Quay. Era imposible que entrara alguien por atrás sin ser visto y revisado. Al frente la situación era más difícil por la gente que entraba y salía. Había dos detectives armados y otro en el vestíbulo. Eran hombres bien entrenados en técnicas antisubversivas y guardaban un fichero mental de fotografías de los terroristas conocidos. Ted Cooper tenía un hombre afuera y otros dos confundidos con la gente en el foyer. Cinco en funciones a la vez era lo más que podía hacer.
El hotel tenía treinta habitaciones, de las cuales cinco fueron convertidas en oficinas. Había un gran comedor y éste, junto con un comedor informal más pequeño, fue readaptado para la recepción.
Eric Ashley y Herb Stahm estaban en una de las oficinas temporarias.
—Supongo que tendremos que continuar con esta farsa — Stahm no parecía muy convencido.
Ashley levantó los ojos de los números que revisaba en el viejo escritorio que le habían traído.
—Necesitamos la buena voluntad de esta gente, el apoyo de la comunidad. Hay que convencer a los hombres de negocios locales que no representamos un peligro para ellos. Y que necesitamos el apoyo de los sindicatos. Quiero subsanar los problemas gremiales antes de empezar. Hay grandes ventajas impositivas aquí, Herb. Podemos canalizar desde los Estados Unidos. Empecemos haciendo las cosas bien. Los irlandeses no se dejan atropellar. Hagamos que nos acepten.
—Nuestros especialistas están aquí. Podrían haberlo hecho ellos.
—Claro. Pero la buena voluntad necesita el toque personal. ¿Qué te pasa? ¿Qué le pasa a todo el mundo?
—Quizás estemos preocupados. ¿Cuánto piensas quedarte?
—Alrededor de diez días. Debo ir al pueblo de mi madre, cerca de Bandon. Y podríamos tomarnos un descanso. Paula quiere ir a los lugares turísticos de Cork Occidental y Kerry si se puede. Yo también.
Paula. Siempre Paula. Stahm no dijo nada. A veces le parecía que ella había asumido algunas de sus propias funciones. En ese momento entró en la habitación. Involuntariamente Stahm contuvo el aliento y se vio forzado a decir:
—Está preciosa, Paula. Una maravilla.
Era cierto. Llevaba un sencillo vestido de seda blanco, largo hasta el piso. Sin alhajas. No demasiado ajustado, con vuelo para permitir el paso. Tampoco estaba demasiado maquillada. Se había peinado de alto.
Ashley se puso de pie y sonrió.
—¿Cómo diablos haces?
—Pago precios exorbitantes por mi ropa. No me puse joyas porque no quiero parecer demasiado sexy en una recepción como ésta.
Ashley rio.
—Tu problema es tratar de evitarlo. Estarías preciosa vestida de arpillera — se habían reconciliado del roce de hacía dos noches en Dublín. Ninguno de los dos había vuelto a mencionar el asunto, por motivos muy diferentes.
—¿No deberíamos bajar? —Su elegancia hizo que Stahm se sintiera incómodo una vez más. Eso era otra cosa que lo irritaba. Todas las demás damas siempre llegaban tarde y algunas hacían una escena si se les hacía notar. A Paula nunca se le hacía tarde. ¿Por qué no podía ser como las otras?
Dentro del hotel los fotógrafos estaban prohibidos. Los dignatarios locales que esperaban ser fotografiados con Ashley tuvieron que conformarse con fotos fuera del hotel, solos o en grupo. Policía uniformada solucionaba los problemas de estacionamiento. La noche era cálida y seca. Las luces se reflejaban en el río que apenas se rizaba con una suave brisa.
