Endymion
Libro II
¡Oh poder soberano del amor! ¡Oh bálsamo! ¡Oh dolor!
Todos los recuerdos, salvo el tuyo, se me vienen,
fríos, impasibles y sombríos
por la niebla de los años transcurridos. Pues los otros,
malos o buenos, para el odio o las lágrimas se han vuelto
indolentes en exceso, mas, si te tocan,
suena el eco de un suspiro; un triste sollozo provoca
desfalleceres; y una caricia el dulce rocío
de los tiempos ya sepultados. Las calamidades de Troya,
torreones ahogándose en sus llamas, los escudos
fuertemente empuñados, y lanzas arrojadizas,
espadas afiladas y combates, sangre y gritos,
fenece todo borrosamente en algún rincón
de la mente, por más que sintamos en nuestras almas
el abrazo, intensamente, de Troilo y la dulce Crésida [62].
¡Fuera, pomposa historia! ¡Fuera, trampa dorada!
¡Planeta negro en el universo de los hechos! ¡Ancho mar
para que un continuo murmullo se multiplique
por la pedregosa ribera del recuerdo! Numerosas barcas viejas,
de podridas cuadernas, flotan por tu seno vaporoso convertidas
en magníficos navíos y no menos
soberbios veleros de quilla dorada descansan
secos, en tierra firme. ¿Pero por qué? ¿Qué importa,
que los búhos volaran en torno al mástil [63]
del gran almirante de Atenas o qué importa que Alejandro
cruzara el Indo con sus tropas macedonias,
que el viejo Ulises, el sueño del Cíclope voraz despertando
atormentara; qué importa[64]? Julieta, asomándose entre flores,
en su ventana, y suspirando, apartando con cariño su fantasía
de su blancura virginal, es más preciada que estos hechos [65].
El río de lágrimas de plata de Hero, el desmayo de Imogen,
la hermosa Pastorella en la cueva de los bandidos [66],
son más dignos de pensamientos ardorosos
que el día en que cayeron los imperios. Con miedo
debió ganar tal convicción la mente del que, hasta entonces,
descontento, había osado hollar —sin sonrisa
de las musas ni a su amable indicación—, la senda del amor
y la poesía; mas la quietud, en su irritante desvelo,
es aún más temible que ser derrotado en liza
por levantar el estandarte del amor en almenadas murallas de ficción.
Así, el día y la noche, una vez más,
me ayudan a seguir, cual legión de soldados.
¡Príncipe de pastores desvariado! Desde aquel día propiciatorio,
¿qué promesa has guardado fielmente? ¿Qué nuevas aflicciones
te han venido con el asiduo despuntar de tus alboradas?
Es, ¡ay! su vieja pena. Muchas veces,
por caminos inciertos, errante, ha andado,
por soledades y bosques de robles musgosos, contando
su tiempo lastimero por los golpes de los leñadores
solitarios, escuchando en la quietud, hora tras hora,
cualquier arroyo fresco y claro. Ahora está sentado
junto a una fuente sombría, con agua hasta el codo,
y con movimiento febril de dedos, combate
su frialdad, que irrumpe hacia arriba. Un rosal
silvestre, en flor, lo cubre, y mira un capullo
que conquista su gusto y, ¡mirad!, lo arranca entonces,
hunde su tallo en las aguas, ¡y cómo crece y brota
y a su mirada florece! Y, en su mitad, suavemente cogida,
hay una mariposa dorada, en cuyas alas
debe de haber sin duda grabadas cosas extrañas,
pues con ojos muy abiertos se admira y sonríe varias veces.
Voló con presteza, a lo alto, este pequeño heraldo
al que Endimión persigue alegremente, con las manos
extendidas, y hacia adelante vuela. De los ásperos lazos
de la languidez sus miembros se han liberado,
y, deslumbrado, se apresura a seguirla con la vista
por el cielo soleado. Parecía él que volaba,
tan fácil era su marcha, y, como un espíritu
recién encarnado, cruzaba la tarde en el crepúsculo verdeante,
quiera al sol, por varios terraplenes
y por varias, sombrías forestas y senderos
sepultados, donde la luz del ocaso sueña, dormida,
con el tiempo del verano ya pasado. Una señal
indica una vereda por el bosque, y desfallece,
a lo lejos, ante él, el azul de la mar; y se hunde entonces
de nuevo en un valle solitario donde nunca
sonó voz ninguna de humano mortal, excepto, acaso,
algunos ecos débiles cual copos de nieve
que se disiparan hasta el silencio; y por cuya brisa
expande una dulce salmodia una barca sagrada
para animarse hacia Delfos a sí misma[67]. Sus pies sosegados
corrían velozmente, conducidos por aquel feliz y alado guía,
hasta el borde humedecido de una fuente
que, próxima a la boca de una cueva, perenne, manaba
por el aire atemperado. Y entonces se remontó ella
para, de pronto, empezar a bajar,
como si, sedienta por tantas fatigas, quisiera
beber del cristalino extremo del chorro; y así lo hizo,
con el toque más delicado, como temiendo hollar
con el fino polvo de sus alas las límpidas aguas.
¡Pero qué extraño fue que —hermosa cuanto rápida—,
desapareciera al sólo tocarlas! Desconcertado,
Endimión miró en su torno y removió todos los lechos
de flores ocultas en vano, y tendióse en la yerba. ¿Qué lengua
gentil o voz susurrante truncó su melancólico descanso?
Fue una ninfa, visible hasta el seno la que allí
apareció; sobre el brocal de piedra de la fontana;
y estaba entre unos lirios, como la más joven
de la estirpe. Le mandó con la mano empapada un beso,
y con ansia empezó a entrecruzar y retorcer
sus bucles por los dedos, diciendo: «Muchacho,
demasiado en las desgracias, ay, te has consumido,
en las amarguras del amor. Sí, demasiadas, en verdad,
pues que tan gentil eres. Podría escardar
de tu alma las penas, por los cielos, u ofrendar
a Anfítrite todo el lujo esplendoroso
de mi cofre cristalino[68], todos mis peces
de ojos claros, dorados, de flancos irisados o purpurinos,
de cola bermellona y aletas de gasa plateada; sí,
o mi venoso suelo de cantos alisados que lleva a las honduras
una luz inmaculada, mis grutas de arena, bruñidas
y doradas, empapadas lentamente de tierras lejanas
merced a mis corrientes diligentes, mis lirios alisados
y conchas, mi vara mágica, los poderes
de mi caudaloso río; sí, todo, hasta la copa perlada
que Meandro me diera [69]. Porque yo di mis murmullos
a las criaturas que en remoto desierto desfallecen.
¡Pero, ay de mí! Sólo soy una chiquilla para alegrarte;
sólo me atrevo a decirte que te compadezco,
que he sido hoy tu guía y que debes
alejarte a otros parajes, allende el límite precario
fijado al paso del mortal, antes
de que de todo baldío suspiro o de todo dolor puedas
ser arrancado, hasta el gentil seno de tu amor.
