Endymion
Libro IV
¡Musa de mi tierra natal! ¡La más sublime Musa!
¡Primogénita en los montes, por los colores del cielo,
en los aires del espíritu engendrada!
Tú estuviste largo tiempo en norteña gruta
mientras aún nuestra Inglaterra era guarida de lobos.
Antes de que nuestros bosques oyeran el habla humana,
antes de que el primero de los druidas fuera un chiquillo [160],
tú ya hacía tiempo que estabas en medio
de nuestras selváticas regiones, arrobada
en profunda, profética soledad. Llegó a allí una voz
alboreante solemnemente modulada, y tú seguiste igual,
paciente. Cantaron entonces las Nueve, corona de Apolo [161],
y tanto hiciste tú divina tal bien nacida gloria patria
que ellas en vano gritaron: «¡Ven acá,
isleña hermana!». Claro hablaba la hermosa Ausonia[162];
y una vez más profirió unos llamados más altos…
Y todavía recurriste a tus esperanzas natales.
¡Oh, has logrado un perfecto cumplimiento! Hecho está
lo que, si no, hubieran erigido estos nuestros, postreros días,
en unas estériles almas. Magna Musa, tú conoces qué presidio
de carne y trabas de huesos, qué constricciones agobian
las alas de nuestro espíritu. En nuestras almohadas se cierne
la desesperanza, y el frescor matutino de mañana
parece expandir con verdadero desdén su luz
por nuestras rastreras, oscuras, lentísimas vidas.
Dije muchas veces: «¡Cuán feliz aquel que a ti se confiesa!»[163]
Pero entonces pensaba en los poetas ya pasados y no podía
orar… y ahora tampoco puedo. Así que voy a seguir
hasta el fin con el corazón humillado.
«¡Ah, pobre de mí,
pues tuve que partir encariñada de mi querida tierra natal!
¡Ah, insensata muchacha! ¡Gozosa fue la hora en que, contigo,
me despedí mil veces del Ganges y de sus amenas campiñas!
Para quien está tan desvalido, el claro arroyuelo emana
una amarga frescura y la uva madura es amarga.
¡Si pudiera tener, oh grandes dioses, tan sólo una breve hora
de aire natal… Dejadme morir solo en mi tierra!»
Y Endimión, a la cúpula del aire del cielo, a lo alto,
estaba haciendo hecatómbicas ofrendas al llegarle
estas palabras. Su cabeza inclina, acto seguido,
por entre un verde, espinoso matorral enmarañado
y se encamina hacia la voz, ansioso cual cierva
hacia su cervato escondido.
«¿No hay aquí nadie para auxiliarme? ¿Ningún plácido albor
de vida, voz benigna ni dulce palabra que haga
solazar mi espíritu cargado, entristecido? ¿Ninguna mano
que con la mía juguetee? ¿Ni labios tan dulces
que yo adorar pueda? ¿No hay párpados idóneos
para que en mi corazón, como centellas, parpadeen?
¿Nadie va a desfallecer ante mí hasta que, de estos ojos
subyugadores, mi liberación no resplandezca?
Estoy triste y perdida.
Mejor, cario señor, te hubiera sido que hubieras sido lanzado
a un remolino. ¡Desvanécete en el aire, esforzado montañero!
Porque, ¿vas ni siquiera a soportar un suspiro
de mujer en solitario y desgraciada? ¡No veas sus encantos!
¿Está impasible Febe? Es Febe mucho más bella[164]…
¡Oh, no mires más! ¡Aunque vayas a contemplar todo tesoro
de belleza, contempla su jadeo por la yerba del bosque!
¿No sobrepujan en ternura estos rizos de lustroso azabache
los brazos con tanta indolencia entre ellos sepultados?
¿No sientes un dolor que te es familiar, al ver
ojos tan amables, en vertiginoso pos de alguna ardiente delicia
que parece una paloma posada en la celda sombría
de los párpados de arriba? ¡Silencio!
¡Oh, por el caduceo
de Hermes, trocar esta flor en humana figura!
¡Aquel jacinto selvoso podría escapar de su verde prisión
y, arrodillándose aquí, llamarme su reina, corona bella
de su segunda vida! ¡Ah, y yo, cuánto podría amar!
Mi alma desfallece por el infeliz muchacho. ¡Amor!
¡Tan lánguido afecto he sentido, una sumisión tan apacible
a cuanto mis propios pensamientos habían demasiado enternecido,
que no sin lágrimas mi vida ha desaparecido! Vosotros,
sordos e insensibles instantes del día y vosotros,
viejos bosques, tenedlo por seguro: no hay relampagueo,
no hay auténtico rocío más que en los ojos del amor.
No hay, aunque melodioso, son alguno que aunar pueda
cielos y tierra en muerte tal, sino la voz del amor
ni hálito que se confunda felizmente con el aire de los prados
sin que haya a su alrededor alentado ni robado
de su corazón una porción de pasión».
Se apoyó en una rama,
abrumado. Sin duda entonces no podía anhelar otro amor.
¡Oh impío, que aún sea capaz de soñar en cosa tal!
Pensó: «¿Por qué no soy como los muertos?
Ya que a un dolor como éste he sido guiado
por toda la fosca tierra y el mar asombroso…
¡Oh Diosa, y no por ello te amo menos! Por la sonrisa de Juno
que de ti no me separo… oh no, no, ¡mientras fluyan
o refluyan las grandes aguas, yo tengo un alma tríplice[165]!
Oh designio querido… Por ambas mi amor es tan inmenso,
por ambas, que siento por ellas partido en dos mi corazón».
Y así él se lamentaba, como por la belleza herido.
Palpitaba velozmente el corazón de aquella dama,
y él pudo ver cómo su pecho gentil, al agitarse, se ondulaba.
Salió de su verde espesura. Allí está ella postrada,
aromada cual rosa de almizcle sobre heno recién secado,
con todos sus miembros en temblor, abriendo los ojos
dulcemente a la vida. Intenta él hablar. «¡Hermosa doncella,
apiádate de mí! ¡Perdona que haya así violado tu abrigado santuario!
Oh, perdóname, me invade el dolor…, el dolor
que verte me inspira, joven ángel, bellísima ladrona
que me has robado las alas que me enderezaban
a las alturas del cielo. Querida muchacha,
pues eres tú mi verdugo y yo siento amor y odio,
infortunio y contento, en parcas, breves horas,
nada has de ser para mí, y toda mi historia, que tantos
vehementes sentimientos me ha aniquilado, sonríe,
al atardecer de mis días. Y ya que mi mente torturada
comienza a desvariar, sé tú quien me cuide y déjame
comprender cómo al morir voy a besar aquella mano blanca,
delicada. ¿Y lloras por mí? Entonces, debiera estar contento.
