Encantos ocultos
Capítulo 4
Madeleine DuMais nació hermosa. No en el sentido clásico, ciertamente, porque a todas luces sus rasgos no eran refinados, aunque sí exóticos.
Poseía una excelencia en el porte insólita en las clases bajas, e incluso en la clase media, pero quizá eso se debiera a que, en lo social, estaba entre una clase y la siguiente, si es que eso era posible. Su educación era desigual y ella lo sabía; y le sacaba partido.
De pie ante el espejo de su habitación, mientras un rutilante sol matutino se filtraba a través de las cortinas de cretona, aplicó un último toque de color, a sus mejillas y labios, se puso un poco de kohl en los párpados y se arregló el pelo castaño apartándoselo de la amplia frente.
Sabía que, de los pies a la cabeza, resultaba excepcionalmente atractiva a la vista. En efecto, con frecuencia resultaba divertido ver cómo los hombres se deshacían en su presencia, pero, por extraño que pareciera, no le preocupaba demasiado lo relacionado con sus cualidades físicas. Estaba orgullosa de ellas, y le habían prestado un buen servicio a lo largo de los años.
Sonrió con satisfacción y deslizó las palmas de las manos por su vestido de mañana, de seda amarillo limón, sin otro adorno que algún detalle de encaje blanco, ceñido a la cintura y con una tupida cascada sobre el emballenado para que rozara de manera adecuada el suelo al caminar. Se sentía orgullosa de sus curvas, de su pecho considerable, y de una cintura que no mostraba ninguna señal de haber dado a luz, y que esperaba siguiera así en el futuro. También quería que Jonathan Drake se fijase en ella,
porque él llegaría a su casa al cabo de diez minutos justos para la reunión que tenían concertada. Y sería puntual. Los ingleses siempre lo eran cuando se trataba de la seguridad nacional de su país.
Complacida con su aspecto, se dio la vuelta y salió del dormitorio, bajó la escalera con garbo y entró en el salón donde esperaría la llegada del inglés. La cálida atmósfera de la habitación siempre la animaba, decorado como estaba con valiosos muebles de caoba generosamente acolchados y cubiertos de satén color vino. Las cortinas del mismo color estaban totalmente retiradas, para que toda la pieza quedara inundada por el sol, que se reflejaba con un vago resplandor sobre el delicado papel floreado de la pared. Marie-Camille, la única doncella de Madeleine, había dejado el servicio de café para dos encima de la pequeña mesa redonda situada entre dos sillones, delante de la chimenea, a la sazón apagada, y el café sería servido, recién hecho, cuando él llegara. Madeleine tomó asiento en el sillón más próximo a la puerta y esperó.
De su madre francesa, una mujer de teatro, aunque en el mejor de los casos de discreto talento, Madeleine había heredado su excepcional belleza, su figura exquisita, la cara ovalada y los gélidos ojos azules. Pero de su padre, un capitán de la Marina Británica, había adquirido todo lo demás: la inteligencia, el sentido común, el humor y la pasión por la integridad. Él había querido casarse con su madre, mas, ¡ay!, Eleanora Bilodeau, egocéntrica y vulgar donde las hubiera, lo había rechazado, abandonándolo con el corazón roto; y no especialmente interesada en su vástago, arrastró a la hermosa niña de ciudad en ciudad, de un apestoso teatro lleno de humo a otro, y no porque se sintiera en la obligación de hacerlo, sino porque Madeleine le servía de esclava.
Durante casi doce años Madeleine suplicó que se le permitiera marcharse a Inglaterra para quedarse con la muy estable familia de su padre, pero su madre le había negado aquél sueño con creciente desprecio.
Madeleine solo había visto a su padre cuatro o cinco veces en su vida, pero aquellos instantes maravillosos la habían hecho rebosar de alegría. El hombre había querido de verdad a su hija ilegítima. Entonces, en el verano de 1833, Madeleine encontró, escondida en un cajón lateral del ropero de su
madre, una nota de su familia inglesa en la que les informaba a ambas, en un tono muy solemne, de que el padre de Madeleine había muerto de cólera el año anterior, mientras estaba destinado en algún lugar de las Indias occidentales. Y fue aquel mismo aciago día, mientras su madre se exhibía en un escenario de Colonia, medio vestida y sin un ápice de dignidad, que la devoción de Madeleine hacia su país murió. Solo ante sus ojos, que era lo que importaba, dejó de ser francesa para siempre.
