En el hampa
Capítulo 11
PARA cuando regresé a mi departamento, ya era casi de día. Me quedé sobre la cama, vestido y sin zapatos y reflexioné sobre el lío tan terrible en el que me había metido. Mis pies se estaban congelando y eso trepaba por mis piernas hasta el hueco del estómago, de manera que no estaba seguro de si me seguía el frío o eran cubitos helados de aprensión. La vida sería más simple para mí, si yo fuera totalmente honesto o deshonesto. Demasiada gente a ambos lados de la valla, veían en mí los defectos que ellos, en su lugar de privilegio, no tenían. Si uno es deshonesto, entonces uno no puede permitirse tener escrúpulos y si uno los tiene entonces algún día alguien se aprovechará de ellos. Yo soy por naturaleza acomodaticio y siempre lo seré, hasta que pueda desprenderme de una de esas dos fuerzas que me tironean cada una por su lado.
Lo que les puedo decir es que el saberlo no me ayudaba. La desilusión no era para mí una novedad. Puedo ser tan tolerante como cualquiera, pero no a favor mío y en contra de los otros, a menos que se me persiga. Escrúpulos. Yo no era tan duro como las Chrissies o Normans y nunca podría serlo, yo tenía que hacer lo mejor que pudiera según las circunstancias pero tenía una ventaja de la que carecían los otros. Tenía a Maggie.
Esa noche fui a su departamento. No me había sido posible encontrarme con ella durante el día y de la manera que corría el tiempo, no me era fácil esperarla. Seguía todavía ausente y yo traté
de dormitar pero mi mente no descansaba. Para cuando ella llegó, yo me sentía muerto de cansancio debido a las preocupaciones.
La seguí mientras preparaba el café y me quedé detrás de ella junto a la puerta de la cocina. Para cuando ella acomodó las tazas en la mesita, ya la había puesto al tanto, excepto algunos detalles, de los últimos acontecimientos. No me interrumpió ni una vez y fue maravilloso como se mantuvo alegremente animada como si estuviera escuchando mi jornada en la oficina. Pero ahora que estábamos sentados, teníamos que llegar al meollo. Parecía casi tan cansada como yo, pero me guardé de decirlo. No quería que Maggie envejeciera por su preocupación sobre mi persona.
—¿Crees que Chrissie lo hizo? —preguntó por fin.
—No sé cómo. La policía la ha absuelto y no es porque la quieran. Investigaron a fondo tratando de adjudicárselo a ella o a cualquiera, puesto que el otro y único sospechoso es un policía.
Era
una
cosa
extraña
el
pensar
en
Dick
tan
desapasionadamente, aunque en ese momento no me podía emocionar por él.
Maggie me observó con cuidado.
—De la manera en que te expresas, parecería que ya no estás tan seguro de que Norman lo hizo.
—Si no lo estoy, se debe a que la evidencia de Chrissie es sospechosa. Ella quiere achacárselo a él. Ahora, puede ser que lo haya hecho; todavía sigue siendo el sospechoso máximo para mí, pero creo que ella puede estar endilgándole el bronce y no creo que eso se sostenga.
—¿Quieres decir que ella está convencida de que él lo hizo e intenta hacer cualquier cosa con tal de probarlo?
—Algo así.
Maggie dejó su taza. No me miraba cuando dijo:
—¿Crees que puede tener otro motivo?
Nuestras miradas se cruzaron durante unos buenos segundos.
Maggie no dijo una palabra más por un momento. Sorbió con lentitud su café y yo apenas pude ver sus ojos verdes bajo sus
pestañas caídas. Colocó su taza en la mesita y empezó a juguetear con su pelo.
—Te está usando —dijo por fin.
—Ya lo sé.
—Tienes que escaparte de ese trabajo en la Tate —se expresó sencillamente.
—Meg, no puedo. Nunca me permitirá retirarme. Es muy próximo y ya ha invertido demasiado.
