Endymion

John Keats · Capítulo 9 de 12

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Endymion

Libro I

 

Lo bello es una dicha para siempre:

su hermosura va en aumento

y nunca se abolirá en la inanidad,

más aún nos dará un dulce cobijo

y un reposo lleno de dulces sueños,

bienestar y un suave aliento.

Por eso tejemos día a día la guirnalda

de las flores que nos ciñen a la tierra

a despecho de los temores, de la falta

inhumana de nobleza, de los días crepusculares

y de todos los insanos, oscurecidos caminos

para nuestra pesquisa hechos.

Sí, a pesar de todo, alguna imagen bella

aparta el sudario de nuestros sombríos espíritus

y el sol, la luna, los árboles verdes o viejos

esparcen su sombra regalada a las mansas ovejas;

así ocurre a los narcisos con el mundo floreciente

en que ellos viven, a los frescos riachuelos

que hacen por sí mismos su álgida cubierta

a la estación calurosa y al helecho forestal

al que enriquece el centelleo

floral de las rosas almizcleñas. Y tal es,

en verdad, la grandeza del destino

que hemos inventado a los muertos poderosos,

las amenas consejas que hemos escuchado o leído,

una fuente inagotable de elixir inmortal

que chorrea hasta nosotros de la linde de los cielos.

Y no tan sólo percibimos una breve hora estas bellezas[1];

no, porque, así como los árboles susurrantes en torno al templo

se convierten en seguida en algo tan venerado

como el templo mismo, así la luna,

la pasión de la poesía y un infinito esplendor,

nos asaltan hasta convertirse en luz gozosa a nuestras almas

y tan estrechamente nos circundan

que, ya encubiertas de luz, ya de penumbra,

deben para siempre acompañarnos o morimos.

Así pues, alborozado, es, como voy a contar

todo el relato de Endimión. Hasta la música de su nombre

me ha penetrado [2] y cada escena placentera

crece ante mí con igual frescor

que el verdor de nuestro valle. Así que voy

a empezarlo ahora que el bullicio de la ciudad

no me alcanza, ahora que las yemas más tempranas

se renuevan y extienden

por laberintos del más tierno color

por los vetustos bosques; ahora que los sauces nos muestran

su delicado ámbar y nos llegan las cubas del establo

rebosantes de leche a casa. Y mientras la estación verdece

en los tallos que rezuman, voy a guiar suavemente

mi botecillo a lo largo de muchas y mansas horas

por los arroyos que se internan en la espesura.

Muchos, muchos versos espero escribir

antes de que las margaritas, ribeteadas

de bermellón y blanco, en la yerba tupida se oculten;

y, antes de que las abejas zumben en torno a las matas

de trébol y el dulce guisante, debo hallarme

casi en mitad de mi relato. Y ojalá

no lo vea el invierno nudo y cano aún incompleto,

sino que el majestuoso otoño, con el tinte universal

de su oro atemperado, me envuelva cuando lo acabe.

Yo, ahora, temerario, envío ya

mi heraldo pensamiento a las soledades:

dejadle que sople su clarín y cubrid rápidamente

mi inseguro camino de verde para que pueda avanzar

ágil y presto por entre flores y matorrales.

Por las faldas del Latmos se extendía un bosque frondoso [3]

pues la húmeda tierra nutría copiosamente

todas las raíces de sus arbustos escondidos

y en ramas pensiles y frutos preciosos los convertía.

Y tenía una fosca umbría, profundamente oculta,

a la que nadie accedía; y si de la vigilancia

del pastor algún cordero a lo hondo de aquellas cañadas

recónditas se descarriaba, nunca volvía

a ver más los placenteros apriscos a que sus congéneres,

balando de contento, al atardecer, por las colinas acudían.

Siempre creyeron los pastores que ningún lanoso cordero

que de tal suerte se separara de su blanco rebaño pasara

indemne de los lobos y leopardos de acechante pupila

hasta aquellos vírgenes llanos donde pastaba la grey de Pan[4].

¡Buena ganancia, sí, la del que así perdió un cordero!

Había allí muchos senderos que serpeaban

entre palmares de helechos, juncos de pantano

y bancales de hiedra, amenos todos, que conducían

a un claro espacioso donde sólo podían verse troncos

entreverados de ondas de césped y ramas inclinadas.

¿Quién podría decir el frescor

del espacio de cielo en lo alto, perfilado

por las oscuras copas de los árboles,

donde batiera a menudo una paloma sus alas

y, también a menudo, por su azul navegara una nubecilla?

En medio de esta delicia se erigía un altar de mármol

con una trenza de flores recién despuntadas; el rocío

había imitado fantasías de hada al esparcir

margaritas sobre el sagrado césped la víspera

anterior y así recibir con pompa la luz del alba.

Porque era de día: el cimero fuego de Apolo[5]

con todas las nubes del amanecer hizo una pira de plata

de tan lúcido esplendor que en su interior

un espíritu melancólico hubiera podido ganar la libertad [6]

y confundir con los vientos su delicada esencia:

la eglantina, de lluvias perfumada, donaba

su dulzor atemperado a aquel sol tan solícito;

la alondra estaba en él perdida;

los fríos arroyos habían corrido a calentar

en el césped sus burbujas más heladas

y la voz del hombre sonaba en las montañas,

la masa de vida natural y maravillas palpitaba

diez veces más de prisa por sentir

aquel amanecer y su vieja magnificencia.

Y en tanto los silentes trabajos de la aurora

más diligentes eran, en aquel mismo prado,

con risueño griterío, irrumpió de pronto

un tropel de niños con guirnaldas que, al juntarse

en torno a aquel altar, pareció mirar devotamente,

como deseando observar a algunas gentes en fiestas.

Y no tuvo que esperar mucho a que colmara

una suave tonada musical sus oídos,

cada vez más intensa, que después

se extinguió otra vez. A poco, propagó, de nuevo,

en suaves ondas, su aéreo oleaje,

hasta las leves hojas suspendidas, quebrándose

en dulces ecos, por el valle cubierto de ramas,

hasta llegar, antes de expirar, a los murmullos

agitados del solitario mar.

Y entonces,

tan profundamente como podemos ver

en un bosque los ojos de un lince, alborearon

unos rostros radiantes, serenos, y aparecieron

unas blancas vestiduras cada vez más visibles

hasta que al fin, por el pasaje más practicable,

fueron directamente hacia aquel altar del bosque.

