Evolución
10. La tierra abarrotada
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
10
La tierra abarrotada
KENIA CENTRAL, ÁFRICA OCCIDENTAL,
C. 127.000 AÑOS ANTES DE NUESTROS DÍAS
I
Guijarro había encontrado un ñame. Se inclinó y lo inspeccionó.
Tenía ocho años y lo único que interrumpía su completa desnudez eran las manchas de ocre que tenía en el grueso pecho y la ancha cara. Arrancó un poco de hierba de la base del ñame. Aquel era un lugar para los ñames, no para la hierba, y era preferible que siguiera así.
La gente había estado allí otras veces en busca de tubérculos. Puede que él mismo. A sus ochos años ya había recorrido hasta el último confín las tierras de la gente y aquel lugar, entre los peñascos erosionados de arenisca, le resultaba familiar.
Cogió su palo excavador. Era un grueso poste alojado en un agujero toscamente tallado en una roca de pequeño tamaño. A pesar del peso de la herramienta, la levantó con facilidad y utilizó el peso de la roca para clavar la punta del palo en el duro suelo.
Guijarro era una sólida masa de músculos construida sobre un esqueleto robusto. Si Lejos, su pariente lejana, muerta mucho tiempo atrás, había tenido planta de corredora de fondo, Guijarro podría haber sido un atleta de las categorías juveniles. Tenía un rostro grande y de rasgos llamativos, dominado por una gran protuberancia ósea encima de la frente. Poseía una nariz montañosa y grandes senos nasales que proporcionaban a su rostro un curioso aire hinchado. Sus dientes eran pilares planos de esmalte. Su cráneo, que llegaría a ser considerablemente más grande que el de Lejos, alojaba un cerebro grande y complejo —de hecho, comparable en tamaño al de un ser humano— pero situado mucho más atrás que el de un ser humano.
Al nacer, cubierto todo de humedad, el cuerpo de Guijarro había sido esbelto y redondo, y su visión había inspirado una extraña imagen en la mente de su madre, la de un guijarro desgastado por la corriente. Los nombres para las personas eran todavía cosa del futuro lejano —con sus apenas doce miembros, el grupo de Guijarro no tenía necesidad de utilizarlos— pero, en cualquier caso, la madre del muchacho lo miraría a menudo como una reluciente roca en un arroyo y recordaría a su hijo como el bebé que había tenido entre los brazos.
Guijarro, pues.
En aquella época existían muchas especies de gente robusta como Guijarro, dispersas por Europa y Asia occidental. Las que habitaban en Europa se llamarían en su día neandertales. Pero, al igual que ocurriera en tiempos de Lejos, la mayoría de estas especies nunca serían descubiertas, y mucho menos comprendidas, clasificadas y asociadas a una familia concreta de homínidos.
El de Guijarro era un pueblo fuerte. A pesar de que solo tenía ocho años, Guijarro realizaba ya labores esenciales para la supervivencia de la familia. Aún no estaba en condiciones de unirse a los adultos en las cacerías. Pero era capaz de desenterrar ñames como el mejor de ellos.
Se levantó una ligera brisa, que trajo consigo el delicioso aroma del humo de madera, del hogar. Se puso a trabajar con ganas.
Ya había conseguido romper la capa superficial de la tierra. Introdujo las manos en la tierra reseca y empezó a sacar un grueso tubérculo que, a juzgar por su tamaño, podía alcanzar los dos metros de profundidad. Volvió a empuñar el palo excavador. La tierra y los trozos de roca volaron por todas partes, y se pegaron a sus piernas sudorosas. Sabía lo que había que hacer con los ñames. Cuando tuviera el tubérculo, cortaría la parte comestible, pero a continuación volvería a tapar con tierra el tallo para que volviera a creer. Además, al remover la tierra, ayudaba a la planta de formas más sutiles. Aireaba y desbrozaba el suelo, lo que contribuía a facilitar a su crecimiento.
Su madre estaría muy satisfecha si le llevaba tres o cuatro buenos tubérculos, listos para echarse al fuego. Y los ñames no servían solo para comer. Podías utilizarlos para envenenar a los pájaros y los peces. Podías exprimirlos sobre la cabeza para matar a las liendres...
Hubo un crujido.
Sobresaltado, Guijarro sacó el palo excavador. Se inclinó hacia delante y se tapó los ojos para tratar de ver lo que había en el agujero. Puede que fuera un insecto. Pero no encontró otra cosa que un pedazo de algo de color óxido, como un fragmento de arenisca. Metió las manos, asió el fragmento con dedos torpes y lo sacó a la superficie. Era una cúpula agrietada, lo bastante pequeña para caberle en la palma de la mano. Cuando la levantó frente a sí, dos cuencas vacías le devolvieron la mirada.
Era un cráneo. El cráneo de un niño.
No sintió ningún horror. Los niños morían constantemente. Allí la vida era dura: no había espacio para la pena por los débiles y los desgraciados.
Pero todos los niños que habían muerto en la corta vida del propio Guijarro habían sido enterrados junto a las cabañas, como era la costumbre, para impedir que los carroñeros hostigaran a los vivos. Puede que aquel niño llevara mucho tiempo muerto, entonces. Puede que su pueblo lo hubiera enterrado allí, donde ahora crecían los ñames, mucho antes de que naciera Guijarro.
Pero el cráneo era extrañamente fino y liviano. Guijarro lo sopesó en la mano. El entrecejo era una gruesa protuberancia de hueso, de la que la frente retrocedía casi en horizontal. Guijarro se pasó una mano por la suya y comparó la ligera hinchazón de su frente. Vio que el pequeño cráneo tenía unas marcas de dientes: perforaciones precisas infligidas por los colmillos de un felino... pero hechas después de la muerte del muchacho, a su cuerpo abandonado en la llanura.
Guijarro no podía saber que lo que tenía en las manos eran los restos del Rapaz, hermano de Lejos, que había vivido y muerto no muy lejos de allí.
El Rapaz había muerto de avitaminosis infantil. No hubiera supuesto un gran consuelo para él saber que un día, más de un millón de años después de que su fugaz y olvidada vida se hubiera extinguido, su pequeña cabeza estaría en las manos de un pariente lejanísimo.
