Evolución
5. La era de las sombras alargadas
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
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La era de las sombras alargadas
ISLA DE ELLESMERE, AMERICA DEL NORTE,
C. 65 MILLONES DE AÑOS ANTES DE NUESTROS DÍAS
I
No había mañanas verdaderas en aquellos largos días de verano ártico, ni tampoco noches auténticas. Pero mientras las nubes se apartaban del rostro del Sol que ascendía y la luz y el calor empezaban a incidir de costado sobre las enormes hojas del árbol, una neblina se levantó del cenagoso suelo del bosque y las fosas nasales de Noth se llenaron con el aroma de la fruta madura, la vegetación descompuesta y el pelaje húmedo de su familia.
Parecía una mañana, un comienzo. Una placentera energía se extendió por todo el joven cuerpo de Noth.
Con las poderosas patas traseras dobladas debajo del cuerpo y la gruesa cola muy erguida, avanzó reptando por la rama para aproximarse a su familia: su padre, su madre y las pequeñas hermanas gemelas. La familia estaba acicalándose en aquel momento. Los ágiles dedos de las pequeñas y negras manos cepillaban el pelaje para arrancarle los pedazos de corteza y los fragmentos de mierda de bebé seca, e incluso algún parásito ocasional que constituía un bocado sabroso y lleno de sangre. De vez en cuando se le soltaban algunos pelos pero los adapis adultos habían perdido ya la mayor parte del pelaje del pasado invierno.
Puede que fuera la luz cada vez más intensa lo que inspirara los cantos.
Empezó muy lejos, un delicado gorjeo de voces masculinas y femeninas entrelazadas. Probablemente se tratase de una pareja en pleno cortejo, pero no tardaron en unirse más voces a la canción del dueto, un coro de exclamaciones y graznidos de alegría que añadían contrapunto y armonía al tema básico.
Noth se acercó al final de la rama para oír mejor. Miró entre los bancos de hojas gigantes que se inclinaban hacia el Sol, en dirección sur, como un sinfín de sombrillas en miniatura. Su vista llegaba muy lejos. El bosque circumpolar era muy abierto, y los árboles, cipreses y hayas estaban bastante separados unos de otros para que sus hojas pudieran atrapar la sesgada luz antártica. Entre los numerosos claros hurgaban torpes herbívoros excavadores. Los ojos de Noth en su máscara de pelo negro parecían enormes: al igual que los de su antepasada, Purga, estaban bien adaptados a la oscuridad pero adolecían de una cierta propensión a quedar deslumbrados a la luz del día.
La canción tenía un significado muy sencillo: ¡Somos nosotros! ¡Si no eres uno de los nuestros, no te acerques, porque somos muchos y fuertes!
¡Si eres uno de los nuestros, ven a casa, ven a casa! Pero la suntuosidad de la canción superaba con mucho su valor utilitario. Gran parte de ella era fortuita, burbujeante, como los maullidos de un gato. Pero en sus mejores momentos era una sinfonía vocal espontánea que se prolongaba durante largos minutos, con pasajes de extraordinaria pureza armónica que hipnotizaban a Noth.
Levantó el hocico hacia el cielo y se unió al canto.
Noth pertenecía a una raza de primates que se conocerían en el futuro como notharcus, de la clase adapis, descendientes de los plesiadapis que habían aparecido los primeros milenios tras la llegada del cometa. Se parecía mucho a un pequeño lémur. Poseía un pecho alto y cónico, patas largas y poderosas y unos brazos comparativamente cortos con manos prensiles de color negro. Su rostro era pequeño y tenía un hocico apuntado y orejas puntiagudas. Y estaba equipado con una larga y poderosa cola envuelta en grasa, su despensa de hibernación para el invierno. Hacía poco que había cumplido un año.
El cerebro de Noth era considerablemente más grande que el de Purga o Plesi y su relación con el mundo era, como no podía ser de otro modo, más compleja. En la vida de Noth había otras cosas aparte de los imperativos del sexo, la comida y el dolor; había sitio para algo parecido al júbilo. Y fue con júbilo como entonó su canción. Su padre y su madre no tardaron en secundarlo. Hasta sus pequeños hermanos contribuyeron lo mejor que pudieron, añadiendo sus diminutas voces infantiles a los gritos de los adultos.
Era mediodía y el Sol se encontraba en el punto más alto que alcanzaría en todo el día, pero a pesar de ello seguía estando muy bajo en el cielo.
Entre los árboles se filtraban rayos de luz teñidos de verde, que iluminaban la densa y cálida humedad que despedía la humeante turba del suelo del bosque, cubierta por las sombras proyectadas por los troncos de los árboles.
Aquello era Ellesmere, el extremo septentrional de América del Norte.
En verano, el Sol no se ponía nunca, sino que se limitaba a completar círculos en el cielo, suspendido sobre el horizonte, mientras las anchas hojas de las coníferas se bebían la luz. Aquel era un lugar donde las sombras siempre eran alargadas, incluso en pleno verano. El bosque, que circundaba el polo de la Tierra, tenía el aire de una vasta catedral boscosa, como si las hojas fuesen fragmentos de cristal tintado.
Y por todas partes resonaban los ecos de las voces de los adapis.
Envalentonados, los adapis empezaron a descender por las ramas hasta el suelo.
Noth se alimentaba principalmente de fruta. Pero había encontrado un grueso escarabajo joya. Su precioso caparazón azul y verde crujió cuando lo mordió. Se movía siguiendo los rastros dejados por los de su raza: He venido por aquí. Este camino es seguro... Ahí hay peligro. ¡Dientes!
¡Dientes!... Soy de este ejército. Hermanos, venid por aquí. Los demás, no os acerquéis... Soy una hembra. Seguid esto para encontrarme... Este último mensaje le provocó una desagradable tensión en la ingle. Poseía unas glándulas en las muñecas y las axilas que despedían sustancias con un olor muy característico. Se limpió las muñecas en las axilas y a continuación pasó los antebrazos sobre el tronco, utilizando unas pequeñas espuelas óseas que tenía en las muñecas para absorber el aroma y dejar unas características cicatrices curvas en la corteza. El rastro de la hembra era viejo: la breve estación de emparejamiento había terminado hacía tiempo.
