El último querusco

Artur Balder · Capítulo 25 de 53

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El último querusco

Capítulo XXIII

10 a. C., Wulfmunda

Con decidido tajo degolló la hoja el cuello, del que manó a chorro la sangre viva. A pesar de ser oscura, brillaba misteriosamente. Los chillidos del animal encendieron la alarma en el bosque, y un rebaño de venados emprendió la huida con estrépito a través de la maleza.

Armin apenas tuvo tiempo de retirar el cuchillo. Su grito de furia desgarró la selva primigenia, húmeda, asfixiante, de Germania. La embestida del jabalí, entre gruñidos desesperados, le obligó a cortarse accidentalmente su propia carne, y allí, en la hoja brillante, ambas sangres, bestia y hombre, hombre y bestia, se mezclaron. La fiera saltó adelante, poseída por un último arrebato de ira, y la pantorrilla del muchacho estuvo a punto de ser destrozada por el paso de los acerinos colmillos. Una jauría de jóvenes cazadores aulló tras la presa malherida.

Protegido por una máscara de barro, experimentaba el ardor de la cacería. Detrás de aquel camuflaje, que ocultaba su pálida piel, podía moverse en la espesa selva sin brillar como un forastero en los ribazos de luz. Bajo aquella máscara de barro negro, él era otra bestia. Allí se convertía en uno más. Bajo su nueva piel podía pelear en igualdad de condiciones en el corazón del bosque primitivo, un corazón enmarañado y contradictorio, como el suyo. Y había experimentado que, igual que un actor, como cuando danzaban alrededor del fuego, una nueva fuerza le dominaba los miembros. Se convertía en otro, cuya identidad todavía desconocía, y así se descubría a sí mismo. Quizá era la conversión en sus propios instintos más primitivos, en sus necesidades más apremiantes. En su propio odio, que le había cambiado la mirada desde que viera a los hombres brillantes. Romanos. Ahora soñaba con encontrar aquel hombre resplandeciente junto a su hermana. Los gritos de ésta no se habían apagado en sus oídos interiores, aunque jamás habían vuelto a mencionarlo. Y quizá ella lo habría olvidado, a juzgar por su comportamiento, de no ser porque había momentos en los que se encontraba con la mirada fija y tensa de Armin. Sus ojos la escudriñaban, y ella sabía que eran conscientes de sus más íntimos sufrimientos, de aquellos recuerdos. Y sus gritos todavía atronaban la memoria del nuevo Armin. Ahora anhelaba el encuentro del hombre acorazado, socarrón y resplandeciente. Deseaba con todas sus fuerzas hallarlo a solas en la ignota umbría de su bosque, en el santuario de sus ansiosas persecuciones, de la fugitiva y mortal meditación; allí donde los dioses y los hombres jugaban a perseguirse cubiertos con máscaras de animales en el juego de la vida y de la muerte.

Aquella vez habían herido un enorme macho. Un auténtico eber*. La excitación los había llevado a hacer algo mucho más peligroso que acosar un jabato emancipado que anduviese rezagado en la manada. Era aquel un gigantesco ejemplar de colmillos amarilleados, largos como los puñales de un traidor. Armin había aguardado durante horas. Se había untado de lodo para confundir el olfato de su presa, y se había acercado a ella lentamente, metamorfoseándose en planta y en tierra, con la paciente grandeza de un cazador implacable. Finalmente, había conseguido lanzar su cuchillada al cuello. En medio de la carrera el animal pareció voltearse, asustado como por un fantasma. Su reguero de sangre salpicaba la hierba. De pronto el jabalí emergió chillando contra el resto de los cazadores. Apenas pudo echarse a un lado. Sus compañeros no se salvaron de la embestida. Uno recibió un corte profundo en la pantorrilla y otro fue pateado con violencia. Armin no tuvo tiempo para intentar atravesarlo con su lanza. Con la boca seca por el miedo y la excitación, volvió sobre sus pasos y se lanzó a la carrera. No supo decir durante cuánto tiempo lo persiguieron en las sombras, pero el acosado animal sabía defenderse, y giraba en redondo para embestirlos. No se daría por vencido hasta que cayese exangüe. Pero Armin se ocultó. Una vez más, el debilitado animal se volvió contra él. El niño no dudó en echarse a las ramas y pudo protegerse con un tronco robusto, pero en esta ocasión se atrevió a arrojarse con todo su peso sobre la lanza en el momento en el que el jabalí pasó junto a él. Punta y asta se hundieron en el animal, que cayó de aquel costado hasta partir la lanza. Armin se vio tendido junto a los berridos del animal, que, herido de muerte, trataba de huir agitando las patas. El niño Armin rodó sobre sí mismo y se puso en pie, tenso y flexible a la vez, como una rama de fresno. Varios rostros embadurnados emergieron de las sombras. Un círculo expectante de máscaras se inclinaba alrededor del desesperado jabalí. Las caras pintarrajeadas parecían exhaustas. Los muchachos, todos más mayores que Armin, lo miraban admirados, echando rápidas ojeadas a la bestia que allí yacía, humillada y furiosa, temiendo que volviese a levantarse. Un charco de sangre se extendía alrededor, y la piel recia del animal se tornaba de un espeso tono granate. Los estertores de la bestia convulsionaban su panza velluda.

