Encantos ocultos

Adele Ashworth · Capítulo 20 de 23

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Encantos ocultos

Capítulo 17

Jonathan se encontraba solo frente a un extremo de la mesa del bufé, completamente abatido. El banquete no había hecho más que comenzar, y hasta el momento pocas eran las personas que honraban el vestíbulo de la casa parisina del conde de Arlés. De hecho, era la misma casa que el hombre intentaba vender y por la que Jonathan había fingido estar interesado. Su identidad falsa seguía siendo dada por buena, lo cual era, probablemente, la única razón de que hubiera sido capaz de conseguir ser invitado para asistir a las celebraciones de esa noche. Había llegado temprano, en parte porque no tenía nada más que hacer, aunque, sobre todo, porque quería poner fin a aquella deprimente velada y poder volver de una vez a su país, a su casa, a su perro y a Natalie… La tozuda, boba y calculadora hechicera que lo tenía cautivado e idiotizado.

Solo había transcurrido un día y medio desde que la viera por última vez, y sin embargo, se le antojaban diez años. Estaba furioso con ella, loco por ella y preocupado hasta la desesperación. Lógicamente, era consciente de que ella podía volver a casa sin él, que hablaba el idioma y llevaba suficiente dinero para el viaje. Pero en Francia la gente estaba inquieta; no era muy seguro que viajara sola, y Jonathan tenía meridianamente claro que tampoco quería que ella se encerrara en su dormitorio de Inglaterra lejos de él. La quería en el suyo, donde fuera que estuviera este, incluso si la única manera de convencerla de que ese era su lugar fuera metérselo a golpes en su pequeña cabeza cuadriculada. Pero, por supuesto, eso no ocurriría a menos que ella lo viera y volviera a hablar con él.

¡Dios santo, si solo había sido una discusión! Se habían dicho algunas cosas hirientes el uno al otro, pero él nunca pensó que lo abandonaría. Si hubiera tenido la más leve sospecha de sus intenciones, no la habría dejado sola; la habría llevado con él por toda la ciudad. Nunca olvidaría el pánico que se había apoderado de él al entrar en la habitación de ambos en la posada solo seis horas más tarde, dispuesto a enfrentarse a la cólera de Natalie, y encontrarse en cambio con un ropero vacío y una cama sin hacer con las sábanas revueltas que le recordó lo ocurrido la noche anterior.

Natalie tenía problemas para aceptar su pasado. Él lo sabía, entendía las razones y estaba dispuesto a darle tiempo. Pero lo que lo aterrorizaba en ese momento era que ella hubiera decidido renunciar a su relación sin intentarlo, sin aceptar lo mucho que él le importaba, y que esa fuera la razón de que se marchara. Estaba renunciando a ellos, y eso lo estaba destrozando por dentro. Aunque lo que le pareció cómico, en lugar de incitarle a destrozar la habitación, fue el reconocer sencillamente que ni una sola vez, en sus casi treinta años de vida, había pensado que una mujer pudiera hacerle aquello.

Jonathan bajó la mirada hacia el vaso lleno de whisky que tenía en la mano. Llevaba sosteniéndolo diez minutos y todavía no le había dado ni un solo trago. Probablemente sería extraordinario, de paladar suave, y sin duda se le subiría directamente a la cabeza para aliviarle las penas al principio, pero luego le haría sentirse más abatido de lo que ya estaba. No necesitaba eso. Lo que necesitaba era mantenerse despejado para los inminentes acontecimientos que tendrían lugar esa misma noche.

Dejó el vaso sobre la mesa que tenía a su lado, apoyó la cabeza contra la pared cubierta de tapices a su espalda y observó a los demás invitados solo con ligero interés. Aquella casa era más pequeña que la que tenía el conde en Marsella, pero mostraba la misma decoración extravagante en madera de roble oscura y lujosa caoba, dorados y azules verdosos. Las mesas del bufé estaban cubiertas de apetitosos manjares, la bebida corría a raudales y el humo de tabaco caro llenaba el aire, y sin embargo, aquello no era una fiesta; al menos no como el baile de dos semanas antes. Esa noche había pocas mujeres en el salón, y aunque todo el mundo iba ataviado con sus

mejores galas, quedaba silenciosamente sobreentendido que el motivo de la reunión era el de recaudar fondos para pagar al asesino de Luis Felipe. Solo un profesional se arriesgaría a cometer un atentado tan calculado para asesinar al rey de Francia.

Jonathan habría querido acudir a las autoridades, pero, no teniendo ninguna prueba, ¿que les iba a decir? ¿Que varios nobles querían cambiar el curso de la historia? Natalie había tenido razón acerca de que aquello había sido una charla entre fanfarrones, lo cual era el motivo de que no pudiera culparla por no habérselo dicho de inmediato. Derrocar al rey era una pretensión común entre los franceses, y sin duda ni sorprendería ni preocuparía a ninguna autoridad. Pero si el intento de asesinato estuviera planeado para el día siguiente, y el banquete de esa noche fuera la cabeza de puente de los legitimistas para fortalecer sus lazos políticos, elevar sus egos y reunir los fondos necesarios, tal vez podría enterarse de algo que fuera importante. Tenía que correr el riesgo. Al día siguiente abandonaría el país.

Jonathan escudriñó a la multitud. El conde todavía tenía que aparecer, pero la habitación se estaba llenando rápidamente de gente, caballeros en su mayoría, que empezaban conversaciones bastante bulliciosas en las mesas y en los rincones. Al final, la cosa subiría de tono, y las mujeres se marcharían. Al menos, en ese momento, tenía algo atractivo que mirar, aunque lo cierto es que estaba empezando a aburrirse de hacer incluso eso.

Cerró los ojos soltando un pequeño gruñido y cruzó los brazos por delante de su levita limpia y planchada sin importarle si se la arrugaba.

