Evolución

Stephen Baxter · Capítulo 13 de 22 · parte 1/2

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Evolución

11. El pueblo de Madre

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

11

El pueblo de Madre

SAHARA, ÁFRICA DEL SUR,

C. 60.000 AÑOS ANTES DE NUESTROS DÍAS

I

Madre caminaba sola, una figura esbelta en un paisaje plano como una mesa. Bajo sus pies, el suelo estaba caliente y el polvo picaba y arañaba. Se detuvo junto a un cactus Hoodia. Se arrodilló, cortó un pedazo del tamaño de un pepino y masticó la húmeda carne.

Estaba completamente desnuda, salvo por la tira de piel de gacela que le cubría el talle. Tenía una piedra en una mano pero no llevaba nada más. Su rostro, de frente lisa y vertical y barbilla protuberante, era totalmente humano. Pero sus labios estaban fruncidos, sus ojos hundidos, y su mirada corría de acá para allá con nerviosismo.

A su alrededor, la sabana era árida e inhóspita. La vacía y llana desnudez se extendía en todas direcciones, disolviéndose bajo una calima fantasmal que oscurecía el horizonte, una llanura interrumpida tan solo por algún matorral que había resistido la sequía o los restos de algún cadáver pisoteado por los elefantes. Ni siquiera había excrementos a la vista, porque los grandes herbívoros ya solo pasaban muy raramente y hacía mucho tiempo que los escarabajos peloteros habían hecho su eficiente y sistemático trabajo.

Con el pedazo de cactus en la mano, siguió su camino.

Llegó a la orilla del lago... o donde había estado la orilla el año pasado, o puede que el año antepasado. Ahora la tierra estaba seca, era una patina de oscuro lodo cubierta de grietas, tan endurecido que ni siquiera se quebraba cuando lo pisaba. Aquí y allá se veían hierbas amarillentas y raquíticas que trataban de aferrarse a la vida.

Se protegió los ojos con las manos. Todavía había agua, pero lejos de allí, como un distante y trémulo brillo. Hasta ella llegaba la peste del estancamiento. En la lejana orilla del lago atisbó varios elefantes, formas oscuras que se desplazaban como nubes por la neblina vidriosa que provocaba el calor, y animales metidos en el lodo, cerdos salvajes, quizá.

Pero en la superficie congestionada del lago distinguió aves acuáticas, una manada posada apaciblemente en el centro del agua, a salvo de los depredadores terrestres.

Madre sonrió. Las aves estaban justo donde las quería. Se volvió y se alejó de la muerta aureola de fango del lago.

A sus treinta años, el cuerpo de Madre era tan esbelto y erguido como había sido en su juventud. Pero su vientre lucía las estrías que le había dejado el nacimiento de su único hijo, un niño, y tenía el pecho caído. Sus nalgas eran muy prominentes: una adaptación a los largos períodos de sequía, un mecanismo para ayudarla a almacenar agua en la grasa. Sus miembros tenían fibrosos músculos y su vientre no mostraba la hinchazón que provocaba a muchos de su pueblo la malnutrición. Saltaba a la vista que era eficiente en el oficio de la vida.

Pero no podía recordar una época en la que hubiera sido feliz. Ni siquiera de niña, cuando era torpe, lenta al caminar, lenta para encajar. Ni siquiera cuando había nacido su niño, saludable y llorón.

Veía demasiado.

Aquella sequía, por ejemplo. Las nubes habían desaparecido, lo que permitía que el Sol cayera a pico el día entero, lo que secaba la tierra y hacía desaparecer las aguas, lo que provocaba la muerte de los animales, lo que causaba el hambre de su pueblo. Así que la gente estaba hambrienta por culpa de las nubes. Lo que no había podido averiguar era qué había hecho que se marcharan las nubes. Aún no.

Ese era su talento: ver patrones y conexiones, redes de causas y efectos que la intrigaban y la desconcertaban. Su talento para captar los vínculos causales no le proporcionaba consuelo. Era algo más parecido a una especie de suspicacia obsesiva. Pero le ayudaba a seguir con vida, a veces... como aquel día.

Se detuvo junto a un baobab y estudió sus retorcidas ramas. Sabía lo que quería hacer, un boomerang, un arma arrojadiza curva, e inspeccionó las ramas y los contrafuertes del árbol, en busca de un lugar en el que la textura de la madera y la dirección de su crecimiento se ajustaran a la forma definitiva del arma, tal como ella la veía en su mente.

Encontró una esbelta rama que podía servirle. Con un rápido movimiento la partió cerca del tronco del árbol. A continuación se sentó a la sombra del baobab, sacó su herramienta de piedra, le quitó la corteza y empezó a trabajarla. Volvía la herramienta entre sus manos para utilizar los bordes que más le convenían en cada momento. Aquella herramienta —que no era del todo un hacha, ni un cuchillo, ni una raedera— era su favorita en aquel momento. Como tenía que llevar encima todas las herramientas que no pudiera hacer en el momento, había fabricado una que le sirviera para hacer muchas cosas diferentes, y la había retocado muchas veces.

No tardó mucho en tener un pedazo de madera suavemente curvado, de unos treinta centímetros de longitud, plano en un lado y redondeado en el otro. Lo sopesó en una mano, calibró su equilibrio y su peso con un criterio fruto de una larga práctica y le dio unos rápidos retoques.

A continuación salió de la sombra del baobab y se encaminó a la corona de lodo que rodeaba el lago. Encontró el lugar en el que había guardado unas trenzas de fibra de corteza varios días atrás. La red seguía allí. Le quitó el polvo y los escarabajos que mordisqueaban las secas fibras.

Colgó la red entre dos baobabs finos y convenientemente situados en dirección al lago. Había escogido el lugar, de hecho, a causa de los baobabs.

Luego rodeó el lago hasta situarse en el lado contrario a la red. Sacó su palo arrojadizo. Con la lengua fuera, lo sopesó y trató de calcular el lanzamiento que tenía que hacer. Solo podía hacer un intento y tenía que afinar la puntería...

Un dolor palpitó en sus sienes, distante, como un trueno en unas montañas remotas.

Perdió el equilibrio e, irritada por la distracción, arrugó el gesto. El dolor en sí era trivial, pero anunciaba lo que iba a suceder. Las migrañas eran un castigo implacable que sufría con frecuencia y no podía hacer nada al respecto. No tenían cura, por supuesto, ni siquiera nombre. Pero sabía que tenía que acabar con su tarea antes de que el dolor lo hiciera imposible.

De lo contrario pasaría hambre aquel día, y su hijo también.