Y el Rapaz no habría reconocido gran cosa de aquel lugar en el que él había jugado.
El tiempo no había hecho gran mella en la estructura geológica del Rift Valley —la llanura, las rocas, las montañas volcánicas, el gran valle en sí mismo—, pero desde los tiempos de Lejos, aquel se había convertido en un lugar inhóspito, seco. Grupos dispersos de acacias y laureles habían reemplazado los densos bosquecillos del pasado. Hasta los pastizales eran diferentes, dominados en gran medida por especies resistentes al fuego.
Mientras tanto, las enormes comunidades animales del pasado habían sufrido una terrible regresión. Ya no se veían elefantes en aquella cuenca reseca, ni antílopes ni jirafas. Era como si la vida se hubiera estrellado allí.
El lugar estaba agostado. Su pobreza habría asombrado a Lejos.
Pero los restos quebrados del Rapaz habían dejado su marca en el mundo: un resto minúsculo de humedad atrapada en aquel hueso de cráneo había bastado para ayudar a que arraigara aquel ñame.
Ajeno a todo aquello, Guijarro cerró el puño. El pequeño cráneo se deshizo en diminutos fragmentos, y dejó caer el polvillo al agujero. Alargó el brazo hacia su herramienta; tenía que seguir desenterrando las raíces.
Fue entonces cuando vio a los extraños.
Se agazapó detrás de unas rocas y contuvo la respiración.
Eran cazadores, eso se veía a la legua. Estaban siguiendo el rastro de un elefante.
Los elefantes buscaban el agua y donde había agua habría muchos animales, incluidos los de tamaño medio que preferían los cazadores cuando podían encontrarlos.
Eran cuatro en total, tres hombres y una mujer, todos adultos. Al caminar, los cazadores, cuyos torsos estaban inclinados ligeramente hacia delante, balanceaban poderosamente las piernas. Era una forma de caminar que tenía como objetivo la potencia, no la elegancia ni la velocidad.
Ninguno de ellos hubiera podido competir en rapidez con Lejos. Los rostros oscuros de los hombres estaban ocultos detrás de tupidas barbas y la mujer se recogía el pelo con una tira de cuero. A diferencia del grupo de Guijarro, aquellos extraños iban vestidos: apenas trozos de pieles, sin coser y anudados alrededor del cuerpo con tiras de cuero o corteza trenzada.
Guijarro vio que tenían marcas de dientes en la ropa. Trataban el cuero mascándolo y estirándolo con los dientes, y una de las funciones principales de la protuberancia de hueso de su frente era proporcionar un ancla para que las mandíbulas pudieran abordar aquella exigente tarea.
Y llevaban armas: finos venablos de madera y lanzas más cortas y gruesas, astiles de madera endurecida con puntas de piedra atadas en un extremo con pegotes de resina y tiras de cuero. Eran armas gigantescas, que un ser humano habría tenido dificultades para empuñar y no digamos para utilizar de forma eficaz.
Eran gente robusta, como la banda de Guijarro. Pero el muchacho vio que tenían manchas de ocre en la piel de la cara, las manos y los brazos.
Mientras que los adornos de Guijarro estaban hechos de líneas verticales —
barras, rayas y bandas— esta gente lucía una especie de toscas cuadrículas, dibujadas por gruesos dedos.
Eran extraños. Eso se veía por las marcas. Y los extraños equivalían a problemas. Esa era una ley que se cumplía con tanta constancia como la salida del Sol y los ciclos de la Luna.
Guijarro esperó hasta que los extraños hubieron desaparecido detrás de unas acacias. Entonces, tan silenciosamente como le permitía su rotundo
cuerpo, echó a correr hacia su casa. Los tubérculos de ñame que había desenterrado quedaron abandonados en el suelo, junto con su palo excavador.
Guijarro vivía en una especie de aldea, formadas por cuatro grandes cabañas en un tosco círculo alrededor de un espacio central. Y sin embargo, no era una aldea, pues sus habitantes vivían como ningún ser humano lo haría nunca.
Guijarro se detuvo, jadeando, en el espacio central. No había nadie.
Junto a la entrada de una de las cabañas humeaba una fogata. El suelo pisoteado estaba lleno de huesos, restos de vegetales, jergones hechos de hojas y hierba, trozos de corteza, espigas, cuñas, una lanza rota y trozos de cuero abandonados. El lugar estaba hecho un desastre.
Las cabañas eran toscas, feas pero útiles. Estaban construidas con arbolillos jóvenes dispuestos en círculo en el suelo. Los espacios entre ellos se llenaban con juncos partidos, hojas y trozos de corteza. Los arbolillos estaban inclinados y sus extremos entrelazados entre sí. Era un trabajo que Capo habría reconocido, porque cinco millones de años atrás había hecho sus nidos en las copas de los árboles de forma muy parecida: todas las innovaciones necesarias se habían producido antes.
Las cabañas eran viejas. La gente llevaba generaciones viviendo en ellas. La tierra que pisaba Guijarro estaba plagada de huesos de antepasados. La gente se sentía a salvo allí. Aquel era su lugar, su tierra.
Pero Guijarro sabía todo eso podía cambiar en cualquier momento.
Levantó la cabeza hacia el cielo despejado:
— ¡U-lu-lu-lu-lu-lu! ¡U-lu-lu-lu-lu-lu...!
Era un grito de peligro, de dolor, el primer grito que aprendían los niños después del de «hambre».
La gente no tardó en acudir corriendo desde las cabañas y los campos circundantes, donde cazaban y recolectaban. Se reunieron alrededor de Guijarro, preocupados. Eran doce: tres hombres, cuatro mujeres, tres
jóvenes —incluido el propio Guijarro— y dos niños aterrorizados que las madres tenían en brazos.
Trató de explicarles lo que había visto. Señaló el lugar en el que había visto a los extraños y corrió unos pocos pasos de acá para allá.
—¡Otros! ¡Otros, otros, cazadores!
Empezó a realizar una compleja exhibición, gesticulando, adoptando poses, imitando el poderoso caminar de los cazadores, incluso recurriendo a la mímica para mostrar cómo golpearían a la gente en la cabeza con sus poderosos puños.
