Encantos ocultos
Capítulo 18
Las cortinas de gasa tamizaban el claro de luna que iluminaba el vestíbulo cuando Jonathan entró en su casa de la ciudad. Pagó al conductor de alquiler después de que el hombre dejara su baúl en el suelo, lo despidió y cerró la puerta al mundo exterior. Era casi medianoche, y estaba agotado, aunque aliviado por estar en casa.
Tras aflojarse el fular, cruzó en silencio la primera planta hasta la escalera principal, decidiendo no encender la luz. No había necesidad. No tenía otra intención que la de dejarse caer en la cama y dormir hasta recuperarse del agotamiento de las últimas semanas. Al día siguiente, bien descansado y preparado para enfrentarse a su futuro, haría su primera visita formal a la señorita Natalie Haislett.
Por lo que sabía, había llegado a casa sana y salva, pero quién sabía si volvería a hablarle pronto. Había pasado casi una semana desde la desastrosa fiesta de París, y a los legitimistas les había salido todo mal. Pero estaba cansado de inmiscuirse en los asuntos de aquella gente. Su vida estaba en Londres o, más exactamente, la que estaba en Londres era Natalie, y su vida estaba con ella.
La echaba de menos, y nunca antes había echado de menos a una mujer.
Natalie se le había metido en el corazón, y él había sucumbido. Ella le perdonaría por la última pequeña mentira sobre las esmeraldas, no solo porque su egocéntrica mente no aceptaría algo menos, sino porque ella también lo amaba, y él lo sabía.
Subió las escaleras hasta el descansillo de la segunda planta, desabotonándose los gemelos y siguiendo por los botones inferiores de la camisa mientras penetraba en la oscuridad de su dormitorio. La vio inmediatamente y se detuvo en seco.
Su cuerpo estaba cubierto por la colcha; un resplandor plateado resaltaba la curva de su figura mientras el brillo de la luna entraba a raudales por la alta ventana situada detrás. Ella se movió y se volvió hacia Jonathan, advirtiendo su presencia cuando él se detuvo observándola fijamente. Se sentó en silencio y saltó a la alfombra para dirigirse hacia él, completamente desnuda.
—¿Jonathan?
El cuerpo de él reaccionó con jubiloso asombro al encontrarla entre sus sábanas, por el tono íntimo y grave con que había pronunciado su nombre y por la visión de verla acercarse desnuda hasta su lado.
—¿Esperabas a otro? —bromeó él en voz baja.
—Sí, estaba esperando a mi amante —respondió ella con aire despreocupado, echándose los rizos hacia atrás con un brusco movimiento de cabeza—. Aunque todavía no ha llegado, así que supongo que tendré que conformarme contigo.
Jonathan levantó una de las comisuras de la boca.
—Creo que puedo hacer que te olvides de él.
Ella levantó las cejas.
—¿De verdad? Cuánta arrogancia. —Y con alegre irritación, añadió—: Aunque, por otro lado, ya que eres el que está aquí y el único que tengo a mano, supongo que puedo asumir la responsabilidad de hacer que te olvides de todas las demás amantes que has tenido en esta cama.
La sonrisa de Jonathan se ensanchó.
—Ya lo hiciste en París, Natalie. Ahora no soy capaz de recordar si he tenido alguna amante antes que tú.
Natalie suspiró y movió el cuerpo lentamente hasta acercarse tanto al de Jonathan que sintió el calor que desprendía.
—Esa es la respuesta correcta, Jonathan, y, por supuesto, lo que pensaba que dirías.
Él le tocó la mejilla con la palma de la mano, y Natalie la cubrió enseguida con la suya, volviendo la cara contra ella y besándosela. Se puso delante de él como una diosa salida de sus fantasías más entusiastas: la piel brillando como si fuera de madreperla, el cuerpo sensual y suave, el pelo abundante y rizado sobre los senos y los ojos negros por las sombras.
—Te he echado de menos —susurró ella.
Y Jonathan se perdió.
La cogió por un codo, la atrajo hacia él y le rodeó la cintura con los brazos, pegándosela tanto al cuerpo que Natalie pudo percibir la evidencia de su deseo, y bajó los labios para rozarle los suyos.