Ignorando las palpitaciones de su cabeza, se preparó de nuevo, sopesó el palo en la mano y lo arrojó con fuerza y precisión. El boomerang describió un pronunciado y alto arco sobre el lago, sacudiendo las aspas de madera con un siseo sutil.

Las bandadas de aves acuáticas se agitaron y graznaron, irritadas, y cuando el palo giró en el aire y cayó sobre ellas, sucumbieron al pánico.

Batiendo las torpes y pesadas alas, echaron a volar alejándose del lago... y las que volaban más bajo se precipitaron directamente contra la red de Madre. Sonriendo, rodeó el lago para recoger las ganancias.

Conexiones. Madre arrojó el boomerang que asustó a las aves, que quedaron atrapadas en la red porque Madre la había colocado allí. Como ejemplo del funcionamiento de su sistema cognitivo estructurado, era paradigmático.

Pero a cada paso que daba su jaqueca empeoraba, como si su cerebro estuviera golpeteando las paredes de su espacioso cráneo y el breve júbilo

provocado por la victoria se esfumó entre el dolor, como siempre.

El pueblo de Madre vivía en un campamento próximo a un canal seco y erosionado que desembocaba en un barranco. Había cabañas entre los farallones de rocas, meros cobertizos, pieles o fibras de junco entretejidas y apoyadas sobre sencillas estructuras. Allí, a diferencia de lo que ocurría hace mucho tiempo en el campamento de Guijarro, no había cabañas permanentes. La tierra no era lo bastante rica como para permitirlo. Aquella era la base temporal de un grupo de cazadores-recolectores nómadas, obligados a seguir el rastro de sus fuentes de sustento. Su pueblo llevaba allí un mes.

El lugar tenía sus ventajas. Había un arroyo, la roca de la zona era muy buena para fabricar herramientas y en las proximidades había un bosquecillo del que podían extraer madera para hacer fogatas, así como corteza, hojas, lianas y trepadoras para hacer ropa, redes y otras herramientas y artefactos. Y era un buen lugar para tender emboscadas a los animales que, tontamente, se aproximaban al barranco. Pero su estancia allí no había sido muy fructífera. El campamento era pobre y sus habitantes estaban desnutridos y apáticos. Probablemente no tardaran mucho en trasladarse.

Madre llegó a casa tambaleándose, con tres aves acuáticas colgadas de cuerdas de cuero sobre los hombros. El dolor de su cabeza se había hecho muy intenso y todas las cosas que veía parecían brillantes y teñidas de colores extraños. El crecimiento del cerebro humano, en el milenio trascurrido tras el nacimiento de su antepasada lejana, Arpón, había sido espectacular. Este apresurado crecimiento de la estructura neuronal había acarreado beneficios inesperados, como la capacidad de Madre de encontrar patrones causales, pero también tenían sus costes, como las recurrentes migrañas que ella tenía que soportar.

—¡... oye, oye! ¡Lanza, peligro, lanza!

Miró a su alrededor, confundida.

Dos hombres jóvenes estaban mirándola. Llevaban ropas de piel anudadas con trozos de cartílago. Ambos empuñaban lanzas de madera, toscamente trabajadas, con puntas endurecidas al fuego. Habían estado arrojándolas a una piel de buey que habrán colgado sobre las ramas de un árbol. Madre, distraída por el dolor y las luces extrañas, había estado a punto de meterse por medio.

Tuvo que esperar a que los dos lanceros terminaran su competición.

Ninguno de ellos era especialmente habilidoso y las pieles con las que se cubrían estaban deshilachadas. Solo una de sus lanzas había logrado perforar la piel del buey, y el resto yacía a su alrededor, sobre la tierra.

Pero vio que uno de ellos, al menos, lanzaba con más fuerza. El muchacho sujetaba el arma muy atrás, y utilizaba la longitud de sus flacos brazos para conseguir un poco más de impulso. Alto para su edad, enjuto y fibroso, cuando pensaba en él se imaginaba a un retoño de árbol, atraído hacia lo alto por los rayos del Sol. Cuando Retoño arrojó su lanza, esta voló con un siseo y una leve oscilación. El movimiento del arma resultaba intrigante. Pero al seguirla con la mirada, su dolor de cabeza empeoró.

Una vez que los competidores hubieron terminado, siguió su camino, en busca de la sombra de la piel que compartía con su hijo.

Dentro de la cabaña de Madre había una mujer voluminosa de unos cuarenta y cinco años. Tenía un pelo estropajoso y encanecido y en su rostro solía haber una mueca avinagrada. Aquella mujer, Agria, estaba utilizando un mortero para machacar un trozo de raíz. Levantó una mirada colérica hacia ella, con su acostumbrada expresión de hostilidad.

—¿Comida, comida?

Madre, a quien Agria le traía sin cuidado, hizo un ademán vago.

—Pájaros —dijo.

Agria dejó el mortero y la raíz y salió para inspeccionar las aves que Madre había colgado fuera.

Agria era su tía. Estaba amargada desde que perdiera a su segundo hijo por culpa de algún mal desconocido a los dos días del parto. Probablemente robara los pájaros y solo le diera a Madre y a Silencio un poco de la carne.

Pero Madre, que tenía la cabeza llena de dolor, estaba demasiado cansada para preocuparse.

Trató de concentrarse en su hijo. Estaba sentado con la espalda apoyada en la pared inclinada, con las rodillas pegadas al pecho. El chico, una criatura enfermiza, menuda y huesuda a sus ocho años de edad, estaba utilizando un palito para mover otro palito por el suelo. Madre se sentó a su lado y le revolvió el pelo. Levantó la mirada hacia ella con ojos grandes y soñolientos. Pasaba mucho tiempo así: en silencio, apartado de los demás, esperándola. Se parecía a su padre, un cazador torpe y menudo que había copulado de forma casi mecánica con Madre, solo una vez, y que con aquel único acto había conseguido preñarla.

La experiencia de Madre con el sexo había sido esporádica y no demasiado placentera. No había encontrado un hombre lo bastante fuerte, o lo bastante bueno, para aguantar la intensidad de su mirada, su obsesión, su rapidez en la cólera y su tendencia a refugiarse en sí misma, empujada por el dolor. Para su desgracia, el hombre que finalmente la había dejado embarazada había cambiado enseguida de pareja y poco tiempo después había caído bajo el hacha de un rival.

El niño era Silencio, porque aquel era su rasgo más característico. Y del mismo modo, puesto que a veces parecía que a los ojos de todos los demás ella no tenía identidad propia —no tenía identidad para nadie salvo el niño-ella era Madre. Tenía muy poco que darle. Pero al menos le evitaba el vientre hinchado que el hambre estaba empezando a provocar en algunos pequeños en esta época de sequía.

