En el hampa

Kenneth Royce · Capítulo 6 de 16

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En el hampa

Capítulo 5

VIAJAMOS en silencio de ahí en adelante. No ocurrió nada. Me sentía raro con Maggie sentada a mi lado pero no deseaba que estuviera alejada. La unión entre nosotros se había entorpecido debido a la irrealidad de la situación. Nos introducimos dentro del clima refinado de la calle de Norman y nos dirigimos lentamente a lo largo de la hilera de autos. El espacio vacío semejaba a una extracción en una hilera de dientes.

—Sujétate fuerte —dije.

Avancé con velocidad y pasé delante del claro que Norman me había reservado; luego retrocedí. Sentí la emanación del miedo de Maggie y miré rápidamente a su cara pálida. Estaba aterrada, con probabilidad lo había estado todo el tiempo pero ahora lo dejaba ver.

—¿Estás bien, Meg? Puedo llevarte de vuelta.

Rompí el trance pero ella estaba alterada.

—Es solo un leve pánico, nada más.

—Esto es como un tipo que lleva su mujer a la oficina con él —

me quejé.

—¿Es así Willie? No lo parece. ¿Ahora qué?

—Salgo para ver si no hay peligro. Voy a golpear una vez en el techo del auto, luego cruzas a la casa vacía y te escondes detrás de una de las columnas del pórtico. Desde allí podrás verme. Si ves a un poli u oyes pisadas silbas bajito y luego te escondes lo mejor que puedes. Una vez que yo esté adentro no puedes hacer nada más que esperar.

—Por lo menos sabré dónde estás.

—Puede ser una larga espera, Maggie.

—Ya lo sé.

Salté afuera. La calle estaba sin gente. Dos hileras compactas de casas y autos marcando anchos trechos de oscuridad, como si se hubieran puesto mortajas entre los faroles. Era la una menos cuarto. Golpeé con suavidad sobre el capot y Maggie saltó afuera.

No me miró y caminó muy rígida, sin hacer ruido con sus zapatos de goma, hacia la casa vacía que yo le había descripto. No miró para atrás. Le di tiempo para que se instalara y luego franqueé el portoncito. En la puerta de al lado, la casa de Norman, como en la mayoría de las otras, reinaba una completa oscuridad.

Mientras examinaba la casa traté de alejar a Maggie de mi mente. No me fue posible. Me seguí preocupando sobre lo que diría si un policía dirigía su linterna sobre ella: es incapaz de mentir. Me aferré a la base de un caño de desagüe con ambas manos y escuché. Ni siquiera un gato transitaba y en el caso de que alguno lo hiciera estaba tan silencioso que yo lo habría oído. Empecé a trepar con un pie a cada lado del caño. Comenzada la operación, Maggie despareció de mi pensamiento.

Fue una escalada fácil. El caño estaba sólidamente incrustado y el revoque tosco bajo la planta de mis pies me brindaba una superficie para apoyarme. Llegué hasta el piso superior sin incidentes. Cuando alcancé la canaleta de desagüe dejé que soportara algo de mi peso mientras me aferraba a ella con una mano y me columpiaba desde el caño al próximo alféizar. Por suerte el piso superior no tenía el cielorraso tan elevado como en los pisos inferiores porque hubiera tenido problemas. La punta de mi pie alcanzaba justo al alféizar de modo que abandoné la canaleta y el caño y apoyé mi peso sobre una pierna. Esos viejos alféizares son muy amplios. Dejé que mi cuerpo suavemente se columpiara hacia la ventana de manera que mi envión fuera hacia adelante. Este era el momento más vulnerable: la tierra de nadie.

Me tomé ligeramente del maderamen mientras introducía mi navaja usando una mano y mis dientes para abrirla. Me agaché, quieto, y escuché una vez más y esta vez mi pensamiento voló hacia Maggie, que podría estar viéndome con claridad. Del otro lado de los tejados, desde la calzada, llegaba el zumbido de un auto, demasiado veloz para que me preocupara. Estaban las luces a favor. Inserté la hoja dentro del marco y el seguro retrocedió con ruido. Esperé pero ninguna luz apareció así que me preparé a levantar el marco por la parte de abajo. Un paso de hombre dio vuelta en la esquina alejada de la calle y se dirigió en mi dirección.

Maggie lanzó un silbido cortado que apenas oí.

