Falsa prometida

Jessa James · Capítulo 1 de 14

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Falsa prometida

Capítulo 1

1

 

C hloe

MIRÉ a Blake Collins cuando entraba en la habitación. Tenía un estilo desafiante al caminar y una mirada decidida en sus ojos. El hombre era demasiado hermoso. Lo había visto en la TV y nunca en persona. Nunca cuando no estuviera listo para las cámaras, en la pista de hielo o fuera de allí. Pude notar que a él no le importaban las reuniones, especialmente cuando lo habían citado para una como si fuera un niño a quien lo llamaba el director del colegio.

Su aspecto de mujeriego rico le sentaba muy bien, y yo no era inmune, a pesar de que pretendía serlo. Todo en él me provocaba que quisiera tocarlo, desde la ligera onda en su cabello, la barba bien cortada que mantenía lo suficientemente larga para que me preguntara cómo se sentiría en mis muslos, hasta la ropa de diseñador y sus zapatos italianos. Jugador. Chico malo.

Un problema.

Su presencia iba a juego con su personalidad y fue tan predecible que tuve que sonreír.

—Blake, ella es Chloe Hansen —dijo Frank Stell, mirándome y luego a los demás en la habitación. Frank era mi jefe y manejaba toda la división de la Costa Oeste de SportsAds. Y él ya había aceptado mi plan… solo que todavía no le habíamos dicho los detalles al galán. Frank me miró como diciéndome «espero que sepas lo que estás haciendo» antes de girarse para mirar a Blake—. Ya conoces a los demás.

Los demás eran Tom Lassiter, el dueño de los Detroit Blizzards de cabello blanco, un joven con lentes que olía a abogado y Ralph Dodge, un agente deportivo y un tío muy decente —por lo que había escuchado— y probablemente razón por la cual no había podido controlar a su cliente.

Blake ignoró a los hombres y se dio la vuelta para mirarme. Su enorme sonrisa y su mirada verde profunda me cautivó al darle la mano. Fue un apretón fuerte, cálido y confiado. Permitió que sus ojos recorrieran mi cuerpo con una mirada ya practicada, el tipo de mirada que le da un hombre a una mujer en un bar, no en una sala de conferencias; exactamente lo que esperaba de él. Los verdaderos chicos malos eran fieles a sus instintos y yo confiaba más en mí mientras él actuaba tal como lo esperaba. Frank puso sus ojos en blanco detrás de Blake y yo sonreí, una sonrisa genuina y completa. Yo no necesitaba gustarle a Blake. Ni tampoco tenía que gustarme él. Solo tenía que escucharme, y mi certeza se consolidó por completo en mi pecho. Blake iba a tener que seguir mi plan. No tenía otra opción. Podría ser un chico malo, pero no era estúpido. Estaba lejos de serlo.

Tomó asiento luego de cruzar la habitación, se recostó y desvió su atención hacia los hombres de traje. Aproveché la oportunidad para recorrerlo de arriba abajo con los ojos. Era alto y musculoso, tenía la figura del atleta de elite que usualmente estaba escondido debajo de su ropa de hockey. Sus rasgos faciales cincelados le daban un aspecto irresistible. Yo tuve que detenerme para no preguntarme cómo sabría su piel, a pesar de lo loco que sonaba. Él me dedicó una sonrisa, como si pudiera sentir mis ojos que lo recorrían, mostrándome sus dientes blancos perfectos.

Esto era una reunión de negocios, no un bar. Sacudí mi cabeza y alejé la mirada, irritada conmigo misma por permitir que alguien como él me distrajera.

Esto era un trabajo. Él era el trabajo.

Aunque era agradable a la vista, mi interés en Blake era profesional. Yo ya sabía el propósito de la reunión. Ese lujo me permitió dirigir mi atención a sus reacciones cuando comenzaran a atacarlo. El jefe del equipo le dio un ultimátum. Yo pude notar, por la forma en que se quedó quieto, que él no estaba nada feliz con lo que se le estaba diciendo y lo vi cambiar de postura mientras asimilaba las palabras.

—¿Qué esperas que haga? —preguntó Blake, sentándose derecho; su sonrisa arrogante y su comportamiento casual desaparecieron—. ¿Que finja ser alguien distinto? ¿Esconderme en mi casa?

