En el hampa

Kenneth Royce · Capítulo 14 de 16

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En el hampa

Capítulo 13

CAMINÉ hacia el trío infernal. Sus caras estaban sombrías bajo sus cascos, pero había una especie de inusual sumisión que no esperaba de ellos. Tal vez se dieran cuenta de que este no era el momento de rebelarse. Era una lástima que no lo hubiera pensado antes, pero ya no había tiempo y había un trabajo para hacer.

—Saquen el equipo.

Di la orden y nadie discutió. Retiraron el primer cilindro mientras yo tomaba la escalera vertical amurallada a la pared del túnel que tenía unos noventa centímetros. La escalera estaba tan próxima a la pared de ladrillo que no podía meter todo mi pie, pero pronto advertí que separando las rodillas era algo más fácil. Era tan angosto que la pared raspaba mi espalda. El túnel seguía directo hacia abajo y terminaba en una cámara, lo que le agregaba otros 90 centímetros de ancho y 1,80 metros de largo. Inmediatamente sentí la fuerte succión del agua. Retrocediendo aguas abajo del túnel horizontal que corría desde la cámara, había suficiente lugar para las perforadoras térmicas. Moví la lámpara en diferentes direcciones para establecer un plan. El fuego reflejado en las paredes y en el agua, creaba ilusorios tonos de luz y sombra de inmediato efecto claustrofóbico.

La mayoría de las cloacas principales son viejos ríos; los tributarios han sido complementados por el cemento y la mano del hombre. Las paredes de la cámara y de la cloaca principal que la unía eran de ladrillo. La cloaca en sí era redonda, pero algo más

chata, y con un piso irregular de ladrillos. Las pesadas botas por fin tenían sentido porque estaba parado dentro de una rápida corriente de 60 centímetros de profundidad. Era demasiado hondo pero teníamos que enfrentarnos a eso.

El agua era sorpresivamente clara y el olor a parafina ahora era más intenso. Alguien debía haber hecho un desagüe en alguna parte porque el olor se mezclaba con el aire viciado. Cuando giré el haz de luz hacia abajo de la corriente, vi una saliente que obviamente era un viejo puente y que se había dejado como soporte. Sentí un dejo de melancolía por el pasado.

Apenas había lugar. Me di vuelta para enfrentarme a la cámara de nuevo, e hice brillar la lámpara sobre el lugar de la pared que había que perforar. A una altura de unos ocho ladrillos sobre el nivel del agua se debía hacer el centro de la abertura, todo era muy compacto. Miré hacia arriba al pequeño cuadrado de luz que estaba sobre mí. Era solo algo menos oscuro, puesto que tres caras lo bloqueaban. Hice un ajustado cálculo: no podíamos atrevernos a horadar en ningún punto que estuviera a menos de dos metros por debajo del nivel de la calle. Sobre ese punto podíamos encontrarnos con caños maestros de gas y electricidad.

Arriba alguien golpeó la tapa metálica y el ruido llenó la cloaca contestando adecuadamente a la señal de peligro. El ruido retumbó con eco y de repente me sentí solo ahí abajo en medio de tanta oscuridad atemorizadora. Se estaban impacientando allá arriba pero yo tenía que estar seguro. De nuevo hice brillar la lámpara sobre el húmedo y viejo trabajo de albañilería y miré si había alguna marca del agua. Cuando la encontré, no me gustó mucho, era por arriba de mi cabeza. Sabía por el Árabe que las cloacas se podían inundar, pero alejé ese pensamiento, porque también sabía que con una fuerte lluvia se podían llenar a toda velocidad. Para cualquier propósito teníamos más que lugar; era el menor de los requerimientos importantes. Empecé a subir la escalera consciente del peso, de mis botas. Con el atascamiento de las barras y mi

propio tamaño ofrecía más dificultades que a las que me había preparado.

Unas manos acogedoras me ayudaron y me pusieron sobre el pavimento y pensé cómo la codicia puede hacer apretar filas a pesar de las disputas. Ninguno quería que fracasara. Lo único que me perturbaba, era la manera con que Big Fred desvió a medias su mirada cuando me di vuelta para agradecerle. Como siempre, me intranquilizó. Cada vez que intentaba observarlo pasaba lo mismo.