El mundo estaba lleno de mujeres hermosas, y las admiraría hasta el día de su muerte. Pero no podía tenerlas a todas. Por supuesto que había estado con muchas antes que con Natalie, circunstancia de la que todos sus contemporáneos vivos parecían estar al corriente. Aunque, curiosamente, en ese momento se encontró con que era incapaz de recordar los detalles concretos de un episodio siquiera con cualquiera de aquellas mujeres. Todos habían sido agradables revolcones que aplacaron su deseo y le proporcionaron un momento fugaz de compañía a su antojo. No era que aquellas mujeres no significaran nada para él, sino que solo representaban algo sexual, y por su parte, ellas eran perfectamente conscientes del hecho.

Nadie, incluido él, había sufrido ninguna gran decepción ni había salido dañado, y por lo general, el placer físico había sido la primera y única razón para el apareamiento.

Sin embargo, su experiencia sexual con Natalie dos noches antes había sido diferente en muchos aspectos. Sin duda, no había sido la más relajada de su vida, y para ser justos tal vez tendría que decir que tampoco la más erótica. Pero si tuviera que elegir una palabra para describir aquella primera vez juntos, esa palabra sería «maravillosa». Aquella relación sexual se le había antojado maravillosa, lo que le hizo sonreír por dentro, porque no creyó que maravilloso fuera una palabra que el hombre medio y racional utilizaría jamás para describir un coito. Y por supuesto, sería algo que se guardaría para sí. Tal vez algún día se lo diría a Natalie.

Después había estado acostado con ella, saciado y abrumado, y tan agitado emocionalmente que no había podido pensar con eficacia ni hablar.

Era algo que no había experimentado jamás con nadie. Natalie se había mostrado al mismo tiempo inocente y delicada y, sin embargo, magnífica en su deseo de complacerlo. Así es como supo que aquello también tenía un profundo significado para ella. Era su primera vez; Natalie no tenía nada con que compararlo. Pero Jonathan lo sabía porque había observado a muchas mujeres en la cama, y ninguna había expresado jamás unos sentimientos tan intensos por él como Natalie durante aquella única hora.

Había sido evidente para los dos, y esa era la razón de que ella estuviera asustada. Había huido, y ahora tendría que convencerla, de que confiara en él, algo que estaba seguro que podría hacer con el tiempo. Como era natural, probablemente tuviera que raptarla primero, porque lo más seguro es que ella no quisiera verlo si pasaba a visitarla formalmente. Por otro lado, podría ser que estuviera embarazada. Otra novedad para él, admitió con una abierta sonrisa. Su mayor temor en la vida había sido siempre dejar a una mujer con un hijo, y en ese momento se le ocurrió que, en esas circunstancias, aquello sería lo mejor que podría haberle ocurrido jamás.

Se frotó los ojos con las yemas de los dedos y los volvió a abrir. El grupo que se estaba reuniendo en el salón había aumentado, y el ambiente se iba haciendo más caluroso y viciado. A lo lejos, un cuarteto interpretaba

un minueto de Bach, pero no bailaba nadie. Todo el mundo charlaba, y Jonathan supuso que también tendría que hacerlo, si quería mantener las apariencias. Observó con indiferencia a los hombres ataviados con brillantes chalecos bordados y chisteras negras, a las mujeres de arremolinadas faldas de seda roja, morada y amarilla, de tafetán verde lima, blanco y azul oscuro. Este último le recordó a Natalie, porque era su color preferido, y sabía que ella estaría arrebatadora con aquel vestido, con sus ojos color avellana, su sedosa piel y el pelo rubio rojizo cayéndole en ondas sobre los pechos.

Entonces se dio cuenta de que era Natalie la que llevaba el vestido azul oscuro y que se acercaba a él caminando lentamente con una media sonrisa en los labios, comiéndoselo con los ojos y luciendo las esmeraldas en el cuello.

Jonathan se la quedó mirando fijamente ante lo exageradamente ilusorio de la visión, y sin embargo era ella, ataviada con un vestido que se ajustaba perfectamente a su cintura larga y estrecha, con las mangas abullonadas en los hombros y un corpiño demasiado escotado sobre el exuberante pecho.

Lo de enseñar tanto su espléndida figura con los vestidos de baile era algo que iba a tener que discutir con ella, y durante un instante de absurdidad se preguntó por qué pensaba en semejante cosa de repente.

Su primer impulso fue agarrarla de la muñeca y atraerla hacia él con una sacudida, pero eso solo habría despertado la curiosidad de los demás y probablemente no serviría para nada, aparte de irritarla. Natalie casi había llegado hasta donde él se encontraba antes de que Jonathan tuviera tiempo de erguirse de nuevo y disimular su asombro, lo cual lo irritó, porque era casi seguro que ella ya lo había advertido. A Jonathan empezó a latirle el corazón con fuerza, y las manos comenzaron a temblarle; se llevó una a la espalda y bajó la otra para atrapar el vaso que contenía su whisky intacto a fin de que ella no pudiera advertirlo.

Natalie se acercó a él como si tal cosa, con una expresión inescrutable, y Jonathan se llevó el vaso a los labios y le dio un buen trago para calmar los nervios, para disimularlos. Pero en ningún momento apartó la vista de la cara de Natalie.

Nunca la había visto tan impresionante. Iba magníficamente vestida y arreglada, y las esmeraldas le añadían un toque de elegancia que atraía las miradas hacia su cuello blanco y estilizado. Se había recogido el pelo en lo alto de la cabeza, permitiendo que unos cuantos rizos cayeran sueltos alrededor de la frente y las mejillas y por la espalda. E iba muy maquillada, lo que regocijó enormemente a Jonathan. Aquello era un toque de Madeleine.

—Hola —dijo ella en voz baja, ateniéndose delante de él por fin.

—Hola —contestó Jonathan en el mismo tono de voz.

Después, Natalie titubeó, observándolo con atención.

—Llevas puestas mis esmeraldas —observó él para romper el hielo.

Natalie sonrió con torpeza y echó una rápida mirada hacia la mesa del bufé.