El niño pasó largo rato tendido a su lado, hecho un ovillo y con el pulgar en la boca. Ella se tumbó en el jergón de paja trenzada. Sabía que no servía de nada tratar de combatir el dolor.

Siempre había estado aislada, incluso cuando era niña. No podía participar en los juegos de persecuciones y peleas con los que se divertían los demás jóvenes, o en sus experimentos sexuales adolescentes. Era siempre como si los demás supieran cómo comportarse, qué hacer, cómo reírse y llorar... y cómo encajar, un misterio que ella nunca compartiría. Su incansable inventiva en una cultura tan conservadora, y la costumbre que

tenía de tratar de averiguar por qué ocurrían las cosas, cómo funcionaban, no la convertía en una persona muy popular.

Conforme pasaba el tiempo había terminado por sospechar que los demás hablaban de ella cuando no estaba allí, que estaban haciendo planes contra ella, planeando hacerla infeliz de formas que ni siquiera podía entender. Esto no había contribuido a mejorar sus relaciones con sus convecinos.

Pero tenía sus consuelos.

El dolor no iba a desaparecer. Pero era durante las jaquecas cuando veía las formas. Las más sencillas eran como estrellas... aunque no eran estrellas, porque brillaban con fuerza, luminosas y evanescentes, antes de desaparecer. Trataba de volver la cabeza para seguirlas, con la esperanza de ver de dónde venía la siguiente. Pero no se movían con sus ojos, sino que flotaban, como los juncos de un lago. Luego venían más formas: zigzags, espirales, celosías, curvas, líneas paralelas. Hasta en la más profunda oscuridad, hasta cuando el dolor la dejaba ciega, podía ver las formas. Y

cuando el dolor se desvanecía, el recuerdo de las extrañas y brillantes formas permanecía a su lado.

Pero mientras esperaba a que su cuerpo se relajase, pensaba en Retoño y sus largos brazos y sus lanzas, y en el pequeño Silencio empujando sus ramitas adelante y atrás, adelante y atrás...

Conexiones.

Retoño volvió a intentarlo.

Con una mirada de irritación en el rostro, metió la lanza en el agujero del palo que Madre le había dado. Entonces, sujetándola la lanza en la mano derecha, utilizó la izquierda para apoyarse el arma sobre el hombro, con la punta hacia delante. Dio un par de pasos vacilantes, movió el brazo derecho hacia delante... la lanza se inclinó hacia arriba y la punta quemada voló hacia el cielo antes de volver a caer al suelo.

Retoño dejó caer el palo tallado y lo pisoteó.

—¡Estúpido, estúpido!

Madre, frustrada también, le dio un pescozón en la nuca.

—¡Tú! ¡Estúpido! —¿Por qué no era capaz de comprender lo que quería? Recogió la lanza y el palo, se los puso a Retoño en las manos y le obligó a cogerlos para volver a intentarlo.

Llevaban toda la mañana intentándolo.

Después de aquella última jaqueca, Madre había despertado con una nueva visión en la cabeza, una peculiar mezcla entre la técnica de empuje indirecto que había visto practicar a Silencio con sus palitos y el estilo de lanzamiento que utilizaba Retoño con sus largos brazos. Ignorando a su hijo, se había acercado al montón de madera más cercano.

No tardó en fabricar lo que necesitaba: un palo corto y cubierto de musgo con un pequeño agujero en un extremo. Cuando ponía la lanza en el agujero y trataba de impulsarla... sí, era tal como había pensado, el palo era una extensión de su brazo que le permitía superar en longitud a los de Retoño y el agujero era como un dedo que sujetaba la lanza.

Había en el planeta muy poca gente capaz de pensar de aquel modo, de establecer una analogía entre un palo y una mano, un objeto natural y una parte de su propio cuerpo. Pero Madre era una de ellas.

Como solía ocurrirle cuando tropezaba con un proyecto parecido, se había sumergido inmediatamente en él, furiosa cuando tenía que dedicar algún tiempo a alguna otra actividad, como comer, beber, dormir, recolectar comida... e incluso estar con su hijo.

En sus momentos de lucidez era consciente de que desatendía a Silencio. Pero Agria, su tía, estaba allí para ocuparse. Para eso servían las parientes viejas, para compartir la carga de la cría de los hijos. Sin embargo, en su fuero interno, Madre desconfiaba de Agria. Algo se había agriado verdaderamente en su interior tras perder a su segundo hijo; aunque tenía una hija anterior, el interés que sentía por Silencio no era saludable. Pero Madre no tenía tiempo para pensar en esto, no mientras la obsesión del mecanismo de lanzamiento de lanzas ocupara todos sus pensamientos.

Siguió intentándolo con Retoño una y otra vez, mientras el Sol recorría el cielo y el joven se ponía nervioso y empezaba a dar señales de tener calor y sed y desatendía sus tareas diarias. Pero no consiguió nada.

Finalmente, Madre empezó a comprender cuál era el problema. No era una cuestión de torpeza. Retoño no comprendía el principio de lo que estaba tratando de enseñarle: que no era su mano la que tenía que hacer el lanzamiento, sino el palo. Y hasta que no entendiera esto, nunca conseguiría que el lanzador de venablos funcionara.

La mente de Retoño estaba dividida por esclusas rígidas, casi tan rígidas como la de Guijarro, su antepasado lejano. Socialmente hablando, su inteligencia era suprema; en sus maniobras, las coaliciones que era capaz de formar y las traiciones que tramaba, hubiera sido rival del propio Maquiavelo. Pero no aplicaba esta inteligencia a otras actividades, como la fabricación de herramientas. Era como si en estas ocasiones activara una mente diferente, una mente que no era superior a la de Lejos.

Pero a Madre no le ocurría lo mismo, y esa era la causa de su rareza, y también de su genio.

Le quitó el lanzador de las manos, puso el venablo en el agujero del palo e imitó el movimiento del lanzamiento.

—Mano lanza no —dijo. Entonces imitó la acción del palo al empujar el arma—. Palo lanza sí. Sí, sí. Palo. Lanza. Palo lanza venablo. Palo lanza venablo...

Palo lanza venablo. Como oración no era gran cosa. Pero al menos tenía una estructura rudimentaria —sujeto, verbo y objeto directo— y el honor de ser una de las primeras oraciones pronunciadas en un idioma humano por todo el mundo.

Poco a poco, repetido una vez tras otra, el mensaje fue calando.

Retoño sonrió y le arrebató el venablo y el lanzador.

—¡Palo lanza venablo! ¡Palo lanza venablo! —Colocó rápidamente el venablo en su agujero, echó el brazo atrás, apoyó el venablo en su hombro y lo lanzó con todas sus fuerzas.