Continuad, oh parcas, mirando severamente hasta que el firmamento
al Erebo oscurezca[166] y la tierra, por completo hueca
de cavernas, en sí misma se haga añicos. Por el cinto
de nubes de Júpiter, aquellas lágrimas me han hecho anhelar
ser entregado al olvido». Como si hubiera estallado su corazón,
sollozó un momento la muchacha y, luego, repuso:
«¿Por qué desastre tal como el que has dicho ha de ocurrir?
¿No están estos verdos confines vacuos de todo infortunio?
¿Profieren estos arroyos unas voces monstruosas?
¿Susurran, allá, sus consejas aquellos tordos, que adiestran
a sus crías medio emplumadas a revolotear por el bosque que humedece
el rocío? No hables de dolor, joven forastero,
o el fresco caracol manchará esta noche las rosas
con su baba. Aunque, si te amustias, creo que un delito sería,
¡un delito verdadero no acompañarte, y darme a la luz,
al ocaso, a las tinieblas, suspirando, hasta el despuntar del día!
“¡Dama querida! —dijo Endimión—, esto queda atrás. ¡Te amo!
Y mis días no pueden durar siempre.
Porque puedo hablar aún pacientemente. Ah, déjame
que, mientras estoy muriendo, oiga una música y no busque
otro deleite. A todo le digo adiós. ¿No invocaste en alta voz
y con susurros otros climas por los arroyos indios?”.
Entonces ella, sentándose bajo el árbol central del bosque,
entonó, compasiva, esta canción:
«Oh Tristeza,
»¿Por qué copias de unos labios bermellones
»su natural color lozano?
»¿Para dar rubores de doncella
»a la mata de rosas blancas?
»¿O es tu mano rociada unas puntas de margarita?
»Oh Tristeza,
»¿Por qué copias de un ojo de halcón
»su luminoso ardor? ¿Para dar luz a las luciérnagas?
»¿O para, en noche sin luna, colorear,
»en riberas de sirena, la salubre espuma del mar?
»Oh Tristeza,
»¿Por qué copias de un fúnebre lamento
»su tierno cantar? ¿Para, en la pálida tarde
»darlo al ruiseñor
»y así puedas tú oírlo entre el fresco rocío?
»Oh Tristeza,
»¿Por qué copias de la dicha de mayo
»su liviandad de corazón?
»Un amante no hollaría
»la cabeza de una prímula, aunque bailara
»de la tarde al albor del sol
»Ni flor alguna que se marchita
»tomaría a tu enramada consagrada,
»por doquiera que él pudiera solazarse y retozar.
»A la Tristeza di
»buenos días,
»y pensé dejarla muy lejos,
»atrás. Pero alegre, alegremente,
»me ama ella, tiernamente, ella me es fiel,
»y cariñosa… La engañaría,
»la dejaría, ¡pero, ay! ¡Ella es tan fiel
»y cariñosa!
»Bajo mis palmares, junto al río,
»me senté a llorar. De todo el ancho mundo nadie
»me preguntó por qué lloraba
»y así me quedé, de lágrimas colmando
»la copa de las calas, frías cual mis temores.
»Bajo mis palmares, junto al río,
»me senté a llorar. ¿Qué novia enamorada,
»por el sombrío galán de las nubes seducida,
»no se esconde y se guarece,
»bajo oscuros palmares, junto a un río?
Y, estando yo sentada, por las colinas azuladas
llegóme un clamor de algarabía. Los arroyos
a la inmensa corriente bajaban de purpurino color
¡Eran Baco y su cortejo! Sonaba la clarísima trompeta
y los temblores plateados de címbalos componían
una alegre barahúnda. ¡Eran Baco y su linaje!
Bajaban cual móvil vendimia [167], coronados
con hojas verdes y los rostros todos inflamados,
danzando frenéticamente por el ameno valle,
¡para despavorirte, Melancolía!
¡Oh, entonces, oh, entonces tú fuiste un mero nombre!
Y te olvidé como al acebo de bayas olvidan los pastores
cuando, en junio, los altos castaños del sol
y de la luna les protegen… ¡Me lancé a aquel delirio!
En su carro, en alto, iba, erguido, el joven Baco,
jugando con su dardo de hiedra, airoso[168], y reía
abiertamente. Y arroyuelos de vino carmesí empapaban
sus blancos, rollizos brazos y sus hombros
asaz blancos para los dientes blanquísimos de Venus;
y junto a él cabalgaba Sileno en su asno[169],
cubierto de las flores que le echaban a su paso,
y bebiendo como un borracho.
¿De dónde vinisteis, dichosas Doncellas, de dónde
vinisteis tantas y tantas y así de alegres?
¿Por qué habéis dejado vuestros refugios desolados,
vuestros laúdes y vuestra benévola fortuna?
“¡Seguimos a Baco! ¡A Baco en su marcha, el vencedor!
¡A Baco, el joven Baco! Para bien o para mal, danzamos
ante él por reinos lejanos… ¡Ven aquí, hermosa dama,
y únete a nuestro animado cortejo!”
¿De dónde vinisteis vosotros, Sátiros festivos,
de dónde vinisteis tantos y así de contentos[170]?
¿Por qué habéis dejado vuestras guaridas boscosas,
por qué habéis dejado vuestras bellotas
en las hendiduras de los robles? “Por el vino,
por el vino dejamos nuestros almendros y brezales,
nuestras iniestas amarillas; por el vino seguimos a Baco
por toda la tierra… ¡Gran dios de las copas incesantes
y del gorjeante regocijo! ¡Acércate, hermosa doncella,
y añádete a nuestra alocada charanga!”.
Y atravesamos amplias corrientes y grandes montes
y, sólo cuando Baco guardó su tienda de hiedra,
avanzamos hacia el tigre y los leopardos
con elefantes de Asia. Y esta muchedumbre siguió adelante,
cantando y bailando; con sus rayadas cebras,
elegantes danzas árabes, y caimanes de patas membranosas[171],
cocodrilos que llevaban en sus lomos escamosos hileras
de rollizos y risueños infantes que imitaban el bullicio
de los marineros y la faena de los fornidos remadores
de las galeras. Con remos de juguete y velas de seda,
marchaban en paz ellos del viento y las mareas descuidados.
Montados sobre pieles de pantera y crines de león,
recorren del todo el llano, de punta a cabo… Una jornada
de tres días en un momento hacían. Y, siempre,
al despuntar del sol, iban de caza por soledades,
con lanza y cuerno en pos del vigoroso unicornio.
¡Vi al osirio Egipto arrodillarse ante la corona
de pámpanos de vid[172]! ¡Vi a la atezada Abisinia alzarse
y cantar con tintineo de címbalos de plata!
¡Vi a aquella prepotente vendimia abrirse paso
con vehemencia por la vieja, feroz Tartaria!