¡Oh, benigna musa! No permitas que mi lengua se entorpezca

al hablar de tan amable compañía,

de su antigua piedad y de su alegría, mas haz

que caiga un poco de celeste rocío sobre mi frente

y libere de pronto mi alma; y que pueda intentar,

de camino, un balbuceo donde el viejo Chaucer antes cantó[7].

Encabezaban la marcha unas jóvenes doncellas

cantando el estribillo de una copla pastoril [8]

y cada una llevaba una guirnalda blanca

que rebasaban unas tiernas plantas abrileñas

y, detrás, seguían, bien ataviados, numerosos pastores

que parecían, tan atezados por el sol, aquellos

que cuentan los libros de la Arcadia[9]

sentados en torno de Apolo, el tañedor del caramillo,

cuando el magnífico dios, demasiado perfecto para la tierra,

dejaba morir su esencia divina, desbordándose,

en música por los valles de la Tesalia[10]. Algunos

arrastraban, indolentes, por el suelo, sus cayados;

otros sostenían un agudo, blando son

con la embocadura de ébano de sus flautas;

y, seguidamente, detrás, bajo los árboles del bosque,

llegó un venerable sacerdote, majestuosamente,

rodeado de unos fieles servidores, siempre fija

la mirada en el césped ya hollado que pisaba,

y tras él arrastraba su veste rozagante.

Blandía su mano derecha un vaso blanco

como la nieve, de vinos mezclados, que irradiaba

un espléndido burbujeo, y con su mano izquierda tenía

un cesto lleno de yerbas más tiernas

que las que la mirada más cuidadosa hubiera

podido elegir, tomillo silvestre y lirios del valle,

aún más apacibles que el amor de Leda [11]

y berros de torrentera. Su añosa cabeza,

que ornaba una corona de hojas de haya, parecía

una cúspide de hiedra en los dientes del cano invierno [12].

Y después vino otro séquito de pastores

que a su debido tiempo alzaba en alta voz

su parte del canto, y detrás apareció una clamorosa multitud

que a las nubes sus voces levantaba, un carro

engalanado que rodaba suavemente como para embarazar

lo menos posible la libertad de los tres corceles tordos.

Y quien en él se erigía parecía entre las gentes afamado.

Había en él la juventud del todo escapado

y parecía un Ganimedes adentrado en edad madura [13]

y era su vestido, en aquellos tiempos inocentes,

el de un caudillo real[14]; colgaba

de su pecho medio desnudo un bugle de plata

y entre sus nervudas rodillas llevaba

un hiriente venablo. Había en su semblante una sonrisa,

parecía a los que le miraban cual si soñara

de ocio en las arboledas del Elíseo[15].

Pero algunos pudieron escandir sentidamente

un oculto pesar de su labio inferior fruncido

y ver que a menudo las bridas se deslizaban

por sus manos descuidadas, y entonces suspiraban

y pensaban en las hojas doradas, en el grito de los búhos,

en los leños solemnemente hacinados [16] 3 . ¡Bendito día!

¿Por qué nuestro joven Endimión desfallecía?

Permaneció la asamblea callada y dispuesta en círculo

en torno al altar; y cada mirada se trocó

en repentina veneración. Las mujeres impusieron

silencio a sus hijos con ternura, en tanto

las mejillas de las muchachas en flor palidecían

levemente con algo de miedo. Y también Endimión,

sin par en los bosques, estaba pálido y desvaído,

y con un rostro estupefacto entre sus hermanos

de caza montaraz. En medio de todos, el venerable

sacerdote miró venturosamente del mayor al menor,

a todos, y tras alzar sus ancianas manos, dijo:

«¡Hombres de Latmos! Pastores todos que cuidáis

de la guarda de mil rebaños; bajados de los riscos

que coronan vuestros montes; llegados de los valles

donde el caramillo no enmudece o de los llanos

dó la brisa apenas mece las campánulas azules

y la iniesta espinosa prodiga sus dorados renuevos;

vosotros, cuya preciosa carga pace

hasta la linde más extrema de la mar

y cuya melodiosa boquilla, con solitario son, tocan

los débiles ecos del viejo cuerno de Tritón[17];

madres y esposas que os afanáis cada día en preparar

el zurrón con lo preciso para la sierra ventosa

y vosotras, tiernas doncellas que criáis a los corderos

sin madre, y llenáis un tarro de miel

para el doncel escogido, ¡oídme todos!: debemos,

en verdad, ofrendar nuestros votos al gran dios Pan.

¿No están nuestras mugientes novillas más tersas

que los hongos que se crían en lo oscuro? ¿Y no están

nuestros llanos moteados por incontables vellones?

¿No dieron las lluvias un verdor nuevo al seno de abril?

Ya no impacienta ningún triste aullido

a nuestras ovejas amedrentadas y hemos gozado

de la magnificencia de nuestro dueño, Endimión.

La Tierra es dichosa; la alondra, feliz, ha dado

su trino temprano a la brisa de este cielo

que se extiende así de claro sobre este solemne ritual».

Y, así acabando, dispuso en el altar una guirnalda

de perfumes que encendió con fuego sacro; y luego

roció el espeso, absorbente césped de vino

en loor del dios de los pastores;

y, en tanto la tierra lo empapaba;

las hojas de laurel en la fragante pira crepitaban;

y el aromado incienso, brillante, centelleaba

bajo el ardiente perejil, y un difuso esplendor

ennegrecido se esparcía hacia oriente, el coro así cantó:

«¡Oh tú, el tejado de cuyo gran palacio se sustenta

en troncos hendidos y ampara con su sombra

eternos murmullos, tinieblas, el despuntar,

la vida y muerte de flores invisibles,

en inerte quietud; que gustas de ver

a las haimdríades [18] arreglar sus rizos despeinados

donde se encuentran los oscuros avellanos

y que largas horas te sientas a escuchar solemnemente

el monótono lamento de los melancólicos juncos

en parajes desiertos donde la densa humedad cría

los tallos más extraños de espigada cicuta

y evocas entonces la tristeza

de cuando perdiste a la hermosa Siringa[19],

ahora, por tu amada de frente blanca y pura,

por los temblorosos laberintos que ella recorre,

oh, Pan, escúchanos!

¡Oh tú, por cuyo plácido bienestar las tórtolas gorjean

con pasión sus arrullos entre mirtos

cuando por la tarde vas errando por los prados

soleados que bordean los flancos de tus musgosos reinos!