Fue un pésimo lanzamiento, este primero. El venablo terminó resbalado sobre el suelo, bastante antes de la palmera que había escogido como objetivo. Pero había cogido la idea. Excitado, farfullando, Retoño corrió a recuperar el venablo. Con una obsesión que fugazmente rivalizaba con la de Madre, volvió a probar una y otra vez.

Ella había tenido la idea gracias a su peculiar capacidad, que le permitía pensar en el palo lanzador de más de una forma. Era una herramienta, sí, pero también era algo parecido a sus dedos, en el sentido de que sujetaba el venablo... y era como una persona, incluso, en el sentido de que podía hacer cosas, podía lanzar el venablo por ti. Si uno era capaz de pensar en un objeto desde más de un punto de vista, podía imaginarlo haciendo toda clase de cosas. Para Madre, la consciencia estaba convirtiéndose en algo más que una herramienta para conseguir contacto sexual.

Probablemente, a Retoño nunca hubiera podido ocurrírsele esta idea por sí solo. Pero una vez que ella le mostró el concepto, se hizo con él con rapidez. Después de todo, su mente y la de ella no eran tan diferentes.

Cuando impulsaba el lanzador, la gran fuerza que aplicaba al venablo hacía que este se doblara: el arma, flexionada, parecía casi alejarse de un gran salto, como una gacela que escapa de una trampa.

—Enfermo. —La llana y fea palabra se abrió camino entre su euforia.

Agria, su tía, estaba en la entrada de su cabaña. Señaló el interior.

Madre corrió por la tierra pisoteada hasta su cabaña. En cuanto entró, captó el intenso tufo del vómito. Silencio estaba retorcido en el suelo, con las manos en el vientre distendido. Estaba tiritando, empapado de sudor, y tenía la piel muy pálida. Había mierda y vómito a su alrededor.

Inmóvil bajo el Sol brillante, fuera de la cabaña, con el rostro duro, Agria estaba sonriendo.

Silencio tardó un mes en morir.

Aquello casi acaba con Madre.

Su instintiva comprensión de la causalidad la había traicionado. En aquella emergencia esencial, no funcionaba nada. Había enfermedades que se podían tratar. Si cogías una pierna rota, le devolvías su forma natural y la vendabas, a menudo volvía a quedar tan bien como antes. Si frotabas las mordeduras de los insectos o las heridas de ciertas plantas, podías extraer el veneno. Pero no había nada que ella pudiera hacer con aquella extraña consunción, para la que ni siquiera existía una palabra.

Le trajo las cosas a las que más cariño le tenía: un trozo de madera nudosa, los trozos de pirita, hasta una extraña piedra piramidal que en realidad era un ammonite fosilizado de trescientos millones de años de antigüedad. Pero él se limitaba a tocar los juguetes con los ojos apenas abiertos, o a ignorarlos por completo.

Llegó un día en que ni siquiera pudo levantarse de su jergón. Ella lo acunaba en brazos y le cantaba nanas sin palabras, como había hecho cuando era un niño. Pero la cabeza del pequeño caía a un lado, inerte.

Trataba de meterle comida en los labios, pero tenía los labios azules y la boca helada. Hasta se llevó aquellos labios fríos al pecho, pero no había leche.

Finalmente llegaron los otros.

Se resistió y trató de echarlo, convencida de que si lo intentaba un poco más, si lo deseaba un poco más, él sonreiría, extendería las manos hacia sus juguetes y saldría corriendo a la luz. Pero la enfermedad de su hijo le había costado las fuerzas y la apartaron con facilidad.

Los hombres abrieron una fosa en el suelo, fuera del campamento. El cuerpo cada vez más rígido del chico se dejó allí, hecho un ovillo, y lo cubrieron rápidamente con la tierra del agujero. No quedó de él más que una franja de tierra de color diferente.

Fue una ceremonia funcional, pero al menos fue una ceremonia. La gente llevaba ya tres mil años inhumando los cuerpos. En el pasado había sido un medio esencial de disponer de los desechos: cuando uno podía llorar a viejo en el mismo lugar en que nacía, era esencial mantenerlo limpio. Pero ahora la gente se había vuelto nómada. El pueblo de Madre se marcharía pronto de allí. Podrían haber dejado el cuerpo a los carroñeros, los perros y las aves y los insectos. ¿Qué diferencia iba a haber? Pero, a pesar de ello, lo habían enterrado, como hacían siempre. Había terminado por parecerles lo normal.

Pero nadie pronunció palabra alguna, no dejaron nada que señalara el lugar, y todos se desperdigaron rápidamente. La muerte era tan absoluta como siempre había sido allá en el pasado remoto de los homínidos y los primates: la muerte era el final, la terminación de la existencia, y aquellos

que la sufrían se volvían tan insignificantes como el rocío evaporado y sus mismas identidades se perdían en el olvido trascurrida una sola generación.

Pero para Madre no era así. No, no lo era.

En los días que siguieron a aquel fin brutal y aquella eficiente inhumación, regresó una vez tras otra al lugar que contenía los huesos de su hijo. Aun cuando la tierra empezó a perder color y la hierba empezó a crecer sobre ella, siguió recordando exactamente dónde habían estado los bordes irregulares de la fosa y era capaz de imaginar cómo debía estar tendido, allí, bajo tierra.

No había razón para su desaparición. Esto era lo que la atormentaba. Si lo hubiera visto caer, o ahogarse, o ser aplastado por las manadas, entonces habría comprendido por qué había muerto y puede que lo hubiera aceptado.

Sí, había visto a muchos sucumbir a las enfermedades. Había presenciado muchas muertes provocadas por causas que nadie podía nombrar y mucho menos tratar. Pero eso solo empeoraba las cosas: si alguien tenía que morir,

¿por qué precisamente Silencio? Y si era el azar ciego el que lo había matado —si alguien tan cercano podía desaparecer de forma tan arbitraria

—, es que podía ocurrirle a ella, en cualquier momento, estuviera donde estuviera.

Era inaceptable. Todo tenía su causa. Así que debía de haber una causa para la muerte de Silencio.

Sola, obsesionada, se retrajo al interior de sí misma.

II

Poco después de los tiempos de Guijarro y Arpón se había producido una era interglaciar, un intervalo de climas templados en los largos milenios dominados por el hielo. Los casquetes polares se habían fundido parcialmente, y el nivel de las aguas había ascendido, inundando las tierras

bajas y deformando el contorno de las costas. Pero, doce mil años después de la muerte de Guijarro, aquel prolongado verano llegó a su fin.

Repentinamente, llegó un invierno feroz. El hielo empezó a avanzar de nuevo. A medida que el hielo absorbía la humedad del aire, fue como si el planeta estuviera inhalando una gran bocanada de aire seco. Menguaron los bosques, se extendieron los pastizales y la desertización se extendió una vez más.