—Pensé que podrían ser de ayuda esta noche.

Aquella afirmación fue el toque definitivo. Había tomado una decisión, y estar allí en ese momento era la prueba de todo lo que sentía por él. Tal vez nunca expresara sus sentimientos en palabras que él pudiera oír, pero sus actos, el hecho de qué estuviera en el banquete, en lugar de en un barco rumbo a Inglaterra, disipó el último resto de duda que pudiera albergar Jonathan.

Pero disfrutaría de su alegría por dentro. Por el momento.

Jonathan le dio otro sorbo a su whisky.

—Sin duda provocarán un revuelo cuando aparezca el conde de Arlés y vea que llevas puesto su collar.

Natalie se retorció sus dedos enguantados por delante de ella.

—Esa fue mi idea exactamente. Yo… pensé que esto podría hacerlos hablar.

—¡Qué inteligente eres, Natalie!

—Eso he pensado siempre —convino ella, y sonrió con sus labios pintados con coqueta timidez.

Era increíblemente dulce. Jonathan sintió muchísima pena y deseó tocarla, abrazarla y frotar su mejilla con la suya y aspirar el olor de su pelo…

—Pensé que le apetecería un poco de champán. —Madeleine interrumpió los pensamientos de Jonathan, deteniéndose al lado de ellos tan exquisita como siempre, adornada con unos brillantes rubíes y ataviada con un vestido de un burdeos intenso.

Alargó una copa hacia Natalie, que le dio las gracias rápidamente entre dientes y la cogió con cuidado.

Madeleine resplandecía cuando alzó sus calculadores ojos hacia Jonathan.

—He visto a varios conocidos míos, Jonathan, así que me perdonará si los dejo a solas. Que tengan una encantadora charla. —Sin esperar contestación, se recogió las faldas con sus delicados dedos y se alejó rápidamente.

Muy diplomática, reflexionó Jonathan, y se impuso darle las gracias por aquello en alguna ocasión. Volvió a concentrarse en Natalie.

—Has estado con ella desde ayer, supongo.

—Sí —le contestó Natalie sin evasivas—. La encontré en su suite del hotel, y hemos pasado juntas unos momentos muy agradables.

—Se diría que ejerce bastante influencia sobre ti.

—¿Te refieres al maquillaje?

—Mmm…

—¿No te gusta, Jonathan?

Él inclinó la cabeza y la observó. Estaba aplicado con sutileza, solo un poco de brillo rosa en los labios y mejillas y un trazo amarronado para perfilar los ojos. Jonathan hizo un imperceptible encogimiento de hombros.

—Supongo que no me disgusta.

Natalie pareció satisfecha con aquello.

—No es que me importe que lo apruebes…

—Por supuesto que no.

—… pero esta noche será la primera vez en mi vida que lo lleve, de eso estoy segura. Mi madre me repudiaría si me viera, pero estoy en Francia, hago lo que hacen las damas francesas, y Madeleine me dijo que resaltaría mis rasgos más notables.

—¿Eso dijo? —Jonathan adelantó una mano y le levantó un rizo que le colgaba sobre el pecho derecho, acariciándolo con sus dedos—. No debió de darse cuenta de que tus rasgos más notables nunca ven la luz del día.

Natalie entrecerró los ojos, sacudiendo la cabeza con reprobación.

—Jonathan…

—Me enfureció que me dejaras —la interrumpió en voz baja—. Y me hirió.

Natalie se puso tensa cuando la conversación se hizo seria, respirando hondo y bajando la mirada hasta que todo lo que pudo ver fue el chaleco de Jonathan.

—Lamento mucho lo que dije —admitió ella con voz temblorosa—.

Estaba… abrumada por todo lo ocurrido. Confundida.

El impulso de atraerla hacia él fue tan poderoso en ese momento que apretó el vaso hasta que sus dedos se pusieron blancos.

—Yo también estaba abrumado, Natalie —confesó él a su vez—. Fue una noche de novedades para los dos.

Ella alzó la vista, incrédula. Durante unos segundos no supo qué responder ni qué había querido decir exactamente con aquello, pero le sostuvo la mirada, y Jonathan se negó a apartar los ojos.

Con una voz tan áspera como tierna, él susurró:

—Dime lo que sientes en tu corazón, y te perdonaré.

Unas estridentes risotadas atravesaron el aire, seguidas de un grito o dos de un extremo a otro del salón. El hecho no pudo ser más espantosamente inoportuno y deshizo el hechizo que había entre ambos.

Natalie levantó la cabeza de golpe al oír el sonido, echando una ojeada alrededor con incomodidad.

—Esta no es una fiesta normal, ¿verdad, Jonathan?

—No —respondió él con un suspiro—. Y tal vez tampoco deberías estar aquí. Es probable que más tarde… se anime.

Aquello la enojó un poco. Apretó la boca y dio unos rápidos toquecitos sobre el borde de su copa de champán.

—No puedes pasarte la vida protegiéndome de las contingencias.

Jonathan no supo cómo tomarse eso. Una parte de él se sobresaltó al oír semejante insinuación de boca de Natalie. Pero ella seguía mirando hacia el salón, inspeccionando a los invitados a la fiesta, lo cual, supuso Jonathan, era lo que le producía la incertidumbre, porque no podía verle los ojos.

—Tal vez disfrutara con ello —replicó él.

Durante un instante Natalie no hizo nada. Entonces, con otra profunda inspiración, alzó la vista para mirarle de nuevo a los ojos.

—Madeleine me dijo que tú, como hombre que eres, me perdonarías lo que te dije ayer por la mañana, si te decía el magnífico amante que eres.

Jonathan le dio un sorbo a su whisky para ocultar su expresión de disgusto.

—¿De verdad? Miedo me da casi saber qué es lo que te ha estado enseñando.

—Probablemente no llegues a saberlo nunca —le insinuó Natalie en un tono triunfal. Se llevó el champán a los labios, inclinó ligeramente la copa hacia su boca y la volvió a bajar con lentitud. Resueltamente, admitió—: Sin embargo, es verdad que pienso que eres un amante magnífico.