Por qué es así, en lo alto lo sabe alguien del cielo;
que no yo, pobre náyade… ¡Adiós! He de ir a cantar
a mi breve morada». Y entonces se disipó la mirada de Endimión,
que en el agua aún seguía ensimismada. Y seguía
manando la fuente, saltarina; y, donde su curso
adormecido se encharca en la yerba y los juncos frescos,
las libélulas veloces y mosquitos aún se holgaban
y los peces escarceaban como si el mal ni el bien entonces
hubieran sobrevenido. El caminante, sosteniendo
su frente para eludir el zumbido de sus sofocantes fantasías,
sentóse, resignado, y, mientras bajo el ceño somnoliento
del atardecer empezaban a despabilar las luciérnagas
sus brillantes luminarias, a sí mismo así se dijo:
«¿Quién acampa para tomar una plaza ansiada, deleitosa[70]?
¡Oh, qué infeliz! Y cuando es suya, tras largos viajes
y fatigas, perder la médula de sus esperanzas,
¡cuán aún más ruin es! Hasta en la fatiga hay refrigerio
para él. Emprende marcha a otra ciudad,
libre hasta de la más pequeña cuenta de guija de la duda,
que arrebatará de panales engañosos. ¡Ay! Los encuentra resecos;
y entonces se enfurece y avanza, hacia otra plaza
se apresura. Pero esto es la vida humana:
guerra y hazañas, desengaños y ansiedad, peleas
de imaginación, cerca y lejos, eso es todo lo humano; soportando
en sí este bien para que aún sea el aire —sutil alimento—
el que nos haga sentir la existencia y nos muestre
cuán apacible es la muerte. Donde los hombres
la tierra cultiven, maleza o flores en ella crezcan;
pero no hay para mí al hundirme pie. Nada en la tierra
puedo ver que merezca mi piedad, así que ¿he de seguir
en prominente, vaporoso pico terrestre,
en solitario? No, no; y por el laúd de Orfeo que escucha
una Eurídice enloquecida[71], mejor sería
que en esta nubosa cumbre me quedara,
sin más por que suspirar o pretender
que la sombra ligera de mi amor tres veces visto,
mejor que otra cosa cualquiera… ¡Apacible paloma
del cielo! ¡Cintia por diez veces
hermosa y esplendente [72]! De tu trono azul
que ahora el aire todo llena, ¿no ves cómo dimanan
rayos breves de luz tibia a mi pecho,
para el temible poder, la tiranía del amor
espantar un poco? Mas no lo hagas, dulce reina,
que escaparse de un tormento más mortifica
a la celosa miseria humana que el mismo tormento.
Pero es mejor que anudes en mis hombros
unas alas capaces y me indiques
la distante morada de mi amor. Aunque te eluda
la senda festiva de Cupido [73], eres demasiado divina,
demasiado en bellezas excelente
para que algo no se haya hundido tu proa de plata
en la corriente más gentil del amor. ¡Oh, sé propicia
y no juzgues severamente mi impía locura,
porque, por todas las estrellas que a tu mandato rutilan,
creo que se han roto los barrotes en que mi espíritu está preso,
que navego contigo por el cielo vertiginoso!
¡Cuán hermosa eres! ¡Y, el mundo, abajo, cuán distante!
¡Cuán trémulas giran las ruedas, deslumbrantes,
en torno a sus ejes! ¡Y esas riendas, fulgurantes,
qué flexibles son! Cuando este tu carro alcance su aérea meta,
¿quizá algún cobijo velará esos ojos crepusculares?
¡Esos ojos! Mi espíritu flaquea, ¡auxiliante,
diosa querida! O el enorme espacio del aire me abismará.
“¡Socórreme!” Y así, con extraviada mirada
y manos en alto, proseguía, los labios temblorosos,
como el viejo Deucalión sobre montes de agua
o el ciego Orión ansioso del nuevo día [74]. Y como
de la honda cueva sugiera una voz, quedóse atónito,
sin sentido, petrificado; y ni un lamento,
ni un suspiro, ni queja de sentimiento exhaló.
Y así dijo aquella voz: “¡Baja, oh joven montañero!”
¡Baja adonde los caminos se retuercen
hasta las espáticas oquedades del mundo!
Has visto muchas veces precipitarse
del trueno los fulgores como de tus umbrales
y has ido bajando, día a día, del álgido brillar
de los helados picachos y hundido tus brazos
en el éter mortecino, para que aún
hechice su ser marmóreo. ¡Ahora tan hondamente sumidos
como aquéllos son altos, baja! Nunca
la inmortalidad corona al que teme seguir adonde conducen
aéreas voces, así que ¡desciende por los vacuos, silentes
misterios de la tierra!». Sólo oyó
las últimas palabras, y oponerles no pudo
un instante de reflexión, pues voló a la temible sima
a esconder su cabeza de la luna clara, de los árboles
y la locura que progresaba. Y aquello
era demasiado extraño y bello para la tristeza
y agudizaba gradualmente sus ganas de hundirse en lo más hondo.
Oscura, no luciente región, aquélla; transparente
no del todo, ni opaca; mas de luces y de sombra mezcolada;
destelleante melancolía, imperio lóbrego y sus diademas;
un eterno, tenue atardecer de gemas. Sí,
millones de centellas en áurea veta, a lo largo
de cuyo rastro los pasos veloces del príncipe sonaron
en toda su entera, brusca, angular sucesión,
a veces impulsado, cual meteórica estrella,
por algún vasto antro; y entonces, el entramado de colores,
como el arco iris, de Vulcano [75], con algún monstruoso techo,
describe una amplia curva; y, al punto,
en el fondo del profundo abismo, parece
un brusco relampagueo e induce en la creencia a la fantasía [76]
y la conduce seguidamente por sinuosos pasadizos
cuya identidad engendra unas ideas tortuosas
de algún cambio repentino, ya hacia cavernas plateadas,
hileras gigantescas de columnas de zafiro,
o fantásticos puentes que cruzan
unas aguas cristalinas. Se encuentra entonces
en un risco sobre cuyo vasto fondo descolla
como en un acantilado y desde allí
cien cascadas cuyas voces le llegan
no más que como una fuente susurrante. Se quedó
sin sentido, enmudeció su ánimo de miedo al avistar,
de pronto, a lo lejos, un diamante de esfera perfecta
a punto de ahuyentar su vieja sombra de su trono.
Era como el sol sobre el caos suspendido,
y con tal aturdimiento el asombro le embargó
para que, en él absorto, mayores maravillas ya no viera…
Supera el ingenio de cualquier espíritu contar cosa tal,
salvo el del que, cuando el tiempo de este planeta
cierre su esfera, sea su eminente fedatario. ¿Quién?
