El toque de Satán

Kenneth Royce · Capítulo 7 de 17

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El toque de Satán

Capítulo 6

 

DURANTE TRES largos segundos la impresión inmovilizó a todo el mundo. Cuando recuperaron sus reflejos, todos los que estaban dentro del hotel salieron, incluyendo a Paula, pálida y tratando de ponerse un deshabillé, y a un alarmado Herb Stahm.

El esqueleto retorcido y chamuscado del auto aún ardía, espeluznante testimonio de sus pasajeros diseminados en ensangrentados bultos. La calle y las paredes del hotel estaban negras y manchadas, y de lo que una vez fue el radiador salía el vapor en espiral, siseando entre las llamas. Había un olor espantoso a goma quemada. Herb Stahm quedó gris, apoyó una mano en la pared y vomitó. Paula corrió hacia las figuras tendidas sobre el piso: Ashley y su guardaespaldas.

La chaqueta de Ashley estaba desgarrada y había sangre en la camisa. La mente repetía sesenta segundos, sesenta conté. No importaba. ¿Alcancé a Heyden? La monstruosidad de su acto le era ajena. Sintió una mano sobre la espalda, muy delicada, una mano femenina. Paula decía:

—Eric, mi amor —suave, trémula.

Hizo un movimiento. Le dolió la espalda.

—Dios mío, Dios todopoderoso. ¿Qué pasó?

—¿Estás bien?

Había otras manos ahora. Volvió la cabeza hacia el hombre que yacía a su lado, vio sangre en la baldosa junto a su cabeza. Una sirena de ambulancia venía desde un mundo distante.

—Eric, ¿estás bien?

Paula, bendita seas, muerta de miedo.

—Estoy bien. ¿Qué pasó? —Con la ayuda de Paula y un guardia, se puso de pie tambaleante. No tenía que actuar: estaba temblando.

—El auto estalló. Había una bomba.

—¿Qué? —Giró súbitamente y estuvo a punto de caer. La desolación asesina humeaba a sus pies. Quedó hipnotizado con lo que había hecho.

—Dios santo —ahora en parte estaba representando un papel, ayudado por una herida genuina y la impresión causada por una bomba que estalló demasiado pronto —. Estos hijos de puta. Esos hijos de puta — no era mala idea dirigir las sospechas en esa dirección —. Ayúdenme, quiero subir. Sáquenme de aquí, se me revuelve el estómago.

Al entrar al vestíbulo, rodeado de los guardaespaldas que quedaban, quienes ahora se pegaban a él como lapas, dijo emocionada:

—Los médicos no podrán hacer nada por esos pobres muchachos. Ay Dios…

Paula lo ayudó a subir al ascensor.

—No se puede hacer nada por esos pobres hombres, Eric. Faltó poco para que tú fueras uno de ellos.

Matt Heyden oyó la explosión, como otros miles de personas. Un auto se detenía a recogerlo en el instante en que estalló la bomba. Aunque los edificios amortiguaron algo el estruendo, se sorprendió. Estaba por subir y volvió la cabeza hacia donde miraban todos. Dios santo, pensó, de vuelta en Irlanda.

—No hay nada incrustado. Heridas y algunos raspones — el doctor cerró el maletín —. Estará dolorido durante unas horas. Mandaré a alguien para que le cambie las vendas.

—Yo puedo hacerlo.

El médico se volvió hacia Paula.

—¿Tiene práctica, Lady Manway?

—No, pero vi lo que usted hizo. Puedo cambiar las vendas.

Él sonrió.

—Seguro que puede. Le enviaré el material.

Ashley se ponía la camisa con cuidado. Ahora tenía la cabeza despejada. Aparte del dolor en la espalda se sentía bien.

El doctor fue hacia la puerta e hizo una pausa.

—Avíseme si le parece que no está cicatrizando bien.

Cuando se fue, Ashley no dijo nada. El silencio se volvió incómodo. Paula lo miró.

—¿Estás bien, mi amor?

Él tomó una chaqueta liviana.