¡Oh tú, al que la higuera de ancha hoja desde ahora

predestina sus frutos maduros y la abeja,

ceñida de amarillo, sus panales dorados; los prados

de nuestras aldeas sus habas más floridas y trigo;

el pardillo que pía sus cinco crías aún no alumbradas,

para tu loa; las fresas trepadoras su frescor veraniego;

las crisálidas de mariposa sus alas moteadas, sí,

y todos sus primores la nueva estación que despunta;

ven ya, veloz, oh dios de los bosques,

por los vientos todos a que se inclinan los altos pinares [20]!

¡Tú, al que todos los sátiros y faunos vuelan prestos

a tu servicio, ya para sorprender a la libre

acurrucada cuando está adormecida, o sobrevolar

los abismos escarpados a salvar a los corderos indefensos

de las garras aguileñas; merced a algún hechizo misterioso

conducir a los pastores extraviados otra vez a su vereda;

o, jadeantes, recorrer el océano espumoso

y recoger las más hermosas conchas

para que tú las arrojes a las celdas de las náyades[21]

y, escondido, rías cuando de ellas asomen

y te complazcas en sus fantásticas piruetas

mientras se echan a la cabeza bellotas plateadas

o pardas pibas; por todos los ecos que te circundan,

sátiro rey, escúchanos!

Oh tú, que atiendes el sonido

clamoroso de las tijeras cuando vuelven a intervalos,

balando, los carneros al redil y soplas

el cuerno cuando acometen feroces jabalíes

de hocico prominente los campos de maíz tierno

y enfurecen al cazador; tú que alientas en torno

a nuestras granjas para disipar el mildiú

y los albures del clima, oficiante peregrino

de rumores inefables que en nuestras hundidas tierras desmayan

y se consumen tristemente en los páramos yermos,

guarda grave de las puertas invisibles que conducen

al saber universal[22] [23] , hijo de Dríope magnífico, ¡mira

cuántos acuden a ofrendar su sacrificio

con la frente de hojas coronada!

Sé aún

el refugio inimaginable a los pensares solitarios,

aquellos que distraerían una idea hasta la misma linde

de los cielos, para luego dejar muda la mente;

sé levadura que, fermentando en estos opacos,

compactos terrones, les, dé un toque que trascienda la tierra,

nueva vida; es símbolo de inmensidad,

firmamento que en el mar se refleja o elemento

entrambos intermedio, desconocido… Pero basta;

ocultando humildemente nuestras frentes con las manos levantadas,

prosternémonos y demos un potente grito que llegue

hasta los cielos. ¡Te imploro que acojas

nuestra devota plegaria[24] [25] desde lo alto de tu monte Liceo!

Y mientras finalizaban el cántico, alzó la multitud

un vocerío que en el aire se extinguió

como el muriente retumbo de un abrupto trueno

cuando innúmeros delfines de Jonia llegados

asoman de pronto sus cabezas en el mar; y, en tanto,

por los llanos umbríos y en delicado musgo empezaron

de repente a danzar corros de efebos ágilmente

al atiplado son de las flautas y al rasgueo

de las cuerdas. Flotaban, sí, aquellas leves formas vivas

en tonadas olvidadas, inmemoriales. ¡Deliciosas criaturas!

Los hijos de sus hijos dieron sus héroes a las Termopilas [26],

y no han muerto aún, sino que en mármoles antiguos

son por siempre bellos; padres eminentes que tomaron

sin darse cuenta los dulces frutos primeros del Tiempo;

que danzaron hasta agotarse, y, luego,

en plácidos corros, ablandaron la yerba del cerro

escuchando el último trozo de algún relato

insólito, capaz de trasladar su mente juvenil

de su corporal morada; que miraban a los lanzadores

de disco atentos al juego y deploraban

la triste muerte de Jacinto cuando el soplo cruel de Céfiro

le mató[27], del penitente Céfiro que, antes

de que Febo remonte el firmamento, acaricia la flor

con la lluvia que solloza [28]. Y también

los que al arco, en anchuroso llano, competían,

junto al plumoso zumbar de cuerdas, el silbido

grave de las flechas y el suave balanceo

de la rama rota que pende de la copa de un alto fresno, evocaban

pensamientos sin cuento para envolver

en ellos a los que miraban: acaso

las rodillas temblorosas y la boca espantada

de la solitaria Níobe[29], de la pobre Níobe

mientras morían sus hermosos hijos y posaba

su lengua acariciante, abandonada, en sus pálidos labios

y arañaba, en tan inmensa calamidad, sus mejillas de madre.

Como desvelados de estos tristes pensamientos

por una voz lejana, potente, que les llamara,

alzando al aire su recio arco,

muchos pudieron, seguidamente, evocar

visiones más claras: quizá a los Argonautas[30]

en ciego asombro, afanados, en las sendas veleidosas

de Neptuno[31] hasta que de un curvado extremo

del horizonte surgiera un dorado esplendor,

amplio y lejano, que esmaltara aquellos innúmeros labios

de la mar con metálico temblor: el pasmoso fulgor

del arco de Apolo enaltecido, una marca excelsa

en su lánguida aflicción. Así quienes fueron capaces

de contemplar altas visiones, pudieron

encaminar sus pasos hacia el severo rodel

donde estaba Endimión y el anciano sacerdote,

entre los viejos pastores, cuyas miradas

acrecían el ocaso de plata de su estrella mortal;

hablaban de los livianos obstáculos que nos separan

de nuestra celeste morada y de cuál era aquí nuestro deber:

despertar por la noche a Véspero [32],

hermoso penacho de la estación estival;

reunir todas las nubes más bajas para acostar

en púrpura al sol; emular

con sus ceremonias el poderoso designio del hado

merced a la prontitud de sus exhalaciones de ígnea cola[33],

teñir las pálidas mejillas, con color de flor,

al que busca dulce poesía a la luz de la luna

y, junto a éstos, un mundo de otros

no adivinados ministerios. Y luego,

platicaron sobre el Elíseo en divinos coloquios,

rivalizando en contar cada uno

su propia ventura por venir. Uno creía firmemente

que no podía perder su efímero amor

entre las hermosas ramas floridas donde cada suspiro

de la brisa frunce y engalana sus labios

con música de bienvenida. Otro ansiaba,

en medio de aquella eterna primavera, encontrar

a su rosado efebo, de alas plumosas, impetuoso

y de muy férvidos ojos, por unos valles de almendros [34];

que, de pronto, mecido por aquel manso viento,

ciñera sus sienes con las hojas más perfumadas

y fuera, por siempre, en aquellos parajes,

su mensajero, su pequeño Mercurio [35]. Otros anhelaban

ver otra vez a sus compañeros de caza

de tiempos pasados desplegados por el amplio llano,

y sentarse juntos y hablar de sus diversas suertes

a su paso por la tierra, comparando dichosamente

su abundante acopio de gozo con el tiempo

en que, de noche, en un páramo se arrebujaban

de frío y compartían sus parcas provisiones.