Ya los reyes de la India rendir sus cetros enyojados
y esparcir de sus tesoros un perlado granizo. El gran Brahma
se lamenta en su místico cielo[173] y gime toda su casta
sacerdotal, palideciendo ante el achispado, joven Baco.
Siguiéndole, me adentré, abrumada, en estos parajes,
con el corazón condolido… Y así se me antojó
separarme, sola, sin compañía, a estos lúgubres boscajes.
Y ya he dicho todo cuanto tenías que oír».
¡Joven forastero!
He buscado, errante, el placer
por todas partes,
¡pero ay, no está hecho para mí!
Sin duda es porque estoy embrujada
que echo a perder en aflicción
toda la flor de mi juventud.
¡Tristeza, ven, pues!
¡Oh dulcísima Tristeza!
Como a mí misma hija a mis pechos te alimento.
Pensé en abandonarte,
pensé en engañarte,
pero ahora eres tú de todo el mundo lo que más quiero.
No hay nadie, no,
no, nadie sino tú para consolar
a una desgraciada muchacha en solitario.
Tú eres su madre y su hermano,
su camarada y galán en sombras».
Oh, ¡qué suspiro, al terminar, exhaló! ¡Miradla,
del todo muerta para todas las cosas del mundo! Endimión
no podía hablar, y sólo la miraba, y escuchaba
el viento que entonces se agitaba entre los robles
retorcidos tan lóbregamente, aunque con tan dulce suavidad,
que podía recordarle su aterciopelado cantar estival.
Y al fin él dijo: «Pobre señora, ¿cuánto tiempo
he sido capaz de soportar esa voz? ¡Hermosa Melodía!
¡Bondadosa Sirena! Carezco de elección… Tu triste servidor
he de ser por siempre más. No tengo elección,
he de arrodillarme aquí y adorar. ¡No debo, ay, pensar…
por Febe, no! ¡No me dejes pensar, dulce Ángel! ¿Lo harás?
Di, más que hermosa, ¿ya nunca he de pensar?
¡Oh, tú pudiste consolarme más allá de la frontera
del recuerdo! ¡Hacer que mi despierto celo cerrara
sus ojos enrojecidos sin ver la desesperación!
¡Mata gentilmente la mitad de mi alma y, así,
he de sentir la otra mitad profundamente! Desvarío
ante esas tan gráciles y hermosas mejillas.
Oh, déjalas que por siempre se sonrojen, que apacigüen
mis delirios, que se cubran de cálido y suave rosa,
con el color del amor, jadeando en seguro despertar.
No puede ser ésta tu mano y, con todo, lo es. Y éste
es, sin duda, tu otro regalo… Aquí, tu hermoso seno,
del que tan próximo estoy… ¿Vas a dormir? ¡Oh, déjame
sorber esas lágrimas y susurra una dulce palabra
para que pueda reconocer que esto es el mundo…!
¡Flor de rocío, perfumada!…» «¡Ay, ay, ay
de ese tal Endimión! ¿Dónde está?» Iban aún esas palabras
resonando quedamente por la amplia foresta —tonada
horripilante, como la del que, en su postrer gemido, se arrepiente—
cuando, en tanto se desvanecía, pasó cerca de allí una sombra,
como de una nube atronadora. Cuando vuelan las flechas
por el denso ramaje, las pobres tórtolas sacan
sus tímidos collares y tiemblan. Así ambos, temblando,
se abrazaron, y esperaron, de tal suerte, algún desastre;
cuando, he ahí, vedlo, aparece Mercurio, el de alados pies,
majestuoso, allende la copa de los altos árboles.
Y, en menos tiempo que descarga una tempestad, oblicuamente,
su granizo, descendió él a tierra, mas sin parar; no se detuvo
ni un momento fuera de su elemento. Sólo tocó el césped,
con su frágil caduceo, y hacia el cielo se fue,
con más presteza que una mirada, y antes
de que la fecunda tierra gestara un repentino testigo
de su veloz magia. Aparecen cisnes que bucean
en círculos de cristal, puros y claros, y ven sus ojos,
seducidos por la enorme sorpresa, cómo bucean
ante su vista y se enderezan, sin ser vistos.
En aquel momento del césped saltaron dos corceles negros,
de azabache, con grandes alas azul oscuro en sus lomos.
El joven cario colocó en uno de ellos a la hermosa dama,
y con gran ímpetu domó la bravura del otro.
Y echaron a volar por los aires, como águilas cimeros.
Cual dos gotas de rocío que exhalaran los labios de Febo,
fuéronse lejos, muy lejos de la tierra, hasta desaparecer,
solitarios, entre las frías nubes y vientos,
pero para que la libre, bulliciosa vida cantarina
flotar pudiera sobre sus testas y seguirles, incansable.
Musa de mi tierra natal, ¿estoy inspirado?
Éste es un aire rutilante, y para sostenerme en él, he de tender
mis amplias alas. Y no temo altura, abismo ni amplitud
ni suerte alguna de precipicio. Tengo bajo mis ojos
aquellos soberbios caballos y su tristísima carga.
¿Podría yo, así, bogar y ver, así aguardar
sin temor al poder del pensamiento, sin tu auxilio?
¡Hay un ocaso somnoliento, la sombra adorable
de alguna maravilla que se acerca, y yo contemplo
esos corceles alados, de belfos resoplantes,
que resuellan hasta la extenuación briosamente, y parecen
reventarse, muriendo en rescoldos de fuego nativo!
Una niebla purpúrea allí les circundaba.
Luego pareció como si en torno a la pálida luna nueva,
el triste Céfiro abajara las nubes, así un sauce llorón…
Era el Sueño desplazándose lentamente
con su cabeza en la almohada. Por vez primera
desde que, casi muerto, naciera del viejo seno de la noche,
había dejado su cueva abandonada aún en mayor abandono.
Por vez primera percibió, a lo lejos, el día
y el primor de la mañana; pues a su cimeria sima[174]
llegó un sueño que le mostró cómo un joven
—antes de que algún flaco murciélago pudiera
engrosar su piel invernal— alcanzaría la inmortalidad
en el empíreo umbral del alto Júpiter, y cómo se desposaría
con la hija de Júpiter y sería contado entre los suyos
en su casa [175]. Estaba durmiendo ante las puertas del cielo,
para, después de esperar en el umbral durante una hora,
poder oír unas melodías nupciales, y hundirse entonces
a su crepuscular cueva de nuevo. Su litera, de suave bruma
semiluciente, de rosa y de amatista variopinta, confundía
aquellos ojos que entreveía, y apenas por un momento
pudo aprehender su forma indolente que, inmóvil, reposaba.
Los dos, en sus alados corceles, con la atención toda
de su mirada, la buscaban; así alguien que por entre los sauces
de un río busca un rincón para echar una mirada
a las anguilas de cuello plateado; o alguien
que, desde la cima del viejo Skiddaw [176], cuando la niebla
su áspera frente vela bajo su pálido manto,
avista, con ojo adivino, por algún ameno valle,
un villorrio estimado, borroso y lejano.