El Sahara, resguardado a la sombra del Himalaya, no era todavía un desierto. En su interior había amplios lagos alargados: lagos, en el Sahara.

Estas masas de agua crecían y menguaban, e incluso a veces llegaban a secarse del todo. Pero en sus momentos de abundancia estaban repletos de peces, cocodrilos e hipopótamos. Alrededor de las aguas se reunían los avestruces, las cebras, los rinocerontes, las jirafas, los búfalos y las diferentes especies de antílopes, junto a otros animales que una mirada moderna no habría asociado con el continente africano, como bueyes, ovejas, cabras y asnos.

Allí donde había agua, había caza y había gente. Aquel era el medio en el que vivía el pueblo de Madre. Pero era un lugar marginal, una sombra de vida, una pátina que podía llevarse el viento. Había que trabajar duro para sobrevivir.

Y la gente estaba aún muy dispersa.

Los humanos no habían salido todavía de África. En Europa y Asia, no existía otra cosa que los robustos y, en algunos sitios, las formas aún más antiguas, los flacos caminantes. América y Australia estaban todavía completamente vacías.

Incluso en África escaseaba la gente. Los pueblos de hábitos más nomádicos, basados en el comercio, inventado en su momento Arpón y los suyos, no se habían extendido de forma uniforme. Desde que salieran de los bosques, los homínidos habían sido susceptibles a la acción de los tripanosomas, de los parásitos que causaban la enfermedad del sueño, llevados por las nubes de moscas tse-tse que seguían a las manadas de ungulados por la sabana. Ahora estas enfermedades estaban extendiéndose.

Las redes comerciales de la gente se habían convertido en un medio muy

eficiente para el intercambio de mercancías, innovaciones culturales y genes... pero también para la transmisión de patógenos.

Y, desde el punto de vista cultural, la inmovilidad era total.

Guijarro hubiera reconocido casi todo lo que había en el campamento de Madre. La gente seguía extrayendo lascas de piedra de núcleos preparados, y seguía cubriéndose el cuerpo con pieles atadas con trozos de cartílago o cuero. Hasta el lenguaje era aún un chapurreo informe de palabras concretas, utilizado para designar cosas, sensaciones, acciones, inútil a la hora de transmitir información compleja.

En setenta mil años, aquel pueblo —humanos con una fisiología e, incluso, un cerebro tan desarrollado como los de los humanos del siglo XX

— no habían llevado a cabo una sola innovación en su tecnología o sus técnicas. Había sido una época de embrutecida pasividad, de asombrosa parálisis intelectual. Después de tanto tiempo, el hombre no era más que otro animal capaz de utilizar herramientas en su medio, como los castores o los pájaros carpinteros, poco más que un chimpancé. Y, paso a paso, estaba perdiendo la batalla por la supervivencia.

Faltaba algo.

Podía haberse marchado, haberse alejado caminando, sola.

¿Para qué vivir en un mundo sin Silencio?

Pero al final logró dejar atrás lo peor de la oscuridad.

Una vez más, volvió a recoger comida, a comer y beber. Tenía que hacerlo: de lo contrario, habría muerto. La suya no era una sociedad rica.

Aunque podía ocuparse de los débiles, los enfermos y los viejos, no había energía que perder con quienes no querían ayudarse a sí mismos.

Siempre había sido una cazadora hábil y una recolectara sabia. De hecho, con las herramientas que inventaba, modificaba o improvisaba, era más eficaz que otros, más fuertes o más jóvenes que ella. Se recobró con rapidez. Pero la confusión de su cabeza no se disipó.

Nunca supo qué fue lo que le dio el primer impulso para hacer las marcas en la roca.

Ni siquiera fue algo consciente. Estaba sentado junto a un afloramiento de arenisca blanda, con un rayador de basalto en la mano; había estado preparando un pellejo de cabra. Y allí, grabadas con pulcritud en la roca, había un par de líneas en zigzag, paralelas y perfectas.

Al principio las marcas la confundieron. Pero entonces vio los granos de tierra que había en el suelo, debajo de ellas. En su mente se produjo la conexión causal, como siempre, y comprendió. Sin darse cuenta, había utilizado el rayador; el rayador había hecho las marcas. Luego ella había hecho las marcas.

Lo que prendió la chispa de su interés fue que eran como las líneas de su cabeza.

Dejó el trozo de cuero en el que había estado trabajando y se arrodilló junto a la roca. Sentía una extraña excitación. Dio la vuelta al rayador para utilizar una punta nueva y trazó una línea. Logró dibujar una pulcra espiral, alrededor de un centro vacío. No era tan clara y brillante como las formas de su cabeza; su trazado era torpe, la profundidad de la línea era variable y la curva, desmañada y angulosa.

Así que volvió a intentarlo. Siempre había tenido mano para tallar herramientas de piedra, madera o hueso. Esta vez la espiral fue un poco más suave, un poco más parecida al ideal que se escondía detrás de sus ojos. Así que lo intentó de nuevo. Y de nuevo y de nuevo, hasta que aquella roca anónima estuvo cubierta de espirales, volutas, espiras y líneas curvas.

Era como lo que veía cuando cerraba los ojos, sí. Fue como un milagro descubrir que era capaz de crear fuera de su cabeza las mismas formas que veía dentro.

Más tarde se le ocurrió la idea de utilizar ocre.

La gente seguía utilizando el mineral de hierro rojo como tinte para marcarse la piel con símbolos tribales, al igual que había hecho en tiempos de Guijarro. Madre experimentó con la sustancia y descubrió que era mucho más fácil pintar con ella sobre la roca que utilizar un rayador. Y

además, podía aplicarse también a otras superficies. Muy pronto, sus brazos y sus piernas, y los pellejos que llevaba sobre los hombros, y sus

herramientas y raederas de hueso, madera y piedra, estuvieron cubiertos de volutas, espirales y líneas en zigzag.

Fue la flor lo que hizo germinar la fase siguiente de su peculiar desarrollo.

Era una especie de girasol: no era espectacular, sus semillas no eran ni sabrosas ni venenosa y no tenía gran interés. Pero sus pétalos rodeaban una espiral de color amarillo que se colapsaba sobre un corazón central de color negro. Lanzó un grito de sorpresa al reconocer la flor.

Después de eso, empezó a ver formas por todas partes: las espirales de los caparazones y los conos, las celosías de los panales, hasta los espectaculares zigzags de los rayos que cruzaban el cielo durante las tormentas. Era como si el oscuro contenido de su cabeza fuera un mapa del mundo exterior.

La primera que trató de emularla fue una chica.