Jonathan se tambaleó al oír eso, ablandándose por dentro.

—Estás perdonada. —Y sonriendo con picardía, añadió—: Pero no tienes nada con qué compararlo, mi querida Natalie.

Ella desoyó el comentario, le dio otro largo trago al champán, se lamió los labios pintados y continuó:

—He tomado algunas decisiones al respecto.

Jonathan tensó los músculos de los hombros a causa del inmediato aumento de la ansiedad, y cambió el peso de un pie a otro, sintiendo la piel cada vez más caliente bajo su traje de etiqueta.

—Tienes toda mi atención, así que, por favor, ilústrame.

Natalie bajó los párpados con serenidad y susurró:

—He decidido convertirme en tu amante…

—¿Qué?

Ella alargó una mano y colocó levemente la palma en el pecho de Jonathan.

—Quiero despertarme todas las mañanas en tu casa de la ciudad, y ponerme una bata de seda y tomar café en tu cocina.

Como tenía los ojos cerrados y su expresión era inescrutable, Jonathan no fue capaz de discernir si estaba hablando en serio sobre algo tan escandaloso o le estaba tomando el pelo. Estuvo muy cerca de enmudecer.

Entonces, Natalie alzó los ojos para mirarle con atención, y su cara resplandeció con picardía.

—Pero me niego a llevar la que utilizaba tu última amante. La recuerdas, ¿verdad? Aquella criatura alta y de cuerpo perfecto con el pelo largo y negro. ¿Cómo se llamaba?

Jonathan apretó los labios para reprimir una carcajada. En ese instante, en el salón sofocante y abarrotado, donde solo se hablaba de política y por segundos cada vez más alto, todo se desvaneció menos ella.

—No recuerdo en este momento —masculló él con voz susurrante.

Natalie dejó caer la barbilla apenas y levantó débilmente una de las comisuras de la boca.

—¡Qué inteligente eres, Jonathan!

—Eso he pensado siempre.

Ella sonrió abiertamente. Alguien la rozó al pasar, y Jonathan la agarró del codo, acercándosela tanto que la falda de tafetán le cubrió las piernas.

—Pero ¿sabes que puedo recordar vívidamente aquella mañana hasta el último detalle? —prosiguió él pensativamente, sintiendo cómo el calor del cuerpo de Natalie penetraba en el suyo.

Ella arqueó las cejas en señal de inocencia.

—Probablemente, jamás nada haya halagado tanto tu pomposo ego como tener a dos mujeres hablando de ti sentadas a la mesa de la cocina ante una taza de café.

—Qué va, eso me ocurre todas las semanas —la corrigió con un suspiro exagerado.

—No me cabe ninguna duda.

Él le rozó el codo con el pulgar con unas largas y suaves caricias.

—Lo que recuerdo sobre esa mañana en particular es tu vestido color melocotón pegado a tu maravilloso pecho. Recuerdo que te cortaste

tontamente en la mano con una espada. Recuerdo tu candor, tu pequeña mente manipuladora y tus asombrosos y suplicantes ojos, todo trabajando a la vez para convencerme de algo tan irracional como que te llevara conmigo hasta Francia. Pero, por encima de todo, recuerdo mi estupor al encontrar el hocico de mi perro entre tus muslos perfectamente formados y cómo, en aquel preciso instante, habría hecho cualquier condenada cosa para cambiarle el sitio.

Natalie se ruborizó y apretó los labios.

—Eres despreciable.

—Y tú eres preciosa —le susurró con voz áspera.

Aquel giro la sorprendió, pero se contuvo, frotándose la frente con la palma de la mano y negando rígidamente con la cabeza.

—Preciosa es Madeleine. Yo tengo una cara llena de pecas por el exceso de sol y un pelo abundante tan lleno de rizos que en modo alguno lo puedo controlar.

Jonathan se abstuvo de llevarle la contraria, porque se le ocurrió de repente que le había dado la oportunidad que necesitaba. Y la utilizaría.

Había llegado el momento de hacerla comprender.

Le dio uno o dos tragos más al whisky en un intento de calmar una ansiedad inesperada que le tensó todo el cuerpo. Entonces, casi metódicamente, depositó el vaso sobre la mesa del bufé y volvió a mirarla a los ojos, entreteniéndose solo un instante para ordenar sus pensamientos.

—Natalie, creo que Madeleine DuMais es probablemente la mujer más hermosa, físicamente hablando, que he conocido en mi vida.

Natalie parpadeó, desorientada por semejante reconocimiento que la dejó visiblemente consternada, lo cual, tuvo que admitir Jonathan, lo emocionó de una manera un tanto extraña.

Antes de que ella pudiera hacer cualquier comentario, Jonathan continuó concentrándose en cada palabra:

—Y tienes razón, no es como tú. Ella es exótica e inalcanzable. Por tu parte, eres accesible y placentera. Ella es la clase de mujer cuyo recuerdo perdurará a través de los años, porque los hombres le escribirán canciones.

Tú, en cambio, eres la clase de mujer junto a la que desean acurrucarse y

envolverse los hombres. Ella es majestuosa y elegante. Tú eres divertida y vibrante. Eres la clase de mujer que quiero en mi cama para abrazarla y hacerle el amor y darle satisfacción. Ella es la clase de mujer que me gustaría… disecar y colgar encima de la repisa de la chimenea de mi estudio para admirarla cuando trabajo.

Natalie soltó una risita al oír eso, y Jonathan sonrió con satisfacción mirándola a los ojos.

—Eres la clase de mujer que suda.

Natalie rió entrecortadamente, horrorizada.

—Yo no sudo. Los caballos sudan.

Jonathan le bajó la mano desde el codo por todo el brazo para tomarle los dedos ligeramente. A ella no pareció importarle, porque los cerró alrededor de los suyos.

