Encantos ocultos

Adele Ashworth · Capítulo 4 de 23

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Encantos ocultos

Capítulo 1

Londres, 1847

—Esmeraldas.

—¿Esmeraldas? —repitió él, sorprendido.

—Una rara e inestimable mezcla de oro y valiosísimo verde.

Jonathan William Rayburn Drake, segundo hijo del difunto y muy respetado conde de Beckford, resopló con fuerza y se recostó contra la suave piel burdeos de su sillón Luis XIII para contemplar pensativamente a su invitado. Robar esmeraldas se estaba convirtiendo en una pesadilla.

—¿Cuánto valen? —preguntó con prudencia.

Sir Guy Phillips, un hombre muy rubio, cuyo rostro de mediana edad solo podía ser descrito como común y corriente, se rascó las espesas y largas patillas y se encogió de hombros.

—En este momento no podría poner una cifra a su valor.

—Mmm. Conozcamos la historia, pues.

Phillips hizo una pausa para ordenar sus ideas, y empezó por el comienzo.

—En un principio pertenecieron al acaudalado duque de Westridge, que las compró legalmente a un Austria, probablemente a Carlos VI, hacía el final de la década de 1720. Luego, el duque se las regaló a su esposa, Elizabeth, como regalo de bodas, y ella las tuvo en su poder durante casi sesenta años, hasta su muerte en el invierno de 1781. Aunque Westridge tuvo un hijo, este era un niño enfermizo y murió en 1740, a los doce años

de edad, dejando al duque sin un heredero que reclamara su inmensa fortuna. Se cree que la encantadora Elizabeth, que murió quince años después que su marido, legó todas sus posesiones personales a su prima Matilda, una solterona que, casualidades de la vida, tenía una remota relación de parentesco con el rey Jorge.

Phillips se dio unas palmaditas en los volantes de su camisa de seda blanca y se levantó, con la copa de brandy en la mano, y empezó a dar vueltas por la habitación.

—Nadie sabe con certeza dónde estuvieron guardadas las joyas ni quién tenía realmente derecho a ellas después de que Matilda muriera a los noventa y dos años, pero corre el rumor de que el rey entró en posesión de ellas en algún momento con anterioridad a que el idiota de su hijo fuera nombrado regente en 1811. Prinny [1]heredó las esmeraldas, y para ayudar a pagar sus horribles deudas cuando fue coronado rey en 1820, las vendió al duque de Newark por una no revelada, aunque hay quien dice que indecente, cantidad. Y ahí permanecieron, en poder del duque, durante más de veinticinco años, a buen recaudo en una cámara de seguridad en su propiedad, hasta hace tres meses, cuando su esposa descubrió que habían desaparecido…

—Robadas por unos profesionales, por lo tanto —terció Jonathan mientras se llevaba su copa a los labios.

Sir Guy dejó de dar vueltas para mirarlo directamente.

—Tenemos razones para creer que las esmeraldas se encuentran actualmente en Francia, robadas, tras meses de minuciosa planificación, por sicarios de los altos funcionarios que desean desesperadamente derrocar al actual gobierno de Francia.

Jonathan se dejó caer en su sillón y profirió un lento silbido.

—¿Y cómo demonios podría saber yo que los franceses están involucrados, Phillips?

El hombre rubio rió entre dientes.

—Siempre parecen estarlo, ¿no es así?

—Continúa —insistió Jonathan.

Phillips suspiró.

—Bueno, corre el rumor de que las joyas han llegado a manos de los legitimistas franceses que, por supuesto, consideran a Enrique como el verdadero rey y quieren volver a verlo sentado en el trono. —Negó con la cabeza, y su expresión se tornó grave cuando bajó la voz—: La corte de Luis Felipe se desmorona, Jonny. El país entero aún tiene que encontrar la estabilidad. Los legitimistas quieren a Enrique; el pueblo, siempre insatisfecho, habla de otra revolución…

Después de una prolongada pausa, Jonathan preguntó con aire pensativo:

—Así pues, ¿por qué robar esas joyas, aparte del hecho de ser tan valiosas? Cualquiera que las birle se arriesga una barbaridad viniendo aquí a hacerlo.

El hombre mayor resopló y empezó a dar vueltas de nuevo.

—Porque (y esto es solo una suposición) los implicados en su desaparición creen que las esmeraldas pertenecen legítimamente al pueblo francés. Un robo justificado.

—¿Justificado?

