Evolución
9. Los caminantes
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
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Los caminantes
KENIA CENTRAL, ÁFRICA OCCIDENTAL,
C. 1,5 MILLONES DE AÑOS ANTES DE NUESTROS DÍAS
I
Le gustaba correr más que nada en el mundo. Su cuerpo estaba hecho para ello.
Cuando aceleraba, su cuerpo era capaz de recorrer cien metros en seis o siete segundos. A un paso más tranquilo, podía recorrer mil quinientos metros en tres minutos. Sabía correr. Cuando lo hacía, el aliento le quemaba en los pulmones y los músculos de sus largas piernas y sus poderosos brazos parecían resplandecer. Le encantaba sentir el hormigueo del polvo que se pegaba a su piel desnuda y sudorosa y oler el perfume agostado y eléctrico de la cálida sequedad de la tierra.
La temporada seca estaba ya muy avanzada. El peor calor del día caía pesadamente sobre la sabana y el Sol delineaba la escena con brillante simetría. Entre las colinas volcánicas, con su aspecto almohadillado, la hierba era escasa y amarilleaba, arrancada y pisoteada por todas partes por las grandes manadas de herbívoros. Los caminos que éstas abrían, por los que ahora estaba corriendo, eran como carreteras que comunicaban pastos y cursos fluviales. En aquella era los animales que se alimentaban de hierba modelaban el paisaje. Ninguna de las numerosas razas de gente que había por el mundo había usurpado todavía este papel.
En el calor del mediodía, los herbívoros se refugiaban a la sombra o simplemente se tendían en la tierra. Vio varias manadas inmóviles de criaturas como elefantes, de muchas especies diferentes, como nubes grises en la lejanía. Los avestruces, torpes y de largas patas, picoteaban el suelo sin descanso. Esbeltos depredadores dormitaban tranquilamente con sus cachorros. Incluso los carroñeros, las aves que sobrevolaban los cadáveres y los animales oportunistas, habían hecho un alto en sus desagradables tareas.
Nada se movía salvo el polvo que levantaba al correr, salvo su propia y veloz sombra, reducida a un pequeño retazo de oscuridad debajo de sí.
Completamente absorta en su cuerpo, su mundo, corría sin cálculo ni análisis, corría con una fluidez y una libertad que ningún otro primate había conocido jamás.
No estaba pensando como un ser humano. No era consciente de otra cosa que de su respiración, el placentero dolor de sus músculos, su vientre, la tierra que parecía volar bajo sus pues. Mas cuando corría, desnuda como estaba, parecía humana.
Era alta —más de ciento cincuenta centímetros—. Su raza era más alta que ninguno de sus antepasados. Era esbelta y larguirucha y no superaba los cuarenta y cinco kilogramos de peso; tenía miembros delgados, músculos duros y una espalda y un vientre planos. Acababa de cumplir los nueve años. Pero estaba al borde de la madurez, sus caderas estaban ensanchándose y sus pechos, pequeños y firmes, ya habían cobrado una cierta redondez. Y aún no había terminado de crecer. Aunque conservaría la esbeltez de sus proporciones, podía contar con que su crecimiento la
llevaría hasta los dos metros de altura. Su espalda, cubierta ahora de sudor, estaba desnuda del todo, con la excepción de una mata de pelo negro y ensortijado sobre la cabeza y los matojos oscuros de la entrepierna y las axilas. En realidad, tenía tantos pelos como cualquier otro simio, pero los suyos eran pálidos, débiles y finos. Su rostro era redondo, pequeño y tenía una nariz carnosa, redondeada y sobresaliente, como las de los humanos, no achatada como la de los simios.
Puede que su pecho fuera un poco alto, un poco cónico; tal vez la proporción de sus alargados miembros hubiese parecido un poco inusual.
Pero su cuerpo no superaba los límites de las variaciones humanas; hubiera podido pasar por una habitante del desierto, una dinka del Sudán o una de las turkanas o masais que un día caminarían por la tierra que ella estaba atravesando en aquel momento.
Parecía humana, pero su cabeza era diferente. Por encima de sus ojos discurría una ancha protuberancia de hueso que desembocaba en una frente alargada y rehundida. Desde allí, el hueso corría casi sin altibajos hasta la nuca. La tupida mata de pelo disimulaba la forma de la cabeza, pero era imposible no reparar en su forma chata y en las pequeñas dimensiones del cráneo.
Tenía el cuerpo de un ser humano y el cráneo de un simio. Pero los ojos eran claros, brillantes, curiosos. A sus nueves años, embargada por el placer de su cuerpo en aquel fugaz momento de vida, luz y libertad, era tan feliz como nadie en el mundo. Unos ojos humanos la hubieran encontrado preciosa.
