Evolución
18. El reino de las ratas
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
18
El reino de las ratas
ÁFRICA ORIENTAL,
C. 30 MILLONES DE AÑOS DESPUÉS DE NUESTROS DÍAS
I
El asteroide había recibido el nombre de Eros hacía mucho tiempo.
Poseía su propia geografía en miniatura. Su superficie estaba cubierta de cráteres, restos de escombros y detritos, y extraños estanques de polvo azulado y muy fino, cargado de electricidad por el Sol implacable. Tres veces más largo que ancho, era la isla de Manhattan arrojada al espacio.
Eros era tan viejo como la Cola del Diablo. Al igual que el cometa de Chicxulub, era una reliquia de la formación del propio sistema solar. Pero, a diferencia del cometa, este asteroide había encajado perfectamente en el mecanismo de relojería del sistema interior, dentro de la órbita de Júpiter.
En los primeros tiempos se habían producido destrucciones en masa de
asteroides jóvenes que, siguiendo sus órbitas descontroladas, había chocado unos con otros. La mayoría de ellos se habían convertido en nubes de polvo o se habían precipitado hacia las inmensas fauces de Júpiter, o al abarrotado y peligroso interior del sistema. Los supervivientes, diezmados, seguían ahora órbitas perfectas alrededor del Sol.
Pero incluso ahora, la fantasmal tensión de las fuerzas gravitatorias provocaban que las órbitas de los asteroides resonaran como cuerdas tañidas.
Salió de mala gana a la luz del Sol.
Había tenido otro mal sueño. Estaba mareada y tenía los miembros tiesos. Más allá del tosco techo de su nido, situado en la copa del árbol, entrevió el verdor crujiente del dosel superior y algunos jirones azules del cielo tropical. Al igual que el jergón sobre el que se había acostado, el techo no era más que una masa de ramas, hojas y palos doblados, construida apresuradamente en las horas previas al crepúsculo y que pronto abandonaría.
Estaba de espaldas, con la cabeza apoyada en el brazo derecho y las piernas sobre el vientre. Su cuerpo desnudo estaba cubierto por un fino vello dorado. A los quince años estaba en la flor de la vida. Las estrías de su vientre y sus pequeños pechos demostraban que ya había tenido descendencia. Los ojos, cubiertos de legañas, eran grandes, negros y vigilantes: la marca de una readaptación a la vida nocturna. Sobre ellos, una frente chala conducía a la pequeña cavidad cerebral, cuya modesta forma quedaba oculta tras una mata de pelo negro y enredado.
Una parte de ella nunca dormía profundamente, por muy bien que hubiera construido el nido. Sus sueños siempre sufrían el acecho de los inmensos abismos abiertos a sus pies, y la amenaza de caer a ellos. Los árboles eran el único lugar seguro para su pueblo, así que aquello no tenía demasiado sentido, pero así era de todos modos. La gente necesitaría más tiempo para acostumbrarse a su regreso a los árboles.
Por supuesto, no ayudaba demasiado el hecho de que el único hijo que había tenido hasta el momento se lo hubiera llevado el abismo, arrancado de sus manos por la lluvia y arrojado a las profundidades verdes.
Nunca había hablado de ellos con nadie. De hecho, nadie hablaba ya.
Los días de interminables charlas habían pasado, pues las laringes y capacidades cognitivas de las especies locuaces, irrelevantes para la vida en los árboles, habían sido abandonadas.
Ni siquiera tenía un nombre. Pero es posible que parte de ella retuviera un recuerdo lejano de días ya pasados, días diferentes. Llamémosla Remembranza.
Escuchó un crujido entre la vegetación que había debajo, una cáscara de fruta que caía entre las hojas y los primeros aullidos tentativos de los machos.
Rodó sobre sí misma y pegó la cara al lecho de ramas. Apenas distinguía la propia colonia, una masa oscura y oscilante en las capas superiores de la copa, como un submarino de madera colgado de algún modo de la vegetación. Por todas partes se movían, trepaban y disputaban las figuras esbeltas de sus congéneres. El día echaba a andar. Y no convenía llegar tarde.
Remembranza se puso en pie y abrió el jergón, como si fuera una cría de ave saliendo del cascarón. Con la pequeña cabeza un metro sobre el suelo de la rama, recorrió su mundo con la mirada.
El bosque se extendía en todas direcciones en verdes capas de vida. La última de ellas era un techo situado muy por encima de Remembranza. Al norte, el oeste y el este, más allá de los árboles, su mirada atisbó un resplandor azulado y cubierto de destellos. La luz del océano siempre la había intrigado. Y aunque su vista no alcanzaba la costa meridional, tenía la intuición de que el océano continuaba incluso allí, formando un gran cinturón alrededor de la tierra. Y tenía razón: sabía que vivía en una vasta isla. Pero el océano no era más que otra irrelevancia, algo demasiado lejano para preocuparla.
Aquel bosque especialmente denso había brotado de una profunda quebrada abierta en el lecho de roca. Protegido por paredes de roca dura y
alimentado por los arroyos que discurrían por la base de la quebrada, era un lugar vibrante y rebosante de vida, aunque aquí y allá había claros abiertos por los árboles borametz y sus servidores, una forma de vida nueva.
Pero la quebrada no era natural. Excavada hacía mucho tiempo en el ancestral lecho de roca, era el resultado de una obra humana, la construcción de una autopista. La erosión había hecho su trabajo: cuando los canales de drenaje y las alcantarillas dejaron de mantenerse, las laderas excavadas se habían desplomado. Pero, con todo, un geólogo paciente hubiera podido detectar una fina capa oscura en la arenisca que se había ido formando lentamente en el fondo de la quebrada. La capa estaba hecha de brea metamórfica, un estrato que afloraba aquí y allá junto con los fragmentos de los vehículos que antaño habían recorrido la carretera.
Incluso ahora, la marca de los humanos seguía allí.
Una sombra fugaz, rápida, silenciosa pasó sobre las hojas, que se agitaron a su alrededor. Se acurrucó rápidamente, buscando la protección del follaje. Era un pájaro, claro. Los depredadores de las capas superiores habían despertado y no convenía estar demasiado a la vista.