Madre la vio pasar, con un conejo sobre el hombro... y una espiral de color carmesí en la mejilla, debajo del ojo. Luego fue Retoño, con líneas sinuosas a lo largo de los brazos.

Después empezaron a aparecer las líneas y curvas por todas partes, extendiéndose como un sarpullido por todo el campamento y por los cuerpos de la gente. Cuando inventaba un nuevo diseño, una celosía o una serie de curvas, no tardaba en ser copiado, e incluso desarrollado, en especial por parte de los jóvenes.

Era fuente de una extraña satisfacción. La gente ya no la evitaba.

Estaban copiándola. Se convirtió en una especie de líder, algo que nunca había sido.

Pero su nuevo estatus no complacía tanto a Agria. Ella guardaba las distancias con Madre. De hecho, las dos mujeres apenas se habían mirado desde la muerte del muchacho.

Sin embargo, ninguno de los diseños, hechos por ella o por los demás, se aproximaba a la luminosa perfección de los que recorrían su cabeza en silencio. Llegó a un punto en que casi hubiera deseado que volviera el dolor, para poder volver a verlos.

A veces, los cambios experimentados por su consciencia la asustaban.

¿Qué significaba todo aquello? Instintivamente, buscó conexiones: era su naturaleza. Pero, ¿qué conexión podía haber entre un destello de luz en su ojo y una tormenta en el cielo? ¿Era la tormenta la causante de la luz de su cabeza o viceversa?

La vida, los interminables ciclos de la respiración, la recolección de comida, la salida del Sol y la Luna, el lento declinar del cuerpo, continuó. Y

conforme pasaban los meses, Madre se fue hundiendo en la peregrinidad de sus percepciones. Estaba empezando a ver conexiones por todas partes. Era como si el mundo estuviera recorrido por una urdimbre de causas, como las hebras de una vasta e invisible telaraña. Se sentía como si estuviera disolviéndose, como si su sentido del yo estuviera disipándose.

Pero en sus vagabundeos interiores se aferraba al recuerdo de su hijo, un recuerdo que era como un dolor incesante, como el muñón de un miembro amputado.

Y, poco a poco, la muerte de Silencio empezó a parecerle el eje de todas aquellas hebras causales.

Sin mediar palabras se alcanzó el consenso de que el campamento debía levantarse. El pueblo se preparó para emprender la marcha.

Madre fue con ellos. Retoño y algunos otros dieron muestras de alivio.

Algunos habían temido que insistiera en quedarse junto al agujero en la tierra que contenía los huesos de su hijo.

Tras una larga marcha, llegaron a un nuevo campamento, cerca de un lago rodeado por una corona de fango. Montaron sus cabañas de pieles y prepararon sus jergones. Pero la sequedad era la misma y la vida seguía siendo dura, y los niños y los ancianos sufrían.

Un día, Retoño trajo a Madre la cabeza de un avestruz joven. Le habían cortado el cuello a la distancia de una mano desde la mandíbula y la cabeza estaba limpiamente ensartada en la lanza.

Alcanzar a un avestruz a la carrera, apuntar a la minúscula cabeza de un ave corredora a cincuenta o setenta metros y hacer blanco era una auténtica

proeza. Tras meses de práctica, Retoño y los demás cazadores jóvenes habían aprendido a utilizar sus lanzadores con asombrosa precisión, lo que les permitía abatir sus presas a distancias sin precedentes. El invento de Madre era poderoso. Con creciente confianza, los cazadores habían empezado a adentrarse más en la sabana y muy pronto los animales de presa de las llanuras aprenderían a temerlos. Fue como si, de repente, alguien les hubiera dado armas de fuego.

Aquel día, Retoño parecía ensoberbecido por su captura. Frente a la mujer que le había enseñado a utilizar el lanzador de venablos, imitó su movimiento al arrojar su arma, cómo se había doblado y había salido despedida con presión hacia su objetivo.

—Ave rápida, rápida —dijo, pisoteando el suelo repetidamente—. Corre rápida. —Se señaló a sí mismo—. Yo. Yo. Escondo. Roca. Ave rápida, rápida. Lanza... —Emergió de un salto de detrás de su roca invisible y, una vez más, con aire triunfante, imitó la acción del lanzamiento.

Últimamente, Madre tenía poco tiempo para los demás. Sus nuevas percepciones la absorbían cada vez más. Pero toleraba a Retoño, que era lo más parecido a un amigo que tenía. Escuchó su jerigonza sin demasiada atención.

—Viento arrastra olor. Olor llega avestruz. Avestruz corre. Ahora, aquí.

Mueve, mueve, esconde. Viento lleva olor. Avestruz aquí, viento allí, viento lleva olor lejos...

Su lenguaje era como una especie de jerga. Las palabras eran sencillas, meros sustantivos verbos y adjetivos sin conjugación ni concordancia. Para dar énfasis se recurría todavía a la repetición y la mímica. Y con tan poca estructura era imposible establecer convenciones: el hecho de que no hubiera dos personas, ni siquiera dos hermanos, que hablaran del mismo modo, no contribuía precisamente a facilitar la comunicación.

Pero a pesar de todo, ahora Retoño utilizaba oraciones ocasionalmente.

Era una costumbre que había adquirido de Madre. Cada oración era una construcción genuina de sujeto, verbo y objeto. El proto-lenguaje de su pueblo estaba desarrollándose rápidamente alrededor de esta semilla de estructura. Ya había tenido que inventar los pronombres —yo, tú, él, ella—

y formas diferentes de expresar las acciones y sus consecuencias: yo maté, yo estoy matando, yo no maté... Eran capaces de expresar comparaciones y negativas y de explorar alternativas. Podían discutir entre ir hoy al lago, o no ir, recurriendo a todo en un universo de palabras, cuando en el pasado tendrían que haber hecho directamente una de las dos cosas o dividirse en facciones.

Todavía no era un idioma de verdad. Pero era un comienzo, y estaba creciendo deprisa.

En cierto sentido, Madre había descubierto, no inventado, la estructura oracional básica. Su lógica profunda reflejaba la profunda capacidad de comprensión del mundo de que gozaban los homínidos —un mundo de objetos con propiedades— que a su vez representaba una arquitectura neural más profunda común a todos los mamíferos. Si un león o un elefante hubiera podido hablar, lo habría hecho de aquel modo. Aquella estructura central sería compartida por casi toda la miríada de lenguas humanas que aparecerían en las eras futuras, un molde universal que reflejaba la causalidad esencial del universo y la percepción humana de este. Pero había hecho falta el oscuro genio de Madre para darle forma a esta arquitectura profunda, así como para inspirar la superestructura lingüística que no tardaría en seguirla.

