En el hampa
Capítulo 1
LAS PUERTAS dobles de cristal golpearon detrás de nosotros, y Maggie se prendió de mi brazo cuando descendíamos los pocos peldaños que nos separaban de la calle. Estaba oscuro y razonablemente tranquilo y el aire nocturno era agradable aunque fresco para ese lugar de Londres. Un taxi anhelante pasó lentamente con su bandera levantada. Nos detuvimos al pie de la escalinata, el cabello color castaño de Maggie rozaba mi hombro.
—¿A dónde? —pregunté. No había muchas opciones de paseo a esa hora de la noche, en Holland Park.
—Vayamos al parque. —Maggie empujó mi brazo y empezamos a caminar. No me entusiasman mucho las caminatas; me recuerdan demasiado a los ejercicios circulares en los patios de los diferentes presidios en los cuales estuve. Pero convine en que no había restricciones ni tipos miserables espiándonos, así que salimos sin arrastrar una cadena y su bola de hierro.
No alcanzamos a ir lejos. Una mole dio vuelta a la esquina de los departamentos y arremetió hacia nosotros con la cabeza agachada y las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. No nos había visto, su mirada estaba fija en el suelo a pocas pulgadas de las puntas de sus zapatos. Sujeté el brazo de Maggie para mantenerla quieta y nos quedamos firmemente tranquilos al paso del preocupado transeúnte. Si no nos hubiésemos movido en el último momento él habría tropezado con nosotros, su cabeza se sacudió
como si de repente se hubiera despertado de una profunda hipnosis y se quedó momentáneamente atónito.
—Lo siento. Yo…
—Despierta polizonte. ¡Mira adónde vas!
Sus ojos se agrandaron al mirarme y Maggie rio.
—¡Oh Dick! —exclamó—. ¡Tendrías que verte!
Demoró en reconocernos y cuando lo hizo fue más con disculpa que con cariño. Había envejecido en el corto tiempo desde nuestro último encuentro.
—¿Estás bien? —Lo observé en esa media luz.
—Siii… —Trató de sonreír pero fracasó—. Iba a tu encuentro; pensé que estabas en casa de Maggie.
Maggie fue más rápida que yo para percibir que Dick no era el mismo.
—¿Querías ver a Willie?
—No, está bien Meg. No quiero estropear nada.
—No estás interrumpiendo nada. Solo íbamos a caminar. Tú sigue con Willie y yo regresaré a prepararles café para cuando vuelvan.
Recién ahí capté la percepción de Maggie; Dick estaba preocupado, su mente en otra cosa.
—No Meg…
—Willie, mueve a ese hermano tuyo. Los veré más tarde.
Para evitar una discusión, giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta principal. Cuando desapareció, Dick sacudió la cabeza disgustado.
—¡Oh diablos! Yo no quería echar a perder su noche.
Puse mi mano sobre su hombro.
—No lo haces. Ya conoces a Meg. Y ahora dime, ¿qué pasa?
Caminamos lentamente hacia el parque mientras Dick ordenaba sus pensamientos. No lo apuré. Parecía notablemente más bajo que yo pero eso era porque estaba encorvado; de hecho ambos éramos altos, pero yo lo sobrepasaba por un centímetro. Su pelo oscuro caía desordenado sobre los ojos tristes y me parecía que había
perdido peso aunque nunca lo tuvo en exceso. Desearía poder siempre vanagloriarme de lo mismo. Era todo músculos y huesos y su recta pero ligeramente ensanchada nariz, estaba implantada sobre lo que podía ser descripto como la mandíbula agresiva típica de nuestra familia. Las diferencias entre nosotros eran mayores en nuestras mentes: nuestros procederes eran diferentes. ¡Diablos!
Tenían relación con mi prontuario y su carrera policíaca. Dick era tan derecho como yo una vez fui deshonesto. En el fondo de mi corazón sabía que él era especialmente derecho porque yo había sido corrupto… como para compensar mis errores.
Por todo ello existía una rara unión entre nosotros. No podían existir dos hermanos más estrechamente unidos emocionalmente.
Unos pocos años nos separaban, los suficientes para hacerme recordar a mí la violenta pelea entre nuestros padres y a él, el haberlos perdido. Porque soy lo que soy, porque todavía siento una periódica tentación de retornar al crimen, porque puedo ver sus fallas y reconocerlas, siempre fue para mí vitalmente importante, asegurarme de que Dick siguiera el camino recto, no porque él necesitara mi ayuda sino porque yo era muy consciente de la desventaja que significaba para él, el tener a un tipo deshonesto por hermano. Una vez yo robé en la Legación china para proteger su carrera. Aún ahora iría a la cárcel, si con ello lo pudiera ayudar y eso, para mí, es la mayor pesadilla de todas. Ese terrible sentimiento de protección hacia él podía muy bien estar acicateado por mi conciencia culpable pero creo que debía ser algo más profundo. Después de todo él sentía lo mismo por mí. Quizás fueran las reales diferencias entre nosotros lo que fortalecía nuestra unión.
Así que, con algo de aprensión, detecté su desasosiego, sintiendo que él de alguna manera estaba amenazado.
Mientras caminábamos, yo lo observaba con disimulo. Dick era fuerte, no se alteraba con facilidad. Generalmente tenía un tipo de buen humor, siempre listo para embromarme y aguzar sus pullas contra mí. Pero también podía ser serio, lo era en su trabajo, así que
era fácil adivinar que su actual aire sombrío estaba conectado con su ocupación.
