El último querusco

Artur Balder · Capítulo 36 de 53

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El último querusco

Capítulo XXXIV

9 a. C., Lugdunum

Tiberio entró sin protocolo imperial en el palacio de Lugdunum. Sólo pensaba en su hermano. Lo había amado. A pesar de su arrogancia. A pesar de su despiadada ambición. A pesar de su ceguera. Siempre le deseó el ansiado triunfo y la toga picta. Al fondo de un pasillo marmóreo, en una de las salas en las que tantas veces se habían reunido con Augusto para el diseño de la campaña del norte y la invasión de Germania, yacía Drusus. Entró en la sala con varios generales, y ordenó que los médicos la abandonasen.

Se detuvo ante la terrible visión del hermano. La luz, que penetraba velada entre las frescas brisas del atardecer galo, acariciaba el rostro blanquecino de Drusus. Los discípulos de Hipócrates habían operado al cónsul en tres ocasiones desde su llegada a Lugdunum. Sus escalpelos habían sajado los músculos lumbares en busca de los huesos rotos de la pelvis, y sus fórceps habían tratado de recomponer la posición de los fragmentos astillados, pero era tal el desastre que los cirujanos desistieron ante lo imposible. Un sacrificio a Bellona, la diosa de la sangre, pareció apaciguar los derrames internos que habían amoratado e hinchado sus piernas, y permitir su drenaje. Con fuertes soluciones de acetum y de opium poppies acallaron los terribles dolores que descomponían el espíritu del cónsul. Después intervinieron con los catéteres en los conductos de la vejiga, consiguiendo, al menos, deshacer los espesos coágulos que impedían el vertido de los líquidos, lo que trajo, junto a las drogas, el primer alivio de Drusus. Ahora Tiberio lo encontró con los brazos exánimes; su cuello parecía carecer de vigor alguno, y unas sábanas cubrían el resto del cuerpo. Antonia velaba junto a él. No era la joven y bella Antonia que recordaba. Parecía haber envejecido diez años en los últimos diez días. En sus ojos no habitaba la chispa de alegría que, donde quiera que fuese, brotaba y contagiaba a su entorno. Su augur, Cayo Ænobarbo, aguardaba sentado, el rostro sin ánimo apoyado en las palmas de las manos.

Tiberio se adelantó y apretó una de las manos de su hermano con el marcial fervor de siempre.

—Drusus Claudio Nerón, gobernador de Germania y vencedor de Germania. Tu hermano te saluda. Ave.

Drusus esbozó una ligera sonrisa. Las drogas no le dejaban ordenar sus pensamientos ni situarse en las coordenadas de una realidad que pronto abandonaría.

Tiberio continuó:

—Acabaré tu obra con mi mejor mano, y será en tu nombre, y tu hijo Germánico heredará toda tu gloria. Nada se perderá en el camino. Yo me ocuparé de que así sea.

Por fin Drusus consiguió incorporarse trabajosamente. Los generales le ayudaron. Algunos lo conocían bien, y había causado admiración y respeto en ellos.

—Bubona, esa divinidad gala de los caballos, no me quiere —dijo al fin sarcásticamente.

—Pero Apolo te ama, hermano, y te lleva en su cuadriga de fuego por el mundo, siempre vencedor —respondió Tiberio efusivamente.

—Escúchame ahora, Tiberio —dijo—. Nada hay que pueda llevarme, así que sabrás todo lo que hay que saber. Escucha atentamente lo que te digo con las que sé que son mis últimas fuerzas, porque en ello está el destino de Roma y del mundo. Debes reunir a todas las legiones en los próximos años… a todas, Tiberio… y partir contra el Rey de los Marcómanos. Marbolenduus es ambicioso y cuenta con la mayor armada al sur de los territorios del este de Germania. Son istævonios, y representan un peligro que puede destruir todo aquello por lo que hemos sufrido para llegar hasta aquí… Existe una alianza ancestral entre todos ellos, nunca te hablé de ella. Esa alianza es la que motivó tu derrota en la batalla del Amisia. Es la que salvó a los queruscos del norte y a los sajones… Esta guerra, Tiberio, hermano… y su fruto, Germania, es la obra de los hijos de Livia y de Augusto, es nuestra gloria y nuestro nombre por todos los siglos que vengan. No falles en eso, debes partir con todas las legiones de que dispongas contra el marcómano, sólo así podrás vencerle. Reservaba para mí ese momento glorioso, pero ya sé que los dioses me niegan llevarlo a cabo. Me han mostrado claramente, ante mis ojos mortales, el destino, sin embargo quizá por haber visto tanto, como me advirtió esa divinidad nórdica, me castigan y me privan de su ejecución… ¡Pero esa visión…! Tiberio, no la olvides. Estarás al frente de la mayor armada que Roma haya enviado al norte, y será definitivo. No te dejes distraer, suceda lo que suceda. El destino de ese ejército son las tribus de Germania. Vencer al norte es vencer al tiempo que juega contra Roma y que pretende la caída del Imperio… Júrame que acabarás con él de un golpe… Él cuenta con ochenta mil guerreros, es demasiado poderoso… Ahora, Nona, Morta y Fata reclaman su tributo…