Sir Guy tamborileó con los dedos sobre su copa.

—Según parece, los legitimistas han llegado a su propio convencimiento de que las esmeraldas no fueron compradas a los Austrias, sino confiscadas ilegalmente. Robadas, vamos. Creen que las joyas jamás pertenecieron a los británicos, porque en realidad se suponía que tenían que haber pasado de Carlos a María Teresa, y de esta a su hija María Antonieta, y que, en el momento del desgraciado fallecimiento de esta última, las joyas deberían haber pasado a ser propiedad del pueblo francés.

—Qué conveniente para los franceses.

—Sí, bastante.

Jonathan vació el contenido de su copa, la colocó en la pequeña mesa situada junto a su sillón y estiró las piernas por delante de él.

—Solo me cabe concluir que recientemente has recibido información relativa al paradero del collar, ¿me equivoco?

Phillips asintió con la cabeza mientras se acercaba a una licorera para volver a llenarse la copa hasta el borde.

—Hace dos semanas uno de nuestros contactos en París asistió a una ceremonia de gala cuyo único propósito era recaudar dinero para la causa legitimista. En dicha recepción, el mismo contacto oyó al azar una conversación insólitamente sincera en relación con las joyas que habían sido robadas recientemente en las mismísimas «narices de esos altivos ingleses». Tras un hábil interrogatorio, nuestro contacto se enteró de que las esmeraldas están en Marsella a buen recaudo hasta el momento en que sea necesario derrocar a Luis Felipe.

Phillips volvió a su sillón, colocó la copa en la mesa y se metió la mano en el bolsillo de la camisa para sacar un pequeño pedazo de papel. Se lo entregó a Jonathan.

—Lo lamento muchísimo por el duque de Newark y su encantadora esposa, que perdieron su collar de esmeraldas a manos de los ladrones franceses —prosiguió en tono sombrío—. Pero el motivo de que te envíe a Francia y pongas en peligro tu vida, Jonny, es el de ayudar, si podemos, a que Luis Felipe conserve unido su gobierno. Si las esmeraldas son desmontadas y vendidas, los legitimistas podrían percibir una suma descomunal que utilizarían para promover su causa. Ahora mismo Inglaterra no anda necesitada de otra guerra. No hay ninguna necesidad de que vuelvan a morir nuestros chicos por culpa de la arrogancia francesa.

Jonathan echó un vistazo al papel. La letra era cuidada y meticulosa.

Madeleine DuMais, rue de la Fleur, 5. Veintisiete de junio, 10 de la mañana.

Sir Guy vació rápidamente su copa por segunda vez, la colocó en la mesa, y se levantó para recuperar su abrigo del perchero que había junto a la puerta.

—Creo que ya conoces a la encantadora señorita DuMais.

—Mmm… En realidad solo la he visto una vez.

—Bien. Cuando llegues, te tendrá preparada una nueva identidad y puede que alguna pista. ¿Cuándo puedes partir?

Jonathan también se levantó, frotándose los ojos cansados con las yemas de los dedos.

—Confío en poder embarcar el viernes. Esto me daría tiempo suficiente para concertar el encuentro.

—Estaremos esperando noticias. —Phillips abrió la puerta principal y se volvió hacia Jonathan sonriendo—. Eres consciente de que, puesto que estarás en Francia, te perderás la recepción de lady Carlisle.

El baile de lady Sibyl Carlisle era el acontecimiento más aterrador de la temporada para los solteros cotizados. Junto con las cuatro arpías de sus hijas, la dama se empeñaba en que la fiesta no tuviera más objetivo que el de convertirse en una reunión de casamenteras. Tener una excusa para no asistir era una bendición considerable.

Jonathan sonrió burlonamente.

—Qué coincidencia más desdichada, sin duda. Tendrás que saludarla, a ella y a sus encantadoras hijas, de mi parte.

Phillips negó cansinamente con la cabeza.

—Por supuesto. Supongo que este año tendré que volver a aparecer. Al menos, la dama no repara en gastos en lo tocante a la buena comida y la buena bebida.

—Eso, lo reconozco, sí que lo echaré de menos.

—Hablando de buena comida —añadió Phillips—, la cena estaba excelente. Dile a Gerty que esta vez el asado estaba perfecto.

—Le encantará saber que te has comido hasta el último trozo.

Con una leve inclinación de cabeza y un taconazo, Phillips se dio media vuelta, bajó los escalones delanteros y desapareció en la niebla nocturna.