Dentro, el comedor con largas mesas estaba lleno de bebida, comida y gente. En aras de la respetabilidad, Paula entró con Stahm unos minutos antes de la aparición de Ashley. Aunque no le importaba lo que dijera la gente, se daba cuenta de la relevancia de la ocasión. Esto era un negocio para Ashley, ciento por ciento. La diversión quedaba para los invitados. Cuatro directores de uno de sus consorcios, que tendrían participación directa en la construcción del sector irlandés del negocio, se mezclaban con la multitud, respondían preguntas técnicas, y actuaban como una eficaz barrera para Ashley mismo, que no podía soportar la monotonía de responder a las mismas preguntas una y otra vez. Esta noche, hablando metafóricamente, usaba guantes de terciopelo. Era en momentos como éste que el verdadero valor de Paula se hacía evidente. Era una magnífica anfitriona. Deberían casarse. Él lo sugirió, pero como fue una sugerencia y no una declaración de amor, ella lo rechazó. Pero Paula lo conseguiría. Él se movía entre la gente, hablando trivialidades, experto en interrumpir cualquier cosa que rayara en lo demasiado complicado.
Fue bastante después de las nueve, media hora luego de la clausura oficial de la recepción, que Anne y Jack Heyden conocieron a Ashley. Para ese entonces, Anne, no habituada a la bebida ni a la atmósfera pesada y caliente de la sala llena de humo, no se sentía muy bien. Además, no pudo resistirse a la tentación de probar la langosta, que siempre le hacía mal. Pero aguantaba, sabiendo que Jack quería al menos intercambiar algunas palabras con el norteamericano alto e inmensamente rico. Se sostenía con firmeza del brazo de su esposo.
—Tengo entendido que posee una fábrica de productos químicos aquí, señor Heyden — dijo Ashley.
—Sí, pequeña. Está bien informado.
Ashley sonrió, usando el cigarro como puntal.
—Herb Stahm me hace los deberes. Quizás podamos trabajar juntos de algún modo. Le presentaré a Walter Dill, que anda por ahí. Él tiene más que nociones sobre manufactura de productos químicos. ¿Siempre hizo este tipo de trabajo?
—Mi padre tenía una fábrica en Alemania. Fue destruida durante un ataque aéreo — Heyden no agregó que su padre pereció con la fábrica.
—Conozco bien Alemania. ¿De dónde es usted?
—Cerca de Dusseldorf. Cada dos años, más o menos, voy a visitar a mis parientes.
Paula se acercó a ellos, sonriéndole con afabilidad a Anne, quien le correspondió, aunque sufría y estaba pálida.
—Me pareció detectar un dejo de acento. Sin embargo, debe de haberse venido hace ya tiempo.
—Hace casi treinta años —Heyden sentía que Anne le apretaba la mano, pero no quería irse justo en ese momento. Había algo apremiante en el norteamericano. Sonrió para suavizar lo que seguía —. Después que los norteamericanos me liberaron.
Ashley se sorprendió. Dio una larga pitada al cigarro.
—¿Tiene edad para haber servido en la Segunda Guerra Mundial? No parece.
Heyden rio.
—Tengo cincuenta y un años. Tenía apenas diecinueve cuando me capturaron en el 45.
Ashley también sonreía, ahora. Había establecido una corriente de simpatía.
—Yo estaba allí en esa época. Ahora puedo decirlo. Pero creo que hace mucho de todo esto. ¿Dónde lo alcanzamos?
Heyden interpretó mal a propósito.
—En la pierna —respondió con agudeza. Mientras Ashley reía, aceptando la broma, Heyden agregó —, Pero si quiere saber dónde me capturaron, fue en un pueblito llamado Witzburg. El 22 de abril de 1945. Nunca lo olvidaré.
Dos cosas pasaron casi al mismo tiempo. Ashley se puso rígido, la sonrisa se le congeló mientras fijaba la mirada en Heyden, quien creyó que le había dado un ataque. Y Anne Heyden estaba a punto de desmayarse. Paula lo notó de inmediato. Tomó a Anne del brazo y le puso la otra mano alrededor de la cintura.