—No puedo apartar la mente de esos pobres hombres. Y eso me hace pensar en cómo llegó esa bomba al auto.

—Deja que se preocupe la policía — le pareció que la miraba de una manera extraña.

—Claro. Pero van a hacerte preguntas muy embarazosas.

—¿A mí? —Que no la mirara así, por favor —, ¿Por qué a mí?

—Tú sacaste el auto esta tarde.

Sintió que se le oprimía el pecho.

—¿Y?

—¿Hubo alguien siempre en el auto?

Sintió miedo.

—Yo no, sabes que salí a ver el paisaje. Pero el chofer no se movió del auto.

—¿No? ¿Cómo lo sabes? ¿Lo tenías siempre a la vista?

—¿Qué estás tratando de decir? Por supuesto que no. Tomé el té en un restaurante de la playa. El auto estaba con el chofer.

—¿Cómo sabes que no fue al baño mientras no estabas?

—¿Cómo voy a saberlo? —Sintió que ardía de rabia: era una injusticia —, ¿Tendría que haberlo seguido?

—Está bien. Está bien. Los dos sabemos que tenemos enemigos aquí. Por eso tengo un sistema de seguridad. Parte de esa seguridad estaba en tus manos esta tarde. ¿Le dijiste al chofer que se quedara siempre en el auto durante tu ausencia?

—No se me ocurrió. No pensé que yo pudiera correr peligro.

—¿Tú? ¿No pensaste en nadie más…?

—Estás siendo muy injusto… estás…

—Paula, hay tres hombres despedazados ahí abajo, otro que perdió una pierna. Esa bomba fue dejada en el auto en algún momento en que estaba solo.

Estaba blanca, temblando al darse cuenta de la posibilidad.

—¿Por qué no me advertiste? Hubiera…

—¿Advertirte? Por Dios, no has dejado de quejarte de la seguridad ni un minuto. ¿Necesitabas que te advirtiera?

El teléfono sonó antes de que ella pudiera responder. Ashley levantó el auricular, escuchó y miró fijo a la temblorosa Paula.

—Será mejor que pienses algunas respuestas más aceptables que éstas. El Superintendente O’Sullivan viene para acá.

El Superintendente Jefe Con McCarthy estaba sentado a su viejo escritorio en la vieja estación de la Garda en Union Quay. Tantos colegas habían tropezado en el gastado linóleo que por fin las autoridades accedieron a alfombrar el piso. Lo habían hecho hacía dos días. El Superintendente Gerry O’Sullivan y el Sargento Finbar O’Farrel estaban sentados del otro lado del escritorio. La habitación estaba oscura y silenciosa. Desde algún lugar del edificio se oía el ruido de martilleo y taladros en una renovación interna pospuesta par demasiado tiempo.

—¿Qué tenemos? —preguntó McCarthy.

O’Sullivan tomó la palabra, mirando sus notas.

—Tres muertos. Un herido grave, cuatro heridos leves — consultó otra vez —. Eso incluye al mismo señor Ashley, raspones provocados por el metal que volaba. Tres guardaespaldas, dos en el auto de atrás, heridas parciales, uno con un ojo dañado que hay que operar. Puede perder la vista en ese ojo. El guardia que estaba con el señor Ashley tuvo suerte, se desmayó y se partió la cabeza. Tres puntos pero ninguna otra herida. El señor Ashley también tuvo suerte. Iba a su oficina a cambiar un libro. Un regalo para la señora Heyden.

—Pero el sargento Collins no tuvo tanta suerte.

No hubo respuesta. En todo el mundo los policías se sienten especialmente agraviados por el asesinato de un colega. McCarthy dijo —:

¿Se lo comunicó a la esposa?

O’Sullivan asintió incómodo, recordando el rostro juvenil de Mary Collins primero transfigurado por la impresión y luego deshecho en lágrimas.

—La veré más tarde —dijo McCarthy —. ¿Cómo pudieron poner una bomba en un auto que estaba vigilado día y noche?

—Lady Manway lo sacó a la tarde.

