El último querusco

Artur Balder · Capítulo 47 de 53

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El último querusco

Capítulo XLV

6 a. C., Colinas del Visurgis

Armin había buscado a Segifer por todas partes, pero fue en vano. Su hermano había desaparecido. Las lomas verdes, en cuyas cimas los fuegos de los brujos continuaban ardiendo y elevando fumarolas pestilentes y negras, estaban moteadas por grupos de caballos, montones de heridos, muchachos que iban y venían con pieles, agua, armas, hierros incandescentes que cauterizaban los muñones en que se habían convertido las extremidades de quienes fueron amputados por la furia de la guerra. El día de la ira empezaba a extender un hálito de muerte sobre las praderas. El sol había descendido a la hora decimotercera, y a Armin le parecía que habían transcurrido largos años bajo su luz, durante los cuales había crecido y envejecido. Eran tan sólo unas horas, pero la prueba de fuego para los novatos superaba con creces lo que muchos habían aprendido en años enteros de instrucción, saqueos y cacerías.

Armin se inclinó ante el hombre al que había rescatado del campo. Le tendió un cuerno colmado de agua. Había tenido que ayudar a subir enormes herradas de roble rebosantes de agua fresca, que los brujos vaciaban rápidamente con sus intervenciones al hierro rusiente; se había acostumbrado a mojar los labios sitibundos, a oír los gritos desgarrados de dolor, a contemplar los temblores, las crisis de cólera, los accesos convulsivos ante la muerte inminente, los ataques de ansiedad y la desesperación de sus rostros. Había visto cómo un jinete sajón que había perdido una pierna se mandaba alzar por dos compañeros y se arrojaba sobre su propia espada, entregándose a la muerte. El orgullo de esos hombres era estremecedor. No sabía si aquello era estúpido o la mejor solución para quienes no saben vivir de otra manera. Se miró las manos ennegrecidas. El sudor le caía a chorros por la cara, ribeteando el vivo blanco de sus ojos fascinados e irritados. Decidió lavarse en aquel barreño de agua fresca, pero, al tomar el agua en las palmas unidas de sus manos, advirtió que ésta tenía un ligero tono rosado. No estaba seguro si los caballos habían removido el lecho del arroyo, o si, por el contrario, los deseos se habían cumplido y las aguas ya discurrían enrojecidas por la sangre que se vertía en las praderas. Pero se empapó la cara y se restregó, y se mojó los cabellos, sintiendo un alivio pasajero.

—Pequeño hombre —oyó decir a una voz.

Sólo después de escrutar aquel rostro entendió que se refería a él, señalándolo con la mano. Se trataba de un jinete amsívaro. No supo decir cuáles eran sus heridas, pero estaba pálido bajo la untura negra con la que había cubierto casi por completo el rostro. Espesos grumos granates le manchaban la cara, la frente, el cuello. Junto a él se hallaba tendido su caballo. Al parecer, el animal estaba tan maltrecho como su amo, y resoplaba y cabeceaba. Los amsívaros de las llanuras del oeste jamás abandonaban sus monturas. Armin fue hacia él y le ofreció agua en el cuerno de madera. Su herido ya había acabado de beber.

—Toma —le dijo.

—No es eso lo que quiero beber —replicó el herido—. Soy un amsívaro, y tengo una costumbre como todos los de mi pueblo. Debes ayudarme. Gramsûna está malherido. Quiere darme algo antes de morir que luego correrá otra vez por mis venas. Coge el cuchillo y abre la fuente roja de su cuello, y llena allí el cuenco con su sangre. No debe sufrir más. Después me lo darás.

Armin miró los ojos del caballo. De pronto le vinieron a la memoria recuerdos de un pasado muy lejano, cuando su padre volvía de las cacerías, y se quedaba mirando los ojos de las presas, tendidas en los carros, los ojos muertos, vacíos, tristes, y la voz conminante de Cerunno. «El ojo no debes mirar… pues el ojo de la muerte mira hacia el pasado y hacia el futuro».

Extrajo la espada y se inclinó junto al enorme caballo. No supo cómo acercarse a su cabeza sin sentirse un vulgar asesino. Acarició la recia piel, las atentas orejas, mientras las moscas se levantaban en un enjambre que devoraba una horrible herida. Se había partido una de las patas delanteras, dejando al descubierto los tendones y el hueso blanquecino. Jamás volvería a correr aquel hermoso caballo, digno hijo de Sleipner*. Armin recostó la cabeza del animal contra su pecho, envolviéndola con sus temerosos brazos, y dejó que se apoyase en la hoja de la espada. Después dio un fuerte tirón como si desenfundase el arma. El animal se convulsionó levemente. La sangre manaba, y también las lágrimas del muchacho, cuyos ojos, ya enfurecidos, permanecían clavados en los del caballo. Colocó el cuerno en el cuello. Después depositó la cabeza del animal agonizante sobre la hierba, y no lo abandonó hasta que ya no hubo más rastro de vida en sus ojos. Una extraña y poderosa sombra se había posado en el interior de aquellos profundos ojos transfigurados. Se alzó completamente bañado en sangre, chorreando como un carnicero, y tendió el cuerno al amsívaro.

