Encantos ocultos

Adele Ashworth · Capítulo 16 de 23

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Encantos ocultos

Capítulo 13

Jonathan cruzó las puertas principales de la Sorbona y salió al sol resplandeciente de la tarde. Bajó los escalones lentamente, pasando al lado de los estudiantes ataviados casi con uniformidad con pantalones azul oscuro y levitas negras, y se dirigió hacia las calles llenas de obreros sin cualificar, de aspirantes a artistas y escritores y de caballeros vestidos con pantalones de cuadros escoceses y chalecos primorosamente bordados que paseaban ociosos por los bulevares con elegante despreocupación.

El clima político en toda Europa estaba cada vez más revuelto. Tanto en su propio país como en el continente había graves problemas económicos.

El mismo París era un cúmulo de descontentos donde no se paraba de hablar de revolución y de reforma tanto en las reuniones públicas como privadas de legitimistas, radicales y republicanos; entre los campesinos y los artesanos; y por supuesto, entre los ciudadanos de la clase media. La tensión seguía creciendo en la ciudad, y esa fue la única razón para que Jonathan hubiera buscado alojamiento fuera de la urbe, para considerable irritación de Natalie, una mujer que adoraba la excitación urbana en todo momento.

Su primera parada había sido en las dependencias de la Guardia Nacional francesa, que se había saldado con escasa información acerca de Paul Simard y su familia. La Guardia tenía sus propios problemas, descuidada como había sido por Luis Felipe durante ya siete años completos. Luis Felipe era el rey de los franceses —el Rey de los Ciudadanos—, no el rey de Francia, y como persona detestaba el conflicto,

hasta el punto de ningunear a aquellos que habrían de proteger su trono si el descontento acababa en verdadera rebelión. Jonathan ignoraba si esto era bueno o malo; realmente no tenía una opinión al respecto, pero se daba cuenta de que tanto empeño en conseguir la paz a cualquier precio podía socavar el poder de un hombre en un país que se deleitaba en manifestaciones y reformas. Luis Felipe tenía aliados en Gran Bretaña, por supuesto, y entre ellos a la reina Victoria, a quien le gustaba el francés, en general, siempre que se pudiese olvidar el escándalo suscitado solo un año antes por la insistencia de Luis Felipe en casar a su hijo con la hermana de la reina de España, cuando Victoria lo había recibido una vez en Windsor y honrado con la Orden de la Jarretera. En ese momento, había nuevos escándalos de naturaleza doméstica relacionados con la ineficacia electoral francesa y la corrupción del ministro de la Guerra de Luis Felipe.

La situación se encaminaba hacia un desenlace negativo. Se podía sentir en el aire. El pueblo francés, en casi todos sus estratos sociales, estaba inquieto, la oposición estaba empezando a organizarse y cada uno de los grupos propugnaba su propia causa mediante airados discursos pronunciados en banquetes organizados a tal fin por los distintos grupos políticos. Sir Guy había estado en lo cierto. El monarca reinante en ese momento estaba perdiendo la batalla, y en opinión de Jonathan sería solo cuestión de tiempo antes de que la agitación civil se convirtiera en violencia y Luis Felipe abandonara el trono camino del exilio o fuera asesinado por personajes influyentes, como era el caso de Henri Lemire.

Jonathan se detuvo en una concurrida esquina, vestido con la misma seria indumentaria que llevaba el día de su reunión con Madeleine, y que resultaba algo incómoda para el calor de mediados de julio. La suerte los había acompañado en un viaje sin incidentes hasta la capital, ya que la última semana se había mantenido nublada y anormalmente fresca para estar en pleno verano, y el sol había hecho su primera aparición en días hacía solo dos horas.

Jonathan observó el movimiento de la calle de la ciudad durante unos minutos, sin prestar apenas atención al tráfago congestionado de personas, a los gritos y al ruido del tráfico, al olor de los cuerpos sin asear y del

estiércol de los caballos, que se mezclaban con los de las carretas de los vendedores ambulantes, desbordantes de pollos y corderos asados, panes cocidos y flores recién cortadas.