—Serénate, Drusus, serénate… Lo juro por nuestro nombre. Así lo haré, hermano.

Drusus hacía ahora un enorme esfuerzo por hablar, como si luchase contra una fuerza terrible que lo sumergía de nuevo en la inconsciencia dolorosa de la que había despertado, y su mirada se perdía en la nada.

Habló de nuevo dificultosamente:

—… y cuidado con Panonia…

Por fin entornó los ojos, se derrumbó y su respiración se volvió más pesada y tranquila.

—Sé que los ojos de los moribundos ven más lejos que los de los vivos —dijo Tiberio—. Así que recordaré tus palabras, y se las trasladaré a Augusto.

Antonia rompió a llorar y se derrumbó. Cayó de rodillas, y abrazó las piernas de Drusus sobre la cama.

Las últimas palabras que Tiberio oyó de Drusus le llegaron casi imperceptiblemente, pero las escuchó con claridad:

—Un último deseo. No quiero llegar vivo a Roma… No lo consientas… Mi último deseo es morir aquí. Para mí, ha finalizado el sueño de la vida. Abraza a Antonia… Mi Antonia… Qué terrible destino… santos dioses…

Tiberio sintió que sus ojos se encharcaban. Su interior balbucía la más miserable de las súplicas. Drusus cerró los ojos y apretó los párpados, en los que asomó trasfigurado un último arrebato de la anterior ira de aquel hombre, con la que habría sido capaz de dominar la tierra.

Antonia se aferró a las piernas inertes de Drusus y hundió su rostro enrojecido en las sábanas. Prorrumpió en un llanto descontrolado y terrible y agitó a su marido, presa de la desesperación y el pánico. Los médicos tuvieron que intervenir, y se la llevaron entre gritos histéricos.

Tiberio ya había partido cuando Drusus volvió en sí. Uno de los galenos le administraba un fuerte bebedizo sedante a base de mandrágora y beleño, endulzado con gotas de mirra. El que aguardaba en la tenebrosa antesala que los dioses reservan a los que van a morir, ordenó que viniesen sus mejores legados, y escuchó sin miedo aparente noticias de Germania, donde los levantamientos continuaban multiplicándose: las legiones combatían rebeliones por toda Sugambria, Tencteria, Hermunduria… un espasmo de ira y valentía agitaba al monstruo de sus sueños, al que casi había visto caer abatido, su hidra de cien cabezas. El héroe no es héroe sin su propio monstruo, había pensado una vez.

Supo que la noticia de su caída había encendido las esperanzas de los enemigos de Roma en el norte. Moriría escuchando cómo su obra se resquebrajaba, como un alfarero al que la pieza más perfecta se le seca y se le agrieta ante los ojos, incapaz de evitarlo, bajo los rayos de un sol cegador.

—La cerámica de mi vida se quiebra, ay de mis vides en los campos itálicos, de mi mujer, de mi hijo, que nunca sean presas del halcón de la envidia que todo desgarra. Decidles que los he amado…

Moribundo, escuchó las palabras de Augusto y del Senado que la guardia pretoriana había traído desde Roma. Mientras era pronunciado el discurso inscrito por los escribas de los sagrados padres conscriptos, deliraba atendido por físicos y aurúspices. Hicieron sacrificios en su nombre, y él sólo pensaba en su mujer, en su hijo, en su madre, Livia. Antonia se había repuesto y, ya más serena, abrazó a Drusus; las esclavas del gineceo situaron al pequeño Germánico junto a su padre.

Antonia, hermosa Antonia. Tu recuerdo es lo único que me llevo. Nunca sabe un hombre cuánto quiere ciertas cosas hasta que llega la hora de perderlas. Germánico, hijo, hereda mi gloria, mi nombre, y, si me maldijeron, consuma mi venganza…