Los poderosos poetas que han creado un día eterno
para Grecia e Inglaterra. Y, en tanto su conmoción
con hondos suspiros se aplacaba, se adentró
en una marmórea galería por un mentido templo,
tan cumplido y veraz en su sacra apariencia,
que bien que, por ello, temió examinarlo por dentro,
y de donde, a lo lejos, se le apareció,
por entre un largo mirador con columnas, un hermoso altar,
y, algo más allá, una Diana cazadora que andaba,
divina, sigilosa, de puntillas. Yendo
medrosamente, el joven se le acercó; y volvía
con frecuencia sus ojos obnubilados a las naves laterales
y viejos nichos. Y cuando hubo acercado más
al mármol frío su frente, empezó a recorrer
todos sus patios y pasillos —donde un mortal silencio,
que sus pasos rumorosos desvelaban, murmuraba débilmente—
y largo rato erró de acá para allá, para habituarse
a aquel pasmo y misterio, hasta que, rendido,
sentóse ante el centro de una amplia abertura
oscura, impenetrable, hacia una incierta penumbra
y unas sombras horripilantes. Y allí,
cuando aquellas nuevas maravillas ante él cesaron
de flotar y a él volvieron sus pensamientos, ¡cuán acerbo
y penoso hubo de serle el tránsito a su estado habitual!
Loca persecución de fuego fatuo cuyo brillo fugaz
nos entrampa, por arisco zarzal de ortigas, a un pantano,
a una hoguera, al corazón de lo que odiamos.
¿Qué aflicción canta en lo más íntimo del oído solitario
de Endimión, que ya ha llegado
a la meta del conocimiento? ¡Ah, el pensamiento,
el sentimiento mortal de la soledad! Pues, ¿no que no puede
ver los cielos, la corriente de los ríos, las flores
silvestres de los cerros que, de rosa y púrpura arlequinadas,
se confunden, las lóbregas nubes cumuladas
que al oeste lentamente se dirigen, cual manada de elefantes?
No sintió, ni aplastó la yerba algente ni degustó
el aire fresco, adormecido; sino que, lejos
de tal compañía, soportar un tiempo ignoto,
abrumado —ausente— de dolor, era ahora su destino.
¿Y ha de quedarse quieto, trazando fantásticas figuras
con su cayado? «No», exclamó, «¿por qué habría de quedarme aquí?».
«No», repuso un eco muchas veces en voz alta.
Y entonces, él, de repente, encaminóse, decidido,
a sonoros pasos, al centro del templo, confiando,
entusiasta, con encendida fe, en la ayuda de Diana.
Así que cuando, de nuevo, ella tomó su forma aérea,
en tanto se le acercaba, él se lamentó: «Cazadora casta
de las orillas de los ríos y los bosques, de los páramos
eriales, ¿adónde vas con tu arco de plata y agudas flechas
adornada? Oh, Reina del bosque, ¿qué suavísimo aire galantea
tu frente todavía más suave? ¿Dónde oíste el extenso clamor
de tus ninfas dispersas? ¿A través
de qué oscuro árbol alborea tu cuarto creciente[77]?
Por doquier que esté, está en el hálito del cielo.
Gozas de libertad como nadie gozarla puede, y no malgastas
en unos torpes elementos tu hermosura, sino que, buscando
en nuestra tierra verdecida dulces placeres,
en ella vives con beatitud. ¡Si del Elíseo aquél
te parece, cuánto más agradable a mí, exiliado mortal,
su nombre amable me suena! En mi pecho vive
una asfixiante llama, ¡oh déjame refrescarlo
entre las ramas, en el céfiro! Una febril sed de volver
mi lengua abrasa, ¡oh, déjame apagarla en tus frescas fontanas!
Por mis oídos rueda una inanidad sonora, ¡oh, déjame oír
otra vez el trinar de los pardillos! Ante mis ojos,
flotan unas densas nubes y sombras, ¡déjame ungirlas
de luz celestial! ¿Y ahora lavas de blanco tus pies,
tus tobillos? ¡Ah, piensa en cuán dulce es para mí
el acopio de agua refrescante! ¿Y ahora sacias
tu sed con zumo de bayas? ¡Oh, piensa en cuánto
se complacería tu reseco paladar! Si en duermevela oyes mi voz,
¡oh, piensa en cuánto me encantaría un lecho de flores!
¡Joven diosa! Déjame ver mis rincones natales,
y sálvame de este abismo voraz». Y, así diciendo,
en alta voz, quedóse alertado como si quisiera
retar a su destino; pero cuando más abrumador de nuevo
se hizo el obstinado silencio, bajó su rostro poco a poco,
buscando su antiguo lecho en el espacio,
su cuna de aire, humildemente, y, abatido,
hasta el trémulo frío del suelo. Mas no por mucho tiempo;
pues, más dulce que el arroyo hacía su vieja quebrada
o que marea alta hacia sauces ribereños eran las hojas
que él escrutaba y las flores, guirnaldas y coronas
de mirto acabadas que de entre las losas crecían.
El frescor se anega en sí mismo y se esfuerza en ocultar
sus deleites, diversamente: la opulencia de las flores,
en largo brotar susurrante, ante sus pasos
creció encantada, como cuando se alza de nuevo
el oleaje antiguo de la mar y hasta la orilla rueda,
bajo cuyo dorso verdoso su espuma, de efímera vida,
toda cana, aparece poco a poco, con pertinaz indolencia.
Y con mayor emoción aún, deleitados sus sentidos,
acelera su encantada travesía, y tan ansioso por llegar
a su final, que apenas dedica un momento su mano
a primores tales. Sigue adelante; se para; palpita su pecho
tan fuertemente en sus oídos como el hechizo incierto
del que nacieron sus latidos. Esta silente alarma
o música adormecida, le forzó a caminar de puntillas,
pues se hizo más suave que la del viento del este al soplar
la magia de Arión a las islas atlánticas[78]
o que la del viento del oeste, celoso de las sonrisas
del entronado Apolo, si exhala la lira hacia los mares
de Jonia y Tiro.
¡Oh! ¿Vivió siempre aquel hombre solitario
que amó y la música no destruyó? Es la plaga
del amor que las dichas más hermosas nos den
la mayor zozobra, que las cosas
de más frágil valor y delicado se consuman del todo
y vuelvan en requemada esterilidad, por una llama
devoradora, y sumerjan y sofoquen auténticas bendiciones
en una maldición. El feliz a medias es miserable
en comparación con la beatitud. Y fue también, pese a esto, esta melodía,
cual gota de rocío, en los oídos del Cario[79]; primero el cielo,
el infierno luego y después el olvidado cielo sereno,
en pasión elemental se apagaron.
Y hundióse en el seno
de algún abismo funesto sin guía celeste, benigno,
que le orientara, donde ramas tupidas de mirto,
rozando su cabeza, le despertaron. Y luego
se acallaron otra vez los sonidos como lluvia que, a mediodía,
en luna llena, sobre enramada cae, en aquel
mínimo espacio en que él estaba; pues, cuando el crepúsculo
asomaba por el bosque, vio una luz palpitante
y a ella fue por sinuosas avenidas y, ¡oh maravilla!
vio sobre el suave verdor, uno aquí y otro allí, a unos cupidos
en su pluma bella adormecidos.