Su audiencia parecía no inquieta. Le dieron la espalda, como si estuvieran impacientes por seguir recolectando o comiendo o durmiendo.
Pero uno de los hombres observó con más cuidado la exhibición de Guijarro. Era un hombre achaparrado y de constitución más poderosa que el resto y tenía la cara deformada por un accidente de infancia que le había destrozado el cartílago de la gran nariz. Aquel hombre, Nariz Chata, era el padre de Guijarro.
El lenguaje de Guijarro era muy limitado. Estaba formado por una serie de palabras que se encadenaban sin gramática ni sintaxis. Y, un millón de años después de Lejos, el habla seguía siendo básicamente una habilidad social, utilizada más que nada para cuchichear. Para transmitir una información detallada o compleja, había que repetir las cosas, utilizar interminables circunloquios, utilizar la mímica, los gestos, la interpretación.
Además, Guijarro tenía que convencer a su audiencia. Era difícil que los adultos aceptaran lo que quería decirles. No podían ver por sí mismos a los extraños. Puede que estuviera mintiendo o puede que fuera una exageración: después de todo, no era más que un niño. El único modo que tenían de calibrar su sinceridad era por medio de la pasión y energía que vertía en su interpretación.
Siempre había sido así. Para conseguir que alguien escuchara, había que gritar. Finalmente Guijarro se rindió, jadeando, y se sentó en el suelo. Había hecho lo que había podido.
Nariz Chata se sentó a su lado. Él creía a su hijo: su exhibición había sido demasiado vehemente como para ser mentira. Apoyó la mano en su
cabeza.
Confortado, Guijarro tocó el brazo de su padre. Allí encontró una serie de cicatrices largas y rectas que se extendían a lo largo del antebrazo. No eran marcas de animal. El propio Nariz Chata se las había hecho a sí mismo con la hoja afilada de un cuchillo de piedra. Guijarro sabía que, cuando fuera mayor, se sometería a la misma silenciosa y gozosa auto-mutilación: formaba parte de lo que era su padre, parte de su fuerza, y cuando Guijarro tocaba aquellas cicatrices, se sentía más tranquilo.
Uno por uno, los demás adultos se les unieron.
Entonces, pasado el momento de silenciosa aceptación, Nariz Chata se puso en pie. No hubo palabras. Todos sabían lo que había que hacer. Los adultos y los muchachos recorrieron el asentamiento, recogiendo sus armas.
No había ningún orden concreto en aquel lugar y las armas yacían allí donde habían sido utilizadas por última vez, entre restos de comida, basura y cenizas.
Pero, a pesar de la urgencia, la gente se movía con lentitud, como si todavía fueran reacios a aceptar la verdad.
Polvo, la madre de Guijarro, trataba de consolar a su lloroso bebé mientras recogía sus cosas. Su cabello suelto, prematuramente cano, estaba teñido, como siempre, de polvo seco y aromático, un excéntrico amaneramiento. A sus veinticinco años, estaba envejeciendo deprisa, y al caminar cojeaba ligeramente por culpa de una vieja herida de caza que nunca había terminado de curarse. Desde entonces, Polvo había tenido que trabajar dos veces más duro y los efectos de aquel esfuerzo se manifestaban en su postura encorvada y su rostro marchito. Pero poseía una mente despejada e inusualmente imaginativa. Ya estaba pensando en los tiempos difíciles que se avecinaban. Guijarro se sentía culpable por haberle provocado aquella nueva preocupación...
Hubo un leve suspiro, un destelló. Guijarro se volvió.
Por un momento casi onírico, vio el venablo de madera en vuelo. Estaba tallado de una sola pieza de madera endurecida, más gruesa cerca de la punta y más estrecha hacia el otro extremo, para que volara derecha a su objetivo.
Entonces, fue como si el tiempo echara a andar de nuevo.
El venablo hizo blanco en la espalda de Nariz Chata. Cayó de bruces, con el arma clavada en la espalda. Se convulsionó una vez, y un chorro de excremento brotó de sus entrañas, mientras un charco rojizo empezaba a empapar la tierra sobre la que estaba tendido.
Durante una fracción de segundo, Guijarro fue incapaz de asumir aquello —la idea de que Nariz Chata hubiera desaparecido tan de repente
—. Fue como si una montaña se hubiera esfumado de repente, como si un lago se hubiera evaporado. Pero en su joven vida, Guijarro había visto ya muchísima muerte. Y ya podía reconocer el hedor de la mierda y la sangre: olores de carne, no de gente.
Había un extraño entre las cabañas, achaparrado y poderoso. Se cubría con pellejos y empuñaba un venablo. Se había pintado el rostro con cuadrículas de ocre. Él era quien le había arrojado el venablo a Nariz Chata, y Guijarro vio que tenía en la mano el bastón excavador que él había dejado abandonado. Lo habían visto junto a los ñames. Habían seguido el rastro de sus pisadas. Guijarro los había conducido hasta allí.
Embargado por la rabia, el miedo y la culpa, se abalanzó sobre él.
Tero cayó estrepitosamente al suelo. Su madre lo había sujetado por el tobillo. Coja o no, era más fuerte que él. Lo fulminó con la mirada y farfullo:
—¡Estúpido, estúpido!
Por un momento, Guijarro recobró la cordura. Desnudo, desarmado, no habría durado ni un segundo.
Un hombre emergió al corazón del asentamiento. Estaba desnudo y llevaba un venablo. Era el tío de Guijarro y se lanzó sobre el asesino de su hermano. El extraño esquivó el primer golpe, pero su atacante se le echo encima. Los dos cayeron al suelo, forcejeando, tratando de propinarle al otro un golpe o un lanzazo decisivo. Pronto desaparecieron en medio de una nube de polvo salpicada de sangre. Eran dos criaturas de inmensa musculatura que utilizaban toda su gran fuerza contra su rival. Era como un combate entre dos osos.