Esos ebúrneos caballos, aunque alimentados por el fuego
atrabiliario de la tierra, dejaron caer tristemente
sus orejas multivenadas, sus belfos inquietos, de sangre regados,
y se pararon. En la bruma inanimada han extendido sus amplias alas;
están ensoñados, muertos… y acostados, en tales alas,
en pleno aire, duermen Endimión y la hermosa dama.
Bogan lentamente, tan lentamente cual isla de hielo
a la deriva por un mar encalmado, y, entretanto,
el triste vagabundo está soñando. Camina, mirad,
por el celeste suelo; habla fraternalmente
a las potencias divinas; de su mano, con gran placer,
las arrogantes aves de Juno están picoteando
sus granos perlados[177]. Tensa la cuerda del arco dorado
de Febo y pregunta dónde crecen las manzanas de oro;
embraza el escudo de Palas[178]; se esfuerza en vano
por mover, blandir de Júpiter un rayo; y trae la astuta Hebe [179]3
una copa rebosante, baila airosamente y le provoca
sin cesar; y, al fin, él de aquélla bebe y, sumido en el placer,
se postra a sus pies posando sus labios deslumbrados
en su mano de luz estelar. Y suena un bugle.
Y una divina charanga en lo alto aparece: las cuatro Estaciones.
La Primavera con su capa verde, el opulento Verano,
un dorado tesoro en la hoz del Otoño,
el cano y frío Invierno. Y unen su baile al de las Horas
sombrías[180] mientras aquel soplo, en crecimiento
desenfrenado, aún persiste en regir su danza ondeante.
«¿De quién es? —pregunta—. ¿Quién toca ese bugle?».
Ellas sonríen. «¡Oh Dite! ¿Por qué está aquí este mortal?
¿No conoces sus labios amantes? ¿No? Es Diana, ¡mira,
que, creciente, se levanta!» Él mira y ve que es ella[181],
su diosa verdadera. Adiós, tierra y mar, aire y dolor,
cuitas y sufrimientos, ¡Adiós a todo, salvo al amor!
Y entonces se lanza hacia ella y se despierta;
y, sobre su cabeza, extrañamente, y nutrido
por aquellas mismas, fragantes exhalaciones, contempla
despierto su verdadero sueño. Estaban los dioses sonriendo,
la dichosa Hebe ríe, asiente; y la henchida Febe
hacia él se encamina. ¡Doliente estado! En lecho de plumas
y del todo ya despierto, siente el jadeante costado
de su deliciosa dama. Aquel que murió por remontarse
con excesiva audacia hacia el sol, cuando aquella su cera
traidora empezaba a derretirse, no tuvo entonces
la lengua más impedida que Endimión [182].
Su corazón le saltaba como hacia su legítimo trono,
hacia el que aquella pasión sombría su marcha continuaba.
¡Qué confusión! ¡Ay! Tan seductora, tan bella estaba
su compañera de lecho, que no pudo evitar besarla.
Y entonces padeció un momentáneo olvido de toda belleza,
salvo de la joven Febe, de cabellos dorados,
y, por tal causa, comenzó a pedir perdón. Aún se volvió
una vez más para mirar a la gentil durmiente,
y su alma entera se conmovió; ella oprimió en sueños su mano,
y entonces, de nuevo él no pudo evitar besarla, venerarla…
Y, a esto, la sombra, esfumándose, lloraba.
El latmio levantóse bruscamente: «¡Radiante Diosa, quédate!
¡Penetra en mi interior más recóndito! ¡En verdad
que no es un dédalo mi corazón[183]! ¿Por qué lo tengo
desgarrado hasta el desespero? ¿No hay para mí nada más,
en el límite de la beatitud, que el infortunio?».
Despertaron estas palabras a la extranjera de trenzas oscuras.
Su mirada, que empezaba a alborear, transporta, amorosa,
las bendiciones de Endimión con su apacible continente.
El sueño desde abajo ascendía. «¡Cisne del Ganges,
no respiremos más esta triste fantasma! Halagada pareces,
recostada en amable ocio, y no imaginas qué horrores
pueden afligirnos a ti y a mí. ¡Ah, si por mi infidelidad
de corazón murieras!» Pero tan sólo lloraba… Su alma apacible
no se siente de aquello vengativa. ¡Como se siente toda
enternecida, quisiera yo sentirme, todo en amor!
Linda muchacha, ¿te voy a estimar en más de cualquier precio
aunque me sepa tan veraz como inocente? Oh, sí, sí. ¿Qué es,
entonces, este alma? ¿De dónde ha venido? No parece
ser la mía, y carezco del sentido de mí mismo y de identidad.
Algún aciago término he de alcanzar. ¿Dónde, dónde está?
Por Némesis [184] que veo a mi espíritu volar en solitario,
por las tinieblas. Perdóname, cariño… ¿vamos?».
Y arreó los corceles. Ellos tendieron sus alas caballeras
por el nítido aire y dejaron al viejo Sueño
en su cubil de vapores. El rubor entre dos luces del ocaso,
lentamente se apagaba, y la estrella vespertina, eminente,
empezaba a agonizar en los cielos crepusculares, de plata,
cuando ellos se lanzaron, directos, a la Galaxia [185].
Yno detuvieron su plática veloz, rara, gentil;
intercambian eternos juramentos y promesas solemnes
de tal guisa, en tal talante y tan distantes, allá arriba,
en los vientos, bajo un techo constelado,
y tan como de su juicio idos, que en verdad
ya ha pasado el tiempo en que los hombres indagaran
en sus corazones para ver, ya llorasen o riesen,
padeciesen o se holgasen, más que como de gozo enloquecidos,
saciados de tristeza.
Enfrentada a su presto vuelo,
de un ebúrneo surco despuntó la luna un vértice diamantino
no mayor que el de una desapercibida estrella
o la mínima punta de una cimitarra de ensueño: señal leve
para que ella sólo se abajara a atar sus sandalias de plata
antes de inclinar, encantadora, en los cielos
su tímida cabeza. Se alzó lentamente, como si quisiera volar,
mientras a su apacible dama el cario se volvía
para advertir si sus oscuros ojos habían al menos percibido
el despuntar de esta belleza. ¡Desesperación,
oh, desesperación! Vio a su cuerpo debilitado enflaquecer
y desmedrarse a la tibia luz de la luna. De pronto,
apresó su muñeca, y esfumóse de su mano cerrada.
Besó él su mano y, ¡horror!, besaba su propia mano…
Estaba solo. Y entonces descendió, como un halcón,
a la tierra.