—Venga, querida; salgamos de aquí — Jack Heyden estaba tan sorprendido por la reacción de Ashley que apenas notó, que su esposa le soltaba el brazo. Atrapado entre dos situaciones, era natural que se volviera a su esposa. Fue un segundo o dos que le dieron tiempo a Ashley para recuperarse, expresar su preocupación por la señora Heyden y decirle a Paula que la sacara de la habitación. Fue todo tan rápido, que Heyden estaba confundido, convencido de haber visto cosas donde no las había. Y sin embargo, mientras llevaba a Anne por la habitación con la ayuda de Paula, no podía apartar la mente de eso. Era tan absurdo.
La habitación estaba bastante llena y era imposible que el pequeño grupo pasara inadvertido mientras avanzaba. Anne estaba mortalmente pálida, apenas consciente. Se hizo el silencio mientras la gente observaba. Subieron al ascensor y, solos al fin, le empujaron la cabeza hacia abajo.
—No está acostumbrada a esta atmósfera sofocante — explicó. Heyden —. Vivimos en el campo.
—Entiendo muy bien. Está insoportable ahí abajo.
Heyden estaba impresionado por el sentido práctico de Paula. Además, era hermosa. Lo conmovía su preocupación. No quiso sacar una molestia de la habitación, sino ayudar. Acariciaba la frente de Anne con dedos largos y suaves. Esas manos nunca trabajaron, reflexionó Heyden, pero ha visto la vida. Sabe sobre ella. Sabía manejar una situación como ésta mejor que él.
Llegaron al dormitorio y acostaron a Anne sobre la cama. Paula sacó las almohadas para que la sangre volviera a la cabeza. Humedeció una toalla y se la puso sobre la frente. En un susurro dijo:
—Déjela un rato. Que reaccione sola. — Abrió una puerta que daba a otro dormitorio. El de él, pensó Heyden. Y no le importaba.
—Ha sido muy amable. Por favor, no quiero estropearle la noche. Esperaré aquí a que esté mejor y luego nos iremos sin molestarlos.
Paula abrió un cajón de la mesa de luz y sacó cigarrillos. Sabía que estaban allí. Él la miraba actuar viendo otro aspecto de su persona. La familiaridad de la amante: conocía todo en esa habitación.
—Me gusta escaparme por un ratito — le ofreció un cigarrillo y los dos encendieron.
—No le había sucedido nunca.
—Por favor no se preocupe — Paula se sentó en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y el cigarrillo frente a la cara. Sonrió con calidez —. Parece tan agradable. Tan… inocente. Es muy bonita.
—Antes, era mucho más bonita — dijo con orgullo.
—Debe de ser muy bueno para los dos, sentir de esa manera. Tan maravilloso. ¿Cuánto hace que están casados?
—Veintinueve años. Nos casamos en Londres. Tenemos un hijo grande trabajando en los Estados Unidos y una hija que es enfermera en Dublín — no sabía por qué había agregado eso.
—Los envidio. El amor y la seguridad…
Él se sorprendió.
—¿No tiene ninguna de las dos cosas?
—No como ustedes, señor Heyden. Eso es real.
No supo qué decir. Esa chica tendría que tenerlo todo. Tanto en lo físico como en lo mental, parecía haber sido bendecida. Recordó con vaguedad el escándalo cuando su esposo se había suicidado. Se le escapaban los detalles. Era difícil imaginar a alguien tan encantador envuelto en un escándalo. De pronto sintió pena por ella y era ridículo.
—¿Le sorprende? —La voz también era hermosa. Solo los ingleses podían hablar así. Esa pureza de tono.
—Por supuesto que sí. Pero no es asunto mío.
La sonrisa se acentuó.
—¿Se pregunta por qué le digo estas cosas… a un extraño? Hay algo franco en usted. No es una cualidad que uno encuentre a menudo en el círculo en que me muevo.
—¿No puede dejar ese círculo?
Se encogió de hombros. Fue el primer movimiento torpe que hizo.
—Nací en él. Es parte de mí — la mentira salió forzada.
Pensó que, de alguna manera, la muchacha trataba de despertar su interés y comprensión.
—¿No ama a su hombre? —le sorprendió la osadía de su propia pregunta, pero ella la consideró con cuidado.
