El último querusco

Artur Balder · Capítulo 22 de 53

Páginas del PDF

El último querusco

Capítulo XX

10 a. C., Wulfmunda

Un buen número de niños se había reunido para presenciar la decapitación. Los moradores de Wulfmunda y de otros castros cercanos habían abandonado sus quehaceres diversos, fuesen los que fuesen, para estar presentes en acto tan solemne. Había cientos de personas hacinadas en los prados que se sumergían directamente en las ciénagas. Tras el último retazo de verdor, se extendía la espesa tierra negra que se tragaba en pocos pasos a cualquiera que por allí osase caminar. El gentío del pueblo procedía de varias aldeas. Los lobos negros y los lobos grises, los del clan del jabato y los del clan del ciervo, todos estaban reunidos. Había varias docenas de jefes situadas en la primera fila. Sentados junto a los hechiceros, sobre sus escudos, dejaban que los muchachos como Armin les escanciasen el sagrado hidromiel al que llamaban medhu, en los cuernos de buey, de los que bebían abundantemente. Los hijos de los régulos podían participar así en las ocasiones especiales como aquélla, y eso les permitía familiarizarse con los hábitos de sus progenitores. Uno de los jefes mostraba la mitad del rostro deformada por una gran quemadura. Quizá por tener un ojo con los párpados pegados abría desmesuradamente el otro. Era Ucróner, del clan de la nutria, y junto a él se sentaba su rancio heredero, Sesítaco.

La nieve había cedido, y el invierno blanquecino se volvía transparente agua goteando desde los altos de los montes.

Por fin resonó la llamada de varios cuernos. Un carro tirado por bueyes descendió la loma y se adentró en los prados. Su carga era humana. Unos diez hombres iban maniatados y amontonados como presas de caza allí detrás. Armin observó que a pesar del desaliño de sus cabellos cortos y las diversas heridas que mostraban, todos eran parecidos. Más morenos de lo habitual, especialmente dos de ellos, y ataviados con vestiduras semejantes, protegidos con petos que insinuaban las formas de la musculatura del torso, no le parecieron en absoluto lugareños.

Uno de los jefes se alzó y agitó los brazos. Se hizo el silencio en la multitud. Los presos fueron situados a golpes en el centro del círculo de régulos.

—Son romanos.

La multitud volvió a murmurar, la curiosidad movía sus cabezas. Las mujeres señalaban a los presos entre risas. Otras lo hacían con una expresión de desconfianza. Uno de los captores extendió a Cerunno, el régulo de los druidas y sacerdotes, un cilindro rojo en el que venían encerrados unos pergaminos amarillentos. Cerunno observó el sello que había cerrado los documentos, y después extendió los pergaminos uno a uno. Cerunno habló:

—No son mensajeros importantes —dijo al fin—. Sólo espías que fueron abandonados por sus guías galos o márseros pagados con monedas de oro en las que brilla el rostro de su régulo. El sello es de un romano llamado Drusus Tiberio Nerón, el bastardo de Augusto.

—¿Cómo puede un bastardo ser el representante de un régulo? —preguntó uno de los herzog reunidos.

—¿Cómo pueden considerar a un bastardo su propio hijo y enviarlo a la guerra en su nombre? —inquirió otro.

—¡Malditos romanos! —exclamó otro.

—Responder a vuestras preguntas, difícil es —dijo Cerunno—. Así es Roma, y sus familias no se parecen a las vuestras, ni sus costumbres. Allí los hombres se acuestan con los hombres, los padres con sus hijas… aunque también hay terribles guerreros entre ellos, como ese Drusus…

Las risas estallaron en el círculo de régulos y se contagiaron más allá entre las gentes sencillas que escuchaban todo aquello. El comentario de Cerunno era repetido hasta la saciedad.

—Pero debéis temer a Roma, os lo aseguro —sentenció el adivino, volviéndose hacia los presos.

—¿Qué haremos con ellos? Fueron capturados en las Gargantas del Jabato Rojo, cerca de los territorios de los caucos. Allí han pasado muchos como estos romanos, miles de ellos. Las columnas de humo que se levantan son sus fuegos, que han devastado las aldeas de los sugambrios.

—¡Está bien, que acaben con los malditos sugambrios! —exclamó de pronto el régulo del rostro quemado, Ucróner. Su odio contra Cerunno y Segimer no se había aplacado. En cada reunión del consejo de los clanes contradecía sin éxito las ideas del adivino más influyente de Querusquia.