—Lo que quiero decir es que tú eres real —le explicó con un nerviosismo creciente que se negó a permitir que ella advirtiera—.

Madeleine es una muñeca. Cuando me mira, veo una belleza notable, como la de una valiosa pintura de delicados trazos y brillantes colores digna de contemplar y apreciar. Cuando tú me miras, veo una pasión ardiente, una belleza vivificante y un deseo que complacer.

Su tono se hizo reflexivo, su mirada se intensificó y bajó la voz.

—Cuando me miras con tus asombrosos ojos y tus expresiones de vivo deseo, mi corazón se acelera, y en lo único que puedo pensar es en cogerte entre mis brazos y besarte hasta quedarme sin resuello, en abrazarte y en reconfortarte de tus penas y reírme con tus alegrías.

Una oleada de desasosiego descendió sobre Natalie. Movió los dedos e intentó soltarse de Jonathan.

Él no lo permitió. El ruido se hizo atronador en torno a ellos, la sala, estaba llena de humo y resultaba sofocante, la gente iba perdiendo la mesura a medida que ingerían grandes cantidades de selectas bebidas alcohólicas. Un sitio de lo más insólito para reivindicarse, pero considerando lo insólita que había sido siempre la relación entre ambos, parecía adecuado. No. Era perfecto. Natalie intuyó lo que estaba a punto de suceder. Él lo supo y se maravilló.

Acercándose mucho a ella, le quitó cuidadosamente la copa de champán de la mano y la colocó junto a la suya encima de la mesa. Luego, levantó la mano y le tomó con delicadeza la barbilla, obligándola a permanecer cara a cara con él, mirándola fijamente a los ojos.

—Madeleine es una mujer encantadora, Natalie —le confesó en un susurro—. Pero tú eres la luz de mi vida, ¿entiendes esto?

Natalie empezó a temblar, y eso conmovió a Jonathan con un sentimiento de tierna emoción.

—Eres todo lo que necesito. Eres la belleza que me pertenece. No siento nada especial por ella, pero tú alimentas todos mis sentidos. Me trae sin cuidado Madeleine o cualquier otra mujer en el mundo tan bella como ella.

Yo te quiero a ti, y te quiero mucho.

Natalie se quedó embelesada por sus palabras y empezó a temblar descontroladamente, incapaz casi de respirar, con los ojos abiertos como platos y sin pestañear.

Jonathan se tranquilizó por dentro, sabiendo que ella al fin lo había comprendido. Natalie no contestó nada, pero irradiaba una mezcla de complejos sentimientos que se filtraron a través de la piel de Jonathan y lo reconfortaron. Y por encima de todo, y gracias al placer de una confianza absoluta, él supo que ella lo creía.

Jonathan sonrió con dulzura, acariciándole el mentón con el pulgar.

—Supe que te amaba hace dos noches, cuando nos sentamos juntos en el jardín. Y también creo que tú supiste lo que sentía entonces o no me habrías dejado hacerte el amor. Nunca me ha caído del cielo algo tan maravilloso ni que me haya sorprendido tanto.

Con la mirada titubeante, Natalie pestañeó al fin, pero él siguió sujetándole la cara casi pegada a la suya.

La boca de Jonathan se ensanchó en una sonrisa traviesa.

—Tal vez sea más exacto decir que nunca he tenido nada tan maravilloso sobre mi regazo.

Un atisbo de sonrisa temblorosa iluminó la cara de Natalie, pero se le llenaron los ojos de lágrimas, y él se dio cuenta de que ella estaba a punto de perder el control.

Jonathan tragó saliva con dificultad para contener sus propios sentimientos, tan poderosos e indescriptibles. Luego, se inclinó y le tocó la frente con la suya.

—Si te echas a llorar ahora, mi dulce Natalie, se te correrá por las mejillas todo el maquillaje que tan minuciosamente te has aplicado en la cara.

Ella se rió en voz baja al oír eso, sujetando con fuerza los dedos de Jonathan y colocándole la palma de la mano que tenía libre en el pecho, y a pesar del calor reinante en el salón y de la escandalosa actividad que los rodeaba, tuvo un escalofrío.

Jonathan le limpió una lágrima furtiva con el pulgar, deseando poder abrazarla por completo, deseando estar lejos de allí, de nuevo juntos en la posada, y poder haberle dicho aquellas cosas en el jardín de rosas donde él las había descubierto.

La besó dulcemente en la frente, y acto seguido se inclinó hasta su mejilla, acariciándola con los labios, oliendo las flores en su piel, consciente de que los dedos de Natalie se enroscaban en los suyos, del sentimiento que fluía de ella y lo bañaba de satisfacción.

—Sé que tú también me amas, Natalie —le susurró al oído—.

Empezaste a amarme hace años.

Natalie negó con la cabeza vehementemente.

—Chist… —Jonathan sabía que la reacción de Natalie era fruto de la confusión, no de la contradicción, y le ahuecó la mano en la mejilla, sujetándola con firmeza contra él, mientras le rozaba la sien con los labios

—. Sé que me amas. Confía en mí, Natalie.

—Jonathan…

La voz de Natalie pareció tan afligida, tan pequeña, que le produjo compasión. En ese momento alcanzó a ver a Madeleine, que se dirigía hacia ellos seguida del conde de Arlés y de cuatro o cinco hombres más vestidos impecablemente y, si la dureza de sus rasgos era indicativa de algo, prestos a la batalla.

—Estamos a punto de ser interrumpidos groseramente —le susurró él con un suspiro de fastidio—. En este romance nuestro, el don de la

oportunidad ha sido siempre ridículo. —Le apoyó la mano en la cara y la miró—. Mi vida, con independencia de lo que está a punto de ocurrir, cree en lo que te acabo de decir. Ahora, sígueme la corriente hasta el final y de ninguna manera sigas furiosa conmigo.