Así exponían todos sus amenas fantasías salvo aquel

cuyos párpados velaban sus gemas misteriosas,

Endimión; que hasta entonces se había esforzado

tantas veces en ocultar aquel veneno ponzoñoso como un chancro

que en sus borrosos recuerdos se había hendido.

Y en verdad que entonces sus sentidos desmayaban;

no atendía aquel súbito silencio;

aquellos leves murmullos; aquellos ojos ancianos

que anulaba la tristeza; aquel clamor ansioso

o aquel nervioso aferrarse de manos que temblaban;

el suspiro de las muchachas, que al mismo dolor hace fragante;

sino que, absorto, inmóvil, seguía arrobado

como si nunca hubiera pisado la tierra. Sí,

tan muerto e impasible como el hombre de mármol,

helado, del viejo cuento árabe[36]. ¿Quién susurra,

tan cerca y ansiosamente? Peona, su grácil hermana[37],

de todos sus amigos la más querida, que le hacía

signos de silencio y exhalaba una tristeza fraterna

para inducirle a que a ella se abandonara,

a que se cobijara en su amparo. Y disipó

su elocuencia aquel hechizo. Como algún

espíritu maternal de medianoche, le condujo,

en feliz mutación y por vivido, convincente sueño,

a lo largo de una senda entre dos riachuelos,

protegiendo su frente con su brazo delicado,

de las ramas más bajas; y sus lentos pasos

de tropezar con tocones y pequeñas prominencias,

hasta que llegaron adonde daban tales arroyuelos,

con mezclado gorgoteo y corriente suave: a un río

límpido, caudaloso y generoso al reflejar

su cristal los árboles y el cielo. Allí flotaba

un pequeño esquife con la proa orientada

a la orlada orilla, que entonces se hundió suavemente

para de nuevo emerger y con el peso de los dos jóvenes

hundirse otra vez. Peona la llevaba por las aguas

en dirección a una isla frondosa que había enfrente

y cuando, en seguida, llegaron a ella, le condujo

dulcemente a una sombría, fresca y rizada cala

donde había una enramada entretejida

por la caricia silenciosa de innúmeros estíos

y a cuya fresca umbría solía llevar ella a sus compañeras,

con sus agujas y bordados y el recuerdo de las trovas

de los bardos ya pasados.

Se alegró ella, pues,

de verle en la plácida sombra de su rincón predilecto,

en su propia yacija, recién hecha, de flores

secadas con cuidado en el lado más fresco de las gavillas

cuando agitaba el postrer sol sus trenzas otoñales

y los campesinos atezados recogían copiosas brazadas;

y, después, sumióse en un reposo somnoliento

pero, antes de que éste le poseyera, llevó a sus labios

la mano inquieta de Peona y, ya dormido, tomó

tiernamente la punta de sus dedos: y como un sauce

mantiene su paciente mirada en la corriente sinuosa

que bajo él discurre, así la plácida muchacha,

en paz, la tenía — y los tallos de yerba murmuraban;

y se oía el silbido de los mosquitos, el zumbido

de las abejas en las campánulas azules

o el rumor de un abadejo entre hojas secas

y breves ramas.

¡Oh mágico sueño! ¡Pájaro

acogedor que amparas los mares turbulentos del espíritu[38]

hasta que amainan y se alisan, ligazón ilimitada

y oprimida libertad! Magna llave

de los palacios de oro y de las trovas extrañas,

de los manantiales fantásticos, de los árboles

renovados y de las cuevas centelleantes,

de las grutas resonantes llenas de ecos que retumban

y de la luz de la luna. ¡Sí, de todo un mundo

intrincado, de argentado encantamiento! ¿Quién,

protegido por tus alas sosegadas no renace

en tres horas y vuelve a la vida? Así en la enramada

volvió la calma a Endimión y, de nuevo, con ella, la vida.

Abrió sus párpados y dijo, con ánimo más tranquilo:

«Me llega al alma este tu amor tan entrañable;

eres como una paloma que tiembla, con los ojos cerrados

y alas tersas, junto a mí. El rocío de aljófar no trae

tales aromas mañaneras a los campos de mayo

como esas brillantes gotas que al parpadear trasladan

tus hermosos ojos, morada verdadera, residencia

del amor fraternal. ¿Qué puedo, dime, querer

más próximo al cielo sino tus lágrimas? Pero enjúgalas,

disipa todos tus temores de que pase en adelante

mis días triste y solo. No, que una vez más

levantaré mi voz hasta la cima de los montes;

haré otra vez que mi trompa

de sus canas frentes resuene;

otra vez mi jauría de sabuesos sacará la lengua

en torno al jadeante jabalí; podaré otra vez

el crecido, hermoso tejo para hacer

con él un buen arco; y cuando se ponga el sol

placentero, de nuevo me quedaré

en la ladera de algún prado a escuchar

el canto de los tordos moteados y ver

cómo pastan nuestras ociosas ovejas.

Anímate, querida, pues; y sí tienes aquí el laúd,

regala con él mi alma suavemente,

para que siga su camino prefijado».

Y entonces Peona

recluyó en su fuente de plata sus lágrimas puras

y, dando una alegre exclamación, tomó un laúd

y lo pulsó y de él arrancó un vivaz preludio que dispuso

el tono que había su voz de recorrer, una canción

de cadencia más suave y rústica o pastoril

que el solitario arrullo de Dríope a su niño,

rara y melancólica cual otra ninguna

que por el aire haya bogado. Algún extraño genio del espíritu

inspiraba sin duda la mano de la muchacha, pues,

con délfico vigor[39], pulsaba las invisibles cuerdas

prestamente, pese a ver desvanecerse el ánimo

de Endimión, disiparse ante su honda embriaguez.