—Entonces tienes que tratar. Háblale. Dile que no te tienes confianza.
Pobre Maggie. Siempre se equivocaría sobre la idiosincrasia de los hampones. Nunca podría exprimir su cerebro lo suficiente, para entender lo que hay dentro del de ellos.
—Le hablaré Meg, pero métete esto en la cabeza: ya me ha abonado doscientas cincuenta libras, ha estado pagando a un hombre durante un año para que trabaje con el equipo de drenaje y otros tres más en su nómina, amén de expensas varias. No solo no querrá perder todo esto, sino que espera ganar una gran fortuna con este trabajo. Perderé el tiempo.
—Nunca se sabe —insistió Maggie—. Puede decidirse a conseguir otro hombre.
—¿Entre hoy y el viernes? Nuestra única esperanza —le dije malhumorado— está en que Peter Shaw se calle.
La dejé porque habíamos terminado el tema. Sabía que si me quedaba, no habría descanso para ninguno de los dos y que daríamos vueltas y más vueltas, para llegar siempre al mismo punto de partida, volveríamos a comenzar como si estuviéramos perdidos en un bosque.
El ascensor subía en el momento en que yo apretaba el botón.
Las puertas se deslizaron, se abrieron y Ron Healey salió pareciendo algo más alegre que la última vez, su pelo rojizo todavía indómito, pero por lo menos se lo había peinado.
—Venía a verlo —dijo.
—Es cómico que siempre me atrape en casa de Maggie cuando quiere verme —le señalé.
Hizo una mueca como un muchacho.
—Ella es demasiado atrayente, Spider. Mi suerte puede cambiar.
—No va a cambiar con todo lo que le he contado de los policías.
—Se olvida de que Dick lo es.
—Según van las cosas será un ex.
Me miró sorprendido.
—¿No tuvo suerte en su búsqueda?
—No tuve una real suerte. Progresé de costado.
—Yo ando mejor. Por eso estoy aquí.
Mis orejas se pararon como las de un perro de presa. Entramos en el ascensor y apreté el botón de bajada.
—Tenemos un sospechoso bajo vigilancia. Nada más; ninguna prueba, nada en concreto pero lo suficiente para vigilarlo —me miró con dureza—. Estoy tratando de aliviar su preocupación y la de Dick. Si esto se trasluce puedo perder mi trabajo.
—¿Alguien que conozco?
—No me pida demasiado.
Llegamos al piso bajo y descendimos los escalones de piedra hacia la calle.
—Debe haber pescado una pista o dos —probé.
—O actuado por alguna información que me dieron. No me sonsaque más. Ya dije demasiado.
Tenía que ser Norman. Chrissie debió largar el rollo. El espiar a Norman no daría resultado y yo tenía que verlo al día siguiente, evitando a la policía. Pensé si su teléfono estaría intervenido.
Recorrimos juntos lentamente la calle.
—¿Le ha contado esto a Dick?
—No. Y tampoco debe hacerlo usted. Solo le hará tener esperanzas sobre bases débiles y sería peor para él si esto fracasa.
Solo que pensé que usted me podía ayudar.
—Hace poco pensé que podría ayudar. Ahora no estoy seguro.
Deme un poco más de tiempo. —Reflexioné sobre Chrissie y sus
bronces y siguiendo mi juicio intuitivo me callé—. ¿Está usted buscando algo en particular? Indíqueme la dirección verdadera y puede ser que la siga.
Ron Healey sacudió la cabeza lentamente.
—Solo espero más briznas, una que otra. Es la vieja paciencia de rutina.
Telefoneé a Norman no bien regresé a mi propio departamento.
Ulla atendió la llamada; su voz era cuidadosamente llana, cuando supo quién era. No me importaba que me ignorara siempre que no fuera tan rencorosa como Chrissie. Si lo fuera lo habría utilizado con más éxito. Se mostró indiferente e inexpresiva y llamó a Norman.