Natalie no pudo responder a este último comentario. Tenía la mente embotada; el cuerpo le temblaba por el desconcierto y la impresión provocada por las apasionadas intimidades que él acababa de confesarle y que jamás había esperado oír de sus labios, pero eso sí, le creyó porque así lo quería de manera desesperada. Él exacerbó la sensibilidad de Natalie al máximo con su sonrisa, sus leves caricias, su voz profunda y aterciopelada que resonaba con añoranza y deseo y con su devoción a algo nuevo y maravilloso.

Y entonces, Jonathan se echó ligeramente a la izquierda de ella, dejándola a plena vista de los que se acercaban. Natalie había imaginado que la velada estaría cargada de tensión con una excitación única y había estado esperando el momento con ilusión con su parte racional, confiando en sorprender a Jonathan con su aparición adornada con las valiosas gemas, y sabía que al menos eso sí lo había conseguido. Jonathan se había quedado absolutamente sorprendido de verla, incluso había parecido quedarse estupefacto, si es que la expresión de su semblante se podía describir con exactitud, y eso no había hecho más que colmarla de seguridad en sí misma y de placer.

Entonces, él lo había sacado todo en cuestión de minutos con su verborrea amable y sus palabras acariciadoras, para dejarla sintiéndose terroríficamente al descubierto en presencia del conde de Arlés y de los otros que buscaban alterar la historia con la venta de las esmeraldas que llevaba prendidas alrededor del cuello. Su única protección en ese momento era Jonathan, porque su mente se había desmenuzado hasta quedar reducida a la nada con la declaración de amor, extrañamente inoportuna, de Jonathan.

Le entraron ganas de atizarlo. Quiso echarse a llorar. Deseó acurrucarse entre los brazos de Jonathan y no abandonarlos jamás. En su lugar, se preparó para el enfrentamiento inminente y se limpió las mejillas con los

blancos guantes con que se cubría los dedos, encantada al comprobar que, en contra de lo que temía, el maquillaje de los ojos no se le había corrido.

De pronto, los dos se vieron rodeados de varios franceses coléricos y de Madeleine, que se había movido cuidadosamente para colocarse de manera protectora a la derecha de Natalie. Las patillas del conde se ensancharon a causa de las mandíbulas apretadas, y sus ojos negros le sostuvieron la mirada a Natalie durante un largo instante de estatismo, antes de que el conde los levantara hacia Jonathan.

—Monsieur Drake —empezó a decir Henri con un tono de voz controlado, aunque gélido—, qué coincidencia que le veamos aquí, en mi casa de París, esta noche. Y con su esposa, que lleva mis joyas. ¿He de suponer que las encontró y ha venido a devolvérmelas?

En el pequeño y amenazante grupo alguien tosió al oír la ofensiva insinuación de que, hablando con propiedad, el inglés las había robado. De repente, Natalie se percató de la tontería que había hecho al ponérselas para ir allí. Ella y Jonathan estaban de pie contra la pared, rodeados por los legitimistas que querían ver muerto a su rey y que utilizarían las esmeraldas para financiar el asesinato, y que serían capaces de hacer lo que fuera por su causa. Solo había dos salidas a aquella situación: que los embusteros que tenía delante le arrancaran físicamente el collar del cuello o que ella se lo entregara. En uno u otro caso, Jonathan saldría perdiendo, y por primera vez, mientras la bruma de su cabeza empezaba a disiparse, se preguntó por qué no se había enfurecido con ella por su falta de juicio.

Desde un lejano rincón de la sala alguien exclamó: «¡Muerte a Luis Felipe!», a lo que los demás respondieron gritando con entusiasmo. Un rumor sordo recorrió el salón, y Madeleine, de pie entre Natalie y Henri, fue la primera en reaccionar con cortesía a la pregunta del conde, tocándole cuidadosamente el brazo con una mano recubierta de satén negro.

—Estoy segura, conde, de que no fue su intención ser tan brusco…

—¡Por favor, madame DuMais, manténgase al margen! —bramó el hombre en francés—. No le he pedido su opinión.

Madeleine retiró la mano, fingiendo haberse asustado, aunque Natalie sabía que probablemente esperaba semejante reacción a su comentario.

Jonathan se aclaró la garganta para hablar por fin, y sin soltar todavía los dedos de Natalie, se los apretó para tranquilizarla.

—Creo que es usted víctima de un grave malentendido, monsieur conde.

Natalie se puso rígida ante tanta audacia. El tono de Jonathan fue firme y directo, aunque no descortés, porque había devuelto sutilmente el insulto sin que nadie tuviera clara conciencia de que así lo había hecho.

El conde parpadeó, pasajeramente perplejo por la contestación, mientras sus fofas mejillas se cubrían de manchas rojas. Su cuerpo, cubierto con un atuendo de primerísima calidad de color gris, sobresalía como un escudo, y su semblante mostraba una expresión asesina. Si Natalie hubiera estado a solas con él de esa guisa, se habría muerto de miedo.

El hombre alto de ojos caídos que había sido tan descarado y se había enfurecido tanto en Marsella alargó la mano entre el conde y Madeleine y agarró las esmeraldas en su cuello con unos dedos largos y huesudos.

Natalie ahogó un grito y retrocedió un poco. Jonathan reaccionó con la rapidez suficiente para agarrar al hombre por la muñeca.

—Yo no cometería ninguna imprudencia —le advirtió con una mirada clara y una voz peligrosamente sombría.

Madeleine intervino en el momento justo.

—Vamos, monsieur Faille, ya es suficiente. Al menos deberíamos permitir al inglés que se explique.

—¿Que se explique? —dijo con furia, desviando la mirada de Jonathan a Madeleine y de esta a Natalie. El hombre enrojeció, y los músculos de su cuello se proyectaron contra su fular negro, pero, con un tirón, se soltó la muñeca que Jonathan le sujetaba y volvió a dejar caer torpemente el brazo a su costado—. ¿Cómo puede explicar su estupidez al permitir que su esposa se luzca aquí esta noche con eso?