—También han atacado a los caucos, y los queruscos somos aliados de los caucos —dijo otro jefe después de levantarse. Era Hadubrandt, herzog del clan del ciervo.

—¡Los caucos roban y cazan en los territorios de la nutria y nadie nos escucha! —volvió a gritar Ucróner. El tuerto se encolerizaba.

—No estamos aquí para discutir nuestras alianzas ancestrales con los caucos — dijo de pronto Segimer—. No se ha reunido el Thing de los clanes queruscos para poner eso en duda…

—¡Sí que lo ha hecho! —exclamó otro jefe de largas coletas llamado Asgard, del clan de los jabatos—. Si no es así, ¿qué sucederá cuando los romanos vengan a nuestra tierra? Debemos decidir hoy si apoyaremos a los caucos o no.

—No los apoyaremos —insistió Ucróner—. No todos tienen problemas con los romanos. Fijaos en Segest, ese jefe, tiene buen trato con ellos…

—¡Segest se ve obligado a ello porque vive junto a la frontera del Rhenus! — exclamó de pronto Ingomer, el hermano de Segimer y tío de Armin—. Yo viajo allí a menudo, lo conozco y Segest ha salvado a su clan de una muerte segura adaptándose a Roma.

—Pero nosotros somos libres, y podemos continuar siéndolo —insistió Segimer.

—En primer lugar, ¿qué haremos con estos romanos? —terció un rubio llamado Galthar.

—¿Quién los capturó? —inquirió Ingomer.

—Nosotros —dijo Hadubrandt—. Eran espías, una partida de espías que preparaba los mapas para ese a quien llaman Drusus. Drusus el Romano, el hijo del emperador de Roma, del Rey del Mundo. Es como el enviado de su dios supremo.

Muchos se echaron a reír.

—Drusus querrá de vuelta a sus romanos —dijo Ucróner—. Drusus no nos ha hecho nada. Los de nuestro clan queremos paz con Roma. No quiero que todo mi pueblo acabe degollado como los sugambrios. Una vez ellos muertos, si nos acomodamos a Roma dispondremos de sus territorios… Caza, tierras, metales…

—Todo eso es para Roma, serás un esclavo de Roma —aseveró Cerunno, controlando su ira, que asomaba a las profundidades de sus ojos negros como los destellos de unos carbúnculos a punto de estallar.

—Y si no quiere hacernos nada, ¿para qué nos envía espías? —insistió Ingomer.

—Para atacarnos —dijo Segimer quedamente y se puso en pie mostrando a Zankrist.

De pronto un clamor se levantó entre los jefes y varias espadas fueron alzadas.

—Deben ser decapitados, y si quieres ser amigo de los romanos —miró fijamente a Ucróner—, puedes ir tú solo a besar el culo del Rey del Mundo…

—Ese bastardo llamado Augusto, o príncipe… —rió Hadubrandt.

Hubo risas, pero el tuerto del rostro quemado se lanzó con la espada hacia un pequeño e insolente interlocutor. Varios de sus hombres consiguieron detenerlo.

Un romano levantó el rostro y pronunció unas palabras que sólo Cerunno pareció entender:

—Malditos bárbaros, se llama Cayo Julio César Octaviano Augusto, es el emperador del mundo y vendrá a cortar vuestras cabezas y sus águilas os sacarán los ojos.

Cerunno clavó su mirada halcónida en el preso, se acercó a él y tiró de su cabellera morena. Su voz cavernosa le contestó en latín a la altura del oído:

—Dile a Júpiter y a tu emperador que cuando eso suceda tu cabeza ya habrá rodado colina abajo cercenada por los hombres-lobo de Wuotanc.

La multitud observaba a Cerunno. Nadie entendía el latín, y también por ello el adivino gozaba de un respeto casi sobrenatural entre los queruscos.

—Adelante, régulos queruscos —dijo en la lengua germánica que todos podían entender—. Haced justicia con los invasores.

Un clamor se levantó de la multitud.

«Wulf, Wulf, Wulf…», repetía el pueblo como un coro trágico.

—Contemos los brazos alzados —señaló Segimer.

La mayoría decidió dar muerte a los romanos. El hacha de justicia de filo negro fue traída y un enorme campesino decapitó a los romanos sobre un tocón de fresno. Uno tras otro. Los golpes sonaron secos. Los rostros macilentos y groseros de los romanos se quedaron inertes en la hierba. Armin se quedó pasmado al ver rodar las cabezas, cuyos párpados todavía temblaban. Luego arrojaron sus cuerpos y sus cabezas a la ciénaga, donde desaparecieron tragados por la tierra fangosa.