Y, vencidos
mil laberintos, al fin, con presto paso,
llegó a un aposento de mirto murado, en lo alto
lleno de luz, de incienso, dulces trovas
y más cosas raras y hermosas a su lado: porque, en medio
de una cama de seda de rosa soberbia, durmiendo,
yacía un doncel de la belleza más delicada;
demasiado, en verdad, para que los suspiros pudieran penetrarla
o alcanzarla el contento. Y emparrados de color de oro,
como de melocotón colorados, o caléndulas
del sazonador octubre, marchitas, caían sobre él en mil pliegues.
Ysin ocultar la curva apolínea
de su cuello y de sus hombros, ni el tendido dosel
que sostenían sus rodillas, mostraba sus blancos tobillos
y, a plena luz, complaciente, los exhibía.
Ytenía la cara recostada en un blanco brazo,
y, tiernamente entreabierta por una aún mayor ternura,
la exámine boca de damasco en rictus somnoliento,
como el viento del sur por la mañana abre una rosa
de pétalos rociados. Y, en su cabeza, cuatro tallos de lirio
rendían sus albos honores nupciales formando una corona,
y crecía a su alrededor un sinfín de tiernos zarcillos,
de toda flor y color conjuntamente enlazados,
trabados recientemente: la vid
de vástagos tersos, la malla de yedra ocultando
sus etiópicas bayas, y madreselva, de hojas
aterciopeladas, y divinos brotes de búgula,
el convólvulo en flor, entre pétalos listados,
la enredadera madurando para un otoñal rubor,
y las clemátides virginales, extendiéndose airosamente
con otras de su misma condición. Y había allí
unos incólumes Cupidos en silencio que vigilaban.
De rodillas uno, que pulsaba las cuerdas de su lira
preservando con sus alas de la muerte aquel patético sonido,
una y otra vez se levantaba para mirar
cómo dormía el doncel, mientras otro tomaba una rama
de sauce que destilaba rocío fragante y en sus cabellos
la sacudía; otro volaba por aquel techo enguirnaldado
y, como si batiera sus alas, hacía
llover violetas sobre sus ojos dormidos.
Y ante estas maravillas y aún muchas más,
el desalentado latmio cada vez se admiraba más y más,
hasta que, con impaciente perplejidad, avanzó directamente
y, caminando suavemente, se acercó
a aquel mismo emplumado tañedor de lira que, con presteza,
sonriendo, le dijo así: «Aunque de tiempo vas errante
y aquí tu presencia podría semejar impía,
¡Arriba el ánimo! Porque éste es el toque más bello
del honor humano, que algún celestial, benéfico donante
presente sus moradas inmortales a los sentidos humanos
como ahora, Endimión, hago por ti. De ahí que yo
en modo alguno me espantara. Tiéndete en estas
flores lozanas. Aquí tienes vino, vivaz de espumas.
Nunca, te aseguro, desde los tiempos de la vendimia de Ariadne,
hubo púrpura tan fresca[80]. Saborea estas peras zumosas
que me envió el triste Vertumno cuando eran mayores
las repulsas de Pomona[81], y aquí tienes crema
que en lujo supera al fulgor de la nieve, más dulce
que la que la nutricia Amaltea [82] desnatara
para el Júpiter infante; y, aquí, intacto, hay
un racimo espléndido de ciruelas maduras,
que en boca de un niño se desharían; y aquí tienes maná,
tomado de cocotero sirio, a la luz de las estrellas,
por las tres Hespérides[83]. Huélgate, y, entretanto,
te daré a conocer todo esto que nos rodea». Y así lo hizo,
remembrando todavía la cadencia de su lira, y dijo:
«No voy a cansar tu atención contándote
cómo la diosa de la mar nacida por un joven mortal desfalleció [84],
ni cómo luchó por arrastrarlo totalmente a su apasionada intimidad.
¿Quién no hubiera sido, así, encarcelado? Mas él,
querido elfo, se contentó con que su súplica de amor
por sus brazos indolentes resbalara; se contentó
con ver un cielo inconmensurable desvanecerse a sus pies;
oh, necio, se contentó con hacer displicente retirada
en tanto en la yerba gozosa aquel amor yacía,
solitario, entristecido, y cada lágrima suya brotaba
de un apasionado antagonismo; y estaban
sus ojos y labios velados por opaca humedad y esparcía
unos prontos suspiros, tristes y ahogados, su breve nariz.
¡Silencio! ¡No grites! Que aún puedes clamar en maldiciones
contra su testa. Yo estaba a medias contento
mas mi desdichada amante se volvió demente, loca
cuando el jabalí la mordió. Así que fue
al trono eminente de Júpiter con presteza,
y, quejándose, vertió en la barba del que truena
lágrimas de llanto inmortal, hasta su decreto
de que volviera cada verano a la vida. Es éste, mira,
aquel mismo Adonis, seguro en su privanza
en esta plácida región, durante todo su invierno de sueño[85];
sí, duerme, pues cuando nuestra reina, mórbida de amor,
sobre su inane cadáver lloraba, su lluvia temblorosa
cicatrizó su herida y, con balsámico poder,
remedió su muerte con demorada languidez: el que ella
colma de visiones y reviste de todo ese reposo suntuario;
y nos ha destinado a nosotros, jóvenes inmortales,
a que sin tregua velemos su sueño: y éste casi pasó,
aunque empleando la duración de un instante,
y escapa ella velozmente con las brisas estivales,
palpitante todavía por aquel temprano y largo beso,
cálido y primerizo, a renovar sus diversiones en la fronda
de la isla de Citerea[86]. ¡Mira cómo aquellos escuchas
alados están, en tanto, ansiosos! ¡Mira! ¡Ve!». Y estas palabras
clamorosas quebraron aquel silencio inquietante:
porque oyeron un ruidoso susurro de hojas
y, afuera, un revolar de palomas y pichones [87].
Adonis murmuró algo al levantar la mano, antes abandonada
en su costado, gradual, convulsamente, hasta su frente;
y entonces hubo un murmullo de voces repentinas
que repitió: «Ven, ven, levántate, despierta». El claro verano
ha recorrido el césped de tréboles y ella ha hablado
a todos los pinzones en su nido con voz lisonjera.
«¡Levantaos, Cupidos, o como una campánula pincharé
vuestros brazos rechonchos! ¡La grata vida una vez más
de nuevo empieza!» Y, a esto, ellos se apresuran
por todas partes, frotándose los somnolientos ojos
con las perezosas muñecas y doblando
por encima de la cabeza sus pequeños puños, echando
hacia atrás, bostezando, la cabeza. Pero en seguida
estuvieron todos despiertos. Porque, como vino delicioso,
burbujeante, que se sumerge en nectáreas nubes
y en ondas de agua pura, así de aquel arbóreo techo
bajó un aire fragante, vivificante, que hizo que allí todo riera
y cantara, retorzara; que todo reclamara a voz en grito
a su amable reina, cuando, ¡oh!, abrióse el verde trenzado
y pudo ver, arriba, a lo lejos, el cielo azul
y un carro de plata que en el aire se tenía
y cuyas ruedas en silencio —que el frescor
de las nubes matinales humedecía— hacían gotear
un rocío como lluvia, y cuya fría cadencia
en los suaves hombros de Adonis le hizo
agitarse y ponerse intranquilo. Y, luego,
unas blancas palomas, de collar destacado y estelas de seda,
al bajar, resplandecieron; y luego, al volver
de su amoroso destierro, la reina Venus,
con los brazos abiertos, hacia abajo se inclinaba;
su sombra en su pecho cayó; y llenóle
de tumultuoso encanto, de nueva vida el fondo
de sus ojos. ¡Ah, mísera contienda
para tan sólo confortarse! ¡Infortunada mirada, salvo
la que encuentra sus órbitas azules! ¿Quién,
quién puede describir aquellos instantes primeros?