Pertenecía a una raza de homínidos, más próximos a los humanos que los chimpancés o los gorilas, pariente de las especies que un día serían conocidas como Homo ergaster y Homo erectas. Pero por todo el Viejo Mundo había muchas, muchas subespecies diferentes, muchas variaciones de la misma tipología corporal. Formaban una especie triunfante y diversa y nunca habría suficientes huesos y fragmentos de cráneos para reconstruir su historia entera.
Algo corrió entre sus pies. Sobresaltada, jadeando, dio un respingo. Era un ratón de campo, un roedor; interrumpido mientras buscaba
parsimoniosamente su alimento se apartó sin demasiada prisa, indignado.
Y entonces ella escuchó un grito:
—¡Lejos! ¡Lejos!
Volvió la mirada. Los suyos, como una mancha remota, se habían reunido en el afloramiento rocoso en el que iban a pasar la noche. Uno de ellos, su madre o su abuela, se había encaramado a la roca más alta de todas, y la estaba llamando a gritos, con las manos en la boca. «¡Lejos!» era un grito que ningún simio, ni siquiera Capo, podría haber articulado. Era una palabra.
El Sol había empezado a descender de su cenit y su sombra empezaba ya a alargarse. Pronto, los animales empezarían a desperezarse; ya no estaría a salvo, ya no la protegería la somnolencia que se apoderaba del mundo al mediodía.
Sola, alejada de su pueblo, sintió un fugaz y delicioso momento de miedo. Todos los días, a la mínima ocasión, se alejaba corriendo hasta encontrarse demasiado lejos, y lodos los días tenían que llamarla para que regresara. No tenía nombre. Ningún homínido se había dado nombre todavía. Pero, de haberlo tenido, habría sido «Lejos». Se volvió hacia las rocas y echó a correr a paso firme y veloz.
Su grupo estaba formado por veinticuatro individuos.
La mayoría de los adultos estaban dispersos por la zona que rodeaba el erosionado risco de arenisca. Se movían como esbeltas sombras por el suelo polvoriento, buscando frutos y pequeñas presas, silenciosos, concentrados, expertos. Las madres llevaban a sus pequeños, aferrados a la espalda o gateando junto a sus pies.
La madre de Lejos estaba buscando entre un pequeño grupo de acacias destrozado a conciencia por el paso de una manada de deinotheres. Estos antepasados de los elefantes utilizaban sus colmillos curvos y sus gruesas y cortas trompas para dejar los árboles destrozados, la tierra removida y las raíces arrancadas. Allí la gente no era la única que buscaba alimento: los cerdos salvajes gruñían y chillaban mientras pegaban la fea cara a la tierra
removida. La destrucción era reciente. Lejos veía escarabajos gigantes, atareados enterrando excrementos de deinotheres, y armadillos y melívoros escarbando en el suelo, buscando las larvas de los escarabajos.
El lugar era un buen sitio para buscar comida. Cuando una zona no se conocía bien, la mejor estrategia para ello era buscar restos de otros animales, especialmente los más destructivos, como los elefantes o los cerdos. Entre los árboles destrozados, la madre de Lejos encontraría cosas que en otras condiciones habrían sido inaccesibles o habrían estado escondidas. Entre los troncos rotos había incluso palancas preparadas para usarse, palas y palitos para excavar, para desenterrar raíces del suelo, ramas rotas para alcanzar las frutas de los árboles y hojas de palma para sacar la médula de los huesos.
La madre de Lejos era una mujer serena y elegante, alta hasta para su raza. Podrían haberla llamado Calma. Caminaba con sus dos hijos, el bebé adormecido colgado de uno de sus hombros y el joven. Lejos le doblaba la edad a este último, pero eran casi igual de altos. Lejos pensaba en el delgaducho jovencito como Rapaz: irritante, listo y demasiado diestro en la competición por las atenciones y la generosidad de su madre.
La madre de Calma, abuela de Lejos, se encontraba a su lado. A sus más de cuarenta años, la abuela estaba ya demasiado agarrotada como para ser de mucha ayuda a la hora de buscar comida. Pero colaboraba vigilando el hijo pequeño de Tranquila por ella. A un ser humano no le habría sorprendido ver a gente anciana en el grupo: le habría parecido algo natural.
Pero hasta entonces, ningún primate había llegado a la vejez, y de hecho, pocos eran los que sobrevivían más allá de sus años fértiles. ¿Por qué debían sus cuerpos mantenerlos con vida cuando ya no podían seguir contribuyendo a la reserva genética? Pero ahora las cosas habían cambiado.
En el pueblo de Lejos, los ancianos desempeñaban un papel.
Jadeando, polvorienta, Lejos subió a la roca. Era solo un afloramiento de cien metros de envergadura en el que no había otra cosa que algunos matojos de hierba, insectos y lagartos. Pero para la gente era una base temporal, una isla más o menos segura en la sabana abierta, aquel mar de peligros. En el afloramiento, un par de hombres estaban reparando lanzas de
madera. Trabajaban de forma ausente, sin mirar lo que estaban haciendo, como si sus manos se movieran por sí solas. Algunos de los niños jugaban mientras esperaban al regreso de los adultos. Peleaban, se perseguían y fingían que se acechaban unos a otros. Dos jóvenes de seis años estaban incluso enzarzados en unos torpes prolegómenos amorosos, acariciándose el vientre y los pezones.