Supe por las pisadas que no se trataba de un poli, así que con cuidado levanté la ventana, mientras los pasos se acercaban.

Maggie silbó nuevamente y había desesperación en el casi inaudible sonido, como si ella tuviera una dificultad al transmitirlo. Trepé sobre el alféizar, empujé un grueso cortinado y caí sobre una alfombra tupida. Dejando la ventana abierta, me agaché hasta que pasó el intruso y luego la cerré.

Utilizar una linterna en una habitación del frente de una casa, con los cortinados caídos, es aventurado: hay muchas superficies que pueden reflejarla. Así que la apagué, seguí las manchas de luz hacia la puerta como si fueran una cadena de agujeros en las nubes. El rellano de la escalera estaba oscuro y vacío y ni siquiera había un resplandor de luz. Regresé a la habitación, cerré la puerta, me dirigí a las ventanas y cerré los cortinados. Al tacto me di cuenta de que eran forrados y de tejido pesado. Ninguna luz los filtraría.

Esta vez utilizando mi linterna ubiqué la llave de la luz y la apreté.

Apliques en las paredes con pantallas coloradas difundían un agradable y atenuado resplandor. Me encontraba en una especie de estudio. Había un escritorio doble con tapa de cuero y en un rincón una cucheta como si alguien a la vez trabajara y durmiera ahí. Como era una habitación exterior decidí dejarla para el final.

Salí nuevamente al rellano, caminando sobre una alfombra Axminster de óptima calidad. Había tres habitaciones en este último

piso, las otras dos eran un dormitorio bien femenino color marfil, una suite con detalles dorados y cortinados color pastel y una salita con moblaje ultramoderno, sillones giratorios de cuero capitoné que le debían mantener a uno despierto con su movimiento. Un lujoso cuarto de baño con cristales opacos, hacía que el lugar fuera tan completo que solo le faltaba una cocina. Confortable y definitivamente vacío.

Primero me concentré en el dormitorio, lugares obvios como el tocador y mesitas adicionales. Fuera de la acostumbrada

«bijouterie» cosméticos y una afeitadora eléctrica no encontré nada.

A todo lo largo de una de las paredes corría un placard con puertas deslizantes y cajoneras cuyo borde superior estaba decorado con salpicaduras doradas. Para una capacidad tan grande había muy poca ropa. Dos trajes de hombre y, contra el fondo, como si estuviera olvidado o descartado, un vestido de mujer. Lo examiné a fondo, el vestido tenía una rotura sobre un pliegue que posiblemente justificaba su aparente abandono. Todo era de buena calidad: todos tenían etiquetas de sus sastres o fabricantes pero no el nombre del dueño como es habitual en un traje hecho a medida. La barra de los zapatos estaba igualmente poco equipada. Los de hombre eran de medida standard, corriente. Busqué prolijamente y no saqué ninguna conclusión salvo la idea de que el lugar era poco usado.

Parecía una casa de muñecas. Los muebles habían sido cuidadosamente colocados, pero no había nada desarreglado en la alfombra, como si nadie la usara. Era una propiedad solamente para la vista. Nadie en realidad podía vivir ahí y sin embargo alguien lo hacía. Estaba todo muy bien arreglado y Sin un alma en el lugar.

Pude buscar con rapidez porque los cajones estaban casi vacíos y no existían muchos escondrijos. Hasta el toilet tenía solo una débil línea azul en el lavabo y cuando lo destornillé me quedaron unas manchas azules sobre las yemas de los dedos pero ningún anillo.

Bajé. Había un comedor, una cocina ultramoderna y una biblioteca que desentonaba con el resto de la casita, estantes pesados de roble; una habitación masculina: la única del lugar.

Había un segundo cuarto de baño. Trabajé rápidamente. Buscar es más un caso de destreza y experiencia para saber dónde buscar.

Los lugares seguros para un hombre sin experiencia son en general obvios para un delincuente. Los revisé todos. Jarrones, jarras, vasos, camas, pantallas, trajes, zapatos, bolsillos, biblioteca, heladera, debajo de los muebles y todo por el estilo. Nada. Luego busqué en algunos pocos lugares que los malhechores acostumbran como caja para pan, polveras, sales de baño, un botellón de licor de tres cuartos, manteca, queso blando y demás. Después de retirar el televisor y levantar cada almohadón y cada silla ya no quedó nada más por hacer. En cuanto pude ver, las costuras del tapizado estaban intactas y pude sentir el interior de los almohadones. No había nada de valor en el lugar.