—Madeleine me dijo…
—No quiero hablar de Madeleine —le murmuró él junto a la boca—.
Quiero que me digas lo que sientes en tu corazón, Natalie.
Natalie levantó las manos y le colocó las palmas en las mejillas.
—Estoy furiosa contigo.
—Eso ya lo sé.
Ella le rozó los labios con unos besos delicados.
—Te necesito.
—Eso también lo sé.
Natalie tuvo un estremecimiento cuando él le subió las yemas de los dedos arrastrándoselas desde la cintura hasta el pecho. Le puso la mano encima y se lo acarició, sintiendo cómo la piel caliente que tenía debajo se estremecía y haciéndola jadear cuándo le apretó dulcemente el pezón hasta conseguir que se excitara.
—Dime lo que necesito oír —le rogó en un susurro.
Con voz aterciopelada y llena de pasión, Natalie suplicó:
—Ámame, Jonathan…
Al oír aquella pequeña petición, la urgencia lo dominó. Se apoderó completamente de su boca con una avidez descarada, dejándola sin resuello con un beso violento de fuerza frente a la suavidad, de pasión y deseo vehemente frente a la dulzura, el perdón y la aceptación. Natalie separó los labios sin insistencia, dando la bienvenida con avidez a la lengua de
Jonathan con un amplio movimiento de la suya, y la sangre de él empezó a hervirle.
La empujó dulcemente hacia la cama con una mano, mientras que con la otra se ocupaba de los botones de su camisa que todavía permanecían abrochados. Natalie le agarró de los hombros mientras la guiaba, saboreándolo con una creciente impaciencia por sentir.
Las pantorrillas de Natalie rozaron el edredón de Jonathan, y al sentirlo, interrumpió el beso. Jonathan la miró fijamente a la cara oculta en las sombras y los rasgos inescrutables, y sin embargo percibió todo lo que ella sentía por él. Irradiaba de ella y lo envolvía de calidez y gozo, como si fuera el sol de verano bañándole la piel.
Natalie se tumbó en la cama mientras él se deshacía con rapidez de la ropa, y sin que se diera cuenta ya lo tenía a su lado, tocándola, besándola en la boca y el cuello, en las mejillas y las cejas y en las pestañas.
Ella gimoteó en voz baja cuando Jonathan volvió a tomarle un pecho con las manos y le pasó los dedos por la base, acariciándoselo tiernamente.
Su miembro, dura, caliente y dispuesta, rozó la cadera de Natalie. Pero en lugar de apartarse tímidamente, como había hecho la primera vez, se apretó contra el miembro, cerrando las piernas alrededor de Jonathan para amoldarlo a ella con fuerza. El gruñó al sentir el contacto y le rodeó la cintura con el brazo, porque ya estaban tumbados uno al lado del otro muy cerca, y la besó intensamente, respirando con rapidez y dificultad.
Natalie le apoyó las palmas de las manos en el pecho y le masajeó los músculos con energía; luego, las bajó entre sus cuerpos hasta que encontró los rizos de su bajo vientre.
Jonathan se retiró, soltándole la boca y tomando aire con fuerza ante la audacia que no esperaba de Natalie. Ella le tocó aquella suave y caliente parte de su cuerpo, y su expresión de incertidumbre solo fue ligeramente discernible bajo la tamizada luz de la luna.
—Sí —la tranquilizó él con un susurro ronco, acariciándole la suavidad de su pecho.
Con cuidado, ella lo exploró con los dedos, moviéndolos arriba y abajo por su exigente erección, jugueteando con los rizos de la base y rozándole
con las uñas por la parte exterior. Entonces, ella cerró la mano completamente sobre el pene, y su pulgar encontró una emergente gota satinada en la superficie, que extendió con suavidad por la punta trazando un lento círculo.
Jonathan tuvo problemas para respirar, para contenerse. Ansiaba copular con ella, enterrarse en el calor de su suavidad, pero en ese momento deseaba aún más desesperadamente que ella descubriera las duras aristas y la fuerza de su cuerpo, las diferencias físicas que había entre ellos. Bajó la mano y con ella cubrió las de Natalie, mirándola seriamente a los ojos, y le enseñó a acariciarlo, moviéndole la mano lentamente arriba y abajo a lo largo de su erección, hasta que ella adquirió confianza en el movimiento.