—¿Spider?
Con esa única palabra Norman indicaba una actitud. Era casi como si Ulla estuviera todavía ahí con su voz; quizás yo me estaba volviendo demasiado imaginativo.
—Norman. Tengo que verlo mañana. ¿Puede almorzar conmigo en el lugar que estuvimos la otra vez, digamos a las doce y media?
—No veo la razón para encontrarnos antes del fin de semana.
No es necesario y puede que sea una locura.
—Puede ser una locura si no lo hace. —No me gustó el tono de su voz: hasta ahora se había mantenido amistoso.
—Suena a amenaza.
Gruñí.
—¿Norman, cree que yo lo amenazaría? Es solamente que tiene importancia que yo lo vea antes del viernes.
—Está bien. A las doce y media. No se demore.
Colgó.
Me apoyé contra la pared, resoplando desasosegado. ¿Qué había pasado? Norman había cambiado. Yo podía imaginar lo que había ocurrido; pero ¿ocurrió? Si así había sido yo estaba muerto.
Me desvestí lentamente pensando si debía telefonear a Maggie o postergarlo hasta que me encontrara con Norman. Le llamé. Por la rapidez con que me contestó, deduje que todavía no se había acostado.
—Meg, soy yo —si para ahora no reconocía mi voz jamás lo haría—. ¿Tienes una amiga en algún lugar de Londres que te pueda albergar?
—¿Por qué, qué pasó?
—Contéstame, Meg.
—Pam Davies siempre me recibiría. Vive en las afueras de Ealing.
—Telefonéale y arréglalo. Lleva algunas pocas cosas contigo a la oficina mañana y vete a su casa por la noche cuando dejes el trabajo.
—No puedo telefonearle a esta hora de la noche. De todos modos, ¿qué demonios pasó?
—¡Por Dios!, haz lo que te digo. —La preocupación me hacía poner áspero—. Telefonéale ahora. No pasó nada. Solo es una sospecha. Quiero que te alejes. Si te quedas, añadirás más problemas y no lo tomes equivocadamente. Hazlo por mí, Meg, por favor.
Hubo un silencio. Después oí su respiración.
—¿Qué pasa contigo?
—Yo estoy bien. Solo que me he vuelto muy cauteloso, pero es mejor así. Confío en ti, Meg. No me defraudes y no me preguntes nada. No tengo ninguna respuesta.
Me dio el número de teléfono de Pam Davies y por lo que pensaba, no lo escribí sino que lo memoricé. Me sentiría mejor si se tomaba unas vacaciones en su trabajo, pero sabía que ella no querría. Colgué dejándola preocupada.
Miré en rededor; la mayoría de las mesas estaban vacías y Norman no estaba ahí. Me dirigí al barcito y me trepé a un taburete colocándome dado vuelta a medias hacia la puerta. Encargué un jugo de tomate con un toquecito de condimento Worcester, pero necesitaba un whisky triple. Mi cabeza tenía que estar lúcida, si la quería conservar sobre mis hombros.
Después de tres jugos de tomate, algunas de las mesas se habían ocupado, pero Norman no llegó. Si hubiera estado tomando alcohol, podía haberme empezado a relajar lo suficiente para pedir otros más y perder algo de mi rapidez mental. Creo que Norman es muy capaz de haber especulado con eso. A la una y cuarto todavía no había llegado y el lugar ya estaba prácticamente lleno. Parecía que no iba a venir, pero yo tenía que seguir esperándolo porque era mi última oportunidad. Me atacaba los nervios, pero resistí la tentación de tomar una bebida fuerte.
Llegó casi a la una y media: había estado esperando durante una hora. Al ver mi saludo, vino hacia el bar con una leve sonrisa tonta en su cara.
—Siento llegar tarde. Estuve retenido. Debe llevarme la ventaja de unos tragos.