Cuando cumplió los dieciséis años consiguió su primer empleo como corista de un abarrotado y caluroso teatro de variedades, donde los hombres civilizados de la mañana se convertían por la noche en animales borrachos, sudorosos y lascivos que proferían comentarios groseros mientras lanzabas monedas al escenario con la esperanza de intercambiar favores. Ese fue el único ingreso que ella pudo conseguir utilizando sus encantos naturales, pero ni una vez en cuatro años de bailarina se permitió vender sus favores sexuales. Por encima de todo lo demás, había conservado intacto el respeto por sí misma, tal y como siempre había hecho, y su padre había esperado que hiciera, negándose a caer en la desgracia personal, como su madre.
A los veinte años, con bastante dinero ahorrado y una satisfacción que no había sentido antes ni sentiría después, Madeleine comunicó con mucha tranquilidad sus planes de abandonar su anterior existencia como sirvienta de su ya gorda y opiómana madre, y le dio la espalda a Francia para siempre. Al principio, la actriz se asustó, y luego montó en cólera, gritando obscenidades a su hija mientras esta la abandonaba para siempre con los hombros erguidos y la barbilla alta. Eso había ocurrido hacía ocho años, y Madeleine no la había vuelto a ver ni a preocuparse siquiera de si la mujer seguía viva.
Primero se fue a Inglaterra, donde se presentó a su refinada familia de clase media, que la aceptó incondicionalmente, aunque con cierta callada reserva, pero ella no había esperado nada más; después de todo, era medio francesa e hija ilegítima de una actriz. Sin embargo, la habían tratado con un respeto que no había conocido jamás y que a ella le encantaba, aunque por esa época supo que jamás llevaría la vida de una dama inglesa. Con el tiempo, había aprendido el idioma de su familia bastante bien, pero jamás
pudo perder del todo su marcado acento francés. Jamás podría ser uno de ellos. Aquel sueño había muerto con la madurez. Pero con esta llegó el íntimo descubrimiento de que quizá podía ofrecer algo bastante más valioso a la sociedad británica, a su herencia británica. Sus habilidades podían ser utilizadas para ayudar a la gente que quería y perjudicar a aquella otra que había llegado a odiar.
En consecuencia, a los veintiún años, entró tan campante en el Ministerio de Interior británico y se presentó tal cual era. Quería convertirse en confidente. Naturalmente, como recordaba a esas alturas con humor, los funcionarios responsables la habían echado del edificio entre carcajadas.
«¡Por Dios bendito! Pero si es usted francesa… ¡y mujer!», le habían soltado al unísono, escandalizados. Pero no se desanimó. ¿Es que podía haber un disfraz mejor?
Más decidida que nunca, y después de intentar captar la atención de las autoridades otras dos veces y de no obtener más respuesta que algún cumplido en el mejor de los casos, Madeleine cambió de enfoque. Recogió sus escasas pertenencias y volvió a París, donde se infiltró por su cuenta en los círculos del gobierno, utilizando para ello su inteligencia, su belleza y sus cada vez mejores dotes interpretativas; bastante mejores, se dio cuenta, que las de la mujer que la había parido. Después de todo, había vivido sus primeros veinte años con una compañía teatral, y había sido una buena discípula.
Varias veces durante los siguientes tres años, Madeleine descubrió secretos que envió, a su vez, a sir Riley Liddle a Gran Bretaña; nada ruinoso, ni siquiera escandaloso, solo pequeñas cosas para ayudar a la causa británica en Europa. Y siempre que lo hacía, empezaba aquellos retazos de información con la frase: «Un afectuoso saludo de la francesa». Nunca recibió contestación alguna, pero supo que sus descubrimientos detectivescos eran tenidos en cuenta, porque la información que pasaba empezaba a usarse, incluso de maneras sutiles. Aquello le proporcionó la satisfacción que necesitaba durante un tiempo, hasta que ellos se fueron acostumbrando a que Madeleine hiciera lo que hacían los hombres ingleses por norma, y ella sabía que ellos lo sabrían a tiempo. Al final, después de
establecerse en el seno de la élite francesa, de abrirse camino en la alta sociedad con encanto y sagacidad, se le había dado la inestimable oportunidad de ganarse el respeto de sus superiores británicos. En julio de 1843 se enteró por casualidad de que dos prisioneros políticos franceses muy prominentes iban a ser trasladados, sin demora y directamente, del tribunal a la lúgubre prisión de Newgate, y que había un plan en marcha para liberarlos en el trayecto, mediante la fuerza si fuera menester.
