El toque de Satán
I. Junio 1977
I
JUNIO 1977
—SI VANCE puede tener quince guardaespaldas, carajo, yo también. Consigue a los de Londres.
—Vance tiene otros quinientos desparramados en Medio Oriente cuando opera allí. Eric, has hecho más que nadie con grupos americano-irlandeses para reducir los fondos para armamento a Irlanda. Y hay muchos intereses creados. No lo mantuviste muy en secreto, que digamos.
—No me interesa mantenerlo en secreto. Hay que parar a esos asesinos. Comunistas. ¿Nadie se da cuenta?
—Hay mucha gente ahí que no te quiere. ¿Es imprescindible que vayas?
—Es hora de que vea el lugar donde nació mi madre.
—No sabía que te importara — el tono rayó el escepticismo, y cambió justo a tiempo cuando la mirada de Ashley recorrió la habitación.
—Ahora lo sabes —Ashley estaba relajado, de piernas cruzadas, con las manos abiertas apoyadas sobre el suave cuero del sillón. La oficina era inmensa, con tres escritorios bien separados, cada uno sirviendo su propósito, cada uno con sus teléfonos. Los ventanales a un extremo daban al Río del Este. Esta oficina estaba en Nueva York. Tenía otras en casi todas las capitales de Occidente.
Ashley, acercándose a los sesenta, no hacía concesiones a la vanidad, salvo quizás por una manicura y un masajista privado. Siempre había sido alto y esbelto, siempre vistió bien. Atractivo, de facciones duras y rostro algo hundido, podía, sin embargo, pasar por un hombre de menos de cincuenta. No bebía ni comía en exceso, aunque disfrutaba de ambas cosas. Y del sexo. Pero eso estaba bajo control. Un hombre de inmensa energía nerviosa, hacía un hobby de su trabajo. Hacer billones. No sabía cómo detenerse.
Era unos de los hombres más ricos del mundo, según algunos el más rico. Ni siquiera él podía saber a diario a cuánto ascendía su fortuna: había demasiadas facturas, demasiados cambios y demasiadas cosas que preferiría no revelar. Lo más que podía decirse era que tenía lo suficiente como para que sus riquezas estuvieran más allá de la comprensión del hombre común y corriente. Indirectamente, regia un porcentaje importante del modo de vida de estos hombres comunes y corrientes.
Ashley no se hacía de amigos. Un amigo es alguien en quien confiar. Era un solitario, rodeado de personas que no eran más que el instrumento de sus negocios; los elementos móviles necesarios en su organización multimillonaria. Nunca tuvo a nadie con quien hablar de sus miedos o inseguridades; las dos palabras le eran difíciles de entender. Si miraba hacia su pasado, no hallaría errores. Dudas, es probable, pero siempre había avanzado con confianza. No era infalible, claro está, pero era rápido para prever sus pocos errores, y nunca permitía que estos lo hicieran trastabillar. Los errores había que rascarlos, era como una picazón pasajera.
La gente alrededor de él, pues, formaba un capullo para protegerlo de otra gente. Si en alguien confiaba, era en las mujeres, pero solo superficialmente. Los hombres quizás las consideraran un puerto muy inseguro. Pero las mujeres, aunque ilógicas, son básicamente realistas.
Ashley miró a Herb Stahm especulativamente sin perder la suave sonrisa. Confiaba en Herb más que en cualquier otro hombre. Sin embargo, el leve desliz, la débil expresión de duda que Herb había dejado escapar probaron una vez más que nunca podría confiarse por completo. Exigía lealtad total y creía pagarla bien. Y en realidad pagaba fuertes sumas de dinero a quienes más necesitaba, a cambio de lo cual esperaba obediencia inteligente. No necesitaba aduladores. Todavía reflexionaba sobre la expresión de duda de Stahm.
—Diría que no es asunto tuyo, Herb.
El otro, un hombre algo más joven, asintió. Estaba sentado en uno de los escritorios.
—Pensaba en ti, en cómo te recibirán — Stahm era robusto, de altura media; sentía un gran afecto por Ashley. Si Ashley era dueño de uno, al menos se preocupaba por el bienestar de su gente.