Pero entonces, más cazadores emergieron de detrás de las rocas, los farallones y los árboles. Hombres y mujeres, armados todos ellos con lanzas y hachas, cubiertos de polvo, enjutos, de mirada acerada. Habían venido a cazar a Guijarro y a los suyos, como si no fueran más que una manda de incautos antílopes.
Guijarro vio la desesperación que había en sus ojos. Aquellos recién llegados no eran nómadas ni invasores por instinto, no más que ellos. Solo una terrible catástrofe podía haberlos empujado hasta allí, a aquella tierra nueva y desconocida, para librar aquella guerra repentina. Pero ahora que estaban allí lucharía hasta la muerte porque no tenían otra alternativa.
Hubo un aullido. El cazador que estaba luchando con su tío estaba de pie. Uno de sus brazos colgaba a un lado, ensangrentado y roto. Pero, a pesar de que su boca era una masa de sangre y dientes rotos, estaba sonriendo. El tío de Guijarro estaba tirado en el suelo, con el pecho abierto en canal.
La gente de Guijarro había perdido ya a dos de sus tres hombres adultos, Nariz Chata y su hermano. No tenían la menor posibilidad de vencer.
Los supervivientes emprendieron la huida. No tuvieron tiempo de recoger nada, ni herramientas, ni comida... ni siquiera los niños. Y los cazadores los atacaron mientras huían, utilizando el extremo romo de las lanzas para derribarlos. El tercer hombre fue desjarretado. Los cazadores atraparon a dos de las mujeres y a una muchacha más joven que Guijarro.
Arrojaron a las mujeres al suelo, de bruces, y los hombres más jóvenes, disputándose a empujones el derecho a ser los primeros, les separaron las piernas.
Los demás corrieron y corrieron hasta que los perseguidores los dejaron ir.
Guijarro volvió la vista en la dirección por la que habían venido. Los cazadores estaban pisoteando el asentamiento, el suelo que había sido de los antepasados de Guijarro desde tiempos inmemoriales.
Vio que quedaban cinco de los habitantes de la aldea. Dos mujeres, incluida su madre, él mismo, una niña pequeña y uno de los bebés... pero no
su hermanita. Solo cinco.
Con una expresión cincelada en el rostro, Polvo se volvió hacia él. Le puso una mano en el hombro.
—Hombre —dijo con voz grave—. Tú.
Era cierto, vio con espanto. Era el hombre más adulto que quedaba con vida. De los cinco supervivientes, solo el bebé que lloraba a sus pies, en el polvo, era macho.
Polvo recogió al niño sin madre y lo apretó contra su pecho. A continuación, resueltamente, le dio la espalda a su asentamiento y emprendió la marcha hacia el norte, dejando un rastro de pisadas irregulares sobre la tierra. No miró atrás una sola vez.
Confundido, aterrorizado, Guijarro la siguió.
II
El Pleistoceno, esta era de hielo, era una época de brutales turbulencias climáticas. Las sequías, las inundaciones y las tormentas eran habituales: en esta era, los «desastres únicos» ocurrían todas las décadas. Era un tiempo de ruinosas variaciones, un tiempo tumultuoso.
Esto creaba un medio que representaba un gran desafío para todos los animales que lo habitaban. Para responder a estos desafíos, muchas criaturas se volvían más inteligentes, no solo los homínidos, sino también los carnívoros, los ungulados y otros. El tamaño medio del cerebro de los mamíferos se doblaría en el transcurso de los dos millones de años de Pleistoceno.
La familia de especies homínidas a la que pertenecía Guijarro había nacido en África, como muchas otras, al sur de allí. Más inteligentes y fuertes que la gente de Lejos, habían salido de África siguiendo un gran arco que las había llevado hasta Europa, al sur de los hielos, y a Asia, hasta
la India. Habían adaptado su tecnología, sus costumbres y, trascurrido el tiempo necesario, incluso sus cuerpos a las condiciones que iban encontrando.
Y habían desplazado a las especies anteriores de gente con las que se encontraban. En el Asia oriental todavía sobrevivían caminantes elegantes y enjutos como Lejos, pero en África solo existían en pequeños enclaves aislados. En Europa se habían extinguido del todo. En cuanto a los pitecinos, presionados entre los chimpancés y la nueva gente de la sabana, los últimos habían sucumbido hace tiempo. A pesar de ello, los homínidos no estaban todavía muy extendidos. Todavía no había gente en las frías tierras septentrionales, ni en Australia ni en las Américas, nadie. Pero el Viejo Mundo empezaba a llenarse.
Mientras tanto, la tierra estaba empobreciéndose.
Una vez más, se habían producido extinciones. Y, esta vez, la gente tuvo mucho que ver en ello. En condiciones de presión climática creciente, las especies más grandes y de ciclo reproductivo más lento se habían visto cada vez más ligadas a los cursos fluviales. Así se habían convertido en presa fácil para los cazadores homínidos, cada vez más inteligentes, que, actuando por criterios de mínimo riesgo, cazaban selectivamente a los viejos, los débiles y —y esto era lo importante— los más jóvenes.
Las especies más grandes y menos versátiles habían sido las primeras en caer. En África, de la amplia y variada familia de los parientes de los elefantes, solo sobrevivirían los elefantes propiamente dichos. Muchas variedades de jirafas, cerdos e hipopótamos los habían seguido.
Y luego estaba el fuego.
La conquista del fuego, alcanzada pocas generaciones antes de los tiempos de Guijarro, había sido uno de los acontecimientos más significativos en la evolución de los homínidos. El fuego ofrecía muchas ventajas: calor, luz, protección de los carnívoros... Podía utilizarse para endurecer la madera, y su calor servía para que muchas plantas y animales se volvieran digestibles. Todavía no se llevaban a cabo incendios premeditados a gran escala para limpiar una superficie; eso llegaría más tarde. Pero el uso cotidiano del fuego ya había tenido, poco a poco, un
profundo impacto en la vegetación, puesto que aquellas plantas capaces de soportarlo se impusieron a sus parientes menos resistentes. Y mientras tanto, aunque la auténtica agricultura se encontraba todavía en un futuro muy lejano, los homínidos habían empezado a seleccionar aquellas especies vegetales que preferían, tal como Guijarro acababa de arrancar las hierbas que crecían alrededor del ñame.
