En el hampa

Kenneth Royce · Capítulo 11 de 16

Páginas del PDF

En el hampa

Capítulo 10

PETER SHAW se estremeció. Lentamente sus manos se aferraron al respaldo de la silla cual un ciego. Había palidecido. Pasé delante de él y no hizo ningún ademán para detenerme. Cerré la puerta y regresé a la habitación de manera que él quedó de nuevo entre la puerta y yo. Estaba tratando de demostrarle que podía confiar en que yo no me escaparía.

—Es mejor que se siente —le aconsejé.

—No, estoy bien —se sostenía con fuerza a la silla—. Mi padre no es un asesino.

—Ningún hombre sabe lo que otro hombre puede ser; muy pocos son los que se conocen a sí mismos.

Con una mano de dedos finos presionaba sus ojos.

—Es preferible que tengamos esa charla que usted quería.

Se sentó tembloroso como un anciano. Seguía estando pálido y me miró como un perro que ha sido injustamente castigado. Me daba la impresión de que el joven Peter Shaw había recibido demasiados impactos en su corta vida. Ahora tendría otro más.

Me estaba preocupando.

—¿No regresará pronto la familia?

Sacudió la cabeza lentamente.

—Jamás regresan a la hora que dicen. —Advirtió mi duda—. Por favor Mr. Scott, dígalo, si regresan no vendrán aquí, sobre todo si piensan que estoy estudiando.

Me gustaría tener su seguridad. Debía irme.

—El día catorce asesinaron a Max Harris —empecé—. Hay una fuerte evidencia circunstancial que sugiere que su padre lo visitó esa noche. El arma asesina está en esta habitación.

—¿Entonces por qué no lo detuvo la policía?

—Porque estamos hablando de gente que nunca ayudaría a la policía. Se toman la justicia con sus manos.

Me miró desamparado. Supongo que como estudiante de leyes y con el padre que tenía le era difícil comprender la ley fuera de la ley.

Estaba viviendo una pesadilla y no era solo por el hecho de haberme encontrado en su casa.

—¿Dice que el arma del crimen está aquí?

—Es el bronce con el niño.

Sonrió levemente.

—¿No diría usted que es un objeto demasiado grande para sacarlo de la casa y devolverlo a su lugar?

—No lo sacó, pero sí lo trajo. Era de Max Harris.

Sus dedos alargados se doblaron nerviosamente y no supo qué hacer con sus manos. Estaba perplejo.

—No puedo discutirle si fue o no de Max Harris. Lo que le puedo decir es que ambos bronces han estado sobre esos pedestales en esta casa, durante estos últimos seis meses.

Sentí que me corría un frío por la espalda.

—Forman una familia muy unida —observé igualmente—. Está obligado a proteger a su padre.

Empezó a reír espasmódicamente.

—¡Es grande! —rio hasta enfermarse y pensé que estaba al borde de la histeria. Iba a levantarme cuando se contuvo—. Lo siento —se calmó, pero sus nervios estaban deshechos y tuve miedo de moverme por si llegaba al paroxismo—. Usted dijo que el crimen fue el día catorce. ¿A qué hora cree que pasó?

—Alrededor de las once y media.

—¡Qué extraordinario! Mi padre me pasó a retirar a la casa de un amigo a las once de esa noche. En eso es perfecto: me lo había

prometido. Es una zona difícil para conseguir taxis y con el problema del garaje y estacionamiento, no uso auto.

Su voz temblaba y no se sentía cómodo pero si deseaba testimoniar ante la corte, en ese caso Dick se quedaría donde estaba. Además del miedo de que eso ocurriera existía el terror de que fuera cierto.

—¿Telefoneó en aquel momento a esa casa? ¿Lo vio su amigo?

—No. Cuando papá dice que llegará a una hora, así lo hace. Yo no quería que mi amigo se sintiera obligado a invitar a mi padre con un trago. Con franqueza le diré que no me gustaba que se encontraran de ninguna manera. Tomé la precaución de esperar afuera a que él llegara.

—Así que no existe más que su evidencia de que lo recogió ahí.

—Así es. Pero no le miento, Mr. Scott.

Advirtió un indicio de mi confusión y eso le dio fuerza.

—Usted es un tipo extraordinario. Asalta esta casa y sin embargo espera que yo crea en su motivo. Cuando yo le hago una afirmación, no me cree. ¿Por qué diablos voy a confiarme a un hombre que no me cree?