—¿Manejaba sola?

—No. Llevó al chofer, pero no puede jurar que él se haya quedado en el auto todo el tiempo. Ella salió a ver el paisaje. Se detuvieron en Castlefreak, donde tomó el té. Quizás el hombre haya ido al baño o algo por el estilo.

—No puede decir nada.

—No. Cuando llegué, Lady Manway y su marido acababan de tener una discusión. Se sentía en la atmósfera. Se podía cortar el aire con un cuchillo. Cuando hablé con ella a solas estaba a punto de llorar. Él la había culpado por su negligencia, por no asegurarse de que el auto estuviera vigilado todo el tiempo. Ella lo tomó mal, se siente culpable.

—La culpa es de los hijos de puta que la pusieron.

—Es lo que le dije, pero no puede sacárselo de la cabeza. ¿Alguien se adjudicó el atentado, señor?

—No. Es probable que sea el grupo disidente de siempre. Todo lo que hacen es contraproducente. Eric Ashley ha contribuido a que los norteamericanos irlandeses reduzcan los fondos para estos lares, y lo que conseguirán con esto es una mayor reducción. Estos locos no aprenden nunca. Me comuniqué con Dublín. El Departamento C4 enviará un equipo de forenses. Creo que deberemos asignarle a Ashley otra pareja de hombres armados.

—No creo que los acepte. Prefiere sus propios hombres.

McCarthy golpeó el escritorio impaciente.

—Eso es porque puede controlarlos. No va a dirigir esta fuerza. Destaque otros dos hombres. Veremos qué dice C4. ¿Cuántos sospechosos han detenido?

—Cuatro. Podemos retenerlos siete días. Todos son sospechosos de fabricar bombas, pero no me parece que sean los que buscamos.

—Pueden conocerlos —McCarthy estaba sombrío, pensando en el Sargento Collins y dos muertos a los que nunca había visto —. Haga sudar a esos hijos de puta. Encuentren al que hizo la bomba. Todos los diarios del mundo van a hablar de esto, como hablaron de lo de Ewart Biggs. Estamos siendo enjuiciados. Encuentren a ese hijo de puta — sus ojos, por lo general amables y llenos de buen humor, eran ahora duros como granito, y apretaba los labios.

Anne Heyden se enteró de la noticia poco después de que Matt por fin llegara a casa. Era típico de él que no le hubiera avisado que estaba en camino, pero el sueño de volver a ver a su hijo se transformó en la pesadilla más atroz cuando llegó el auto de la policía. No podía creerlo. Matt tampoco.

Voló en pedazos. Era demasiado. Desde los más altos ensueños de felicidad fue arrojada, sin más ni más, a las profundidades de la peor desesperación. Ay, Dios, no podía ser, no podía sucederle a su Jack. Tenía suerte de que Matt estuviera allí. Cuando comenzó a llorar él la consoló. Él se sintió sacudido hasta lo más hondo de su ser al darse cuenta de que la explosión que había oído fue la que mató a su padre. Entonces tuvo que recurrir a toda su resistencia para no enloquecer cuando sentía en la cabeza el ruido de la explosión una y otra y otra vez. Había vuelto demasiado tarde.

Preparó té para su dolorida madre. Mientras ella trataba de beberlo con los labios temblorosos, él fue al estudio a telefonear a su hermana, en Dublín, que demoró en venir al teléfono. Cuando oyó la voz del hermano se puso tan contenta como su madre cuando él llegó, pero tuvo que interrumpirla.

—Ven a casa, Maggie. Murió papá.

Maggie era enfermera, sabía cómo manejar todo. Buscó el número particular del gerente de la fábrica, lo llamó y le contó los hechos sin entrar en detalles. Continúe. Que todo siga adelante. Volvió a la cocina.