Les dije mi plan a grandes rasgos y les expliqué que uno de ellos tenía que sostener derecho el cilindro de oxígeno que usáramos para que la válvula estuviera por encima del nivel del agua.

Entonces fui al fondo del camión, bajé la tapa del lado vecino y rocié en grande mis botas y guantes con el líquido desinfectante. Uno nunca sabe si lo pueden estar observando en este acto de rutina.

Nos aseguramos de que el camino estuviera libre antes de bajar el equipo. Fred y Slasher bajaron con Charlie y yo mismo ayudé a descender el primer tubo, el porta barreno, el soplete que pondría en acción el extremo del barreno y el barreno mismo. Abajo tuvieron problemas con el largo del barreno y pude ver los haces de luz de sus lámparas que zigzagueaban como proyectores, mientras ellos se retiraban. Los pude oír cuando chapaleaban y juraban, sus reniegos quemaban como flechas presionando burbujas. No había tiempo para reconvenciones. Por fin Fred graznó un O. K. Flotó golpeándose contra las estrechas paredes y llegando a nosotros como un áspero y distorsionado murmullo. Hice una seña a Charlie.

Este deslizó un par de anteojeras para protegerse los ojos contra las salpicaduras diluidas, como debían haberlo hecho los otros ahora y empezó a descender. Con su delgadez no debía tener tanta dificultad como Big Fred o yo. No utilizó su lámpara y los otros hicieron brillar las de ellos hacia arriba para ayudarlo. Debían sentirse muy amontonados ahí abajo.

Miré al otro lado de la calle a Sid, quien hacía el trabajo más aburrido aunque importante. Todos tenían que operar bien. Se tocó el casco en reconocimiento y le retruqué con una inclinación. No

había lugar para mí en ese pozo; mi trabajo, por el momento, consistía en resolver cualquier problema de arriba. Big Fred sabía dónde excavar y era un experto en su trabajo. Las cosas se habían aquietado ahí abajo. Suponía que Charlie sostendría el cilindro mientras Big Fred y Slasher trabajarían con el barreno. Con toda razón preservarían la vida de las lámparas usando solamente una y vi el repentino resplandor de la lámpara del soplete cuando empezaron a trabajar.

A despecho de las precauciones que habíamos tomado, respiré aliviado cuando no ocurrió nada en el momento en que se calentó el extremo del barreno. No había señales de gases pero las dos cloacas abiertas habían contribuido por su parte a despejarlos… si es que los hubo. Charlie dio vuelta a la llave del oxígeno y la fusión comenzó en el extremo del barreno. Con Charlie sosteniendo el tubo y dirigiendo el destello, el potente resplandor del barreno quedó minimizado, pero a lo que no estaba preparado era al humo.

Subió a montones a lo largo del pozo como si hubiera fuego abajo. Al principio pensé que el trío infernal se ahogaría, luego recordé que estaban muy abajo, en el lecho del túnel y que la corriente de aire lo enviaría por el agujero.

Después de un par de minutos golpeé por dos veces rápidamente la tapa de metal. Charlie debió haber cerrado el oxígeno de inmediato, porque el resplandor desapareció y hubo un repentino silencio. El humo empezó a disiparse. Me aseguré de que la calle siguiera libre y luego bajé por la escalera, llegando solo hasta el nivel del agua y me quedé en la escalera. Miré hacia abajo a una pila de escombros diluida que todavía se removía dentro del agua como una lava deslizante, silbando, humeando y serpenteando en torturante agonía cuando caía de la cavidad que estaban haciendo. Fue la primera vez que vi la devastadora eficiencia de una perforadora térmica y por un momento me sentí impresionado por el montón de escombros que había bajo el agua. Por fortuna el boquete estaba en la pared norte de la cámara, así que los escombros no formaban una represa que hiciera levantar el nivel del

agua. El silbido continuaba mientras la delgada masa se escurría para abajo, mandando largas cintas de estela y humo cuando llegaban al agua.

—¿Qué diablos pasa?

Por vez primera Big Fred se puso violento. Se quedó en la cloaca principal sujetando el barreno con las dos manos, su anteojera subida sobre su frente sudorosa.

Tenía un aspecto maligno sombrío e insolente y yo lo prefería así porque lo comprendía mejor.

—Hay nubes de humo que llegan hasta arriba. No va a ser fácil explicar a la poli cuando esta aparezca… y aparecerá.