Me crucé de brazos y mi sonrisa regresó. Aunque no conociera su reputación como chico malo, el tono de su voz era prueba suficiente. Blake siempre se salía con la suya y esperaba que eso siguiera así. La estrella de hockey necesitaba cambiar y no le gustaba ni un poco la idea.

«Será mejor que te acostumbres, Blake».

Verlo de esta forma me divertía. Una vindicación satisfactoria me recorrió mientras veía el show que tenía delante. Yo vivía para ser testigo de este tipo de drama. Arreglar los desastres en las relaciones públicas de las celebridades era mi trabajo. El desafío que venía con Blake traía un tipo diferente de emoción al trabajo. Blake Collins, siempre controlado, siempre perfecto para las cámaras, pareció dudar cuando se mencionó la palabra prometida.

Yo sabía que haría mi trabajo para mantenerlo incómodo por un tiempo y parte de mí lo disfrutaba. Cuando trataba con tipos de estilo macho —los que pensaban que salirse con la suya significaba ser rudos— el desafío de ver si podía doblegarlos, aunque fuera un poco, era embriagador. No había nada que amara más en el mundo que un macho alfa. Caliente. Dominante. Confiado. La mayoría de famosos en el mundo de celebridades se doblegaban cuando la presión era muy grande. ¿Pero Blake?

Él estaba contra la pared, pero no se rendía. El fuego que ardía en sus ojos hizo que se me acelerara el corazón. Dios, apostaba que era increíble en la cama.

Su mirada se enfocó en mí y ese ardor hizo que me olvidara de respirar. Nos miramos por unos segundos y no pude evitar preguntarme qué tipo de amante era. Los tíos como él usualmente eran de un extremo o del otro. O tomaban lo que querían y no les importaba si la mujer disfrutaba o no el viaje… o se enorgullecían en romper a una mujer en pedazos, en devorarla hasta que estuviera repleta de placer y totalmente dominada.

Mis bragas se mojaron y mis pezones se endurecieron debajo de mi blusa. Gracias a Dios me había puesto mi sujetador grueso, levantador de busto, hoy. Yo no iba a mostrar nada, ninguna debilidad, y menos a un depredador como él.

Que les diesen vuelta la tortilla a hombres como Blake siempre los hacía enfadar. Podía sentir su frustración, lo cual le echaba más leña a mi fuego, me daba esa chispa e impulso que necesitaba para mantener mi decisión. Hacía que mi trabajo fuera más divertido.

Obviamente no podía cambiarlo. Lo sabía. Un leopardo no cambia sus manchas o lo que fuera. Blake podría seguirnos el juego, acatar órdenes y fingir por un tiempo si valía la pena lo suficiente. Él se comportaría bien mientras la presión fuera alta, pero no aceptaría este trato para siempre. Los chicos malos siempre regresaban a serlo. Cuando sus ataduras desaparecieran en un par de meses, ese día habría fuegos artificiales. Probablemente festejaría por un mes entero y se follaría a una nueva mujer cada noche. Estaba en su ADN.

Afortunadamente, lo que sucediera después de este trabajo no era mi problema. Yo solo necesitaba controlarlo por un tiempo. Me pagarían bien por el esfuerzo y ya ansiaba verlo retorcerse. Incluso podía decir que era por su propio bien.

Blake era un jugador estrella de hockey. Tenía treinta y dos años y, en mi opinión, estaba en su mejor momento. Era un caramelo. Grande, fuerte, seguro de sí mismo, quizás demasiado. Su fuerza física, su habilidad para el juego y su actitud de chico malo lo habían llevado a la cima. Con un metro ochenta y ocho y noventa y cinco kilos, Blake jugaba como ala izquierda agresiva para los Detroit Blizzards. Él se había ganado una reputación por calentar las cosas de una manera muy física. Se había convertido en el ejecutor del equipo. Su defensa agresiva derrotaba a sus oponentes y tuvo un rol significativo en colocar al equipo en la ronda final de las eliminatorias del mejor de siete contra Winnipeg, ronda que estaba por comenzar.

El estilo rudo de Blake también significaba que el banquillo de penalizados nunca estuviera vacío. No era que él fuera enviado ahí más que los demás, pero tenía un talento para provocar al otro equipo, sobrepasarse y pagar el precio.