Su madre estaba sollozando. Apenas había probado el té. De modo que quisieron matar a Ashley y le había tocado a su padre. ¿Qué había habido entre los dos hombres? ¿Qué tipo de coincidencia mató a uno y dejó al otro? Fue al salón de estar y se sirvió un whisky con agua. El viejo. Convencional, puede ser, pero derecho. Pobre papá. Y ahora un estúpido de mierda lo había matado. Había que arreglar lo del funeral. Tenía que quitarle ése peso de encima a su madre.

Anne Heyden ya no lloraba. Matt casi no podía soportar el dolor que veía en sus ojos. Ella se los secó y dijo con serenidad:

—Ese hombre lo mató.

Matt la miro. Su madre miraba el vacío. La impresión sin duda la había trastornado. Bebió otro sorbo de whisky. Estaba emocionada, pero sus hermosos ojos lo miraban con firmeza.

—¿Oíste lo que dije?

—Dilo otra vez.

—Tu padre fue asesinado.

Matt se estremeció.

—No hables de eso. Ahora no.

—Deliberadamente, Matt, eso es lo que quiero decir.

—Sí, mamá, pero querían matar a Ashley. Lo que le sucedió a papá y a los otros fue un accidente.

Anne Heyden temblaba.

—Cómo odio a ese nombre. Él lo hizo. Eric Ashley.

—Casi lo mataron a él también, mamá — no quería, discutir pero ella esperaba respuestas, quería que la escucharan.

—Ah, es muy inteligente ese hombre, muy inteligente.

No sabía si lo que oía era delirio causado por el dolor o el razonamiento ilógico de una mujer.

—¿Por qué dices eso?

—Déjame tomar un sorbo de tu whisky.

Nunca bebía. Se lo alcanzó y ella bebió la mitad antes de devolverle el vaso. Creyó que estaba eludiendo responder pero luego le contó lo que Jack Heyden le había contado a ella.

Todo encajaba a la perfección a medida que Matt oía la explicación monótona de su madre. Cuando ella terminó, su mente vacilaba, ardía con preguntas que ella no podía responder. Luego del vuelo y todo un día de viajar, seguido por la tragedia de perder a su padre y oír ahora una historia extraída de un libro de horror, estaba llegando a sus límites.

—¿Qué pasó cuando fue a la Embajada alemana?

Trató de apartar el dolor para recordar.

—No lo sé con exactitud. Sí, recuerdo que estaba desilusionado. Creo que iban a averiguarlo. Pero no me contó mucho.

Matt sentía urgencia por ponerse en movimiento. A pesar de su cansancio las palabras de su madre habían despertado su inquietud. Lo que acababa de oír necesitaba ser aclarado. No creía posible ni verosímil que Ashley hubiera matado a su padre deliberadamente. Otros también habían muerto. Pero la conexión que su padre había descubierto lo intrigó desde el principio.

Interrogó a su madre, tratando cauteloso de no aumentar su terrible dolor. Pero ella deseaba hablar, convencerlo de lo que creía. ¿Había algo que no le había contado?

La vida de ambos había tomado un giro tremendo, pero en cierto modo era peor para él: se le pedía que creyera algo que parecía increíble después de la impresión por la muerte de su padre, sumado a si cansancio. Pero insistió, atando los Cabos sueltos que ella largaba, acomodándolos en un rompecabezas coherente.

—¿Ashley sabía que papá sabía?

—Tu padre pensaba qué sí. Y se habían encontrado en privado una vez. Tu padre trató de que no me enterara, pero me di cuenta.

—¿Papá trató de engañarte?

—Sabía que estaba preocupada. Yo quería que abandonara todo.

—¿Nada más?

Volvió hacia él la cara bañada en lágrimas.

—Cuando volvimos de la fiesta revisó los cajones. Luego me preguntó dónde había puesto sus recuerdos de la guerra. Estaban en una bolsa de plástico, eran botones, medallas, nada, en realidad. Creo que se tiraron hace años. Le fastidió, me parece.

—¿No dijo qué buscaba en particular?

—Actuaba con sigilo. No como siempre.

—Trataba de protegerte, mamá.

—Lo sé. Creo que no me hubiera contado nunca nada si no fuera porque esa noche estaba muy impresionado, y sabía que yo lo había notado.