Caminamos en silencio doblando por el parque, hacia una de las tranquilas calles del fondo. De repente Dick dio una fuerte patada con el pie derecho a una lata vacía que algún vagabundo había tirado; la lata rodó y saltó en la calle desierta hasta que se detuvo.
Hasta eso señalaba nuestras diferencias. Yo era zurdo con el pie aunque diestro con la mano; jugábamos en campos opuestos en el parque en nuestros días futbolísticos.
—¿Te sientes mejor con eso?
—Imbécil —dijo. Su cara estaba morada de rabia como si quisiera matar a alguien.
—No adelantamos mucho —sugerí.
—Me han suspendido. —Estalló con una corta explosión al igual que un corcho de una botella de sidra.
Me quedé tieso y aferré su brazo.
—¿Has sido qué?
—Suspendido. Acusado de soborno.
—Debes estar bromeando. —Nos quedamos mirándonos casi sin darnos cuenta de que una muchacha apurada, que se quedó observándonos con curiosidad, nos cedió un amplio espacio; debió pensar que nos estábamos evaluando para una pelea. No pude entender lo que me decía. ¿Soborno? ¿Dick? Me estaba volviendo loco—. Empieza despacio —gemí—. Tómate tiempo. —Empezamos a caminar pero apenas avanzábamos.
Dick parecía aliviado al haber soltado su secreto.
—Un periodista ha suministrado una información contra mí, alegando corrupción. No la dio por escrito, simplemente lo dijo verbalmente.
—¡Eso no puede ser suficiente para suspenderte, por Dios!
Tienen que probarlo.
Dick sacudió la cabeza lentamente; se debía sentir de la misma forma en que yo me sentía; frustrado y lívido y deseando estrangular
a quienquiera que lo hubiera urdido; jamás se me ocurrió pensar que pudiera ser culpable.
—En este estado no es necesario que sea probado —explicó—.
El periodista se pone en contacto con la policía, se designa a un oficial de Investigaciones; este pide un informe sobre la fuente de la información, si el diario se rehúsa a proporcionársela entonces el asunto muere ahí mismo. Pero si le dan el nombre del informante, entonces el oficial va a ver a esa persona; si queda satisfecho entonces es un caso de investigación; el acusado, ese soy yo amigo, es suspendido de inmediato… con paga entera —añadió con amargura.
—¡Así nomás!
Dick hizo una mueca. Miraba por si encontraba otra lata para patear.
—La persona que escribió la nota puede que no sea el informante; alguien debe haberlo puesto sobre la pista, dado el texto del relato, verdadero o falso. No es nada nuevo, Spider, es una vieja, vieja historia.
Empezaba a sentirme mejor.
—Mira, si eres inocente, no tienes por qué preocuparte. Ya sabes que la policía juega limpio con los delincuentes. ¿Estoy en lo cierto al decir que la mayoría de los polis están limpios de esos cargos?
—Así es —asintió—. Pero esto no es tan sencillo. Depende de que caven muy hondo.
Acusé el impacto.
—¿Piensas que pueden desenterrar nuestro parentesco? —Dick bajó la cabeza—. ¡Por Cristo! —dije—. No te pueden castigar por mí.
Colocó una mano sobre mi hombro presionándolo.
—Oficialmente no. —Luego dándose cuenta de la desventaja palmeó mi espalda—. No lo tomes equivocadamente, Spider. Nada puede destruir lo que nos une. He sido realista al pensar en voz alta.
La policía es mi vida. No sé por qué, ñero así es. Gozo persiguiendo
malvivientes en la misma forma que tú lo hacías evadiéndonos. Sin el uno, el otro no existe. Pero tengo que ir al fondo de esto y es malditamente difícil estando suspendido. Quisiera terminarlo con rapidez antes de que la investigación salga a la luz. Estoy muy preocupado por eso.
—¿Quién se supone que te ha pagado?
—Se supone que a esta altura no debía saberlo pero es Max Harris. Por eso vine a verte, para pedirte tu opinión.
—¿Max? ¿El viejo Max? —Me sentí ligeramente enfermo—. Max sabe que eres mi hermano. Él no lo haría.
—No, a menos que tuviera motivos.
—Sé que Max paga a los polis pero eso no lo beneficiaría mucho
¿verdad? Max no me traicionaría. —Max traicionaría a cualquiera pero yo tenía afecto por ese viejo canalla y le había hecho algunos trabajitos unos pocos años atrás.
—Mira —proseguí—. Tal vez alguien lo esté presionando. —
Tuve una idea pero si se la decía con probabilidad se preocuparía por mí.
—Ya se me ocurrió eso —dijo Dick. De repente se le iluminó la cara como si tomara una decisión sobre algo.
—No regreso al departamento, Spider. Explícaselo a Maggie en mi nombre; ella comprenderá. —Hizo una mueca no muy convincente—. Me pondré en contacto contigo. Gracias por escucharme.
Nos estrechamos las manos y se retiró más velozmente que cuando llegó. Lo miré cuando desaparecía y para demostrarme que lo advertía, levantó una mano y la agitó sin darse vuelta. Más bien tontamente, le respondí con un pequeño saludo. Yo estaba profundamente preocupado por él. Si teníamos diferencias también teníamos similitudes; solo esperaba que él no actuara impulsivamente.