Jonathan volvió a subir la mano a un pecho de Natalie, donde le acarició la punta dura y rosácea con los dedos. La otra se la apoyó en la frente, retirándole con suavidad el pelo de su preciosa cara y tomando nota de todos sus rasgos bajo el débil haz de luz.
—Dime cómo te sientes —la instó de nuevo en voz baja, con la voz pastosa a causa del deseo.
El cuerpo de Natalie tembló, mientras su respiración se convertía en un jadeo a causa de las caricias constantes de Jonathan.
—No me dejes nunca, Jonathan.
Aquellas palabras casi inaudibles salieron de muy dentro en alas de un anhelo de algo que ella no era capaz todavía de definir para Jonathan. Él se obligó a mantener la calma, a contener su eyaculación, mientras Natalie seguía acariciándole con la mano, tragando saliva con dificultad, maravillado por tenerla a su lado deseándolo y queriéndolo siempre.
—Te amo, Natalie.
Ella respiró entrecortadamente por la fuerza de sus sentimientos, y él ya no pudo esperar más.
Le cubrió la boca con la suya, besándola delicadamente al principio, abriéndole después los labios con la lengua e invadiendo su boca caliente con una necesidad creciente. Bajó la mano y volvió a tocar las de Natalie, que seguía acariciándolo íntimamente, rozándole los dedos con las yemas de los suyos. Al final, la necesidad lo invadió; el corazón le latió con fuerza
y supo que estaba a punto de no poder contenerse. Cerró la mano sobre los nudillos de Natalie para que parase el movimiento, y ella obedeció. La besó con intensidad, le rozó la frente con el pulgar y le apartó la mano con que ella le estaba tocando, colocándosela a un lado.
Jonathan le soltó la boca y empezó una senda de suaves besos bajándole por el cuello y el pecho, donde le rodeó la cúspide de un seno con la lengua, se metió el pezón en la boca y se lo besó y chupó hasta que Natalie soltó un gemido. Bajó entonces la mano hasta los rizos del pubis de Natalie, y allí le rozó la carne suave del interior de los muslos con las yemas de los dedos, antes de encontrar los pliegues calientes y resbaladizos y separarlos para acariciarla lenta y deliberadamente allí.
Natalie jadeó y se arqueó contra la mano de Jonathan, moviéndole los dedos por el pelo a medida que crecían sus expectativas. Él incrementó el ritmo, chupándole los pezones, uno tras otro, aumentando la presión de los dedos y, finalmente, metiendo uno dentro de ella cuando encontró el nudo oculto del placer de Natalie y empezó a trazar círculos encima con el pulgar.
Natalie se apretó contra él y levantó las caderas rítmicamente, con su propia cadencia, cerrando los ojos una vez más para sentir la excitante invasión de Jonathan.
Él le deslizó los labios por el vientre, y se detuvo para frotar la mejilla entre los rizos de la entrepierna de Natalie al tiempo que aspiraba su olor, refocilándose en su belleza mientras la acercaba a su maravilloso punto álgido. Le rozó los muslos con los labios, y Natalie se puso ligeramente tensa, confundida por la niebla del deseo sin saber muy bien cuáles eran las intenciones de Jonathan.
—Limítate a sentirme —le susurró él antes de retirar la mano y sustituirla rápidamente por la boca, saboreándola y penetrándola con la lengua.
—Jonathan…
Él desoyó la pasajera conmoción de Natalie y le deslizó las palmas de las manos por debajo para mantenerla inmóvil mientras la lamía por dentro,
hasta que ella terminó por aceptar la intrusión y empezó a arder de nuevo con una fiebre de ansiedad.
Se aferró a él, entrelazándole los dedos en el pelo, y su respiración se hizo rápida e irregular mientras empezaba a impulsar las caderas contra la boca de Jonathan. Este jugueteaba sin cesar con la lengua en el centro de ella, llevándola al borde de la satisfacción y aflojando entonces la presión, una vez, y luego otra.