Pero el instinto lo impulsó a cubrir el rastro con su propio aparato de señales para impedir que llamara la atención de algún otro macho.
Incluso entonces, catorce millones de años después del cometa, el cuerpo de Noth seguía ostentando las marcas del largo período de adaptación nocturna experimentada por sus antepasados, como aquel sistema de comunicación por señales químicas. Sus patas traseras terminaban, no en uñas como las de los monos, sino en unas finas garras como las de los lémures, que utilizaba para cepillarse el pelo. Sus atentos ojos eran enormes y, al igual que Purga, poseía bigotes que utilizaba para tantear el camino. Todavía conservaba poderosos sentidos del olfato y del oído y poseía unas orejas móviles, grandes como antenas de radar. Pero los ojos de Noth, aunque grandes y bien dotados para la visión nocturna, no gozaban de la ventaja definitiva de las criaturas que amaban la noche: el tapetum, una membrana reflectora amarilla en cada ojo. Su nariz, aunque sensible, estaba seca. Su labio superior era hirsuto y móvil, lo que dotaba a su rostro de una expresividad de la que habían carecido especies anteriores de adapis. Su dentadura era como la de los monos y carecía de un diente especial que sus antepasados utilizaban para desinsectarse.
Como todas las especies en la larga cadena evolutiva que llevaba desde Purga hasta el futuro inimaginable, la de Noth era una especie en transición, cargada con las reliquias del pasado, resplandeciente con las promesas del futuro.
Pero su cuerpo y su mente eran saludables y vigorosos y estaban perfectamente adaptados a su mundo. Y aquel día se sentía tan feliz como era posible estarlo.
En las copas de los árboles, sobre él, su madre estaba cuidando a los bebés.
Si hubiera podido ponerles nombres, habrían sido algo así como Izquierda y Derecha, porque una prefería la leche que daba la fila de pezones de la izquierda y la otra —más pequeña y asustadiza— tenía que conformarse con las de la derecha. Los notharcus solían tener carnadas numerosas y las madres contaban con múltiples pares de pezones para alimentarlas. De hecho, la madre de Noth había dado a luz a cuatrillizos.
Pero una de las crías se la había llevado un pájaro mientras que otra, débil y enfermiza, había contraído una infección y había muerto. Su madre no había tardado en olvidarlas.
Recogió a Derecha y la empujó contra el tronco del árbol, al que la pequeña se quedó aferrada. Derecha permanecería allí pegada, fundida con el paisaje circundante gracias a su pelaje marrón, hasta que su madre viniera a recogerla. Era capaz de mantenerse inmóvil durante largas horas.
Era una forma de protección. Los notharcus vivían en las profundidades del bosque, lo que significaba que estaban a salvo de las aves de presa, pero los cachorros eran vulnerables a los depredadores terrestres, especialmente los miacoides. Animales feos y grandes como hurones, excavadores ocasionales que se aprovechaban de la carroña de las criaturas cazadas por los depredadores, los miacoides eran un grupo muy poco impresionante, pero a pesar de ello eran los ancestros de los poderosos gatos y lobos de tiempos posteriores. Y sabían trepar a los árboles.
La atenta madre se desplazó por la rama, buscando un lugar igualmente seguro para dejar a Izquierda. Pero el más fuerte de los cachorros estaba bien donde estaba, aferrada al pelaje del vientre de su madre. Después de
intentarlo varias veces con suavidad, la madre cejó. Cargada con el cálido peso de su hija, se descolgó por las ramas hacia el suelo.
A cuatro patas, Noth caminaba por un suelo tapizado de hojarasca.
En aquel lugar los árboles eran de hoja caduca y al llegar el otoño se despojaban de sus anchas hojas veteadas, que cubrían el suelo formando una gruesa capa de vegetación en descomposición. Gran parte de la alfombra que estaban pisando las patas de Noth estaba formada por las hojas del pasado otoño, congeladas por las terribles heladas del invierno antes de haber tenido tiempo de pudrirse. Ahora las hojas estaban descomponiéndose con rapidez y el aire vaporoso estaba lleno de moscas que zumbaban irritablemente. Pero había también mariposas, cuyas alas extravagantes salpicaban el aire de colores danzarines sobre al monótono revestimiento del suelo.
Noth se movía despacio, buscando comida, alerta. Allí no estaba solo.
Dos fornidos taeniodontes avanzaban con el hocico hundido en las hojas descompuestas. Parecían wombats de grandes mandíbulas, y utilizaban sus poderosos miembros delanteros para hozar en la tierra, buscando raíces y tubérculos. Los seguía una cría, una cosilla torpe que se aferraba a las patas de sus padres y trataba de avanzar por la gruesa capa de hojas. Un paleonaodonte buscaba hormigas y escarabajos con un hocico tan largo como el de un oso hormiguero. Y había una solitaria barylambda, una criatura torpe parecida a un perezoso, con patas musculosas y una cola fina y puntiaguda. Esta criatura, que en aquel momento avanzaba lentamente arrastrando los pies, era tan grande como un gran danés, pero algunos de sus parientes, que vivían en zonas más despejadas, llegaban a alcanzar el tamaño de bisontes y se contaban entre los animales más grandes de su tiempo.
En una esquina del claro, Noth reparó en los movimientos lentos de un primate, de hecho otra especie de adapis. Pero no se parecía casi a Noth. Al igual que los amos de tiempos posteriores, esta lenta criatura, confinada al suelo, se parecía mucho más a un cachorro de oso que a cualquier primate.
Se movía por la hojarasca sin apenas hacer ruido, con el hocico pegado al suelo. Generalmente, este adapis se mantenía en las profundidades del
bosque, donde su lentitud no era tan desventajosa como lo sería a campo abierto. Allí, sus movimientos lentos y silenciosos lo volvían casi invisible a los depredadores, así como a los insectos que su fino olfato captaba y de los que se alimentaba.
Noth arrugó el hocico. Aquel adapis utilizaba la orina para marcar el territorio. Cada vez que salía a recorrerlo se orinaba cuidadosamente las patas delanteras y traseras para dejar su marca. Como consecuencia de ello, para el sensible olfato de Noth era una auténtica tortura.