Lejos no era ni una adulta ni una niña, y en aquel pequeño grupo no había nadie de su misma edad. Así que se mantuvo apartada del resto y subió al punto más alto del erosionado farallón de arenisca. Allí encontró un trozo de mandíbula de antílope, abandonado por algún carroñero y pelado por bocas hambrientas y por el trabajo paciente de los insectos. Rompió el hueso en varios fragmentos golpeándolo contra las rocas del suelo y los utilizó para limpiarse el sudor y la tierra de las piernas y el vientre.
Desde donde se encontraba se dominaba el paisaje circundante, extendido a su alrededor como un complejo panorama. Era un valle inmenso. La obra de una colosal angustia geológica se adivinaba en la panoplia de domos, coladas de lava, afloramientos y cráteres. Al este —y, más allá del horizonte, al oeste— la tierra se había levantado, formando una meseta de tres mil metros de altura en su punto más alto, cubierta de suelo volcánico. La gran meseta terminaba en una pared cortada a pico que caía sobre el valle.
Aquel era el Rift Valley: una fractura que separaba dos placas tectónicas que estaban alejándose. Se extendía a lo largo de tres mil kilómetros, desde el Mar Rojo y Etiopía, al norte, hasta Mozambique, al sur, pasando por Kenia, Uganda, Tanzania y Malawi. Durante veinte millones de años, la actividad geológica que había tenido por escenario toda esta gran herida había levantado volcanes, elevado tierras y creado valles que alimentaban de agua algunos de los lagos más grandes del continente. La propia tierra había sido remozada, transformada en una sucesión de capa tras capa de ceniza volcánica, entremezcladas con amplios lechos de esquisto. En las colinas volcánicas crecían bosques húmedos y un complejo mosaico de vegetación, desde arboledas a sabanas pasando por matorrales, cubría el lecho del valle. Era un lugar abarrotado, confuso, variado.
Y estaba lleno de animales.
Mientras el Sol proseguía su camino descendente por el cielo, aumentaba la actividad de las criaturas de la sabana: los hipopótamos que se bañaban en las marismas y las manadas de regios predecesores de los elefantes que paseaban serenamente por los pastizales. Había muchas especies diferentes de elefantes, de hecho, con sutiles variaciones en la forma de la espalda, los cráneos o las trompas. Se comunicaban con agudos trompetazos mientras navegaban como oscuras embarcaciones por el mar de polvo que levantaban. Al igual que estos grandes herbívoros, había muchas otras especies que dependían directamente de la hierba: liebres, puercoespines, ratones de campo y cerdos. Entre los depredadores que los cazaban — y que, a su vez, eran presa de animales todavía más peligrosos
— se encontraban los chacales, las hienas y las mangostas.
Los animales de la sabana hubieran resultado asombrosamente familiares a los ojos de un ser humano, porque ya se habían adaptado muy bien a las condiciones reinantes. Pero la riqueza y la variedad de la vida que podía encontrarse allí habría asombrado a un observador de los tiempos del hombre. Aquella era la región más rica de la Tierra por lo que se refiere a número, diversidad y abundancia de especies mamíferas, y aquel era uno de los períodos más prolíficos de la historia. En aquel lugar abarrotado y complicado, los moradores de las llanuras, como los antílopes y los elefantes, convivían con criaturas del bosque como los cerdos y los murciélagos. El Rift era un escenario rico y extenso que había ofrecido oportunidades de adaptación a muchas especies de animales, como los elefantes, los cerdos, los antílopes... y la gente. Aquel era, de hecho, el crisol del que había emergido la raza de Lejos.
Pero no se habían quedado allí.
Tras la época de Capo, liberada al fin de los vínculos ancestrales con el bosque, la especie de Lejos se había convertido en una especie vagabunda.
Había salido de África: ya se habían plantado las primeras huellas homínidas en el continente asiático. No obstante, las abuelas de Lejos habían completado, sin darse cuenta, un gran círculo hacia el norte, el este y
el sur, y al cabo de muchas generaciones habían regresado allí, al mismo lugar en el que la raza se había originado.