Con una última mirada a los restos de su nido, manchados de excrementos y orines y cubiertos de pelo, empezó a descender.
Conforme avanzaba el día tropical, la gente se había desperdigado por los árboles, ágil y esbelta, para empezar la cotidiana búsqueda de fruta, insectos de la corteza y agua acumulada en las hojas.
Remembranza, inquieta todavía, los observaba.
Había machos y hembras, algunas de ellas con sus crías pegadas a la espalda. Los machos hacían sus características exhibiciones, aullando y dando agresivos saltos de un lado a otro. Eso era algo que no había cambiado en los largos años: la organización de la sociedad de los primates seguía siendo la misma, una llamativa superestructura masculina impuesta sobre una estructura orgánica de pacientes clanes femeninos.
En las capas medias del dosel del bosque, los árboles más altos dejaban atrás las multitudes de sus parientes menores. En aquellos espacios
intermedios, ni altos ni bajos, la gente estaba relativamente a salvo de las amenazas de arriba y las de abajo. Y era allí, rodeados por las formas altas y esbeltas de los troncos de los grandes árboles, donde habían erigido su colonia.
Era una esfera de unos diez metros de diámetro. Sus gruesas paredes estaban hechas de ramas y hojas muertas, toscamente embuchadas. Habían ablandado las hojas mordisqueándolas antes de meterlas a presión en las cavidades de la estructura. El nido descansaba sobre las ramas más robustas del árbol, sobre el que lo habían ido construyendo a lo largo de varias generaciones. Y la vida florecía en su interior: un fino reguero de excremento y pis resbalaba por las paredes del árbol, el sistema de alcantarillado alimentado por las numerosas aberturas que salpicaban la base de la colonia.
Aquella esfera de rama y hojas mascadas era la estructura arquitectónica más avanzada que los post-humanos eran capaces de construir. Pero era obra del instinto, no de la mente, tan ajena a la planificación consciente como el nido de un pájaro o un termitero.
Remembranza veía rostros pequeños que se asomaban con timidez por los agujeros del tosco muro de la colonia. Recordó cuando ella vivía con su hijo tras aquellas húmedas y apestosas paredes. El propósito básico de la colonia era proteger a sus miembros más vulnerables frente a los depredadores del bosque: de noche, los más jóvenes, los viejos y los enfermos se apiñaban entre sus paredes. Pero durante el día solo se permitía que se quedaran los niños más pequeños y sus madres, mientras el resto salía al bosque para buscar comida.
Cuando los rayos de sol filtrados por el dosel vegetal incidieron sobre la colonia, las paredes empezaron a resplandecer. Entre las ramitas y hojas apiñadas había piedrecillas brillantes recogidas por los congéneres de Remembranza en el suelo del bosque. Incluso había algunos fragmentos de vidrio. Después de millones de años, el vidrio se volvía inestable, se formaban cristales en su interior y se volvía opaco, pero a pesar de ello, aquellos fragmentos, restos de parabrisas o faros o botellas, habían conservado la forma y ahora decoraban los muros de aquel edificio informe.
Parecía un elemento decorativo, pero no lo era. El cristal y las piedras brillantes estaban allí por razones defensivas. Incluso ahora, los depredadores de aquellos posthumanos, impulsados por instintos atávicos enterrados en su código genético desde los tiempos de los depredadores más terroríficos de la historia, sentían pavor a los restos de edificios, las piedras brillantes y el vidrio. Así que el pueblo de Remembranza, sin saber siquiera lo que estaba haciendo, imitaba las estructuras de sus antepasados.
Antaño, claro está, los árboles habían sido el dominio de los primates, un espacio por el que podían vagar a sus anchas sin temor. Los monos y los chimpancés no necesitaban fortalezas de hojas y ramas. Los tiempos habían cambiado.
Al ver que Remembranza se retrasaba, un joven macho le gruñó. Tenía una insólita mata de pelo blanco en la espalda, parecida a la de un conejo.
Ella sabía lo que pensaba: temía que tratara de robarle el fragmento de corteza que estaba trabajando con su madre y sus hermanos. La mente de estas criaturas no era comparable a la de sus antepasados, pero Remembranza era todavía capaz de intuir las creencias e intenciones de otros.
El grupo de Mancha-Blanca parecía más débil aquel día. Desde la última vez que Remembranza los había visto, su hijo mayor había desaparecido. Puede que se hubiese marchado en busca de otra colonia, suspendida en algún lugar de las profundidades del bosque. O puede, claro está, que hubiera muerto. Los miembros de la familia mostraban que todavía eran conscientes de la ausencia de uno de los suyos en su forma de volver la cabeza en busca de alguien que no estaba allí o al dejar un espacio para un macho que no lo ocupaba, pero muy pronto la herida en sus recuerdos se cerraría y el hermano perdido se hundiría en la oscuridad del pasado ignorado, tan olvidado como todos los hijos del hombre desde la construcción de la última lápida.
La propia Remembranza nunca sabría lo que había sido de aquel macho.
Aquella no era una época de la información. Nadie le decía ya nada a nadie.
Lo único que sabía con seguridad era lo que veía con sus propios ojos.
Para Remembranza, sin embargo, aquello representaba una oportunidad.
Probablemente podría obtener un lugar en el árbol luchando contra aquel grupo debilitado. Pero había dormido mal y se sentía frágil, inquieta. Era igual desde que perdiera a su hijo. La muerte de la criatura se había producido más de un año antes, pero el dolor era tan intenso, tan vivido en su mente caleidoscópica y desestructurada que parecía como si hubiera sido ayer mismo. Al igual que todos los de su especie, Remembranza no actuaba obedeciendo a un propósito planificado sino por impulsos. Y aquel día su impulso no era pelear contra aquellos enclenques por el privilegio de un lugar en la abarrotada rama para poder arrancar un trozo de corteza en busca de gusanos.
Le dio la espalda y echó a andar por la maraña del bosque.