Estas acciones insignificantes, repetidas día tras día a lo largo de cientos de miles de años, tenían un inmenso impacto. Antaño había sido la marcha de los elefantes lo que moldeaba el paisaje: Lejos y su gente habían sido un elemento marginal. Ya no era así, no tanto. Aquel paisaje era obra de la gente.
A esas alturas, ya era como si aquella campiña desnuda de árboles resistentes al fuego y herbívoros habituados a la escasez fuera algo natural y hubiera estado allí desde el principio de los tiempos. Llevaba tanto tiempo así que no había mente en la Tierra que pudiera recordar que las cosas podían ser diferentes.
Foca había cogido una araña en la playa. Corrió sobre la arena para llevársela a Guijarro, sonriendo.
—Araña red araña pez. —Guijarro, enternecido por su contagiosa energía, le dio unas palmaditas en la cabeza. Le hubiera gustado poder compartir su entusiasmo, aunque solo fuera en parte.
Foca regresó corriendo al matorral de hierba, situado sobre las dunas, en el que había encontrado la araña. La telaraña era un abanico de fuertes líneas radiales, sobre las que la araña había construido una espiral continua de pegajoso hilo. Delicada, muy delicadamente, sosteniendo un pequeño palito entre sus gruesos dedos, el niño levantó la espiral de las guías, que no eran pegajosas. Movió el palo entre los radios, dándole vueltas, hasta que la materia pegajosa quedó concentrada en un extremo. Entonces corrió hacia un pequeño charco dejado por la marea entre unas rocas aterronadas y erosionadas y dejó que la pegajosa masa bailara sobre la superficie del agua.
Un pececillo acudió a morder el tentador anzuelo. Pero cada bocado de sus mandíbulas solo conseguía dejarlo más pegado a la telaraña. Finalmente quedó atrapado del todo y Foca pudo sacarlo del agua sin dificultades. El niño se lo metió directamente en la boca con una sonrisa de triunfo. A continuación, mojó su improvisada caña en la sustancia pegajosa y volvió a sumergirla en el agua.
Foca, abandonado en brazos de Polvo hacía once años, tenía ahora doce, siete menos que el propio Guijarro. Sus primeros años habían sido muy diferentes a los de Guijarro: los había pasado en movimiento. Pero las experiencias vividas no parecían haberlo perturbado. Puede que se hubiera acostumbrado a las migraciones, como uno de esos grandes devoradores de hierba que seguían a las estaciones. Y había llegado al océano. Era demasiado pesado para nadar —todos ellos lo eran— pero siempre que Guijarro lo veía en las aguas poco profundas cercanas a la costa le recordaba a los juguetones mamíferos marinos.
Pero, once años después del trauma del ataque en el que había muerto su padre, Guijarro no tenía nada en común con la juguetona inventiva de Foca.
A sus diecinueve años había alcanzado la madurez y su figura era tan firme y poderosa como había sido la de su padre. Pero estaba maltrecho. Su cuerpo lucía cicatrices viejas, ganadas en feroces y desesperados incidentes.
En una colisión con un caballo salvaje se había fracturado una costilla, que nunca había terminado de cerrarse y durante el resto de su vida sentiría dolor cada vez que inhalara para respirar. Y llevaba también las marcas de heridas infligidas por la gente: demasiado a menudo había tenido que luchar.
Obligado a crecer demasiado deprisa, se había vuelto introspectivo.
Había ocultado sus pensamientos tras una barba que cada año se volvía más tupida y enmarañada y sus ojos parecían haberse refugiado tras aquel gran risco de hueso de su ceño.
Y, al igual que su padre, lucía en los brazos largas y dentadas cicatrices.
Con un suspiro, reanudó la inspección de las redes y trampas que había puesto en las aguas profundas. Un brazo de tierra alargado protegía aquella
playa rocosa del mar y desde la base de las colinas bajaba dando saltos un arroyo hasta la playa. El mar era el Mediterráneo: aquella era la costa del norte de África. Era allí donde el pueblo de Guijarro había encontrado refugio al fin, sobre las resecas dunas que se levantaban sobre las aguas, en una cabaña construida con la madera que traían las aguas y con arbolillos jóvenes.
Foca, jugando con las arañas y sus telarañas, había inventado su propia forma de pesca en miniatura. Pero es que en aquella costa olvidada todos ellos se habían visto obligados a aprender deprisa a vivir del mar. En los primeros tiempos, aquellos cazadores acostumbrados a perseguir antílopes habían chapoteado por la playa persiguiendo peces y delfines que los evitaban con facilidad. Habían pasado hambre y habían sentido desesperación.
La idea la habían sacado al final de la observación, de las arañas, de los peces y animalillos que ocasionalmente quedaban atrapados en los matorrales o en los cañaverales de follaje pegajoso o en la maleza de enredaderas.
Gradualmente habían aprendido el uso de las redes, las trampas y los cepos, hechos de corteza y trozos de cuerpo. Los primeros intentos habían sido fallidos las más de las veces. Pero poco a poco habían desarrollado su habilidad en el uso de las cuerdas naturales y enredaderas y habían aprendido a trenzar, reparar y atar fibras. Y había funcionado. Si uno tenía suerte podía atrapar peces, pulpos y tortugas. Cuanto más se adentraba en el mar, mejores eran las capturas.
Bueno, tenía que funcionar. De lo contrario, seguramente habrían muerto de hambre.
Lo más irónico es que la tierra que se extendía al sur, más allá de aquellos riscos de la costa, era rica, un mosaico de bosque, pastizales y lagos de agua dulce. Y había animales de sobra, más allá de las ciénagas, en las tierras altas: ciervos rojos, caballos y rinocerontes y muchos herbívoros menores. Algunas veces, los animales incluso bajaban a las playas en busca de sal.
Si no hubiese habido gente, habría sido un paraíso para el grupo de Guijarro. Pero la tierra no estaba vacía y ese era el problema.
En el horizonte había una isla. Su mirada se vio atraída hasta allí. A pesar de que la distancia la cubría de niebla, desde allí se veía lo rica que era, cubierta por entero de una vegetación que llegaba casi hasta la orilla del mar. Y había gente en ella. Los días claros podía verla: gente alta y delgada, que corría por las playas y las cimas de las colinas, figuras pálidas y huidizas.