Yo no me consideraba una fanática del hockey, pero conocía las estadísticas de este hombre como la palma de mi mano.

Me había preparado para este trabajo.

Y más importante, había visto vídeos de sus conferencias de prensa, había pasado horas y horas revisando material de él sin notar el paso de las horas.

Y ahora, en esta habitación, ante su presencia, comprendía su reputación de conquistador. Él irradiaba un calor sexual, aun a distancia y al tomar su mano yo sentí que un deseo despertaba en mi núcleo, tanto que me gustaría escucharlo inclinarse y decirme palabras sucias en mi oído. Promesas carnales. Y que luego las cumpliera al final de la noche.

Él me miró y noté el movimiento de su lengua, humedeciendo sus labios. Imaginé esa lengua entre mis piernas, tocando mi clítoris, y tuve que suprimir un jadeo. Me odiaba a mí misma por caer en su trampa sexual por un segundo. Me rehusé a moverme y hacerle saber cuán afectada estaba por solo un simple gesto.

«¡Idiota!». Tenía que controlar ese tipo de respuesta. Este semental podía ser caliente y deseable, pero también era un imbécil que metió en problemas a su equipo y a él mismo. Yo necesitaba limpiar su imagen en público, no en mi cama. Él era mi proyecto. Mi trabajo. Me dije a mí misma que era bueno saber que lo encontraba tan atractivo. Si era consciente, entonces podía controlarme. Levantar mis murallas y tener cargadas las baterías de mi vibrador.

«Él es un imbécil», me recordé a mí misma, como si fuera a convertirlo en menos guapo. Respiré hondo, intentando recuperar mi calma mental.

—Hemos dicho lo nuestro —dijo Tom Lassiter, colocando sus manos en la mesa y levantándose. El abogado se puso de pie y Tom me señaló con un movimiento de cabeza—. Como la representante de este pequeño proyecto, Chloe ha desarrollado la estrategia. Ella está a cargo y te dirá lo que necesitas hacer.

—Espera —dijo Blake, levantando su mano—. ¿Qué se supone que tengo que hacer?

Tom sonrió.

—Blake, tú vas a hacer lo que a ella se le dé la gana. Esto es su especialidad. Lo único que me importa es el resultado. —Blake entrecerró la mirada, todos los unicornios y arcoíris desaparecieron de ahí—. Espero que cooperes con ella.

El hombre se fue y no permitió que Blake dijera «o qué». Giró hacía mí y parpadeó.

—¿Tú?

—Yo. Mi nombre es Chloe —le recordé.

—¿Vas a resolver lo que me aflige? —Yo me reí.

—Voy a resolver lo que te está fallando, tu imagen —dije y él resopló.

—¿Y puedes hacerlo?

—En realidad, tú tienes que hacerlo. —Lo señalé—. Eres un desastre, Blake. Y si no arreglas tu imagen, vas a ser transferido a un equipo perdedor. Después, verás cómo todos tus patrocinios se secan como agua en el desierto. —Su mirada era tan intensa que apenas podía respirar.

—Púdrete, Chloe.

Yo esperaba las palabras crudas, el comportamiento de chico rudo que iba a evaluarme, hacerme dudar. Pero yo no era una niñita que pudiera ser intimidada. Tenía la ventaja aquí y ambos lo sabíamos.

—En tus sueños, Blake.

Ralph Dodge suspiró y colocó su mano en el hombro de Blake, tomando su turno para asegurar a este hombre adulto que, a pesar de estar en sus treinta, parecía necesitar un montón de mimos.

—¿Quieres que el equipo renueve tu contrato, cierto? ¿Quieres lograr ese contrato de patrocinio que te he comentado? Bueno, hijo, ambos están al alcance, pero estás al borde de perderlos. Nadie quiere poner tu cara en todas sus promociones para que luego te cagues en ellas cuando te atrapan por conducir alcoholizado o apareciendo desnudo en tabloides en alguna orgía en una piscina.

Blake parpadeó y volteó su cara mientras se enrojecía.