Mientras trepaba, corría y saltaba de rama en rama, empezó a sentirse un poco mejor. Poco a poco, sus músculos empezaron a relajarse, y fue como si empezara a despertar de verdad. Hasta olvidó, por un breve instante, la desaparición de su hijo. Era todavía joven: los de su especie alcanzaban a menudo los veinticinco o incluso los treinta años. Y mucho tiempo después de que sus antepasados lejanos hubieran salido arrastrándose de las alcantarillas para encontrarse, estupefactos, con la luz del Sol, su cuerpo, si no los rincones más profundos de su mente, estaba bastante bien adaptado a aquella forma nueva de vida.
Sí, mientras se desplazaba a gran velocidad por entre la vegetación, sentía una especie de júbilo. ¿Por qué no? Mucho se había perdido, pero eso no significaba ninguna diferencia para ella. Su breve momento bajo el Sol era aquel, y estaba allí para disfrutarlo. Mientras corría bajo el denso crepúsculo del bosque, sus labios se abrieron y lanzó una risotada furiosa.
Era un reflejo que los hijos del hombre nunca habían perdido, a pesar de que, sobre la faz de una Tierra en proceso de curación, treinta millones de veranos habían llegado y habían pasado ya.
El bosque tropical de Remembranza formaba parte de un vasto cinturón forestal que rodeaba el talle del planeta, interrumpido solo por océanos y montañas. Eran bosques exuberantes, aunque habían tenido que pasar miles
de años tras el cese de las feroces depredaciones del hombre para que recobraran algo parecido a su antigua riqueza.
Este mundo reconstruido, cubierto de bosque, había dejado poco espacio para los descendientes de la humanidad. Así que los antepasados de Remembranza habían dejado la superficie y habían regresado al verde útero de las copas de los árboles. Había primates allí: monos cuyos antepasados habían logrado eludir a los famélicos humanos de los últimos días, supervivientes del gran evento de extinción. Al principio, los post-humanos eran más torpes que los monos. Pero seguían siendo relativamente inteligentes y estaban desesperados. No tardaron en completar la extinción que sus antepasados habían dejado inconclusa.
Después de eso, empezaron a proliferar. Pero la presión que los había expulsado de la superficie seguía allí.
Remembranza no sabía nada de esto. Sin embargo, en su interior conservaba un recuerdo molecular, una cadena ininterrumpida de material genético que se remontaba hasta el pueblo desaparecido que había tallado la roca para construir una carretera... y, a través de él, mucho más allá, hasta los tiempos en los que unas criaturas no muy diferentes a ellas habían trepado por árboles no muy diferentes a aquel.
Se detuvo en una rama cubierta de racimos de unas frutas grandes y rojas. Se sentó en cuclillas y empezó a alimentarse con rapidez: abría la cáscara, engullía el blando contenido y dejaba caer la cáscara a la oscuridad. Pero comía con la espalda pegada al tronco, y mientras lo hacía su mirada no dejaba de moverse de acá para allá, contemplando las sombras con temor, con movimientos rápidos y furtivos.
A pesar de su vigilancia, se dio un buen susto cuando el primer trozo de cáscara cayó sobre su cabeza.
Pegada todo lo posible al árbol, levantó la mirada. De las ramas que había sobre ella colgaba algo que parecían frutos: gruesos, oscuros y oscilantes. Pero a estos «frutos» les estaban saliendo manos, piernas, cabezas y ojos brillantes, y manos hábiles que le arrojaban cáscaras y trozos
de corteza y ramitas. Probablemente habían aguardado mientras se aproximaba y luego, silenciosamente, habían convergido sobre su posición.
Hasta le arrojaron trozos de excrementos todavía calientes.
Y entonces empezaron los graznidos. Era una jerigonza estrepitosa y carente de sentido que llenó su cabeza y la desorientó, como era su propósito. Se acurrucó contra la rama, con las manos en los oídos.
Los Chillones eran parientes de la especie de Remembranza. También descendían del hombre. Pero vivían de forma diferente. Eran cazadores cooperativos. Todos ellos, desde que eran muy pequeños, participaban con una fría e instintiva disciplina en el acoso a cualquier presa o la defensa contra cualquier depredador. Era una estrategia que funcionaba: Remembranza había visto caer a más de uno de los suyos frente a aquel ejército.
A pesar de sus diferencias, hasta hacía un par de millones de años, las dos especies hubiesen podido cruzarse, aunque su descendencia habría sido infértil. Pero ahora era imposible. Se había producido una nueva división de especies, una de tantas. Para la Gente Chillona, Remembranza no era más que una amenaza potencial... o puede que una presa.
Estaba atrapada. Parecía haber Chillones en todas las ramas. Nunca podría pasar por encima de ellos para llegar a otro árbol. Solo había una forma de escapar: por la superficie.
No titubeó. Empezó a descender por el tronco, se dejó caer, utilizando las ramas para frenar su descenso, y escapó hacia las densas sombras del suelo del bosque.
Al principio los Chillones fueron tras ella, y los trozos de fruta y excrementos que le arrojaban caían como una lluvia a su alrededor, rebotando contra la corteza. Los oía mientras se extendían como un enjambre por el árbol en el que la habían acorralado, lanzando chillidos y gritos de absurdo triunfo.
Finalmente llegó al suelo. Su intención era alcanzar otro tronco, situado a unos cien metros de allí, lo que tal vez bastase para que los Chillones le permitiesen regresar sana y salva a la zona en la que vivían los suyos.
Avanzó, con los ojos muy abiertos y alerta, erguida.
Remembranza tenía caderas estrechas y piernas largas, reliquias de los tiempos de bipedismo de los simios que moraban en la sabana. Caminaba más erguida que cualquier chimpancé, más que la raza de Capo. Pero incluso erguida, sus piernas seguían ligeramente dobladas y su cuello un poco encorvado. Tenía hombros finos, brazos largos y fuertes. Y pies de buen tamaño, equipados con pulgares oponibles: en conjunto, estaba bien equipada para trepar y saltar. La vida en los árboles había moldeado a su especie, la selección había echado mano de diseños muy antiguos que, aunque extremadamente modificados, nunca se habían abandonado del todo.
En la superficie no se sentía cómoda. Al levantar la mirada, vio capas y capas de follaje, árboles que competían por la energía del Sol, absorbiendo toda luz salvo la más difusa. Era como dirigir la mirada hacia otro mundo, hacia una ciudad tridimensional.