Allí su pueblo y él estarían a salvo, pensó. En una isla como esa, un trozo de tierra propio, podrían vivir para siempre, sin tener que preocuparse por los extraños. Si pudiera llegar hasta allí, tal vez fuera capaz de arrebatarle la posesión de la tierra a aquellos flacos extraños.
Si pudiera llegar allí. Pero la gente no nadaba como los delfines, ni caminaba sobre las aguas como los insectos. Era imposible.
Así que estaban allí varados.
Nunca habían planeado llegar tan lejos. Ninguno de ellos había planeado nada de lo que había ocurrido. Simplemente, se habían visto obligados a seguir adelante, marchando y marchando, mientras los años iban transcurriendo poco a poco.
La gente de Guijarro era, por naturaleza, sedentaria. En un mundo abarrotado, este robusto pueblo no había tardado en perder el espíritu viajero de los tiempos de Lejos. Cuando se habían visto arrojados a un mundo extraño el desafío había sido terrible: para Guijarro había sido como si la gran caminata hubiera sido una larga y lenta agonía, una época de locura y perplejidad.
Durante el viaje, los chicos habían crecido. El propio Guijarro se había hecho un hombre y el grupo, alimentado por los refugiados de otros desastres, había ido creciendo lentamente. Y no solo había crecido de aquel modo. Guijarro había sido padre. Se había apareado con Verde, la melancólica mujer que los había acompañado desde el viejo asentamiento.
Pero el niño había muerto mientras atravesaban una región especialmente dura y seca.
Y no habían encontrado ningún lugar donde vivir. Porque el mundo estaba lleno de gente.
Antes del ataque, la familia amplia de Guijarro estaba formada por doce miembros. Eran autosuficientes, no comerciaban y nunca se alejaban mucho más allá de una jornada de marcha.
Pero eran conscientes de la existencia de otros grupos similares que salpicaban la tierra a su alrededor, inmóviles como árboles.
En conjunto, había unas cuarenta tribus en el gran clan del que la gente de Guijarro formaba parte, aproximadamente un millar de personas.
Algunas veces se producían intercambios cuando los jóvenes de una
«aldea» buscaban pareja en otra. Y se producían conflictos ocasionales cuando dos grupos se enfrentaban por alguna región especialmente rica en alimentos o en medio de una cacería. Pero estos incidentes solían resolverse con poco más que unas palabras subidas de tono, algún forcejeo sin mayores consecuencias y, en casos extremos, algún lanzazo en la pierna, una forma de mutilación que se había convertido en un castigo ritual.
Y cada uno de los mil miembros de aquel grupo, desde el niño más pequeño hasta la más marchita vieja de treinta y cinco años, compartían las características rayas verticales de color rojo o negro que Guijarro llevaba todavía en el rostro.
Lejos se habría quedado boquiabierta si hubiera podido ver adónde había llegado su pequeña innovación con los pedacitos de ocre. Lo que había empezado siendo una estratagema sexual casi inconsciente se había convertido, a lo largo de inmensos períodos de tiempo, en una especie de celebración de la fecundidad. Todas las mujeres e incluso algunos hombres se pintaban las piernas con el característico color de la fertilidad.
Lentamente, mentes torpes y dedos inseguros habían experimentado con otras formas de decoración, con nuevos símbolos.
A esas alturas, no obstante, aquella forma de tosca decoración obedecía a un propósito concreto. Las marcas verticales de Guijarro eran como una especie de uniforme que establecía las diferencias entre su pueblo y los demás. Ya no era necesario, como en tiempos de Capo, conocer
personalmente a todos los que formaban tu grupo. No tenías que acordarte de las caras. Lo único que hacía falta era el símbolo.
Los símbolos mantenían unidos los grupos. En cierto sentido, se habían convertido en la razón de sus luchas. Aquellos toscos dibujos y rayas representaban la aparición del arte... pero también la de las naciones, la de la guerra. Harían posibles conflictos que trascenderían incluso la muerte de aquellos que los habían iniciado. Por eso las mentes de los homínidos estaban volviéndose mis diestras en la creación de símbolos con el paso de las generaciones.
Por todas partes había clanes como aquel, clanes más o menos del mismo tamaño. Todos ellos eran sedentarios, todos permanecían donde habían nacido, donde sus padres y sus abuelos habían vivido y muerto. Sus lenguajes eran mutuamente ininteligibles. De hecho, muchas de aquellas comunidades llevaban tanto tiempo aisladas que ya no hubieran podido tener descendencia mutua. Y permanecían donde estaban hasta que los desplazaba algún desastre natural, como un cambio climático, o una inundación... u otra gente.
Razón por la que se habían formado los clanes, claro: para marginar a los refugiados.
Había sido terriblemente duro para ellos. Al fin, tras once años, habían llegado a aquel lugar, a aquella playa, y se habían visto obligados a detenerse, porque allí se acababa la tierra.
En aquel momento, Guijarro escuchó un grito quejumbroso procedente de la arena.
—¡Oye, oye, socorro, socorro!
Se levantó y miró hacia allí. Vio dos figuras robustas que caminaban tambaleándose hacia la cabaña. Eran Manos y Hiena. Uno se caracterizaba por sus enormes y poderosas manos y el otro por la costumbre que tenía de reírse como uno de esos animales carroñeros cuando cazaba. Los dos se habían unido al grupo de Guijarro durante su larga odisea. Pero ahora parecía que les había ocurrido algo. Hiena apoyaba todo su peso sobre los poderosos hombros de Manos, su compañero, e incluso Guijarro, a pesar de la distancia que los separaba, podía oír su respiración trabajosa.
Polvo salió de la cabaña. A la madre de Guijarro, que a esas alturas tenía casi cuarenta años ya, las muchas penalidades que había soportado durante el viaje le habían ajado y encorvado el cuerpo. Cojeando se dirigió hacia Hiena y Manos, mientras empezaba a gritar:
—¡Herido, herido!