Cuando regresé al departamento de Maggie, esta estaba escondida detrás de unos anteojos verdes con montura cuadrada como para protegerse de lo que estaba ocurriendo.
—¿Problemas?
—Problemas.
Coloqué mi brazo sobre sus hombros deseando que me tranquilizara y sabiendo que ella no lo podía hacer. Dick necesitaba alguien como Maggie, reflexioné. Alguien a quien amar y que siempre estuviera dispuesta a tratar de entender no importara qué.
Su sublime fe en la justicia me asustaba a veces, pero ella seguía derecho hacia adelante y no fue contaminada por mí; en realidad fue al revés. Pero esa era solo una razón por lo que ella significaba tanto para mí. ¡Había tantas otras razones!
—Su trabajo está amenazado —le dije— y ya sabes lo que eso significa para él.
—Y para ti —me contestó en voz baja.
Le expliqué algunas cosas y la velada se nos estropeó.
Teníamos mucho trabajo en mi oficina y yo debía mostrar mi cara durante la mayor parte del día en la Agencia de viajes XYY, que por fin estaba dando razonables dividendos. Cuando aumenta el número de criminales, aumentan los beneficios de la compañía, porque la mayoría de los malvivientes compran los pasajes por mi intermedio. El personal me era leal; la joven Lulú, siempre retocando exageradamente su cara a pesar de que se veía curiosamente inocente por encima de una máquina de escribir, mientras a intervalos trataba de ser maternal conmigo como una precoz anciana; un gordito lleno de energía con un rápido ingenio arrabalero. El joven Charlie Hewitt estaba dejando crecer su pelo rubio pero era un buen muchacho y el cargo de jefe que le di lo tenía bien merecido. Las cosas se deslizaban tranquilamente sin mí y el personal había aumentado a seis. Pero a veces ocurría que yo colaboraba para facilitar las cosas y este era uno de esos días.
Así que no fue hasta la noche que pude encontrar a Max Harris.
Le telefoneé a Maggie para postergar nuestro encuentro y como ella estaba trabajando hasta tarde en las Naciones Unidas, todo quedó arreglado.
Max vivía en una gran casa en la esquina, en Maida Vale. Era un lugar eduardiano, pobretón, en el cual él se hacía la ilusión de estar en el anonimato. Exteriormente había poca diferencia entre las casas, exceptuando el maderamen pintado como un muestrario de lápices labiales.
El portón de hierro tenía el ancho justo para entrar sin raspar el frente de la casa y levanté la vieja aldaba para llamar en vez de hacerlo con la campanilla. Un Daimler Sovereign, gris plateado, se lucía al costado. Adiviné que Max no tenía problemas para tener un lugar libre para estacionarlo, a menos que hubiera cambiado mucho.
Su mujer abrió la puerta, su mirada se endureció al reconocerme aunque pretendió ignorarme. Se había vuelto una rubia desagradable, de rulos apretados, que la hacían parecer de granito.
Tenía buen aspecto, si a uno no le importaba que fuera pétreo. Un brillante de tres quilates me iluminó cuando ella levantó su mano para sujetar la puerta.
—¿Sí?
Sonreí.
—Soy el detective superintendente Scott, madame. ¿Puedo hablar unas palabras con su esposo?
Se controló pero rápidamente cedió.
—¡Oh! ¿Es usted? Pensé que todavía estaba cumpliendo su sentencia. No estoy segura si Max querrá verlo.
—¿Por qué no se lo pregunta, Chrissie, mi viejo amor? Si me retiene en la escalera mucho tiempo los vecinos van a hablar.
—Es mejor que entre.
Yo había estado ahí antes. Hacía mucho tiempo. La decoración muy recargada; los muebles eran una desagradable mezcla de viejas y costosas maderas. Max reconocía siempre las cosas de valor pero su gusto era endemoniado. Para Max, la ostentación se reflejaba en mostrar a la gente que uno era rico. Como no necesitaba de créditos uno tema que pensar que él había dado un buen saque a su cuenta corriente para abarrotar las paredes.
Chrissie me introdujo con renuencia en la sala; no era en realidad
que la disgustara pero yo no era suficientemente importante para mezclarme en sociedad con Max y ella creía firmemente en el status.
—Eres una snob Chrissie —le susurré según me adelantaba hacia la figura que había estado apoltronada y ahora se levantaba frente de un televisor en colores.
—¡Spider, mi viejo compañero! —Max vino hacia mí con sus fuertes dientes asomándose en una sonrisa, bajo un prolijo y tupido bigote. Quedé sorprendido de ver que se había teñido el plateado de su espesa cabellera, que crecía de cualquier manera, sin por eso parecer desprolijo. Ningún peine podía domar esa jungla. Su rudo aspecto parecía incongruente dentro de su fumoir de terciopelo rojo que, Chrissie, probablemente le había dicho era el último grito de la moda. Antes nunca me había parecido vanidoso. Quizás el dinero y la madurez lo habían suavizado pero su apretón de manos seguía siendo enérgico y sus ojos ligeramente cambiantes parecían genuinos al demostrar complacencia al verme.
—¿Vuelves a trabajar de nuevo conmigo? Toma asiento, compañero, toma asiento.