¿Hasta dónde podía yo llegar? Si Norman se enteraba, nada de lo que yo dijera valdría. Haría su trabajo.

—¿Está totalmente seguro de lo que dice?, el futuro de un hombre está en juego, un hombre que sé con toda certeza que es inocente y que ahora está arrestado.

Esto no funcionaba, tenía que estar equivocado o mintiendo.

Pareció que crecía su confianza en mí, a medida que la mía disminuía.

—¿Todavía sigue creyendo que protejo a mi padre? Dios no lo permita. Míreme, Mr. Scott. ¿Qué ve? El hijo de un malhechor que pronto terminará con la carrera de Leyes: la que puedo deliberadamente tirar por la borda porque mi padre desearía usar mis conocimientos en una forma que yo no puedo permitir. ¿Se imagina que no me importa mi posición? ¿Y cómo cree que podré enfrentar a mis amigos día tras día? Si yo fuera como mi padre, no

tendría problemas, puesto que su educación no fue inferior a la mía.

No me explico por qué es así; únicamente que se deba a que una vez perdió su fortuna. Si yo fuera como mi hermana lo podría superar. Ella tiene la suerte de usar anteojeras, así que no ve nada sórdido. Se ha preparado para aceptar las ventajas y pretende que lo demás no existe. Así que se ha vuelto la frágil criatura que usted vio.

Mientras hablaba yo me daba cuenta de que, con toda probabilidad, yo era la primera persona a quien se confesaba. No lo podía decir a sus amigos y Ulla y Norman estaban demasiado encasillados para desear comprender. Estaba solo en la familia y no sabía para qué lado tomar, de tal manera que en este momento se desahogaba conmigo. Formábamos una extraña pareja. Sin embargo se trataba de un ruego y aunque el tiempo pasaba peligrosamente tuve que escucharlo.

—¿Cómo puede un hombre estudiar Leyes cuando su propio padre está fuera de ella? Soy como mi madre, sabe. Era una persona muy gentil. Cuando papá se inclinó al crimen, seguramente para recuperarse de sus pérdidas, ella trató de tolerarlo pero tuvo una crisis nerviosa. Así que lo abandonó. Lo triste del caso es que perdió la custodia de sus hijos. Estaba todavía demasiado enferma para ocuparse de ellos y jamás acusaría a mi padre en un juicio. Si hubiera sido de un carácter más fuerte y hubiera estado menos enamorada hubiera podido sobrevivir. Pero no pudo. Aunque yo era muy joven, lo recuerdo. Siempre lo recordaré. Y si alguna vez tratara de olvidarlo, ahí está mi padre para recordármelo a diario. Sin embargo, no puede hacer lo suficiente por ninguno de nosotros.

Puede que sea un amor nacido de una culpa. Dudo de que jamás se haya arriesgado a examinarse introspectivamente para saberlo.

Su voz se volvía más fuerte y tranquila según hablaba, como si estuviera resolviendo algo. Sus dedos se cerraban sobre el mentón en un gesto de desesperación.

—Usted tiene suerte, Mr. Scott. Sus problemas son simples. Los míos me desgarran como le sucedió a mi madre y a menos que

encuentre una solución, me destrozarán de la misma manera.

De repente salté de mi silla al oír el golpe de la puerta de abajo.

¡Cristo! Lo miré fijo implorando ayuda.

—Están abajo —gruñí.

—Por favor, siéntese, Mr. Scott. Si vienen aquí ambos confesaremos. Le pido que me escuche.

Estaba alterado y yo tenía que dejarlo desahogarse. Yo transpiraba pero nada lo detenía ahora.

—Tengo muy poco que agradecer a mi padre excepto una devoción inalterable. Cualquier cosa que haya hecho y por cualquier causa que sea, siempre se ha preocupado por nosotros. Por eso es que no pudo haber matado a Max Harris. Mr. Harris no era una amenaza para la familia y mi padre mataría solo en caso de que estuviéramos amenazados. En ese caso me temo que mataría a cualquiera. Su familia es la disculpa que justifica sus actos.

Puede convencerse de que lo que ha hecho ha sido por sus hijos. La necesidad para él de aferrarse a esa mentira básica como cierta, se ha convertido en una obsesión.

Aun en medio de mi urgencia para escapar, de salir antes de que me encontrara Norman, advertí una falla en esa aseveración. Max pudo fácilmente constituir un peligro para la familia de Norman, pero no tenía por el momento intención de declararlo. Vio mi perturbación y se alegró con ello.