—Por supuesto que sí. Pero algunas clases de amor son más liberales que otras. Es probable que mi propia experiencia del amor sea por completo diferente de lo que usted entiende por amor — dudó, miró la alfombra mullida mientras la mano que sostenía el cigarrillo tembló apenas —. Mi matrimonio nunca hubiera durado tanto como el suyo. Mi affaire tampoco.
Una inmensa ola de simpatía lo envolvió. De un modo extraño ella estaba pidiendo ayuda y él no sabía cómo proporcionársela.
Se sintió torpe.
—Perdóneme, señor Heyden. No tengo derecho a hacerlo sentir incómodo. El alcohol me pone melancólica — se puso de pie con gracia —. Vayamos a ver a su esposa.
—Podría visitarnos —se apresuró a decir —. Venga a pasar un día en el campo.
—Me encantaría. Como diría Eric, ¿puedo guardar la invitación para más adelante?
Se acercaban a la puerta.
—¿Tienen caballos?
—No. Pero un vecino tiene. Mi hijo siempre le pide uno prestado cuando viene de visita.
El rostro de Anne Heyden recuperaba el color. Se movió en la cama y los miró. Al recobrar el conocimiento trató de levantarse pero Paula lo impidió.
—No tan rápido. Va a mandar toda la sangre a los pies.
Anne se incorporó con lentitud, ayudada por ellos.
—Estoy tan avergonzada.
—No hay nada de que avergonzarse, querida. La atmósfera era terrible ahí abajo.
—Pensarán que me emborraché.
Paula rio y Heyden hizo una mueca.
—Que piensen lo que quieran — dijo él.
—Pero hay tanta gente conocida.
—Si nos conocen sabrán que no te emborrachaste. No importa.
—Le traeré un vaso de agua — dijo Paula. Cuando fue al baño a buscarlo, Jack pasó el brazo por los hombros de Anne, que estaba sentada en el borde de la cama.
—Es una chica tan buena, Jack — era un susurro.
—La invité a casa. Después te cuento.
Paula volvió con un vaso de agua. Mientras su esposa bebía, Jack Heyden observaba la habitación. En la mesa de luz había un portarretrato doble, con dos fotografías. En una estaba Ashley sonriente con una camisa abierta. En la otra un hombre de bigotes con uniforme, una insignia de los EE. UU. en cada solapa, la cara casi cubierta por el casco. Estaba algo borrosa.
Paula notó que la miraba.
—A Eric no le gusta. Es una vieja instantánea que le sacaron durante la guerra.
—¿Es una foto de él? — La voz le tembló; tenía la garganta seca. Tomó el vaso de manos de su esposa y bebió un sorbo de agua.
—¿Ve cómo es él, con un bigote descomunal?
Tomó el portarretrato y se lo alcanzó. Heyden lo tomó tembloroso. Aun desde cerca era muy difícil asociar a los dos. Había más de treinta años entre las dos fotografías.
—Eric odia esa foto —dijo Paula —. No le hace ninguna gracia que la haya encontrado. Pero es de las que más me gustan. En verdad se ha conservado bien.
Sí, sin duda, reflexionó Heyden, pero apenas captaba el sentido de la conversación. El uniforme y el bigote daban una impresión por completo diferente, una que creía olvidada hacía tiempo. Era tan ridículo. ¿Por qué, entonces, sentía tanto miedo? ¿Por qué miedo? Se estaba volviendo loco. Era consciente de que Anne y Paula lo observaban con curiosidad, pero no podía apartar la vista. Para avivar más la memoria, le empezó a doler la herida de la pierna. Latía y latía y luego se le insensibilizaba como cuando cuidaba a Carl, hacía ya tantos años. Era eso, sin duda. Hacía tanto tiempo. ¿Cómo podía, estar seguro sobre algo así? ¿Cómo podía identificarlo después de un período tan largo? ¿Por qué entonces su reacción fue tan fuerte y tan inmediata? ¿Por qué se sentía flojo y le daba vueltas la cabeza? No había estado buscando una conexión, hacía muchos años que lo había olvidado. Y luego una explosión en la cabeza. Tres norteamericanos. Dos asesinados cruelmente por un hombre como éste. Como él. Y ahora veía la pequeña ranura en el casco, apenas discernible. ¿Qué más había en su mente?