Yo tuve que sonreír. Ninguno de los ejemplos era hipotético. Blake era conocido como un animal de las fiestas —una especie de tío que trabaja duro y festeja duro—. Pero los buenos momentos le dieron problemas. Hace una semana fue atrapado en una redada antidrogas en una de esas fiestas, y fue la gota que desbordó el vaso. El equipo estaba haciendo llamadas. Solo era cuestión de tiempo para que se filtrara a la prensa.

—Mira, Ralph —comenzó Blake. Yo reconocía el tono—. Primero, no me llames hijo. Segundo, lo estoy haciendo genial en la pista de hielo. Estamos en las eliminatorias y tenemos una buena oportunidad de ganar. ¿Por qué le importa al equipo lo que hago en mi vida privada?

—Porque no es privada, Blake. —Levanté mi teléfono en el cual tenía una imagen en la que salía su foto de prontuario de la otra noche—. Es pública y está haciendo que tu equipo se vea mal.

—Yo no tuve nada que ver con lo que pasó en esa fiesta. Me gustan las mujeres. Lo admito. Pero no me drogo y mucho menos, vendo.

Roger se aclaró la garganta.

—Lo sabemos. Pero la agencia de Frank Stell está conectada con muchos jugadores corporativos y no le gusta el mensaje que da tu comportamiento. ¿No escuchaste a Frank decir sobre la tendencia de hacer que el hockey sea un deporte orientado a la familia? No eres solo tú y los Blizzards.

Observé la sonrisa de Blake aparecer en su cara arrogante, una sonrisa que lograba que las mujeres se bajaran sus bragas y los hombres cambiaran de opinión.

—¿Entonces quieren que no vaya a fiestas tan salvajes? Puedo hacerlo. —Él me miró—. No necesito a una chica de relaciones públicas para hacerlo.

—Ellos esperan que rehabilites tu imagen y te están dando treinta días para hacerlo.

Él frunció el ceño.

—¿Qué diablos significa eso, Ralph?

Ralph suspiró.

—Ellos quieren ver que has evolucionado y has encontrado un camino más adulto y maduro.

—Quieren que les demuestres que ser un bárbaro sobre el hielo no significa una vida llena de sexo, drogas y rock and roll —añadí yo mientras enlazaba mis dedos sobre la mesa—. Quieren que los jugadores sean más cívicos, que sean un buen ejemplo para los jugadores jóvenes. Quieren que mamá y papá paguen doscientos por un boleto para que el pequeño Johnny pueda verte jugar y recibir un autógrafo.

Él se rio.

—¿Cómo se supone que me reinvente en un mes? ¿Encuentro una religión?

—Eso serviría —contesté yo. Él pareció estar en shock por un segundo —. No necesitas ser tan extremo, pero sí necesitamos convencer al mundo de que piensas que hay algo más en la vida que las fiestas.

Me moví para sentarme a la mesa y posicionarme por encima de la superestrella.

—Si todavía no estás listo para unirte a una iglesia, entonces tengo otro plan.

Una media sonrisa confiada apareció en su cara y él sacudió su cabeza mientras se recostaba en su silla.

—¿Crees que tienes un plan?

—Uno que muestra que eres un chico malo que ha decidido que hay límites.

—Espero que sea mejor que el plan en el que estás trabajando ahora mismo. —Blake me miró intensamente a los ojos y yo pude sentir el calor en su mirada—. ¿Y quién eres tú exactamente?

—Una especialista en manejar celebridades machistas e imbéciles que arruinaron su imagen pública y necesitan arreglarla rápidamente.

—Claro. —Él se movió para levantarse—. Bueno, gracias por la idea, pero ya tengo un entrenador en el equipo. ¿Por qué debería permitir que escribas las jugadas de mi tiempo libre?

—¿Quieres jugar hockey para los Blizzards la próxima temporada, Blake? —preguntó Ralph—. Yo quiero que lo hagas. Pero tu contrato está por terminar y la administración va en serio con este asunto.

Él sacó el pecho y señaló a Ralph.

—Este es mi equipo y yo soy el que mantiene junta la franquicia. ¿Has perdido la cuenta de todas las veces que fui nombrado Mejor Jugador?

Ralph volvió a intentar el rol de padre.