Sentada sobre su roca, Lejos escudriñó el paisaje con mirada profesional y calculadora. En su vagar, el pueblo seguía normalmente los cursos fluviales. Habían llegado allí desde el norte y podía ver el lecho del arroyo que habían seguido, una serpiente de plata que avanzaba sinuosamente entre la hierba y los matorrales. A lo largo del curso del río, la tierra era arcillosa, acuosa y densa de nutrientes, y en ella crecía una vigorosa mezcla de árboles, maleza y hierba, jalonada por los escultóricos pilares de los termiteros. Al este la tierra se elevaba y se volvía más seca y desnuda, y al oeste el bosque se volvía tan denso que se convertía en un cinturón infranqueable. Pero cuando dirigía la vista al sur veía las posibilidades del mañana, un corredor de sabana con la mezcla justa de hierba, maleza y bosquecillos que gustaba a la gente.
Lejos era joven y todavía estaba aprendiendo muchas cosas sobre el mundo y sobre el mejor modo de aprovecharlo. Pero poseía un profundo y sistemático conocimiento sobre el medio en el que vivía. Ya era capaz de estudiar un territorio desconocido como aquel y encontrar las posibles fuentes de alimento, agua y peligros, e incluso trazar rutas migratorias.
Era una habilidad necesaria. Confinada a los espacios abiertos, la raza de Lejos se había visto obligada por los severos condicionantes de la selección a desarrollar un nuevo tipo de percepción del medio. Había tenido que aprender los hábitos de la caza, la distribución de las plantas, los cambios de las estaciones, el significado de las huellas: en pocas palabras, a resolver los interminables rompecabezas de la compleja e implacable sabana. A partir de su antepasado remoto, Capo, que había vivido miles de kilómetros al noroeste de allí, habían descubierto a base de probarlas las características del mundo forestal en el que vivían: incapaces de comprender la tierra, de desarrollar patrones nuevos, los había zarandeado la constante perplejidad de lo desconocido.
En aquel momento, los adultos y sus crías estaban volviendo a la roca trayendo la comida. Estaban desnudos y llevaban solo lo que les cabía en las manos y entre los brazos. La mayoría de ellos venía con la boca llena y
masticando todavía. La gente comía lo más deprisa posible, ayudándose unos a otros, alimentando solo a los miembros de su propia familia, sin desdeñar el robo cuando se presentaba la ocasión y creían que podían salirse con la suya. Y comían en completo silencio, roto tan solo por los eructos, los gruñidos de placer o asco cuando mordían un trozo de comida podrida, y alguna que otra palabra ocasional: «¡Mío!», «Nuez», «Rompe»,
«Duele, duele, duele...» Eran sustantivos y verbos sencillos, posesivos y desafíos, oraciones de una sola palabra, sin estructura, sin gramática. Pero, a pesar de todo, era un lenguaje, y las palabras, etiquetas que hacían referencia a términos definidos: un sistema mucho más avanzado que los sonidos inconexos de la época de Capo y que el sistema de comunicación de cualquier animal.
Por allí venía el hermano de Lejos, el Rapaz. Arrastraba el cadáver exangüe de un animal de pequeño tamaño, puede que una liebre. Y su madre, Calma, traía los brazos llenos de raíces, frutas y corazón de palma.
De repente, Lejos sintió mucha hambre. Corrió hacia su madre, gimiendo, con los brazos extendidos y la boca abierta.
Calma la recibió con un siseo y, en un gesto teatral, apartó de ella la comida que traía. «¡Mío, mío!». Era un reproche y contaba con el respaldo de las miradas furiosas de su abuela. Lejos estaba ya demasiado crecida para seguir alimentándose como una cría. Tendría que haber ido con su madre para ayudarla, en lugar de derrochar energías corriendo sin propósito por todas partes. Mira, ahí estaba su hermano, el Rapaz, que había estado trabajando duro y regresaba con su propia comida... todo ello en una sola palabra.
La vida ya no era como en tiempos de Capo. Ahora, los adultos trataban de instruir a los cachorros. El mundo se había vuelto demasiado complejo como para que los cachorros tuvieran que reinventar toda la tecnología y las técnicas de supervivencia desde cero; había que enseñarles a sobrevivir. Y
una de las funciones de las ancianas, como la abuela de Lejos, era encargarse de transmitir esa sabiduría.
Pero Lejos volvió a extender las manos y emitió quejumbrosos gemidos animales. Solo huna vez más. Solo por hoy. Mañana ayudo.
—¡Graah! —Calma, como Lejos esperaba, dejó caer la comida sobre la roca. Había recogido nueces, judías, guisantes pintos y tubérculos de esparragueras. Le ofreció a su hija un grueso tubérculo; esta lo mordió sin esperar un momento.
El Rapaz se sentó junto a su madre. Todavía era demasiado joven para sentarse con los hombres, que estaban removiendo su propio montón de comida. El Rapaz había matado a su conejo con las manos desnudas, retorciéndole los miembros y la cabeza, y estaba utilizando una lasca de piedra para abrirle el pecho. Pero su forma de llevar a cabo aquel minúsculo acto de despiece era tensa, temblorosa.