Encontró una colmena que había caído al suelo. La inspeccionó cuidadosamente, con titubeos. Las abejas eran, relativamente hablando, unas recién llegadas, parte de una explosión de formas nuevas de mariposas, escarabajos y otros insectos. La colmena estaba abandonada pero contenía gran cantidad de deliciosa miel en su interior.
Sin embargo, antes de atacar la miel, Noth escuchó cuidadosamente y olisqueó el aire. Su olfato reveló que los demás, en los árboles, todavía se encontraban muy lejos. Seguramente podría devorar aquella comida antes de que llegaran. Pero no debía hacerlo. Antes había que hacer ciertos cálculos.
Noth ocupaba una posición baja en la jerarquía de los machos de su grupo. Lo que se esperaba de él era que llamara a los demás y los avisara de que había encontrado comida. Entonces llegarían los demás machos y hembras, tomarían toda la miel que quisieran y —si Noth tenía suerte— le dejarían un poco. Si no decía nada y lo cogían manos en la masa con la miel, recibiría una severa paliza y le quitarían toda la comida. Pero por otro lado, si no lo cogían, podría comerse toda la miel y librarse del castigo...
Tomó una decisión. Empezó a sacar la miel con sus manitas, lamiéndola lo más deprisa posible, mientras sus ojillos nerviosos se movían en todas direcciones buscando a los demás. Se había terminado toda la miel y se había limpiado los rastros de la fechoría del hocico para cuando su madre llegó al suelo.
Todavía llevaba al cachorro, Izquierda, pegada al vientre. Empezó a arañar el suelo, con la gruesa cola extendida tras de sí, recortada contra los brillantes haces de luz que perforaban las capas superiores del bosque. No
tardó en descubrir más fragmentos de la colmena caída. Noth hizo ademán de lanzarse a por ella, pero su madre lo apartó de un buen empujón y se la quedó.
El padre de Noth trató entonces de unirse al banquete, pero su pareja le dio la espalda. Llegaron dos de las tías de Noth, las hermanas de su madre.
Inmediatamente acudieron corriendo junto a su hermana y, con chillidos, enseñando los dientes y arrojando hojas a puñados, echaron al padre de Noth. Una de ellos incluso cogió un trozo de panal con la pata. El padre de Noth trató de resistirse, pero como la mayoría de los machos adultos, era más pequeño que cualquier hembra y sus esfuerzos fueron fútiles.
Siempre era así. Las hembras eran el centro de la sociedad de los notharcus. Poderosos clanes de hermanas, madres, tías y nietas, juntas para toda la vida, excluían a los machos. Todo esto era un comportamiento fósil: la dominancia de las hembras sobre los machos y el hábito de que los emparejamientos macho-hembra siguieran existiendo después de las cópulas, eran más propios de las especies nocturnas que de las que podían vivir a la luz del día. Aquel poderoso matriarcado pretendía garantizar que las hermanas tuvieran acceso a los mejores bocados de la comida, antes que cualquier macho.
Noth se tomó su propia exclusión con filosofía. Después de todo, el sabor de la miel ilícitamente conseguida seguía en su boca. Se alejó a grandes zancadas en busca de más comida.
Purga y Plesi habían llevado vidas solitarias. Normalmente solo había hembras con sus cachorros o una pareja que se juntaba para aparearse. La búsqueda solitaria de alimentos era una estrategia más eficaz para las criaturas nocturnas. Cuando no se formaba parte de un ruidoso grupo era más fácil esconderse de los depredadores nocturnos, que esperarían en silencio para tender una emboscada a sus presas.
Pero para los animales que estaban activos durante el día era mejor mantenerse agrupados, con más ojos y oídos alerta para percibir a los posibles atacantes. Los notharcus habían desarrollado incluso un sistema de alarma a base de gritos y aromas para advertirse unos a otros de la presencia de diferentes clases de depredadores — aves de presa, cazadores terrestres,
serpientes—, cada una de las cuales requería una estrategia defensiva diferente. Y cuando formabas parte de un grupo, siempre existía la posibilidad de que el depredador se llevara al tío de al lado en lugar de a ti.
Era una fría lotería que había demostrado su valía lo bastante a menudo para justificar la conveniencia de adaptarse a ella.
Pero la vida en grupo tenía sus desventajas: principalmente, si había otros como tú, la competencia por la comida era mayor. A medida que esta competición se desenvolvía, el resultado inevitable era una mayor complejidad social, y el tamaño de los cerebros de los adapis había aumentado para poder asumir esta complejidad. Luego, claro está, se habían visto obligados a aumentar su eficiencia en la búsqueda de comida, para alimentar a estos grandes cerebros.
Era la senda del futuro. A medida que las sociedades primates fueran haciéndose cada vez más complejas, emprenderían una especie de carrera armamentística cognitiva, en la que el incremento de la inteligencia se vería alimentado constantemente por el de las complicaciones sociales.
Pero Noth no era tan listo. Al encontrar la miel, había aplicado una sencilla norma de comportamiento: llama si los grandes están cerca. No lo hagas si no lo están. La norma le proporcionaba grandes probabilidades de escapar con un máximo de comida y un mínimo de golpes. No funcionaba siempre, pero sí lo bastante a menudo como para que mereciera la pena.
Es como si hubiese mentido con la miel, pero Noth era incapaz de decir mentiras genuinas —plantar una creencia falsa en las mentes de otros—
porque la noción de que otros pudieran tener creencias le era ajena, y no digamos la de que pudieran ser diferentes a las suyas, o la de que sus acciones pudieran afectar a estas creencias. Ese juego que los humanos hacen a sus bebés — si quieres esconderte, cierra los ojos; si no puedes verlos, ellos no pueden verte a ti— lo habría engañado siempre.
Noth era una de las criaturas más inteligentes del planeta. Pero su inteligencia estaba especializada. Era mucho más listo con respecto a los problemas que afectaban a los otros miembros de su especie —dónde estaban, su potencial de amenaza o de apoyo, las jerarquías que formaban—
que con cualquier otra cosa de su entorno. No era capaz, por ejemplo, de
asociar un rastro de serpiente con la posibilidad de toparse con una serpiente. Y aunque su comportamiento parecía complejo y sutil, obedecía unas normas tan rígidas como si hubieran sido programadas en una tribu de robots.