En efecto, el día de aquel traslado, y gracias a la despierta inteligencia de la francesa, se abortó una pequeña revuelta cuando un pequeño grupo de interesados y atónitos franceses fuertemente armados fueron hechos prisioneros sin ningún incidente. Cuando Madeleine se enteró de la noticia de la victoria, supo que estaba dentro.
Cuatro días después, el 2 de agosto de 1843, Madeleine Bilodeau, antigua corista e hija de una actriz (que muchos pensaban era aún peor), se convirtió en espía del gobierno británico. Se pusieron en contacto con ella de manera bastante informal durante un paseo matutino por la avenida De Friedland, en las cercanías de su casa de París, y al cabo de veinticuatro horas había sido enviada a toda prisa a Marsella, con todas sus posesiones mundanas a la zaga, para convertirse en Madeleine DuMais, la acaudalada viuda del mítico Georges DuMais, comerciante en tés de renombre mundial desaparecido en el mar. La instalaron en el impresionante puerto meridional, en una preciosa vivienda urbana, para que pudiera estar al servicio de la Corona en los temas relacionados con la amenaza siempre creciente del contrabando. Durante los últimos cuatro años se había ganado la veneración de la alta sociedad y había sido aceptada en todos los círculos sociales ni más ni menos que por lo que aparentaba ser, siendo de gran utilidad a su país de adopción, donde aquellos que importaban vinculaban su nombre a una especie de honor sofisticado.
Madeleine se enderezó y se alisó la falda. El sordo rumor de la voz de un hombre procedente del vestíbulo hizo que su mente dejara de vagar por el pasado, mientras miraba el reloj de la repisa de la chimenea. Jonathan Drake había llegado, tres minutos después de las diez, y ella estaba preparada para recibirlo.
El inglés entró cuando Marie-Camille abrió la puerta del salón, y una vez más Madeleine se sintió sobrecogida por su aspecto. Solo lo había visto una vez antes, haría cosa de un año, en una ceremonia de gala cerca de Cannes, y en el momento de ser presentados, ella se descubrió soltando una risita tonta motivada por la burda y comedida descripción que sus superiores le habían hecho de Drake. Lo habían descrito como «un tipo de lo más normal, gallardo en el mejor de los casos; de pelo negro y todo eso».
Pero Jonathan Drake era hermoso, si es que una podía utilizar esa palabra para describir a un hombre. No en el sentido de la elegancia, en realidad, aunque vestía de manera impecable. Más con un estilo tosco y descaradamente masculino.
Hasta que sonrió como lo hizo en ese instante. Entonces, «hermoso» era lo más apropiado.
—Madame DuMais. —Jonathan fue el primero en hablar, al tiempo que cogía la mano extendida a Madeleine y se llevaba el dorso a los labios—.
Nos encontramos de nuevo. Tiene un aspecto encantador. Es usted como la brisa de la mañana.
Madeleine sintió que se ruborizaba, algo que casi nunca le ocurría delante de los demás. Pero él se había tomado su tiempo para observar sutilmente su figura, que era exactamente lo que la francesa había esperado que hiciera cuando se había tomado su tiempo para acicalarse. ¿Y cómo podía no fijarse? Era un hombre después de todo, y eso es lo que había esperado ella. La reputación de Jonathan lo precedía.
—Monsieur Drake. Es un placer. Por favor, tome asiento. —Madeleine señaló el sillón que tenía enfrente, se volvió hacia Marie-Camille, que esperaba pacientemente junto a la puerta, y le ordenó que trajera el café de inmediato.
Volvió a centrar su atención en Drake, que ya estaba sentado cómodamente enfrente de ella. Parecía encontrarse a sus anchas vestido con un terno de mañana gris paloma que acentuaba el color de sus llamativos ojos. La camisa blanca y el fular gris claro eran de la mejor seda, y su pelo negro como la noche se había despeinado un poco al quitarse el sombrero, que sin duda había dejado en el perchero de la puerta principal. Jonathan se
pasó los dedos por las puntas para peinarlas hacia atrás, y Madeleine no pudo por menos que clavar la mirada en el movimiento mientras hablaba.
—¿Puedo suponer que su viaje transcurrió sin incidentes? —preguntó, con más cortesía que curiosidad.
Jonathan dejó caer los brazos con rapidez y movió su corpachón en el sillón, cruzando las manos en el regazo.