—Me recibirán bien. No tengo problemas con el gobierno irlandés. Estamos construyendo fábricas en Irlanda y eso debería bastar para que la mayoría me encuentre aceptable.
—No es la mayoría lo que me preocupa.
—No estás pensando bien, Herb. Nadie, absolutamente nadie va a intentar nada contra mí. — Con la mano en alto, comenzó a contar con sus dedos largos —. Primero, las circunstancias serían demasiado desfavorables para ellos. Segundo, si quieren que se les corten por completo los fondos norteamericanos lo único que tienen que hacer es dármela fuerte. Te preocupas demasiado, Herb. A veces me pregunto por qué.
Stahm había oído antes estas semialusiones, semiamenazas. Nunca las despreció. Tampoco ahora.
—Es tu funeral —dijo, pero la mueca desvirtuó la agresividad. Se alisó el pelo ralo. En todos los años que hacía que conocía a Ashley, todavía estaba inseguro de él. Lo admiraba por lo que había logrado, comprendía su especial integridad. La mayoría no lo reconocía. Pero aún había una distancia entre ellos y, de algún modo, era su protección. Significaba que mientras Ashley pudiera ser él mismo, él, Herb Stahm, siempre podría retener un poco de sí. Había facetas de Ashley que no conocería nunca y que se alegraba de no conocer.
—¿Dónde está Paula?
Stahm levantó la mirada. Esa era una de las facetas. Había algo en ella que lo incomodaba.
—Dijo que pasaría por Saks al volver de la galería — era su acento de la alta sociedad inglesa lo que lo hacía sentir incómodo, no sabía por qué. Y, sin embargo, ella siempre fue agradable. Lady Paula Manway. Estuvo casada con un lord inglés, que se había suicidado dos años atrás en Londres. Poco después Ashley la hizo su amante. A la prensa británica no le gustó nada, pero fue acallada. Ashley era dueño de diarios. Muchos gigantes de la prensa eran amigos suyos, y los enemigos verificaron y volvieron a verificar el escándalo. Ese asunto de Londres no había dejado de inquietar a Stahm. Había cosas que prefería ignorar.
—Va a comprar toda la ciudad, es probable que vuelva tarde.
—Si lo hace, será con su propio dinero.
Retroceder, reflexionó Stahm con rapidez. No está de buen humor y lo estoy presionando. Por cierto que a Lady Paula Manway no le faltaban los pesos. No era el dinero, entonces. Pero era más fácil entender a las otras; habían correspondido a un tipo definido, y no tuvieron importancia. Eso sí, preciosas todas. Algunas llegaron por medio del cine. Claro, Ashley también estaba en el negocio de las películas. Y, si respaldaba a estrellas en potencia, las chicas sabían que sus días de preocupaciones habían terminado. En cuanto al dinero, por lo menos. Stahm volvió de su ensueño.
—Le encargaré a Ed que se haga cargo de los pasajes aéreos. Hemos ocupado un hotelito exclusivo en Cork, se llama River. Está bien ubicado en cuanto a seguridad y tiene capacidad para todos. Están convirtiendo algunas habitaciones en oficinas.
—¿Personal de cocina?
—Usamos el de ellos, pero mañana enviaremos a Paul — Paul North había sido chef de Ashley durante los últimos once años —. Usaremos varios empleados locales: la telefonista y algunas secretarias. ¿Quieres que vuele primero?
—Quizás fuera mejor, arregla tú mismo lo de los guardaespaldas.
Stahm se enderezó, la mente por fin despejada.
—Será mejor salir de noche. Han organizado una recepción en Dublín, donde estaremos dos noches. Luego, a Cork. No hay nada tipo Hilton en Cork.
Ashley sonrió.
—Hay encanto del viejo mundo, Herb. ¿Qué te parece eso comparado con el cromo y el aire acondicionado?
Stahm asintió, dirigiéndose a la puerta. La luz le iluminó el pelo fino y oscuro.
—Ya lo conoces ¿no?
—Sal de aquí —habían vuelto a su relación normal.