La musa más esquiva a tan cálidos abrazos
como los suyos, hace carantoñas de excusa.
Oh, ha conmovido
allí a todos los espíritus salvo al Amor, que sigue,
soberbio, compartiendo, en pie,
la general alegría. Está, temible, en pie, con yugo
soberano entre sus manos agitándose, y ninguna mirada
puede soportar el esplendor de su arco; su carcaj
es misterioso; nadie puede conocer
acerca de él sus propios pensamientos; de sus ojos
centella una luz extraña, de tonos y matices diversos;
y a veces frunce el ceño, mas quien lo mira fijamente siente
en seguida que fluye el hermoso azul de sus ojos,
derretido, por su alma. Y lo siente Endimión,
que no domina ya en su interior la ardiente plegaria
y, así, inclinado hacia abajo, había empezado
a deplorar su aflicción. Pero Venus, volviéndose hacia él, dijo:
«Chiquillo mío, favorece a este joven tan gentil;
sus días son movidos a causa del amor; él ¡pero, ay!
demasiado bien yo veo que tú sabes
cuán profundo es su infortunio. Ah, hijo mío,
no te sonrías así; te digo la verdad,
que en horas de tristeza he llorado el sueño sin fin
de este Adonis nacido de nuevo; que siempre
me compadecí de este extranjero. Pues, una fosca mañana,
un día, eché a volar hacia las nubes anchurosas, a llorar
y a rezar por este mi amor: ya que Marte, el ominoso [88],
hasta las lágrimas me ha acosado. Y cuando cesó
un poco en ello, mirando hacia abajo, vacante,
por el brumoso bosque, vi a este joven
desesperado: esos mismos rizos oscuros volaban,
errabundos, al viento; esos mismos párpados ribeteados
que iban cegando, pausadamente, sus ojos tristes.
Le vi arrojarse en la hojarasca como si la muerte
le hubiera llegado de pronto; no se movía
en lo más mínimo, mas torpemente susurraba. Pude oír
que amaba a alguna hermosa inmortal, y que su abrazo
la había hecho huir, cruzando la noche. Y no hay
señal de esto en los cielos. He buscado
en todas las mejillas, y encontrarla es de todo lo más vano,
lo más secreto de todo. Endimión,
serás un día bendecido. Así que obedece aún
la mano que te guía con firmeza, a través de estos prodigios,
hacia términos placenteros. Es un escondrijo
en extremo necesario; y si yo así no lo creyera,
debieras cabalgar conmigo el rayo del sol. ¡Y ahora, adiós!
Debemos dejarte aquí». Y, a estas palabras,
remontaron vuelo las palomas impacientes, se levantó
la flotante carroza, se alzó un rumor celestial.
A lo lejos, en alto, el latmio les vio abolirse
y, cuando ya se hubieron desvanecido del todo, aún percibió
un vivido relampagueo de aquel terrible arco.
Cuando todo quedó a oscuras, con angustias de Etna
la tierra se conmovió, dio un gemido solitario y le abandonó de nuevo en
crepuscular soledad.
Y no se enfureció,
no clavó los ojos, sorprendido; pues todas aquellas visiones
habían pasado y se habían consumado, y ahora él estaba solo.
Se sintió seguro de unos tiempos felices, cuando todo
lo que había padecido le parecería cual una pluma
ante aquel premio magnífico. Y, así,
con insólita alegría, atraviesa las cuevas,
los palacios de mineral moteados y las cúpulas
doradas, los muros cristalinos y los pisos de turquesa,
los pórticos negros que una sombra amenazante abrillantaba
y, al fin, una balaustrada de diamantes que le condujo
lejos, hasta más allá de una exhuberante magnificencia,
en espiral por escabrosas galerías; y, de allí, extendiéndose
por un vacío, a unos inmensos precipicios donde —todas
estrépito y espumas— corrientes subterráneas fluían
sobre lechos de granito; y aún sobrepasó luego las cumbres
de plata de las que brotan mil fontanas, y hubiera podido
alancear con su azagaya sus aguas, pero,
cuando aquel descuidado chapoteo, tales columnas chorreantes
de pronto alcanzaron la altura de un álamo y empezaron
a cercar con su artificio de nuevo su senda de diamante,
circundándola de agua viva y deslumbrándola con su frescor,
con un clamor acaso como el de un tumulto de delfines
cuando las hermosas conchas dan
la bienvenida a la flota de Tetis. Largo tiempo
él se demora ante este deleite, pues, en el breve espacio
de cada instante, los chorros se enlazan
con magia cambiante: a veces
como los enrejados más delicados, cubiertos
de enredaderas de cristal; y como sauces llorones luego,
que se movieran en suave brisa, en un parpadeo,
en cendal de aguas se adelgazaba, vertíase en forma
de dosel de cortinas de lentejuelas esmaltados, y adornados
de líquidos bordados de flores, cisnes, náyades hermosas
y pavos reales. Más veloces que la luz esas raras maravillas
desaparecieron, y, luego, el agua, reuniéndose
en corrientes porfiadas, remedó las ramas viejas de los robles,
pilares y frisos y altas, fantásticas techumbres
de esos lugares sombríos que en tiempos muy remotos
se llamaron catedrales. A disgusto, se despidió
de estas fuentes proteicas [89] superando abismos y hondonadas,
y torrentes, y diez mil formas salientes entrevistas
por la tiniebla más profunda, y boquetes espantosos
que todo lo ennegrecían; y, en alto, una cúpula abovedada
como el cielo, cubierta profusamente de gemas de luz estelar.
Sí, todo era allí tan vasto y tan extraño,
que aquel solitario sintió tener lugar en él
algún cambio repentino hacia algo funesto, enojado
cual águila matinal, perdido y abrumado, y entorpecida su visión
entre la niebla, en altiplanicie, a medianoche. Mas de pronto
revive, porque, ¿quién contempla lo súbito y nuevo sin abismar
el lodazal de su mente? ¡En el fondo oscuro,
por un arco escabroso, apareció Cibeles Madre [90]!
Sola, sola y en carro sombrío: y unos oscuros pliegues
ondeaban en torno a su majestuosa figura, y, su frente,
como la muerte helada, estaba de torrecillas coronada.
Cuatro crinados leones arrastraban sus ruedas constantes.