En cambio, el suelo del bosque era un lugar húmedo y oscuro. Bajo su eterno crepúsculo crecían solo matorrales, algunas especies de plantas herbáceas y hongos. Aunque caía constantemente una lluvia de hojas y otros materiales desde las galerías superiores, la capa de materia superficial era muy fina: las hormigas y las termitas, cuyas ciudades se erguían por todas partes como monumentos desgastados por la erosión, se encargaban de ello.
Llegó junto a un enorme champiñón. Se detuvo y empezó a meterse la carne blanca y sabrosa en la boca. Había comido muy poco aquel día y había consumido mucha energía para escapar de los Chillones.
Detrás de un puñado de flacos retoños de árbol, algo se movía entre las sombras: formas enormes que gruñían y husmeaban el suelo. Remembranza se ocultó tras el champiñón.
Las criaturas emergieron de las sombras, vagamente perfiladas en la oscuridad verdosa. Poseían cuerpos fornidos e hirsutos, grandes cabezas y trompas cortas que escarbaban el suelo y recogían follaje y fruta de las ramas inferiores de los árboles. Con sus dos metros de altura, parecían elefantes de bosque, pero sin cuernos.
Sus pequeñas orejas puntiagudas y sus extrañas colas curvadas atestiguaban su auténtico linaje. Eran cerdos, supervivientes de una de las pocas especies domesticadas que había sobrevivido a la gran destrucción y dotados por la evolución de aquella forma eficiente. De hecho, los últimos elefantes auténticos se habían extinguido junto con el hombre.
Otras criaturas grandes y peludas aparecieron ante Remembranza. Se parecían también a los elefantes por su forma, y eran tan grandes como las anteriores. Pero mientras que aquellas tenían trompa pero carecían de colmillos, estos, sin trompa, poseían unos cuernos curvos que les servían, como en su tiempo los colmillos de los elefantes, para escarbar en la tierra y desenterrar raíces y tubérculos. Más asustadizos y agresivos que los cerdos, estos animales descendían de otra especie superviviente de las granjas del hombre, la cabra.
Los dos grupos de imitadores de elefante, las cabras y los cerdos, eran lo bastante diferentes como para compartir un mismo espacio, de modo que podían ignorar la presencia de los otros. Remembranza, aterrorizada, esperó a que se presentara la ocasión para escapar de aquellos descendientes de animales domésticos.
Y entonces olió un aliento en su nuca: el más tenue rastro de calidez, el aroma pútrido de la carne.
Inmediatamente, se echó al suelo. Ignorado a los cerdos y las cabras, corrió hacia el tronco del árbol y trepó lo más deprisa posible sujetándose a los pliegues de la corteza. No vaciló un segundo, ni siquiera para mirar atrás y ver qué era lo que se le había acercado tanto.
Pero lo vislumbró alguna vez mientras huía. Era una criatura del tamaño de un leopardo, de ojos rojos, miembros largos, grandes zarpas y poderosos incisivos.
Sabía lo que era. Era una rata. Cuando uno olía a una rata, echaba a correr.
Pero la rata lo seguía.
Para poder perseguir a sus presas a los árboles, las ratas-leopardo habían aprendido a trepar. Tenían zarpas, dedos oponibles para sujetarse a las ramas, unos antebrazos lo bastante largos como para columpiarse de rama
en rama e incluso una cola prensil. No trepaban tan bien como los mejores primates, como Remembranza. Aún no. Pero tampoco necesitaban ser tan buenos como los mejores. Solo hacerlo mejor que los peores, los débiles, los enfermos... y los desafortunados.
Así que Remembranza trepó y trepó hacia la pálida luz verde de los estratos superiores del bosque, cada vez más deprisa, ignorando el dolor abrasador que le recorría los brazos. De repente, se encontró con una luz cegadora. Estaba llegando a las últimas capas. Pero siguió trepando, porque no tenía alternativa.
Hasta que salió al exterior.
Había abandonado el verde tan precipitadamente que estuvo a punto de tropezar. Se agarró con todas sus fuerzas a una rama estrecha, que se inclinó alarmantemente bajo sus pies. La rama estaba cubierta de hojas que, verdes y brillantes, parecían beberse la luz del Sol.
Había alcanzado las ramas superiores de los árboles más altos. El dosel de vegetación era un manto verde que se extendía hasta el océano. Pero se veían los rocosos bordes del barranco en el que crecía su bosque, la antiquísima carretera de sus antepasados. No tenía a donde ir. Jadeando, exhausta con los músculos agotados temblando, no podía más que permanecer aferrada a aquella ramita. El Sol caía sobre ella, demasiado caluroso. A diferencia de sus antepasados, no estaba preparada para vivir al raso. Su raza había perdido la capacidad de sudar.
Pero la rata no la había seguido. Le pareció ver sus ojos rojizos un instante, como un destello, antes de volver a perderse en la oscuridad del bosque.
Durante una fracción de segundo, sitió una alegría desbordante. Echó la cabeza atrás y lanzó un grito de júbilo.
Puede que fuera eso lo que la delatara.
Primero sintió una brisa. Entonces hubo un frufrú casi metálico de plumas y una sombra que se cernía sobre ella.
Las garras se clavaron profundamente en la carne de su hombro. Sintió un dolor agonizante... que se multiplicó de pronto, cuando las garras la levantaron en volandas, suspendido el peso entero de su cuerpo de aquellos
jirones de carne. Estaba volando. Por un instante vio la tierra debajo de sí, dando vueltas, jirones de bosque, franjas de pastizales y arboledas de borametz, de color pardo, dispuesto todo ello sobre un paisaje volcánico roto y erosionado, y envuelto en un cinturón de agua resplandeciente.
En el mundo de Remembranza había depredadores feroces. Tanto en la superficie como en el cielo, como bocas rojas a tu alrededor, esperando para castigar el menor descuido. Al escapar de un peligro se había arrojado en brazos de otro.
El ave, con un feroz pico amarillo y ojos redondos orientados al frente, adaptados para las depredaciones en las tinieblas del interior del bosque, parecía un cruce entre una lechuza y un águila. Pero no era ninguna de las dos cosas. Aquel feroz asesino era en realidad descendiente de los pinzones, otro superviviente de la catástrofe humana.