—Usted tiene miedo de que lo atrapen —me acusó—. Debí ser como mi padre: durante tanto tiempo ha tenido éxito que cree que es invulnerable. Puede que lo sea porque es astuto y precavido. Por otro lado si le encuentra aquí, eso le hará dudar de su apreciación sobre sí mismo.

—Y sentirá como si su familia estuviera amenazada —puse el punto sobre la í—. Usted mismo lo dijo: mataría para protegerla.

Pero sus pensamientos seguían todavía introvertidos. Había acarreado su cruz durante tanto tiempo que una vez que se explayó no tuvo la fuerza suficiente para aliviarse. Rio sordamente con un sonido desagradable.

—Va a parecer muy ridículo si alguna vez lo acusan a papá y yo soy su abogado. Estoy pensando, ¿cómo lo verán?

Mis oídos trataban de detectar los movimientos del piso de abajo. Temía dirigirme hacia la puerta para evitar problemas. No era saludable tener las dudas que él soportaba. Pasaría mucho tiempo antes de que pudiera explayarse como ahora, sin temor de que se enterara Norman, así que se resistía a dejarme marchar.

—¿Qué cree que debo hacer, Mr. Scott? Usted es un observador objetivo.

—¿Hacer? —¡Dios Santo! Pude oír un suave ruido en las escaleras—. Alguien viene —susurré.

Parecía impertérrito; después de todo, no arriesgaba gran cosa.

—¿En cuanto a mis estudios? ¿Usted cree que debo terminarlos sabiendo con qué dinero se costean?

Su voz era demasiado fuerte; sin embargo yo sabía que no la quería bajar. Bajé el tono de voz esperando no ser oído del otro lado de la puerta.

—Ha ido demasiado lejos —le señalé—, ya está comprometido.

Sería muy estúpido si retrocediera ahora.

Se sentían unas pisadas del otro lado de la puerta. Retuve la respiración con la esperanza de que observaría la desesperación de mi actitud y esperaría por lo menos unos segundos. Cuando habló fue como si no se percatara de nada excepto de nosotros dos y sus miles de problemas. Fue como un crescendo orquestal en una habitación vacía.

—Pero en realidad, es solo recientemente que descubrí la actividad de mi padre. Pienso que fui algo ingenuo.

Asumí el control de la conversación una vez que las pisadas siguieron subiendo las escaleras. Mi oración debió tener fuerza; era difícil creer en mi suerte. Todavía había dos personas más abajo.

—Usted no es responsable por su padre. Hay un montón de hijos que vomitarían si llegaran a examinar la conducta sin ética de sus viejos, disimulada con el atuendo de los hombres de negocios de la Bolsa. No se preocupe demasiado, compañero. Termine su

educación y luego úsela bien. Abandone a su viejo o dele un ultimátum. Luego haga algo bueno con su capacidad.

Estaba a punto de argüir; se lo veía en su cara; él conocía a su padre, los demás no. Sí yo no lo hubiera detenido no terminaría nunca. Arriesgué la chance más grande de todas.

—¿Qué le pasa? —gruñí manteniendo todavía mi voz baja—.

¿Tiene tan pocos riñones? Usted sabe lo que tiene que hacer. ¿Qué tipo de persona es la que le pide normas de moral a un malviviente?

¿Tiene que tener alguien a quien acusar si no resulta? Si lo hace entonces consígase alguien más respetable que yo. Está bien, lo siento por usted si eso es lo que quiere. Es duro. Pero tenga algo de dignidad. Dígale a su padre que está harto y manténgase solo: es una cosa maravillosa para el espíritu.

Mi calculada salida por lo menos lo trajo de vuelta a nosotros dos y a la habitación y al motivo de que estuviéramos ahí. Su mirada contenía rabia y autoconmiseración. Le había herido en su orgullo.

—Si yo fuera usted —añadí— hace tiempo que habría abandonado la casa. Habría dicho: Papá, eres un tipo de malas inclinaciones, o te enderezas o me voy y ya sabes lo que puedes hacer con tu dinero. Me pidió mi opinión y ya se la di.

Yo no sabía adonde me iba a llevar. Era algo diferente a Ulla y a su hermana, porque su conciencia lo estaba molestando, pero todos disfrutaban de la deshonestidad de Norman. El problema mayor de Peter era que carecía del valor de separarse.