—Sí —le dije sobriamente—. Jugos de tomate.
Pareció algo decepcionado.
—Me había olvidado de sus hábitos de abstemio.
No lo había olvidado. Simplemente esperó que yo los cambiara a causa de la tensión. La impresión que tuve la noche anterior de un cambio en él, me volvió con fuerza. Aparentemente, no estaba diferente ni su leve sonrisa, ni su encanto, pero bajo todo eso, se lo veía cauteloso y su actitud lo transparentaba, aunque fuera levemente. Norman podía manejar las crisis en su cerebro, de manera que cualquier cosa que lo molestara la dejaría guardada en lo más profundo. Ordené para él un whisky doble.
—Bueno, ¿qué es eso tan importante para arrastrarme hasta aquí?
—Será mejor que nos sentemos cerca de la cocina. Es la única mesa aislada disponible.
—Mi querido Spider. No tengo tiempo de almorzar.
—No podemos hablar aquí en el bar —le indiqué el camino sabiendo que me seguiría—. Tome algo rápido y ligero —sugerí mientras nos sentábamos—. Una omelette quizás.
Consiguió mantener una sombra de sonrisa, pero algo marchaba radicalmente mal. No me gustaba la forma en que luchaba para no demostrarlo. A mi vez yo trataba de pretender que no lo había advertido y esperaba haberlo hecho mejor.
—¿Bien? —dijo de nuevo.
Ahora podía ver que estaba tenso, envejecido y parecía algo indeciso, como si alguien le hubiera pellizcado su vanidad. Si había descubierto algo sobre mí, eso podría ser el motivo. Hoy no se acordaba de hacer los ejercicios isométricos: parecía representar su verdadera edad por primera vez, desde que lo encontré días atrás.
—¿Algo le preocupa Norman?
Lo atrapé desprevenido e instantáneamente su sonrisa se volvió defensiva pero, profesional hasta el fin, contestó sin titubeos.
—Este trabajo es inminente. Estoy apostando en grande.
—Pero todavía tiene bastante pasta —me burlé.
—¿Quién habla de dinero? Tengo suficiente, pero no me puedo estancar. Sigo todavía esperando su respuesta.
Esto era más difícil que lo que me imaginé. No había preparado el libreto. Tenía que improvisar.
—Quiero volverme atrás —le dije.
Su cara se distorsionó de tal manera que pensé que iba a repetir sus ejercicios de nuevo, excepto que sus ojos se fijaban en mí como taladrándome y empezó a respirar con dificultad.
—¿Volverse atrás? ¿Quiere decir de su trabajo? —No lo podía creer.
Asentí con renuencia.
—Cuanto más pienso en él, más reconozco el riesgo de que haya violencia. No lo puedo hacer.
Norman lo estaba pasando mal; su cerebro bien entrenado, aumentaba sus revoluciones, advirtiendo las trampas y las imposibilidades de lo que yo acababa de decir.
—Ya habíamos analizado todo esto —murmuró con furia—.
Como usted bien sabe no tiene que utilizar la violencia.
—Eso es lo que convinimos. Pero no puedo quedarme quieto y ver a ese trío infernal usándola. No es mi costumbre.
Llegaron las omelettes y pude ver a Norman que resistía la tentación de tirármelas. No creo que jamás lo vi mostrar tan abiertamente su temperamento. Solo se hubiera conseguido una sonrisa de él por medio de un cincel, yo también me sentí medio congelado.
—¿Cuál es la verdadera razón? —escupió de repente.
Bajé mi vista a los humeantes huevos con jamón y reconozco que me hubieran atragantado, si hubiera intentado comerlos.
—Odio la violencia; se lo dije antes. Pensé en este trabajo por todos sus ángulos montones de veces; llegué a la conclusión de que no se lo puede hacer sin que haya lastimados.