En su familia nadie lo sabía, pero estaba ya gravemente enfermo de hipervitaminosis. Unos días antes, uno de los hombres le había dado unos trozos del hígado de una hiena, muerta en una fugaz batalla por los restos de un antílope. Como el de cualquier depredador carnívoro, el hígado de la hiena estaba lleno de vitamina A, y el sutil envenenamiento provocado por esta no tardaría en manifestarse en el cuerpo del joven.
Dentro de un mes, estaría muerto. Dentro de doce, olvidado incluso por su madre. Pero, de momento, le propinó una bofetada razonablemente débil y le arrebató parte del conejo para enseñarle a compartir con su hermana.
El mundo había seguido enfriándose y secándose desde tiempos de Capo.
Al norte del ecuador, un gran cinturón de taiga se extendía por todo el planeta, a través de Norteamérica y Asia, un bosque formado exclusivamente por árboles de hoja perenne. Y en el norte lejano, la taiga había vuelto a aparecer por primera vez en trescientos millones de años.
Para los animales, las posibilidades que ofrecía la taiga eran escasas comparadas con los viejos bosques de coníferas y plantas de hoja caduca de las latitudes templadas. Del mismo modo, los pastizales seguían extendiéndose — la hierba era menos voraz que los árboles— pero la hierba formaba llanuras áridas, capaces de sustentar a una gama mucho más
reducida de especies animales que los cada vez menos abundantes bosques.
Conforme continuaba la lenta desecación, volvían a producirse extinciones.
Pero si la calidad de la vida estaba en descenso, su cantidad era tremenda, pasmosa.
La necesidad de superar períodos de carencias estacionales y de desarrollar intestinos capaces de procesar una dieta tosca durante todo el año favorecía la aparición de los herbívoros de gran tamaño. Los mamíferos gigantes, una nueva «megafauna» de una escala que no se había visto desde la extinción de los dinosaurios, se extendía por todo el planeta. Los mamuts ancestrales ya habían ocupado Eurasia septentrional y, utilizando los puentes continentales que periódicamente emergían por el descenso del nivel de los océanos, habían entrado en Norteamérica. De momento, sometidos a climas estables, carecían de pelaje y se alimentaban de follaje en lugar de hierba. Parecían elefantes, pero ya tenían la corona elevada y los cuernos curvados de sus velludos descendientes.
Mientras tanto, había camellos gigantes en Norteamérica, y por las tierras de África y Asia vagabundeaban unas criaturas enormes, parecidas a alces, llamadas sivatheres. En las regiones septentrionales de Eurasia vivía una especie de rinoceronte gigante llamada elasmoterio. Poseía unas piernas alargadas para ser un rinoceronte y un cuerno que podía alcanzar los dos metros de longitud: parecía un unicornio musculoso.
Y junto con estas enormes manadas de carne venían los nuevos y especializados depredadores. Los felinos, producto reciente de la evolución, habían perfeccionado la tecnología de la muerte. Poseían colmillos laterales como cizallas que podían perforar la piel, desgarrarla y penetrar en el cuerpo, donde sus incisivos podían destrozar la carne. Los tigres de dientes de sable eran su expresión más perfeccionada. Llegarían a ser dos veces más grandes que los leones de tiempos humanos y se convertirían en colosales y musculosos depredadores, con una constitución digna de un oso, de patas gruesas y cortas. Su característica principal era la potencia, más que la velocidad, y eran cazadores de emboscada, con inmensas bocas capaces de abrirse muchísimo para destrozar a sus presas. En general, todos
los felinos hacían que hasta los caninos parecieran criaturas poco especializadas. Posiblemente fueran los depredadores terrestres definitivos.
Pero entonces, medio millón de años antes de que naciera Lejos, se inició un nuevo y dramático cambio climático. Para las criaturas del mundo, las reglas habían cambiado de nuevo.
Se alzó una llamada en la llanura.
—¡Mirad, mirad! ¡Yo, mirad, yo! —La gente se levantó y se reunió para ver qué ocurría.
Se aproximaba un hombre. Era alto, mucho más musculoso que el resto, con una frente anormalmente prominente. Aquel hombre, Frente, ya era el macho dominante, el amo del complejo y competitivo mundo de los machos. Y traía un animal muerto sobre el hombro, un joven antílope.
Los otros ocho adultos del grupo empezaron, como se esperaba de ellos, a lanzar vítores y alaridos, y bajaron corriendo por la rocosa ladera. Le dieron palmadas a Frente en la espalda, acariciaron respetuosamente el antílope y corrieron e hicieron cabriolas, levantando una espectacular nube de polvo que flotó, resplandeciente, bajo la luz del Sol poniente. Entre todos llevaron al antílope a lo alto de las rocas y, una vez allí, lo dejaron caer al suelo. Dos jóvenes acudieron corriendo y empezaron a pelear por la comida. El Rapaz estaba entre ellos, pero era más débil que otros más jóvenes y lo apartaron con facilidad. Lejos vio que el animal tenía un trozo de lanza clavado en el pecho. Así era como lo había matado Frente, probablemente en una emboscada, y puede que hubiera dejado la lanza allí para que quedara constancia de su proeza.