Y sin embargo, los notharcus pasaban la mayor parte de su vida como criaturas solitarias, igual que Purga. Se notaba en su forma de moverse: eran conscientes unos de otros, no chocaban entre sí, se acurrucaban juntos cuando necesitaban protección... pero no se movían juntos. Eran como solitarios natos obligados a cooperar, encerrados unos con otros por necesidad.
Mientras Noth se movía por el suelo del bosque, una tropa de pequeñas criaturas oscuras pasó corriendo junto a él. Tenían incisivos como los de las ratas, un aspecto mísero, como de alimañas, en comparación con Noth y su familia, y el pelaje blanco y negro mugriento y escaso. Aquellos pequeños primates eran plesiadapidos, casi idénticos a Plesi, a pesar de que ella había muerto más de catorce millones de años antes. Eran una reliquia del pasado.
Uno de los plesi se acercó demasiado, husmeando en su relativa ceguera. Noth se dignó a escupirle una semilla. La semilla hizo blanco en el ojo de la criatura, que se encogió y se apartó.
Una forma esbelta, pegada al suelo, ágil, salió disparada de la sombra de los árboles. Parecida a una hiena, era un mesonychid.
Noth y su familia huyeron rápidamente.
El plesi se quedó helado. Pero allí, en el suelo del bosque estaba condenado.
El mesonychid se le echó encima. El plesi se encogió y, con un siseo, rodó por el suelo. Pero los dientes del meso ya le habían arrancado un pedazo de la pata anterior. Entonces, otros miembros de la manada del meso, que habían captado el olor de la sangre, llegaron corriendo al lugar.
El mesonychid era una especie de condylarth, un grupo dispar de animales emparentados con los antepasados de los ungulados. El meso no era un depredador experto ni un carnívoro exclusivo, sino un omnívoro, como los osos o los glotones. Todos los condylarth estaban condenados a
extinguirse diez millones antes de la era del hombre. Pero por ahora, como depredadores dominantes de aquel mundo forestal, estaban en su cénit.
Los demás habitantes del suelo del bosque reaccionaron de formas diferentes. El adapis tenía un escudo de piel gruesa sobre unas protuberancias óseas en la espalda, y escondió la cabeza detrás de ellas. La grande y lenta barylambda decidió que ni siquiera una manada entera de aquellos pequeños carnívoros representaba una amenaza para ella. Al igual que las hienas del futuro, los mesos eran principalmente carroñeros y raras veces atacaban animales mucho más grandes que ellos mismos. Sin embargo, los taeniodontes decidieron que se imponía la cautela. Huyeron trotando pomposamente, con las bocas muy abiertas para enseñar sus finos dientes.
Mientras tanto, el plesi seguía luchando, infligiendo arañazos y pequeñas heridas a sus asaltantes. Uno de los mesos tuvo que retirarse aullando, con un gran desgarrón que sangraba copiosamente. Pero finalmente el plesi sucumbió a sus colmillos y su peso. Los mesos formaron un círculo impreciso alrededor de su víctima, con los esbeltos cuerpos y las colas apiñados alrededor de la comida como gusanos en una herida. La peste a sangre que brotaba de allí y el repugnante tufo a excrementos y contenidos estomacales abrumaron el sensible olfato de Noth.
Aunque algunos de los ancestrales plasiadapis se habían especializado y habían aprendido a pelar la fruta como los possums o a vivir de la corteza de los árboles, seguían siendo principalmente criaturas insectívoras. Pero ahora sufrían la competencia de otros insectívoros, los antepasados de los erizos y las musarañas, y de sus propios descendientes, los notharcus. La forma relicta de los plesis se había extinguido ya de la mayor parte de América del Norte y solo pervivía en zonas remotas, como los bosques polares, marginalmente habitables, donde los interminables días no convenían a unos cuerpos y unos hábitos modelados durante las noches del Cretácico. Muy pronto, los últimos de ellos desaparecerían.
Noth, encaramado a lo más alto de la calma catedralicia de los árboles, veía a su familia, que estaba trepando hacia él, moviendo con suavidad los esbeltos miembros. Pero algo lo perturbó: un cambio en la luz, un frío
súbito. Mientras las nubes pasaban por delante del Sol, los grandes contrafuertes de luz que se extendían por todo el bosque empezaron a disolverse. Noth sintió frío y se le erizó el pelaje. Empezó a llover: goterones deformados que traqueteaban contra las anchas hojas de los árboles y caían como salvas de artillería sobre el barro del suelo.
Por culpa del comienzo de la lluvia y de la peste que despedía la sanguinolenta matanza que estaba teniendo lugar abajo, Noth no detectó la proximidad de Solo.
Oculto entre las sombras, de cara al viento para que su olor no lo traicionase, Solo seguía con la mirada al grupo de notharcus que estaba regresando a su refugio.
Y vio a la madre de Noth con sus hijas.
Era una hembra fértil y saludable: eso era lo que revelaba la presencia de los cachorros. Pero tenía una pareja y, dado que ya había tenido cachorros, era improbable que volviera a estar en celo durante la estación.
Ninguno de estos factores suponía un obstáculo para Solo. Esperó a que la familia de Noth se hubiera posado en una rama y, creyendo pasado el peligro, se hubiera calmado.
A sus tres años de edad, Solo era un maduro y poderoso notharcus macho. Y también era una especie de bicho raro.
La mayoría de los machos vagabundeaba por los bosques en pequeños grupos, buscando las manadas más numerosas y sedentarias de hembras, con la esperanza de tener la oportunidad de aparearse. Solo no. Solo prefería viajar sin compañía. Era más grande y más poderoso que la mayoría de las hembras con las que se había encontrado en sus viajes por aquel bosque polar. También en esto era un tipo peculiar: normalmente, los machos adultos típicos eran más pequeños que las hembras.
Y había aprendido a utilizar su fuerza para conseguir lo que quería.
Con un pequeño balanceo, Solo se dejó caer sobre la rama y se plantó, muy erguido, frente a la madre de Noth. Parecía desequilibrado, porque sus patas traseras eran comparativamente gigantescas, sus antebrazos cortos y
flacos y mantenía su larga cola en el aire, arqueada por encima de su cabeza. Pero era muy alto, estaba muy quieto e imponía muchísimo respeto.