El silencio fue roto al fin.

—Se ha hecho justicia —dijo Segimer, enfundando a Zankrist—. Y respecto a los caucos, renovaremos nuestra alianza con ellos. Hoy mismo viajaremos para reunimos con sus señores.

La multitud se dispersó y los régulos se marcharon convencidos de que un viento druídico soplaba desde el sur. La comitiva de caballos se alejó por el valle, y las resonantes llamadas de cuernos se perdieron en la lejanía. Por fin Armin se quedó solo ante las ciénagas, mirando la tierra negra en la que habían desaparecido aquellos hombres, y así permaneció largo rato, sentado, hasta que cayó la noche.

 

Quizá se había quedado dormido, pero un susurro en las tinieblas lo despertó. Ante él las ciénagas se extendían como una gran sombra de la que surgían las siluetas de los árboles espesos recortándose contra el cielo, de un profundo azul oscuro, como una bóveda en la que habían sido incrustados muchos cristales centelleantes. Volvió a escucharse aquel sonido, y Armin creyó ver la forma ágil de una bestia que se movía más allá del límite del prado, y unos ojos oblicuos y amarillos que lo observaban fijamente. No le cupo la menor duda, era el lobo negro, el señor del valle.

Volvió a escrutar las sombras, pero los ojos habían desaparecido. Armin regresó a su hogar con la cabeza llena de extraños pensamientos.

Los valles del clan del lobo negro se extendían alrededor de la aldea de Segimer. Era su animal sagrado, y habitaba allí desde la sombra de los tiempos; lo consideraban su espíritu protector y su mentor. El lobo negro se agrupaba en manadas, en los altos rocosos que dentaban las colinas solitarias del Bosque de los Teutones. Los hombres que se habían establecido en sus valles lo veneraban porque era el gran cazador y el antiguo señor de aquellas tierras. Pensaban que sus espíritus procedían de los lobos negros, y que su fuerza y ferocidad podrían acompañarles a la batalla si le eran fieles en su vida como hombres. Cuando un lobo negro aparecía muerto, éste era el mayor honor que podía hacerle el destino a hombre alguno, pues le prestaba su piel para protegerlo. Entonces la limpiaban y la ponían a secar. Después, el hechicero la sacralizaba con rituales e inscripciones rúnicas, y se la entregaba a su dueño. Normalmente el hocico y la mandíbula superior quedaban sobre la cabeza de su portador; en el lugar donde habían estado los ojos del lobo eran insertadas piedras de ámbar amarillas, y el resto de la piel del lobo, hasta la cola, cubría la espalda del nuevo dueño, utilizando las patas para acomodarla a las prendas inferiores. A menudo se utilizaban restos de piel para recubrir las botas, que llegaban hasta las rodillas, confeccionadas con otras pieles y bien cosidas con largas agujas de bronce. Las prendas de hilo eran tejidas en telares de contrapeso, en los que cada una de las gruesas hebras estaba atada a una pequeña piedra, y eran teñidas con tintes vegetales, por lo que los colores más comunes eran los que abundaban en el entorno, los térreos y verdosos, e incluso los azulados con la participación de algunos frutos cuyas tinturas permitían ciertas variaciones. Armin se preguntaba, en tal caso, qué podría significar el encuentro con un lobo negro vivo que lo observaba con aquellos ojos feroces y amarillos. Sentía una fascinación tal por aquel animal que el miedo no bastaba para detener su interés, como aquel día en que Rotram estuvo a punto de aplastar la cabeza del mejor pastor de bueyes de la aldea y de todo el valle… sintió una misteriosa devoción por el perro, y un deseo de protegerlo de aquella injusta y deshonrosa muerte.

Entró en el establo de su padre y se echó a dormir junto a los regios bueyes nórdicos, envuelto en un montón de hierba recién segada. Olía a estiércol, pero siempre le había resultado muy caliente y acogedor.