Allí hay una caverna, superados
los confines aparentes del espacio, que es propicia
para que el alma en ella vague y delinee su propia existencia,
de remotísima bruma. La circundan oscuros parajes,
donde el espíritu ve las tumbas de penalidades enterradas,
mas apenas una hora languidece allí llorando,
pues la punzadura del dolor recién nacido conoce
una más íntima aflicción. Y, en estas regiones, muchos son
los dardos envenenados que al azar vuelan; son el hogar
propio de toda maldad; está aún por venir el hombre
que no haya recorrido este infierno natural.
Pero pocos han sentido alguna vez el plácido
y benigno sueño que puede advenir en aquel antro profundo
y que es de todos. Allí la angustia no punza
ni al placer disimula. Huracanes de dolor siempre golpean
su puerta, por más que todo sea recóndito y desolado.
Ataca con sus intensas ráfagas, y en ella no oís
sonido tan fuerte como el de cuando, en féretro acortinado,
el mortuorio reloj de la garrapata está asfixiado[186].
No entra nadie que pugne por ello; le vence lo improviso.
Y en el instante en que el que sufre empieza a abrasarse,
se abre a él. Y de una urna, llena hasta entonces
de hielo fundiéndose, toma un sorbo. ¡La joven Semele
jamás degustó opulencia tal en sus antojos de embarazo [187]!
¡Feliz tiniebla! Paraíso oscuro en que por fuerza se marchita
la flor del bienestar; donde el más lúgubre silencio
es el más pronunciado y las esperanzas dan tormento;
donde sus ojos son, con mucho, los más luminosos
para mantener sus párpados cerrados durante el más largo lapso,
en un dormir sin sueños. ¡Oh feliz hogar del espíritu!
¡Maravillosa, encinta alma de tal cueva, que todo
lo guareces en tu propio fondo! ¡Salve, amable Cario!
Porque nunca desde que se iniciaron tus penas y dolores,
te has sentido tan venturoso. Una áspera refriega te ha llevado
hasta esta Cueva de la Quietud. Sí, aquí estuvo
su alma arrullada, aunque soportada por una propiciación
peligrosa; y si no lo deploró, es porque no sabía
adónde iba. Tan feliz era, que el soplido de aire de las trompetas,
con su claro parlamento, desde el este, no pudo desvelarle
de su placentero disfrute, de aquella sublime fiesta.
Espolearon las trompetas los corceles emplumados,
y con impetuoso sobresalto, se precipitó hacia aquel sonido.
Ningún embeleso, ay, pudo hacer alzar la cabeza de Endimión,
que, si no, hubiera visto, en celestial mascarada,
a una alada multitud. Y calmo y lúcido era su tránsito.
En tanto, unas voces gentiles susurraban cual si arrullaran,
saludaran por su senda al caminante. Y así murmuraron,
mientras, en brillante colorido, discurría tal visión:
«¿Pero quién, quién querría irse de la fiesta de Diana?
¿Por qué todas las glorietas doradas del día
desiertas han quedado? ¿Pero quién, oh quién querría irse
de la fiesta de bodas de Cintia y su algazara? ¡No Héspero!
¡Mira! ¡Planea con sus alas de plata por el más alto cielo
y canta haciendo castañetear sus lucientes dedos, alegremente!
¡Está Céfiro! ¡También Flora [188]! Vosotros, tiernos bebedores
de la lluvia y del rocío, jóvenes camaradas de la rosa
y del narciso, cuidad, antes de entrar, de llenar
vuestros sublimes cestos de hinojo verde, y de bálsamo
y de pifias de oro; de ajedrea y de la más reciente menta;
y de columbinos, perejil fresco, dulce albahaca
y de soleado tomillo; sí, recoged en la rociada mañana
todas las flores y todas las hojas de todos los lugares.
¡Venga, aprisa! ¡Vete!
Hermano cristalino del cinturón de los cielos[189],
Acuario [190], al que el rey Júpiter ha dado dos líquidas
corrientes que vibran en lugar de alas con plumas,
dos manantiales como abanicos, ¡luminarias, las tuyas,
para solaz de Diana! Disuelve la pureza helada del aire,
muestra desnudos tus blancos hombros de plata, fríos,
por entre unas alas de agua; haz más luciente
a la Reina de las Estrellas, creciente en su noche nupcial.
¡Aprisa, aprisa, fuera!
¡Cástor ha domado el planeta Leo, mira[191]!
¡Y Pólux tiene poder sobre la Osa [192]! Y un tercero
está compitiendo. ¿Quién es este tercero
que, veloz, se precipita como un águila? ¡El Centauro
trepador[193]! ¡La crin de Leo ya termina! ¡Y cuán fiera
es la Osa! La flecha del Centauro parece a punto de traspasar
a un enemigo. Su arco se curva extensamente
en el azul del cielo, y será destruido,
pálido y siempre en movimiento, cuando oiga
un tañer de nupciales laúdes. ¡Delicada mujer, Andrómeda [194]!
¿Por qué demorarte, tan tímida, entre las estrellas?
¡Ven aquí! Júntate a esa espléndida multitud y síguela
con presteza adonde vaya. El Hijo de Dánae, ante Júpiter
de nuevo reverente, por ti ha llorado, clamándole
en voz alta. Gentil señora, tú le redimiste[195].
¡Vosotros por siempre viviréis y amaréis,
porque vertéis todas vuestras lágrimas! ¡Y, por el horror
de Dafne, mira a Apolo!»[196].
Y más no oyó Endimión.
Su corcel le echó al suelo, boca abajo,
a la cumbre verde de un nublado altozano.
Su primer contacto con la tierra estuvo a punto de matarle.
«Ay —dijo—, si no me hubieran siempre trasladado
unos vientos peligrosos, mis pasos no hubieran seguido
una senda infernal; hubiera bendecido perennemente
unos horrores que nutren de malestar mis lóbregas conquistas.
Para el que vive más allá de las fronteras de la tierra,
el dolor es tenebroso, y sólo una sombra la tristeza.
Ahora veo la yerba, siento la tierra firme. ¡Ay de mí!
Es tu voz, ¡oh divina[197]! ¿De dónde viene? ¿Quién,
quién te dejó tan quieta en este lecho de rocío?
Contempla esta tierra feliz en que estamos.
Amémonos. Alimentémonos de los frutos forestales
sin nunca, nunca bajar a estos lugares que pueblan
los mortales; o seremos por fantasmas engañados.
¡Oh destino! Mi alma ahora se refugiaría en un laberinto,
pero la contendré con tu belleza. ¿Adónde te has ido?