Traté de sentirme cómodo. Max lucía bien, pero era porque ya no tenía que preocuparse por cantidades pequeñas. No había estado encerrado en los últimos quince años y la conciencia de eso le daba una fácil seguridad. Sus rasgos tenían una gran atracción aunque parecía que su piel había sido raspada. Si Max tenía remordimientos de conciencia, lo cual era un fantástico pensamiento, entonces estos debían haberse liberado en cada afeitada y mostrado su lastimosa cara para hacerlo recordar su famélica y dura infancia. Max era duro y terco y totalmente decidido a ser el mayor reducidor del país.
Para demostrar que no se había olvidado, me alargó un vaso de jugo de manzanas de la fábrica Cox y Bramleys y se sirvió para él media medida de whisky.
—¿Qué pasa conmigo? —se quejó Chrissie.
Max la miró y luego se dio vuelta hacia mí.
—¿Se trata de un asunto, Spider?
Asentí.
Max agarró una botella de Pimm y la empujó hacia Chrissie.
—Atóntate con esto en otra habitación.
Ella me arrojó una mirada de odio porque temía dirigirse directamente a Max y luego se largó dando un portazo.
—¡Salud, Spider!
No me había engañado. Max necesitaba el agudo ingenio de Chrissie cuando las cosas andaban mal y ella era más ducha que él para colocar la mercadería.
—Bueno —dijo después del primer trago—. Oí que te habías retirado del juego. ¿Quieres volver?
Sacudí la cabeza pensando cómo pasar el huevo sin romper la cáscara.
—Te puedo dar trabajo —ofreció cordialmente—. Los artistas en cada especialidad están desapareciendo. En estos tiempos los trabajos se hacen en equipo.
Miré alrededor de la habitación. No había nada ni remotamente fuera de lugar. Miré hacia atrás a la mole de hombre que era Max Harris y recordé de qué manera había alcanzado la cima de ese árbol particular suyo. ¿Se había ablandado o todavía reaccionaba como un toro? Parecía encontrarse feliz conmigo pero hasta entonces había ganado mucho dinero sin mí, y yo siempre mantuve limpio su nombre. Me gustaba.
—Está corriendo una noticia que no te va a gustar. —Le di la oportunidad de simular ignorancia.
Sus ojos se entrecerraron y su mano se endureció contra el vaso.
—¿Es un hecho?
—Dicen que dejaste filtrar cierta acusación a un periodista.
—¡Vamos! —Sonreía—. No es mi estilo.
Y no lo era por lo menos en la forma en que yo lo había dicho.
—Un joven poli ha sido suspendido de resultas de eso. El cargo es que ha aceptado soborno de tu parte.
Max se volvió de piedra. Perdió color y sus ojos se movieron de un lado a otro como vigilando sus propios pensamientos. Su actitud se acercaba a lo criminal, pero recuperó sus sentidos y la mirada que me deparó sobrepasó la dureza del brillante de Chrissie.
—¿Cómo se llama?
¿Así que estaba sobornando a la policía?
—Tú debes saberlo.
—No juegues conmigo, Spider. ¿Cuál es ese maldito nombre?
—Dick Scott.
Pareció atontado y luego confundido. Perdió algo de su rigor y yo casi hubiera jurado que respiró aliviado.
—¿No será tu hermanito?
Asentí.
—¡Por Dios! ¿Crees que soy tan estúpido para tratar de sobornar a tu hermano?, y si lo fuera ¿qué clase de loco maldito sería de largarlo a la prensa? ¿En qué me estás tratando de embrollar?
Max se puso de pie, se quitó su fumoir de terciopelo como si de repente se diera cuenta de lo ridículo que se veía con él; aflojó su corbata titubeando y empezó a gritar.
—Tranquilo Max. Te estoy informando simplemente.
—Tranquilo sería ser un imbécil. Me estás acusando de cortarme la garganta y la de tu hermano también. —Se sentó pesadamente mirándome con furia—. Nunca le pagué un centavo. Ni siquiera lo conozco y menos aún le he dado publicidad.
—Alguien cantó. Si estás limpio de soborno puedes tratar de incriminar a un poli, a sabiendas de que vas a salir bien parado y el poli quedará con una mancha.
—Hay otras formas de incriminar a polis sin mezclar mi nombre en eso.
—Mientras tanto Dick está suspendido y la investigación hurgará hondo en tus asuntos.
—Eso es lo que me hace hervir la sangre. No soy suicida.
Empezaba a parecer cierto. Max era un ser primitivo. No había cambiado.
—Entonces, ¿quién? —pregunté—. ¿Quién tiene interés en molestarlos a Dick o a ti?
Max se detuvo a reflexionar. Una parte de su personalidad era agresiva pero además era un reducidor astuto. Se pasó la mano por la cabeza.
—Hay solo un bastardo que pienso que puede haber ido tan lejos: Norman Shaw.
—Iba a preguntar qué había sido de él.
Max se sirvió otro whisky. Se lo veía ahora tranquilo aunque furioso.
—Hace algún tiempo que rompimos nuestra sociedad. Desde entonces ha tratado de sobrepasarme.
—Yo pensaba que había campo para ustedes dos.
—Yo tengo muchas ventajas. Estoy hace mucho tiempo en esto.
Así que él ha estado haciendo trabajitos con su suave estilo. Es, como sabes, un diablo habilidoso.
Cuando yo hacía trabajos para Max, Norman Shaw trabajaba con él. Entre los dos hacían una buena pareja: Max podía ser considerado como una fuerza que se abría rápidamente camino en una jungla de problemas, policías y villanos; entonces Shaw venía y lo allanaba con su eficaz y pulida terminación. Era suave y educado.