Un hacha descendió sobre el cuello del animal, y después no se oyó nada más. El bosque guardó silencio, y su espíritu pareció replegarse hacia la profundidad en tinieblas. Las divinidades de la floresta habían sido vencidas.

 

Lo despedazaron. Armin, a diferencia de su pandilla de desarrapados y audaces compañeros, que porteaban sobre parihuelas algunos testigos pesados del despiece, tomó un pedazo unido a la cabeza. Se lo echó sobre los hombros, y entró en el poblado experimentando un nuevo placer inusitado.

Le parecía que aquel ritual lo transformaba. Él mismo había reunido el coraje de vérselas de cerca con aquel enorme macho. Él había tenido los redaños de aproximarse lentamente, conteniendo la respiración y los latidos de su corazón, hasta colocar la hoja mortal en el cuello de la fiera.

Él. Armin. El jefe. A la cabeza de sus compañeros victoriosos, traía la presa sobre sus hombros. La sangre del jabalí le chorreaba por todo el cuerpo. La sentía cálida y dulzona, y le encharcaba aquellas botas, sacadas de las patas de un oso. Le caía por el rostro. Las mujeres se asustaron al verlo. Los hombres sonreían después de descubrir que no estaba herido. Todo el mundo se detenía y le miraba, pues había una reunión en el prado central de la aldea, en la encrucijada de todos los caminos del valle. Avanzó con gesto impertérrito, degustando la gloria. Las muchachas, incluso más mayores, se detuvieron ante el espectáculo. El puño se cerraba todavía sobre la empuñadura de su cuchillo de caza. La cabeza del jabalí era enorme y la lengua asomaba colgando. El tamaño de la hazaña era evidente incluso para un ciego como Gristmund. Una pieza así no era tarea para niños; era un peligro mortal.

El padre lo miró con la extrañeza de quien cree conocer a su propio hijo, y un día se ve sorprendido por una misteriosa revelación. Estaba sentado junto a otro jefe de densa y distinguida barba amarilla, que miraba a Armin con ojos suspicaces y divertidos, ligeramente burlones. La actitud de Armin, aunque resultaba satisfactoria para un padre como Segimer, no dejaba de ser nueva para todos, y algo divertida en un niño de apenas nueve años. Proyectaba abiertamente un desafío. Los estaba desafiando a todos con su victoria.

Aquel régulo era Segest, enviado por los márseros y las estirpes queruscas de los territorios del sur, cerca de las propiedades de su tío Ingomer. Junto a él había una niña. Era pequeña y hermosa, y sus ojos parecían esmaltados con un azul intenso, y ribeteados por unas pestañas largas. Era su hija, Thusnelda. La pequeña no se separó de su padre. Sus ojos eran inocentes y curiosos, y su semblante, serio. Sus cabellos le caían en dos largas trenzas de un rubio rojizo.

Armin apartó la mirada de ella, consciente de que todo el mundo lo observaba, y miró a su padre fijamente a los ojos. No le había perdonado aquel día en que la partida romana visitó el valle, y lo culpaba por no haber estado allí para protegerlos, a pesar de que nunca supo nada de la violación de Ilfraud. Ella había desaparecido en los bosques durante una temporada, y cuando volvió las marcas de los golpes habían desaparecido. Después de aquella traición, Ucróner fue decapitado por Segimer, y el clan de la nutria pasó a ser dominado por el clan del lobo negro.

El padre sonrió.

—Vaya, así que tenemos un nuevo jefe querusco. Bien, viajero Segest, te presento a mi hijo, Erminer, el pequeño, pero todos lo llaman Armin.

—Por Tor que este es el aguilucho del que oí hablar.

—El mismo.

—Ingomer nos habló de él. Ya veo que le crecen las alas.

Segimer dirigió la palabra a su hijo con cierto tono burlón:

—Entonces, Armin, ¿qué habría de hacer yo, hijo? Me marcho de la casa, ¿no es así, oh gran Armin, pues en adelante tú empuñarás a Zankrist en mi nombre?

Los otros muchachos sonrieron detrás de Armin, reconfortados por el reconocimiento de aquel éxito. Aunque llenos de rasguños y magulladuras, había valido la pena. Entonces todos los muchachos gritaron a la vez:

—¡Hi, Armin! ¡Hi, Armin! ¡Hi, Armin!

Los ojos de Armin continuaron fijos como los de un halcón. Segimer vaciló.

Si no hubiese sido un niño y por añadidura su propio hijo, a Segimer le habría bastado aquella mirada para iniciar una batalla.