Junto a ti siempre he de seguir. Dejemos
que nuestro destino se detenga aquí. Y aquí mismo
un cabrito he de inmolar. Pan nos dejará vivir en paz,
en amor y paz en sus rústicas soledades. He dependido
de una irrealidad. A una irrealidad he amado. ¡No he visto
ni conocido más que un inmenso sueño! ¡Oh, qué presuntuoso
he sido contra el amor, contra el cielo y los elementos todos,
contra el recíproco lazo de los mortales,
contra el despuntar de las flores, la corriente de los ríos
y la tumba de los héroes ya pasados! Contra su justa gloria
ha conspirado esta alma mía. Así, contaré mi historia
a los chiquillos y me doleré de ella. Nunca vivió ningún mortal
que condujera a sus apetitos allende su natural esfera
sin que, inane, no pereciera[198]. Dulcísima India,
aquí, aquí voy a prosternarme, ya que tú has redimido mi vida
de un hálito sutil en exceso. Lo pretérito y lo pasado
son fantasmas nebulosos. ¡Adiós, cuevas solitarias,
aéreas apariciones, oleaje monstruoso de unos quiméricos mares!
¡No, nunca más me arrastrarán tenues voces a una orilla
intrincada, de maravilla, sin aliento y despavorido!
Adiós, sueño exquisito, aunque sea aún tan grande
mi amor por ti. Puede ser que llegue la hora
en que en puro elíseo nos encontremos. En la tierra
no puedo amarte; y por ello he de ofrendar a las alturas
palomas y el acopio más precioso que recoja a lo largo
de toda la estación feraz. Así en mí tú brillarás
y en esta mi linda doncella, y bendecirás
nuestras vidas argentadas[199]. ¡Mi felicidad india!
¡Mi capullo de lirio de río! ¡Beso encarnado!
¡Suspiro de aliento real, abrazo suave, cálido
cual nido de palomas entre unos árboles en verano,
cálido por el rocío emanado de la sangre viva!
¿Adónde has ido? ¡Ah! ¿Qué te parece? Hablaremos
de toda bondad…, ya no más sueños. Y, entonces,
¿dónde estará nuestra morada[200]? ¿Bajo la cima
de algún empinado collado de musgo, donde la yedra silvestre
allá arriba nos oculte aunque tenga el follaje
de primavera? ¿dónde los tejos oscuros, cuando por ellos
pasemos, dejen caer sus bayas escarlatas
embebidas de rocío? Te encantaría vivir en tal lugar,
con sombras para nuestros amores, aunque lo bastante despejado
para agraciar esos miembros gentiles posados en un lecho de musgo.
Porque, dando un paso, encontrarías, por un lado, el cielo azul
y, por el otro, hacia abajo, en profunda hondonada,
mira, el riachuelo que discurre por entre esos árboles,
por el dorado filo del mediodía y su fulgor. Sacaré miel para ti
de la vieja, nudosa colmena, y para ti cogeré
manzanas que en dulzor se desharán; berros, que crezcan
donde nadie pueda verlos; y acederas que no hayan arrancado
los ungulados ciervos. De la siringa espadaña haré flautas,
y así siempre podrás saber por dónde vago yo,
o cuando quieras podrás escucharla en nuestra plácida morada
y ponerte a pensar en el amor. Deja que siga hablando,
que me siga abismando en el goce que persigo,
ya que el pasado aún me encadena. Este riachuelo,
que quizás te haya deleitado, llenaré de peces encantados
que tomaré de los lagos de las montañas, y tú les darás
de comer del troje de las ardillas. Su fondo sembraré
de conchas ambarinas y de guijas azules tomadas de profundos,
mágicos pozos. Diseminaré por las orillas
eglantinas bañadas en dulce rocío y madreselva
saturada de néctar puro. Induciré a este arroyo cristalino
a que trace el nombre argentino del Amor en la faz
de la yerba. Me arrodillaré ante Vesta en pro
de una llama de fuego [201] y ante el Dios Febo
en pro de una lira dorada; ante Diana Emperatriz
por un venablo de caza; ante el Véspero por una antorcha pura
como la plata y ver a través de la noche tu belleza;
y, ante Flora, y un ruiseñor domado se posará en tus dedos;
y, ante los Ríos Dioses, y ellos te traerán finas cañas
de pescar de oro, y mechones de las largas trenzas brillantes
de las Náyades. ¡El Cielo te proteja por tu extrema beldad!
Tu musgoso escabel será el altar
ante el que me postraré, querido amor, cuando ante ti me postre.
Esos labios serán mi Delfos [202] y dictarán
a mis pasos leyes; darán color a mis mejillas; temblor
o firmeza a esta mi voz; y, de los tres placeres más amenos,
la elección [203]. Y esa luz enternecida, esas criaturas
de diamante, esos ojos, esos apasionados sentires, esas fuentes
supremas de perla, serán mi dolor o fulgurarán
hasta el placer. ¿Dime, no hay una dicha celestial
en nuestro abrazo perfecto? ¡Oh, no puedo dudar de ello!».
El montaraz, de tal suerte, contendía con vanas, obstinadas
fantasías, por despejar su espinoso camino hacia el reposo.
Lo que daba una ardiente alegría a los ojos de su dama,
aunque las lágrimas que vertiese fueran lágrimas de tristeza,
en el momento en que la dorada mañana lanzaba en alto
sus rayos desde los valles orientales. Y así respondió:
«Ah, si el tumulto de este corazón hubiera cesado
o el dulce nombre del amor se hubiera disipado…
Joven, alado tirano [204], merced a un súbito decaer entregarás
tu cuerpo a la tierra. Sin duda al nacer balbucí
en mi interior tus epítetos florecientes, ya que al primer,
al primer asomo de idea y pensamiento tuyos,
bendije, manos en alto, las estrellas celestiales.
¿No eres cruel? Siempre me he esforzado por creerte amable,
pero, ¡ah! ¡eso no es bastante! Cuando era niña oí decir
que los besos atraían tu favor, y por ello daba entonces
besos[205] al viento vacante, pidiéndoles
que encontraran amor. Pero cuando llegué a sentir
cuán por encima de cualquier fantasía, de cualquier soberbia
o de cualquier veleidosa virginidad, de cualquier placer terrenal
o de cualquier bien imaginario, estaba el cálido temblor
de un férvido beso, al punto; en tal momento,
al pensar cosa tal, descaeciendo, me abatí en lecho de flores,
y en él por tres días yací, desfallecida. Ah vosotras,
benévolas potencias, ¿no estoy cruelmente equivocada?
Créeme, créeme, querido Endimión, que si yo fuera a tejer
con mis propias fantasías guirnaldas de vida amena,
tú serías una y todas ellas. ¡Amarga contienda!
No puedo ser tu amor. Estoy proscrita, sí, lo estoy;
en verdad, estoy encontrada, aterrada, reprobada
por unos seres que me hicieron temblar
y por una ira monstruosa. Dos veces me has preguntado
adonde iba. ¡No me lo preguntes más! Ni te lo puedo confesar,
ni ser tu amor. Podríamos someternos nosotros mismos
ahora al castigo: morir; abrazarnos y morir,
¡qué idea voluptuosa! No prolongues mi deseo o quedaré
presa de unas trabas de deleite perverso. No, no,
que no sea así. Te bendeciré y daré un largo adiós».