Solemnes eran sus fauces dentadas y sus ásperos ojos,
semicerrados, sus pesadas patas, que lentamente levantaban,
y sus colas nervudas que cubrían sus flancos pardos.
Bogando en silencio se adelanta esta reina sombría
y en otro arco de tiniebla se desvanece.
¿Por qué
te demoraste, joven viajero, en tan lúgubre paraje?
¿Estás cansado de viajar, o no puedes seguir ya tu camino
diamantino? ¿Y no es verdad que acaba éste de golpe,
en pleno aire? ¡Inclina a tierra tu frente
e invoca a Júpiter, que llevan las nubes, con ardor!
Y sí estaba cansado de viajar. Abruptamente,
en pleno aire, había perdido el camino. Al Júpiter
que llevan las nubes se inclinó, y una gran águila
que a él se dirigía cruzó el cielo por allí; a cuyas alas,
sin decir impía palabra, se arroja,
a la tiniebla encaminado y a la fosquedad, hacia abajo,
hacia abajo y sin saber hasta qué destino placentero.
Veloz como una plomada que se hunde, cae
por lo ignoto, hasta exhalar asfódelos y rosas,
con otras amenas aromas mezcolados; y llegó impetuosamente
a unas pequeñas cuevas tan profusamente enguirnaldadas
de hojas y musgo que parecían grandes panales
de color verde, que unos aires deliciosos con sus lozanía rozaran.
Y en su rincón más verdecido, el águila le dejó y se despidió.
Era un refugio de jazmines por completo rociado
de áureo musgo. Todos sus sentidos se habían afinado
para entonar el placer; por su cabeza
volaba una delicia invisible, y su pisada era crepuscular;
a sus atentos oídos el silencio fue música
de divinas esferas; un lujo de rocío había en sus ojos;
sentían las florecillas sus suspiros de placer
y lánguidamente los suscitaban. Recorrió la verde cueva,
aquel seno, maravillándose a cada momento,
con tan copiosa y repentina exaltación, que, «¡Ay!», dijo,
«¿se abolirá en soledad todo este chorro de sensaciones?
¿Y, cual melodías en arenal, se disiparán, sin un eco?
¡Si es así, me quedaré tan triste, melancólico y desolado!
¡Pero si aún me siento inmortal! Oh, amor mío,
aliento de mi vida, ¿dónde estás? ¿En lo alto, bailando
ante las puertas matinales del cielo? ¿O guardando
aquellos siete hijos estelares del viejo Atlas[91]?
¿Eres una acuática doncella, una de las hijas
de cabellos claros de Tritón, el de ondulada caracola [92]?
¿O eres —¡imposible!— una ninfa de Diana,
que haces girar una corona de ramillas tiernas
en completa ociosidad? Quienquiera que seas,
sé que ahora es mi voluntad arrojarme a tus brazos,
espantar la comitiva de la Aurora y salvarte
de la mañana, sobre el piélago como un ave salvaje volar,
o arrancarte de tu cuna de espuma del mar, despojarte
de tu veste pastoril y galantearte en el fresco follaje.
No, no, que con su ansia mi alma engaña
su misma impotencia y sé que esto no puede ser.
Oh, déjame volar en plácido sueño a sus portales. ¡Oh, ven,
sueño, oh, ven, plácido sueño! Y adormece
suavemente, por pocas horas, la soledad que se acerca».
Así él habló, y entonces se sintió dotado
del poder de soñar deliciosamente, tan maltrecho,
por lóbrega travesía, que, buscando, encontró
el más blando lecho de musgo y el más hondo,
en que se echó; y, tendiendo al aire sus brazos
indolentes, oh bendición, tomó una cintura desnuda.
«Bello Cupido, ¿de quién es?» Y una voz conocida le susurró:
«Amor mío, aquí estoy», a cuyo suave arrebato se estremecieron
con apasionado llanto los dos. ¡Helicón [93]! ¡Colina de fuentes!
¡Helicón del viejo Homero, que si quisieras
manar harías un riachuelo sobre estas tristes páginas!
Entonces mi verso se encumbraría, y cantaría
a esta hermosa pareja, cual alondra a su joven nidada.
Pero todo es oscuro en torno a tu añosa cima
y tus claras fuentes se exhalan a vapores hacia el cielo.
Sí, el censo de Poetas importantes ha terminado;
arrollaron las Musas su pergamino; el rollo preclaro
está en manos de Apolo; y nuestros ojos deslumbrados
han visto un tinte nuevo en los cielos de poniente.
El mundo ha cumplido su deber[94]. Y aún, oh, aún,
aunque el sol de la poesía se haya puesto, estos amantes
se abrazaban y nosotros debemos deplorar
que no haya subsistido ningún viejo poder
para impregnar ninguna pluma inmortal en sus lágrimas de dicha.
Fue mucho antes de que preguntara su ansioso temor
al silencio si estaban juntos, que yacieron acariciándose
y besándose para disipar tal duda; mucho antes
de que unos suaves, tiernos sollozos empezaran a convertirse
en palabras y allí, entonces, se corrieran
dos fuentes balbuceantes de voz de sus dulces labios.
«¡Oh Desconocida que yo sé y de la que absorbe mi ser
una esencia de belleza tan querida! ¿Por qué no puedo
eternamente seguir en estos brazos, en este dulce lugar
acomodar para siempre mi mentón y tomar siempre
esas manos juguetonas, en exceso suaves y besarlas?
¿Por qué no he de sentir por siempre ese aliento
en torno a mis ojos? Te hurtarás, ah, otra vez de mi vista,
bien lo sé. Te irás sin atender
mi solitario delirio. ¡Habla, hada bella! ¿Lo… lo harás?
¡No! ¿Quién osará de mí arrancarte? Y por ti misma,
bien sé que nunca me dejarías. Permíteme abrazarte
aún con más fuerza, con más fuerza. Entonces, ¿cómo podemos
partir? ¡Elíseo! ¿Quién eres? ¿Quién, ya que no puedes
quedarte por siempre aquí ni contigo yo remontarme
a esfera alguna rutilante? ¡Hechicera! Dime,
por este tierno abrazo, por la perfección
más delicada de tu rostro, de esos labios, oh prendas
esquivas de dicha, de esos ojos fulgurantes, y por esos
aún más tiernos, amables poderes soberanos, ésos,
los más tiernos, y por el nectáreo vino, la pasión…»
«¡Oh Ida puro, divino[95]! ¡Endimión! ¡Queridísimo!
¡Infeliz de mí! Su alma se nos irá, ¡oh, felicidad!
¡Cómo me quiere! Sus pobres sienes baten
a los mismos acordes del amor… ¡Cuán dulce, ah, cuán dulce es!
¡Revive, amado joven, o desfalleceré, moriré! ¡Revive
o estas horas benignas se precipitarán
en somnolienta inanidad! Habla y deja que ese hechizo
espante este letargo. No puedo aliviar su pesada carga,
pero al menos uniré mis labios con los tuyos
para que puedan festejarse con opulencia hasta degustar
de nuevo el rebrotar del amor. ¡Cómo! ¿Te mueves?