Jonathan tuvo que admitir que a la sazón se encontraba en un buen atolladero; no tanto por lo que se había enterado en los treinta minutos que había permanecido en la universidad, que ya era bastante preocupante en sí, sino por su conciencia. Tres días de investigaciones en París le habían aportado pocas noticias acerca de Robert Simard. Había empezado por la Guardia Nacional con la esperanza de obtener información sobre el padre del sujeto, en tanto que antiguo oficial del cuerpo, pero no había conseguido casi nada, excepto que su hijo, Robert, había sido otrora profesor de literatura en la Sorbona. En consecuencia, esa tarde se había trasladado hasta allí con grandes esperanzas en cuanto pudo concertar una cita con el rector, pero sus esperanzas se habían hecho añicos cuando se enteró de que Robert Simard llevaba viviendo felizmente en Suiza como profesor reputado, esposo abnegado y amantísimo padre de seis hijos desde hacía cinco años. Aquello, por lo tanto, solo podía significar una de dos cosas: o que Natalie estaba equivocada acerca de las cartas de amor —de dónde o de quién procedían— o que le había mentido.

Hundió las manos en los bolsillos, se dio la vuelta y empezó a andar por la calle lentamente; hacia el sur, creyó, pero lo cierto es que no estaba prestando atención. Tendría que alquilar un medio de transporte para regresar a la posada en la que se alojaban, y esta se hallaba a varios kilómetros en las afueras de la ciudad, pero primero quería pensar.

Los últimos días con Natalie habían sido difíciles para él. Sus sentimientos hacia ella eran confusos y, si los consideraba con honestidad, empezaban a ser muy profundos. Sin embargo, no tenía ninguna seguridad sobre qué motivaba la situación ni qué repercusiones tendría todo ello para su futuro. La atracción mutua solo parecía intensificarse por momentos, y no estaba muy seguro de que no fuera a sofocarse con una simple relación sexual. Casi había llegado a la conclusión de que acabarían siendo amantes, y asimismo sabía que, en su fuero interno, Natalie también era consciente de ello, con independencia de que decidiera o no reconocerlo.

Sin embargo, lo que le traía a mal traer era saber con qué firmeza se oponía ella a pensar siquiera en casarse con él. Aquello era algo que tenía que ver con sus convicciones, y para su creciente preocupación, estaba empezando a pensar que incluso si la seducía, de lo cual estaba casi convencido de poder hacer, ella seguiría sin consentir convertirse en su esposa. Él podría forzar el asunto, pero probablemente eso solo ocasionaría un distanciamiento irreparable entre ellos, y a partir de ahí Natalie jamás aprendería a confiar en él ni a amarlo como hombre. Él le gustaba, se lo pasaba bien con él, lo deseaba apasionadamente, pero eso era todo lo lejos que ella permitía que llegaran sus sentimientos. En ese momento, Jonathan tenía que admitir que le encantaría tremendamente que se enamorase de él y daba por sentado que tal sentimiento se debía a que Natalie era la primera mujer que conocía que se hubiera resistido tan concienzudamente a hacerlo.

Si ella lo amaba, y se lo reconocía a sí misma, probablemente cedería y se casaría con él, que era el desenlace ansiado por Jonathan. Pero este no sabía cómo combatir la tozudez de Natalie y su firme convencimiento de que él acabaría haciéndole daño. Ella no confiaba en sus sentimientos, y Jonathan no tenía ni idea de qué hacer al respecto.

Gruñó con incomodidad, deteniéndose de improviso, lo cual casi provocó que una oronda mujer que llevaba un niño de cada mano chocara con él, aunque Jonathan apenas se dio cuenta de la circunstancia mientras se frotaba los ojos con las yemas de los dedos, completamente absorto en sus pensamientos.

Habría sido muy sencillo, si Robert Simard siguiera viviendo en París y hubiera estado chantajeando a la madre de Natalie, tal y como esta había deducido. Las cartas en sí habrían sido fáciles de robar. Sin embargo, lo que más le molestaba del asunto a Jonathan era la idea de que ella pudiera haberse inventado toda la historia. Pero ¿con qué fin? ¿Para obligarlo a llevarla a París? Aunque ella tuviera vínculos políticos y el deseo de ver derrocado al monarca, ¿por qué iba a necesitar estar allí, en medio de la agitación, para presenciarlo en directo? ¿Por qué habría de recurrir a las mentiras y al chantaje, cuando él no tardaría en descubrir que la historia del adulterio de su madre era mentira? Natalie no era tonta, y la mera idea de

que fuera a meterse en semejantes complicaciones a Jonathan se le antojaba rocambolesca, cuando no ridícula.