La madre de Noth captó el olor de aquel desconocido: no es de los nuestros. Inmediatamente fue presa del pánico. Siseó y protegió a Izquierda con su cuerpo.
El padre de Noth acudió corriendo. Se levantó sobre las patas traseras y se enfrentó al intruso. Con rápidos y convulsos movimientos, frotó sus glándulas genitales contra el follaje que lo rodeaba y pasó rápidamente la cola sobre los antebrazos para que las espuelas córneas que cubrían las glándulas de sus muñecas, al resbalar sobre el pelaje de la cola, la impregnaran de olor. A continuación sacudió la hirsuta y apestosa cola sobre su cabeza, en dirección al intruso. En el mundo de los notharcus, dominado por los olores, era una demostración impresionante. Vete. Este lugar es mío. Esta es mi familia, mis cachorros. Vete.
No había nada sentimental en el comportamiento del padre. Engendrar descendencia sana que sobreviviera hasta llegar a la edad fértil era el único propósito de su vida. Estaba dispuesto a enfrentarse al intruso impulsado únicamente por el deseo egoísta de asegurarse de que su propia sangre era preservada.
Normalmente, este juego de bravuconería olfativa habría continuado hasta que uno de los dos machos hubiera retrocedido, sin que llegara a producirse contacto físico. Pero claro, Solo no era normal. No respondió con más demostración que una mirada fría dirigida a la febril ostentación del padre.
La espeluznante quietud del recién llegado estaba crispando los nervios al padre de Noth. Titubeó, sus glándulas de olor se secaron y su cola cayó al suelo.
Entonces atacó Solo.
Enseñando los dientes, se abalanzó sobre el padre de Noth y lo golpeó en el pecho. Este retrocedió chillando. Solo se apoyó sobre las cuatro patas, cayó sobre él y le mordió en el pecho a través de una capa de pelo. El padre de Noth soltó un aullido y se escabulló. Su herida era casi insignificante, pero había perdido el valor.
Entonces Solo se volvió hacia las hembras. Las tías podrían haberlo detenido con facilidad si hubieran combinado sus esfuerzos. Pero se apartaron de su camino. El ataque de Solo las había perturbado tanto como a su víctima. Nunca habían visto nada parecido. Todas ellas eran madres; sus pensamientos acudieron instantáneamente a las crías que habían dejado en las ramas altas.
Solo las ignoró a su vez. Con los acerados movimientos de un carnívoro avanzó sobre la madre de Noth, su objetivo principal.
Ella siseó, le enseñó los dientes y hasta le lanzó algunas patadas con sus poderosas patas traseras. Pero Solo resistió los golpes sin dificultad, le apartó las piernas, y le arrancó de las manos a la cría, que, confundida, no se resistió. Sin perder un momento la mordió en la garganta y excavó en su carne hasta encontrar y destrozar la tráquea. Todo terminó en cuestión de segundos. Dejó caer el tembloroso trozo de carne sobre el suelo del bosque, donde los mesonychid, alertados por el aroma de la sangre fresca, acudieron con aquellos gañidos espeluznantes que parecían ladridos sin llegar a serlo.
Con la boca y las manos ensangrentadas, Solo se volvió hacia la madre de Noth. Por descontado, todavía no sería fértil. Puede que no lo fuera hasta dentro de varias semanas, pero podía marcarla con su olor para hacerla suya y prevenir las atenciones de otros machos.
No había nada realmente cruel en Solo. Si sus cachorros morían, era posible que la madre de Noth volviera a estar en celo antes del fin del verano, y si Solo la cubría entonces, podría generar más descendencia a través de ella. De modo que, para Solo, el infanticidio era una buena táctica.
La brutal estrategia de Solo no habría podido utilizarla cualquiera. Los machos de notharcus no estaban equipados para luchar. Carecían de los caninos que las especies de primates del futuro utilizarían para infligir daño a sus rivales. Y aquel bosque polar era un medio marginal en el que las auténticas peleas suponían literalmente un derroche de energía, el despilfarro de unos recursos que eran muy escasos: razón por la que, para empezar, se habían desarrollado el sistema de enfrentamiento con olores.
Pero para Solo, la excepción que confirmaba la regla, era una estrategia que funcionaba, una vez tras otra, y que había utilizado para conseguir muchas
hembras, con las que había generado mucha descendencia por todo el bosque.
Pero no iba a funcionar esta vez.
La madre de Noth, marcada por el olor del asesino, bajó la mirada hacia el verde vacío que se abría a sus pies. Había perdido a su cachorro, como le ocurriera antaño a su abuela lejana, Plesi. Pero, considerablemente más inteligente que ella, fue mucho más consciente de su dolor.
Una negrura la invadió. Se abalanzó sobre Solo, sacudiendo los pequeños miembros y con la boca abierta. Estupefacto, Solo retrocedió.
La hembra pasó a su lado como una exhalación. Y cayó.
Noth vio caer a su madre al mismo abismo que acababa de tragarse a su hermana. Al instante, la forma retorcida desapareció bajo los cuerpos suaves y temblorosos de los mesos.
A Noth lo habían destetado pocas semanas después de nacer. Pronto habría llegado el momento en que abandonaría la compañía de la familia.
Sus vínculos con su madre eran débiles. Pero, sin embargo, sintió un pesar tan intenso como si acabasen de arrancarle el pezón de su madre de la boca.
Y la lluvia siguió cayendo, cada vez con más fuerza.
Noth, tiritando, reptaba por las ramas. Con aquel viento tan débil, la lluvia caía en enormes goterones que golpeteaban la carne desnuda y martilleaban las amplias hojas de los árboles.
Mientras seguía los duraderos rastros del olor de su madre, encontró a su hermana pequeña. Seguía inmóvil, aferrada al tronco del árbol donde ella lo había dejado, donde habría seguido, probablemente, hasta desfallecer de hambre. Noth olisqueó su pelaje mojado. Se acurrucó a ella y la envolvió con los brazos. La sentía como una diminuta masa temblorosa contra el pelaje de su vientre, pero la protegió de la lluvia.