—¿Quince? ¿Para qué? —La línea internacional se oía mejor que una llamada local a Londres. Cooper sabía que había oído bien.
—¿Y a usted en qué lo perjudica? Escuche, ¿está en el negocio o no? Quizás no pueda atender a alguien de la categoría de Eric Ashley.
—Usted no me llamaría a mí si ese fuera el caso. Los jeques del petróleo por lo general toman un hombre, o dos. Depende. Si el señor Ashley siente que correrá peligro, necesito saberlo.
—Por Dios, va a Irlanda. Ha molestado a algunas personas muy desagradables en Irlanda.
—Veré lo que podemos hacer — Cooper se mordió el dedo, hizo un rápido cálculo. Oía la respiración de Stahm a cinco mil kilómetros de distancia —. Es probable que si me ocupo en persona pueda reunir diez. Supongo que será suficiente, ¿no?
—No le va a gustar. ¿No puede traer más de otros lugares?
—Podría ser. Pero no respondo por ellos. Tendré que hacer volver a unos hombres que se están entrenando en Bélgica.
Una pausa, luego Stahm dijo:
—Creo que tendremos que convenir en eso. Nada menos. Y reconsidere el asunto, vea si puede encontrar más.
—Haré lo posible, señor Stahm. ¿Se da cuenta, supongo, de que en Irlanda no se les permitirá a estos hombres portar armas?
—¿No puede… arreglarlo?
—¿Arreglarlo con ellos, dice usted? Los irlandeses están muy sensibilizados con el tema de las armas de fuego, y no es para menos. Hablaré con mis contactos.
—Quizás el señor Ashley pueda hacer algo.
—No se lo aconsejaría. Pero ¿la División Especial Irlandesa proveerá una guardia armada, bajo estas circunstancias?
—Sí, claro, pero él no tendrá jurisdicción sobre esos hombres. Le gusta controlar la situación. De todas formas, usted consigue quince y asunto arreglado.
—Diez, señor Stahm. No más.
Herb Stahm dormitaba a diez mil metros de altura. Siempre le inquietaba viajar en avión y no lograba conciliar el sueño. En este estado de semiconciencia, los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar a su esposa. Siempre que estaba solo y algo asustado ella volvía a su mente, como para reprocharle cuando se sentía más desvalido. La veía, como si fuera solo ayer que había muerto y no nueve años atrás. La culpa era parte de su desasosiego. A ella le desagradaba muchísimo que él estuviera ligado a Ashley de una manera tan firme. Les proporcionó riqueza pero les quitó demasiadas cosas.
Nancy Stahm fue víctima de presiones. De haber vivido, sin duda el matrimonio no habría sobrevivido en el Imperio Ashley. Del mismo modo, él sabía que tendría que haber dejado ese imperio. Era irónico que después de la muerte de Nancy todo lo que le quedó fue enfrascarse en su trabajo en un esfuerzo por olvidar y, al hacerlo, se unió más a Ashley. Fue la única forma de enfrentar los vacíos años que lo aguardaban. En momentos como éste lo veía como una traición hacia ella. Solo podía rezar para que lo perdonara.
Por un momento escuchó el zumbido del motor, contento de que no hubiera nadie a su lado. Miró el reloj. Tres horas más. Muy tarde para la película. No veía la razón para reunir un equipo tan poderoso en Irlanda para algo que, desde el punto de vista del consorcio Ashley, era un proyecto menor. Era casi inconcebible que Ashley fuera en persona. Herb Stahm hurgó en el pasado. Era cierto que Ashley siempre tenía una fotografía, de su madre irlandesa sobre el escritorio; ella debió de haber sido una gran influencia en su vida. Pero Ashley había nacido en Sudáfrica. Su padre era africaans y Herb siempre tuvo la sensación de que el nombre de la familia había sufrido algún cambio en el trayecto. Nunca pudo averiguarlo. Pero a pesar de tantos años en los EE. UU., aún podían distinguirse los orígenes de Ashley; a veces trataba de hablar demasiado como un norteamericano, como si fuera importante sentir que pertenecía a este país y demostrarlo.