—Has dado una digna muerte a mi compañero. Te deseo una victoriosa vida — dijo.

Tomó el cuerno temblorosamente y bebió su contenido con ritual avidez.

Armin se volvió en busca del arroyo, en cuyas frías aguas se sumergió resoplando, preguntándose por qué los hombres tenían tan extraños deseos al morir. Salió del agua, y con el cejo fruncido se prometió que no volvería a satisfacer jamás el deseo de ningún moribundo si a él no le gustaba la idea. Empezaba a estar harto de respirar el aire de aquella mortandad.

Cuando trepó de nuevo a la colina, descubrió que un nuevo horror sacudía el campo de batalla. Los germanos se dispersaban, retrocediendo hacia él como las olas del mar embravecido.

Segimer blandía su espada contra un legionario al que había desarmado con un terrible mandoble, cuando escuchó un pesado zumbido sobre su cabeza. Erró el golpe con el temblor de tierra que aquello ocasionó un momento después: la enorme roca había aterrizado justo detrás, a pocos pasos, y rodaba a través de una explosión de hierba y tierra, hiriendo a varios de sus mejores hombres. Un nuevo caos se apoderó del frente y los legionarios también miraron hacia arriba, acobardados. Se preguntaron si Marte o Júpiter habían decidido castigarlos a todos, insatisfechos en el Olimpo por el sacrificio ofrecido sobre las aras terrenales, quizá demasiado pálido, cobarde, rancio, para colmar el supremo deseo de las divinidades.

Segimer vio cómo una de aquellas piedras volaba hacia él. Su trayectoria la depositó con un trueno a pocos pasos delante, en medio de una cohorte. Vio cómo varios cuerpos saltaban despedazados en la terrea explosión, y los aullidos de los legionarios y el trompeteo de la retirada inundaron sus oídos. No tardaron en responderle las trompas de los jinetes germanos. En pocos instantes el caos fue absoluto. Las piedras y sacos de arena caían por todas partes. Los aplastamientos se multiplicaban, y la artillería disparaba a discreción contra todo el frente. Las tropas romanas de primera fila, en su mayoría compuestas por auxiliares y extranjeros, estaban siendo castigadas de igual manera por aquella decisión del general. La única forma de frenar el avance de los germanos era destruir el frente. Los muertos empezaban a multiplicarse a su alrededor, cuando un zumbido que procedía de ninguna parte atronó los oídos de Segimer, y en un momento el lance de una balista lo transverberaba por el abdomen en toda su longitud y se hundía con firmeza en la hierba. Cayó Zankrist exánime. Así se quedó el régulo querusco durante unos granos de arena, tenso y ensartado, las manos crispadas aferradas al lance, con el ojo absorto en el cielo, respirando con un largo jadeo, hasta que el rugido del campo de batalla comenzó a desvanecerse y el intenso dolor le embargó los sentidos. Wulfila y otros guerreros fueron a socorrerle; lo alzaron mientras perdía el conocimiento y se lo llevaron en vilo hacia las lomas.

La caída de una roca partió la larga espada del querusco, el arma ceremonial de Wulfmund que había quedado allí, abandonada después de ser herido. Alrededor, una estampida general dominaba el campo de batalla. Romanos y germanos habían sido sacrificados en gran número para disolver el frente. Los silbidos de las lluvias de lances saeteaban la hierba pie a pie a lo largo de una franja mortal de la pradera. Las piedras volteaban pesadamente, aplastando los túmulos de cadáveres. Los sacos lanzados estallaban impregnando la zona de un líquido viscoso y negro a base de materias resinosas. Después hubo salvas incendiarias de fuego griego, a base de polvo de euforbio, resina de acacia y carbón de madera de viña, y aquellas manchas negruzcas ardieron levantando un muro de llamas y densos borbotones de un humo asfixiante. Los germanos huían desconcertados, y las cohortes se reorganizaban al otro lado del telón de fuego, preparándose para la retirada hacia los campamentos de Mattium, hacia la ruta fortificada del río Adrana, en territorio sugambrio.

Segimer, ya moribundo, yacía sobre las anchas parihuelas, en el interior de una tienda cubierta con pieles de oso. En torno a él, muchos héroes aguardaban la última hora del kuninc entre los vivos. Un humilde fuego palpitaba cerca.

—¿Sabéis dónde está Segifer? —inquirió el caudillo querusco con gran dificultad.

Armin, que observaba a su padre absorto, inclinó la cabeza. Ingomer, su tío, depositó su mano encallecida sobre el hombro del muchacho.

—Segifer retornó del campo de batalla con un herido y volvió a partir en busca de otros. Pero lo perdimos en la confusión del asalto, cuando llegaron las caballerías longobardas y sajonas.