El pinzón la estaba llevando hacia un complejo elevado de chimeneas volcánicas, el corazón erosionado de un volcán muy antiguo. A poca distancia, la hierba teñía de verde el suelo cubierto de restos, aunque interrumpido aquí y allá por el marrón de las arboledas de borametz. En lo alto de las repisas rocosas, Remembranza avistó nidos: nidos llenos de bocas rosas muy abiertas.
Sabía lo que pasaría si el pinzón conseguía llevarla hasta su nido.
Empezó a chillar, a debatirse y a propinarle puñetazos al pájaro en las patas y el vientre. Con la lucha, la carne de su hombro, donde las garras habían hecho presa, se desgarró aún más y el pelaje de los hombros se le llenó de sangre, pero a pesar de todo ignoró los latigazos de agonizante dolor.
El enfurecido pinzón graznó y batió furiosamente las alas, que la golpearon en la cabeza y la espalda. Su pico despedía un tufo como de carne podrida. Pero Remembranza era una presa muy grande, demasiado hasta para un ave gigante como aquella. Mientras se trababan en una torpe batalla aérea, homínido y ave se precipitaron a tierra. Finalmente, Remembranza logró hundir los colmillos en la carne más blanda que había sobre las garras escamosas del ave. Esta gritó y se estremeció con un espasmo. Abrió las garras.
... y Remembranza empezó a caer en medio de un repentino silencio. Lo único que oía era su respiración entrecortada y el azote del aire, como si se hubiese levantado viento. Todavía veía al pájaro. Una sombra que volaba en círculos sobre ella, cada vez más lejana. Alargó los brazos en busca de ramas o rocas, pero no había sitio donde sujetarse.
Curiosamente, ahora que estaba perdida en su peor pesadilla, precipitándose en el vacío, había dejado de tener miedo. Su cuerpo quedó fláccido, expectante.
Chocó contra un árbol. Las hojas y ramas le arañaron dolorosamente la piel al pasar como un proyectil entre ellas. Pero el follaje frenó su caída, y finalmente cayó sobre el suelo cubierto de hierba. Lastimada, cubierta de arañazos y magulladuras, pero entera. Durante varios segundos fue incapaz de moverse.
El shock hubiese sido mayor para un ser humano. ¿Quién era el culpable de aquella secuencia de calamidades? ¿La rata, el ave de presa, el conjuro de un enemigo, un dios malicioso? ¿Por qué había ocurrido? ¿Por qué a mí? Pero Remembranza no se planteó estas preguntas. Para ella, la vida no era algo que se controlaba. La vida era una sucesión de episodios, fortuita, carente de propósito.
Así eran las cosas para los descendientes del hombre. Uno no vivía mucho. No moldeaba el mundo a su alrededor. Apenas entendía una parte pequeña de lo que le ocurría. Solo podía pensar en el ahora: respirar, buscar comida, escapar del próximo asesino.
Esperar y ver qué ocurría a continuación.
Cuando recobró el aliento, se puso a cuatro patas y se escabulló bajo la sombra del árbol que había frenado su caída.
II
Aquellos tiempos podrían haberse bautizado como Edad Atlántica.
Desde la desaparición del hombre, la danza tectónica de los continentes había continuado. El gran océano, nacido como una grieta en Pangea unos doscientos millones de años antes, seguía creciendo, impulsado por la materia volcánica que la grieta que separaba sus dos mitades seguía escupiendo al lecho. Las Américas se habían desplazado hacia el oeste y Sudamérica se había separado de su hermana del norte para reanudar su interrumpida carrera como continente aislado. Al mismo tiempo, los continentes que rodeaban a Asia se habían desplazado hacia el este, de modo que el Pacífico estaba cerrándose lentamente. Alaska ya había entrado en contacto con Asia y el puente continental que, sobre el estrecho de Bering, había aparecido y desaparecido a lo largo de toda la Edad de Hielo, volvía a estar abierto.
Se habían producido tremendas colisiones prolongadas en el tiempo.
Australia había migrado hacia el norte hasta clavarse en el sur de Asia, y África había embestido las costas meridionales de Europa. Era como si los continentes estuvieran reuniéndose en el hemisferio norte, dejando el sur abandonado a la solitaria vigilancia de la helada Antártida. Pero la propia África se había fragmentado, pues la terrible herida ancestral del Rift Valley se había hecho más profunda.
Allí donde se encontraban los continentes, aparecían nuevas montañas.
En el lugar que en su día habían ocupado las aguas del Mediterráneo se levantaba ahora una poderosa cordillera que se extendía hacia el este, hacia el Himalaya. Era la extinción definitiva del ancestral Tethys. No quedaba ni rastro de Roma: los huesos de emperadores y filósofos habían sido aplastados, fundidos y sumergidos en las entrañas de la propia Tierra. Pero mientras se erigían algunas montañas, otras se evaporaban como el rocío. El Himalaya había desaparecido, reducido por la erosión a una cadena de colinas, lo que había abierto nuevas vías migratorias entre la India y Asia.
Nada de lo que el hombre había hecho en su corta y sanguinaria historia había supuesto la menor diferencia en esta paciente reconstrucción geográfica.
Y mientras tanto, la Tierra, abandonada a sus propios recursos, había desplegado una serie de mecanismos curativos, tanto físicos como químicos, biológicos y geológicos, para recobrarse de las devastadoras acciones de sus habitantes humanos. La luz del Sol había disuelto los contaminantes de la atmósfera y el viento los habían dispersado. La turba había absorbido gran parte de los desechos metálicos. La vegetación había recolonizado los medios abandonados y las raíces habían fragmentado el cemento y el asfalto, mientras las zanjas y los canales desaparecían debajo del follaje. La erosión del viento y el agua había provocado el desplome final y las últimas estructuras habían acabado convertidas en arena.
Al tiempo que todo esto ocurría, el implacable proceso de variación y selección había seguido operando para repoblar un mundo vacío.
El Sol seguía ascendiendo. A pesar de todo lo que le había ocurrido a Remembranza, todavía no era ni mediodía.