 

Con casi ocho años, un niño como Armin empezaba a colaborar en muchas de las tareas domésticas que ocupaban a sus familiares adultos. Segifer, su hermano mayor, había sido enviado por una temporada a las tierras del sur, donde Ingomer, su tío, era jefe de varias aldeas entre las tribus de los supervivientes usípetos y de las estirpes queruscas ahí establecidas, con objeto de ser adiestrado en el uso de las armas, por lo que Armin empezaba a desempeñar trabajos más duros que antes recaían sobre las cada día más anchas espaldas de su hermano. Limpiar los establos de abundantes bostas y mantener limpios los abrevaderos era algo que le mantenía ocupado buena parte de la mañana. Después recogía leña, la ponía a secar, la partía con el hacha más pequeña, o ayudaba a sus hermanas con los tejidos, porteando el agua desde el arroyo, para lo que se hacía con varias herradas, el carro y el tiro de los bueyes. También se ocupaba de los barriles en los que fermentaba el medhu, que debían ser girados y removidos cada cierto tiempo, o en los que debía diluir una miel espesa y negra, según el gusto de su padre. Armin rara vez estaba quieto. Se había procurado una hoja de acero que le servía como cuchillo, y se ayudaba de ella para muchos quehaceres. De amplia constitución, era un niño delgado, pero fuerte, elástico y de hombros bien cargados. Ágil y nervioso, jamás se daba a la pereza, le gustaba contradecir y tenía evidentes dotes de mando.

Al menos aquella mañana sus cualidades innatas le sirvieron de mucho.

Cerca del mediodía, escuchó gritos al otro lado de la colina. Abajo, donde más salvajes crecían los árboles, en uno de los prados, varios de sus amigos gritaban. La pandilla de los chavales más ociosos revoloteaba como un avispero en torno a un extraordinario suceso. Cuando Armin llegó al lugar lo comprendió: uno de los magníficos bueyes había entrado en la ciénaga y corría peligro mortal.

—¡Está a punto de hundirse! —grito uno.

—¿Qué ha pasado? —inquirió Armin, recogiéndose los cabellos largos y greñosos en la espalda.

—Fue idea de Rotram —dijo un chico más mayor.

—¿Y de quién si no sería esa idea? —preguntó Armin retóricamente, mirando fijamente a Rotram. El pelirrojo lo odiaba desde aquel desafortunado día en que acosaron a Grungnir, pues desde entonces su nariz ya no estaba en el mismo sitio.

—Estábamos galopando…

—Galopar sobre los bueyes está prohibido… —dijo Armin, no sin echar un vistazo a sus mejores recuerdos en ese sentido, consciente de que era una de las mejores diversiones a las que podían entregarse si los mayores estaban fuera y lejos.

—Nos habíamos subido todos sobre el buey, y entonces llegamos hasta aquí, y se metió en la ciénaga…

—Si este semental se ahoga, es posible que Rotram sea arrojado a las ciénagas — dijo Armin seriamente—. El castigo por la muerte de un buey como éste puede ser la muerte. Te cortarán la cabeza y te echarán al reino de los muertos, y entonces ya no importará si tu nariz está torcida o no.

Rotram arrugó el rostro confundido. En su estupidez y desesperación no sabía si sentir odio hacia Armin o si echarse a llorar. Su rostro comenzó a enrojecer más de lo habitual.

De pronto el buey emitió un mugido desesperado, como si estuviese harto de sus deliberaciones. No era momento de grandes diálogos, y Armin decidió pasar a la acción. Ya no había tiempo para ir en busca de gente mayor, no llegarían para salvar la situación, y eso Armin lo sabía. Los cuartos traseros resbalaron y el corpachón de la enorme res retrocedió hacia el terreno más blando. Ya no se veía el rabo, y su hundimiento sería rápido, como el de una piedra. El animal meneaba la testa con todas sus fuerzas, pero su pesado cuerpo era insalvable.

Armin trató de tomarlo por los cuernos y otros intentaron ayudarle, pero aquello no servía de nada, a no ser que quisiesen que el animal les cornease la cara. Por fin Armin se hizo con la cuerda de la que se habían servido para atarle las patas y subirse a su lomo, hizo un lazo y le apresó los cuernos. Después tendió la cuerda, rodeó el tronco de un aliso y pidió a sus compañeros que tirasen de ella con todas sus fuerzas. Sintieron que el animal dejaba de ceder y las poderosas pezuñas delanteras rascaron la orilla verde del prado, triturando desesperadamente la hierba. Los chavales enrojecieron de esfuerzo pero no cejaron, y al fin el buey consiguió salir traqueteando y mugiendo, y se alejó por los pastos dejando un rastro de barro. Se sacudió el pegajoso fango y trotó colina arriba en busca del rebaño. Después de encerrarlos en su vallado, escucharon un sonido que jamás antes habían oído.

Era como metálico, y más chillón y claro que los cuernos de caza. Los sonidos se sostenían suspendidos en el aire con un ritmo diferente. Armin les pidió que lo siguieran bordeando los prados que se mantenían junto a los cenagales, en el fondo del valle. Por alguna extraña razón decidió evitar el camino.