Fred se secó la cara con el dorso de su guante de goma.

Parecía un horripilante conjunto con el agua chorreando de sus rodillas en esa luz indecisa. Todos sudaban.

—Ese es problema suyo —gruñó Fred—. Usted es el muchacho inteligente, salga como pueda.

—Solo quería advertirles que respondan al segundo cuando oigan otra señal y dispersen el humo lo mejor que puedan, pero de inmediato.

Pensé que Big Fred iba a retrucarme y los otros dos lo miraron, pero dijo hosco:

—Haga su trabajo, nosotros haremos el nuestro. Ahora tenemos que encender esta maldita cosa otra vez.

Regresé arriba, pensando que en realidad, Charlie no podía haber reaccionado con más rapidez de lo que hizo. Todo lo que podían hacer era tratar de aventar el humo dentro de la cloaca principal y limitar los excesos. Cuando llegué al pavimento llamé a los de abajo y poco después el humo llegó sacudiéndose, mientras yo miraba ansiosamente a mi alrededor.

Empezó a gotear; solo eso, pero era inquietante. El problema era que yo no estaba seguro de que no estuviera lloviendo más fuerte en otro lugar. La inundación de las cloacas no tiene por qué empezar en el lugar en que uno está, pueden fluir sin previo aviso desde otra zona. El sonido de cada gota se amplificaba sobre los

cascos plásticos. El pavimento empezó a motearse con oscuros parches. ¿Debía avisarles a los hombres? Sid me miraba desde el otro lado y obviamente pensaba lo mismo.

Miré el cielo: un oscuro dosel con el resplandor nocturno de Londres reflejado pesadamente debajo de él. Las nubes temblequeantes aparecían chatas como lonjas y parecían asentarse por largo tiempo. Los hombres no debían tardar mucho en subir. No era como si estuvieran a medio camino a lo largo de una larga y principal cloaca. Por otro lado suponía que la cámara se llenaría muy pronto si el tiempo se ponía peor. Decidí que las cosas siguieran así un poco más: si empeoraba los haría subir.

Aunque estaba inquieto, mis reflejos seguían operando. Detecté el coche policial, a cierta distancia. Dos cosas me ayudaron, un casi infalible instinto ante la presencia de la policía y una luz de la calle que reflejó el azul del techo del auto. Di a la tapa un golpe de advertencia y el humo empezó a desaparecer al instante.

—Quédense en donde están —dirigí mi voz por el túnel—, la poli está aquí.

Llegaron remoloneando por el lado de Sid a no más de treinta, lo que indicaba que no era nada especial. Estuve tentado de aventar el humo con mis manos, pero me contuve, ignorando el auto que se acercaba lentamente. Sabía que se iban a detener porque estaban matando el tiempo y así lo hicieron. Doblaron en forma de U y se acomodaron con tranquilidad detrás del camión, apagaron las luces de arriba y un sargento uniformado y un policía saltaron despacio de él.

—¡Hola compañero! —Se unieron a mí tranquilamente—.

¿Haciendo horas extras?

—Por suerte paró de llover —dijo el sargento. Ambos miraron hacia abajo, pero yo sabía que no podían ver nada más que un agujero negro: los muchachos habían apagado sus linternas.

—¡Qué asqueroso olor a humo! ¿Qué pasa?

El sargento se enderezó torciendo la nariz.

—Soldadura —mentí y señalé a Sid del otro lado de la calle—.

Hay un escape hacia el Támesis. La cloaca reventó y hay un escape. Le digo que no es cosa de risa.

—¿Quiere decir que acaba de encontrarlo?

El sargento no sospechaba, pero lo sospecharía si me equivocaba en la respuesta.

—No. Por lo general no trabajamos de noche. Encontramos la rotura hoy temprano, cuando hacíamos una inspección de rutina.

Pero necesita un soporte especial y abrazaderas para soldar. Como en las casas viejas cuando las paredes se comban. Lleva tiempo para conseguir el equipo. Pero no nos atrevemos a dejarlo para mañana. Una gota de lluvia y la calle reventará.

—¿Tan malo es?

—Peor. Los cables eléctricos y los caños maestros de agua están solo a pocos centímetros por encima de la cloaca. Una vez que se produzca un escape se hará pedazos.

El sargento escuchaba. Se mostraba interesado. No parecía tonto pero yo me jugaba a que sus conocimientos sobre las cloacas fueran inferiores a los míos.