Tres retratos originales colgaban de las paredes, pero no tenían nada adherido en la parte de atrás y por sí mismos no valían gran cosa. Norman me había largado a un lugar vacío que yo podía revisar, pero del cual no podía escapar. Todavía no. Deambulé pensativo tratando de encontrar nuevos escondrijos y registrándolos cuando los veía. El único lugar de verdadero interés era la puerta principal de la casa. Al final de un pequeño vestíbulo parecía lo suficientemente inocua hasta que la recorrí con los dedos atentamente. Estaba fileteada con metal y tenía dos cerraduras en ella. Interesante para un lugar que no tenía nada que esconder.

¿Dónde esconde uno los anillos? Miré abajo del lavatorio y en las conexiones del cuarto de baño, por si los habían metido dentro.

Examiné la alfombra de pared a pared especialmente a lo largo de los bordes. Corté dos pimientos verdes que se estaban pudriendo en la heladera por si acaso los habían abierto y vuelto a cerrar.

Parecía como si Norman estuviera equivocado, pero era tan difícil aceptarlo como el fracasar en la búsqueda.

Regresé arriba al estudio delantero y registré especialmente el escritorio. Esos viejos escritorios tienen cavidades y a veces cajones secretos. Este tenía las dos cosas y ambas estaban vacías. En realidad yo no había esperado encontrar nada en esa habitación por

su fácil acceso, pero fui igualmente cuidadoso, me senté en el escritorio y traté de pensar cómo lo habría hecho el dueño. Sentado ahí traté de captar su personalidad y razonar como él. ¿Qué me había olvidado de rastrear que fuera de importancia? Después de un momento apagué la luz y volví al escritorio. Había cubierto todos los ángulos. Lo sabía. La oscuridad me ayudó a pensar. Había pasado por alto algo obvio. Lo sentía. Pero no lo captaba. Algo tenía yo en el fondo de mi mente. Si fuera mi casa y tuviera que esconder unos anillos ¿dónde los pondría? ¿Me había olvidado tanto?

Norman podría recuperar sus cincuenta libras. Cuando yo fallaba no quería recibir compensación. Con renuencia me levanté y me dirigí hacia la ventana. Debía irme. Algo me molestaba en el fondo de mi mente, me irritaba. No fue hasta el momento en que cruzaba la ventana que estalló. Levanté el marco de nuevo y sonreí con frialdad en la oscuridad. Tenía que ser. Si es que realmente era, entonces tenía que ser en ese lugar.

Utilicé la linterna para encontrar una silla sólida y la empujé hacia la ventana. Me paré en ella y busqué bajo el rollo que sostenía el cortinado. Encontré un gancho del cortinado y mis dedos al explorar encontraron algo más. Con cuidado empecé a descolgar cada cortinado. Era peligroso hacerlo a plena vista de la calle y levanté un poco la ventana para poder oír los ruidos. Estaba fastidiado conmigo mismo. Había estado alejado tanto tiempo del juego que había olvidado algo elemental. Un anillo había sido colocado en cada gancho. Los ganchos después habían sido metidos en el riel del cortinado de manera tal que las alhajas virtualmente eran imposible de detectar detrás de la cortina.

No me tomó mucho tiempo retirar los ganchos pero sí volverlos a poner como si no se hubieran tocado. Reconozco que fue tiempo bien empleado. Cualquier cosa que demore el descubrimiento de un robo vale la pena: los rastros se enfrían, la gente olvida las caras y el tiempo y los lugares. Sentí el viejo estremecimiento del éxito.

Había regresado a mi juego, estaba desvalijando a alguien y sin embargo lo único que lamentaba era que no me importara haber

vuelto a las andadas. No debería estar disfrutando de esto. Con el cortinado caído cubriendo la habitación dirigí mi linterna a la pila de anillos que había amontonado sobre la alfombra y me deslumbraron.

Todos los colores del espectro solar refulgían hacia mí titilando. Los metí en mi bolsillo y levanté la ventana, trepé y la cerré tras de mí.

Salté sobre el caño de desagüe bien agarrado y me dejé caer.

Esperé en el portoncito.

Maggie cruzó tranquilamente la calle con los brazos apretados para entrar en calor. La envolví con mis brazos y la sostuve mientras ella temblaba.

—Es mejor que no nos quedemos —le dije con cariño—. Voy a encender la calefacción del auto.