—¿Se siente bien, señor Heyden?
Reaccionó y devolvió el portarretrato.
—Perdón. Debe de haber pensado que iba a unirme a Anne en un doble familiar. La foto de la guerra es como la de alguien a quien conocí, eso es todo. No es nada, en realidad.
Paula dejó el portarretrato.
—Supongo que todos eran iguales con esos sombreros.
—Sí, —Sonrió. Sombreros. Vio otra vez los dedos que ajustaban el casco con frialdad, luego la correa. Pero el tiempo solía hacer trampas con la memoria.
—Señorita… —Había olvidado su nombre, luego recordó que tenía un título.
—Paula. Llámeme Paula.
—Debemos irnos. Ha sido muy amable.
—Ha sido maravillosa —dijo Anne Heyden —, Le estoy muy agradecida.
La dejaron en la habitación y bajaron en el ascensor.
—¿Hay que pasar por esa sala, Jack?
—Tenemos que despedirnos. Pero se darán cuenta de que a ningún borracho se le pasa la borrachera tan rápido.
Anne Heyden se puso contenta con eso. Enderezó la espalda cuando entraron.
No era necesario cruzar el comedor, y Jack Heyden lo sabía bien. Podrían haberse ido sin ser vistos. Los invitados habían disminuido a algo menos que la mitad del número original. Ashley estaba de frente a ellos, hablando con un grupito. Cuando se retiró un poco Heyden se dio cuenta de que los había visto pero parecía evitarlos. Heyden tomó el brazo de Anne y la llevó con él. Sintiéndose cada vez mejor, Anne ya había notado que a su esposo le había pasado algo. Cuando se obstinaba en algo como ahora, ella no podía hacer nada.
Se detuvieron cerca del grupo mientras Ashley los ignoraba pero, cuando Heyden estaba a punto de inventar una excusa para inmiscuirse, Ashley se volvió a Anne.
—¿Se siente mejor, señora Heyden?
—Mucho mejor, gracias. Fueron la langosta y el calor. Lady Manway estuvo maravillosa. Tan amable.
—Me alegro por usted. Quizás volvamos a encontrarnos. Venga cuando ande cerca — sin duda era el punto final de la charla, pero Jack Heyden se apresuró a decir:
—Recordaré lo del señor Dill.
—¿Dill? Ah, Walt, claro. Se lo enviaré. Un placer conocerlo, señor Heyden.
—A propósito, ¿estuvo en Witzburg alguna vez?
—¿Witzburg? —La sonrisa era estudiada, los ojos azules penetrantes —, No sé.
—El lugar donde me capturaron. En realidad fue en una casa…
Ashley era demasiado frío. Demasiado suave. Y demasiado duros los ojos y la boca, aunque aún sonreía con amabilidad.
—Ya lo había olvidado. No, estuve del otro lado. Cerca de la frontera holandesa.
Donde estaban los británicos. Heyden se retiró con el estómago revuelto. Llevó a Anne hasta la puerta en silencio. Ya estaba en el auto, con las ventanillas abiertas para que entrara el aire, antes de que pudiera decir algo.
—Es extraño que sepa dónde queda Witzburg. Es un pueblito muy pequeño — encendió el motor y arrancó suavemente.
—No dijo eso.
—No. Dijo que quedaba del otro lado. Para saber eso tiene que saber dónde queda.
—¿Importa?
Él trató de no pensar.
—¿Estás bien, Anne?
—Sí, muchísimo mejor. ¿Por qué la invitaste? Le parecerá demasiado tranquilo. Además, no somos de su clase.
—Traté de enamorarla mientras estabas desmayada.
—Mm. ¿Recuperé el conocimiento demasiado rápido?