Mientras tanto, Frente lucía una portentosa erección. Las mujeres, incluida Calma, la madre de Lejos, empezaron a ofrecer sutiles demostraciones de disponibilidad: una mano doblada aquí, los muslos ligeramente separados allá...
Lejos, que no era ni mujer ni niña, se apartó de las demás. Empezó a mordisquear una raíz y esperó, mientras los acontecimientos se desarrollaban.
Algunos de los adultos habían traído guijarros volcánicos del cercano arroyo. Los hombres y las mujeres, explorando las rocas con manos rápidas, empezaron a fragmentarlas. Las herramientas emergieron de las piedras sin ningún esfuerzo consciente por su parte —aquella era una destreza ya ancestral, alojada en una sección separada de unas mentes rígidamente compartimentada— y al cabo de pocos minutos habían conseguido un surtido de toscos pero eficaces tajadores y lascas cortadoras. En cuanto alguien terminaba una herramienta, caía sobre el antílope.
Cortaron la piel desde el ano a la garganta y despellejaron la carcasa. La piel la desecharon: nadie había encontrado utilidad alguna para ella, aún no.
A continuación, el cadáver fue rápidamente despiezado. Las finas hojas de piedra cortaron las articulaciones para separar y desmembrar las extremidades, perforaron la caja torácica para sacar los suaves y cálidos órganos que contenía y luego arrancaron la carne de los huesos.
Fue un trabajo rápido, eficiente, casi incruento, la demostración de una habilidad fruto de generaciones de aprendizaje ancestral. Pero los carniceros no trabajaban juntos. Aunque Frente tenía preferencia en los mejores cortes y el derecho a extraer el corazón y el hígado, el saqueo del cadáver era por lo demás una competición en la que todos se enfrentaban con gruñidos y empujones. A pesar de las herramientas que tenían en las manos, trabajaban sobre el antílope como una manada de lobos.
Las mujeres que luchaban por la comida eran muy escasas. Aquel día, su sencilla búsqueda de alimento en la arboleda de acacias y en otro sitios había sido fructífera y ya tenían la tripa —y la de sus hijos— llena de higos, bayas y brotes de hierba, frutos que abundaban en aquellos climas secos y que no requerían muchos preparativos para ingerirse.
Una vez que terminaron de arrancar la mayor parte de la carne de los huesos del antílope, el mercadeo empezó en serio. Frente pasaba entre los hombres, con una hoja en una mano y un buen trozo de cadera en la otra.
Cortaba tajadas de carne y se las daba a algunos de ellos... pero no a otros, quienes le daban la espalda, como si la cosa no tuviera importancia, pero que más tarde tratarían de conseguir algún bocado de los mejores trozos.
Todo formaba parte de las constantes disputas políticas de los hombres.
A continuación, Frente pasó entre las mujeres, ofreciendo trozos de comida como un pródigo monarca de visita. Cuando llegó junto a Calma, se detuvo, con su orgullosa erección bien firme, cortó un pedazo grande y suculento de cadera de antílope y se lo ofreció. Suspirando, ella lo aceptó.
Devoró rápidamente una parte y entonces dejó el resto a un lado, cerca de su bebé, que estaba dormido en un nido de hierba seca. Hecho esto, se tendió de cara al cielo, abrió los muslos y levantó los brazos para aceptar a Frente.
Frente no había salido a cazar para alimentar a su pueblo. La caza mayor proporcionaba al grupo solo la décima parte de su alimento. La gran mayoría procedía de las plantas, frutos, insectos y pequeñas presas que recogían las mujeres, los niños mayores y los machos. La caza mayor suponía un suministro de energía de emergencia para los malos tiempos: sequías o inundaciones, quizá, o los inviernos especialmente duros. Pero la caza era útil para el cazador de muchas maneras diferentes. Con aquel antílope, Frente podía reforzar su posición política ente los hombres, y comprar el acceso a las mujeres, que en último caso era el auténtico propósito de la interminable lucha por la dominancia.
Dotadas de inteligencia superior, un cuerpo alto y sin pelaje, y un lenguaje rudimentario, aquellas eran las criaturas más humanas que habían existido nunca. Pero la mayor parte de sus costumbres le habrían resultado familiares a Capo. Los antepasados de Frente habían adoptado ya aquel patrón social —de machos que luchaban por la dominación, de hembras unidas por vínculos de sangre, de la caza como medio de comprar favores—
mucho tiempo atrás, mucho antes de la providencial decisión de Capo de abandonar el bosquecillo en el que vivía. Los primates podrían haber vivido de otra manera, era posible imaginar otras sociedades diferentes. Pero una vez que se había establecido el patrón, era imposible de romper.