—Aquí estoy de una pieza.
Madeleine arqueó las cejas fugazmente, pero puesto que Jonathan no dijo nada más, se limitó a añadir:
—Pero sin duda, no se le notan los efectos de una noche en vela.
Jonathan volvió a asentir con la cabeza ante el comentario, mirando a la mujer con franqueza, mientras Marie-Camille regresaba trayendo una cafetera china con incrustaciones de oro y marfil encima de una bandeja de plata. Dado que el juego de café ya había sido dispuesto con anterioridad, la doncella no tuvo más que servir un par de tazas hasta el borde, dejar la cafetera en la mesa y marcharse de nuevo con discreción, cerrando la puerta tras ella.
Madeleine se sirvió leche caliente y azúcar; él se llevó la taza a los labios.
—¿Y cómo va todo por casa? —preguntó ella con aire despreocupado, removiendo el café con gesto remilgado.
Él se encogió de hombros y le dio un sorbo al café.
—Bien, supongo. Excepto por el asunto que me trae al sur de Francia en pleno verano.
Madeleine apartó la mirada y bajó las pestañas para observar el líquido marrón que le teñía las yemas de los dedos, golpeando ligeramente la cucharilla sobre el lateral de la taza, un tanto consternada porque él pasara con tanta rapidez al objeto de su reunión.
—Supongo que querrá que le dé ya los detalles —afirmó en voz baja.
—Como guste, señora —respondió él con cordialidad.
Madeleine volvió a levantar la vista para mirarle a los ojos y le dio un sorbo al café. Jonathan la observaba con atención, y esa fue la oportunidad de Madeleine para cambiar de tema.
Con mucha delicadeza, señal de sus muchos talentos, insinuó:
—Tengo la esperanza, monsieur Drake, de que durante su estancia en Francia lleguemos a ser algo más que meros conocidos… —Colocó la taza y el platillo sobre la mesa—. Así que nada me complacería más si me llamara Madeleine.
Ella era perfectamente consciente de que Jonathan podría sentirse confundido ante semejante invitación, y de hecho eso era lo que parecía haber ocurrido. Él parpadeó rápidamente dos o tres veces, sonrió de un modo absolutamente encantador, mientras dejaba también la taza y el plato sobre la mesa, y se recostó con total indiferencia para observarla.
—Me siento muy honrado, Madeleine —admitió de manera elocuente
—. Y usted debería llamarme Jonathan. Vamos a trabajar juntos, así que supongo que la formalidad podría resultar pesada.
Ella mostró una sonrisa deliciosa, casi segura ya de que él estaba correspondiendo al interés, aunque estaba siendo tan sutil como ella. Era inglés, y en consecuencia un poco más formal que el francés típico.
Después de todo, quizá no estuviera perdiendo su tacto y tan solo necesitara ser más directa.
Lenta, insinuantemente, se inclinó hacia él, y los ojos azules de Madeleine chispearon con los pensamientos íntimos.
—Estaré encantada, Jonathan. De hecho, confiaba en que quizá pudiéramos encontrar tiempo para… relajarnos juntos. Cuando el trabajo haya terminado, por supuesto. —Madeleine subió y bajó los dedos sensualmente por el pelo, que se le enroscaba sobre el pecho derecho en una gruesa y brillante trenza—. Estoy segura de que disfrutaría de la compañía de una mujer que conoce… bien la zona y cómo entretener a un hombre todo el tiempo. Estoy igualmente segura de que yo disfrutaría de sus encantos.
Jonathan se la quedó mirando sin ambages durante uno o dos segundos.
Luego, con la misma rapidez con que había bajado la vista hasta sus pechos, se movió de nuevo en el sillón, incómodo, y desvió la mirada hacia la ventana.
La verdad es que Madeleine había esperado que él respondiera de inmediato de una manera positiva. Era un hombre al que le gustaban las mujeres, y ella sabía, como lo sabría cualquier mujer astuta, que la encontraba particularmente atractiva. Pero en ese momento, mientras se recostaba de nuevo en el sillón para contemplar la figura silenciosa del inglés, empezó a caer en la cuenta de que, aunque él pudiera haber admirado fugazmente su belleza, sus pensamientos habían estado en otra parte desde el momento en que había entrado en la habitación. Drake parecía… ¿preocupado?