Entramos y puse el arranque. El motorcito hizo un ruido como el de un convoy de tanques. Avanzamos, yo estaba preocupado por Maggie que seguía temblando y no había articulado ni una palabra.

—Siento que me haya llevado tanto tiempo pero no puedo apresurar un trabajo.

Asintió y trató de tranquilizarse.

—¿Estás segura de estar bien?

No me gustó el aspecto que tenía.

Volvió a asentir.

—No es solo el frío —explicó—, es el verte en ese filo de la ventana tan alto sobre la verja.

—Tranquila Meg. No fue nada.

—Para ti no, quizás. Cuando caíste sobre el caño casi grité.

Esto me impactó. No se me había ocurrido que ese salto podía haberla asustado. Le dije lo más cariñosamente que pude:

—Yo estaba en contra de que vinieras.

—Ya lo sé —su voz salió con dificultad de su garganta—. No lo haré más.

No me gustó la manera en que lo dijo. Por un minuto o dos conduje con cuidado, sudando sangre mientras entrábamos en la calle principal y vimos un auto blanco de la policía que venía en sentido contrario. Maggie se asustó también porque su mano de

repente saltó para aferrar mi brazo. Cambié de dirección ligeramente justo cuando nos enfrentábamos y me sentí descubierto. La última cosa que yo deseaba era un encuentro y preguntas sobre dónde habíamos estado.

—Si nos preguntan sigue mi versión —murmuré entredientes.

Apretó mi brazo y realmente estaba aterrada, no porque se la detuviera, sino porque no era mentirosa y temía fallarme. Bueno, todo era una sola cesa. Hasta ahora había sido fácil para ella. Espié mi espejo y respiré aliviado cuando la luz de los frenos del auto de la policía, no se puso en acción.

—Tenemos suerte —dije. Como Maggie no contestó proseguí—: Mis bolsillos están llenos de anillos valiosos.

Creí que se iba a enfermar. Tuvo una arcada, se estremeció y luego se recostó contra el respaldo del asiento. Me extrañó, porque me era difícil entender su reacción a algo que yo acostumbraba tomar por descontado. Alargué la mano para tocarla y la encontré tan fría como un pescado congelado. Creí que se había desmayado pero me dijo sin entonación:

—Estaré bien, Willie. Siento portarme como una criatura.

—Es mejor que vengas a mi casa. Prepararé un café muy fuerte.

Le dirigí una ojeada y vi su rostro pálido contra el asiento trasero.

Jamás la vi anteriormente tan dolida. Se hallaba confundida, pero trataba de encontrar una respuesta verdadera y esta noche la verdad era fea. Mi corazón golpeó al sentir que mis entrañas se anudaban. La enfermedad que yo sentía era diferente a la de ella.

Repentinamente me angustió el pensamiento de que podría perderla y esa fue la sensación más terrible de todas.

Enderezamos hacia el departamento y nos detuvimos delante de la entrada.

—Sube mientras yo estaciono el auto.

—Quiero acompañarte hasta el final.

—Termínala Meg, Tienes lo que has querido. Desde ahora el peligro va a duplicarse. Así que sube. Prepara café.

Todo se estaba estropeando. En tan poco tiempo ya nos habíamos desconectado. Saltó del coche sin decir una palabra y subió los escalones. No esperé a verla entrar sino que doblé la esquina y dejé el auto en el lugar en que lo había robado. Restauré la conexión, cerré las ventanillas y lo abandoné.

Busqué las sombras en mi regreso al departamento. Había sido un episodio sin complicaciones de importancia, pero me costaba aceptar la forma en que la había afectado a Maggie. Honestos y deshonestos se mueven en diferentes planos, eso es todo. Ella no podía obrar como un delincuente aunque siguiera un curso exhaustivo.

En el departamento vi el tapado de Maggie tirado sobre una silla y eso de por sí era indicio de su estado de ánimo. La oí moverse en la cocina y salió con dos jarros humeantes. Me miró de una manera rara como revaluándome.

Tomé el café, me senté y dije:

—Meg, no te olvides por qué lo hice. Tengo que ganarme la confianza de Norman. Estamos buscando un asesino y este es el único camino para acercarme a él. No te olvides de Dick.

Maggie se encaminó hacia el radiador y se apoyó en él mientras se calentaba las manos con el jarro. Me miró pensativa.