¿Me besas? ¡Oh, felicidad! ¡Oh, dolor! Te amo, muchacho, más
de cuanto puedas figurarte, y tan larga ausencia de ti,
distancia a mi alma de todo reposo. Mas debo seguir.
Aún no puedo exaltarte conmigo a las alturas estelares
ni, por puro pudor, entregarme a ti. ¡Ah, querido,
no te lamentes o me expulsarás de este retiro
y tendré que sonrojarme en el cielo! ¡Oh, pero si ya lo he hecho!
¡Si horribles sonrisas ante mi perdido esplendor
y vehementes engaños me han relegado de la cumbre solemne
del Olimpo y de todos los dioses severos; si todos
olvidaron nuestro placer excepto nosotros solos!
¿Y, por eso, vergüenza tal? No es sino para expiar
nuestro interminable placer con algunos cobardes sonrojos.
¡Así que, cobarde he de ser yo! Surge el horror ante mí,
demasiado palpable… ¡La triste mirada de Júpiter,
el ímpetu de Minerva[96], no estremecieron ningún corazón
de temor a la pureza; y ningún ala de Cupido
se abajó reverente; mis dominios cristalinos
casi se extraviaron y todos mis himnos antiguos se anularon!
Pero ¿qué es eso para el amor? ¡Oh, si volar pudiera
contigo hasta donde alcanzan las potencias del cielo
y, así, durante las muchas, siguientes horas, me tomaras
tiernamente! Ahora te juro que soy prudente
y Palas necia. Quizá, como el mío, no sea su amor
sino ignoto. ¡Oh, creo que hasta ahora he sido
la única casta! Sí, Palas ha ido suspirando
en tanto veía cada tarde cómo yo recogía en alto mis cabellos,
con tan fríos dedos como hojas de álamo blanco. Dulce amor,
he sido errante cual paloma solitaria y no he sabido
que estaban construidos los nidos. Ahora, dame
un suave beso… Sí, por ese beso prometo
una felicidad sin fin, inmortalidad a tu pasión.
Te exaltaré en lo sucesivo hasta donde brilla
la celeste ambrosía, y en la sombra nos ocultaremos,
veranos enteros, en un claro de río, y te contaré
historias del cielo y te susurraré el murmullo de sus coros.
¡Mi amor feliz curará cualquier herida! ¡Oh, déjame
unirme a ti, que el sonido de nuestras voces juntas
se enlace al nacer! Abracémonos con cariño… ¡Oh indigencia
de las humanas palabras! ¡Aspereza del habla mortal!
Empíreos balbuceos algún día enseñaré a tu lengua melosa,
susurros de laúd que para hacértelos comprender proclamo
mientras ahora, así, te abrazo y de amor lloro.
Estoy dolorida, Endimión. ¡Dolor, dolor! ¿Es la pena
contenida en lo más hondo del placer mi única vida?».
Y, entonces, con copiosos sollozos, su pelea gentil
en languidez se trocó. Y él volvió a sus lágrimas
y arrebatados juramentos.
Vosotros, los que con excesiva pasión
os habéis afligido, os quedaréis aquí
y apiadaréis, sólo por mor de la verdad, cual tonada
no de estos días, mas de largo tiempo ha, en que el viento
de una caverna lo relató a un bosque viejo, y luego éste
lo contó en sueños a un lago dormido, cuyo frío,
horizontal centelleo captó un poeta al encaminarse
al templo de Febo; y en él sumergió sus miembros fatigados,
bañándose por espacio de una hora, y, luego,
en aquel inspirado lugar, directamente, al aire
cantó aquella historia y le dio universal libertad. Allí
ha estado siempre sonando para aquellos oídos
cuyas puntas por sus ganas de oír se encienden[97]. La leyenda
anima allí a unas estrellas centinelas y, quien la escucha,
debe sin duda autocondenarse o lo ha de plañir.
Porque unos ardores implacables ascienden
al corazón, enfierecido por causa del temor
de que el viento, arremolinado, pueda en lo más mínimo
absorberle. Y lo que ha quedado hasta ahora aquí escrito
siempre encuentra un lugar de reposo, con lo que
se vuelve muy claro y sencillo. Al punto empieza
a extinguirse la extraña voz… Y tan sólo suena
un sonido que se aleja y la joven visitante al fin desciñe
sus miembros gentiles y deja al joven dormido.
He ahí la tradición de este profundo misterio.
Y ahora volvamos a nuestros primeros cronistas.
Despertó Endimión, cuyo dolor por causa de ella
afligía dulcemente sus oídos. Con pesar comprendió
una vez más cuán solo estaba, y estrechó tristemente
el aire con sus brazos vacíos; inclinó la cabeza,
y, completamente abandonado, en aquel lecho ausente,
en silencio, se sentó. Había conocido la locura del amor.
Con más frecuencia que los torturados rugidos de un león,
habían de él irrumpido las quejas, pero, entonces,
ya había de él tal ansia desaparecido. No arriesgó
ya más su áspera voz de guerra contra las estrellas
del destino. No, que ya había sufrido demasiado
para enfrentamiento tan duro. La lira de su alma,
por Eolo acordada[98], olvidó toda pugna y sólo
suscitaba en él melancólicos pensamientos. ¡Oh, desfalleció,
embriagado por los pezones del placer, y, en adelante,
fue su amor el de una paloma! Dificultosamente se levantó
del revuelto lecho y, cuando lo hizo, fue con lentos,
lánguidos pasos y el rostro oculto
entre sus manos encubridoras. Y, de tal suerte sereno,
descarrióse, al entrever unas visiones
que hubieran hecho desfallecer a las serpientes de Alecto [99],
maravillas mayores que las de la flauta de Hermes[100]
cuando, anhelante, se inclinaba sobre unos ojos
que todo lo eclipsaban; y, al fin, vio una gruta resonante,
vasta y abovedada, que miles y miles de perlas tachonaban
y conchas de boca purpurina, con gruesas vetas de toda
forma y tamaño, hasta de la magnitud de un puerto
en que se recluyeran a meditar las ballenas y a gruñir
contra la interminable tormenta. Y aún más, también
figuras de peces de color verde y azul,
a lanzar sus chorros dispuestas[101]. Ante cuya álgida maravilla,
Endimión se sentó y se puso a rememorar toda su vida:
su juventud hasta el día en que, entre fiestas,
aclamaciones y alegres coronas, subió a su trono pastoril;
y vio su blanco palacio en un rincón del selvático bosque
V todos los convites que había allí presidido. Y todas
las tiernas muchachas que entonces le habían parecido hermosas,
con todos sus amigos y compañeros de caza, como en un sueño
ante él desfilaron. Y luego el aliciente
de los viejos bardos por sus grandes hazañas; sus designios
de acariciar la edad de oro entre los clanes de pastores;
y aquella noche de asombro[102], la gran celebración a Pan,
la tristeza de su hermana, y su vagabundeo entero
hasta caer en la entraña más profunda de la tierra
y luego toda su magia entera sepultada hasta que se sonrojó
con su excesivo, excelso amor. «Y, ahora —pensó—,
¿cuánto tiempo he de seguir en peligro de sorpresas incomprensibles
para no sorprenderme más? Ahora que ya he saboreado
hasta la médula su alma exquisita, cualquier otra hondura
es poco profunda. Lo bello, que antes parecía espiritual, es ahora
como hez inmunda, destinada sólo a fertilizar
mis raíces terrenales y a que mis ramas eleven
un fruto de oro al cielo en flor. Cualquier otra luz,
aunque lo bastante veloz e intensa para deslumbrar
la vista del águila olímpica, es oscura, es tan oscura
como las del linaje del caos. ¡Escucha! Mis silenciosos
pensamientos resuenan en estas conchas, ¿o no son
sino fantasmas, moribunda resonancia de clamores lejanos?