Estudiaba a Norman muy de cerca. Sus facciones poco a poco se relajaron, cuando usó su considerable fuerza de voluntad para controlarse. Sus palabras salieron también controladas de sus labios casi inmóviles, con la extraña distorsión de una pesada máquina parlante.
—¿Así que sugiere que me busque otro?
—Si puede. Me doy cuenta de que es difícil.
—Es usted muy magnánimo. Veinticuatro horas para encontrar un experto, para tapar un agujero importante y absorber lo que le tomó algún tiempo para aprender y entonces esperar de él que no se equivoque.
—Puede usted demorarlo algo.
—La exposición, mi querido Spider, termina esta semana o ¿su memoria también ha sido afectada?
El disgusto lo hacía hervir, pero consiguió sonreír de nuevo… al igual que un sádico contempla el sufrimiento ajeno.
—Si usted consigue alguien —le contesté—, pasaré las próximas veinticuatro horas aleccionándolo.
Retiró su omelette como si le molestara.
—¿A quién sugiere?
—No sé —me levanté de hombros—. Usted tenía el plan en su mente antes de encontrarme, así que con toda probabilidad tiene a alguien.
—El tipo que tuve in mente ya está detenido. Su llegada fue fortuita. De otra forma hubiera tenido que posponer todo el plan por un tiempo considerable y esperar otra exposición similar. Pero
¡Picasso y Bacon! ¡Qué me dice! Ginger Douglas está trabajando sin descanso en las cloacas y no es probable que el trío infernal, como los llama usted, aguanten siempre; ninguno de ellos está dotado de percepción. Quieren su dinero ahora. Demorarlo implicaría preparar otro equipo.
—¿Por qué no lo hace usted mismo? —sugerí con tranquilidad.
Fue como cachetearlo. Se echó hacia atrás y por unos minutos quedó estupefacto. Luego dijo:
—No es muy gracioso. Yo planeo, no actúo. No, me temo que tiene que ser usted, Spider.
Empujé mi plato como para darle jaque mate.
—Ya se lo expliqué —le dije débilmente—. Llámeme cobarde si quiere, pero usted sabe que siempre trabajé solo.
—Seguirá así una vez que penetre en la Tate. —Súbitamente se adelantó con un gesto amistoso—. Mire, Spider, comprendo su sentir en cuanto a la violencia. Hasta llego a respetarlo, pero ¿ha considerado mi punto de vista?
Su voz era suave pero con ribetes acerados. Deseé saber cuánto sabía de mí y eso no se lo podía preguntar. Sus ojos eran diferentes cuando se posaron en los míos.
—Aparte de cualquier otra cosa, no estoy preparado para que mis empleados me vean como perdedor. Si no infundo respeto no soy nada; los negocios se irán al diablo. Pero, aparte de eso, he gastado demasiado en tiempo y en dinero para perderlo todo ahora porque usted tiene escrúpulos de conciencia que debía haberlos manifestado al principio. Tuvo la oportunidad de pensarlo. Ahora es demasiado tarde. Usted tiene que hacer este trabajo, Spider, porque su vida no valdrá un centavo si no lo hace. Hay una docena de
maneras en que yo lo puedo agarrar y lo haré. Y cuando yo piense que ya ha aguantado bastante lo mataré. Se ha enterado de muchas cosas sobre mí; ha visto demasiado. Usted vino a mí libremente.
Saldrá con los pies para adelante, porque jamás volveré a creerle y no desearé verlo cerca de mí para hacerme recordar mi equivocación más grande.
No era bluff. No se había mantenido alejado de la cárcel por negligente. Además, yo era una prueba flagrante de su error de apreciación y nunca se recuperaría mientras me viera.
—No me puede hacer nada —le dije imprudentemente.
Su sonrisa fue espontánea, la primera genuina que brindó en ese encuentro.