A Paula Manway le gustaba volar. Le gustaban casi todos los refinamientos de la vida. A partir del momento en que, siendo niña, fue al Palacio de Buckingham con sus padres cuando su padre recibió la Orden del Imperio Británico de Su Majestad la Reina, supo lo que quería: alcanzar el estrato social más alto, abandonar para siempre la estructura de clase media en la que había nacido. La distancia fue un pesado trayecto salvado al fin con el matrimonio.
No era una snob, pero nunca se sintió segura, en toda su vida. No se le ocurría ninguna explicación. La familia tenía dinero, pero no vio mucho a sus padres durante la niñez y perdió al padre en un accidente automovilístico. Como él siempre le había dado la impresión de que hubiera preferido un hijo varón, Paula había hecho extraordinarios esfuerzos para demostrar que podía competir en un mundo de hombres. Entre otras cosas, fue excelente piloto de rally y luego permitió a su hermana menor, Suzie, que fuera su copiloto. Pero, mientras vivió el padre, parecía no ser suficiente. Su lucha se basaba en la débil premisa de que si la sociedad la aceptaba como parte de ella, sus miedos desaparecerían: lograría la seguridad de una posición.
En Ashley halló por fin a alguien a quien amar y admirar. Ella tenía treinta y ocho años y no parecía haber conflictos de edad entre ellos. Ashley era joven para sus años, el tiempo no había disminuido su empuje, su energía no tenía límites. Sin embargo, a ella la intrigaba esta necesidad de ir a Irlanda. Pues, a pesar de las razones de negocios, era una necesidad. A sus expertos no les resultaría difícil manejarse sin él, es más, preferirían sin duda no tenerlo cerca. No le había explicado por qué tenía que ir. A visitar el pueblo natal de su madre, dijo. ¿Por qué ahora, después de tanto tiempo? No era característico de él que obedeciera un impulso emocional de esta forma. Quizás ni él mismo supiera el motivo que lo arrastraba. Ella ya conocía sus fuerzas. ¿Descubriría ahora sus debilidades? Cerró los ojos ante el resplandor de un amanecer sobre el Atlántico.
Eric Ashley voló a Dublín como pasajero particular en una compañía aérea que controlaba. No pidió privilegios especiales a bordo. Su severa apariencia casi nunca atraía la atención hasta que él decidía llamar la atención. Entonces uno sentía la presencia apremiante ocultada con tanta facilidad. Viajaba solo por varias razones, y una de las más importantes era que no le gustaba llamar la atención sobre su persona. Con Paula lo notarían.
El avión estaba ya en la mitad del Atlántico cuando resolvió dejar a un lado sus papeles de negocios y reflexionar sobre la tremenda fuerza que lo arrastraba a Irlanda. Ya había sentido fugaces impulsos otras veces. Hacía más de diez años que su madre había muerto, y en los últimos meses su imagen volvía muy a menudo, como para recordarle una promesa que una vez le hizo y nunca cumplió. Deberían haber visitado su suelo natal juntos, mucho antes de su muerte. ¿Por qué lo llamaba ahora desde la tumba? Siempre fue una mujer fuerte, con personalidad. Tenía cualidades que él nunca obtendría: absoluta honestidad, completa indiferencia hacia el dinero.
Se casó con su padre en Pietermaritzburg, en Natal, Sudáfrica. Jan van Azler llevaba a su hijo Erik en muchas de sus giras de negocios a Europa cuando el muchacho era adolescente. Muchos de estos negocios eran en Alemania. Astuto, aun a esa edad, el joven Erik conoció a muchísima gente en sus viajes y aprendió mucho sobre práctica comercial con su padre, en especial sobre la forma en que no se debía trabajar.
Jan van Azler se declaró en quiebra algunos años antes de la Segunda Guerra Mundial. Sudáfrica era un país rico; la única razón de su quiebra era su incompetencia. Pero era un hombre orgulloso, lleno de vergüenza y sensible a la crítica, real o imaginaria, que podían hacerle en una comunidad tan pequeña. Luego de poner sus asuntos en orden, se pegó un tiro.