—¿Pero no sabía él que Dick era mi hermano?
—Por mí no lo sabía. No veo por qué tenía que saberlo.
—¿Entonces por qué trató de hacerlo sospechoso?
Max miró ansiosamente hacia otro lado.
—Deja de pensar en tu hermano. Es solo un hombre dentro del montón. Es a mí a quien se está dirigiendo para atraer a la poli.
—Sin embargo dices que saldrías limpio. Por lo menos en esta emergencia.
Max se estremeció. Era demasiado sutil para él.
—Es raro ¿no es cierto? —Estuvo de acuerdo—. Maldita rareza.
Ya es tiempo de que me vea con Norman.
—¿Están tan mal las relaciones entre ustedes?
—No, nada que yo no pueda controlar. Pero esto es diferente.
No pensé que fuera tan obtuso como para atreverse así conmigo.
—¿A cuántos polis estás pagando, Max?
Max se puso furioso.
—Ya sabes como es esto. Uno o dos tienen que desviarse para cerrar los ojos y pasar el dato. Esto no es diferente a tu época, solo que ahora me cuesta una fortuna. ¡Muchacho! No me creerías. Pero tu hermano no es uno de ellos.
—Si Norman ha armado esto, debe estar muy seguro de él o realmente quiere tus tripas.
Max lo pensó.
—La ruptura no fue tan seria al principio. Estaba loco por la pintura de gran escuela y yo seguía todavía prefiriendo las cosas fácilmente transportables como alhajas y tal vez pieles. Lo consideraba a él como loco. Pero pronto advirtió que los mejores miembros estaban monopolizados por mí. Me conocían, sabían que si yo les enviaba a hacer algún trabajo, este era seguro y la paga buena. Así que él trató de comprarlos con una mayor participación.
Una vez que eso empezó y vieron nuestra rivalidad, empezaron a apretar los tornillos y todo el negocio se dio vuelta. Ahora en realidad se nos escapa de la mano —reflexionaba sombríamente y luego muy serio prosiguió:
—Tengo que pararlo.
Dicho por Max no era una mera palabra. Si opinaba que matar era la única solución, entonces lo haría así. No había nada más de que pudiera enterarme. Sin embargo yo no creía que esa era la verdadera respuesta.
Maggie sabía que yo estaba metido en algo. Siempre sabía.
Mientras ponía la mesa, sus ojos grises, brillantes por la sospecha, se dirigían con demasiada frecuencia hacia mí, tratando de cantar alguna culpa. Le habían cortado el pelo en la nuca, en un estilo que, no estaba muy seguro de que me gustara y me sentía contento de
distraerme del problema de Dick. Llevaba una falda corta de tartán que se balanceaba con sus movimientos.
Todavía conservaba mi departamento pero se estaba volviendo un gasto superfluo. Cada vez me quedaba más y más veces con Maggie aunque todavía transportaba conmigo la sombra de mi pasado y la inestabilidad de mi futuro, lo cual me impedía llegar al casamiento. Aun ahora opinaba que manteniéndome así, ella tenía una puerta de escape en el caso de que yo reincidiera. Seguía siendo un gran problema para mí luchar intermitentemente contra mi necesidad de excitación. Mientras la tuviera, dejaría a Maggie libre si así lo deseaba.
Repentinamente le sonreí y ella al advertirlo me devolvió la sonrisa pero vi que seguía preocupada.
—El sol te ha sacado pecas en la nariz.
—Maldito seas, Willie, creí que las había tapado.
—No lo intentes. Son lindas.
Maggie dijo:
—¿En qué has andado?, y no mientas porque siempre pareces tonto.
Terminó de poner la mesa.
Yo era un mal mentiroso con ella. Algunas veces deseaba no ser así. No le iba a gustar porque no aprobaba que me reuniera con viejos conocidos. Cada vez que yo, titubeaba en momentos semejantes, ella sabía que me había encontrado con delincuentes.
Se lo dije directamente. Cuando se dio cuenta de que había estado tratando de ayudar a Dick lo comprendió aunque seguía no gustándole. Tenía muy buenas razones para preocuparse de mis conexiones.
Desapareció en la cocina y volvió con algunas carpetitas individuales.
—¿Qué hace ese Max? —Evadía mi mirada.
—Es un malviviente.
Sonrió forzadamente viendo que yo trataba de buscar una salida.
—Eso hasta lo sé yo Willie. ¿Qué hace él?
—Querida, no veo qué importancia tiene eso. Pensé que no te gustaba ese tema de discusión.
—No me gusta. Pero Dick está involucrado. Lo que hace ese hombre puede tener importancia.
Extrañado le dije:
—Siéntate y te lo diré.
Maggie se sentó enfrente de mí, lo que quería decir que se estaba colocando fuera del alcance de cualquier distracción de parte mía. Pero sentada ahí, derecha, con sus piernas largas cruzadas ya era suficiente distracción.
—Es un reducidor —expliqué— y no quiero decir que es un joyero amateur y un anticuario que reduce piezas u objetos robados.
Max Harris es importante y competente para ese trabajo. Tiene un olfato intuitivo para saber dónde colocar su mercadería y en ese particular su mujer es todavía mejor. Pocas veces roban indiscriminadamente. La mayoría de las veces Max organiza él mismo los trabajos. A pesar de que es muy vulgar, tiene suficiente dinero para moverse en círculos adinerados cualesquiera que estos sean.