—¿No? ¿Entonces qué estaba haciendo Maggie Pearson esta mañana cuando llevó una valija a su oficina? ¿No la habrá querido advertir que se quedara fuera de la ciudad por un tiempito? Si lo hizo fue una gran idea, Spider. Pero será inútil y además, ahí está su negocio, hay media docena de caminos para llevarlo a la quiebra.
Es demasiado joven para morir, Spider. Usted hará el trabajo con éxito; con el plan original, la asociación murió cuando usted se mostró asustado.
No podía seguir escapándome de él toda la vida y él a su vez no me iba a dejar ir. Detectó a Maggie de inmediato como una vía para llegar a mí; nada más efectivo. Había finalmente una chance de que me dejara ir después de que terminara el trabajo, cuando yo estuviera comprometido, me quedé callado sin darme cuenta, per más tiempo que el imaginado, porque irrumpió en mis pensamientos.
—Vamos, Spider. Haga el trabajo con eficiencia y no surgirá ninguna violencia. Sabe que lo puede realizar.
—¿Desde cuándo puso usted a alguien tras de Maggie?
—Después de su telefoneada anoche.
No le creí. Me di cuenta de que fue con anterioridad. Miré a la omelette que se enfriaba.
—Está bien.
—Buen tipo. Oh, Spider, no vaya a fracasar porque consideraré que es deliberado. Pero usted es muy astuto y demasiado inteligente para hacer una tontería así.
Empujó para atrás su silla, se levantó y me envió una última mirada burlona. No estaba muy feliz. Tampoco yo.
Cuando se fue, me senté ahí por un momento con las dos omelettes sin tocar, lo que preocupó al camarero cuando pagué la cuenta. Regresé a la oficina para tratar de distraerme, pero sin resultado. Estaba extendiendo algunos pasajes aéreos para un apremiante Charlie Hewitt cuando me avisaron que Mrs. Harris me llamaba por teléfono. Odio atender esas llamadas con Lulú y su línea extensora.
—¿Es usted, Chrissie?
—¿Dónde ha estado, imbécil de mierda? He estado buscándolo durante horas.
—Ahora me ha encontrado. ¿Qué desea?
—Lo quiero aquí inmediatamente. Quiero saber algo.
—Pregúnteme ya.
—Usted…, maldito sea, será mejor que venga directamente aquí, Spider, o si no le mandaré un par de muchachos. No lucirán muy bien delante de sus empleados. No querrá que se derrame sangre sobre sus pasajes.
De repente todos me amenazaban. Estas asociaciones no parecían muy seguras.
—O. K. Me tomará una media hora para llegar.
Terminé de extender los pasajes, los chequeé y se los pasé a Charlie en el mostrador. Me miró de una manera extraña, tal vez se me veía la edad. Me sentía de ciento cincuenta años. Tomé un autobús que se dirigía a la avenida Shaftesbury y me senté en el piso superior entre los fumadores, que era lo más próximo que pude conseguir para aislarme de todos. Crucé Londres y descendí sin mucha seguridad de volverlo a hacer.
El Daimler estaba todavía ahí, con algo más de suciedad y con los cromos empañados. Lo sentí por él.
Chrissie abrió la puerta con ímpetu turbulento y sus ojos incisivos me tatuaron como con una aguja, yo me froté el brazo mientras pasé por delante de ella al vestíbulo y luego a la sala.
Tenía puesta una transparente creación de color celeste que envolvía su cintura y un corpiño que le levantaba los pechos.
—Está bien —dijo mientras hacía golpear la puerta de la sala tras de mí—, ¿cuál es su juego de loco?
Me senté sin fuerzas en un sillón.
—¿Cuál? —pregunté suavemente.
—No se haga el chistoso conmigo. Le ofrecí hacerlo socio.
Ahora me entero de que todavía está trabajando para Norman.
Su pelo rubio estaba tan perfectamente ondeado que pensé que debía ser una peluca a no ser que hubiera usado cemento como fijador. Mi cabeza estaba hueca, lo que era signo seguro de que el mal de ojo estaba operando en mí.