Jonathan permaneció en la entrada varios minutos, respirando el húmedo aire nocturno hasta que el frío empezó a calarle los huesos. Cerró la puerta con lentitud, aunque no echó el cerrojo, puesto que Marissa llegaría antes de una hora para pasar otra noche retozando entre las sábanas.

Ella era la única amante que había tenido, la única que había conocido, que prefiriese encontrarse con sus amigos caballeros en las casas de estos, siempre y cuando, por supuesto, sus amigos caballeros fueran solteros. A decir verdad, a él no le importaba. Jonathan no tenía que ocultar sus correrías sexuales a ninguna esposa entrometida, ni a nadie, en realidad, y si

Marissa quería disfrutar de sus relaciones en su casa, en lugar de en la de ella, pues por él, perfecto.

Sin embargo, esa noche Jonathan se sentía inquieto, y realmente no le hacía ninguna gracia la visita de Marissa. Hasta hacía muy poco tiempo Marissa había sido capaz de satisfacer todas sus necesidades, pero, a la sazón, y por más que él odiara admitirlo, se estaba cansando de ella. Bueno, Marissa era una mujer de una belleza nada corriente y era incuestionablemente experta en la utilización de su cuerpo. Pero, de repente, y para su desconcierto, Jonathan se encontró deseando más; más de la vida y más de una mujer. Marissa era la querida de cualquiera dispuesto a darle lo mejor, las baratijas más bonitas, y Jonathan no tenía ningún reparo en darle baratijas. Era buena en lo que hacía. Pero ahí, por extraño que pareciera, radicaba el problema, porque por primera vez en años, en toda su vida en realidad, Jonathan quería darle más importancia al sexo que la mujer con la que se acostaba.

Con un brusco tirón para aflojarse el fular, Jonathan se dirigió de vuelta al estudio, cogió la botella medio vacía de brandy y las copas, y las llevó a la cocina, situada en la parte posterior de su casa de la ciudad.

Como siempre, Gerty había dejado el lugar inmaculado antes de marcharse para ir a dormir a su casa, así que lo único que quedaba sobre la encimera era los platos de la cena de los dos caballeros. Jonathan colocó lo que llevaba al lado del resto de las cosas para lavar, se desabrochó los tres botones superiores de la camisa, bajó la intensidad de la lámpara de la mesa de la cocina y volvió a su estudio para sentarse a pensar delante de la pequeña chimenea.

Tenía que admitir que cada vez estaba más cansado y aburrido. Cansado de las mujeres que conocía, y aburrido de todo lo demás. A sus veintinueve años de edad había hecho muchas cosas, pero en ese momento se sorprendió envidiando a aquellos hombres que nunca había pensado que envidiaría. Durante los últimos meses había dedicado realmente su tiempo a considerar dónde estaba y qué estaba haciendo, y de repente había descubierto que echaba de menos, incluso que anhelaba, la estabilidad.

Nunca habría imaginado que un día querría tener una familia. Hasta fechas

muy recientes, había considerado risible semejante idea. Había conocido a muchos hombres, incluso amigos, que eran innegablemente desdichados en sus matrimonios, y durante mucho tiempo había asumido que todos los matrimonios habrían de ser así, dificultosos hasta en el detalle más nimio y en absoluto merecedores del esfuerzo. Pero, tras pensarlo detenidamente, se dio cuenta de que, aunque el matrimonio era un verdadero problema, resultaba que para muchos era más enriquecedor que cualquier otra unión.

Lo había visto en el matrimonio de sus padres, y en el de su hermano, y, aunque casi de la noche a la mañana, lo quería también para sí. Lo que más le molestaba era saber que jamás podría hacerlo compatible con su trabajo.

Tendría que escoger entre los dos.

Recostándose en el sillón, cruzó las manos sobre el vientre, estiró las piernas y se quedó mirando fijamente el baile de la titilante luz de la lumbre en el oscuro techo.

Deshacerse de Marissa no sería realmente un problema. Ella pasaría sencillamente al siguiente miembro acaudalado de la alta sociedad que pudiera mantenerla confortablemente alojada y enjoyada. Tanto él como ella sabían que lo que obtenían el uno del otro era puramente físico y lo hacían de común acuerdo, y desde el principio él había dejado claras sus intenciones en cuanto a la naturaleza de su relación. Marissa estaba acostumbrada a eso, porque había aceptado a muchos hombres antes que a él, y los que seguirían serían exactamente iguales. Técnicamente, el trabajo de la mujer era darle placer en la cama a cambio de una vida elegante, y sin duda alguna ella era toda una experta en su campo de estudio.