Armin clavó su mirada en el suelo. Recordaba tan vívidamente cómo su hermano lo abandonó en medio de aquel campo de muerte después de salvarle la vida, que no podía dedicar ningún pensamiento benigno a su destino. Pero guardó silencio. No quiso ensuciar su memoria, por respeto a su padre. Prefería que aquel gran hombre muriese orgulloso de sus hijos. Porque iba a morir. Esta vez no se salvaría.

—En busca de otros… —repitió Segimer entornando los ojos.

—Pero no hemos encontrado su cuerpo, tampoco en los bosques de alrededor.

—Segifer era ya un hombre y murió como un hombre —dijo Segimer.

—Podría haber sido capturado —se oyó una voz.

Todos se volvieron a la entrada de la tienda. Sobre un retorcido cayado se apoyaba Cerunno, el santón de Wulfmunda, el profético hombre-rayo de los queruscos. Los guerreros se apartaban a su paso vacilante, siempre al acecho. Al fin se detuvo.

—He venido para aliviar a los muertos y a los que van a morir —dijo—. También para ayudar a los que sangran a que dejen de hacerlo, soplando en sus heridas. Segifer podría haber sido capturado, como muchos otros que han desaparecido.

El adivino se cubría con el sago blanco de los nacimientos, y a Armin le pareció que había más brazaletes de oro enroscados en torno a sus nervudos brazos que en otras ocasiones.

Oír aquello fue para Segimer como sentir que le traspasaban con otro acero.

—A los audaces ha pertenecido la victoria. La fortaleza del querusco es su ciénaga; sus empalizadas, los bosques; la lluvia y la niebla, la capa con la que se hace invisible —volvió a hablar inclinándose sobre el lecho del régulo—: Tendréis que ser cieno y árbol para vencer en el futuro, pero ya sé que a los queruscos y a otros pueblos les aguarda una libertad por cierto tiempo. Gracias a hombres como tú la existencia de estos pueblos no se extinguirá y desaparecerá para siempre, perdida en las fosas del Tiempo en las que sólo entran los desperdicios. Hay que ser duro para escribir un nombre en el mármol de la historia, y tener uñas de hierro que arañen el bronce del que se forja la gloria. Y el tuyo ya está escrito. Descansa en paz, Segimer, hijo de Segismund, régulo de los lobos negros, pues has cumplido el designio de los dioses. Tu felicidad será eterna. Tu viaje a finalizado. Has encontrado la muerte que deseabas, pero digna y grande, por ello ahora Wuotanc te llama. Has vencido. Los destinos de desentraman en busca del fin. Ve junto a Vercingetórix, junto a Ariovist, junto a Teutobold… Te aguarda una última cabalgata hasta los brazos de la valkiria, antes de penetrar en la Sala de la Guerra. Desde allí, nos contemplarás en adelante, más allá de los círculos de este mundo.

—¿Y Segifer…?

—Tú ya lo sabes, Segimer. Lo sabes. Te dije cuanto vi, y lo vi con claridad.

—¿Qué será de él en Roma?

—Roma gusta de esos esclavos, y Segifer es un buen jinete. Puede entrar en las auxilia, y crecer allí —insistió el santón. Puso sus dedos sarmentosos sobre la frente atormentada del moribundo y dijo con voz cavernosa—: Segifer no ha muerto.

—Algún día puede que vuestras espadas se crucen, Armin —jadeó su padre—. Si es así…

Un nuevo dolor amenazaba con robarle la presencia de ánimo.

—Si es así… debéis reconciliaros, y rescatar a tu hermano de las garras de los brujos romanos…

Una fuerte tos sacudió al tuerto, postrándolo con terribles dolores.

—Enséñale tu tésera, y comprueba que es él… —consiguió decir con la mirada perdida. Con gran esfuerzo, se desató un cordal de la muñequera y se lo entregó a Armin. Allí pendía la pieza de oro que pertenecía al régulo querusco en la gran cadena de la Alianza de los Ases.

Después hubo una larga pausa. Pero al fin abrió los ojos y buscó con la mano a Armin. Éste se aproximó a su padre y puso sus manos sobre él, mientras aquél lo abrazaba con sus últimas fuerzas. Armin recostó su cabeza sobre su pecho y cerró los ojos. Podía escuchar débilmente los impulsos que empujaban el vigor de su padre irrigando todos los rincones de su cuerpo, como había visto años atrás, cuando retornara herido tras su misteriosa desaparición y la muerte de su madre. ¿Cómo habría sido ella…? Tan hermosa como él le había dicho, tan orgullosa como las lobas y muy altiva. Su padre la había querido, y ahora estaba allí también él, en el tálamo de muerte. De pronto sintió una extraña ansiedad y no supo por qué. Pero algo le faltaba que lo ahogaba. Respiró entrecortadamente y miró a su padre, mientras los ojos se le desbordaban, y entonces lo supo. Aquel golpeteo ya no penetraba en su cuerpo. El latido se había apagado. El rostro de su padre estaba relajado en una suave y satisfecha sonrisa que jamás había visto antes en él, y sus últimos sudores le resbalaban por los regueros de unas mejillas succionadas y blanquecinas.

Wuotanc había partido, y con él, el último régulo victorioso de la confederación de las tribus, el último querusco.