Rio, pero solo por ella. Llegaron a los suburbios y luego al desvío hacia Crookstown. Unos minutos más tarde tenían la carretera para ellos solos. Los faros esmaltaban los costados verdes.
—Voy a contarte algo que nunca le conté a nadie.
Cuando terminó, ella dijo:
—¿Quieres decir que el señor Ashley es el hombre que viste? — No podía creerlo —, ¿Por qué iba a hacer algo tan espantoso?
Él sacudió la cabeza, sin sacar los ojos del camino. Un gato cruzó como un suspiro y luego un zorro surgió de entre los arbustos, haciéndole frenar. Luego de la frenada dijo:
—No sé. No podría probar que el hombre de la foto es el hombre que vi ese día. Nadie podría después de tanto tiempo. Pero cuando lo vi todo me volvió a la mente como si acabara de suceder. Sentía el olor de ese lugar, oía los quejidos de Carl. Dios, me hizo recordar todo. Todo lo que creía olvidado para siempre.
—¿Cómo puedes estar seguro después de tanto tiempo?
—Anne, por Dios. Lo sé, eso es todo. Sé que uno no puede confiar en la memoria después de un tiempo, mucho menos después de años. Pero lo sé. Y él también lo sabe. Tendrías que haberle visto la cara.
Anne Heyden se volvió a mirar a su esposo. En el resplandor verdoso del tablero vio su inflexibilidad. Muchas veces lo vio decidido pero esto era distinto. Estaba nervioso, inquieto, lo único que no estaba tenso era las manos sobre el volante. Y, a juzgar por sus ojos, estaba reviviendo el pasado. Había algo en él. Aun en la luz débil veía que tenía las aletas de la nariz dilatadas, como si oliera pólvora, como sí oyera el lejano fragor de la batalla. Tuvo una idea más acabada entonces de lo que había sido para él. En especial ese día. Solo él podía saberlo. Y el otro hombre.
—¿Qué harás? —Le dio miedo.
—He estado preguntándomelo. Es como una pesadilla que surgiera a la vida real. A veces no puedo creer que en realidad haya sucedido.
Pasaron varios kilómetros sin una palabra. No había tránsito, ni animales, como si los hubieran retirado para complacerlos. Los dos pensaban. Luego Anne Heyden dijo:
—¿No podrías olvidarlo? ¿Apartarlo de tu vida para siempre?
—Lo había olvidado. Ahora ha vuelto para siempre. Tengo que vivirlo todo otra vez, Anne. Si probara que estoy equivocado, podría olvidarlo. Mientras tanto necesito ayuda.
Esto la sorprendió.
—¿Qué tipo de ayuda?
—Te dejaré en casa e iré a Dublín.
—¿Esta noche? Madre Santísima, ¿qué te pasa?
—Llegaré mañana de mañana, a la hora en que abra la Embajada. Debo hablar con el Embajador. Cara a cara.
—¿Qué Embajada?
—La de Alemania Occidental.
—Pero ahora eres irlandés. Estás naturalizado. Por favor, Jack, ¿por qué?
—Los irlandeses no pueden ayudarme. No te preocupes. Volveré en seguida.
—Me estás asustando mucho. Esto no es para ti. Y él tiene todo el poder del mundo.
—Ten paciencia conmigo, Anne. Necesito tu comprensión. Nunca más que en este momento.
No dijeron nada más el resto del camino. Estacionó, tomó a Anne del brazo y la acompañó hasta la puerta del frente. Hablan dejado las luces encendidas, sabiendo que llegarían tarde.
—Tomaré un café antes de ir.
Se volvió a él, suplicante.
—¿No puedes dejarlo? Sigamos viviendo nuestras vidas. No te preocupes por ese hombre.
Le tomó los brazos y le besó la frente.
—Si pudiera lo haría. No estoy buscando problemas, tú lo sabes. Pero tengo que darme esa satisfacción, Anne, no puedo dejar de pensar.
Mientras ella hacia el café, él subió. Anne lo oyó hurgando en los cajones, abriéndolos y cerrándolos como si buscara algo.