Estaba perdida en una llanura cubierta de pasto, desde la que se veían, en la distancia, unas colinas volcánicas de color púrpura, algunos árboles y matorrales dispersos y alguna que otra arboleda de borametz, la nueva especie de árboles. Allí, a la sombra de aquellas colinas púrpura, la lluvia era intermitente y errática. El suelo solía estar reseco y en tales condiciones era imposible que los árboles se establecieran, con lo que se perpetuaba la ancestral dominación de las plantas herbáceas... o casi. Hasta las comunidades vegetales evolucionaba. Y ahora había aparecido un nuevo competidor frente a las herbáceas: los borametz.
El árbol que la había salvado en su caída no tenía frutos. Estaba agrietada y se aferraba afanosamente a la vida en el suelo reseco de aquel pastizal. Allí no había nada para comer, aparte de los escorpiones y escarabajos que se escabullían cuando levantaba las rocas, bichos que reventaban en su boca cuando los mordía.
En la lejanía vio un bosquecillo, a la sombra de las lejanas colinas de color púrpura, resplandeciente bajo la calima matutina. De forma vaga,
comprendió que si conseguía llegar hasta allí estaría a salvo. Puede que encontrase comida, e incluso otros como ella.
Pero el bosque estaba lejos. Los antepasados lejanos de Remembranza habrían recorrido sin miedo aquella franja de sabana. Pero ella no. Era una caminante demasiado torpe. Y, al igual que Capo, un chimpancé de otra época, su especie había recobrado el pelaje y había olvidado cómo se sudaba.
Así que se sentó allí, sin ningún plan en mente, esperando a que ocurriera algo.
De repente, una esbelta cabeza descendió desde el cielo. Remembranza chilló y se pegó al tronco del árbol. Vio unos ojos redondos y negros, colmados de asombro, en una cara fina y cubierta de pelaje, y dos largas orejas que caían sobre un elegante cuello. Era una cabeza de conejo, pero era grande, tan grande como la de una gacela.
El conejo-gacela decidió evidentemente que aquel asustado homínido no representaba ninguna amenaza para él. Siguió pastando en la hierba rala que crecía a la sombra del árbol.
Cautelosamente, Remembranza se arrastró hacia él.
Su visitante formaba parte de una manada que pastaba pacientemente por toda la llanura. Eran criaturas altas, dos veces más altas que ella.
Delgadas y elegantes, parecían gacelas, pero eran, en efecto, descendientes de los conejos, como atestiguaban sus largas orejas y sus pequeñas colitas blancas.
Sus patas eran también de gacela. Las delanteras eran rectas y podían encajarse de modo que soportaran todo el peso del animal con poco esfuerzo. Pero desde la mitad de sus patas traseras hacia abajo, poseían unas articulaciones capaces de doblarse hacia atrás que, de hecho, eran tobillos.
La parte inferior de la pata era como un pie alargado apoyado sobre dos dedos con forma de casco, mientras que la rodilla estaba cerca del torso, oculta bajo el pelaje. Las patas traseras estaban constantemente flexionadas, en una postura propia de un velocista, preparadas para echar a correr, la tarea más vital de la existencia de aquellas criaturas. Los pequeños triscaban entre las patas de los adultos. La manada se mantenía compacta y
no había un solo momento en que alguno de ellos no estuviera vigilando el pastizal.
La razón para esto no tardó en hacerse evidente. Uno de los machos más grandes levantó la cabeza, se puso rígido y huyó a la carrera. El resto de la manada lo siguió inmediatamente, levantando una nube de polvo.
Una figura negra y esbelta salió de detrás de un farallón rocoso. Era otra rata, de una variedad capaz de correr con la potencia de un guepardo. La rata-guepardo desapareció en el polvo, en pos de la manada de conejos.
Volvió la quietud. Durante un momento, nada se movió en la llanura, nada aparte de la trepidación del aire. El Sol empezó a descender desde su cénit. Pero el calor no perdió fuerza, y Remembranza empezó a sentir mucha sed.
Salió arrastrándose de su escondite. Su rostro casi humano, con la nariz recta, la boca y la barbilla pequeñas, se arrugó bajo la luz del atardecer. Se irguió cuan larga era y husmeó el aire. Se oía un mugido y un entrechocar de cuernos que parecía venir de la dirección opuesta al Sol, del este. Y olía a agua.
Empezó a correr hacia allí. Se movía a hurtadillas, saltando de sombra en sombra, apoyándose con frecuencia en manos y piernas. Aquella hija de la humanidad corría como un chimpancé.
Finalmente llegó a la cima de un farallón bajo de arenisca desgastada.
Frente a ella se extendía un lago. Lo nutrían unos arroyos que descendían serpenteando desde las colinas lejanas, pero estaba cubierto de juncos y rodeado por una amplia corona de lodo. Encontró una acacia bajo la que refugiarse y se asomó desde allí, tratando de dar con el modo de llegar al agua.
En el agua, como siempre, se habían reunido los herbívoros para beber.
Había más conejos. Por un lado estaban las criaturas con aire de gacela como la que había visto antes. Pero también había grandes y fornidas criaturas que parecían bisontes y, corriendo entre sus patas, otras más pequeñas que brincaban y saltaban. Los conejos, numerosos y rápidos a la hora de reproducirse, se habían extendido y adaptado rápidamente tras la desaparición del hombre. Pero no todas las especies habían abandonado las
antiguas costumbres. Había todavía pequeños herbívoros, especialmente en los bosques, criaturas saltarinas y furtivas como sus antepasados.
Mientras tanto, los jabalíes salvajes, ajenos aparentemente al paso del tiempo, gruñían y hozaban entre el lodo. Si no había necesidad de cambiar, la naturaleza era conservadora. Y Remembranza distinguió también criaturas enormes y lentas que marchaban serenamente por las aguas poco profundas. Estaban emparentadas con las cabras que había visto en el bosque, solo que eran mucho más grandes, con patas gruesas como troncos y cuernos curvos como los colmillos de los mamuts. No tenían trompa —
ninguno de aquellos rumiantes había desarrollado aquel truco anatómico tan particular— pero, como las jirafas, poseían grandes cuellos que les permitían alcanzar las suculentas hojas de las ramas más bajas o el agua del lago.