El cario no dijo palabra. Ambos desamparados, pálidos,
en silencio, juntos se internaron por unos verdes valles.
Errantes, por fuerza tuvieron que complacerse en sentarse
bajo un haya preciosa, en solitario, y no se miraban
uno a otro, mas fijaban con tristeza sus ojos
en el círculo de hojas bajo él esparcidas.
«¡Endimión! ¡Desdichado! Casi me ofende contemplarte así,
en este último extremo… Sublime ha sido hasta ahora
tal cosa, mas en verdad que tengo por cierta
mejor música en una canción nueva. Voy a cantar aquí
a tu hermano, de melosa voz, por largo tiempo[206]
y tú me auxiliarás, ¿no me has auxiliado hasta ahora?
¡Sí, Emperador de la luz lunar! La felicidad ha sido tu premio
a lo largo de muchos milenios, aunque, a menudo, al borde
de las lágrimas, lo he lamentado, como si tú aún habitaras
en los bosques, olvidando el antiguo relato».
No distraía
él su mirada de las hojas muertas o, si no, hubiera
podido sentir una leve pulsación de alegría.
El espíritu recoge por el viejo suelo del jardín
del tiempo de la infancia amaranto lozano
si al azar se extravía[207]. Algo más adelante,
corría aquel arroyo verdadero junto al que había tenido
su primer y blando sueño de amapolas[208]
y era idéntica la corteza del árbol en que se apoyaba
que aquélla en que había señalado una luna creciente,
y, a su alrededor, prodigado en menudas estrellas su ingenio.
El fecundo árbol había crecido y verdecido,
que no borrado, la benigna incisión. Sí, no había ningún ribazo
en que él no hubiera al antílope espantado
ni árbol alguno bajo cuya arraigada sombra él no hubiera
con sus leopardos domados jugado; ni podía lanzar
dardo veloz ni jabalina por ningún trecho de aire
que antes las suyas no hubieran surcado.
Pero él aún no lo sabía.
¡Oh perfidia! ¿Por qué sonríe su dama,
dando gusto a su mirada con toda su tristeza? Él no la ve.
¿Pero quién le mira así a él? ¡Si es su hermana!
¡Peona de los bosques! ¿Lo podrá ella resistir?
¡Imposible! ¡Cuán tiernamente se abrazan! Su dama sonríe,
y hay contento en su rostro, y no perfidia.
«¡Querido
hermano mío! ¡Endimión! ¡No llores así! ¿Por qué
has de padecer cuando todo el gran Latmos estará
exultando? Da gracias a los magnos dioses y no pienses
en cosas amargas: no digas ni una leve palabra
y ya no suspires más. No, no quiero pensar que tengas
tal acopio de aflicción como para demorarte otra vez
en mí ternura A buen seguro que no puedes tener
el ánimo dolido, ya que vienes de la mano de alguien
tan hermoso. Sed los dos felices,
para que yo pueda arrancar flores de otoño
para vuestras frentes. El sacro ministro de Pan
reclama al joven Endimión, y cuando él haya regresado,
hermosísima señora, tú serás nuestra reina.
¿No es, entonces, una vergüenza, no es tristísimo veros así?
Quizá seáis demasiado felices para estar alegres.
Oh, me parece como si fuera un día ordinario
y tan libremente proclamado como ningún otro
ya pasado. Lengua alguna me pedirá: “¿De dónde venís?”
mas seréis dioses de vuestro propio, imperial reposo.
Y ni siquiera yo, durante todo un mes,
voy a inquirir en las horas que desde ahora discurran,
pues en mi bosquecillo para ti voy a cantar. Oh Hermes,
esta misma noche se alzarán himnos a Cintia:
a la reina de la luz; porque los viejos adivinos
tuvieron anoche unas fastas visiones por el espacio,
que llevarán, según dicen tales sabios, un perpetuo bienestar
a los pastores y a sus rebaños; y, aún más, que leyeron
en el rostro de Diana este buen vaticinio. Por eso
han de ser para ella estos cantos vespertinos.
Aquí vendrán por doquier nuestros amigos.
Son muchas los que por tu muerte han compuesto endechas
y muchos son ahora, aún, los que sus frentes ensombrecen
con ramos de ciprés en este día de ofrenda a los dioses.
Compondrás nuevos cantares para nuestras muchachas
y arrancarás la tristeza del ceño de nuestros monteros.
¡Dime, señora reina, cómo desposar a este mi hermano
descarriado con sus legítimos goces! Sus ojos
en ti están fijos, pues igualaste a su hado más divino.
Ayúdame, te ruego, a persuadirlo… Endimión,
querido hermano, di, ¿qué te aflige?». No pudo él resistir más,
y, de tal suerte, así doblegara su alma ásperamente,
como un arco de espiritual materia y lo hiciera vibrar interiormente,
con calma dijo: «¡Debiera tenerte por único amigo,
dulce doncella, por único visitante! Porque aunque no ignorase
que aquellas cosas falsas que buscan el placer entre los hombres
son placeres tan reales como lo real pueda ser,
hay otros más eminentes que yo no puedo ver, si impíamente
me acomodo en un reino terrenal. Desde que te vi,
he estado en completa vigilia noche a noche, día a día,
hasta que del empíreo he colmado mi medida.
Satisfácete, hermana, con verme más feliz
de lo que a los mortales conviene. Cual joven eremita,
viviré en una musgosa caverna, a la que vendrás
hasta mí, en solitario, y anegarás tu espíritu
en las maravillas que te he de contar. Mediante mí
el reino de los pastores se enriquecerá sobremanera,
ya que a tu lengua confiaré cualquier prosperidad.
Y, hazlo por mí, que esta joven doncella viva
contigo como una estimada hermana. Tú sola, Peona,
vuelve a mí. Confieso que esto puede sonar a extraño.
Pero cuando tú, queridísima doncella, veas
que esto es un placer para mí, ninguna perla, por ellas
resbalando, allanará esas mejillas. ¡Amable compañera!
¿Querrás vivir con ella, compartir conmigo este amor fraternal?».
Como el que, resignado, doblegado por las circunstancias,
y, por ello, por su propia condenación cegado,
aquella apacible desconocida dijo: «Sí, pero se ha corrido
por mis oídos un susurro de jubileo a Diana. ¿Oí bien?
Porque no veo que haya ningún tierno pajarillo
del que Júpiter no haya tomado cuidado. Largo tiempo he buscado
la paz y, sin darme cuenta, ¿no que la encuentro ante mí?
¡Y, también, en tal exaltación, tan en pos de mi corazón!
Sabía, ah, sabía que había un lugar en él vacío.
En aquel mismo vacío la pura Castidad se asentará
y me guiará por la noche a algún sueño solitario.