—¿Qué pasa con la Tate? —preguntó—. ¿Todos esos cuadros?

¿Entrará en los sótanos?

No podía saber si era una pregunta intencionada o simple curiosidad. Ambos policías tenían una expresión impertérrita bajo sus cascos picudos.

—¿Hay sótanos? De todos modos no iban a guardar los cuadros en los sótanos, ¿verdad? ¿Qué pasaría con la humedad?

El sargento levantó los hombros.

—Si hay riesgo, tengo que informar.

Levanté los hombros.

—Si ese es su único problema, yo no me preocuparía compañero —señalé la isla en medio de la calle—. La rotura está justo ahí debajo y la cloaca corre desde donde estamos hasta donde está Sid, luego sigue el curso del río durante un trecho. La Tate no está en peligro.

Asintió.

—¡Qué interesante! Me gustaría bajar.

—Tiene que hacer una solicitud —le dije ayudándolo—, tiene que vestirse adecuadamente y firmar una indemnización.

—¿Indemnización?

—Por si acaso usted se cae y lastima o si se enferma. Se agarran algunas enfermedades raras ahí abajo. Nosotros estamos inmunes aunque Sid estuvo en cama un par de meses el año pasado. Fiebre y erupción rara, usted conoce a esos malditos médicos: no saben nada, ¿verdad? El viejo Sid parecía una langosta hervida con salpicaduras negras por todo el cuerpo. Lo pasó mal por un tiempo y los charlatanes le dieron nombres divertidos, pero no le mejoraron, nunca ha vuelto a ser el mismo Sid.

Los policías miraron a Sid que controlaba sus nervios y miraba al Támesis por arriba del parapeto que tenía casi su estatura.

—Mire el peso que perdió —agregué como si esperara que ellos supieran.

El sargento dijo:

—Podemos aclarar diciendo que descendemos cumpliendo con nuestro deber.

Era mitad bluff, mitad verdad.

—Si insiste puedo prestarle el overol y las botas —le ofrecí—.

Deme una pequeña nota para mostrarle a mi jefe. Pero por amor de Dios no resbale porque hay mucho en qué resbalar. No deje que penetre nada en sus pulmones, cualquier cosa que le suceda…

Supo que estaba exagerando, así que le hice una mueca. Me sonrió de nuevo y empujó amistosamente mi hombro.

—Espero que lo resuelvan —dijo—. Vamos Chalky.

Los saludé con la mano. Me devolvieron el saludo desde el auto.

Norman no había sido tan tonto; sabía que yo gozaría alternando bromas con la ley. Fue bastante fácil, porque había tomado la precaución de hacer mis planes con el Árabe. Grité hacia abajo.

¡O. K.! La voz de Fred me llegó:

—Necesitamos otro barreno. Este justo paró de trabajar cuando nos avisó.

Lo cual aclaraba por qué desapareció el humo tan rápidamente.

Se necesita algo de suerte. Busqué el barreno en el camión y se lo deslicé a Fred, que subió la escalera para tomarlo.

Vi el resplandor del soplete y el humo empezó a subir por el túnel y se mezcló con la ligera brisa que ahora lo envolvió, jugó con él y luego lo adelgazó con gracia convirtiéndolo en caprichosos remolinos sobre mi cabeza. Estaba feliz porque la lluvia había parado, pero el cielo seguía cubierto, preparado para empezar de nuevo. Pensé, angustiado, si el equipo térmico necesitaría los otros tubos y barrenos. Los necesitaron. Cuando a intervalos, se los alcancé, me preocupé pensando si habrían traído lo suficiente. Si no podían terminar teníamos que embalar e irnos a casa, habiendo arriesgado tanto para nada. Me estaba poniendo nervioso.

Cuando me llegó la llamada desde abajo, corrí por los peldaños de acero, tosiendo por el humo.

Los haces de luz de tres lámparas cortaban el humo que se desvanecía y se fijaban en el boquete que habían perforado. No era un agujero muy grande, solo lo suficiente para poderse deslizar. Los escombros todavía temblaban en un montón sobre el nivel del agua, deslizándose, subiendo de nuevo volviendo al agua con el ahora familiar silbido. Miré a Big Fred.

—Buen trabajo. ¿Quiere que devolvamos algo del equipo?