El joven Erik, jefe de familia a los diecinueve años, estaba enojado con la debilidad de su padre, al renunciar tan fácil. A él no le sucedería. El negocio estaba perdido, pero no quedaron en la miseria. La madre, en su dolor, quiso volver a Irlanda, a su familia. Erik vio que su futuro estaba en otro lado. Los dos querían librarse de un lugar que solo les traía recuerdos desgraciados. Erik envió a su madre a Irlanda y fue a los EE. UU. a hacer fortuna. Tenía veinte años, era el año 1936. Casi de inmediato modificó su nombre para que pareciera inglés, tratando de borrar el amargo recuerdo dejado por el padre. Dos años más tarde su solvencia le permitió traer a la madre, uno de los pocos actos sentimentales de su vida.
Ahora, actuaba otra vez sentimentalmente. Siempre respetó a su madre, este sentimiento creció en gran medida cuando descubrió que no sentía nada por su padre. No estaba seguro de lo que le sucedía. De pronto se puso a temblar. El espasmo duró apenas uno o dos segundos.
—¿Se siente bien, señor? ¿Quiere algo de beber?
La cara bonita de la azafata apareció frente a él. ¿Qué le había sucedido?
—No, gracias. Estoy bien —apagó la luz y se quedó en un sombrío mundo de reflexiones.
Paula Manway entró con elegancia en St. Stephen’s Green. Sus piernas, movidas con gracia, atraían las miradas. Se movía de un modo estupendo. Tenía rasgos clásicos, el cabello castaño suavemente matizado, y su porte era una proclama inconsciente. Había muchas mujeres más hermosas, pero pocas tan completas. Era una del pequeño grupo de mujeres blancas capaces de no perder terreno frente a la sensualidad natural de las mujeres negras; podía transmitir más en el menor de los movimientos que una actriz bien entrenada. Era el reflejo exterior de su inseguridad interior. La gente la notaba. Ella no notaba a nadie hasta no conocerlo bien. Solo entonces la gente descubría la calidez tras la imagen de frialdad.
A muchos les sorprendía su relación con Ashley. Él tenía reputación de mujeriego en todo el mundo; hasta ahora, la conducta de ella era intachable. Era adulta, competente y serena, lo cual hacía la relación más misteriosa. Algo que tenían en común era la habilidad natural para mantener a la gente a distancia, tanta confianza y no más. Era este tenue asomo de altivez lo que Herb Stahm sentía, un solapado aire de desdén. No podía mencionar nada concreto, pero se sentía incómodo en su presencia. Y no era algo que pudiera comentar con nadie.
Paula giró hacia el Shelbourne y muchos ojos se volvieron en su dirección. Sin detenerse, vio a Herb Stahm sentado en el vestíbulo con otro hombre, un individuo recio, morocho, inglés, sin duda. Notó que Stahm evitaba su mirada. Sabía que era un hombre competente y leal. El mediador de Ashley. Sentía pena por él. Pero tenía suficiente dinero para retirarse si quería. Sospechaba que sin Ashley sería como un barco a la deriva. Mientras supiera lo que había que hacer, lo haría. Dejó a los dos hombres sentados allí.
—Así que quiere mantener a la prensa a distancia — dijo Ted Cooper.
—Todo el tiempo. No le gustan los fotógrafos y no soporta que le saquen una fotografía. Manténgalos lejos y haga que sus muchachos estén siempre bloqueando la visual. Si es necesario, rompan cámaras. Los compensaremos.
—Somos guardaespaldas, no matones.
—Están allí para protegerlo, ¿no?
—La Garda, ya sospecha nuestras razones para estar allí y no les gusta.
—¿La Garda?
—La policía irlandesa.
—Ese es problema suyo, Cooper. Empiezo a preguntarme si ustedes son la gente que necesitamos para el trabajo.
—Yo también. Parece que lo que ustedes quieren son gorilas. Mis hombres son profesionales, entrenados para detectar posibles asesinatos e impedirlos.
Stahm asintió.
—Claro. Y serán magníficos sin armas. Protéjanlo como los muchachos de Sinatra lo cuidan a él, ¿O. K.?