Matt se dio cuenta de que, si no quería perturbar a su madre, tenía que ser evasivo, como su padre trató de serlo. Sentía una furia que lo quemaba por dentro, y la temía. Había demasiada violencia en su mente y en su cuerpo, una urgencia por llegar a la verdad.

—Si el auto de papá está en el hotel, iré a buscarlo.

De inmediato ella se puso rígida, y apretó las manos.

—No, Matt. Puede esperar. Siempre fuiste impetuoso, no prudente como tu padre.

No tan prudente.

—No te dejaré sola, no tengas miedo.

Pero su mente no descansaba. ¿A qué vecino podía llamar por unas horas?

—De todos modos, no te dejaré salir así como estás.

Fue hacia ella y le acarició la mejilla con suavidad. Ella logró esbozar una débil sonrisa para su hijo y él se lo agradeció. Por uno o dos segundos Anne Heyden dejó de pensar en su esposo.

Un auto crujió en el ripio afuera al tomar la curva de la entrada. Los faros iluminaron la ventana. Eran las diez de la noche. Anne Heyden dijo:

—Matt, no quiero ver a nadie. Ahora no.

Matt fue al vestíbulo y abrió la puerta antes de que llamaran, encendiendo la luz del guardacoche. Una mujer se acercaba y cuando la luz la iluminó él quedó sorprendido por su belleza. Llevaba ropa cara con tal gracia natural que por un momento se sintió andrajoso. Luego vio que ella también había llorado. La luz era cruel, iluminándola desde arriba, marcando las ojeras empolvadas. Lo miraba sorprendida, con las cejas apenas levantadas.

—¿Usted… Matthew?

—Soy Matt. ¿Usted?

—Paula Manway. Creí que estaba en América.

—Sí, llegué hoy —se dio cuenta de que estaba parada allí afuera —. Escuche, debe comprender que mi madre no puede ver a nadie. A nadie.

Sin duda, Paula Manway no era nadie. Luego se dio cuenta de quién era: ¿la chica actual de Ashley?

—Comprendo, —La imagen serena vaciló —. Fue culpa mía. ¿Se da cuenta? Tenía que venir.

—¿Culpa suya?

—Saqué el auto esta tarde. No tomé las debidas precauciones. Pudo evitarse.

Luego de lo que su madre le había contado, Matt estaba confundido.

—¿Le parece que quiera oír eso en estos momentos?

La angustia apareció en sus ojos, en las comisuras de los labios.

—Solo quería… expresar mi propio dolor… mi profundo arrepentimiento. Me gustaba mucho su padre.

La voz de su madre se oyó a sus espaldas.

—No la hagas esperar ahí. Pase, querida.

Ninguno de los dos había oído a Anne Heyden entrar al salón. Y luego Matt vio a las dos mujeres abrazarse como si se necesitaran la una a la otra con desesperación. Tuvo una súbita idea.

—¿Manejó sola hasta aquí?

Ella, alta, con los ojos húmedos, abrazaba a su madre. Negó con la cabeza.

—Tengo un chofer, no estoy en condiciones de manejar.

—¿Puede prestarme el chofer y el auto? Debo retirar el auto de papá en Cork. No tardaremos más de una hora.

—Cómo no. Si le parece que debe hacerlo ahora — Paula trataba de advertirle el cuadro que le esperaría.

El chofer conocía el auto y el camino estaba casi vacío hasta que llegaron a los suburbios. Al acercarse a los muelles, el chofer dijo:

—¿Espero?

—Creo que será mejor.

El muelle hervía de policías y los detuvieron por rutina. Fuera del hotel se habían montado luces y los detectives trabajaban en una amplia zona rodeada de mamparas. Cuando Matt bajó del auto vio emerger a un policía desde detrás de la mampara con una bolsa de plástico y de pronto sintió ganas de vomitar.