Tenía que quedarse con ella. Olía a la familia; compartían gran parte de un mismo material genético, así que la responsabilidad de intentar que llegara a tener descendencia algún día recaía sobre él.
Pero la lluvia siguió cayendo toda la noche y todo el día, mientras el Sol continuaba su fútil danza por el firmamento. El agua saturó el suelo del bosque y empezaron a aparecer brillantes charcos, cubiertos por restos flotantes de hojas que ocultaban huesos mordisqueados y desperdigados.
Y la lluvia incesante acabó por borrar los últimos rastros de las señales olfativas de la familia de Noth de los árboles. Noth y su hermana estaban perdidos.
II
Mientras el día interminable se prolongaba, mientras el Sol viraba siguiendo sus absurdos ciclos, Noth y Derecha avanzaban a trompicones por las ramas del bosque.
Ya llevaban una semana perdidos. No habían encontrado a ninguno de su propia especie. Pero allí, en las copas de los árboles, había muchos adapis, primos cercanos de los notharcus. Muchos de ellos eran más pequeños que Noth. Atisbaba sus brillantes ojos, como espeluznantes cavidades amarillentas, asomando entre las sombras. Aquellos minúsculos cazadores de insectos se parecían a ratones. Algunos de ellos se escabullían por las ramas, corriendo entre las sombras en busca de refugio. Pero uno de ellos dio un espectacular salto entre dos árboles, sacudiendo las poderosas patas traseras y alargando las zarpas delanteras. Con las membranosas orejas hinchadas como las de un murciélago, atrapó un insecto con las fauces a mitad de salto.
Una criatura solitaria se sujetaba a la corteza podrida de un árbol muy antiguo. Tenía un pelaje negro y desaliñado, orejas de murciélago y unos dientes delanteros muy prominentes y, con las orejas muy levantadas, estaba golpeando pacientemente la madera con un dedo terminado en una garra. Cuando oía a una larva excavando por debajo de la corteza, arrancaba
la madera con la zarpa e introducía el dedo medio, curiosamente alargado, para sacar la larva e introducírsela en su boca abierta y codiciosa. Era un primate que había aprendido a vivir como un ave, como un pájaro carpintero.
En una ocasión, Noth había topado con una criatura muy grande, parecida a un perezoso, que colgaba cabeza abajo de una gruesa rama, sujeta a la madera con sus manos de primate. La cabeza de aquel monstruo se había vuelto para inspeccionar a Noth y Derecha con mirada vacía. Su boca masticaba lentamente, llena a rebosar de las deliciosas y gruesas hojas que conformaban la mayor parte de su dieta. Su raza se había visto obligada a aumentar de tamaño por la necesidad de acomodar unos intestinos lo bastante grandes como para descomponer la celulosa de las paredes celulares de las hojas. El rostro de la criatura-perezoso era extrañamente inmóvil, estático, limitado en su expresividad. La vida social de aquella melancólica criatura era monótona. Su metabolismo lento y la falta de energía sobrante para dedicar a actividades sociales se encargaban de ello.
El mundo se había calentado considerablemente desde el terrible impacto. La vegetación ecuatorial había emigrado a oleadas, hasta que toda África y Sudamérica, Norteamérica hasta lo que acabaría un día por ser la frontera de Canadá, China, Europa hasta la altura de Francia y gran parte de Australia habían quedado cubiertas de junglas tropicales. Hasta en los polos había jungla.
América del Norte seguía unida por poderosos puentes continentales a Europa y Asia, mientras los continentes meridionales se extendían en una franja por debajo del ecuador, como una serie de islas dispersas. Tanto la India como África estaban migrando hacia el norte, pero el mar de Tethys, una poderosa corriente que transmitía calor por todo el vientre del planeta, seguía circunvalando el ecuador. El Tethys era como el río del Edén.
Como respuesta al calentamiento, las hijas de Purga y de otros mamíferos habían renunciado al fin a su pasado. Fue como si los nuevos dueños de la Tierra hubiesen comprendido al fin que un planeta vacío les ofrecía mucho más que una nueva especie de gorgojo para comer. Aunque los reptiles supervivientes, los lagartos, cocodrilos y tortugas, permanecían
en gran medida intactos, los cimientos de los triunfantes linajes de los mamíferos del futuro no tardarían en plantarse.
Plesi, al igual que Purga, había sido una criatura que se movía por el suelo a cuatro patas, con la típica disposición corporal, incluida la cabeza baja, de los mamíferos con estas características. Pero sus descendientes primates se habían hecho más grandes y habían desarrollado patas posteriores más poderosas, capaces de sustentar un cuerpo y una cabeza erguidos. Mientras tanto, los ojos de los primates se habían desplazado hacia la parte delantera de su rostro. Esto les proporcionaría visión tridimensional, que a su vez le permitiría estimar las distancias en sus saltos cada vez más grandes y triangular a los pequeños insectos y reptiles que todavía formaban parte de su dieta. Y así, a medida que exploraban nuevas soluciones para la vida, el linaje de los primates alumbraría muchas formas diferentes.
No había ningún designio en todo esto: ningún sentido de mejora, ningún propósito. Lo único que estaba ocurriendo era que cada organismo luchaba por preservarse, y junto a sí mismo, a su descendencia y parentela.
Pero conforme el medio cambiaba lentamente, lo hacían también, a través de la implacable selección, las especies que lo habitaban. Era un proceso que no estaba impulsado por la vida, sino por la muerte: la eliminación de los menos adaptados, la incesante tala de las posibilidades inapropiadas.
Pero el potencial de un futuro invisible no suponía ningún consuelo para aquellos que tenían que enfrentarse a la inexorable extinción.
Muchos de los adapis se habían vuelto demasiado especializados.
Aquella confortable calidez extendida a todo el planeta no duraría eternamente. En las épocas más frías del futuro, conforme los bosques empezaran a ralear y las diferencias estacionales se hicieran más pronunciadas, ser tan melindroso con la comida empezaría a ser una mala idea. La extinción volvería a manifestarse, como siempre había hecho.
Pero mientras tanto, en medio de aquel desbarajuste de primates exóticos, los cachorros no encontraban a ningún notharcus.