La protección especial correspondía a la Unidad Especial de Detectives. No era un trabajo para envidiar; como bien sabe la gente de seguridad, no hay modo de detener a un asesino eficiente y decidido. Luego de la trágica explosión que mató al Embajador de Gran Bretaña, Ewart Biggs, y a parte de su personal, estando bajo custodia policial, la Unidad Especial se tomaba su trabajo muy a pecho. La interferencia de los Ministros de Gobierno o la obstinada falta de cooperación de los V. I. P. no facilitaba las cosas.
El Superintendente Jefe Detective Paddy O’Driscoll sentía presión mientras escuchaba en el teléfono privado.
—Ya sé que el presidente alemán tiene catorce hombres armados, señor, pero el señor Ashley insiste en tener a su gente. No, no están armados, ya nos aseguramos. Sí, en realidad, son un estorbo, podrían molestar a nuestros hombres — levantó los ojos al techo gris —. Por supuesto que tenemos guardias armados pero estamos limitados. El señor Ashley insiste en un máximo de dos. En todo caso, puedo introducir más hombres en la recepción de esta noche — O’Driscoll quería que todo saliera bien. Tamborileó sobre el escritorio con la mano libre —. Sí, señor, por supuesto. Lo que sucede en Cork está bajo el control del Superintendente Jefe McCarthy. Conoce su zona, sabrá cuántos hombres usar, o, mejor dicho, cuántos consentirá el señor Ashley.
O’Driscoll escuchó un poco más, manteniendo el teléfono algo alejado de la oreja. No había nadie más en la oficina y dejó que la resignación asomara en el rostro áspero.
—Sí, señor. Así es, ni más ni menos. No sé por qué. Quizás el señor Ashley prefiera hacer las cosas a su manera. No puede darles órdenes a mis hombres, tienen sus instrucciones, pero sí puede dictar sus propios términos a su propia guardia personal. Está al mando de un inglés, Cooper; sus métodos son seguros pero con los hombres desarmados está en desventaja. Es una lástima que aceptara el trabajo, hubiera sido mucho más fácil para nosotros si no lo hubiera hecho. Sí, señor, me doy perfecta cuenta de la importancia del señor Ashley. Quédese tranquilo.
Veía el resplandor por la puerta. Caramba, pensó, debo de haber dejado una luz encendida. Estiró la mano, tocó la piel de él, la posó sobre el estómago chato del hombre.
—¿Ya? —Él se estremeció en la oscuridad, semidormido.
—No, no es eso. Quería… sentirme segura. Creí que estabas dormido.
—¿Segura? —Terminó de despertarse, se incorporó sobre un lado para mirarla —. ¿Segura?, — más curioso que comprensivo. La cara de ella era, en la oscuridad, una seductora forma borrosa, luminosa y débil contra la almohada. Le encantaba oírla hablar. Casi tanto como verla moverse.
Las tinieblas siempre le traían dudas después de hacer el amor, como si la confianza en sí misma se agotara con la pasión.
—A veces me pregunto qué hago aquí.
Él extendió la mano para acariciarla.
—¿No lo sabes?
Cuando él decía ese tipo de cosas a ella le parecía que estaban a kilómetros de distancia. No comprendía. Reaccionaba de la única manera que sabía, y por un momento se sintió perdida. Le asió la mano para detenerla.
—A veces no estoy segura de ti.
—¿En eso pensabas? ¿No confías en mí? Mi amor, no te fallaré. No hay otra mujer.
Era tan absurdo que la hizo sonreír, le devolvió algo de la confianza perdida.
—No muchas, por lo menos. No es eso, mi amor. Sé cómo eres, no soy una adolescente deslumbrada. No, es porque a veces siento que no te conozco en absoluto. Que estás tan seguro de ti mismo que es todo una farsa. Y eso me hace sentir insegura.
—Mi amor, a esta hora de la noche es muy tarde para esas consideraciones, ¿no? ¿Qué importa que estés equivocada, o que yo sea el sinvergüenza más grande de la tierra? Somos felices juntos. Eso es suficiente.
—¿Es todo lo que te importa, Eric?
—Dios mío. —Se estiró para encender la luz y el resplandor los inundó. Cuando se volvió a mirarla, a ver cómo la luz dibujaba sombras en las suaves líneas de su cara, perdió algo de su exasperación.