—Tengo un deseo —dijo el niño solemnemente.

—Di cuál es —respondió el padre, alzándose.

—Quiero invitar a estos amigos a comer de mi cacería en nuestra casa; nosotros lo asaremos.

—Acepto la invitación, Armin, hijo de Segimer —dijo Segest, y acarició el cabello de su hija con la otra mano después de hacer una pequeña reverencia a Armin.

Cerunno, el viejo hechicero, se aproximo a ellos. Los muchachos se apartaron, mientras el hombre avanzaba con paso cansino y amenazador.

Se detuvo frente al impertérrito Armin y mojó las yemas de sus dedos rasposos con la sangre del jabalí. Después pintó de negro la mitad del rostro del muchacho, y las cavidades de sus ojos, y dijo:

—¡Hi, Armin!

 

—He oído que exterminaste el clan de Ucróner, incluyendo a su hijo y a todos sus familiares —dijo Segest mientras se servía unas tajadas de jabalí asado.

—Ucróner era un gran traidor —dijo por toda respuesta el querusco.

—¿Qué sucedió? —insistió Segest.

—Traicionó a los queruscos. Trajo a los romanos hasta Wulfmunda. Eran rastreadores, él les proporcionaba información, hacía de guía, y ellos le pagaban con monedas de ese Augusto… Ya sabes. Tú lo sabes mejor que nadie. No te faltan monedas de Augusto.

—Segimer, escucha. Jamás imagines que soy un traidor. He sobrevivido en la frontera, he salvado a mi familia, no podía enfrentarme a Roma entera…

—Por eso te convertiste en su aliado.

—¡No soy un aliado! ¡Por las barbas de Tor, Segimer! Respetan a mis clanes, nos dejan en paz, vivimos, que no es poco…

Varios guerreros se rieron descaradamente de Segest.

—¿Qué hay de malo en salvar a mi familia, oh tú, gran Gailswintha? Te doblo en edad, joven guerrero…

Gailswintha sacudió la testa, tomó sus pedazos de carne y abandonó la sala del consejo.

—No olvides dónde comes y quién te alimenta, Segest… —dijo Segimer sin mirar a su invitado—. Aquí somos libres, y no nos convencerás de que vivir bajo el yugo de Roma es algo tan agradable… Empiezo a pensar que los romanos te quieren como embajador.

—Drusus, el odioso Drusus… —dijo Segest—. Ese no desea la pax de la que habla. He venido a preveniros, a informaros, a deciros todo lo que hay que saber, si algún día la alianza pretende atacar el Rhenus. Porque me avergüenzo de lo que veo, primo, me avergüenzo de lo que Roma hace con los sugambrios… Matanzas, matanzas y matanzas… Drusus sólo desea convertir Germania en su provincia personal, como hizo Julio César en las Galias.

Los ojos de Cerunno se encendieron con sólo escuchar aquel nombre, y sus cejas de oso estrangularon el puente de la nariz.

—¡Maldito sea su nombre! ¡Una y mil veces! El cobarde de Alesia…

—El vencedor de Vercingetórix… —añadió Segest, chupándose los dedos tras un suculento bocado—. Drusus quiere el mismo destino para Germania.

—No lo conseguirá mientras las tribus renovemos nuestra alianza —dijo Segimer.

—Pero la alianza ha llegado tarde a los sugámbrios, a los brúcteros y a los téncteros —apostilló Segest—. Drusus ya ha hundido sus garras en el corazón de Germania, tiene los bosques de Hercynia rodeados por las rutas militares del Moenus y del Adrana, y con ello ha aislado el reino de los marcómanos.

—Son sólo campamentos de estacas, Segest —añadió Segimer.

—Son ocho legiones, Segimer, ocho legiones… —afirmó Segest haciendo aspavientos—. Ocho legiones que se mueven de aquí para allá. De momento, Drusus ha viajado con la Quinta hasta más allá del río Onestrudis, quiere cruzar el Albis.

Los ojos de Segimer se clavaron en Segest, y sus mandíbulas dejaron de masticar. Echó un largo trago de medhu, e interrogó con su mirada al informador.

—Lo que digo es cierto, ha ido demasiado lejos. Si tenéis que hacer algo, hacedlo ahora, antes de que lleguen más legiones. Tiberio ha movilizado otras unidades con los barcos hasta la desembocadura del Rhenus, y planea entrar por las playas en tierra firme, e invadir a los amsívaros, a los angrívaros, a los chasuarios… Si Tiberio logra acercarse por el oeste, y si Drusus lo hace desde el este, será el fin de los queruscos, y poco tiempo después de los longobardos, de los sajones, de los cimbrios… Toda Germania será reducida a un montón de esclavos.

Cerunno miró a Segimer a los ojos.

—Se acerca la hora de que la Alianza de los Ases* se reúna, y de que la venganza caiga sobre Roma.