Se apoyó en el auto; las piernas no le respondían. Bajo las luces veía la pared ennegrecida, las ventanas que unos obreros estaban apuntalando. Las manchas en la acera sé extendían en una gran franja desde los escalones de la entrada hasta detrás de la mampara, donde se oían chirridos. Era demasiado pronto. No tendría que haber venido. Apenas se detuvo, un policía se le acercó.

—Soy Matt Heyden. Mi padre era uno de los… — Se interrumpió, sorprendido de que se le quebrara la voz.

—Lo siento mucho. ¿Tiene alguna identificación? — había dejado el registro de conducir en el equipaje. Sacó el pasaje aéreo, apenas se discernía su nombre en carbónico. Señaló al chofer.

—Pregúntele a él. Es el chofer de Lady Manway, ella está con mi madre ahora.

El detective miró por sobre su hombro. Pregunto, con suavidad:

—¿Qué es lo que necesita, señor Heyden?

—Ver a Eric Ashley.

—Está herido. No puede ser.

—Por todos los santos, llámelo — se podía oler la muerte alrededor.

Entraron en el hotel. Alguien telefoneó. Eric Ashley vería a Matt en la oficina. Lo registraron antes de que subiera en el ascensor con un Garda y un hombre de la fuerza disminuida de Ted Cooper. El detective de la puerta golpeó y luego hizo entrar a Matt.

Se enfrentó a uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo. Le gustara o no, las dos cosas eran sinónimos. ¿Era éste el asesino de su padre? ¿Un hombre que deseaba tanto la muerte de su padre como para correr un riesgo calculado con su propia vida? El hombre tenía presencia. Entendió por qué Paula Manway había enganchado su vagón a la estrella de Ashley. También era claro que él se sentía fuera de su medio ambiente natural en una oficina pulcra, diminuta e insignificante. Ashley le tendía la mano.

—¿Usted es el hijo de Jack Heyden?

Matt no pudo aceptar la mano que se le ofrecía.

—Sí —fue todo cuanto logró decir.

Ashley leyó lo que quería saber en el rechazo a estrecharle la mano. El muchacho estaba confundido, pero había sido suficiente. Con habilidad, disimuló el gesto y señaló una silla.

—Así que usted es Matt. Tome asiento. ¿Quiere beber algo?

«¿Beber con el diablo? ¿Con el estómago vacío?».

—Un whisky por favor — necesitaba tiempo. De pronto se le hacía difícil creer lo que su madre le había contado. Cuando Matt tuvo el vaso en la mano, Ashley volvió a su silla.

—Estamos todos espantados con este penoso asunto. Conocía a su padre. Íbamos al emplazamiento de mi fábrica. Yo había comprado algunos libros para su madre… No creo que quiera oír sobre esto más de lo que yo quiero contarle.

—Estoy tratando de saber lo que sucedió, señor Ashley. Mi madre querrá saberlo. Acabo de llegar de Nueva York. Estoy confundido, cansado y hambriento, pero debo tener algo para contarle.

Antes de que Matt terminara, Ashley había llamado por el conmutador.

—Suban unos sándwiches para el señor Heyden y café para los dos. Que el pan sea fresco — Ashley se disculpó —. Debe perdonarme si soy vago o lento por momentos, pero me han dado drogas para el dolor que siento en la espalda a causa de la explosión y no me caen bien.

—No tiene problemas con los reflejos. Gracias por los sándwiches.

—Nunca tuve problemas con los reflejos. No hay mucho para contar. Su padre y yo estábamos interesados en una fusión. Ya lo hablamos discutido, y esta noche íbamos al emplazamiento a seguir con el tema. Salí del auto para cambiar un libro y apenas había cruzado la acera cuando el mundo voló en mil pedazos — vaciló el tiempo justo —. Si le sirve de algún consuelo, no pudo haber sentido nada.

Mientras contaba lo sucedido, Ashley no dejó de mirar a Matt a los ojos.

—¿Mi padre, una fusión o una compra? Nunca lo mencionó. Y me parece raro en él. Era feliz con su negocio.

—La posibilidad surgió solo hace uno o dos días. Al principio no le gustó demasiado la idea, pero para mí eso es el punto de partida, nunca el fin de un asunto. Era mi segundo intento.