 

Llegaron por fin a la aldea. Estaba solitaria y silenciosa. Pero la gente, en su mayoría mujeres, niños y unos pocos ancianos, se había reunido allí en el prado central, junto a las casas. Vio a sus hermanas. Alegre por aquella aventura victoriosa, Armin se sentía como un auténtico héroe. Reía en medio del mutismo de los adultos, pues todos los guerreros habían partido con los régulos queruscos y los hombres-rayo, como Cerunno, hacia los territorios caucos el día anterior. Nadie habría imaginado que algo así pudiera llegar hasta aquel lugar. ¿Cómo podría haber sido…?

 

Las risas se borraron de los rostros de los niños. Algo sucedía que acaparaba toda la atención y que hacía que ellos ya no existiesen. Los ojos estaban fijos en unos hombres anchos, cubiertos de brillantes corazas, coronados por yelmos extraños y cimeras empenachadas que nunca antes habían visto. Armin pensó si acaso no serían todos el mismo hombre, pues parecían iguales. Sorprendido, sintió algo que nunca antes había experimentado. La debilidad y el miedo, la proximidad del peligro como jamás antes lo había sentido.

Algunos se servían de unos traductores galos que parloteaban la lengua de los queruscos con mucha dificultad, otros deambulaban por el terreno ojeando las casas. Había más al pie de la colina, y el sonido de las extrañas trompas chillonas delataba la presencia de un buen número de hombres acorazados con faldas de cuero, cascos redondos y escudos cuadrados. Sesítaco, el rancio hijo de Ucróner, permanecía alejado, pero lo reconoció. Ucróner los había guiado a través de los pantanos. Era una venganza cuyo origen conocía muy bien.

Romanos traídos por Ucróner.

El niño Armin no necesitaba recurrir a su imaginación para constatarlo. Cerunno había puesto todo su empeño en enseñarles qué era un romano y cómo aparecía. Cerunno era un hombre-rayo del sur en busca de los pueblos libres, un sacerdote que procedía de más allá del Gran Río, y él los había conocido. Cerunno era en realidad un ivernio, un culto druida celta, llegado desde lejos en tiempos pasados y decía haber sobrevivido al exterminio en la fortaleza de Alesia. Aquel nombre se había grabado en la infancia del niño Armin como un sinónimo de horrores diversos, todos ellos creados por un romano que forjaba miles de romanos a su imagen y semejanza, un brujo romano llamado Julio César. Y su mente saltó como un rayo de Alesia a Wulfmunda.

Uno de ellos caminó directamente hacia él. Parecía ir a pisarlos. Los niños se apartaron a su paso, pero Armin se quedó quieto, como hipnotizado, con los ojos entornados ante la visión de aquel ser brillante, moreno, de facciones cuadriculadas. El romano lo apartó de un simple golpe. El niño cayó a un lado. Un reguero de sangre le manó por el canalillo de los labios. El romano se dirigía hacia una joven que estaba detrás de él, sosteniendo una jarra y un cuévano de frutos silvestres. Era Ilfraud. La más pequeña de sus hermanas. Muchos ojos se posaron sobre ellos. Armin se sintió confuso y no sabía si oía o no, pero el peligro le acarició la nuca y le susurró algo al oído. El resto de los chavales huyó a las malezas y se dispersó como el polvo seco bajo un pisotón.

 

Armin se quedó solo. Cuando volvió en sí se dio cuenta de que su hermana ya no estaba allí. Se puso en marcha entre las malezas que separaban varias de las casonas, y dejó atrás el corazón de la aldea. Al fin escuchó unas voces que discutían. Las siguió y espió en una de las casas. Se asomó a la sala, y allí vio que el romano apresaba a Ilfraud por una muñeca y con la otra mano le mostraba algo que sostenía entre los dedos.

—Argentum*.

Había oído aquella palabra en otras ocasiones. Pero no sabía qué podía ser. El grosero romano se había librado del yelmo y arrinconaba a su hermana, mostrándole una brillante moneda. Ella dejó caer el cuévano y no apartó los ojos del soldado. Su rostro enrojeció y trató de gritar cuando la manaza se posó sobre su boca. Comenzó a debatirse violentamente. El brazo del soldado la redujo. En ese momento un gran romano entró en la sala. Mostraba una gran cicatriz en el rostro, y sus hombros eran desiguales. Uno de sus brazos se movía con dificultad. Se aproximó a la rabiosa Ilfraud y trató de dominarla.