—¿Y cómo piensa que conseguiré su confianza si no me hago su amigo?
—No pretendí eso. Todo lo que tenía que hacer era revisar su casa y luego terminar con él.
—No es tan fácil.
—¿Está usted trabajando para él o no?
—Intenté no hacerlo. Ahora es mi vida la que está en juego. Me tiene sobre un barril de pólvora.
—También yo. Y no olvide: SÉ QUE VISITÓ A MAX EL DÍA QUE LO
ASESINARON. Parece que nadie lo descubrió. ¿Ahora, no es eso raro?
Se me puso la piel de gallina. Ya había visto su vengatividad contra Norman.
—Pensé que quería achacárselo a Norman.
—Lo quiero. Pero si no obra como se debe contra él lo haré encarcelar también. Está trabajando con él. Si me entero de que esa estúpida cucaracha comparte el pan con usted… usted vino aquel día y también él. Quizás usted volvió por segunda vez… con él.
—Usted sabe que no es así, Chrissie.
—Yo sé que puedo deslizar el dato de que usted vino ese día y que ha estado viendo a Norman.
—Así que, ¿qué quiere de mí?
—Quiero que atestigüe que ha visto uno de esos bronces aquí y después del crimen en casa de Norman.
—Usted puede conseguir mucha gente que atestiguará eso.
—Solo la primera parte. A cambio de eso, yo diré que usted asaltó mandado por mí para conseguir la prueba. Ni siquiera le cobrarán una multa.
¿Hasta qué punto me podría ella implicar? Mis antecedentes me condenarían, además de mi silencio sobre mi visita a Max, así como mi repentina asociación con Norman.
Con unos cuantos que perjuraran en mi contra, ya me habrían liquidado. La ironía era que si ella lo hacía, Dick sería liberado. Pero siempre me juré que me mataría antes de que me sentenciaran a una larga condena. Y Chrissie lo sabía.
—Correré el riesgo —le dije.
Chrissie se rio como un jugador, su sonrisa amenazante era quebradiza.
—Tiene que ser más convincente. ¿Le gustaría que Norman se enterara de que tiene un hermano policía?
—Alguien ya se lo dijo. Si no eso, por lo menos, le advirtieron que yo violé su casa y para qué.
Eso la sacó de quicio por unos segundos. Luego:
—No debería estar usted tan frío. Si Norman sabe eso, usted es un hombre muerto.
Ya me sentía así. Me estremecí. Cuando uno está en un lodazal entre dos violentas catástrofes, qué otra cosa se puede hacer sino rezar, y eso me era imposible.
—¿Cuánto hace que terminó su affaire con Norman? —pregunté lentamente.
Fue la mejor reacción del día. Chrissie empalideció tanto, que su polvo facial pareció desprenderse de su piel. Sus uñas de color rojo pálido se clavaron lastimosamente en el tapizado de la silla. Su
mandíbula cayó como si hubiera recibido un puñetazo y sus brillantes ojos se apagaron por el impacto.
—¿Qué dijo? —preguntó con voz ronca.
—Entendió muy bien lo que dije. Vi su vestido en su refugio secreto: Jean Varón.
—¡Degenerado!
Se levantó con rigidez, tratando de controlar su pesada respiración dentro de su apretado corpiño y sus dedos se agarrotaron como cables de acero. Su mirada vacía fue lentamente reemplazada por el odio y la ponzoña que destilaba. Se dio cuenta de que su reacción la había descubierto por completo, era demasiado tarde para cuidar su reputación. Y sin embargo a pesar de su furia, había algo patético en su actitud.
—¿Le gustará que deje caer una palabra en el lugar adecuado?
La poli lo encontrará de mucho interés.