Mientras exploraba el suelo del bosque, Noth encontró una planta que daba unos frutos envueltos en vainas y parecidos a peras. Abrió algunas de
las vainas y dejó que su hermana se alimentara.
Una especie de oso hormiguero, de un metro de largo, se aproximaba a un pilar que contenía un nido de hormigas. Cayó sobre el nido y plegó los poderosos músculos de su brazo y su hombro. Como si fuera un zapapico, toda su fuerza se concentraba en un solo lugar, la punta de un dedo medio poderosamente plegado. Las hormigas acudieron en tropel —algunas de ellas eran enormes, de hasta diez centímetros de longitud— y el oso hormiguero las engulló rápidamente con su larga y pegajosa lengua antes de que los soldados pudieran organizar una defensa. El oso hormiguero descendía de una especie nativa de América del Sur, que había llegado allí aprovechando los puentes emergidos, muchas generaciones antes.
Noth y Derecha observaban con los ojos muy abiertos lo que estaba pasando. Pero aunque su mirada estaba clavada en el oso hormiguero, una preocupación carcomía el subconsciente de Noth.
Había estado tratando de conseguir comida para los dos, a fin de que sus colas pudiesen engordar y reunir la provisión invernal que les permitiría superar los largos meses de hibernación que se aproximaban. Eso era lo que su programación innata imponía. Pero no estaban comiendo suficiente.
Aislados como estaban de su comunidad, tenía que dedicar demasiado tiempo a vigilar por si aparecían depredadores.
Podría haber regresado. Como todas las especies —más los móviles machos que las sedentarias hembras— era capaz de estimar su posición espacial recurriendo a un cálculo innato que tomaba en consideración el tiempo, el espacio y el ángulo de los rayos del Sol. Era una habilidad que lo ayudaba a encontrar fuentes de alimento y agua. Si era necesario, Noth podría haber encontrado el camino de regreso a su «hogar», la arboleda que había sido el centro de los merodeos de su grupo. Pero no oyó los característicos cantos de sus hermanos. Su rudimentaria maquinaria de toma de decisiones lo impulsaba a seguir buscando un grupo que los aceptara a su hermana y a él.
Mientras tanto, aunque el Sol todavía continuaba su interminable trayecto sobre el horizonte, gran parte de la luz del día empezaba a teñirse con el rojo del crepúsculo y allí, en el suelo del bosque, unas esporas de
color pardo empezaban a pegarse a las frondas de los helechos. Estaba llegando el otoño. Y luego vendría el invierno. Estaban subalimentados y el tiempo se les estaba acabando.
Derecha sucumbió a la angustia, como le ocurría a menudo. Dejó caer las vainas de fruta, se hizo un ovillo y empezó a balancearse adelante y atrás, canturreando suavemente, cubriéndose la carilla con las manos. Noth la cogió en brazos y se la llevó hasta un pliegue de una rama, donde empezó a peinarla. Trabajó cuidadosamente el pelaje escaso de la espalda, el cuello, la cabeza y el vientre de su hermana, quitando la mugre, los trozos de hoja y los excrementos secos, deshaciendo nudos y quitando parásitos que estaban tratando de alimentarse de su joven carne.
Derecha se calmó enseguida. La mezcla de placer, atención y leve dolor que le procuraban las manos de su hermano inundó su organismo de endorfinas, los opiáceos naturales de su cuerpo. Antes de que fuera mucho mayor se volvería adicta, literalmente, a esta placentera ceremonia, como lo era ya su hermano, que echaba muy en falta las fuertes y perspicaces caricias de un adulto en la espalda.
Pero Noth estaba preocupado por ella a un nivel profundo que no era capaz de comprender.
El confuso pesar de Derecha servía a un propósito. Era una señal destinada a sí misma, que indicaba que había sufrido una pérdida, que había un vacío en su mundo que debía llenar. Y aunque Noth no era capaz de experimentar auténtica empatía —si no eres capaz de comprender que las demás personas poseen mentes, pensamientos y sentimientos como los tuyos es poco probable que puedas sentirla— las demostraciones de pesar de su hermana despertaban en él una especie de instinto de protección.
Quería enderezar el mundo para ella: el instinto de ayudar al huérfano era muy profundo.
Pero en última instancia, un pesar obsesivo era una mala herramienta de adaptación. Si Derecha era incapaz de recobrarse, al final no habría nada que pudiera hacer por ella. Tendría que abandonarla y entonces seguramente moriría.
Mientras los días se sucedían sin descanso, el Sol, en el punto más bajo del arco que describía en el cielo, empezó a ocultarse bajo el horizonte meridional. Al principio, las breves noches parecían crepúsculos, y cuando eran claras, unas cortinas de luz entre púrpuras y rojizas se encaramaban a las alturas del firmamento. Pero muy pronto las excursiones del Sol a las tierras invisibles se hicieron más largas y empezaron a sucederse intervalos cada vez más largos en los que las estrellas brillaban con una luz cada vez más azulada. La auténtica oscuridad no tardaría en llegar al bosque polar.
El clima se hizo rápidamente más frío y más seco. Las lluvias eran escasas y algunos días el calor del Sol no parecía casi penetrar las pertinaces neblinas. Muchos de los pájaros que moraban en las copas de los árboles habían partido ya, una bandada tras otra, en busca de las tierras cálidas del sur, seguidas solo por los ojos perplejos de los primates.
Noth estaba exhausto, famélico, y sus sueños estaban llenos de garras resplandecientes y voraces colmillos, visiones en las que su pequeña hermanita le era arrancada de las manos por bocas gigantescas.
De momento, el mayor problema era la sed. Había pasado tanto tiempo desde la última lluvia que las copas de los árboles estaban empezando a secarse. Y los árboles estaban ya despojándose del follaje. Las últimas hojas eran de color pardo y estaban marchitas. Noth no tardó en verse reducido a lamer la corteza en busca del fresco rocío de cada mañana.
Finalmente, impulsados por la sed, los cachorros decidieron bajar a la superficie a buscar agua. Cerca del lago más próximo bajaron corriendo por el tronco de un árbol, con los ojos muy abiertos.