—Estás preocupado —Paula miró a Ashley en el espejo. Se estaba poniendo crema de noche.
Él estaba en calzoncillos, sentado en el borde de la cama, fumando un cigarro, mirando la pared, pensativo.
—Sí.
Ella levantó una ceja.
—Ya veo. La señal de «No acercarse» — se masajeó la cara con sus largos dedos.
—No empieces otra vez. Te estás acostumbrando.
—¿Dije algo? —Paula no podía soportar que él llenara el dormitorio de humo del cigarro: no había aire acondicionado.
Dio otra pitada al cigarro. Seis palabras le machacaban la cabeza una y otra vez. «En realidad fue en una casa». ¿En una casa en Witzburg? ¿Qué casa, Dios santo? 22 de abril de 1945. Mierda. Era imposible. Miró a Paula. Ella lo vio mirarla a través del espejo.
—Perdóname, mi amor, pero tengo la sensación de haber visto un fantasma.
—¿Ajá? —Sacó un papel tisú.
—Ese tipo, Heyden. Me resultó cara conocida.
—Creo que tú también le resultaste cara conocida.
Alerta, se volvió en la cama.
—¿Qué quieres decir?
—Quedó fascinado con tu foto de la guerra.
—¿Qué? —Ashley estaba de pie mirándola —. ¿Vio eso? ¿Estaba husmeando?
Lo miró por el espejo, evaluando su enojo, preguntándose qué lo había provocado.
—No, no husmeando. Yo se la mostré.
—¡Estúpida de mierda! — la voz se suavizó con el insulto, lo que lo hizo peor.
Paula cerró los ojos, apretando los puños. Respiró profundamente y exhaló el aire de a poco, tratando de controlarse.
—Repite eso y no me ves más. Le mostré la fotografía porque estaba orgullosa de ella. Eso prueba que soy una soberana tonta.
Se acercó a ella con las manos extendidas, pero no la tocó.
—No entiendes, y no tienes por qué entenderlo, pero pusiste mi vida en peligro sin darte cuenta.
Por un momento ella miró a su imagen en el espejo antes de volverse en el taburete para encararlo. Se acomodó el deshabillé.
—¿Tu vida en peligro? ¿Por el señor Heyden? ¿Tú? — No pudo evitar ser mordaz; la sugerencia era absurda. Sin embargo, nunca lo había visto tan perturbado.
—Escucha, escucha —agitó la mano como para tranquilizarla —. Parece una locura, ¿no? ¿Un tipo inocente como ése? Bien, déjame contarte, he visto a ese hombrecito inocente asesinar a hombres desarmados. A sangre fría, Paula.
De inmediato estuvo atenta. Ashley recorrió la habitación con lentitud, sin fijar los ojos en nada. Luchaba consigo mismo.
—Éramos unos doce. Nos capturaron cerca del Rin. Nos alinearon en dos filas para marchar hasta el campo principal de prisioneros. Dos soldados alemanes, uno un joven sargento, los dos con metralletas, iban con nosotros. Uno a cada extremo de las dos columnas — explicó —. Caminamos unos dos kilómetros, con las manos sobre la cabeza cuando nos ordenaron que nos detuviéramos y formáramos una sola columna. Mientras lo hacíamos, abrieron fuego. Los muchachos caían como bolos cuando los alemanes accionaban sus metralletas desde los flancos hacia el centro — se le empañaron los ojos como si volviera a ver el horror de aquel momento. Se restregó la cara con gesto lento.
Se levantó el pelo de la frente. Había una pequeñísima cicatriz cerca de la línea del pelo.
—¿Recuerdas que te dije que me lo hice con los vidrios de un auto en un accidente en el Pennsylvanian Tumpike? ¿Y la cicatriz en el pecho? Ahí es donde me dieron. La herida en la cabeza me hizo desmayar y eso me salvó la vida. Cuando recobré el conocimiento la cara me chorreaba sangre, cegándome este ojo, y estaba sobre uno de mis compañeros. Nos habían arrastrado hasta una trinchera. Una bala me fracturó una costilla y te aseguro que dolía mucho. Me arrastré en la trinchera, examinando a los muchachos, uno por uno. Estaban todos muertos excepto uno, y ese murió en mis brazos. Ahora sabes por qué me molestó tanto.