Mientras me miraba con la cabeza gacha y los ojos fijos, se veía claramente que eso iba desfilando por su mente; con probabilidad lo había hecho muchas veces anteriormente, pero sin que nadie lo mirara en los ojos y le dijera que se comportara con valentía.

—¿Me puedo ir ahora? —pregunté no tan al pasar como me proponía.

—Le estoy muy agradecido, Mr. Scott. Usted tiene una rara honestidad para un ladrón. No me la ha escatimado ni siquiera a costa de su propia y delicada situación. —Sonrió algo ridículamente

—. Podría sugerirle que usted practicara lo que predica y que usted mismo se enfrente con mi padre: hágalo con su opinión sobre él.

Lo había esperado a medias.

—Lo haría, si después se me permitiera salir y ganarme la vida.

Traté de nuevo.

—¿Me puedo ir ahora?

—¿De veras está preocupado no es cierto? —Gozaba al ver que ahora era yo el que estaba en apuros, mi boca se secó cuando oí a alguien de nuevo en las escaleras.

—Aterrado es una palabra más exacta. Mi cabeza está en la picota y usted tiene el hacha. Le doy mi palabra de que Norman me amasijará.

¿Cuándo entendería ese joven loco la situación? De repente él también oyó las pisadas y me indicó rápidamente que me colocara detrás de la puerta. Estuve allí antes de que su dedo terminara de señalar. Todavía necesitaba saber.

—¿Se lo va a decir? —susurré.

Se mostró confundido, como si se hubiera olvidado de cómo llegamos a estar juntos en la habitación. Después él también susurró.

—No se lo diré si usted, me cree. Él me fue a buscar aquella noche.

—Le creo —gruñí.

Las pisadas ahogadas por la alfombra pero tan audibles para mí como un zapateado en una tarima, se detuvieron en la puerta. Me quedé parado detrás de ella con la espalda contra la pared espiando la expresión dubitativa en la pálida cara de Peter. Se mojó los labios.

Sentí la necesidad de hacer lo mismo con los míos. Supe que había una mujer afuera, pero no cuál era. El pomo de la puerta me fascinaba cuando giró y la puerta se balanceó suavemente hacia mí.

—¿Oh, estás aquí, querido? Pensábamos en dónde diablos te habías metido —dijo Ulla con una voz melosa que cobijaba algo de malicia. Quizás se daba cuenta de que los hijos de Norman no la querían. La vi trasponer la puerta y deseé que la empujara más

hacia adentro. Entró en la habitación, apareciendo llamativa con un largo traje de noche. Hasta su espalda era sugestiva. Si giraba la cabeza me habría descubierto. Peter, desacostumbrado a una situación así, estaba ansioso y le costaba evitar mirarme. Por fortuna pareció detectar el insulto educado de Ulla y eso lo acicateó.

—¿Quiere decir que se preocupó por mí? —Se dirigió hacia Ulla atrayendo su atención.

—Bueno, por supuesto lo estábamos. Dijiste que no te encontrabas bien.

Pasó delante de ella, fuera de mi vista, pero su voz aguda me llegó con claridad.

—Mi querida Ulla, estuve estudiando. ¿Puedo apagar la luz?

Súbitamente me encontré en la oscuridad y la puerta se cerró cubriendo la débil luz del rellano de la escalera. Me quedé en esa oscuridad pensando en si Peter mantendría su palabra. Se liberó de Ulla pero mostró que no era lo suficientemente fuerte en despejar la salida; podía tener pensamientos ulteriores. Las pisadas se dirigieron hacia abajo, lo que indicaba que no se iban a la cama. Era mejor que yo me fuera.

Abrí la puerta con cuidado y espié afuera. Las luces superiores todavía estaban encendidas. Caminé por el rellano con una ligera aprensión a causa de Ulla, cerré la puerta de la biblioteca y subí al estudio de Norman. Tenía que andar sin hacer ruido, porque sospechaba que Belinda se encontraría en algún lugar de ese piso.

Entré en el momento en que la puerta se golpeó abajo. El sonido de los pasos solo podía ser de Norman. Me tomó una fracción de segundo para decidirme y empecé a transpirar.

Atravesé velozmente la habitación, sacando mi linterna y dirigiéndola con fuerza sobre la pared más alejada. Bordeé el escritorio y abrí el archivo de discos, con miedo de no tener tiempo.