—Siempre pensé que ustedes los magnates tenían gente para hacer esos trabajos.

—Muy astuto de su parte. Pero déjeme decirle una cosa: a veces es un placer hacer retroceder el reloj, hacer algo por uno mismo. Mucho de lo divertido desaparece con el status, hijo. De todos modos, me gustaba su padre.

Matt odiaba que lo llamara hijo. Llegaron los sándwiches y el café. Matt dudó y luego pensó, al diablo, no puedo pensar bien con el estómago vacío.

—Coma, por favor. Yo ya comí. Aunque no pude tragar mucho.

A medida que el pan comenzó a absorber el whisky, Matt trató de poner en orden sus pensamientos. Entre uno y otro sándwich se decidió a arriesgarse.

—Mi padre estaba interesado en su carrera en la guerra.

—Lo sé. ¿Están bien? —Ashley señaló los sándwiches y cuando Matt asintió, agregó —: Lo envió a usted a hacer averiguaciones.

Matt escondió sus sentimientos tras un trago de café.

—No descubrí nada.

—También lo sé —Ashley sonreía con calma —. ¿Quiere que continúe?

La sangre fría de Ashley impresionaba.

—Alguien debe hacerlo.

—Su padre creía haber presenciado algo espantoso al fin de la guerra. Vio algo fuera de contexto. Luego de haberlo interpretado de manera errónea, tuvo el buen sentido de planteármelo. Lo hablamos. Hay cosas que sucedieron en la guerra que siempre serán mantenidas en secreto. ¿Cuántas madres creyeron que sus hijos murieron como héroes y llorarían de vergüenza si supieran la verdad? Todavía hay gente que debe ser protegida de la verdad, — Y luego, con mucha deliberación, sin evitar la mirada de Matt —. Aún hay traidores en las listas de honor y algunos de ellos tuvieron que ser tratados de manera brutal. Eran tiempos brutales.

—Pero ¿no puede darme detalles?

—Me gusta la manera como dice las cosas. No. No puedo decírselo solo para satisfacer su curiosidad.

—Mi padre creía que tenía derecho a saber.

—Lo tenía. Y le dije mucho más de lo que estoy dispuesto a contarle a usted.

—¿Quedó satisfecho?

—De lo contrario no hubiera aceptado ir conmigo a ver el emplazamiento.

—Pero no llegó.

—No, por Dios santo, no llegó — Ashley bebió despacio —. No llegó — repitió y dejó el café.

—¿Entonces mi padre aceptó la explicación?

—¿Explicación?

—Sobre lo que vio durante la guerra — Ashley supondría que Matt conocía todos los detalles.

—Por supuesto. Creo que se lo expliqué.

—Pues, sin embargo, parece que no transmitió su satisfacción a nadie más que a usted.

—¿Qué se supone que quiere decir eso?

—Quiero decir que nadie puede estar seguro. Con excepción de usted, por supuesto.

La afirmación era de doble filo. Ashley observó a Matt con frialdad: otra generación, nacido escéptico.

—Tengo entendido que trabaja para revistas.

—Entre otras cosas.

—Le gusta poner las cosas en claro.

—Dentro de lo posible, sí.

—No puedo ayudarlo. No hay nada que pueda decir para convencerlo de que su padre y yo habíamos llegado a un entendimiento. En lo que concierne a hacer negocios juntos, lo más que puedo hacer es presentarle a Herb Stahm y Walt Dill. Los dos fueron a su fábrica, los dos saben que tratábamos de llegar a un trato.

—Me gustaría seguir con esto más tarde. Debo volver al lado de mi madre — pero no se movió. Matt se sentía incómodo.

Lo que decía Ashley era verosímil, pero Matt no estaba en lo más mínimo convencido de estar oyendo la verdad.

—Veo que tiene dudas. No sé qué agregar para disiparlas.

—Puede contarme lo que le contó a mi padre.