Por fin, Jonathan volvió su atención hacia ella y sonrió con decisión, la mirada atenta mientras juntaba las manos, los codos en los brazos del sillón y las yemas de los dedos en ligero contacto formando un triángulo delante de su rostro meditabundo.
—Mi querida Madeleine —empezó con determinación—, si hubiera recibido una invitación tan generosa de una mujer tan bella hace solo unas semanas, me habría encontrado aceptando el placer de su encantadora compañía sin reservas. —Carraspeó y bajó la vista para observar la gruesa y elaborada alfombra—. Sin embargo, durante estos últimos días han ocurrido varias cosas que harían que tal aceptación resultara… incómoda.
—¿En serio? —masculló Madeleine, completamente sorprendida y sin saber si debía sentirse abatida o halagada. Jamás en su vida había sido rechazada con tanta elegancia.
Jonathan respiró hondo y levantó la vista para mirarla fijamente a los ojos una vez más.
—No estoy solo en Francia…
Los ojos de Madeleine se abrieron desmesuradamente.
Oh…
Él volvió a echar un rápido vistazo a la ventana, según parecía con impaciencia, y Madeleine se preguntó fugazmente si la mujer estaría esperando fuera. Y tenía que ser una mujer, decidió. El Caballero Negro siempre trabajaba solo; Jonathan Drake nunca viajaba acompañado.
También sabía que ningún hombre en la flor de la vida rechazaría una oferta
tan evidente de cariño femenino, si su única complicación fuera que viajara con otro hombre.
Suspirando con resignación, Madeleine alargó la mano hacia su taza y se la llevó a los labios con cuidado.
—Debe de confiar en ella sin reservas.
Por primera vez desde su llegada, Jonathan pareció sobresaltarse por las palabras de Madeleine.
Ella mostró una sonrisa astuta.
—¿Sabe ella quién es usted?
Jonathan titubeó.
—No exactamente.
—Mmm… —Madeleine hizo una pausa para dar otro sorbo al café—.
¿Y la razón de que esté usted aquí?
Él frunció los labios y negó con la cabeza.
—No.
—Entiendo.
Jonathan soltó un ruidoso suspiró y juntó los dedos.
Madeleine hizo un gran esfuerzo para evitar reírse.
—Tal vez llegue incluso a conocerla —sugirió con sincero interés.
Él le dedicó una sonrisita de complicidad.
—De eso estoy absolutamente convencido.
Al oír eso Madeleine se rió, volviendo a colocar la taza sobre la mesa.
—Entonces estaré encantada de conocerla.
Ella se levantó con elegancia y cruzó la estancia hasta un pequeño armario de caoba situado al lado de la ventana.
—Supongo que, puesto que ella es la única que mantiene su atención, Jonathan, deberíamos ir al grano.
Abrió la puerta de cristal y sacó varias hojas de papel del interior de una caja de música situada dentro.
—Las joyas se guardan en la caja fuerte del despacho de Henri Lemire, conde de Arlés. —Madeleine se dio la vuelta y volvió hasta él con paso lento pero decidido, estudiando atentamente sus notas—. En su finca de la costa, a unos diecinueve kilómetros al oeste de la ciudad. Tiene cuatro hijos
(tres niños y una niña, la mayor) y una esposa ingenua pero encantadora, con la que se casó en segundas nupcias hace tres años y a la que le dobla la edad.
Jonathan alargó la mano hacia la taza de café, vació el contenido de dos tragos y se levantó cuando ella se detuvo a su lado. Contempló la cara de la mujer, el pelo negro reverberando al sol, los ojos brillantes y despiertos, la piel blanca y con un ligero olor a musgo. Madeleine suspiró, consternada.
¡Qué lástima no poder disfrutarlo!
Tras entregarle los documentos, ella siguió con el asunto que se llevaban entre manos.
—Me he informado sobre él y su familia todo lo que he podido durante las últimas semanas. Tiene cuarenta y ocho años, es inteligente y mantiene viejas relaciones, aunque se sabe que ha cometido errores. Es respetado, y en general goza de la simpatía de los de su generación, y quiere a sus hijos, en especial a su hija. Adora a su mujer, aunque prefiere mantenerla en casa mientras él atiende otros asuntos que juzga más importantes, incluida, si es cierto el rumor que corre, alguna amante ocasional. Es un legitimista furibundo, aunque no alardea de ello. Desprecia a Luis Felipe; piensa que el rey es en el fondo un pelele, un hombre incapaz de controlar a la gente.