Mas de pronto, con brusca irrupción, volvió en sí,

arrimó a un lado el laúd y, vehemente, dijo: «Hermano,

es vano que ocultes lo que sabes

de las cosas misteriosas, de las cosas inmortales

y estelares, ya que tan sólo ellas han podido

angustiar tu ánimo así. ¿Acaso ofendiste en algo

a las potencias del cielo? ¿Cazaste una páfica

paloma mensajera[40]? ¿Tendiste tu arco funesto

contra algún hato de ciervos consagrados a Diana?

¿O viste quizá sus miembros desnudos

entre los verdes alisos, lo que, ¡ay!, es la muerte? ¡No,

que adivino en tu mirada algún misterio aún más excelso!».

Endimión la miró y la tomó de la mano. «Y ahora,

¿estás pálida tú, que fuiste tan gentil y animosa

en nuestros prados? ¿cómo es esto? Cuéntame tus pesares,

dime todo lo que te aflige. ¡Ah, te ha entristecido

la mudanza repentina que en mí ha habido! En verdad,

¿qué puede haber más raro? ¿o qué más cabal

para vencer tal conjetura? La ambición no es perezosa

ni tiene el premio que años de fatiga pudieran

poner a mi alcance, por lo que tanto he suspirado,

con tan lánguidas ansias como nadie

por amor mortal alguno. Y por ello

mi dolor más amargo todos han puesto por encima

de estos hechos, y han sido certeros.

Yo, que en cuanto veía el sol asomar por el horizonte

y apoyar sus anchos hombros sobre el filo del planeta

encarándose a Lucifer [41] ya había erguido mi lanza en alto

como señal para la caza y que cabalgaba por puro placer

mi árabe corcel; que abatía a los buitres

de sus altos asentamientos y me enfrentaba

a un rugiente león, al que obligaba a darse a la fuga;

¡cómo he perdido, de golpe, todo mi ardor,

de penas grávido, y con él, así, me he arruinado!

Pero voy a aliviar aquí mi corazón de su angustia

secreta, en esta fronda escondida.

Este arroyo no ve el cielo desnudo hasta que no empieza

a esparcir su plata en torno al lado

de poniente del bosque, desde donde, en cierto paraje,

parece, de lejos, su corriente sinuosa una luna creciente.

Y en ese escondite, primor de junio en verdad,

solía pasar yo mis trabajosas tardes con razón,

pues el sol ocioso allí levanta

una muy amable estampa de soberano poder, y podía

verlo yo siempre en su momento más solemne,

cuando empuña en alto sus riendas doradas

y, al paso, guía, bajando planicies de ámbar,

pausadamente, sus cuatro piafantes corceles[42].

Ycuando alumbra su carro con sus rayos

los dominios del león zodiacal, florece allí

un lecho de ensueño, de díctamo sagrado

y de rojas amapolas [43], ante el que me admiré

sobremanera, pues bien sabía que había forjado

para una noche sólo esta florida maravilla,

y, sentándome a su vera, empecé a meditar

sobre su significado. Y pensé: “quizá Morfeo

batiera por aquí sus alas de búho al pasar, o, antes,

quizá, de que la madre Noche alzara su urna de ébano,

el joven Mercurio sumergió, arteramente, en él, su caduceo[44].

Tan rica guirnalda no pudo brotar de común parto”.

Y así seguí cavilando hasta que la mente se me fue,

desvanecida. Y corrióse entonces por las danzarinas amapolas

una brisa, con el más tierno arrullo para mi alma,

que formó imágenes de alas ante mi vista,

de colores y chispas de luz centelleante que fueron

nublándose poco a poco y enrareciendo para abismarse luego,

nadando, en torbellino; y, entonces, caí dormido.

¿Ah, podré contarte el encantamiento que siguió?

Mas no fue sino un sueño, un sueño tal

como el que lengua alguna, aunque en dulces acentos pródiga,

cual manantial de caverna, podría expresar

ni traerme a la mente cuanto vi entonces y sentí.

Creí estar, mirando el cénit, donde la Vía Láctea

se esparce, entre estrellas, con virginal esplendor,

y lo recorrí con la vista, hasta que las puertas

del cielo parecieron abrirse ante mi vuelo, y me inquieté,

y temí caer de tan alto ascenso por una mirada

que hacia abajo diera; así que seguí inmóvil,

por el aire, en aquel trance, y extendí

anchurosamente imaginarias alas. Mas, de pronto,

empezaron a resbalar estrellas y a apagarse

ante mis ojos encendidos. Y entonces suspiré

porque no podía seguirlas y bajé mi vista

hasta el confín del horizonte, y, ¡mira! por hendidura

de nubes vi emerger la más hermosa luna,

que hubiera podido siempre platear

conchas para la copa de Neptuno. Alzóse tan vivamente

encendida, que mi alma, alucinada, con sus esferas

argentadas confundida[45], giró con ellas

por el cielo despejado y las nubes, hasta que al fin

llegó a un pabellón de vapores, oscuro, en que —pensé—

el cortejo de los planetas, ojos sin párpado, de nuevo

entraba en el azul. Para unirme a tales astros dirigí

otra vez hacia arriba la mirada, pero estaba

del todo deslumbrado por algo luminoso que fluía,

velozmente, desde abajo, y que con presteza ojos y rostro

me velaba. Y miré de nuevo y, ¡oh deidades del Olimpo

que guardáis nuestros destinos! ¿De dónde

surgió aquella forma perfecta por todas las perfecciones,

de dónde aquella excelencia consumada

de todas las delicias? ¡Habla, tosca tierra, y dime

dónde, oh dónde tienes tú un símbolo

de sus cabellos dorados! Ni gavillas de avena

que al sol crepuscular se inclinan… ¡Trae

tu suave mano, encantadora hermana! ¡Y déjame

que aparte tal delirio ante ti! Y en verdad

que sus bucles eran como para hacerme enloquecer,

sencillamente anudados en trenzas[46], dejaban,

en su grácil desnudez, al descubierto

sus orejas redondas como perlas y su blanco cuello,

su rotunda frente, y todo ello estaba confundido,

no sé cómo, con tal paraíso de labios y de ojos,

de rubor de mejillas, tenues sonrisas y débiles suspiros,

que, si los traigo a la mente, mi espíritu

allí se queda y con su fantasía juega hasta que agujas

de humana proximidad lo emponzoñan todo.

¿A qué poder temible invocaré? ¿A qué templo eminente?