Los estantes del archivo volaron hacia atrás cuando oí a Norman que llegaba al rellano, sus pisadas eran casi inaudibles mientras yo entraba en la oscuridad interior. Apagué la linterna cuando el pomo de la puerta se movió y me agaché dentro del armario cuando

empezó a abrirse la puerta. Cerré la puerta del armario y la luz se filtró a través de la pequeña abertura. Volvió otra vez a reinar la oscuridad, mientras yo me quedaba como un jorobado, rogando a Dios que Norman no hubiera advertido mis últimos movimientos en la puerta del armario. Temí moverme por si acaso me oía y sin embargo, si no me oía, igual podría entrar. No pude oír nada desde adentro de ese armario; era lo mismo que estar en una celda sin aire; los vestidos que colgaban del riel cubrían mi cabeza cuando retrocedí lo más al fondo que pude. Mis pies golpearon las puertas como si trataran de tirarlas abajo. El panel de atrás empezó a abrirse y un haz de luz se deslizó por ella bordeando mis pies, subiendo por mis piernas como una lenta lava movediza. ¿Era demasiado tarde para salir? ¿Me había oído Norman? Hice la única cosa que me quedó. Busqué mi camino hacia el final del armario, empujé los vestidos, consciente de que las perchas harían ruido en la barra y rogando simplemente que Norman no lo oyera.

Llegué al extremo, separé con mis brazos los vestidos, luego me quedé totalmente quieto siempre detrás de las vestimentas cortas.

La luz guadañó a pocas pulgadas delante de mis pies. Norman se arrastró y al mover ligeramente la cabeza pude verlo doblado como si buscara algo. Para ser un fanático de los ejercicios físicos, respiraba con pesadez, pero podría ser que la situación de peligro hubiera agudizado mis oídos al máximo. Se enderezó, refregándose contra los vestidos que se aplastaron contra mi cara. Pero no me moví ni un ápice aun cuando me rozaron la nariz. Pude ver su silueta completa, su cuello de hombre maduro, sus piernas iluminadas por una luz potente. Olí alcohol en su respiración y agradecí a Dios que yo no hubiera bebido también.

Abrió las puertas del armario y salió dejándolas abiertas. Las luces de la habitación entraron y repentinamente ya no hubo más oscuridad en el fondo del armario. Regresó mientras yo trataba de disimularme como el camaleón con la madera en la espalda y los vestidos al frente. Retuve mi respiración, Norman retrocedió, su cara súbitamente bañada por una luz difusa y cerró la puerta del armario,

su cara fue como un relámpago mientras desaparecía en la relativa oscuridad.

Yo me encontraba de nuevo en la oscuridad, pero en peor situación que antes. Era demasiado arriesgado regresar a la casa principal con los otros tres ahí y yo no sabía qué hacía Norman del otro lado del armario. Me moví hacia las puertas y escuché. Empujé una de ellas. La luz seguía encendida y yo me deslicé. Penetré en el dormitorio.

No estaba ahí, lo cual fue un inmediato alivio, pero faltaba un gran trecho para mi salida, considerando que su estudio era mi vía de escape. Cerré las puertas del armario.

Mientras miraba alrededor para encontrar un escondrijo, consideré la posibilidad de salir por una ventana del piso inferior, pero no estaba seguro de que él no oyera el abrir y cerrar de la ventana, sobre todo el ruido del pestillo. Reconozco que mi meta primordial era tratar de localizarlo y actuar en consecuencia.

Me moví hacia las escaleras y me detuve. Había algo compulsivo en el riesgo que yo corría y sin embargo no lo podía evitar. Manteniéndome en el filo de las escaleras hice lentos progresos y solo rogaba que él no apareciera. Alcancé el rellano y oí una voz en la biblioteca. Me acerqué arrastrándome, puse mi oreja contra la madera y oí a Norman que hablaba por teléfono. No sabía que tenía un teléfono ahí. No podía haber una oportunidad mejor; regresé arriba al estudio.

Cuando descendí por el caño de desagüe puse un cuidado especial al pasar enfrente de la ventana de la biblioteca.