—Lo bien que juegues simplemente es una parte de todo ahora. Este equipo es un negocio con patrocinadores e inversionistas. Los políticos y los inversionistas también tienen que ser complacidos. Tú comportándote como un delincuente juvenil, necesitando favores de la policía tan seguido… esas cosas solo hacen que sea más difícil para el equipo obtener lo que quiere. Se preguntan si estarás en la cárcel cuando te necesiten y los patrocinadores empiezan a alejarse. Es en ese momento cuando ven la renovación de tu contrato y piensan en otros jugadores que podrían trabajar mejor para ellos, aunque no sean tan buenos como tú, pueden acercarse mucho. Y tal vez sean mejores para el equipo fuera del hielo.

Blake se dejó caer en la silla y me miró como si esto fuera mi culpa.

—Entonces, ¿estoy jodido?

Yo suspiré.

—No si haces lo que te diga. Faltan tres meses para que tu contrato expire, así que tenemos tiempo para rehabilitarte. Podremos lograrlo, siempre y cuando tengamos un buen progreso los primeros treinta días.

—¿Y qué significa? —Se volteó para ver por la ventana de la oficina.

—Solo hay una cosa, algo creíble, que puede suceder para que un chico malo se enderece en el ojo público… algo que puede darte una razón para cambiar. —Lo hice esperar un segundo antes de soltarle la bomba—. El amor verdadero.

—¿Qué? —Miró a Ralph en shock, como si le acabara de decir que necesitaba convertirse en monje y unirse a un circo.

—Blake, vas a comprometerte.

La mirada en su cara cambió a horrorizada cuando se giró para verme.

—¿Por qué lo haría?

—Porque los cuentos de hadas se venden bien.

—¿Se venden?

—Queremos que el público compre tu historia. Mientras andaba de fiestas y vivía su vida privilegiada, Blake Collins conoció a una chica y finalmente se enamoró. La conociste y ahora estás tan perdido por ella que decidiste dejar la vida loca y sentar cabeza. Te has reformado. Te has redimido. Harás lo que sea para hacerla feliz.

Él colocó su mano en su pecho.

—¿Yo?

Sonreí y lo señalé.

—Tú, Blake.

—Felicitaciones, hijo —dijo Ralph, riéndose. Él estaba en shock.

—¿Comprometido? ¿Con quién?

—Nosotros lanzamos la noticia. Aparecerás con tu prometida, te dejarás ver por la ciudad. Puedes ir a fiestas, pero más tranquilas de lo normal, y ella se queda a tu lado y tú pretendes que amas tu nueva vida y que no harías nada para lastimarla.

—¿Entonces tengo que casarme para poder jugar hockey y vivir felices para siempre?

—Esta historia es solo para la prensa, Blake. —Me sorprendía que no lo entendiera—. Es un episodio de cuento de hadas de tres meses en la vida de Blake Collins. Anunciamos el compromiso y tú juegas a tener una prometida por tres meses. Una vez que los contratos estén firmados, tú puedes actuar una ruptura. Puedes dejarla, ella te puede dejar… no importa y no será mi problema.

—¿Y esto funcionará? ¿El amor conquista al chico malo? —Su tono era de pura incredulidad.

—Así es. Ella ama que él sea un bruto en el hielo y un osito de peluche en la habitación… solo por ella. —Me quedé mirándolo, rogando que entendiera el punto. Él asintió, aunque no porque estuviera de acuerdo.

—¿Y de quién se supone que estaré enamorado?

—Necesitamos a alguien para que actúe en público. Mi empresa contratará a una actriz que lo hará porque eso la convertirá en famosa.

—¿Una actriz?

—Para que esto sea creíble, la mujer tiene que ser sexy, más sexy o al menos igual que las mujeres con las que eres visto normalmente, pero ella seguirá mi guion. Yo trabajaré con ella y crearemos la historia de cómo se conocieron y todo eso.

—¿Pero no nos casaremos?

—No. Es un juego, Blake. Solo tienes que fingir que estás totalmente enamorado y has sentado cabeza hasta que terminen las eliminatorias, y eso será todo. Después puedes hacer lo que quieras. Casarte con ella, terminar… podemos hacer lo que quieras. El mensaje será recibido y continuará hasta después de que termine la temporada.

Ralph sonrió.

—¿Ves, Blake? Esta mujer es una experta. Solo aguanta por tres meses y para entonces tendremos un contrato de varios años con el equipo y los patrocinios de productos. Y un patrocinio lleva a otro, etcétera, etcétera.