Ah, mira sus pies airosos, más suaves y azulvenados,

más tiernos y blancos que los de Venus, de la mar nacida,

al erguirse en su cuna de concha[47]: ráfagas de viento

convierten su manto en alada tienda; es azul

y un millón de ojos diminutos la engalanan

como si fueras a esparcir sobre el más sombrío, fresco prado

de campánulas azules, margaritas a puñados».

«¡Endimión, qué extraño! ¡Un sueño dentro de un sueño!»

«Emprendió entonces aérea senda y me miró

como una mortal doncella, y, sonrojándose, menguando,

decidida y temerosa, estrechó mi mano

y, ¡ah, fue demasiado!, creí

desvanecerme ante su magia al tocarla

mas no perdí el sentido, así el que se sumerge tres brazas

en un mar cuyas aguas fluyen, rumorosas,

por arbustos de coral; pues de nuevo me sentí

remontado a aquella región en que las estrellas errantes

disponen su artillería y las águilas contienden

con el áspero cierzo que empuja la pesada masa pétrea

de un meteoro; y tampoco me sentí solitario ni espantado,

sino acunado, mecido por veredas de cielo peligroso.

Y, al parecer, luego, dejamos de errar por las alturas

y bajamos en dirección a unos torbellinos terribles,

como aunados donde el gris tiempo hubiera excavado

vastos antros y cavernas, en la falda de una montaña.

Y unos hondos retumbos allí oí y suspiré otra vez,

desfalleciendo, al ser espectador de mi celeste ventura,

y fui transportado. Besé locamente los brazos

seductores que me ceñían y mis ojos di a la muerte,

mas fue para vivir; para beber a sorbos la vida

en la fuente de oro del éxtasis amable y apasionado

y contar y contar los instantes

en virtud de algún ávido auxilio que me pareciera

a mí mismo semejante, que pudiera redimir a todos

y despojarlos de su carga de felicidad. ¡Ah, desesperado

mortal! Aún osé posar en sus mejillas

mis labios coronados[48] y en aquel momento sentí

mi cuerpo hundirse en un más cálido aire

y pisaron luego nuestros pies suave unas flores

y hubo acopio de renovados goces en aquel monte.

A veces un perfume de violetas y limeros floridos

a nuestro alrededor se prodigaba, y de las melifluas celdas,

con tanta delicadeza consumadas, de las blancas campanillas;

y, de pronto, en el borde de nuestro cobijo,

asomó un pícaro rostro; adiviné a una oréade [49].

¿Por qué soñé que el sueño me vencía,

en medio de todo este portento? ¿Por qué

no ver a lo lejos las sombras de sus alas

oscurecerse y ahuyentarlas de mí? Pero no,

que como centella que ha de morir, siquiera

su minúsculo relumbre se refleja en un diamante, mi dulce sueño

en la nada se sumió, en un necio sueño. Y así estuve,

hasta que un liviano roce, un prudente rumor alcanzó

mis vacantes oídos, y de pronto desperté; ¡ah, mis lágrimas,

suspiros; mis puños apretados! ¡Pero si en sus tallos

las amapolas, cubiertas de rocío, pendían;

el mirlo entonaba su triste cantar; el día, desabrido,

había alejado al Héspero heraldo con su gélida mirada;

la brisa solitaria clamaba y dormía y atormentaba

su hosco ser con su descaminada melancolía! y pensé,

—oh Peona, escúchame— que antes me había traído

frecuentes, lánguidas despedidas y adioses

penetrados de suspiros, y fuime de allí. Todos

los colores placenteros del cielo y de la tierra,

se habían disipado: las sombras más profundas eran ahora

foscos calabozos; en los brezos y en las sendas soleadas

había una luz insalubre, y nuestros arroyos impolutos

parecían hollados, moteados de agallas vueltas arriba

de peces moribundos; la rosa bermellona se había trocado

en horrible escarlata; y sus espinos, crecido

como áloe punzante; y si un pájaro inocente,

ante mis pasos distraídos, de mí se apartaba,

a breves voladas, yo en él adivinaba

a un diablo mentido con la misión

de enlazar mi espíritu con la oscuridad subterránea;

de guiar mis pasos trompicados hacia algún precipicio de espanto.

Seguí, empero, con decisión; maldije mi desengaño.

El Tiempo, esa anciana nodriza, me serenó

con sus arrullos; y, ahora, gracias al propicio cielo,

estos recuerdos, con todos sus consuelos,

me son dados cuando estoy más deprimido, y contigo,

dulce hermana, me ayudan a afrontar

el mar proceloso de la vida abrumadora»,

él dijo;

y los dos callaron ya que Peona

se resistía a responder. Bien sabía que cualquier

palabra que dijera se extinguiría

del todo sin ser oída, vana

como golpes de espada contra el acosado cocodrilo

o bandadas de langostas contra el sol. Ella se asombra

y llora, se esfuerza por hallar alguna culpa

que imputar a tal mirada, como diciendo: «Qué vergüenza

esa flaqueza», pero, por toda contienda,

antes hubiera segado la vida de una paloma enferma.

Y, por fin, para quebrar aquella pausa, con voz

insegura dijo: «¿Es éste el motivo? ¿Eso es todo?

Ya es, ¡ay!, triste y extraño

que el que debiera cruzar este reino intermedio [50]

como un pasajero semidiós y dejar

su nombre en el arpa acordado, carezca

de mejor bardo que una simple doncella que cante

en solitario y asustada cómo la sangre

se retiró de sus jóvenes mejillas,

y anduvo extraviado, sin saber por dónde,

y cómo “no” respondía si alguien le preguntaba

si era el amor —y sí lo era, pues ¿qué hubiera

podido ser si no?—, que cual paloma torcaz

dejó caer una ramita de tejo en su camino;

y cómo languideció; y, también, que el amor

echa a perder la dulzura del corazón

así el cierzo abate las rosas; y acaba la balada de su vida

entristecida con ayes y suspiros, Endimión,

¡cuando mejor estar debieras en la boca de las trompetas,

a tu guisa, para que todos saberte pudieran!