Y había llegado el momento de dar otro paso.

Retoño dijo algo que le llamó la atención.

—Lanza mata ave —dijo excitadamente—. Lanza mata ave, lanza mata ave...

Madre frunció el ceño.

—No, no.

Él se detuvo en mitad de frase. Absorto en su exhibición, casi había olvidado que ella estaba allí.

—Lanza mata ave. —Imitó el vuelo de la lanza. Incluso recogió la cabeza del avestruz y movió la mano hacia ella en un arco, igual que había volado su lanza, precisa y letal.

—¡No! —replicó ella con voz tajante. Se levantó y le cogió la mano—.

Tú levanta mano. —Le puso el lanzador en la mano casi con violencia—.

Mano empuja palo. Palo empuja lanza. Lanza mata ave.

Él retrocedió, desconcertado.

—Lanza mata ave. — ¿No es eso lo que yo había dicho?

Irritada, volvió a enseñárselo.

—Tú levanta mano... Lanza mata ave. Tú mata ave. —Existía una cadena causal, pero la intención residía en un solo lugar: la cabeza de Retoño. Para Madre estaba claro. Él había matado al pájaro, no la lanza. Le dio un golpecito en la cabeza. Aquí es donde murió el pájaro, idiota. Dentro de tu cabeza. El resto son minucias. Discutieron un rato, pero la confusión de Retoño fue en aumento. El júbilo infantil que la cacería le había proporcionado estaba desapareciendo ahora que su jactancia había degenerado en aquella peculiar discusión filosófica.

Entonces, una cuchillada de dolor atravesó las sienes de Madre, tan brusca y fuerte como debía de haber asaltado el venablo de madera endurecida de Retoño la cabeza del desgraciado avestruz. Cayó de rodillas, con los puños en las sienes.

Pero entonces, de repente, en aquel instante de dolor, pudo ver una nueva verdad.

Imaginó la lanza volando, como el brillante relámpago de su cabeza, atravesando el cráneo del ave y extinguiendo su vida. Ella sabía que Retoño la había lanzado. Él había deseado la muerte del ave y todo lo demás era irrelevante.

Pero, ¿y si no hubiera visto a Retoño al arrojar su lanza? ¿Y si hubiera estado oculto tras una roca o un árbol? ¿Habría creído que la lanza era la causa última, que la lanza había tenido el propósito de matar al pájaro? No, claro que no. El hecho de que no pudiera ver toda la cadena causal, no quería decir que no existiera. Si veía volar la lanza, sabría que alguien tenía que haberla arrojado.

Su peculiar forma de ver el mundo, la telaraña de causas que se extendía por todo él, y por su pasado y su futuro, avanzó un paso más. Si moría un avestruz, un cazador tenía que haberlo deseado. Y si moría una persona, tenía que haber un culpable. Tan sencillo como eso. Lo vio instantáneamente, lo comprendió a un nivel profundo e intuitivo que iba

más allá de las palabras, mientras en su compleja consciencia, en constante proceso de rápido desarrollo, se abrían nuevas conexiones.

La lógica era clara, abrumadora. Pasmosa. Reconfortante.

Y sabía cómo tenía que responder a este nuevo conocimiento.

De pronto se dio cuenta de que Retoño estaba arrodillado a su lado, sosteniéndola por los hombros.

—¿Herida? ¿Cabeza? Agua. Duerme. Ven... —La cogió del brazo y trató de ayudarla a incorporarse.

Pero el dolor había venido y se había ido en un instante, como un meteorito, dejando un rastro de conexiones destrozadas y rehechas en su mente. Se levantó, lo apartó de un empujón y se encaminó al asentamiento.

Ahora solo había una persona a la que necesitara, solo había una cosa que tuviera que hacer.

Agria estaba en su cabaña, una estructura tosca de hojas de palmera, dormitando al abrigo del calor del día.

Madre se detuvo sobre ella. Llevaba en los brazos una enorme roca, la más grande que podía sostener; la acunaba como en su día había acunado a Silencio.

Nunca había olvidado el día que Silencio había empezado a enfermar.

Ese día todo había cambiado para ella, como si la tierra hubiera pivotado a su alrededor, como si las nubes y las rocas hubieran intercambiado su lugar.

Y tampoco había olvidado la media sonrisa de Agria. Si yo no puedo tener un hijo propio, estaba diciéndole, me alegro de que tú pierdas al tuyo.

Ahora lo veía todo con claridad. La muerte de Silencio no había sido casual. En el universo de Madre, nada ocurría por casualidad: ya no. Todo estaba conectado; todo tenía significado. Era la primera teórica de la conspiración.

Y la primera persona a la que había incriminado era su único pariente vivo. Madre no sabía cómo había cometido Agria el crimen. Puede que hubiese sido una palabra, una mirada, un contacto, alguna forma sutil, algún arma invisible que hubiera acabado con la vida del niño, tan implacable como una lanza de madera tallada. Pero el cómo no importaba. Lo único que importaba ora que ahora sabía a quién debía culpar.

En el último momento, perturbada por los movimientos de Madre, Agria despertó. Y vio la roca que caía sobre su cabeza. Su mundo terminó, extinguido tan rotunda y repentinamente como la Tierra del Cretácico por la Cola del Diablo.

El cerebro homínido, estimulado por la necesidad creciente de desarrollar una inteligencia cada vez más poderosa, alimentado por una dieta rica en grasas, había crecido con rapidez. Era más complejo que cualquier ordenador construido jamás por el hombre. En el interior de la cabeza de Madre había cien mil millones de neuronas, interruptores bioquímicos interactivos, un número comparable al de las estrellas del universo. Pero cada uno de aquellos interruptores era capaz de adoptar cien mil posiciones diferentes. Y aquella obra maestra de asombrosa complejidad estaba bañaba en un fluido que incluía más de un millar de productos químicos, que podían variar en función del tiempo, la estación del año, la dieta, el estrés, la edad y un centenar de factores más, cada uno de los cuales podía afectar al funcionamiento de los interruptores.

Antes de Madre, las mentes de la gente estaban compartimentadas, de tal modo que la consciencia sutil quedaba restringida a los aspectos sociales de su existencia, mientras que otros módulos, especializados, se encargaban de funciones tales como la fabricación de herramientas y la respuesta al medio, lo mismo que a funciones fisiológicas más básicas como la respiración. Las diversas funciones del cerebro se habían desarrollado, hasta cierto punto, en un estado de aislamiento mutuo, como subrutinas diferentes y no unidas por un programa maestro.

El conjunto, este ordenador bioquímico de inmensa complejidad, era no obstante, provisional, casi improvisado. Y propenso a la mutación.