Su labio tembló y yo me equivoqué sobre su significado. En realidad pensé que iba a ver a la muy dura Chrissie llorar amargamente. Era como para creerlo, pero yo debía haberla conocido mejor. Hervía con una emoción controlada y sus ojos estaban húmedos. Luego sus dedos se aflojaron como si estuvieran bajo control y levantó sus garras. Se arrojó sobre mí con un ahogado lamento furioso y me tomó desprevenido.
Era demasiado tarde para tratar de levantarme de la silla, así que hice lo mejor que pude. Cuando alargó sus uñas para arañar mi cara, empujé mi pie con fuerza y tiré la silla al suelo. Una de las uñas me abrieron un canal desde mi labio superior y sentí la sangre sobre mi lengua, mientras caí de espaldas con Chrissie despatarrada entre mis piernas levantadas.
Hice un frenético movimiento para tomarla de las muñecas, pero fue como sostener un cable electrificado. Luchó con salvajismo del arroyo y yo me aferré como si defendiera mi vida, porque esas uñas suyas hacían que los cortes de una navaja de afeitar parecieran simples picaduras de insectos. Me mordió profundamente en el dorso de mi mano y yo grité de dolor pero seguí sujetándola. Se
retorció con furia felina, pero no consiguió que la soltara. Si la dejaba libre, yo caería en un baño de sangre y con toda probabilidad ciego, porque ya estaba tratando de arrancarme los ojos.
Rodamos juntos hasta que quedé sobre ella tratando de arrodillarme sobre sus muslos descubiertos y apreté sus brazos contra el suelo mientras ella luchaba con desesperados y sensuales movimientos, como una escena de violación. Trató de darme un cabezazo, arañar, golpear y morder y tuvo bastante éxito. Todo lo que pude hacer fue aguantar, hasta que perdió fuerza. Sentía mi nariz como si se hubiera hundido.
De repente se aflojó y yo necesitaba una tregua. No fui tan tonto como para soltarla, pero al segundo siguiente ya estaba luchando de nuevo y consiguió liberarse una muñeca. Levanté rápidamente un hombro para cubrirme la cara, así que ella agarró mi pelo y trató de arrancármelo. Sujeté de nuevo su muñeca y aflojamos ambos: ahora era yo el débil. Rodamos hasta que se retorció debajo de mí y adelantó una rodilla con fuerza contra mi miembro. Me retorcí de dolor doblándome como un jorobado, igual a un erizo, cubriéndome la cara y la cabeza con brazos y manos.
Me lastimó de tal manera, que no me hubiera podido mover aunque lo deseara, el dolor me insensibilizó a través de mi miembro y sentí que gemía. Tuve que soportar lo que ella me hacía. Me golpeó, arañó el dorso de mis manos, hasta que la sangre corrió. Lo aguanté hasta quedar entumecido, pero tenía que soportarlo hasta que el dolor aflojara. Cuando empezó a herirme en la cabeza con su taco afilado, la castigué ciegamente con un brazo y la hice saltar a un costado. Me enderecé lo mejor que pude, pero seguí arrodillado.
También lo estaba ella cuando se levantó pataleando. Sus ojos eran de loca cuando disparó su zapato sobre mi oreja. Giré a ciegas, hice un doloroso movimiento sobre mis rodillas, luego le di un puñetazo directamente en la mandíbula. Cayó como una muñeca.
¡Cristo! Me doblé de nuevo, respirando como un par de viejos fuelles. Escrúpulos: debía haberla golpeado desde el principio. Le eché una rápida ojeada. Su mandíbula ya se estaba inflamando.
Increíble: su pelo apenas se había desordenado. Me quedé ahí, respirando anhelante durante un momento, luego me levanté titubeando. Con dificultad y ridículamente me agaché para bajarle el vestido. Agujeros ardientes marcaban mis manos y cuando las extendí tembloroso vi las rayas coloradas de sangre que corrían desde los puños hasta los nudillos. Vi pedacitos de carne bajo sus uñas y me sentí enfermo.
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