Aunque, antes de que oscurezca el cielo

cristalino, contemple enamorada los lagos de plata

en que las nubes del ocaso se reflejan y parecen

peñascos de oro y claras arenas doradas, islas,

pequeñas cuevas y avenidas de ámbar recamadas

donde zapatean los caballos, palacios y torres de amatista,

¿de tal suerte atormentaré mis días dichosos

por no llegar a regiones tales? La fuente de Morfeo,

que de este material tan delicado de visiones,

ensueños y raptos volubles de sueño está hecho [51], fluye

por sus cauces aéreos con tal sutil, con tan leve aliento,

que ni la lanzadera de la araña, un millón de veces

dando vueltas en el ámbito de un nido

de golondrinas, podría retener un matiz, una huella

de su esencia… Porque ¡cuán livianos los sueños

han de ser, ya que son aún más livianos

que la simple nada que los engendra! ¿Por qué, pues,

manchar la gema encomendada de una noble y alta vida

con tan mórbidos pensamientos? ¿Por qué herir

en lo más hondo el honor más eminente por nada

más que un sueño?». Entonces el doncel alzó la vista.

La vergüenza y la piedad reflejaban en su frente

surcada su combate, mientras entornaba sus párpados apenas,

como cuando Céfiro reclama una suave brisa

para escurrirse entre abanicos de mariposas descuidadas.

En medio de tales dolores, pareció degustar una gota

de rocío o maná muy deleitoso; y el color

volvió a sus mejillas cuando dijo así:

«Peona,

nunca he ansiado saciar mi sed con lisonjas mundanas;

nada rastrero, ni un simple fantasma somnoliento

podría desatar el firme velamen para mi viaje dispuesto,

por más que ahora esté hecho jirones, dejando

mi barca sin guía y tristemente desgobernada;

que es mi alta esperanza en exceso vasta,

así la extensa curva del arco iris, para no ser incólume

a miríadas de desgracias terrenales.

¿Dónde está la felicidad? En cuanto conduce

nuestras dóciles mentes a una unión divina, a una unión

esencial con la belleza, hasta resplandecer,

por completo trasmudados, del espacio liberados.

¡Contempla

la religión pura del cielo! Envuelve

con un pétalo de rosa la yema afilada de tus dedos

y calma tus labios… ¡Silencio! Que si la fuerza del aire

de un melodioso beso satura los vientos sueltos,

y con un grácil toque desata una magia eolia

de sus lúcidas entrañas[52], despiertan viejos cantos

de sus sombrías tumbas; viejas cantilenas susurran

sobre la tumba de sus padres; fantasmas

de augurios musicales pululan

en torno a los lugares que hollaron los pies de Apolo;

los broncíneos clarines despiertan y suenan

con languidez donde hubo antaño una guerra descomunal [53];

y del césped emana un arrullo

por doquier que, infante, Orfeo, durmió [54].

¿Percibimos nosotros tales cosas? Habríamos alcanzado,

si así fuera, en tal momento, una suerte de unidad,

y nuestro estado sería[55] el de un espíritu volátil.

Pero hay nudos más inextricables, ligazón

mucho más autodestructora y paulatinamente más próxima

a la mayor intensidad: su corona, de amor

y de amistad está forjada, y se asienta en alto

de la frente de la humanidad. Su valor

más seguro y preciado es la amistad, de que dimana

un esplendor duradero; mas de su más alta cima pende

—de película invisible suspendida— una gota

esférica de luz, que es el amor. Y su influencia,

a nuestros ojos proyectada, genera un nuevo sentido,

que agita y conmueve; hasta que, al fin,

confundiéndonos con su irradiación, en él nos disolvemos

y de él, aunados, participamos. Y con nada más pueden

nuestras almas enlazarse así de velozmente.

Cuando con ello nos combinamos, se alimenta

la vida de su propia sustancia y somos

como cría de pelícano nutridos. Sí, tan delicioso es

el alimento que no sacia que los hombres,

que pudieron sobrevolar la vanguardia del mundo entero,

congregado, para abanicar y aventar,

del paso que se acerca del tiempo, todo tilde de costumbre,

limpiar todo rastro de los hombres babosa

y de la humana embustería, se han contentado

con dejar pasar la ocasión, en tanto

en elíseo de amor se adormecían. Y, en verdad,

antes preferiría de repente enmudecer que hablar

contra esta ardiente dejadez,

porque siempre he creído que ésta puede

mejorar el mundo con sus beneficios, ocultamente,

así el ruiseñor que, en su alta atalaya, cubierto

entre el fresco y frondoso follaje, canta sólo a su amor

y no distingue cómo la noche sigilosa sostiene

atrás su caperuza gris oscura. Así el amor,

aunque lo creyamos simple combinación

de alientos apasionados, puede darnos más

de cuanto advera nuestra mirada vigilante; qué,

yo no sé. Pero ¿quién de entre los hombres osará

pronosticar que las flores florecerán; que la fruta verde

madurará y se hará pulpa; que de los peces

brillarán las escamas y que tendrá la tierra su dote

de ríos, bosques y valles; los prados sus arroyos;

los arroyos sus cantos rodados; cosecha las semillas,

melodías el laúd; su hechizo las melodías

y el hechizo su dulzura, si las almas de los hombres

no se acariciaran ni abrazaran? Pero si este amor terrenal

tiene el poder de convertir el ser del hombre mortal

en inmortal; de ahuyentar de sus recuerdos la ambición

y de colmar la medida de su dicha, ¡qué puro dislate

parece todo ese flaco esfuerzo por la fama

a quien mantiene su firme resolución de ganar

un amor, una amante inmortal! No te turbes,

que son ciertas tales cosas y no pudieron nacer nunca

de las polillas que pululan por nuestros sueños

cual insectos de la mente

que a nuestra fantasía enferman. No, no, que mi espíritu

inquieto, no podría en modo alguno soportar

tanto tiempo cavilación de delicia tal

si, aunque espantado, no lo hiciera

en vista de una esperanza más allá la sombra de un sueño.

Menos confuso te parecerá lo que te digo

cuando te haya contado cómo mis ojos despiertos

me hicieron dudar de si había o no pasado en sueños

aquella noche. ¡Escucha, dulce Peona!

Tras el templo de Latona madre[56] que ahora veríamos

si no fuera por las sombras que proyectan esas ramas,

hay una profunda garganta, en cuyas cejas hirsutas

árboles y arbustos se intrincan, inclinados,

y tanto se aproximan que con sus alas extendidas

y la cola desplegada no podría un buitre volando

por ellas deslizarse sin tocar a entrambos lados.

Conducen a esta gélida celda unos peldaños desgastados,

y el enlodado brocal de un pozo, el nivel de cuyas aguas

pacientes apunta hacia el cielo su ojo cristalino

por entre las matas, a lo alto.