—Es imposible que me olvide de Dick —contestó tranquilamente

—. No me hagas caso. Creía saber en lo que te embarcabas. No esperaba impresionarme tanto, sabía que tú asumías riesgos, pero en realidad no comprendí cuán graves eran.

Pero no era eso solamente y yo no lo ignoraba. No era propio de Maggie reservarse algo más.

—Estás pensando que así era yo antes. Sin tener la excusa de Dick, que yo robaba a la gente y vivía de ello. Pero siempre lo supiste, te mantuviste a mi lado mientras yo estaba en la cárcel.

¿Qué diferencia hay ahora Meg?

Levantó ligeramente los hombros disculpándose.

—Lo siento. No eres tú. Soy yo. Estoy pensando cuánto he pretendido inconscientemente no haber visto. Te amo Willie. Por eso

he deseado durante tanto tiempo cerrar mis ojos.

—¿Y ahora no puedes?

—No. Ahora no quiero.

Tomé un sorbo de café espiando a Maggie que todavía sostenía el suyo.

—La realidad apesta, Meg. Tengo mucha simpatía por los niños y los soñadores.

Me miró fijo a los ojos todavía pálida pero más compuesta y muy linda mientras se sentía dividida por pensamientos opuestos.

—No soy una niña y en realidad no creo ser soñadora. La realidad no debe apestar y si lo hace, entonces debemos culparnos a nosotros mismos. Eres un cínico, Willie. Yo soy demasiado blanda para serlo.

Dejé mi jarro.

—Es demasiado tarde para esto Meg. Vamos a acostarnos.

Maggie me contemplaba con una especie de afecto investigador.

Dijo con tristeza.

—Vete tú a acostar. Yo dormiré aquí.

Era como si el hielo se deslizara por mi espalda. En el momento que iba a argüir tuve uno de esos raros momentos de introspección.

Esta era una nueva situación para ambos.

—Está bien. Pero tú vas a usar la cama. Yo dormiré aquí —ella iba a protestar cuando yo la detuve—. Concédeme algo de dignidad, Meg.

Estudió mi cara de una manera que me alarmó, luego sorbió el café y depositó el jarro.

—No quiero más.

—Acuéstate. Yo lavaré los jarros.

Los retiré, lavé, sequé y volví a la sala. Maggie no se encontraba ahí. La puerta estaba cerrada y adiviné que se había ido al dormitorio. Tampoco querría regresar. Me hubiera venido bien una almohada y frazada pero no podía entrar ahí. Se había ido sin siquiera un pequeño beso en la mejilla. Era una lenta puñalada entre

las costillas el aceptar que no me había besado porque no lo podía enfrentar.

Me sentí con los brazos pesados y miré con fijeza la calefacción eléctrica. Era como retornar a lo anterior, todos los antiguos miedos y corazón herido y negrura del futuro y esa oscura sensación de sentirse morir. Esto era peor. En aquellas situaciones siempre me había sostenido el pensamiento de Maggie, su lealtad y paciencia, todas las cualidades que ella tenía, que yo podía admirar y de que yo carecía. Ahora su imagen no me acompañaría, no de la manera que yo deseaba.

Quedaba ya poco de la noche y demasiado remordimiento para dormir. Por ser emocional, había tenido malos momentos pero ninguno como este. Debía ocuparme en algo. Saqué los anillos y los puse en la mesa bajo la lámpara central. Normalmente hubiera examinado cada uno con una lupa potente, pero no me sentía con ganas de buscarla en el cajón cercano. Había veintiséis de oro y platino, brillantes, esmeraldas, zafiros y rubíes. Nada vulgar, pero tampoco nada como para deslumbrarse. Uno o dos realmente eran buenos, un brillante de tres caras tallado como diamante: el color, pureza, tallado, todo excelente. Valdrían entre mil quinientas y dos mil libras. No se podría reducir a menos del cuarto de este precio.

Uno de los zafiros tenía un ligero defecto en un costado, lo cual amenguaría su valor, pero las esmeraldas y los rubíes eran puros.

Un buen botín, pero nada espectacular. Pensaba que era algo por debajo del gusto de Max. Pero era inútil seguir pensando en esto.

No valía la pena. Tratar de alejar a Maggie era como tratar de detener el amanecer. Tenía un amargo sabor en la boca. Traté de convencerme de que era preferible que ella se separara de mí, pero yo no quería que fuera de este modo. Esto, suponía, es lo que constituye una relación. Mientras funciona es algo grande, pero cuando se tuerce, es como si le apretaran el corazón en una prensa.