Y, por alguna razón, el sistema funcionaba. La comida se compartía; reinaba la paz. De una forma o de otra, la mayoría estaba alimentada.
Cuando Frente terminó, Calma se limpió los muslos con una hoja y volvió con la carne. Utilizó una lasca de piedra que alguien había abandonado en el suelo para cortar varios trozos y darle uno a su madre,
que era demasiado vieja para interesar a Frente, y el resto a Lejos, que los aceptó ansiosamente.
Y más tarde, cuando la luz estaba desvaneciéndose ya, Frente se aproximó a la propia Lejos. Ella lo vio como una silueta alta y musculosa perfilada contra el púrpura del cielo de poniente. La mayoría del antílope había desaparecido ya, pero ella olió su sangre en el macho. Llevaba consigo el hueso de una pata delantera. Se arrodilló junto a ella y empezó a olisquearla con curiosidad. Entonces partió el hueso contra una roca. Lejos captó el delicioso aroma del tuétano y se le hizo la boca agua. Sin pensarlo, alargó las manos hacia el hueso.
Él lo apartó un poco para obligarla a acercarse.
Al aproximarse, Lejos pudo olerlo mejor: la sangre, la mugre, el sudor y un persistente olor a semen. Él cedió y le entregó el hueso, que empezó a chupar ansiosamente, introduciendo la lengua en busca del tuétano.
Mientras comía, él le puso una mano en el hombro y empezó a bajarla por todo su cuerpo. Lejos trató de no encogerse cuando sintió que sus manos exploraban sus pequeños pechos y le pellizcaban los pezones. Pero cuando sus dedos exploradores le separaron los muslos, lanzó un gemido. Él se llevó la mano a la nariz y olisqueó su aroma. Evidentemente debió de decidir que no tenía nada que ofrecerle, porque soltó un gruñido y se apartó.
Pero le dejó el tuétano. Ella lo devoró ansiosamente y se terminó la mayor parte antes de que una mujer más vieja le robara el hueso.
La luz desapareció rápidamente del cielo. Por toda la sabana se extendieron las llamadas de los depredadores, el ancestral método para delimitar sus respectivos reinos de sangre.
La gente se reunió en su islote de roca. Allí, en aquel lugar inhóspito, estarían a salvo: cualquier depredador ambicioso tendía que dejar el suelo y trepar hasta allí, donde se enfrentaría a varios homínidos inteligentes, grandes y armados. Pero eso no era ninguna garantía. Había por los contornos un dientes de sable llamado dinofelis, un depredador astuto
parecido a un jaguar voluminoso, que se había especializado en matar homínidos. Los dinofelis eran capaces incluso de trepar a los árboles.
Mientras se hacía de noche, la gente seguía con sus asuntos. Algunos comían. Otros se ocupaban de su propio cuerpo, limpiándose las uñas de los pies o reventándose las ampollas. Otros hacían herramientas. Muchas de estas actividades eran repetitivas, rituales. En realidad, nadie pensaba en lo que estaba haciendo.
Algunos se acariciaban: las madres a sus hijos, las hermanas entre sí, las parejas, los hombres y las mujeres que reforzaban de ese modo sus sutiles alianzas. Lejos estaba ocupándose del tupido pelaje de la cabeza de su madre, deshaciendo los nudos y recogiéndolo en una especie de trenza.
Incluso entonces el pelo necesitaba muchos cuidados. Se enredaba, se ensuciaba y atraía liendres, y todas estas cosas había que solucionarlas.
La gente era la única especie mamífera cuyo pelo carecía de capacidad de mantenimiento. El espectacular plumaje tensorial de algunos monos, por ejemplo, crecía así sin necesidad de que nadie hiciera nada. Pero el pelo de la gente había evolucionado así porque necesitaban algo que acariciar. En la sabana convenía formar parte de un grupo grande, y el grupo necesitaba mecanismos sociales para no desintegrarse. Ya no había tiempo para las antiguas costumbres, los elaborados rituales de caricias por todo el cuerpo que Capo y sus antepasados practicaban. Además, no se podía acariciar una piel tan fina que hasta podía sudar. Sin embargo, incluso en aquella forma primitiva de cuidado capilar, conservaban los vínculos con su pasado.
La gramática de la gente al llevar a cabo sus diversas actividades no era como la de un grupo humano. Cuando llegaba la oscuridad se reunía para buscar protección, pero no había auténtica comunicación, no se compartía nada. No había fuego, ni nada parecido a un hogar, no había un eje central.
Parecían humanos, pero sus mentes no eran como las de los humanos.