A menudo te traje flores,

erectas en sus tallos como prímulas vestales,

de oscuro terciopelo bordeadas y el fondo dorado:

las cogí de allí, de las brechas y hendiduras

del musgoso peñasco en que a veces me sentaba

cuando, en lo alto, todo, al calor del mediodía, desmayaba.

Yo, que allí pugnaba por no tener ardientes pensamientos,

soplaba al aire pompas de agua con una caña,

y, devuelto de nuevo a la niñez, hacía barcos

con plumas mudadas, y yesca y brozas de aliso y hojas

en ellos adheridas — y era el Neptuno de su minúsculo océano.

Y, aún más a menudo, hastiado, cuando horas

de amor perdido me dejaban más adulto que antes, me sentaba

a contemplar la inquieta imagen

de las nubes que arriba volaban y en su espejo se confundían.

Y, cierto día, en tanto yo las miraba, pasó volando,

con su arco y aljaba, un etéreo Cupido[57], tan claramente dibujado

que brisa alguna hubiera podido desmembrar la feliz visión;

y tan feliz, que me apresté a seguirla al llano abierto;

y ya me iba cuando ¡mira qué prodigio! el más bello

que nunca te haya contado… Vi, risueña,

en el sereno pozo la misma faz radiante que había

en sueños degustado. Y en la fría sima se interpuso

mi corazón asustado. Y aquel rostro se movió cual si fuera

a emprender vuelo, y, de repente, me levanté, cuando

¡oh!, llegaron a mi cara, refrescantes, un copioso aguacero

de rocío y brotes rociados y hojas, y flores,

que todo lo cubrieron, ante mi velada mirada,

anegando mi espíritu en un deleite nuevo. Sí,

aquella dulce sensación de pura dicha me pasmó,

me aseguró de un terrible abismo de muerte: pues aquel hermoso rostro

se fue otra vez. A menudo nos visita el placer,

mas el dolor se aferra cruelmente a nosotros

como el roedor perezoso en tiernas ancas de ciervo[58];

y persiste, mortifica y le aleja el placer moroso,

que retorna. ¡Cuán fosco y doliente el temible hastío

de los días vacantes, más intensamente exquisitos

por el previo conocimiento de una noche de insomnio!

Así la tristeza me advino, más penosa que cuando paseaba

por colina de amapolas; y una edad entera de momentos

demorados reptaba lentamente

hasta que otros placeres de una vez no barrieran

aquella lívida, mortal melancolía. Sí,

que si por tres veces he visto este encantador embeleso,

cada vez, después, me ha torturado el despertar a la vida.

Cuando, al fin, los vientos invernales se rindieron

al sol primaveral que avasalla y dejaron

templados los cielos, serenos, pero aún

con los ojos húmedos de piedad por los capullos niños ultrajados,

adornaste entonces con botones de ámbar mi toca cazadora,

porque yo reía y sonreía, y contigo departía; y tú desterraste

muchas veces de mi pecho todo tormento. Y fue entonces,

azarosamente errante, aunque en cárcel de penas encerrado

y sin ayuda que, arrojando mi lanza por doquier

y siguiéndola en su curso, vi al fin, cierto día,

cómo chocaba, por entre unos arbolillos, y, espumeando,

se clavaba entre las guijas de un cauce, en mitad

de una corriente, cuyo curso plateado, al bajar, se deshacía

en veinte pequeñas cascadas, por entre zarzas y juncales;

que me condujo a una caverna en que, brillante, corría

y de blanco lavaba la parte más baja de las piedras musgosas

y de las rocas, entre las que musitaba dulces adioses

para simular, al partir, tierno dolor. Encima, pendía

una fresca cortina de curvas yerbas, densa y larga

cual si impidiera morada de ninfa. «¡Ah, impío mortal!

¿Adonde vas? —dije en voz baja— ¡Ah! ¿Adónde? Ésta es la gruta

de Proserpina, donde el oscuro y ardiente Infierno

renuncia a su poder y humedece

sus tiernas manos en frías, impregnada arenas[59];

o la celda de Eco, donde reposa y por el silencio silabea

hasta que su ingenio en tierno delirio se troca

y sucumbe al sueño luego con diversas tonadas

moribundas, de tristeza [60]. ¡Oh, si quisiera acoger mis votos

y, exhalándolos cual suspiro, entre el ramaje, los llevara

a los suaves oídos de su hermosa cabeza, por la que arranco

mansas florecillas de su lecho cada día, moribundas,

y las enlazo! ¡Si enviara sus dulcísimos susurros

en torno a cada hoja para que cada suave murmullo

suspirase allí mi amor a su misericordia! ¡Eco benigna,

escucha y cántale esta canción! Dile…» Y aquí detuve

mi lengua insensata y, con cierto temor, púseme a escuchar,

estupefacto ante mi propia, vacua locura, ruborizado

por los caprichos de la melancolía. Amargas lágrimas

ya me brotaban cuando, con la mayor afección, mi nombre

oí pronunciar, y estos acentos a mí llegaron: «Endimión,

esta cueva es más secreta que la isla de Delos [61].

Aquí Eco no exhalará otros suspiros que los cálidos suspiros

de los besos o el leve roce de tus manos

que me peinan al acariciar, ágiles, mis cabellos de laberinto,

trémulas, y, temeroso, corrí a su interior. ¿Adonde,

fueron, ah, aquellos instantes fugaces? ¿Adónde volaron?

Ya no sonreiré más, Peona; ni a la tristeza me uniré

en su camino hacia la muerte, más pacientemente

me resistiré a ella: así que, adiós, triste suspiro,

y ven tú, en su lugar, meditar grave, a ocuparme por entero

y a disponer mi incierta ruta por las lindes

crepusculares del mundo. Nunca más

volveré a enumerar los eslabones del dolor encadenados

ni me esforzaré ya más por dar con alguna suerte de olvido

en el viento montañero que brama en mis oídos. Sí, que tú,

mi más querida hermana, has de ver

qué será de mi vida, qué plácido cerco de horas

mis días han de hacer. Hay una pálida llama de esperanza

que danza por doquiera que yo mire, pero, aún así,

yo diré que no es nada; la dejaré morir. ¿No tengo ya

un talante más risueño? Pero está el sol declinando;

quizá encontremos a algún vecino nuestro con mi carro»,

dijo, y se levantó, sonriendo levemente, como estrella

entre nieblas otoñales, y de Peona tomó la mano;

embarcaron en el bote y se alejaron de la orilla.