Estaba demasiado contento consigo mismo para seguir resentido. La mugre cubría sus anteojeras, pero por el momento estaba feliz. Sabía su trabajo; lo había hecho bien. Slasher y Charlie sonreían triunfantes. Tenían sus anteojeras levantadas.

—Necesito el sostenedor del barreno —replicó Fred—. Los tubos pueden quedar aquí. Puedo conseguir otros.

No le pregunté dónde. El último barreno estaba a medio usar y él decidió abandonarlo, así como el soplete. Esos muchachos solo tenían interés en conservar el equipo difícil de reemplazar y era obvio que querían viajar sin impedimentos en el viaje de regreso.

Les conté lo que había ocurrido arriba e instruí a Fred en lo que tenía que hacer y decir si la poli regresaba. Quería que fuera arriba, porque lo tenía por el más capaz para manejarse, llegado el caso.

Me escuchó con los ojos bajos, recuperó el sostenedor del barreno y luego empezó a subir. Me daba la espalda para eludir mi mirada.

Les dije a Charlie y Slasher que tenían que quedarse abajo hasta que yo regresara. Consideré si debía dejarlos en la parte trasera del camión, pero si los policías regresaban y podían no ser la misma pareja, harían preguntas extrañados e inspeccionarían el camión. Yo no tenía confianza de que esos tres los satisficieran. Con toda probabilidad reaccionarían como la vieja escoria que eran. Big Fred podía ser hosco, pero yo lo había aleccionado para llevarlo a cabo.

No les gustó, pero yo sabía que Fred me respaldaría, aunque no fuera más que por salvar su pellejo. Le alargué a Charlie mi casco y me hice camino en la corta distancia río arriba hacia el boquete.

El montón de escombros estaba ahora en mi camino, directamente enfrente del agujero, me incliné hacia adelante y con mi guante de goma empujé rápidamente los restos de cemento.

Encontré un lugar firme bajo el agua y los escombros y me adelanté metiendo uno de mis brazos y mi cabeza en el boquete. Con los escombros me resultaba difícil, siendo el agujero tan pequeño. No pude seguir. Sacudí los escombros hacia afuera pero enfriados por el agua ya casi se estaban solidificando.

—Tienen que empujarme —les ordené—. Mientras esté flojo actúen, si golpeo con mi pie, querrá decir que tengo problemas.

Se acomodaron a ambos lados de los escombros y traté de nuevo de avanzar. Levantaron mi pie y lentamente me empujaron dentro del áspero y puntiagudo agujero. Me raspé las manos en el cemento pero conseguí salvar la cara y les dejé que siguieran empujándome de través. Mi cabeza emergió en la oscuridad pero supe que estaba libre. Golpeé con mis piernas y Charlie y Slasher dejaron de empujar. Adelantando mi lámpara la encendí, dirigí el haz de luz hacia abajo y casi reí con alivio. El piso del sótano estaba justo debajo de mi mirada a unas seis pulgadas del borde del

agujero. Fred no me hubiera agradecido si se hubiera encontrado perforando el piso. Dejé que el alivio me invadiera, luego pataleé avanzando. Me senté con la espalda apoyada en la pared del sótano y me saqué las botas y guantes y me puse de pie con mis medias largas de lana todavía subidas arriba de las rodillas: eran ideales para moverse en silencio. Desabroché el delantero de mi overol para poder buscar con más facilidad los instrumentos que necesitaba. Coloqué las botas contra la pared cercana al boquete, de manera que pudiera agarrarlas a mi regreso y tuve un helado pensamiento de que si el nivel del agua se elevaba, el sótano se inundaría y yo quedaría atrapado dentro de la Tate.

Fue el empuje que necesitaba para seguir adelante. Balanceé la lámpara en rededor, estudiando el sótano, los rechonchos pilares que llegaban al techo y las esculturas cubiertas en la pared que estaba más alejada. Dejé mi lámpara y utilicé mi linternita, me apresuré a cruzar el piso de ladrillo desnudo y entré en un pasillo abierto que corría desde el sótano hasta unirse a otro. A medio camino, se abría una puerta de madera de tamaño corriente, que conducía a otro sótano y en la parte más alejada había escalones de piedra hacia arriba. Esos, yo sabía, me llevarían al subsuelo, donde se encontraban el restaurante y las oficinas de la administración y encima de ellos algunas galerías. Desde el momento en que abrí la puerta en la cima de los escalones supe que tenía que tener los ojos bien abiertos. No era novedad para mí, pero había mucho trecho de camino que recorrer. Entré en el pasillo que estaba en plena oscuridad, cerré la puerta y me quedé con mi espalda apoyada en ella durante algunos segundos. Estaba totalmente oscuro.