Al igual que en tiempos de Capo, el pensamiento estaba rígidamente compartimentado. El principal objetivo de la consciencia seguía siendo ayudar a la gente a averiguar qué podía haber en las mentes de los demás: solo eran conscientes de sí mismos, en un sentido humano, cuando trataban con otros. Las fronteras de la consciencia eran mucho más estrechas que en
las mentes humanas. Allí, en la oscuridad, había muchas cosas que hacían, de forma intuitiva, sin dedicarles el menor pensamiento. Incluso los que estaban fabricando herramientas o trabajando la comida lo hacían sin articular palabra, moviendo las manos por impulsos, sin más control consciente que los leones o los lobos. En momentos así, su consciencia era meliflua, fugaz. Hacían herramientas con la misma inconsciencia con la que un ser humano caminaría o respiraría.
Sin embargo, fueran humanos o no, un suave susurro articulado se extendía por todo el grupo. Hablaban las madres y los hijos, los que se acariciaban, las parejas. No se transmitía demasiada información; la mayoría de aquella charla estaba formada por suspiros de placer, como los ronroneos de un gato.
Pero sus palabras sonaban como palabras.
La gente había aprendido a comunicarse utilizando un equipamiento concebido para ciertas tareas —la boca diseñada para devorar, los oídos para captar los peligros— y adaptado ahora para otros usos. El bipedismo había contribuido a ello: el cambio de posición de la laringe y los cambios en los patrones de respiración habían permitido que se desarrollara la cantidad y calidad de sonidos que podían formarse. Pero, para ser útiles, los sonidos tenían que poder identificarse rápida e inequívocamente. Y las posibilidades de hacer esto estaban limitadas para los homínidos por la naturaleza del equipamiento que tenían que utilizar. A medida que la gente se escuchaba, e imitaba y reutilizaba los sonidos útiles, los fonemas —el continente sonoro de las palabras, la base de todo lenguaje— se habían ido seleccionando, impulsados por la necesidad de establecer comunicación y por las limitaciones estructurales.
Pero todavía no había nada parecido a la gramática —no había oraciones— ni, desde luego, existían la narrativa o los cuentos. Por el momento, el propósito principal de la comunicación no era la transmisión de información. Nadie hablaba de herramientas, de caza o de la mejor forma de preparar la carne. El lenguaje era social: se utilizaba para dar órdenes y hacer exigencias, para transmitir expresiones sencillas de dolor o placer. Y se utilizaba durante las caricias: el lenguaje, aunque careciera de
mucho contenido, era una forma muy eficaz de establecer y reforzar relaciones, mucho más que limpiar de piojos el vello púbico. Hasta servía para «acariciar» a varias personas al mismo tiempo.
De hecho, en gran parte, los responsables de la evolución del lenguaje eran las madres y sus hijos. En aquel momento, los antepasados de Demóstenes, Lincoln y Churchill apenas hacían otra cosa que hablar con sus cachorros.
Y estos no hablaban.
Las mentes de los adultos eran de una complejidad comparable a la de un niño humano de cinco años. Los pequeños no eran capaces de hacer otra cosa que emitir gorgoteos como los de los chimpancés hasta que llegaban a la adolescencia. Solo hacía uno o dos años que las palabras de los adultos habían empezado a tener sentido para Lejos, y el Rapaz, a sus siete años, todavía no era capaz de hablar. Los niños eran como simios nacidos de padres humanos.
Conforme desaparecía la luz por completo, el grupo fue reuniéndose para dormir.
Lejos se acurrucó contra las piernas de su madre. El día entero se había convertido en otro más en una larga cadena que la unía con el comienzo de su vida, días apenas recordados y vagamente relacionados entre sí. En la oscuridad se imaginó a sí misma, corriendo bajo la cegadora luminosidad del día, corriendo y corriendo.
No podía saber que aquella era la última vez que dormiría junto a su madre.
II
Hacía un millón de años, la deriva tectónica, lenta pero implacable, había provocado que las Américas del norte y del sur colisionaran, y había
formado el istmo de Panamá.
El hecho, por sí solo, había parecido poco importante, pues Panamá no era más que una insignificante franja de terreno. Pero, al igual que ocurriera en su día con Chicxulub, la región se había convertido en el epicentro de una catástrofe a escala mundial.
Por culpa de Panamá, la antigua corriente ecuatorial que separaba las Américas — el último vestigio de la edénica corriente del Tethys— se había interrumpido. Ahora, las únicas corrientes atlánticas eran los enormes flujos interpolares, grandes cintas transportadoras de agua fría. Las capas de hielo dispersas que cubrían el océano septentrional se fundieron y los glaciares se extendieron como garras por las masas continentales del norte.
La Edad de Hielo había empezado. En su punto de máxima extensión, los glaciares cubrirían más de una cuarta parte de la superficie de la Tierra; los hielos llegarían hasta Missouri y hasta el centro de Inglaterra. Mucho se perdió inmediatamente. Cuando los glaciares se retiraron, la tierra estaba desnuda hasta la roca misma, que a su vez había quedado pulverizada y convertida en polvo, dejando un legado de montañas con las laderas picadas, superficies laminadas y peñascos y valles dispersos.