Un argumento lógico, consideró Natalie, y eso dejaba a Jonathan en una situación difícil. Sintió su calor junto a ella, sus dedos envolviendo firmemente los suyos, y sintió su enfado ante la situación a la que se enfrentaban. Pero, por sorprendente que pareciera, en su actitud no dejaba

traslucir preocupación o ni siquiera nerviosismo. Su voz era suave, y su porte, seguro.

Desoyendo a Faille, Jonathan miró directamente a Henri para, por fin, divulgar su secreto.

—Estas esmeraldas no le han sido robadas…

Una aclamación estruendosa estalló en el salón, seguida de varios gritos airados que provocaron que las palabras de Jonathan quedaran interrumpidas. Dos o tres de los circundantes se volvieron espontáneamente al oír el ruido, pero tanto Natalie como Jonathan no apartaron los ojos del conde, quien los estaba fulminado con una mirada de intensa furia, el grueso cuerpo rígido, la frente bañada en sudor y los ojos inyectados en sangre a causa de la bebida y del denso humo de tabaco que saturaba el aire.

Jonathan permaneció relajado, esperando el momento de atacar. Natalie lo supo porque lo conocía. Estaba preparado, dispuesto, y sabía exactamente lo que estaba haciendo. Ella confió en él.

—En efecto, conde —prosiguió Jonathan mientras el jaleo disminuía un poco—. Estas no son, ni mucho menos, sus esmeraldas. Este collar es de fantasía. Encargué que lo hicieran para mi esposa en París, hace solo unos días. Se quedó prendada del que llevaba su hija en el baile de Marsella, así que me pareció adecuado darle ese capricho.

Natalie se quedó paralizada y volvió lentamente la cabeza para mirarlo de hito en hito.

Jonathan torció la boca en una sonrisa cáustica dirigida exclusivamente a Henri.

—Robar piedras preciosas es algo arriesgado, conde. De la misma manera que solo un idiota se arriesgaría a permitir, que la persona amada portara unas valiosas joyas robadas en público. Lo que mi esposa luce en este momento es un montón de vidrios verdes que valen un poco menos que esa aguja rematada en perla que lleva en la solapa.

Natalie se enfureció a su lado, con los pies apoyados rígidamente y el cuerpo como una piedra fría. Registró la revelación como un puñetazo en el estómago, y se lo aclaró todo: las mentiras, el engaño, la humillación y el dolor. Durante dos semanas había permitido que ella pensara que lo había

vencido, solo para hacerla quedar como una idiota al final. Jonathan la miró, pero sintió la reacción de Natalie, porque encogió los dedos alrededor de los suyos aún con más fuerza, negándose a soltarlos.

Luego, el desconcierto más absoluto se extendió entre los que estaban en los alrededores. En el salón alguien se subió a una mesa y, levantando una copa que rebosada de un líquido ambarino, dio comienzo a una extensa y etílica discusión sobre la política del gobierno en el poder y la de aquellos que gobernaron en tiempos mejores. Muchos manifestaron su acuerdo a gritos, mientras que otros se subieron a las sillas para responderle. Natalie nunca había visto algo igual, y en cualquier otra parte se habría sentido fascinada al observar a los caballeros, e incluso a algunas damas, comportándose con tanta desvergüenza. Pero en ese momento su atención permanecía clavada en aquellos que tenía directamente enfrente, sobre el conde de Arlés y sus compañeros legitimistas; sobre Madeleine y Jonathan… el mayor mentiroso del mundo.

—No le creo —le espetó el conde con una tranquilidad absoluta—. Ni su credibilidad ni mi imaginación y tolerancia pueden dar tanto de sí, monsieur Drake.

Faille se acercó, obstruyendo el paso a la luz del gran candelabro con su cabeza.

—Está mintiendo, Henri —dijo otro francés corpulento—. Nadie podría hacer una copia de fantasía tan perfecta en menos de quince días.

Eso tal vez fuera verdad. Sin embargo, Jonathan no hizo caso, lanzando una mirada ferozmente sutil a Henri.

—Y sin embargo, le garantizo que este collar no es más que una falsificación muy lograda.

Natalie se estremeció, enfurecida por su arrogancia y la artera utilización de su inteligencia. Pero, precisamente por eso, le creyó. Las gemas que llevaba alrededor del cuello eran de vidrio. Ese era el Caballero Negro en todo su esplendor: impresionando a todo el mundo con revelaciones audaces e imprevistas. Y sí, ella le seguiría la corriente hasta el final, porque así se lo había pedido él. Y no lo habría hecho a menos que confiara en que ella no arruinaría el trabajo de su vida en un ruidoso y

multitudinario salón de banquetes de París. Ella nunca le haría eso, y él lo sabía.

Natalie ladeó el cuerpo para dar un paso al frente y quedarse delante del ingenioso ladrón de su loco deseo. Le acarició los nudillos con el pulgar para tranquilizarlo, y, con aquel gesto mudo, él la soltó por fin.

—¡Por Dios bendito, caballeros, qué gran malentendido sin motivo alguno! —exclamó como una mujer que no soportara las tonterías de los hombres. Con una sonrisa forzada, puso la palma de la mano en el brazo de Henri. El hombre se estremeció, pero ella fingió no darse cuenta—. Por favor, monsieur, insisto en que se las quede.

—Natalie, querida —dijo, aterrado, Jonathan en tono de súplica.

Ella le dirigió una gélida sonrisa.

—No pasa absolutamente nada, querido. La prueba es necesaria, y en las actuales circunstancias, no podemos esperar marcharnos de aquí esta noche con ella. —Sus ojos se fundieron con los de él con fingido candor—.

Ya me comprarás muchos, muchos otros, estoy segura. —Durante un segundo Natalie pensó que Jonathan estropearía su personaje y soltaría una carcajada.