Sin embargo, la pregunta que Jonathan se había estado haciendo una y otra vez en los últimos tiempos no tenía nada que ver con su querida, sino con si podría vivir sin la emoción de su trabajo, si tomaba una esposa.

Había estado actuado por toda Europa durante seis años, y aquellos que utilizaban sus servicios estaban, de eso no cabía duda, en deuda con él y deseaban de manera desesperada que siguiera con lo que estaba haciendo; y por lo que hacía, le pagaban bien. Pero que muy bien. Sin embargo, dejando a un lado el dinero, no estaba seguro de que pudiera renunciar a todo, al menos no absolutamente, y si no lo hacía, no estaba seguro de que pudiera

casarse. Ninguna dama querría un marido que no estuviera cerca para satisfacerle los caprichos o acompañarla a las reuniones sociales, y ninguna mujer que él hubiera conocido había sido, capaz de igualar su sentido de la aventura y su deseo de experimentar lo mejor de la vida.

Jonathan cerró los ojos. Tal vez acabara convirtiéndose en un viejo solterón cascarrabias. Solo él y su perro. ¡Bonita pareja que harían los dos!

—¿Querido?

La voz ronca de Marissa lo sacó de golpe de sus pensamientos. Se volvió en dirección a la puerta sonriendo débilmente para darle un aire menos grave a su estado de ánimo.

—No te he oído entrar.

Haciendo deslizar el chal de lana blanca por su cuerpo con unos dedos perfectamente cuidados, se acercó a él con aire despreocupado.

—¿Por qué hay tan poca luz aquí? —susurró ella con picardía—.

¿Estabas esperando a hacerme el amor delante de la chimenea?

Jonathan sonrió burlonamente, recorriendo arriba y abajo el largo y grácil cuerpo de la mujer con la mirada. Sin duda la iba a echar de menos.

—Tenemos que hablar, Marissa.

Ella se detuvo en seco y le dedicó una mueca.

—¡Dios mío!, parece serio.

Jonathan la observó durante un instante. Luego, respirando hondo para armarse de valor y con la sensación de que estaba haciendo lo correcto, dijo en voz baja:

—Esto no tiene nada que ver contigo, cariño, pero creo que ha llegado el momento…

—No vayas a creer que no he pensado en que llegaría este día, Jonathan

—le interrumpió alegremente, arrojando el chal sobre el banco con respaldo de madera noble que tenía a su izquierda—. Me he dado cuenta de algunos cambios en ti últimamente, y los he visto antes.

Marissa se acercó a su lado, mirándole fijamente a los ojos y sonriendo mientras posaba su trasero en el brazo del sillón de Jonathan.

—Puedes creértelo o no —prosiguió ella pensativamente, entrelazando los dedos en la espesa mata de pelo de Jonathan—. Yo también estuve

pensando que probablemente era hora de seguir adelante, y no te vas a creer quién me está persiguiendo, querido, nada menos que el acaudalado y generoso vizconde Willmont.

Jonathan levantó las cejas en señal de sorpresa.

—¿El viejo Chester?

Ella asintió con la cabeza.

—¿Todavía… puede caminar?

—¿Celoso, querido?

Jonathan volvió a sonreír burlonamente, colocando la palma de su mano en un muslo que conocía demasiado bien y aspirando el familiar olor del perfume de Marissa.

—Mucho.

Marissa soltó una suave carcajada y le cogió la barbilla con el índice y el pulgar, con su cara a escasos centímetros de la de él.

—Nadie podrá compararse a ti jamás, ni dentro ni fuera de la cama, y envidio a la mujer que acabe robándote el corazón.

Jonathan le rodeó la cintura y la empujó para sentársela en el regazo.

—Estoy seguro de que todavía podemos aprovechar esta noche —la provocó con voz ronca—. De todas maneras, es probable que Chester ya se haya tomado su leche caliente y se haya ido a dormir hasta mañana.

Marissa bajó el brazo, lo envolvió total y descaradamente con la mano e, inclinándose sobre él, le susurró junto a la boca:

—Vayamos arriba.

[1]Apodo de Jorge Augusto de Hannover, príncipe regente desde la incapacitación de su padre hasta su coronación como Jorge IV. (N. del T.)

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