—¿El señor Heyden?
Ashley asintió.
—El sargento. Nunca olvidaré esa cara.
—Pero ¿por qué no dijiste nada en todos estos años?
—Para cuando lo informé, los alemanes ya habían tapado todo. Y nuestras autoridades no ayudaron nada. Sugirieron que la herida en la cabeza me había afectado la memoria. Soy realista. Eran días difíciles, no era un momento muy apropiado para ese tipo de investigación. Y no creo en vivir en el pasado. Ya tendrías que conocerme. Dios sabe que sí. De todos modos, ¿cómo te parece que lo hubieran tomado los parientes de los pobres muchachos que fueron masacrados? Por lo menos siguieron creyendo que sus seres queridos fueron muertos en acción y no sacrificados como ganado. No insistí con el informe cuando lo presenté, pero por Dios te juro que no pensaba encontrarme otra vez con esos asesinos alemanes — la voz sonaba profunda con los recuerdos y la amargura.
Paula lo miraba asombrada.
—¿El señor Heyden? —repitió. Se puso de pie y apoyó las manos en los hombros de él —. Es tan agradable. ¿No puedes estar equivocado?
Él le tomó las muñecas con suavidad.
—Claro que puedo estar equivocado. Pero hubo algo en él desde el principio, creo que los dos lo sentimos. Fue una sensación extraña. Creo que yo pude disimularlo pero él no. ¿Estaba interesado en la instantánea?
—Sí. Reaccionó de una manera rara. Pero claro, si era el sargento, creería que habías muerto.
—Eso es lo que debe de haberlo desconcertado. Tuvieron mucho tiempo para vernos, antes de la matanza. Pero seguro que después deben de haber revisado para asegurarse de que estábamos muertos. Se equivocaron con dos de nosotros. ¿Qué importaba?
—Él admitió que la foto era parecida a alguien a quien conocía. Lo perturbó. No puedo creerlo.
—Me lo estás probando. Mi amor, no sé qué hacer.
—¿Tienes que hacer algo? No puede hacerte daño.
—Mató a once de mis amigos.
—Sigo sin poder creerlo. ¿Qué podría hacer ahora?
—Si piensa que lo reconocí puede temer que lo haga colgar.
—¿Crees que se dio cuenta?
—No lo sé. Él sí me reconoció. Tendré que tenerlo vigilado. ¿Me ayudarás?
Ella lo observó, vio la fuerza de su rostro y, por el momento, un tenue asomo de estupefacción. Estaba sorprendido, sin duda. Y mucho. Recordó la reacción de Heyden ante la foto. Había sido extraña.
—¿Cómo?
—Mantente en contacto con la señora de Heyden. Tienes una excusa. Que ella no se entere de nada de esto, pero estate alerta.
—Es una persona encantadora. No quiero lastimarla, y no me gusta la idea de espiar.
—No es espiar. Podrías enterarte de algo útil. Si mi imaginación se ha excedido, aceptaré que puedo estar equivocado. Entonces lo olvidaremos.
—No haré indagaciones, mi amor.
La acercó a él con delicadeza y habló por sobre su pelo.
—No puedes hacer indagaciones. Lo pondrías sobre aviso. Solo abre bien los ojos y los oídos.
Ella retiró la cabeza.
—Eres un hombre extraño, guardándote eso todos estos años.
—La vida es demasiado corta para alimentar rencores. Solo quiero asegurarme de que no pase una estupidez. Una vez que hayamos regresado ya no importará.
Paula apoyó la cabeza en su pecho.
—Espero que por una vez estés equivocado.
—Yo también, —Y pensó, diez guardaespaldas más policía armada. ¿Qué seguridad constituían en una situación como ésta? ¿Quién lo protegería desde adentro? Acariciando el cabello de Paula pensó que sabía la respuesta.
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