No; tras un instante de meticulosa reflexión, Jonathan llegó al convencimiento de que ella le había contado la verdad tal y como ella la creía. Y tampoco se había inventado la tierna exteriorización emocional que tanto lo había impresionado la última noche que pasaron en Marsella. A Natalie le causaba una honda tristeza todo el asunto, de eso estaba seguro, e incluso sin su intento de engaño y chantaje, él la habría ayudado. El collar que en ese momento Natalie mantenía oculto en el fondo de un baúl carecía de importancia para él. Era la inocencia de Natalie, su respeto y admiración, y su alma lo que él valoraba.

Así que, de pie en medio de una concurrida acera del centro de París, con el sol de última hora de la tarde ocultándose por detrás de los altos edificios, y los sonidos y olores de los caballos que chacoloteaban y de los bulliciosos transeúntes llenando el aire, Jonathan se sintió abatido, solo e impotente y sin saber muy bien qué hacer a continuación. Sobre todo, se percató, lo que le consumía era el desconcertante pensamiento de que pronto tendría que informar a Natalie de que le había fallado. Ahí era donde su conciencia lo golpeaba con toda su fuerza.

No tenía ni idea de qué decirle. Robert Simard era un profesor casado que vivía en Suiza, llevaba una vida decente y sacaba adelante una familia.

Las posibilidades de que fuera el chantajista eran remotas. El hombre tendría muy poco que ganar, y sí mucho que perder, si era descubierto o detenido. Eso implicaba que otra persona tenía las cartas, o decía tenerlas, y estaba utilizando el nombre de Robert Simard justo porque sabía que el francés estaba viviendo tranquilamente en otro país. Tal situación parecía mucho más lógica. La única manera de que Jonathan pudiera obtener más información sería hablando con la mismísima madre de Natalie, y esa era una idea que lo aterrorizaba por completo. También era posible que todo estuviera siendo realizado desde Gran Bretaña, que alguien a quien la madre de Natalie no conocía se hubiera enterado del romance —y de la correspondencia subsiguiente— y él o ella la estuviera chantajeando desde la comodidad de su pintoresco salón inglés. Pero, una vez más, había

demasiadas preguntas, insuficientes pistas y nada que él pudiera hacer en París sin tener más detalles.

Paralizado, Jonathan se quedó mirando la calle fijamente con expresión ausente. Natalie lo estaba aguardando, esperanzada con que su día en la ciudad se revelara productivo, y cuando se enterase de que Jonathan no tenía las cartas en su poder sería presa del abatimiento. Aunque lo que más lo desasosegaba era que cuando ella se enterase de que no tenía nada para darle, se enfurecería por su incompetencia, lo consideraría un mentiroso, o peor aún, un idiota, haría sus maletas y volvería a Gran Bretaña sin él.

Jonathan tenía suficiente amor propio para darse cuenta de que no correría ese riesgo. En Francia, ella estaba esencialmente a su cargo; dependía de él.

En Gran Bretaña, si no era su esposa, podía negarse en redondo a verlo, y eso sería el fin de todo.

Su única otra opción, y por supuesto la exquisita y gratificante, consistía en engañarla y luego privarla de su virginidad, tal y como ella le había ofrecido en Marsella. Pero Jonathan, incluso dejando en mal lugar a su ocasionalmente poco honesto pasado, jamás había sido tan malvado como para quitarle la inocencia a una mujer con una mentira descarada. Ahora se enfrentaba a una tremenda decisión moral, a una prueba de su personalidad como hombre. Sí, se casaría con ella. La reputación de Natalie se mantendría intacta. Esa no era la cuestión. Pero ¿sería capaz de engañarla tan descaradamente para que ella se entregara a él de buen grado a cambio de una falsedad? No lo sabía, pero pensó que no podía. Y sin embargo, la alternativa era perderla.

Jonathan dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Una ráfaga de viento hizo volar los periódicos viejos y las hojas de la calle contra sus piernas. Se hacía tarde. Natalie le estaría esperando, y él tendría que tomar su decisión en el camino de regreso a la posada.

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