Las diferencias físicas entre el cerebro de Madre y los de la gente que la rodeaba eran minúsculas, consecuencia de mutaciones menores, de pequeños cambios en la composición química de la grasa de su cerebro, de leves modificaciones de su circuitería neuronal que apuntalaba su consciencia. Pero bastaban para darle una nueva flexibilidad a su

pensamiento, representaban el salto cualitativo entre los diferentes compartimientos de su inteligencia y una percepción inmensamente diferente.

Pero la modificación completa de un ordenador orgánico de tan inmensa complejidad tenía efectos secundarios, no todos ellos deseables.

No eran solo las jaquecas. Madre estaba sufriendo lo que podría haberse calificado como una especie de esquizofrenia. La muerte de su hijo había desencadenado los síntomas. Hasta en este primer florecimiento de la creatividad humana, Madre prefiguraba a muchos de los genios deficientes que iluminarían, y ensombrecerían, la historia del hombre en las generaciones que todavía albergaba el futuro.

No existía cuerpo de policía allí. Pero los asesinos no eran bien recibidos en una comunidad tan pequeña y estrecha. Así que fueron a buscarla.

Pero había desaparecido.

Sola, caminaba por la sabana, de regreso al lugar en el que habían acampado la última vez, el barranco seco. La tierra estaba tan cubierta de maleza y pisoteada que seguramente solo ella fuera capaz de encontrar el lugar exacto.

Arrancó la vegetación, la hierba y la maleza. Luego sacó un palo para excavar y, al igual que Guijarro con los ñames tanto tiempo atrás, empezó a golpear la tierra.

Finalmente, más o menos a un metro de profundidad, topó con el blanco del hueso. El primer fragmento que extrajo fue una costilla. A la áspera luz de la mañana, despojada de toda la carne y la sangre, era tan blanca que casi refulgía. La atroz eficacia de los gusanos la dejó asombrada. Pero no eran las costillas lo que buscaba. Dejó caer el hueso y hundió las manos en el suelo. Sabía dónde buscar, recordaba hasta el último detalle de aquel terrible día, cuando habían llevado el cuerpo de Silencio a aquel pedazo de tierra, cómo había caído, con la cabeza y los miembros fláccidos y las manchas de excrementos todavía frescas en sus flacas piernas.

No tardó mucho en encontrar la cabeza.

Levantó el cráneo, con las cuencas vacías hacia sí. Un jirón de cartílago mantenía todavía la mandíbula en su lugar, pero justo en ese momento cedió y la mandíbula se abrió, como si el niño descarnado estuviera tratando de decirle algo. Pero entonces la sonrisa siguió ensanchándose de forma grotesca y un rollizo gusano salió arrastrándose por donde antes estaba la lengua y la mandíbula cayó al fin al suelo, sobre la tierra.

No importaba. No necesitaba una mandíbula. ¿Qué eran unos pocos dientes? Escupió sobre el cráneo y le limpió la tierra con la palma de la mano. Lo acunó canturreando.

Cuando regresó al lago, la gente estaba esperándola. Estaban todos allí, todos salvo los más jóvenes y las madres que tenían bebés. Algunos de los adultos llevaban armas —cuchillos de piedra, lanzas de madera— como si Madre fuera un elefante extraviado que pudiera volverse en cualquier momento contra ellos. Pero había entre ellos tanta gente consternada como abiertamente hostil. Allí estaba Retoño, por ejemplo, con el lanzador de venablos colgado del hombro y los pálidos ojos nublados al observar a la mujer que tanto le había enseñado. Muchos de ellos incluso llevaban en la piel o en la ropa las marcas que ella les había inspirado.

El único hijo superviviente de Agria era una chica de trece años.

Siempre había tenido una cierta tendencia a la gordura, que se había afianzado ahora que empezaba a convertirse en una mujer. Sus pechos eran ya voluminosos, bamboleantes. Y su tez era de un extraño color entre pardo y amarillento, como la miel, legado de un encuentro fortuito con otro grupo de vagabundos, gente del norte, hacía ya un par de generaciones. La niña, Miel, la sobrina de Madre, la miró con cólera y asombro, y el rostro cubierto de lágrimas.

Hostiles, tristes, pesarosos o confundidos, ninguno de ellos sabía muy bien qué hacer. Al reconocer aquella incertidumbre, Madre sintió una especie de calidez interior. Sin necesidad de gritar, sin utilizar la violencia, sin siquiera un mero gesto, se había hecho con el control de la situación.

Levantó el cráneo y dirigió sus ojos vacíos a la gente. Todos se encogieron, pero la mayoría parecía más confundida que aterrorizada. ¿Qué significaba aquel viejo cráneo?

Pero una chica se volvió, como si el cráneo estuviera dirigiéndole una mirada acusadora. Flaca y vivaz, tenía catorce años y unos ojos muy grandes. La chica, Ojos, lucía en el brazo un dibujo en espiral especialmente intrincado, trazado con ocre. Madre tomó nota de su reacción.

Un hombre se adelantó. Era un sujeto enorme y de terrible temperamento, como un buey acorralado. Buey señaló la cabaña de Agria.

—Muerta —dijo. Señaló a Madre con su hacha—. Tú. Cabeza. Roca.

¿Por qué? Por mucho que tuviera la situación bajo control, Madre sabía que lo que dijera ahora determinaría todo su futuro. Si la expulsaban del campamento, no viviría mucho tiempo.

Pero estaba tranquila.

Miró al cráneo y sonrió. Entonces señaló la cabaña de Agria.

—Ella mata niño. Ella mata él.

Buey entornó la mirada. Si era cierto que Agria había matado al niño, el acto de Madre estaría justificado. Nadie le negaría a una madre, o incluso a un padre, el derecho a vengar a su hijo.

Pero entonces Miel se adelantó.

—¿Cómo, cómo, cómo? —Tratando de hacerse entender, sacudiendo el grueso vientre, fingió que apuñalaba a alguien, que lo estrangulaba—. No mata. No toca. ¿Cómo, cómo, cómo? Niño enfermo. Niño muere. ¿Cómo, cómo? — ¿Cómo se supone que ha hecho mi madre eso que dices?

Madre levantó la mirada hacia el Sol, que presidía una despejada cúpula de cielo blanco y azul.

—Calor —dijo, secándose la frente-. Sol calor. Sol no toca. Ella no toca.

Ella mata. — Acción a distancia. El Sol no necesita tocar vuestra carne para calentaros. Y Agria no necesitó tocar a mi hijo para matarlo.

Ahora había miedo en sus caras. Había montones de asesinos invisibles e incomprensibles en sus vidas. Pero la idea de que una persona pudiera controlar estas fuerzas era nueva y aterradora.

Seguir: parte 2 de 2