En el agua había también una manada de otros descendientes de las cabras. Tenían pies palmeados que impedían que se hundieran en el lodo y la arena. Cada uno de ellos tenía una máscara parecida a un pico delante de la cara. Hechos de cuerno, estos picos se utilizaban para escarbar entre los juncos suaves que crecían en la orilla de los lagos. Allí, pastando apaciblemente la vegetación de la orilla, aquellas cabras parecían nada menos que hadrosaurios, los dinosaurios con pico que se habían extinguido hacía muchísimo tiempo.
Y, al igual que los hadrosaurios habían sido el grupo más diverso de dinosaurios antes de la llegada del cometa, el redescubrimiento de una antiquísima estrategia estaba permitiendo que se produjera una nueva variación. En muchos de los cursos fluviales de las regiones tropicales del mundo, y en otras zonas, podían encontrarse ya muchas especies de cabras con pico, sutilmente diferenciadas entre sí por detalles en el diseño de los cuernos, el tamaño y las preferencias alimenticias.
Mientras tanto, alrededor de esta escena de herbívoros relativamente pacíficos que aplacaban su sed, vigilaban —como siempre había sido— los ojos intensos y calculadores de los carnívoros.
Si uno hubiese contemplado la escena con los ojos entornados, no le habría sido del todo imposible imaginar que los animales aniquilados por la
acción del hombre habían reaparecido. Pero en aquella nueva sabana africana los antiguos roles eran ahora desempeñados por nuevos actores, descendientes de criaturas que habían sobrevivido a la extinción del hombre y a las que habían resistido todos los intentos de este por extirparlas: las alimañas, especialmente las generalistas —estorninos, pinzones, conejos—
y los roedores como las ratas y los ratones. Así que había conejos con forma de gacelas y ratas que ejercían de guepardos. Solo algunos detalles sutiles habían cambiado: el nerviosismo de los conejos y la intensidad y dureza de las ratas, que había sustituido a la lánguida elegancia de los felinos.
De repente ocurrió algo, un estrépito enorme, como si estuvieran partiéndose unos huesos. Dos de las grandes cabras-elefante habían iniciado una disputa. Sus cabezas se balanceaban sobre los grandes cuellos y los cuernos, elaboradamente curvados delante de sus caras, chocaron como barrocas espadas.
Remembranza se acurrucó bajo la sombra de su acacia. Mientras los herbívoros, perturbados por la batalla, empezaban a agolparse a su alrededor, se dio cuenta de que no estaba a salvo. El árbol, con tronco y todo, podía ser derribado y devorado en cuestión de segundos.
Y entonces los vigilantes depredadores se aprovecharon de la confusión.
Una manada de ellos emergió de su escondite. Eran más ratas, esbeltas y vulpinas, con largas y poderosas zancas y pies almohadillados. Moviéndose coordinadamente, avanzaron en formación triangular para separar a una de las cabras-elefante más viejas del resto de la manada. El gran macho, con los enormes cuernos astillados y desgastados por una vida entera de batallas, lanzó un rugido de furia y temor y emprendió la huida. Las ratas, corriendo muy juntas, salieron en su persecución.
Aquellos descendientes de las ratas eran como perros, pero al mismo tiempo no lo eran. Los característicos incisivos de los roedores habían sufrido sutiles modificaciones y habían pasado de ser dientes diseñados para procesar semillas e insectos a cuchillos de punta afilada. Sus molares posteriores eran como trituradoras, capaces de desgarrar la carne. Y se movían con mayor coordinación de la que nunca había poseído manada alguna de caninos, con una potencia líquida y deslizante. Pero, al igual que
los caninos, su estrategia principal era seguir a su presa hasta que estuviera exhausta.
Muy pronto, tanto la presa como sus perseguidores se habían perdido de vista. Las cabras-elefante reanudaron sus juegos y sus luchas, aunque algunos de ellos volvieron la mirada hacia el lugar en el que antes estaba el camarada desaparecido, recordando su ausencia.
Remembranza aprovechó el momento para salir de la sombra.
El agua estaba llena de porquería. Pero la recogió con las manos y se la echó en la boca, dejándose las palmas y los dedos cubiertos de légamo verde.
Desde el agua, dos ojos amarillos la observaban con abstracto instinto.
Era un cocodrilo, por supuesto. Estos ancestrales supervivientes habían escapado del apocalipsis humano como tantas veces antes: recurriendo a la cadena trófica marrón de la agonizante tierra firme y enterrándose en el barro en las épocas de sequía. Y aun ahora, ningún animal, cerdo, conejo, primate, pez o ave, reptil o anfibio, había logrado desalojarlos de sus acuosos dominios.
Remembranza se estremeció y se apartó de la orilla.
Un nuevo depredador cruzó el farallón para acercarse al lago.
Remembranza volvió a buscar refugio en la sombra, tapada por los colosales e impasibles cuerpos de la manada de cabras picudas.
Aquel depredador era también un roedor; una especie de ratón, de hecho. Pero no era como los felinos o los caninos. Llegó hasta la orilla del agua y se levantó sobre sus enormes patas traseras. Los herbívoros de la orilla se apartaron, asustados. Pero el ratón-raptor no estaba interesado en ellos. Con señorial desdén, introdujo su feroz hocico en el agua para probarla. A continuación, regresó a tierra firme, donde utilizó sus pequeñas manos, de aspecto débil, para arrancar matojos de hierba, como si quisiera hacer una demostración de fuerza.
Se parecía a los dinosaurios carnívoros del Cretácico. Sus antebrazos eran pequeños, poseía una cola gruesa para equilibrarse y sus patas traseras eran máquinas de hueso y músculo asombrosamente poderosas. Sus incisivos se habían desarrollado hasta convertirse en feroces armas
cortantes, que utilizaba con acometidas de la poderosa cabeza. El ratón-raptor era un tiburón de tierra firme, como un tiranosaurio, dueño de un diseño corporal redescubierto y dotado de devastadora eficacia. Y sin embargo, la arrogante criatura conservaba aún las mismas orejillas y el mismo pelaje marrón de los diminutos roedores de los que descendía.