—¿Qué tal si tranquilizo a esta puerca, Cazarratas?

—¡No la golpeéis! —ordenó el centurión—. Que disfrute lo que se le viene encima…

Mientras el primero cerraba la boca de la joven y sujetaba sus brazos, otros dos legionarios aferraron sus piernas y las abrieron, dejando al descubierto sus labios vírgenes. Cazarratas se disponía a disfrutar cuando oyó que alguien se aproximaba por detrás.

—¡Mira lo que he encontrado! ¡Mira esto! Estaba mirando desde la ventana — dijo un legionario de cara macilenta mostrando a Armin. Lo había apresado y lo llevó hasta dentro. Armin insultaba en una lengua que no entendían y movía unos brazos que no podían causar ningún mal. Su cuchillo se había desprendido de su cinto al ser atrapado.

—Así que te gusta, ¿verdad? No lo dudo, pequeño —dijo Cazarratas, y pasó la mano por el rostro de Armin. El muchacho se sintió por primera y última vez en su vida paralizado por el asco y el miedo. De pronto se le nublaron los ojos, sintió aquella furia. Escupió en la mano del hombre y se agitó como una fiera.

—¡Salvaje bárbaro! —exclamó Cazarratas. De pronto le propino una poderosa bofetada, y después otra, bien calculada, dejando que los nudillos le abriesen el pómulo. Ilfraud enrojeció desesperada.

—Pues mira esto —dijo el centurión. A su alrededor el hedor de aquellos hombres le embriagó de asco. Cazarratas se levantó la falda de cuero y mostró su gran verga erecta. Las risas estallaban sobre ellos. El captor de Armin lo alzó e inclinó su cabeza entre las piernas de su hermana. Armin estaba tan furioso e impotente que escupía espuma y rabiaba un dolor que le reventaba en las entrañas. De pronto el centurión se impacientó con Ilfraud y le dio un puñetazo en el pecho, alzó las piernas con violencia, apresando sus esbeltas pantorrillas, y la abofeteó con saña una y otra vez. Armin sintió la sangre de su hermana salpicándole el rostro. Los brazos que lo aferraban volvieron a alzarlo. Cazarratas mostró su enorme e hinchado falo, lo agarró y lo situó apuntando como un ariete entre las piernas de la adolescente, que volvía a resistirse inútilmente.

—Ven, muchacho, hoy te vas a hacer un hombre —dijo el centurión torciendo su rostro con un espasmo de ira y placer, al tiempo que apresaba con la otra mano la cabellera del niño. Empujó hacia abajo la cabeza de Armin hasta que pudo oler el sexo de su hermana. Las risas estallaron alrededor. Voces nerviosas. Frenéticas.

—¡Mira este cunnus*!

El enorme pene se introdujo a la fuerza en el interior de su hermana. Armin recordó las heridas abiertas de los animales… Cerró los ojos, pero el fragor con el que ella se debatía le impedía evadirse y caer desmayado, que es lo único que quería. El romano violó implacablemente a Ilfraud. Ya no necesitaron sujetarle la boca, pues era tal el dolor que la muchacha sentía que no podía más que gemir y respirar entrecortadamente. Cazarratas se sacudió sin pausa como un toro, mientras apretaba sus pantorrillas con dedos codiciosos, hasta que vertió toda su ira en las entrañas de la niña. Después escupió sobre ella.

—Esto sí que ha sido excelente… Vaya sorpresa. Una buena bárbara… Dejadla —dijo respirando profundamente—. Ya no creo que se os resista, porque veo que le ha gustado, pero…

Entonces la golpeó con el puño. Ilfraud cayó de espaldas como un muñeco. De su nariz manaba profusa sangre. De pronto, uno de los legionarios, nervioso, saltó entre sus piernas y la violó mientras recorría su rostro ensangrentado con la lengua. Después fue el otro soldado el que profanó aquel cuerpo. Por último, el que apresaba a Armin se deshizo del niño y alzó a la muchacha.

—¡Pon una méntula* romana en ese podex* germano, Fabio! ¡Vaya princesita bárbara!

La inclinó sobre una mesa y la penetró por detrás con fuerza mientras los otros se divertían a su costa. Armin, en el último momento, vio cómo uno de los romanos lo miraba torcidamente y acariciaba la empuñadura de su gladio. El muchacho corrió de pronto hacia la ventana, saltó y huyó al bosque a esconderse, mientras el último gemido del violador resonaba a sus espaldas.