Si alguna vez necesité un auto fue entonces. Maldije el hecho de haber vendido el mío. Podía robar uno, pero me pareció ridículo aumentar mis delitos cuando mi misión era loable. Llegué a la casa de Chrissie después de una caminata infernal. Eran ahora justo las dos y me hubiera venido bien tener un chaleco grueso para evitar el frío. El lugar estaba desierto. Una pareja de vagabundos estaba sentada sobre los pilares de un portón. El Daimler Sovereign se

destacaba entre los demás, pero empezaba a verse abandonado aun bajo la deficiente luz de la calle. Dudé de que hubiera sido usado después del asesinato de Max, lo cual era una pena, porque dejaba asomar un comienzo de complejo de inferioridad, como si nadie tuviera interés en él.

Al igual que las otras, la casa de Chrissie estaba en completa oscuridad. Tuve la esperanza de que ningún hombre le acompañara. Toqué el timbre durante unos segundos. No me sorprendió cuando no ocurrió nada. Volví a presionar el botón y seguí apoyando el pulgar. Después de un rato, una ventana de arriba se abrió y yo di un paso atrás en la vereda para observarla.

Una cabeza con ruleros se asomó y aun desde el lugar donde yo estaba vi su muda furia. La luz de la lámpara reflejaba la rabia en sus ojos.

—¿Qué maldito infierno es este?

Una precaución innata mantenía bajo el volumen de su voz, pero lo hacía con esfuerzo.

—Spider —susurré hacia arriba—. Su probable socio.

—¿Qué juego es este? —me escupió—. ¿Sabe qué hora de mierda es?

Su cara pálida flotaba sobre mí como un espíritu.

—No es usted amistosa, Chrissie. Déjeme entrar.

—Váyase al infierno y regrese a las doce.

Empezó a retirar la cabeza.

—Chrissie —la arrullé—. Si no fuera un asunto de muerte no estaría aquí. Yo también quiero dormir. Ahora déjeme entrar antes de que despertemos a los vecinos.

—¡Imbécil!

Fue su último comentario antes de cerrar la ventana. No parecía un trato entre socios. Me dejó esperando durante unos veinte minutos largos. Presentí que vendría vencida por la curiosidad.

El único movimiento durante ese tiempo, fuera de que estuve tratando de ponerme la sangre en circulación, fueron los dos vagabundos que bajaron de los pilares, buscando camorra.

Cuando ya iba a llamar de nuevo, corrieron el cerrojo y la cadena sonó.

—Entre —dijo Chrissie irritada al tiempo que abría la puerta—.

La gente va a pensar que tengo una casa de citas.

Lo dejé pasar, puesto que Chrissie no se iba a preocupar de lo que pensara la gente, mientras eso no le costara dinero. Me indicó el camino hacia la salita que estaba casi tan gélida como la intemperie, ya que había cerrado la calefacción antes de irse a la cama. Llevaba chinelas y una bata de seda amarilla brillante. ¿Por qué usaría siempre esos colores tan estridentes? Se había sacado los ruleros y su pelo lucía con ondas inmaculadas y laqueadas.

Advertí la amargura de su humor. Estaba ligeramente maquillada y aparecía como una talla primorosa de marfil. Fuera de su expresión irritada, se había arreglado bien. Se sentó en el brazo de un sillón, indiferente a que se le viera la pierna que se asomaba por la bata entreabierta. Sabía, y yo también, que no era para mí, lo que indicaba de manera clara su actitud hacia su socio. Pero era una linda pierna.

Su actitud hacia mí, era obviamente la que reservaba para los que ella consideraba por debajo suyo: una especie de desprecio mudo y sin embargo ante algunos hombres esa máscara debía caer, los labios trémulos de pasión, los ojos ardientes de deseo y lujuria: Chrissie lo demostraría a alguien y yo solo deseaba que mostrara un poco de ese calor que guardaba detrás de ese marco esculpido.

Reconozco que cuando Chrissie se abandona a sus amantes les lleva tiempo recobrarse y estaba dispuesto a apostar que no los liberaba fácilmente.

—Bueno —preguntó—. Me ha hecho levantar, así que será mejor que sea por algo bueno.

—¿No puede proporcionarme una bebida caliente? ¿Tal vez café? Me hace falta.

—Siga Spider. Si es urgente, el café puede esperar.

—Por fin recorrí la casa de Norman. Los dos bronces están ahí.

Sus ojos se dilataron con furia.

—¿Qué le dije? —gritaba—. ¿Se lo dije o no?

—¿Así que reconoce que eso acusa a Norman?

—Naturalmente que lo acusa, ¡maldito sea! Permitiré que la poli se entere.