Miré a Maggie molesto por su actitud neutra y por el hecho de que nunca le había hablado así.
—Sigue —me indicó casi como si yo fuera un extraño.
—Mira, querida… No te quiero preocupar…
—Continúa —insistió—. Tal vez sea ya tiempo de que deje de enterrar mi cabeza en la arena. Tal vez deba echar una larga mirada a mi otro yo sin pretender que no existe.
Esto no era solo un análisis de Max sino un desenmascararme a mí mismo. Le dirigí una muda súplica pero ella solo dijo:
—Por favor, Willie —aunque con más suavidad.
—Max tiene relaciones en todas partes. Siempre hay áreas en la sociedad y en el arte que se aferran a gente como Max como si gozaran por reflejo de la gloria de un fuera de la ley y de una violencia de la cual son incapaces por sí mismos. Extraen un placer enfermizo de ello. En sus pequeñas mentes es una cosa que está a
la moda: conocer gente como Max. Algunas estrellitas obtienen un placer morboso de las duras manos de delincuentes que, entre dos sentencias de prisión, muestran su virilidad en rudas explosiones.
Para Max es fácil urdir trabajos, no con frecuencia pero siempre provechosos, y reír a espaldas de esos estúpidos. Además están los ricos contactos provenientes de su negocio legítimo. De la gente que no sabe que él es deshonesto.
—¿Pero él nunca roba personalmente?
—No —reconocí con renuencia.
—¿Utiliza gente como tú? ¿Te dice dónde tienes que ir y si habrá gente dentro y cosas así?
Me retorcí. Era como si me mirara en un espejo de la cárcel.
—Sí —tragué.
¿Deliberadamente estaba haciéndome mirar dentro de mí? No me gustó la imagen de lacayo que emergía.
—¿Entonces qué?
—¿Qué quieres decir?
Con dificultad mi explicación había sido desnudada por su pregunta.
—¿Cuando se roba alguna cosa se la llevan a Max?
—Casi nunca. Eso es parte de la viveza de Max. Él sabe dónde colocar la tela antes de que sea robada. La mayoría de las veces ni siquiera la ve ni una vez.
—¿Y entonces obtiene un porcentaje de lo que paga el comprador?
—Max paga, sí.
De repente Maggie se enfureció.
—¿Willie, te estoy comprendiendo? ¿Estás tratando de decirme que no sabes cuánto recibe Max por la mercadería y sin embargo crees que consigues un porcentaje? ¿Un porcentaje de qué?
Mi sangre hirvió.
—No me hagas aparecer como un tonto —gruñí. Fue la primera vez que estuve a punto de enojarme con ella—. Yo no estuve empleado por Max Harris; solo hice algunos trabajos raros para él
que de otra forma yo no hubiera conocido. Era dinero fácil (yo me confesaba, más con cada palabra).
Tardíamente me detuve.
—De todos modos pensé que era sobre él de quien querías saber.
Maggie se adelantó a colocarse a mi lado. Su mano acarició mi mejilla y apretó mi cara contra su muslo.
Me levanté con rudeza.
—Deja de tratarme como a un niño.
Tranquilamente dijo:
—Entonces deja de portarte como uno.
Aun cuando me puse furioso supe que ella tenía razón. Con facilidad me hería tocar ese tema. Yo era demasiado susceptible al ridículo. Ella no se había burlado de mí sino que me había demostrado lo tonto que había sido. No valía la pena explicarle que yo había sido un artista en mi especialidad y que me producía emoción.
—Bueno, de todos modos —prosiguió alegremente como si nada hubiera pasado—. Max ha estado sobornando a policías por lo que dijiste antes y este Norman Shaw está tratando de desplazarlo.
Se quedó parada al lado del sillón pensativa y triste y de repente sonrió cansada.
—Gracias a Dios tú estás fuera de todo esto, eso es todo.
Gracias a Dios. Comamos.
Debía ser cerca de medianoche cuando llegó Dick. No lo esperábamos y estábamos a punto de acostarnos. Le echamos una mirada y Maggie fue a buscar la botella de coñac.
—No lo sorbas, bébelo —le aconsejó.
Las manos de Dick temblaban contra la copa mientras sus ojos agrandados expresaban, un callado agradecimiento. Tomó un largo trago, tosió un poco y se despatarró en la silla. Su impermeable se abría sobre una polera y pantalones a cuadros. Su pulcritud no disimulaba su nerviosidad. Había desesperación en la manera que
terminó su trago y la displicencia con que se secó los labios con el dorso de su mano. Se estremeció ligeramente.
—Max Harris está muerto —dijo con tranquilidad.
Maggie y yo nos intercambiamos miradas alarmadas y yo le hice señas de que nos dejara solos.
—¿Cómo lo sabes?
Dick me miró con impaciencia.
—Todavía tengo compañeros en la policía. Me lo dijo Ron Healey. La mujer de Max Harris fue a su casa y lo encontró. Desde entonces está gritando: ¡Asesinato! Su cabeza fue golpeada con fuerza.
—¡Oh Dios! —Maggie estaba horrorizada. Sus dedos largos presionaban sus sienes. En seguida se dio cuenta de que en alguna medida todos estábamos implicados.