El ratón-raptor pareció contentarse con el agua y la hierba. Lanzó un chillido, escupió y golpeo el suelo con la cola. Desde la distancia llegaron otras voces semejantes en respuesta, y más golpes.
Varios ratones-raptor se aproximaron al lago. Se dispersaron en abanico y olisquearon el aire. Algunas crías correteaban entre las patas de los adultos, forcejeando unas con otras y lanzándose dentelladas, con la misma curiosidad juguetona de los depredadores de todas las épocas.
Una vez estuvieron todos reunidos, los adultos se volvieron, abrieron la garganta y emitieron una especie de aullido sincronizado. Como respuesta, una manada de animales de una especie diferente se aproximó pesadamente al lago.
Eran criaturas grandes, tan grandes como las cabras-elefante.
Avanzaban en grupo, con lentitud, empujándose unas a otras. Mientras se aproximaban a la orilla, aparentemente dirigidas por los ratones-raptor, iban mordisqueando la hierba que había bajo sus pies.
Sus cuerpos estaban recubiertos de un pelaje ralo. Tenían una cresta ósea en lo alto de la cabeza, y la forma de sus cráneos les permitía anclar los tremendos músculos de las mejillas que movían las inmensas mandíbulas inferiores. De hecho, sus cabezas se parecían bastante a la de aquellos pitecinos del pasado, los robustos. Sus orejas, como pegotes que sobresalían de los grandes cráneos, eran enormes y venosas, grandes aletas radiadoras diseñadas para refrigerar los enormes cuerpos. Aunque sus patas anteriores eran enormes para poder soportar su gran peso, tenían la misma y peculiar forma invertida de la de los conejos-gacela: patas concebidas para la huida.
Eran animales feos, grandes como elefantes. Pero no descendían de las cabras ni de los cerdos. Sus enormes y oscuros ojos, bajo el grueso arco superciliar, miraban el mundo hacia delante, con miedo y perplejidad.
Caminaban a cuatro patas, pero se apoyaban en los nudillos de las manos plegadas, como los gorilas de antaño.
Al igual que Remembranza, sus antepasados habían sido humanos.
Remembranza esperó a que las grandes y torpes criaturas hubiesen empezado a beber, empujándose unas a otras, con las grandes orejas extendidas bajo el aire de la tarde. Entonces escapó a hurtadillas.
El gran rebrote de la vida había tardado millones de años en completarse. En esta época, al norte del bosque tropical de Remembranza, se extendía una franja de bosque de latitudes templadas y pastos, una franja que se extendía por toda la Tierra, desde Europa-África a Norteamérica.
Allí moraban criaturas parecidas a conejos, que se alimentaban del fresco follaje, mientras otras, parecidas a jabalíes y cerdos, escarbaban entre la maleza. En los árboles había ardillas y aves, y muchos, muchos murciélagos. Este grupo diverso de mamíferos había continuado proliferando y divergiendo y ahora existían algunas variedades nocturnas que habían perdido los ojos del todo, junto a otros que habían aprendido a competir con los pájaros por las presas más suculentas y numerosas que ofrecía el día.
Más al norte se extendían los bosques de coníferas, árboles de hojas perennes y puntiagudas, siempre preparadas para aprovecharse del menor rayo de luz. Había anímales que se alimentaban de las ramitas y agujas jóvenes en verano, y de corteza, moho y líquenes el resto del año. La mayoría de ellos descendían de las cabras. Las variedades dotadas de pico, las que se parecían a los hadrosaurios, eran especialmente numerosas. Entre los depredadores se contaban los ubicuos ratones y ratas, pero había también ardillas carnívoras y enormes aves de presa que parecían estar tratando de emular a los pterosaurios de los cielos ricos en oxígeno del Cretácico.
En el extremo meridional de los continentes se había formado un cinturón de tundra. Allí, los descendientes de los cerdos y las cabras mordisqueaban el fino follaje del verano y se acurrucaban para pasar el
invierno. Al igual que los desaparecidos mamuts, algunas de aquellas criaturas habían alcanzado proporciones asombrosas para poder retener el calor, como inmensos peñascos redondos hechos de carne. En la tundra, las ratas depredadoras habían convertido sus incisivos en inmensos instrumentos perforantes que les permitían penetrar esas gruesas capas de pelaje y grasa. Se parecían en cierto modo a los tigres de dientes de sable del pasado. Existían incluso poblaciones de murciélagos migratorios que habían aprendido a subsistir de los vastos enjambres de insectos que se formaban durante las breves primaveras de la tundra.
Ninguna de aquellas especies, claro está, tendría jamás un nombre humano.
Había una diferencia clave en esta última recuperación de la vida, comparada con la que se había producido tras el gran trauma de Chixculub.
Los roedores no habían evolucionado hasta diez millones de años después del impacto del cometa. Esta vez, en cambio, cuando había llegado el momento de la recuperación, había roedores por todas partes.
Los roedores eran competidores formidables. Nacían con incisivos preparados para roer. Estos dientes poseían raíces profundamente implantadas en poderosas mandíbulas: las ratas del pasado podían hasta desgastar el hormigón. Aquella dentadura les permitía aprovechar fuentes de sustento inaccesibles para otros mamíferos. Pero lo más importante era su capacidad de adaptación y proliferación. Los roedores crecían deprisa y se reproducían pronto. Incluso entre las especies gigantes, como por ejemplo las ratas-guepardo, las hembras tenían períodos de gestación cortos y carnadas muy numerosas. Muchas de las crías morían, pero cada uno de los bebés muertos era materia prima para el implacable proceso de adaptación y selección.
Si se les daban espacios vacíos para extenderse, los roedores eran capaces de evolucionar con mucha rapidez. En la gran recuperación que había sucedido a la extinción del hombre, los roedores habían sido los grandes triunfadores. A estas alturas, al menos en tierra firme, la Tierra podía definirse como el reino de las ratas.
Todo esto dejaba muy poco espacio a los descendientes de los humanos.
Arrinconados por los cada vez más feroces y confiados roedores, los post-humanos habían renunciado a la estrategia —una inteligencia superior