—¿Qué te pasa, Paula?
—¿Nunca sientes miedo?
—¿Yo? ¿Miedo? —consideró la pregunta, incómodo —, ¿De qué?
—De morir. De quebrar. De cualquier cosa.
—En cuanto a morir, no podría hacer mucho y me he asegurado de no quebrar.
—Ahí está, ¿ves? Estás tan seguro. Nadie tendría que estar tan seguro.
—Paula, ¿qué quiere decir todo esto? — Miró el reloj y rezongó —. Son las tres de la mañana y me quieres psicoanalizar.
—A veces pienso que sí tienes miedo. Y cuando lo pienso, me siento insegura. No es vergonzoso admitir que se tiene miedo.
La miró, perdiendo los estribos. Iba a decir algo pero ella no le dio tiempo.
—¿Por qué Herb Stahm contrató guardaespaldas?
Ashley se controló a tiempo.
—¿Adónde diablos quieres llegar? No es la primera vez. Casi siempre que viajo tengo guardaespaldas.
—¿Tantos como ahora?
—Tengo enemigos aquí. Tuve influencia en la reducción de fondos para la brigada de los beligerantes — salió de la cama, con enojo controlado, y se puso la robe de chambre. La miró y ella le devolvió la mirada —. ¿Tuviste una pesadilla o algo así?
—No. Tuve un presentimiento, eso es todo.
—Entonces será mejor que lo tengas en tu cama.
—No fue mi intención molestarte.
—Déjame solo, Paula.
—Por favor, Eric, no me eches. Te necesito. ¿No lo comprendes?
—No, no comprendo, quizás me lo puedas explicar mañana. Ahora estoy furioso y cansado.
—¿Es así como manejas todos tus problemas? ¿Dándoles la espalda?
—Fuera —dijo furioso—. ¿Qué mierda hice para merecer esto?
Ella se volvió y balanceó las piernas por sobre la cama. Su cuerpo era blanco y firme.
—Perdóname por lo que dije. De pronto tuve miedo en la oscuridad. No sé por qué. Necesitaban tu ayuda.
—Pues es una manera muy extraña de pedirla. Vete a la mierda.
Soportó la grosería sin perder la compostura. Salió de la cama, desnuda. La luz de su propia habitación llenaba las cavidades de su cuerpo a medida que se acercaba a la puerta. Si se hubiera vuelto, él la habría llamado, ya se estaba arrepintiendo de su explosión de mal genio. Pero ella no se detuvo y cerró la puerta tras de sí.
—Carajo —se sentó en el borde de la cama, mirando la puerta, preguntándose qué la había hecho dudar en la mitad de la noche. Apagó la luz, pero la oscuridad no atrajo al sueño. Por un rato estuvo con las manos entrelazadas detrás de la cabeza.
En la habitación de al lado, Paula se metió en la cama, decepcionada como una jovencita con su primer amor. Nadie conocía del todo a Ashley, eso era cierto. Quizás él no se conociera a sí mismo. Con todos sus negocios y manejos era probable que nunca hubiera tenido tiempo de echar una mirada. Quizás no quería hacerlo. Pero desde que surgió lo del viaje a Irlanda algo en él había cambiado, algo de lo que seguramente ni él mismo se dio cuenta. Si había una sola cosa de la que no dudaba en el carácter de él, era de la habilidad para descubrir el peligro. Tenía un sistema de alarma incorporado. Premoniciones de tratos que marchaban mal le eran tan comunes como si actuara según una información interna no expresada. Lo había visto reaccionar ante estas premoniciones. Esta vez le parecía que él había visto una luz de advertencia y por primera vez en su vida no tenía idea de cómo contrarrestarla o interpretarla. No sabía qué botón apretar. Y esto daba lugar a indicios de inseguridad que ella detectaba con rapidez. Él no estaba preocupado, era muy raro que lo estuviera, pero había algo sobre lo que no estaba seguro. Parecía un animal rondando un olor que no reconocía, pero que su instinto asociaba con el peligro. También ella durmió poco.
OceanofPDF.com