Me fui a la cocina, abrí la heladera y saqué una botella de leche sin abrir. Me tomé un instante mientras retiraba la tapa sin salpicar o desparramar. Cuando la retiré dejé caer los anillos uno por uno. En

el fondo de la botella se podían discernir una o dos manchas pero cuando puse la botella de vuelta en su lugar parecía perfectamente normal.

Regresé a la sala, me saqué los zapatos y levanté los pies pero fue inútil. Con hormigas arrastrándose sobre mis sesos no podía dormir. Retiré el cortinado para permitir que las primeras manchas del alba aparecieran en las ventanas. El fuego eléctrico brillaba como una advertencia y encandilaba mis ojos. Dormité y tuve una pesadilla como si mi hígado hubiera protestado. Me dormí, si la inconsciencia dominada por una mente atormentada se puede considerar sueño.

No sé cuánto tiempo duró. Un perro había entrado en el piso porque estaba empujando mi mano con su nariz. La retiré para golpearlo y palpé un pelo largo y una suave piel. Luché para despertarme con la boca amarga y todavía en las nubes sentí un peso sobre mi pecho. La habitación estaba ahora a media luz y Maggie se encontraba arrodillada a mi lado, su cabeza descansaba en mi pecho, su cara dirigida hacia mí y sus ojos llenos de lágrimas imploraban comprensión. Jamás tuve un despertar tan dulce, con la cabeza tan abotagada. Sostuve su cabeza con ambas manos y la mantuve en esa posición. Una manga del pijama estaba anudada alrededor de mi cintura.

—Lo siento —susurró—, lo siento tanto.

Alisé su pelo lentamente, aliviado sobremanera. Ella temblaba y lloraba despacito. No había nada que decir hasta que se serenase.

Cuando finalmente levantó la cabeza, la besé dulcemente sintiendo la sal de sus labios.

—Bueno —murmuré—. Una cosa está decidida. No vienes más conmigo.

—¿Por qué no? —Todavía había un resto de desafío.

—Porque maldito si sabes silbar.

Empezó a reír, carcajadas secas mezcladas con sollozos. No pude detenerla así que la dejé que se desahogara.

—Está bien, Meg —le dije mientras la sostenía—. Está bien.

Después de que Meg me dejó, telefoneé a Norman. Me contestó que quería verme de inmediato. Vacié la botella de leche, sequé el

«toco» y me fui a verlo. Cuando la puerta fue abierta por un jovencito en sus primorosos veinte años, adiviné que ahora conocía a toda la familia Shaw. Su pelo, así como su ovalado rostro era claro y tenía los ojos celestes. No era ni cerca tan hosco como su hermana o su madrastra y había algo en él que inspiraba de inmediato simpatía. Pareció evaluarme de una ojeada y se quedó tieso.

—Me llamo Scott.

—¡Oh sí! Nos hablamos por teléfono. Por favor entre Mr. Scott.

Voy a avisar a mi padre que está aquí.

Se colocó de costado: una figura delgada ligeramente inclinada.

Estaba interesado en mí y lo disimuló, como si estuviera tratando de ver con quiénes se mezclaba su padre y que él no aprobaba. Los delincuentes tienen hijos y Norman era un delincuente. ¿Cómo influía eso en su hijo? Por su obvio malestar cuando pasé delante de él, Peter Shaw estaba todavía tratando de resolverlo. Sentí pena por él.

Si estaba molesto conmigo por lo menos era atento. Su hermana salió de una habitación del fondo con un abrigo largo de gamuza adornado con piel en el cuello, mangas y ruedo y navegó hacia un caluroso día como si el sol no se atreviera a hacérselo inaguantable.

Le brindó una breve, casi profesional sonrisa y pasó delante de mí como si yo fuera un perchero. Golpeó la puerta principal y Peter Shaw se quedó sosteniendo la puerta del escritorio abierta ante mí.

—Era mi hermana —explicó a modo de disculpa—. Siempre está horriblemente apurada.

—Es una joven muy segura de sí misma —repliqué. Empezaba a gustarme. Sonrió indeciso, me indicó una silla y señaló el bar.

—Por favor sírvase. Creo que va a encontrar ahí varias marcas corrientes de coñac, Mr. Scott. —Me hizo una pequeña inclinación de cabeza con timidez y me dejó.