Mientras se aproximaban al agua, los primates pasaron junto a un par de lo que parecían ciervos en miniatura. Del tamaño de perros pequeños con la cola alargada, aquellos rápidos corredores solitarios, que husmeaban entre las hojas y los frutos caídos, eran antepasados del poderoso orden de los artiodáctilos, que en su día englobaría a los cerdos, las ovejas, el ganado, los renos, los antílopes, las jirafas y los camellos. Derecha pisó sin darse cuenta a una rana, que se alejó a saltos, croando de protesta. La cría retrocedió asustada, observando con los ojos muy abiertos aquella cosa tan
insólita. No tardaron en ver más anfibios, ranas, sapos y salamandras. El ramaje estaba abarrotado de aves, cuyos agudos gritos inundaban el húmedo aire.
Noth estaba intranquilo. La orilla estaba demasiado atestada: Derecha y él no eran las únicas criaturas sedientas en aquella trémula jungla.
Una criatura de un metro de longitud y parecida a un canguro pasó corriendo junto a ellos. Era un lepticidium, un cazador de animales pequeños e insectos. Al explorar el suelo con su hocico móvil perturbó a un pholidoercus, un antepasado de pelo hirsuto de los puercoespines que, indignado, se alejó dando saltos como un conejo. Más allá había una abigarrada manada de caballos. Eran diminutos: tan pequeños como terriers con las cabezas equinas perfectamente formadas. Con aire tímido, estas criaturas exquisitas se abrían camino por entre la maleza. Caminaban sobre almohadillas, como los gatos, y en cada pata tenían varios dedos con sus correspondientes cascos. Su género había emergido de África pocos millones de años antes. El áspero gruñido de un carnívoro impaciente sobresalta a los caballitos, que emprendieron una brusca huida.
Por entre aquella exótica multitud, los dos primates avanzaban a hurtadillas, escabulléndose, con movimientos bruscos y sobresaltos.
El agua era una película apacible, cubierta de vegetación enmarañada, juncos muertos y colonias de algas. En algunos lugares se habían formado pequeñas capas de hielo de color grisáceo. Pero en las aguas abiertas flotaban algunas aves, antepasados de flamencos y avocetas, y sobre la superficie descansaban con languidez enormes nenúfares.
Allí, en las aguas abiertas, una araña estaba suspendida sobre una hebra de seda y volaban enormes hormigas, del tamaño de una mano humana cada una de ellas, en busca de nuevos hormigueros. En medio de esta muchedumbre de insectos revoloteaba delicadamente una familia de murciélagos. Resultado de una evolución reciente, Un grandes y frágiles como cometas de papel, los pequeños mamíferos voladores engullían los insectos a bocados. Primitivos peces óseos atravesaban la superficie y se alimentaban de la comida que sobrevolaba el agua, al igual que lo hacía una sinuosa anguila.
Los primates encontraron un lugar lo suficientemente lejos de cualquier depredador como para permitirles beber sin molestias. Se inclinaron, hundieron el morro en las aguas gélidas y empezaron a beber con deleite.
Los animales de mayor tamaño se revolcaban en las fangosas orillas del lago.
Había una pareja de uintatheres. Estos enormes animales, cada uno de los cuales contaba con un juego de seis cuernos de hueso en la cabeza y unos caninos superiores tan largos como los de los tigres de dientes de sable, parecían colosales rinocerontes. Su denso pelaje estaba cubierto de lodo, que contribuía a evitar que se recalentaran y a mantener a raya a los insectos. Pacían plácidamente la suave vegetación del fondo del lago, y bebían el agua teñida de verde por las algas, mientras un grueso cachorro, más ágil y vivaz, jugaba entre las patas de sus padres, acariciando sus rodillas, gruesas como troncos, con una cabeza llena de pequeñas protuberancias, incipientes cuernos. Noth observó con temor sus enormes pies.
Más cerca de la orilla caminaba una familia de moeritherium. Los adultos, que apenas alcanzaban el metro de altura, se movían por el agua con regia calma, transmitiéndose tranquilidad unos a otros con sus gruñidos, mientras a sus pies los cachorros chapoteaban con sus rollizos cuerpos. Extraían eficientemente la vegetación del fondo del lago con unas narices alargadas. Estas criaturas se contaban entre los primeros proboscideanos, antepasados de elefantes y mamuts. Todavía se parecían más a los cerdos que a los elefantes, pero ya eran animales inteligentes y sociables.
Alrededor de las manadas de herbívoros se encontraban los carnívoros.
En su mayor parte eran creodontes, ancestrales criaturas parecidas a los zorros y los glotones. Y había una manada de depredadores ungulados —
como caballos carnívoros—, criaturas insólitas y aterradoras que no tenían equivalente en la época de los humanos.
Muchos de estos seres parecían lentos y pesados, extrañamente malformados, los resultados de los primeros experimentos de la naturaleza en la producción de grandes mamíferos y herbívoros a partir de las especies
que habían sobrevivido a la extinción de los dinosaurios. Las grandes praderas abiertas se encontraban todavía a millones de años de distancia, junto con los herbívoros veloces, gráciles y de largas patas que se adaptarían a sus exuberantes espacios y los más astutos y rápidos carnívoros que surgirían para acecharlos. Cuando esto ocurriera, la mayoría de las especies que rodeaban a Noth en aquel momento sucumbirían a la extinción. Pero las órdenes que conocerían los humanos —los auténticos primates, los ungulados, los roedores y los murciélagos, los cérvidos y los caballos— habían hecho ya su entrada en el escenario.
En aquel momento, no existía una ecología más compleja y abarrotada en toda la Tierra que aquella, la de la isla Ellesmere. Aquel lugar era un pivote en las grandes rutas migratorias que unían las Américas y, atravesando el techo del mundo, Europa, Asia y África. Allí se mezclaban y competían los pangolinos de Asia, los carnívoros de América del Norte, los ungulados de África, los insectívoros de Europa, parecidos a erizos ancestrales e incluso los osos hormigueros de Sudamérica. De repente, Noth echó la cabeza atrás.
Dos primates, un corpulento macho y una pequeña hembra, lo estaban mirando desde el agua. No captaba el olor del macho y no podía saber si era pariente o desconocido. Lanzó un chillido y le enseñó los dientes... y el otro lo imitó, lo que lo enfureció todavía más, así que dio un pisotón al agua y el nothareus reflejado desapareció.