Con la más pura elocuencia me profeso, amable señora, miembro
de la comunidad de Diana; y con tu bondadosa ayuda
veré esta misma noche consagrados mis días futuros a su templo».
Como un soñador percibe que él solo se infunde
a sí mismo su propio miedo, así los tres se sentían;
o como el que, en tiempos pretéritos, se arrodillaba
ante Baal o Lucifer[209] si después de un breve sueño desfallecía;
o como el que, en honda mina, en el subsuelo,
encuentra, dormido, a sus amigos, que no le reconocen,
Cada uno se aplica con diligencia a los pensamientos
y cosas ordinarias por verdadero miedo,
luchando por contentar sus funestos dolores con ideas
de asuntos cotidianos, de los que las amas de casa charlan.
Pero el espíritu abatió su soplo, y ellos se enseñaron.
Al fin, dijo Endimión: «¿No están prefijadas nuestras Parcas?
¿Por qué estamos aquí? ¡Adiós, amable dúo, adiós!».
Yaquellas muchachas, con atónita expresión,
se apartaron de él, aturdidas. Afectuosos y dolientes,
sus ojos las siguieron hasta llegar
a las cercanías de un pequeño cipresal, cuya mortecina entraña
en un raudo instante hubiera abismado para siempre
lo que entonces él veía. «¡Esperad! —gritó—. ¡Esperad!
¡Doncellas, volved! ¡Silencio! He de deciros una cosa.
Amable india, querría volver a verte; es algo
por lo que muero… Así que querría, Peona, que fuerais
a refugiaros, de la mano tomadas, a aquel sacro arbolado
que hay, silente, tras el templo de la gran Diana.
Allí estaré yo, al más temprano centelleo
de la estrella vespertina. Ya se han ido,
pero tan sólo una vez, sólo una vez, una vez más…».
Yentonces él oprimió sus manos contra su rostro
y descansó su cabeza sobre una verde prominencia de musgo,
y así se estuvo, como un cadáver, el día entero,
hasta que, a duras penas levantó su mirada para ver
cómo cambiaban las sombras con el lento moverse del tiempo,
indolentes y apenadas, hasta que las copas de los álamos,
en lúgubre desplazamiento, alcanzado hubieron la orilla del río.
Irguióse entonces, y, con tanta lentitud
como discurre aquel río, se dirigió hacia la arboleda
del templo con este lamento: «¿Por qué tal atardecer de oro?
La brisa se mece con tanto cuidado y suavidad
que ni una hoja puede caer antes de que el sereno padre
de todas ellas, incline su cabeza estival bajo el oeste [210].
Estoy ahora de aliento, de habla y de presteza poseído
mas, al ponerse el sol, he de despedirme de ella
por última vez. La noche esparcirá en la húmeda yerba
miríadas de lánguidas hojas, y con ellas moriré,
pues no duele mucho morir cuando el verano muere
en el césped frío. ¡Si he sido mariposa, señor de las flores
y las guirnaldas, de los lazos del amor y de los cándidos
ramilletes; de los prados, arboledas, melodías
y rosas silvestres! Mi reino asiste a su muerte,
y con ellas tendría que morir yo. Pues si a todo esto llamamos
erróneamente dolor o calamidad, tristeza, aflicción, congoja
o penuria, ¿qué queda por deplorar? Por el enemigo del Titán [211],
que no soy sino tratado con justicia». Y, así diciendo,
avanzaba con presteza, de un modo mortalmente jubiloso,
y gozaba del claro arroyo y del sol poniente
como si hubiesen sido motivos para reír. Y no redujo su risa
al perfecto continente de su carácter, hasta que apareció
aquella arboleda como el acaso, y entonces su lengua,
con austera gallardía, profirió al entrar en ella
estas palabras: «¡Ah! Dije: “el rey de las mariposas”,
pero por estas tinieblas y la lengua juiciosa
del viejo Radamanto [212]; por esta región crepuscular,
de soledad pompa, y por la arcilla de Prometeo,
por el latrocinio conseguida[213]; por las melenas
del viejo Saturno, por su cabeza que estremece
una eterna flaqueza [214], que a mí mismo me apegué desde la infancia
con las cosas livianas, y, por ello, distanciado,
aislado, en una mortal soledad, sin duda padecí lo suficiente
para volver impío a un hombre mortal». Y, en tanto consideraba
interiormente tales cosas, a las que palabra alguna se aviene,
se hundió más y más profundamente hasta anegarse
más allá del alcance de la música.
Pues no oía el coro de Cintia; ni lo hubiera oído
aunque no hubiera habido ásperos zarzales ni una fronda encubridora
que se interpusiera para enervar
aquel himno vesperal tan intenso, pletórico y suave,
a través de los pilares oscuros de aquellas selváticas naves[215].
No veía a las dos muchachas ni su sonreír evanescente,
cual prímulas que recogiera a medianoche un arroyo
de trémulos dedos. «¡Criatura infeliz! ¡Endimión!
—dijo Peona—. ¡Aquí estamos! ¿Qué quieres, di, antes
de que todos en ataúd yazgamos?», y, entonces, él la
abrazó y oprimió la mano de su dama diciendo:
«Hermana, hubiera querido, si ésta hubiera sido
la voluntad del cielo, tener el mando de nuestro triste destino».
Y, a esto, aquella extranjera de ojos oscuros,
ante la sorpresa de Endimión, eufórica, en pie,
con renovada lengua y más grata que el amor, dijo:
«¡Por la paloma de Cupido que lo tendrás! ¡Por la inocente
lealtad de este mi pecho, querido muchacho!»
Y, en tanto hablaba, a su rostro advino una luz
que parecía reflejada de una llama de plata. Su larga
cabellera negra, aún más magnífica, ondeaba desplegada,
toda oro; y en sus ojos despuntaba un día azul, aún más claro,
de amor henchido. Sí, ¡veía a Febe, su pasión!,
que erguía jubilosa su arco esplendente;
y de tal suerte prosiguió: «Triste, triste ha sido
nuestra demora. Pero un delirante miedo primero me impidió;
y luego los designios del destino; y, después, preciso fue
que de este mortal estado, amor mío, algún imprevisto cambio
te purificara. Recorreremos estas forestas, Peona,
que serán para ti seguro, ya que tu cuna fueron.
Yde ellas saldrás, veloz, para conmigo reunirte
a menudo». Y Cintia besó seguidamente a la radiante Peona
y la bendijo con su amable, nocturna despedida.
Su hermano le dio también un beso y, ante su diosa,
se arrodilló, desfalleciendo lleno de dicha.
Yella le dio sus lindas manos, y ¡mirad!,
antes de que tres rapidísimos besos le hubiera él dado,
se disiparon por el aire… Y Peona
por el tenebroso bosque volvió, extasiada, hacia casa.
Terminaste Endymion
John Keats
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