Hiena se desplomó en la playa y Guijarro pudo ver que de su espalda sobresalía una hoja de piedra. Manos se agachó para ayudarlo a incorporarse de nuevo.
Murmurando para sus adentros, Guijarro fue en pos de su madre.
Para cuando lograron llevar a Hiena hasta la cabaña, la luz estaba empezando a abandonar el cielo.
La gente se movía alrededor de la cabaña, preparando las tareas de la noche. Tanto los hombres como las mujeres poseían enormes hombros musculosos que se marcaban como jorobas por debajo de las tiras de cuero con las que se cubrían. Hasta sus manos, cuyos dedos tenían yemas como palas, eran inmensas. Sus huesos, capaces de soportar grandes presiones, eran muy sólidos, y poseían pesadas y duras articulaciones. Eran criaturas poderosas, sólidas, como talladas de la misma tierra.
Tenían que ser fuertes. En un medio tan exigente como aquel, tenían que trabajar duro toda la vida, compensando con fuerza bruta lo que les faltaba en inteligencia. Pocos llegaban al final de la vida sin el dolor de heridas viejas, o algunos problemas como las enfermedades degenerativas de los huesos. Y eran muy pocos los que vivían más allá de los cuarenta.
La herida de Hiena no era especialmente grave. Ni siquiera el hecho de que, a todas luces, lo hubiera apuñalado por la espalda un homínido de una banda rival del otro lado de los riscos levantó demasiado interés. La vida era dura. Las heridas eran algo habitual.
Dentro de la irregular y estrecha cabaña no había más luz que la que daba el fuego y la poca que se colaba por las grietas de las paredes. La organización brillaba por su ausencia. Al fondo de la cabaña se apilaban los huesos y los caparazones, abandonados después de las comidas. Las
herramientas, algunas de ellas rotas y otras a medio hacer, quedaban allí donde se dejaban, al igual que los trozos de comida, el cuero, la madera, la piedra o las pieles sin trabajar. En el suelo podían verse los restos de los alimentos con los que subsistía el grupo: plátanos, dátiles, raíces y tubérculos y muchos ñames. Los adultos hacían sus necesidades en el exterior para no atraer a las moscas, pero sus hijos todavía no habían aprendido aquella lección, así que el suelo estaba cubierto de excrementos de niño medio enterrados.
Ni siquiera había un lugar fijo para el fuego. Sobre el suelo de la cabaña y en el exterior se veían las cicatrices de antiguas fogatas, en círculos ennegrecidos de guijarros y arena. Cuando cambiaba el viento o se desplomaba una parte de la cabaña, se limitaban a cambiar de sitio los rescoldos del fuego del día anterior y a empezar de nuevo.
A un humano, la cabaña le habría parecido oscura, baja, agobiante, claustrofóbica, desorganizada e inundada hasta el límite de lo soportable por la peste de muchos años de vida. Pero para Guijarro, así eran las cosas y así habían sido siempre.
De hecho, aquella noche había dos fogatas que cuidar. Las manos se habían vuelto hacia el calor del fuego que llevaba todo el día encendido.
Guijarro recorrió los alrededores del asentamiento reuniendo trozos de madera seca y erigió cuidadosamente una pirámide de madera y astillas para encender un fuego más intenso y caliente. Le había arrancado la carne a la cabeza y las patas de un bebé de rinoceronte y ahora utilizaría el fuego para partir los huesos y llegar al suculento tuétano del interior.
Al fondo de la cabaña, Polvo y Verde estaban encendiendo otra fogata, junto con Foca, Chillido y algunos niños. Tenían un puñado de piedras que habían partido rápidamente para hacer cuchillos y raederas y con estas trabajaban la comida que habían reunido durante el día en la región que rodeaba la cabaña. Había crustáceos e incluso una rata.
Mientras seguían trabajando, el techo de la cabaña no tardó en llenarse de humo. Todo esto se producía entre gruñidos, murmullos, eructos y pedos.
Apenas pronunciaban palabra.
Chillido era otra superviviente: era la niña, menor que Guijarro, que había escapado de la ocupación de su antiguo asentamiento. Las experiencias que había vivido le habían pasado factura. Siempre había sido un poco enfermiza y propensa al llanto. Ahora tenía diecisiete años, era una mujer adulta y Guijarro, al igual que Manos y Hiena, había copulado con ella en más de una ocasión. Pero aún no se había quedado embarazada y su cuerpo, flaco y comparativamente delicado, no le había proporcionado placer.
La gente había desarrollado una peculiar organización económica. Los hombres y las mujeres recolectaban por separado y comían por separado.
Aquellos que recogían vegetación, alimentos del mar y presas pequeñas cerca de la cabaña, mujeres en su mayor parte pero no exclusivamente, se sentaban y la cocinaban sobre el fuego pequeño, ayudándose con herramientas fabricadas con los recursos locales. Los que se alejaban más para cazar —hombres casi siempre, pero no siempre— devoraban gran parte de la caza in situ. Solo traían algo a casa en caso de que les sobrara. El bocado del tuétano siempre se reservaba para los cazadores, después de que hubiesen partido los huesos en el intenso calor de sus propias fogatas.
La mayoría de las veces, la comida que recogían las mujeres conformaba la mayor parte de la dieta del grupo y, por decirlo así, subvencionaba las cacerías de los hombres. Pero la caza, como siempre, no era solo una forma de conseguir comida. Todavía incluía un elemento de exhibición de los machos. En esto, la gente no había avanzado mucho desde tiempos de Lejos.
Otras cosas sí que habían cambiado. Las herramientas de piedra que las mujeres utilizaban para preparar la comida eran enormes pero parecían toscas en comparación con las exquisitas hachas de mano que ya Hacha era capaz de fabricar hace inris de un millón de años. Pero a pesar de su belleza, un hacha de mano no era mucho más útil para la mayoría de las tareas que una sencilla lasca de piedra con un borde-cortante y alargado. En épocas más duras, los hombres y las mujeres habían tenido que aprender a fabricar sus herramientas con la máxima eficiencia para cubrir sus necesidades. Sometido a esta presión, el ancestral predominio de la forma
refinada del bifaz había empezado a debilitarse. Había sido como un deshielo mental. Aunque en algunos rincones del planeta los hacedores de hachas todavía cortejaban con sus presentes de piedra, cuando la mano muerta de la selección sexual se había levantado de allí se había producido un derroche de inventiva y diversidad.