—Tenía una obligación con él. Él estaba implicado. Él tendría que habérselo contado a usted. Su trágica muerte cerró el asunto. Ha terminado.

Matt asintió.

—Si mis dudas persisten, siempre me queda la posibilidad de investigar.

—No hay nada que investigar.

Matt creyó sentir que el tono se endurecía. Una advertencia.

—Una simple cuestión de satisfacción personal, señor Ashley, nada contra usted. Espero que comprenda mi situación. No soy tan confiado como mi padre.

Ashley se percató de que le pagaban con la misma moneda. De pronto sonrió.

—Sí, comprendo. Es valiente. Me gusta eso. Desearía que nuestra conversación hubiera sido más feliz. Vaya y desentierre lo que pueda. Aunque ignoro por dónde va a comenzar.

Matt se puso de pie.

—Ah, yo sé por dónde comenzar. ¿Mi padre no le habló de sus souvenirs de la guerra?

Vislumbró parte de la verdad cuando vio desaparecer la sonrisa de la cara de Ashley.

Ashley se encontró con Paula en el vestíbulo. De recepción le habían avisado tan pronto llegó el auto. Le rodeó los hombros con el brazo, encogiéndose con el súbito dolor en la espalda.

—Ven. Vamos arriba —su amable consideración impresionó a los que observaban. Fue una experiencia traumática para todos, pero ninguno había sido tan afectado como Paula, que lo había tomado como algo personal.

Cuando llegaron a los dormitorios, ella se apoyaba en él, agotada. Y a dentro se sentaron y Paula, fuera de la mirada de la gente, se desmoronó.

—¿Quieres un trago?

—No, gracias. Lo que quiero es acostarme. Aunque no creo que pueda dormir mucho esta noche.

Ashley fue a su habitación y volvió con un frasco. Se lo alcanzó.

—El doctor envió estas pastillas mientras no estabas. Toma una antes de acostarte. Te harán dormir.

La perspectiva la perturbó a ojos vistas. Había dejado de tomar pastillas para dormir seis meses después de la muerte de su esposo.

—No te lo tomes tan a pecho.

Estaba allí de pie, indiferente. Se desabrochó la falda y la dejó caer a sus pies.

—Eso no es lo que dijiste antes.

—Estaba impresionado. Lo siento. Olvídalo.

—No va a ser fácil. Tengo que vivir con eso.

—Toma una pastilla, Paula. Duerme un poco — le desabotonó la blusa y se la quitó. Se sentía tan exhausta que apenas sabía lo que sucedía. Era imposible apartar de su mente la imagen del rostro amable de Jack Heyden, y la terrible desgracia que había golpeado a su esposa. No había manera de que pudiera olvidar eso.

—Ella piensa que tú lo hiciste — dijo con monotonía.

—¿Quién piensa que hice qué?

—Anne Heyden piensa que mataste a su esposo — él le desabrochaba el corpiño y los dedos quedaron inmóviles. Una de las uñas le arañó la espalda. Por un momento, Paula reaccionó, consciente del cambio en él.

—Pobre mujer —dijo Ashley—. Pobre mujer desequilibrada. Voy a traer agua para que tomes la pastilla.

Paula lo observó a través de la habitación. Aturdida, pensó. Él sería capaz de eso. Sería capaz de muchas cosas.

Desde el baño, Ashley gritó:

—¿Dijo algo sobre souvenirs de la guerra?

—¿Souvenirs? —Estaba demasiado agotada para pensar.

Volvió con un vaso de agua.

—Hay casos de asesinos que guardan souvenirs del delito. No me gustaría que una persona tan agradable como Anne Heyden encontrara algo entre los efectos personales de su esposo que pudieran indicar lo que hizo. La destruiría.

—No me dio esa impresión. Además, es demasiado pronto para que revise sus cosas — Paula lo miró —. Qué idea tan tétrica.

—Sí —dijo, alcanzándole el agua —. Pero realista — no dejaba de pensar en Matt: no sería tan reacio a buscar entre las cosas de su padre como Anne Heyden.

 

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