Norman llegó segundos después; sin Ulla a su lado, su encanto ganaba brillo. Norman no podría estar donde estaba si no fuera un hombre de acero. Echó llave a la puerta, no perdió tiempo ofreciéndome una bebida: en vez de eso me brindó una sonrisa que no era como la de su hija momentos antes. Cruzó la habitación frotándose las manos.

—¿Bien?

—Las tengo. Estaban muy bien escondidas. Casi me hicieron fracasar.

—A usted no, Spider, querido compañero. Déjemelas ver.

Tiró su pelo plateado hacia atrás, con ambas manos, con un gesto vanidoso, casi femenino. Por un momento sus ojos fueron demasiado inquisitivos. Luego, mientras yo empecé a sacar los anillos de mis bolsillos, él preparó un trozo de terciopelo y lo colocó sobre una mesa redonda de roble. Los empujé y lo estudié.

Colocó los anillos en una hilera recta y de repente me di cuenta de que los estaba contando. Aparentemente no los examinaba, de todos modos, no en detalle, y eso me sorprendió por ser un hombre cuidadoso. Cuando levantó la vista estaba obviamente complacido.

—Bien hecho —dijo calurosamente.

No sugirió que yo me podía haber guardado alguno.

Envolvió los anillos en el género y los dejó sobre la mesa. Sacó un rollo de billetes y lo alargó hacia mí.

—Doscientas —manifestó—. Están algo sucias pero valen.

Guardé los billetes en el bolsillo interior de mi saco.

—Cuéntelas —me advirtió Norman.

Sonreí.

—Me fío de usted.

—Entonces es un loco. Cuéntelas.

Hice como él quería y las guardé de nuevo.

—Están todas.

Norman se dirigió al bar, me preguntó con los ojos, advirtió mi leve gesto y se sirvió un whisky. Nos sentamos y él prosiguió:

—Tal como lo recuerdo a usted. Ningún barullo. Un buen trabajo ejecutado y nada de comentarios posteriores.

—No hay nada que comentar. Ahora que he visto el botín reconozco que he sido muy bien pagado.

—¿No cree que valen mucho?

—Están bien. Piedras de buen nivel.

—Max no le hubiera pagado tanto.

—Estoy de acuerdo. ¿Cuándo se separaron? —deslicé como al pasar.

Me miró fijo.

—Si usted ha estado trabajando para Max, yo debo pensar que tiene que saberlo.

—Usted conoció a Max. Era de boca cerrada. Nunca hubiéramos podido hablar así.

—Unos dos años atrás. —Norman rumió su pensamiento—.

Justo antes de que Ulla y yo nos casáramos —sonrió pensativo—.

Max y yo nos llevábamos bien, supongo. Teníamos nuestros problemas, pero nada que lo alterara. Ganamos mucho dinero. No, no fue por culpa mía que rompimos.

Norman empezó a darse cuenta de que la nostalgia lo estaba haciendo divagar porque salió por la tangente.

—Usted se encontró con Peter al entrar. ¿Qué le pareció?

—Solo lo vi por un momento. Me impresionó como un ciudadano honrado.

—Es cierto. Está estudiando abogacía. Tiene un sentido de la percepción que me hace augurarle éxito en esa carrera y que me será de mucha utilidad.

No hay duda de que el muchacho estaba perturbado por alguien que adivinó que era un delincuente. Vi una zona sembrada de minas y pedaleé retrocediendo.

—Eso es lo que a mí me importa —agregó magnánimamente Norman—. Mi familia. No hay nada que yo no haría por ellos.

Seguí manteniéndome al margen, un delincuente que se jacta de la habilidad para el Derecho de su hijo, tiene que tener la mente

obstruida o bien intenta corromper la carrera de su hijo.

—¿Quiere aceptar otro trabajo?

Repentinamente la cháchara de sociedad terminó.

—Estoy escuchando.

—Algo grande. Sensacional. Hará aparecer al Gran Robo del Tren como un asuntito de peleles.

Me irrité y sin embargo estaba excitado. Aventé las señales de peligro que tenía en la mente y traté de leer en la suya. Yo había hecho algunos trabajos importantes. Muy grandes. ¿Cuál era la definición de Norman? Me estaba esperando, así que le di el gusto.

—Adelante.

—La galería Tate —me dijo muy serio—. Hablando en idioma vernáculo. ¿Te atrae?

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