Al final, Natalie pronunció gimiendo su nombre en aquel delicioso tormento, y Jonathan dejó de juguetear y la llevó hasta allí. Natalie cerró los muslos con fuerza, apretándole la cabeza entre ellos. Entonces el placer estalló en su interior, y gritó, girando las caderas mientras Jonathan seguía moviendo la lengua, acariciándola y lamiéndola.
Cuando sintió que los temblores de Natalie amainaban, se apresuró a cubrirla con su cuerpo, bajándose entre sus piernas y amoldando las caderas de Natalie a las suyas. Titubeó durante unos segundos, oyéndola respirar agitadamente y sintiendo su humedad en la piel, y al final Natalie abrió los ojos para mirarlo.
Jonathan contempló su cara casi oscurecida y le acarició los labios con las yemas de los dedos mientras la penetraba, profundamente, resistiéndose a moverse más mientras ella se acostumbraba a la presión y a su ocupación.
Ella le rodeó los muslos con las piernas, y el cuello con los brazos, atrayéndolo hacia sí cuanto pudo.
Todo lo de ella lo cautivaba, como siempre había ocurrido: el pelo brillante que se desparramaba con un lustre plateado por las almohadas; sus ojos magníficos, en ese momento unos círculos de satén negro que lo acariciaban, hipnotizándolo; su tacto suave, su olor seductor y, por primera vez, el dulce sabor de su femineidad, que permanecía en sus labios como un néctar melifluo.
—Nunca te dejaré —susurró Jonathan con una intensidad que lo dejó estupefacto incluso a él.
Natalie respiró hondo y entrecortadamente, sintiendo la fuerza radiante que había entre ellos, comprendiéndola.
—Lo sé.
Jonathan le apoyó la frente en la suya, enredando los dedos en su pelo, y empezó a deslizarse afuera y adentro de ella sin cesar con pequeños y lentos movimientos, hasta que sintió que ella relajaba los muslos y se acostumbraba a la sensación.
Natalie empezó sus pequeños movimientos contra él, frotando la cara interior de los muslos contra los suyos, y Jonathan fue aumentando gradualmente el ritmo, hundiéndose más a cada penetración. Natalie arqueó el cuerpo lo suficiente para que él se diera cuenta de que quería más, y se lo dio, cambiando el ritmo hasta que ella se acostumbró, haciendo girar las caderas en círculo para ayudarla a llegar al éxtasis otra vez.
Natalie ajustó la fuerza de cada impulso a medida que crecía la pasión, apoyándole las palmas de la mano en el cuello, y su respiración volvió a hacerse superficial. Jonathan le puso las manos en un pecho y lo agarró posesivamente, deslizando los dedos por el pezón, rodeándolo y apretándolo.
Natalie hundió la cara en la almohada, y él incrementó el ritmo, girando las caderas contra ella, besándola en la sien, en la mejilla y en el arco del cuello.
Se contuvo por ella, concentrándose, y la besó en la cara, y el lóbulo, que rozó con los dientes, y le acarició los senos con dedos expertos. El calor que irradiaba Natalie le quemó la piel, y su respiración le acarició la mejilla; y el cuerpo de Jonathan se tensó con su propio fuego a punto de alcanzar el clímax.
Natalie se retorció frenéticamente debajo de él entre gemidos, y, al final, él ya no pudo aguantar más. Llegando a los límites de la cordura, alzó el cuerpo para contemplar la belleza de la cara de Natalie, y, con la misma rapidez, esta le agarró de las caderas con manos fuertes y lo obligó a permanecer dentro de ella.
El cuerpo de Jonathan se tensó; luego, se relajó y explotó por dentro.
Natalie siguió moviendo las caderas, moviéndolas en círculo contra él, impulsándose contra él, hundiéndole las uñas en la piel, hasta que por fin susurró su nombre y alcanzó el exquisito placer por segunda vez. Sus piernas se sacudieron salvajemente, los músculos íntimos se contrajeron
alrededor de él, y Jonathan la observó y lo sintió todo, lo saboreó todo, lo amó todo.
Y la amó a ella.
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