Quiere que Enrique vuelva al trono por razones evidentes, pero no he logrado determinar hasta dónde es capaz de llegar en su empeño ni si está planeando alguna acción inmediata o ninguna.
Dio unos ligeros toques sobre el papel con una uña perfectamente cuidada.
—He incluido un breve informe sobre el conde de Arlés, lo que he podido encontrar de la historia de la familia, así como un plano bastante fidedigno de los jardines y de la casa. He estado dentro dos veces. También encontrará una invitación para un baile en conmemoración del decimoctavo cumpleaños de su hija la semana que viene. No creo que intente vender las esmeraldas antes de entonces. No creo que esté preparado. Y —dijo, bajando la voz— corre el rumor de que la hija pueda lucirlos para la ocasión.
Jonathan levantó la vista hacia ella bruscamente.
—¿En serio?
—Es solo un rumor —volvió a decir—, pero digno de considerar.
—Por supuesto.
Ella lo miró hojear detenidamente la información.
—Su identidad ficticia es relativamente sencilla —prosiguió Madeleine
—. Jonathan Drake, un inglés refinado que compra fincas en Francia para acaudalados aristócratas europeos. El conde de Arlés tiene una preciosa casa de veintidós habitaciones en las afueras de París que intenta vender.
También encontrará ahí la información a ese respecto.
—¿Necesita dinero? —preguntó Jonathan pensativamente, con el ceño fruncido.
Madeleine se puso a jugar distraídamente con el encaje de su cuello.
—No lo creo. Lo más probable es que su nueva esposa pretenda dedicar su tiempo a holgazanear en la costa mediterránea. Adora esto.
—Mmm. —Jonathan esperó, pensando—. ¿Y cómo conseguí la invitación?
—A través de mí. Nos hemos visto fugazmente una o dos veces en los últimos años. Usted encontró un comprador para la propiedad que mi difunto marido tenía en San Rafael, ¿recuerda?
—¡Ah, sí! —Jonathan dobló los papeles y se los metió en el bolsillo de la levita—. ¿Necesitaría otra invitación, si mi compañera de viaje me acompaña como mi esposa?
Madeleine se quedó ligeramente desconcertada. Cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con recelo.
—No. En realidad puede que fuera mejor si llevara una esposa. —
Sacudió la cabeza a medida que fue cayendo en la cuenta del plan de Jonathan—. Si pretende utilizarla sin que sepa quién es usted, ha de ser excepcionalmente atractiva, o simpática, para que usted se arriesgue.
Supongo que cuenta con esas bazas como maniobra de distracción, ¿me equivoco?
Jonathan sonrió abiertamente en respuesta.
—¿Es inteligente?
—Lo suficiente para ser un problema.
Madeleine se mordió suavemente el labio inferior.
—Si es tan inteligente, tarde o temprano acabará descubriendo su secreto, Jonathan.
Fue una advertencia hecha con una buena dosis de regocijo.
Riéndose entre dientes, Jonathan se confió:
—Estoy deseando que llegue ese momento con un placer que le resultaría incomprensible. —Le cogió los dedos en la palma de la mano, listo para despedirse—. ¿Estará en la fiesta?
—Sí, por supuesto —respondió ella en voz baja.
—Entonces, podrá darme su parecer cuando la conozca. —Llevándose la mano de Madeleine a los labios, le besó el dorso sin dejar de mirarla a los ojos—. Ha sido todo un placer, Madeleine.
De nuevo, y por segunda vez en muchos años, ella sintió que le ardían las mejillas.
—Hasta el baile, madame DuMais.
Y diciendo estas palabras, la soltó y se dirigió tranquilamente hacia la puerta. Madeleine lo siguió hasta la entrada, mientras Jonathan se detenía para recoger el sombrero del perchero, y luego salió tras él al porche blanco con celosía, bañado ya por un sol radiante.
Jonathan se detuvo de repente y se volvió hacia ella con expresión pensativa.
—Cuantas invitaciones he recibido esta mañana han sido consideradas concienzudamente —reveló en voz baja—. Y por supuesto, ninguna ha sido tomada a la ligera. Me siento muy halagado. Lo único que lamento es no poder aceptarlas todas.
Madeleine sonrió abiertamente, alargó la mano para cogerle la suya y se la apretó con ternura.
—Secretos de amigos, Jonathan.
Con una sonrisa, Drake saludó con la cabeza una sola vez, luego recorrió el sendero de ladrillo y atravesó la concurrida calle.
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