Natalie suspiró y volvió su atención de nuevo al conde, que en ese momento parecía estar genuinamente desconcertado por la sugerencia de Natalie de que pudiera ser convencida con tanta facilidad. En realidad, todos parecieron incómodos cuando cayeron en la cuenta de que, con el ofrecimiento de Natalie de entregar las falsas joyas sin discutir, se habían equivocado en sus suposiciones y habían insultado a un influyente inglés y a su inocente esposa en la casa parisina del conde. Natalie puso fin a todo ello de inmediato y explotó la coyuntura al darle unas palmaditas en el brazo a Henri con cierta condescendencia con la que quiso expresar una muda comprensión hacia las absurdas complejidades del ego masculino.

Entonces, sin esperar más respuesta, levantó los dedos hasta su cuello y desabrochó el collar, sacándoselo por delante y alargándoselo al conde.

El verde esmeralda y el oro resplandecieron a la luz de los candelabros; una magnífica falsificación que Natalie odió perder.

Henri se lo cogió con sus dedos regordetes, lo agarró con fuerza, y sus pobladas cejas se juntaron mientras daba la vuelta al collar para estudiar su estructura.

—Vaya, para ser mujer —carraspeó— es usted astuta, madame Drake.

Y también honrada.

—Como lo es su marido —terció Madeleine dejando caer la barbilla con tacto.

Aquella fue la ofensa definitiva. El conde y los demás distinguidos nobles se habían comportado vergonzosamente con ella y con Jonathan, y tal reconocimiento había provenido de una francesa. Un toque magnífico.

Natalie sintió que el aire ganaba densidad con la vergüenza y el triunfo.

Alguien gritó unas obscenidades, y todos se volvieron.

Y entonces Natalie oyó los estallidos, dos, seguidos de gritos y de una gran confusión.

Jonathan la agarró de la muñeca y tiró de ella hacia el suelo, y los pies de Natalie se enredaron en las enaguas y en metros de tafetán azul mientras intentaba mantener el equilibrio. Oyó gritos a lo lejos, y gemidos. Natalie oyó a Madeleine gritar algo en francés detrás de ella, pero no pudo entenderlo. El conde giró sobre sus talones perdiendo el equilibrio, golpeado en la espalda por varias personas que se abrieron paso entre la muchedumbre. Faille arrancó el collar de las manos de Henri y echó a correr a toda velocidad junto al borde de la mesa del bufé, en dirección a una entrada lateral, tropezando con sus largas piernas y cayéndose por dos veces antes de alcanzarla.

El griterío continuó, la confusión aumentó, y por encima del ruido se produjo otro estallido, que en ese momento Natalie identificó como el disparo de una pistola. Jonathan la empujó a lo largo de la mesa del bufé, de manera que no pudo ver gran cosa excepto a él y unos cuantos pies en desbandada. Él le dijo algo a Madeleine en francés, se volvió hacia Natalie y le agarró la cara con dedos firmes.

—Madeleine te sacará de Francia…

—¡No me iré! —exclamó furiosa y confusa, intentando afirmar su figura desequilibrada para no tropezar y darse de bruces con la mesa.

Jonathan hizo rechinar los dientes.

—Las autoridades no tardarán en llegar, tal vez incluso hasta la Guardia Nacional, si las cosas se ponen más feas. —Le aferró la cara con más fuerza

—. No te pueden detener, ¿lo entiendes?

Natalie hizo una mueca hacia la dura expresión de Jonathan, mientras echaba chispas por la determinación que mostraba. Alguien cayó contra la mesa, tirando las copas abandonadas de champán y de whisky y provocando que los contenidos se derramaran sobre el lateral y la parte delantera del vestido de Natalie.

El ruido aumentó. Una silla lanzada por los aires hizo añicos una ventana a pocos metros de ella, y Natalie empezó a ponerse tensa por el miedo.

—Me marcharé, pero vendrás conmigo…

—No puedo —adujo él, mirándola directamente a los ojos—. Tengo que contarle a alguien con autoridad lo de mañana.

—Madeleine puede hacer eso.

Él negó con la cabeza.

—Nadie la creerá. Es francesa y mujer, y o sospecharán que está involucrada o la ningunearán. A mí probablemente me tomen en serio, pero eso significa que no me puedo ir hasta mañana como muy pronto. Ella puede sacarte del país esta noche.

—¡Debemos irnos mientras la gente siga desorientada! —les interrumpió Madeleine con un grito por encima de la barahúnda, arrodillándose detrás de Jonathan.

Natalie se negó a mirar a la mujer o a rendirse tan fácilmente.

—Me quedaré en el hotel con ella hasta que vengas a buscarme…

—¡Maldita sea, Natalie, no! Tú… —Jonathan se interrumpió, le soltó la cara y se pasó ásperamente los dedos de una mano por el pelo para tranquilizarse—. Si esa gente intenta asesinar al rey, las calles serán un hervidero de agitación, y podría ser que no consiguieras marcharte. Las cosas ya son lo bastante peligrosas. Hiciste un trabajo maravilloso para mí, corazón, pero se acabó. Vete a casa ya.

Natalie lo miró con ferocidad y le golpeó con un puño en el pecho.

—¡Te odio, Jonathan!

Jonathan sonrió, avergonzado.

—Lo sé. Ahora, vete.

Se volvió hacia Madeleine, y Natalie le agarró de la manga de la levita.

—No pierdas la vida…

El griterío aumentó, y los quejidos se hicieron estridentes.

Jonathan puso los ojos en blanco en señal de exasperación.

—Nunca te privaría del placer de arrebatármela tú misma.

Ella abrió la boca para decir algo ingenioso, pero la volvió a cerrar.

Entonces Jonathan la besó con fuerza en los labios.

—Sal de Francia, Natalie, antes de que te retengan o seas detenida. Tu madre no lo aprobaría.

—Tampoco te aprobaría a ti —dijo, casi gritando.

Él la miró por última vez.

—Sí, sí que lo hará.

Entonces, Jonathan desapareció entre el tumulto, mientras Madeleine la arrastraba por el brazo hasta que se encontró fuera de la casa, de pie en la oscura y peligrosa calle.

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