¡Escucha!». Y prestó un ansioso oído. Aquel zumbante sonido
se hacía más fuerte y, ¡mirad!, a uno y otro lado
de donde él estaba tendido, brotó, con polvorienta espuma,
una copiosa fuente; y sus dos brazos, veloces, locos,
fantásticos, se quebraron en torno a las rocas; restallaron
por las conchas y caracolas de la excelsa gruta
dejando un mentido rocío. Al fin bajaron de lo alto del techo,
emanando un ruido como de corredores que, sin aliento,
cuyas últimas esperanzas estuvieran puestas
en las escasas, finales zancadas, y con fuerza ya agotadas
durante el recorrido seguido hasta entonces, emprendieran
un sinuoso camino. Y Endimión los siguió —parecía
que uno siempre perseverara en tanto el otro
por apartarse pugnara—, siguió sus lánguidos laberintos,
hasta que dejó de pensar en los misterios y se quedó
arrobado en tiernas divagaciones sobre aquella
dicha desvanecida. ¡Ah! ¿Qué canta al aire su sueño?
¿Qué melodías son éstas? Resuenan como a través
del susurro de unos árboles no nativos, en esas bóvedas estériles.
¡Prestad oídos!
«Oh Aretusa, ninfa sin par[103],
¿Por qué temes ternura tal como la mía? ¡Gran Diana!
¿Por qué, por qué escuchaste su plegaria? ¡Ah!,
¡ojalá estuviera ahora yo jugueteando en torno a su belleza
delicada, dando vueltas a su cintura, pugnando por atraerla
hacia el fondo y entonces me deslizara
entre sus labios deliciosos y sus tenues pestañas!
¡Ojalá su cabello luminoso al sol estuviera, y yo,
destilándome, por él fluyera en riatillos amorosos,
por sus formas temblorosas! ¡Quedárame en sus hombros
puros, calentárame entre sus pechos cariciosos
y el encanto de cada contacto suyo me transportara!
¡Mira cuán apenadamente chorreo! Hermosa doncella,
apiádate de mi honda aflicción. Sigue, sigue tu marcha cansina
y déjame orientarme, feliz galante, al prado florido
donde toda aquella belleza me atrapó». «Dios cruel,
desiste o el asentimiento de mi amante ofendida
estancará todas tus fuentes… No me atormentes
con palabras de sirena. ¡Ah! ¿He conseguido realmente
el poder de enloquecerte? Y es verdad… Fuera, fuera…,
o tiernamente habré de llorar hasta mi mismo pensamiento.
Aléjalo, pues, por favor, benigno Alfeo,
pues si obedeciera mi propia y cara voluntad,
se seguiría una fatal calamidad. ¡Ah, oréade reina[104]!
¡Si padecieras un dolor como este mío, me volvería temeraria
y sería una criminal! ¡Ay, me abraso…, me estremezco;
gentil río, vete de aquí! ¡Alfeo, hechicero! Todos
mis sentidos una vez en estos bosques se purificaron.
Frescas brisas, prados frondosos, torrentes inocentes,
fruta madura y yacija solitaria me daban contento.
Mas desde que, descuidada, me bañé en tu corriente engañosa,
un ardor palpitante creció con fuerza en mi interior.
¿Por qué tratarme así y llamarlo amor? ¡Si era, ay, crueldad!…
Nunca más cerré mis ojos llenos de dicha
con el canto de los tordos. ¡Fuera! ¡Atrás!
¡Oh, qué crueldad fue!…» «Te quejas ahora, Aretusa,
tan quedamente, que creo que si estuvieras retozando,
ahora, en mi orilla sombría, en mis aguas, de nuevo te bañarías.
¡Doncella inocente! No reprimas más tu corazón,
ni te asusten las potencias enojadas… Deidades hay
que nos darán sombra con sus alas. Esos suspiros
entrecortados son casi la muerte
para el que los oye. ¡Oh déjame verter un bálsamo
rociado sobre ellos! ¡No temas más, dulce Aretusa!
La misma Diana debe sentir a veces esas mismas congojas.
Doncella querida, ruborizándote penetra en mi alma furtivamente
y huyamos de estas horribles cavernas, salgamos
al cielo despejado. A lo largo de todo mi sinuoso recorrido,
del verde mar hasta mi fuente escondida en los bosques arcadios,
te complaceré; y te mostraré los cauces
por donde fluyen mis aguas más heladas, entre rocas cubiertas
de musgo; por donde, entre exhuberante verdor,
por una complaciente oscuridad voy errando,
más invisible que Saturno en su exilio [105],
circundo unas islas llenas de flores y tomo de ellas
la crema de los dulzores polvorientos de las alas
de las mariposas, que miríadas de abejas zumbando
con la miel de sus alas [106] liban y donde tú te complacerías
en elegir las más sabrosas, y en almohada de incienso
cada noche descansaríamos. Libérate de toda tristeza,
de todo temor, delicia pura, y así holguémonos,
a menos que te alegres de ver precipitarse sin esperanza
mi corriente, distraída del sereno rayo del Sol,
y de verla fluir hacia la muerte por unas sedientas arenas».
«Alfeo, ¿qué puedo hacer? Diana sigue severa ante mí.
¡Perseguidor hado! ¡Infeliz Aretusa! Tarde llegaste a ser
tú cazadora en libertad…» Y, a esto, de repente,
aquellas dos tristes corrientes, cayeron al fondo
de una temible hondonada. El latmio escuchó,
pero ya no oyó más que el eco que repetía
una y otra vez el nombre de Aretusa débilmente.
Y al borde de aquella oscura sima, lloró y dijo: «Diosa
gentil de mis andanzas, por nuestras eternas esperanzas
te requiero para que alivies, mitigues
si poder para ello tienes, el dolor
de estos amantes y en algún llano feliz los hagas felices».
Se volvió. Sonó un ruidoso golpe de agua.
Dio un paso… Había una luz más templada
y al punto fue hacia ella por un sendero de arena
y, ¡mirad! más repentinas que un instante fugaz,
se fueron las visiones de la tierra, se esfumaron
Y vio el gigante mar sobre su testa.