Miré mi reloj luminoso: la una y media. No estaba mal. Sobraba tiempo. Habría recorridas de rutina y este era el momento impredecible. Deseaba apostar que serían a las horas y a las medias: a qué intervalos, imposible adivinar.

De repente aparecieron unas luces al otro extremo del palillo; sin titubear, abrí la puerta detrás de mí y entré, la cerré y espié por el

ojo de la cerradura. Aparecieron más luces. Deseaba permanecer mirando por el ojo de la cerradura, pero estaba preparado para moverme con rapidez si abrían la puerta. Se oían pasos: un hombre moviéndose lentamente, pero adiviné que había otros en cualquier lugar. Pasó delante del agujero de la cerradura con andar tranquilo, haciendo, noche tras noche, lo que debía ser de un gran aburrimiento. ¿Quién robó a la Tate? Yo estaba tranquilo, listo para saltar detrás de la puerta, pero él siguió de largo y todo lo que tuve que hacer fue esperar. Así que era cada media hora. Tenía suerte de haberme enterado tan pronto.

Pasó algún rato después de que desaparecieron las luces y les concedí otros diez minutos más. Abrí la puerta y salí de nuevo, escuchando, tratando de penetrar cada rincón y en la Tate los hay a montones. Con el extraño plano abierto del lugar y los cielorrasos tan altos, se tenía una sensación de enorme vacío, pero yo ya había aprendido a ignorarlo. Me arrastré afuera, arriesgando mi linterna como un mal menor, antes de correr el peligro de caer en lo inesperado. Mis pies calzados con medias no hacían ruido.

Sabía exactamente a dónde dirigirme. Me di vuelta a la derecha, tomé por la amplia escalinata curva hacia la planta baja. Di vuelta a la izquierda, dejando la galería de las ventas a mi izquierda, continué hacia el fondo de la galería y llegué a mi primer obstáculo: las puertas de metal cerradas a la entrada de la galería. El mayor problema era tanto espacio abierto.

Me enfrenté con las puertas de metal que parecían fuera de lugar, sobresaliendo de los arcos de mármol verde. Era como utilizar un marco valioso para una pintura chapucera. Iluminé con mi linterna la cerradura y luego todo el marco. No había señales de alambre, pero en vista del hecho de que las puertas se deslizaban fuera de la vista a un lugar escondido, la alarma bien podía estar fija directamente en la cerradura, lo que sería una variante de enganche. La apertura de las puertas rompería el circuito, lo mismo que si se violaba la cerradura.

Saqué mi ganzúa dentada e inserté las dos puntas de la espátula en la rendija de las puertas, asegurándome que ambas espátulas llegaran a la cerradura. Luego las sujeté con plastilina en su lugar.

El alambre entre las espátulas enlazó hacia abajo dejándome sitio para trabajar. Todo lo que tenía que hacer ahora era sostener la cerradura entre las espátulas, en un espacio de un decimosexto de pulgada. Busqué en la solapa de mi saco y retiré una hebra de hilo de sutura craneano. No lo había utilizado desde el trabajo en la Legación de China. El haberlo tenido en el cuello hizo que estuviera curvado, un requerimiento esencial para el nuevo paso. Empujé uno de los extremos a través de la ranura de las puertas justo encima de la cerradura. Cayó con naturalidad suficiente pero tuve que juguetear con él, antes de que la punta apareciera en la puerta por debajo de la cerradura. Ahora lo sujeté con una hebra de lana a cada extremo con sumo cuidado para no mover del lugar la ganzúa con el movimiento de sierra. Sujeté la linternita entre mis dientes, manteniéndola fija para que pudiera trabajar.

No era fácil con esa escasa luz. Sabía que sí, cuando la cerradura se cortara, las espátulas perdían contacto, la alarma se elevaría hasta el techo, así que no tenía que perder de vista ese terrible pequeño agujero y vigilar las espátulas todo el tiempo. El sudor empezó a caer por mi cuerpo.

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