—¿Y luego puedo seguir siendo el mismo?

Yo suspiré.

—No me importa lo que hagas después, Blake. No serás mi preocupación.

Blake se sentó y se cruzó de brazos. La mirada con la que me miró cambió. Cuando yo entré por primera vez a la sala de conferencias, él me estaba mirando, haciéndome saber que no iba a disimular que miraba mi trasero, piernas y senos. Algo había cambiado, pero no podía descifrar lo que había detrás de esos ojos. Yo tenía la ventaja, sabía que la tenía, pero este cambio me dejo desconcertada.

—Convencemos al mundo que el amor me cambió. La estrella salvaje de hockey conoce al amor de su vida y ahora juega bajo las reglas como cualquier idiota domado que tiene miedo de que la chica caliente lo deje si se porta mal. ¿Ese es tu maldito plan? —Me miró a los ojos sin titubear. Era un desafío. Yo asentí una vez.

—Es una forma vulgar de decirlo, pero sí. Ese es exactamente mi plan.

—¿Y la gente va a creer esta mierda?

—Es mi trabajo encargarme de que lo hagan y si haces lo que yo diga y sigues mis instrucciones, funcionará.

Él miró mis tobillos mientras me recorría con sus ojos una y otra vez y sonrió cuando llegó a mis ojos.

—¿Puedo decidir sobre la mujer?

—No por completo, pero sí. —Yo le devolví la mirada y mantuve mi cara impasible, sin querer desviar la mirada y perder su desafío—. Yo voy a crear la obra, tú serás el actor y vas a realizar el casting. Tu prometida falsa va a actuar el rol solo en público.

Blake rompió nuestro duelo de miradas y se levantó de la silla para caminar hasta la ventana. Mi oficina estaba en el piso veintiuno del edificio y tenía una vista impresionante. Eso me permitió poder ver su espalda ancha; encontré delicioso la forma en que sus hombros parecían más anchos cuando se movía.

—¿Entonces, Ralphie, me estás diciendo que si no hago esta locura estoy acabado?

—No totalmente, pero tampoco vas a mejorar —contestó Ralph—. Sin que algo suceda, aunque el equipo renueve tu contrato, no será por el dinero que recibes ahora y puedes olvidarte de los patrocinios. El mercado es para atletas que son buenos modelos a seguir.

—¿Entonces, ella vale lo que voy a pagarle? — Me miró y luego miró a Ralph.

—Diría que sí.

—¿Le compró un anillo de compromiso a la chica? —Se volteó y me miró.

—Por supuesto. Podríamos fingir la propuesta y lograr que los medios estén presentes —dije yo—. Le dirás que vas a dejar a las demás mujeres por ella. Será dramático.

—Una mierda dramática —dijo él. Yo asentí—. Yo llegué aquí siendo yo mismo. No voy a cambiar.

Él no necesitaba decírmelo.

—Solo estamos modificando tu imagen. Puedes seguir siendo un chico rudo, ellos quieren eso. Piensa en el juego, tú sabes cómo fingir en el hielo, pretender que tropezaste o que te hicieron falta. Es mierda, pero con un propósito.

—No me gusta. —Suspiró, pero la ira había desaparecido de su voz. Lo tenía, solo tenía que guiarlo.

—Comprende que ser un chico malo solo te lleva hasta cierto punto en los negocios. Estás en tu mejor momento. Quedarte ahí significa aprender cómo jugar el juego dentro y fuera del hielo. Necesitas nuevas habilidades y yo puedo enseñártelas.

Él ladeó su cabeza, mirándome.

—¿Quieres este trabajo, cierto? Será otro trabajo en tu historial. Y dinero en el banco.

—Claro. Es mi trabajo. Esto es lo que hago.

—Entonces lo haremos juntos.

—Por supuesto.

—Me refiero a que estaremos juntos.

Yo atrapé un brillo travieso en sus ojos.

—¿A qué te refieres?

—Seguiré tu plan, haré lo que digas, pero solo si te conviertes en la entrenadora y la jugadora.

—Sigo sin entender. Dímelo en español.

La sonrisa arrogante regresó.

—Quiero que tú seas mi prometida falsa.

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