Max muerto. El viejo, rudo, hosco, villano Max. No importaba qué había sido lo que yo había estado hablando con él hacía solamente pocas horas, cuando estaba todavía lleno de bríos; era demasiado reciente para no sentirme tan profundamente afectado.
—Así que fue asesinado —dije para distraer a Maggie.
—Sí, y suciamente. Entre otras cosas su mujer se queja del estado de la alfombra.
Deseaba que Dick recordara que Maggie estaba aquí pero pude ver que él estaba medio mareado, largando sus negros pensamientos según le venían a la cabeza.
—Estás preocupado por esa investigación: ¿crees que esto no te ayudará?
Dick parecía tan seco como su copa, Maggie con amabilidad se la retiró y la volvió a llenar.
—Empeorará —replicó—. Me pueden adjudicar lo de Max.
—¿El asesinato de Max? ¡No seas tan idiota!
Dick miró a Maggie disculpándose; luego estudió el color caoba de su bebida.
—Yo estuve no hace ni tres horas.
—¿Allí? ¿En casa de Max? —Una barra de hielo me recorrió todo el cuerpo.
—Fui a verlo. Quería aclarar las cosas.
No lo podía creer.
—¡Se supone que eres un poli e hiciste una cosa tan estúpida!
—Ya lo sé —se estremeció derramando su bebida—. Entonces no me pareció tan estúpido.
—¿Te vio alguien?
Yo estaba pensando como un policía, pero pensándolo bien no había mucha diferencia entre un malhechor y un poli.
—Mira, no te des cuerda, no lo vi. Fui allí y merodeé un momento; recuperé la cordura y traté de resolver el asunto por la vía más rápida. Quería hablar con él. Debía sospechar de alguien. No podía creer que él directamente hubiera hecho el soborno, así que teníamos algo en común. Toqué el timbre y esperé pero no contestó nadie. Podía haber llamado otra vez pero no lo hice. Lo tomé como buena señal y me retiré.
—Tienes que haber estado loco —dije—. ¿Qué tipo de poli eres?
¿Alguien puede haberte visto?
—Sí —súbitamente gimió y se levantó. Dejó su vaso y me señaló con la cara distorsionada por la emoción—. Puede que sea difícil para ti comprender pero lo hice por una vía perfectamente recta. No tengo nada que ocultar, ¿de acuerdo?
—Nada que ocultar —gruñí incrédulo—. Si la investigación descubre que fuiste ahí, aunque Max no hubiera sido eliminado, estarías comprometido.
—Fui por esa investigación.
Dick se mantenía resoplando como un toro. De repente se volvió a sentar, tirando su impermeable hacia atrás. Maggie se mantenía quieta, desconcertada por lo que estaba sucediendo y examinándonos ansiosa.
Miré a Dick como si hubiera perdido la razón.
—Mejor es que te expliques —le dije desesperanzado.
—Me enteré hoy quién dirigía la investigación. El superintendente en jefe detective Jack Hawey. En este momento hace muchas investigaciones semejantes y, por supuesto, no pertenece a nuestra división. Justo ahora hay setenta oficiales del Departamento homicidios que están siendo investigados por el Departamento metropolitano. La mayoría de ellos puede que prueben que no son culpables, pero para el público es demasiado y hay quince de ellos que se demostró verdaderamente que lo son. Es un hecho extraño que Jack Hawey ha creído a pie juntitas eso de Yo no soy el custodio de mi hermano. El hecho de que tú seas un exmalhechor y yo un policía es un caso raro pero no es único. El punto de vista de Jack Hawey sería que yo no tengo por qué responsabilizarme de lo que tú haces. Pero ese punto de vista tiene un inconveniente. Cuando aprobó mi derecho a integrar el Cuerpo de Policía no pensó que ese grado extra de responsabilidad que él debía soportar, sería justo por mí.
—¿Qué responsabilidad extra? —inquirí con precaución.
—Los comentarios de los demás polis. El dedo acusador cuando algo se tuerce, como ahora. Deben ser habituales en la familia cosas así. La sangre es más espesa que el agua y todas las otras vulgaridades y proverbios que nacen en las mentes suspicaces y torcidas.
—¿Quieres decir que en realidad él no estaba de acuerdo al permitir que gente como tú se uniera a la Policía?
—Comprende que era para bien de los que están en mi caso.
Nada que ver con su integridad, sino para protegerlos y salvarlos de la maledicencia y de los tratos injustos.
—¿Así que es un maldito hipócrita?
—Tal vez lo sea inconscientemente. Quizás en realidad lo cree.
Lo que importa es que culpable o no, en su fuero interno debe pensar que sería mejor que yo estuviera fuera de la Policía.
—Si sabe lo mío.
—Si no lo sabe ya, no son muchos los polis que están enterados; el gobernador con seguridad se lo va a decir o bien él lo
encontrará al seguir excavando. Cuando supe que él estaba en esto, no me pareció tan irracional tratar de aclararlo por adelantado con Max Harris.
Lo pensé.
—Sigo opinando que fuiste un loco.
—Quizás. ¿Pero no es tu carrera la que está en la estacada, verdad? Soy yo quien está en aprietos. Es a mí a quien van a interrogar y algunas de esas preguntas serán sobre ti. Tú trabajaste para Max.