—Hay un pero —dije mirándola fijo.

Chrissie se heló.

—No trate de inventar nada, Spider.

Sacudí la cabeza.

—El hijo reconoce que ambos bronces han estado ahí desde hace seis meses. Me pescó buscándolos.

Me miró impertérrita, en silencio, con un montón de preguntas en su cabeza, mientras yo pensaba con cuál de ellas explotaría primero. Debía haber sabido que no me concerniría.

—Bueno, ¿lo reconoció o no? Está obligado a decir eso. Toda esa maldita familia está obligada a decirlo —luego con un resoplido

—. Todos se apelotonarán a favor del papito que trae el pan a casa.

La simulación del acento distinguido no le salía.

—Quizás —dije sin comprometerme.

Se levantó con lentitud de la silla y su pierna desapareció en el pliegue de su bata.

—No está usted insinuando que cree a ese engendro de muchacho ¿verdad?

Levanté los hombros.

—No lo sé. Parecía ser sincero.

De repente se dio cuenta de lo que eso implicaba.

—¿Lo sabe Norman? El muchacho se lo dirá. ¿Usted me mencionó?

Chrissie era siempre la misma. Sonreí, no lo podía evitar. Si me asociaba con ella necesitaría de todas mis facultades.

—¿Se ha puesto a pensar en lo que me ocurriría si Norman se entera?

No me contestó pero se moría por saber si la había involucrado en esto.

—Usted está a salvo —le dije desdeñoso—. No soy un soplón, aunque Dios sabe por qué.

—Debí recordarlo —acotó aliviada—. Había olvidado su reputación. De todos modos en cuanto a mí se refiere, esto lo liquidará. Denunciaré a Norman por asesinar a Max.

—Tiene que ser algo más convincente —le señalé—. La policía necesita algo más que una evidencia de su parte.

—La tendrá —hizo un rictus malicioso— puedo presentar a una media docena de personas que jurarán que el bronce estaba en esta casa en el momento del asesinato de Max.

—Y no tengo duda de que él podrá presentar otra media docena que jurarán que no es cierto.

Chrissie se adelantó hacia mí con los ojos ardientes y pensé que me iba a golpear. Di un paso atrás pero se detuvo y susurró.

—¿Qué le pasa? ¿Es una gallina? Debía de estar contento de estar a punto de liberar a su hermano; en vez de eso parece como si estuviera tratando de embarrar el caso.

Levanté los hombros.

—Es como le digo. Tiene que ser convincente o de lo contrario ahorcarán a mi hermano.

—Los voy a convencer. No se preocupe, Spider. Los voy a convencer.

Me desasosegó al observarla aunque no estaba seguro del porqué. No me gustaría ser enemigo suyo y casi lo era. Ya no estaba cansada ni enojada porque la hubiera despertado.

Lentamente caminó por la habitación, fumando un cigarrillo e ignorándome, mientras pensaba. Chrissie parecía una mujer satisfecha, lo que no me satisfizo a mí.

No conseguí el café. Cuando la dejé, salí pensando si el amarretismo de Max era inferior al de ella. El de Chrissie era muy grande y no debía subestimarlo. Mi último intento fue pedirle prestado el Daimler para irme a casa, puesto que no tenía esperanza de conseguir un coche de caballos y era una caminata infernal. Lo devolvería por la mañana. Me largó una historia absurda

de que Max había sido el único que lo había manejado y ahora, para ella, era una especie de reliquia. No me hubiera parecido tan malo, si sus facciones no delataran en ese momento su venganza.

Yo debería estar tan contento como Chrissie por los bronces. No lo estaba. Me sentía más preocupado que nunca desde que sus propios colegas encarcelaron a Dick.

No era predecible juzgar lo que Chrissie pensaba hacer. Dudo de que ella misma lo supiera. ¿Querría liberar a Dick de su situación?

Yo no podía vanagloriarme de esa conjetura: no era su primordial interés. Pensaba si no habría sido todo en vano: si todo lo que había conseguido era el trabajo en la Tate. Si Chrissie iba a actuar contra Norman, ojalá lo hiciera antes de que el trabajo fuera programado y aun así, eso me perturbaría porque no era una esperanza totalmente honesta. De todas formas, era más de lo que mi vida valía si trataba de echarme atrás y si lo intentaba Norman querría saber al instante mis motivos. Cualquiera de las dos formas terminarían conmigo.

OceanofPDF.com