Gradualmente, se había desarrollado una nueva forma de fabricar herramientas. Primero se preparaba un núcleo de roca de tal modo que, de un solo golpe se arrancaba una lasca de la forma deseada, que a continuación podía retocarse y terminarse. Las lascas obtenidas de este modo tenían los bordes más finos posibles: a veces de hasta una molécula de grosor en toda su superficie. Y, con la suficiente habilidad, uno podía crear gran variedad de herramientas de esta forma: hachas, sí, pero también puntas de lanza, cortadoras, punzones, raederas... Era un método mucho más eficiente de fabricar herramientas, aunque pareciera más tosco.
Pero este método nuevo implicaba más peldaños en la escala cognitiva que el anterior. Había que ser capaz de localizar el tipo de material apropiado —no servía cualquier roca— y había que ser capaz de ver en su interior, no solo hachas, sino toda la gama de herramientas que podían extraerse de ella.
Cuando terminó de comer, la gente, lenta y perezosamente, se separó para trabajar. Verde preparó un trozo de piel de antílope, mordiéndola y pasándola por los dientes. Era una experta trabajando la piel de los animales y sus dientes, rotos y desgastados, atestiguaban los muchos años que llevaba haciéndolo. Los niños pequeños estaban empezando a quedarse dormidos. Se reunieron formando un tosco círculo y se acariciaron unos a otros las enmarañadas cabelleras. Mano estaba cuidando de Hiena.
Inspeccionó la herida debajo de la cataplasma, la olisqueó y volvió a poner la cataplasma.
Polvo, exhausta como siempre en los últimos tiempos, se había tumbado ya junto al fuego. Pero estaba despierta y había un brillo en sus ojos.
Guijarro lo entendió. Echaba de menos a Nariz Chata. Su «marido».
La gente había pagado un alto precio por los cerebros cada vez más grandes de sus hijos. Al nacer, Guijarro, cuyo cerebro tenía todavía que
desarrollarse en gran parle, estaba casi indefenso. Antes de que pudiera vivir de forma independiente tendría que atravesar un largo período de crecimiento y aprendizaje. El apoyo de las abuelas ya no era suficiente.
Había tenido que aparecer una nueva forma de vivir.
Los padres tenían que permanecer juntos por el bien de los hijos: no era todavía la monogamia, pero se le parecía. Los padres habían aprendido que si querían que su herencia genética se transmitiera a las posteriores generaciones, era esencial que estuvieran allí. Pero la ovulación de las mujeres estaba ahora oculta y casi siempre eran sexualmente receptivas. Era una estratagema: si un hombre iba a implicarse en la cría de un niño, tenía que estar seguro de que realmente era suyo... y si no sabía cuándo era fértil su pareja, el único modo de asegurarse era estar siempre allí.
Pero no todo era compulsión. Las parejas preferían el sexo en privado, o en lo más parecido a la privacidad que podían ofrecer aquellas comunidades pequeñas y cerradas. El sexo se había convertido en la argamasa social que mantenía unidas a las parejas. La implacable selección del Pleistoceno estaba moldeando todo lo que caracterizaría a la humanidad. Hasta el amor era un producto derivado de la evolución. El amor, y el pesar por la pérdida.
Pero el proceso no era completo. La inconexa conversación que se escuchaba en el interior de aquella cabaña no era más que un cuchicheo carente casi del todo de sentido. La fabricación de las herramientas, la recolección de la comida y otras actividades estaban todavía aisladas de la consciencia, en unas mentes que, aunque espaciosas, seguían compartimentadas. Y todavía se rascaban y acariciaban como los simios.
No eran humanos.
Guijarro estaba irritable, inquieto, como encerrado. Sin miramientos, le robó un trozo de vientre de rinoceronte a Foca, que protestó escandalosamente:
—¡Mío, mío!
Luego fue a sentarse en la entrada de la cabaña, solo, de cara al mar.
No muy lejos se veía la tierra cubierta de maleza en la que la gente limpiaba de malas hierbas las plantas de guisante, las judías y los ñames.
Pero más allá, al norte y al oeste, una puesta de sol coronaba el cielo,
tiñendo de púrpura y rosa las llanuras del rostro de Guijarro. Era una magnífica puesta de sol de la Edad de Hielo. El avance de los glaciares por los continentes del norte había levantado vastas cantidades de polvo; la luz del Sol se refractaba al atravesar las grandes nubes de roca pulverizada.
Guijarro se sentía atrapado, como uno de los pececillos que Foca había atrapado en su pegajosa telaraña.
Apenas consciente de lo que hacía, tanteó el suelo en busca de un pedazo de roca. Cuando encontró uno lo bastante afilado, se lo llevó al brazo derecho —tuvo que buscar una zona que no tuviera ninguna cicatriz
—, apretó la piedra contra la carne y disfrutó de la deliciosa y punzante agonía.
Le habría gustado que su padre hubiera estado allí, para que pudieran hacerlo juntos. Pero al menos la piedra sí que estaba y el dolor, al avanzar por su epidermis, casi resultaba reconfortante. El cuchillo de piedra recorrió su brazo entero, dejando un rastro de cálida sangre. Se estremeció de dolor, pero disfrutó de su fría certeza, consciente de que podía parar cuando quisiera... y consciente también que no iba a hacerlo.
Aislado, deprimido, cautivo en una vida vacía, Guijarro se había vuelto hacia sí mismo, y un comportamiento que antaño había servido para que los jóvenes compararan su fuerza de una forma relativamente inocua se había convertido en un ritual solitario y autodestructivo. La raza de Guijarro no era humana. Y, sin embargo, conocía el amor, la pérdida... y la adicción.
En la oscuridad, tras él, su madre observaba, con los ojos nublados bajo el farallón de hueso.
Guijarro despertó en medio de la gris luz que precedía al alba, pero no fue la luz ni el frío lo que lo despertó.