Yo seguía pensando que había sido un imbécil pero empezaba a entender su punto de vista. Empezaba a apestar la actitud de Jack Hawey. ¿Dick acusado de aceptar sobornos de un delincuente que otrora operaba conmigo y que más tarde llama a su casa poco tiempo antes de que a este se lo encuentre asesinado? Ya parecía ser un buen caso circunstancial contra Dick. ¿Quién podía dudar de que hubiera entrado? El hecho de que el cargo de soborno no podía ahora tener una aclaración satisfactoria hacía que las cosas empeoraran. Todo se juntaba aun en mayor medida que lo que Dick sabía. Yo no quería preocuparlo más contándole que había visto a Max esa noche y yo lo había hecho abiertamente. Siempre veía las cosas por el peor ángulo. Cuando la poli ahondara, encontraría a alguien que nos habría visto.
—Está bien —dije—. Así que estás en un lío. ¿Entonces quién lo hizo?
Dick parecía estar en blanco.
—¿No esperas que te conteste a eso?
—Claro que sí. No que lo pruebes, sino que me des una buena sospecha. Dicho de otro modo. ¿Quién tiene más interés en despachar a Max?
—¿Cómo puedo saberlo? Debe haber un montón de malvivientes que han trabajado con él. Llegábamos a la médula.
—Voy a apuntar a uno. Oí que Max y Norman Shaw habían reñido.
—Yo también lo oí. Eso no quiere decir que Shaw es un asesino.
Quiero decir que no implica que lo sea —y prosiguió renuente—.
Con seguridad ha sido el sospechoso mayor.
Yo tenía mis dedos cruzados para que Maggie no escupiera con toda inocencia que yo me había encontrado con Max.
—Oí rumores de que Max tenía un poli o dos en su lista. ¿Los conoces?
Dick me miró con sospecha. Le estaba haciendo reflexionar y eso significaba que debía empezar a conjeturar sobre los rumores que tan a tiempo y con tanta rapidez me habían llegado.
Pareció ligeramente confuso.
—Tengo mis sospechas.
—No es el momento de hilar fino, Dick, ¿si no me lo puedes decir a mí, a quién se lo podrás decir?
—Dos polis, uno, un sargento, el otro, un inspector. Newton y Durrant.
—Si Norman trató de presionar sobre Max, tal vez este trató asimismo de presionar a Newton y Durrant. Los polis de la lista de Max puede que tengan una idea mejor sobre quién deseó amasijar a Max.
—Así es —concedió Dick—. Pero no van a cantar por propio impulso y no hay esperanza de que se les pueda probar el soborno ahora, ¿no es así?
—Bueno, algunos piensan que te lo pueden probar a ti.
—Eso se puso en práctica antes de que Max fuera aplastado.
Eso hace más difícil el aclararlo ahora. No quiero que el caso termine por falta de evidencia contra mí; eso permite que todos los dedos me señalen. Quiero limpiarme totalmente.
La campanilla del teléfono sonó y nos sobresaltó.
Maggie contestó y pasó el tubo a Dick, quien quedó sorprendido.
—¿Sí? ¡Oh! Gracias, Ron. Sí… Iré en seguida.
La habitación estaba en silencio cuando Dick con cara seria colgó el receptor. Soltó una breve risita y miró a Maggie con fijeza.
—Era Ron Healey, un compañero de fiar. Le dije que estaba aquí. —Volvió su mirada hacia mí y no me gustó su aspecto. Algo había ocurrido—. Fui visto con seguridad —continuó—. Dos testigos. Hay un pedido de arresto. Es preferible que vaya espontáneamente.
Nos hizo un pequeño saludo con la cabeza y se dirigió a la puerta.
—Iré contigo.
Pero antes de que pudiera alcanzarlo me dijo:
—No. No, Spider. Quiero hacerlo solo.
Una vez que se fue, la habitación parecía vacía. Maggie y yo nos quedamos contemplando la puerta como si tuviéramos el deseo de que se abriera y Dick reapareciera. Algo en su abrupta retirada me hizo recordar que realmente nos veíamos muy poco. Vivíamos en mundos opuestos; el de él era el más definido. La única persona que podía traerlo de regreso, era yo. Cuando niños siempre me tuvo como conductor y qué amarga decepción debí ser más tarde para él. Sin embargo se quedó junto a mí como si deseara comprender y no se convenciera de que yo fuera malo. La única diferencia en Dick fue, que dejó de alabarme frente a los otros chiquillos y sintió vergüenza. Pensar en eso me dolía, me hacía darme cuenta, y no por vez primera, que él era de un material más fuerte que yo. Él se mantuvo firme y evitó las trampas en las que yo alegremente caí y por alguna suerte de compensación de fuerza y valor tomó por otro camino y sin embargo el joven Dick nunca me abandonó aun cuando me enviaron a la cárcel.
Incluso viajó a Dartmoor en su día libre cuando me estaba pudriendo ahí y exponiéndose al ridículo de que cualquiera de sus compañeros lo descubriera. Al ver emerger esta joven imagen de mí mismo me asusté hasta morirme, al pensar que pudiera seguir mis huellas. Pero no lo hizo. Y se arregló de hecho para acercarse más.
No necesitábamos vernos con frecuencia y hubiera sido embarazoso para él si yo lo hubiera hecho; aunque Dick no me hubiera rechazado en momentos de crisis. Verlo ahora en un
problema de los que él deliberadamente evitó toda su vida, me conmovía profundamente. No estaba en condiciones de hablar en ese momento.
OceanofPDF.com