Feminismo

Deborah Cameron · Capítulo 2 de 10

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Feminismo

1. Dominación

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Dominación

 

La novela de Naomi Alderman El poder (2016) imagina un mundo futuro donde las mujeres son el sexo dominante, y donde, por lo general, se sobreentiende que siempre lo han sido. La narración principal es presuntamente obra de un escritor varón que quiere cuestionar esta ortodoxia y cuenta la historia de un tiempo del pasado remoto, cuando las mujeres derrocaron la soberanía de los hombres. La revolución empezó cuando las chicas jóvenes descubrieron que podían generar electricidad con sus cuerpos y utilizarla para administrar dolorosas descargas eléctricas, a veces mortales. Primero usaron este poder sobre todo como autodefensa; pero luego comenzaron a explotarlo, así como el miedo que infundía en los hombres, en beneficio propio. Pronto las mujeres lo dirigieron todo, desde los gobiernos nacionales hasta el crimen organizado. Se volvieron sexualmente agresivas y a veces abusaron de los hombres para obtener placer. Crearon nuevos mitos para dar una apariencia natural a su dominación; a la larga, la propia idea de que los hombres habían tenido el poder antaño terminaría siendo desechada por absurda, el producto de especulaciones vagas e ilusiones vanas.

Alderman ha dicho que su libro sólo es una distopía si eres varón; lo que los hombres viven en su mundo imaginario no es peor de lo que las mujeres soportan en el mundo real. Pero El poder tampoco se ajusta al modelo habitual de utopía feminista. Las sociedades ideales de la ficción especulativa feminista —desde Herland (1915) de Charlotte Perkins Gilman hasta Woman on the Edge of Time (1976) de Marge Piercy— son generalmente lugares igualitarios donde las mujeres viven (con hombres o sin ellos) en paz y armonía con la naturaleza. El mundo de El poder se asemeja más a nuestro mundo, salvo que las mujeres y los hombres han intercambiado los papeles. El relato nos invita a preguntarnos si, en caso de que las mujeres tuvieran poder sobre los hombres, abusarían de él del mismo modo que los hombres han abusado de su poder sobre las mujeres. Sin embargo, mientras ponderamos esta hipotética pregunta, es inevitable preguntarse por qué, en la realidad, las mujeres no tienen poder sobre los hombres. Cuando un sexo domina al otro, es invariablemente el hombre quien domina a la mujer. Para nosotras esto es tan evidente como lo contrario en el lejano futuro ficcional de Alderman. ¿Ha existido alguna vez una sociedad en la que las mujeres dominaran a los hombres? Fuera de la ficción y la mitología, ¿podría existir una sociedad semejante?

Estas cuestiones se han debatido, entre feministas y otros grupos, durante más de un siglo. En este capítulo tomo en consideración algunos de los argumentos esgrimidos sobre los orígenes de la dominación masculina, cómo han mutado sus formas a lo largo del tiempo y qué la mantiene en la actualidad. Pero en primer lugar aclararé qué se entiende —y qué no— cuando decimos que una sociedad está «dominada por los hombres».

Las afirmaciones generalizadas en torno a la dominación masculina suscitan con frecuencia objeciones del tipo «no todos los hombres». A las feministas se les pide que justifiquen por qué culpan a los hombres en general de cosas que sólo algunos hombres hacen, o se las acusa de encubrir la existencia de mujeres que hacen cosas igual de horribles. Por eso es importante aclarar que cuando las feministas hablan de dominación masculina, o «patriarcado» (un término que significa literalmente «el gobierno del padre», pero que en el feminismo se usa más comúnmente como sinónimo de «dominación masculina»), no están denunciando actitudes, intenciones o conductas de hombres a título individual. Más bien están señalando las estructuras sociales. Una sociedad dominada por los hombres/patriarcal es una sociedad cuyas estructuras e instituciones — legales, políticas, religiosas y económicas— ponen a los hombres en una posición de poder sobre las mujeres. Habrá hombres que, a nivel individual, decidan renunciar a ciertos derechos y privilegios, pero esto no hace que la dominación colectiva estructural de los hombres desaparezca. (En un ejemplo similar, algunos capitalistas tratan bien a sus trabajadores, pero esto no altera el hecho de que el capitalismo es un sistema basado en la desigualdad y la explotación). Cuando el filósofo John Stuart Mill contrajo matrimonio con Harriet Taylor en 1851, redactó una declaración prometiendo que jamás haría uso de los derechos que la ley concedía a los maridos sobre sus esposas. Pero esta promesa carecía de fundamento jurídico: Mill tenía la libertad de retractarse en cualquier momento. Su matrimonio nunca pudo ser verdaderamente igualitario, porque la posición que Taylor ocupaba en él dependía por completo de cómo decidiese tratarla su esposo. La igualdad real tiene que ver con las estructuras, no con la moralidad personal de los individuos.

¿A qué se parece la dominación estructural masculina? La respuesta breve es que es variable: no es uniforme en todas las culturas, ni estática e inmutable en el tiempo. Sin embargo, una sociedad dominada por los hombres presentará seguramente algunas de las siguientes características, si no todas:

 

Los hombres monopolizan o dominan posiciones de poder político y liderazgo, y su opinión cuenta más que la de las mujeres en la adopción de decisiones políticas.

Los hombres tienen derechos ante la ley que las mujeres no tienen. Los hombres poseen o controlan más recursos económicos que las mujeres.

Los hombres tienen autoridad directa —sancionada por la ley, la religión y los usos o costumbres— sobre las mujeres en la familia o el hogar.

Las actividades, las profesiones, los productos culturales y las ideas o formas de conocimiento de los hombres gozan de más prestigio que los de las mujeres.

Los hombres hacen uso de la violencia y de la amenaza del uso de la violencia para controlar e intimidar a las mujeres.

 

Diferentes sociedades presentan estas características por diferentes cauces y en diferentes grados, y el perfil de una sociedad en particular puede variar significativamente con el tiempo. Gran Bretaña, en tiempos de John Stuart Mill, estaba claramente bajo el dominio masculino en todos los aspectos. Hoy las mujeres británicas tienen mejor (aunque todavía no igual) representación en la política, y su posición económica ha mejorado; tienen los mismos derechos legales que los hombres, y los hombres ya no poseen autoridad directa y legal sobre sus esposas e hijas (aunque la prevalencia de la violencia doméstica, y en algunas comunidades la violencia por motivos de «honor», revela que algunos hombres se siguen creyendo con el derecho a hacer valer sus prerrogativas tradicionales). Incluso en una sola sociedad en una época determinada la desigualdad sexual estructural afectará a diferentes grupos de mujeres de distintas maneras. Puede que la posición económica general de las mujeres en Gran Bretaña haya mejorado desde 1850, pero los beneficios no se han distribuido equitativamente: existen claras diferencias entre mujeres de distintas generaciones, clases y grupos étnicos, entre mujeres con más o menos formación y entre las mujeres que tienen hijos y las que no.

Las diferencias también existen entre los hombres, y esto plantea otra cuestión: ¿qué entendemos cuando decimos que una sociedad está «dominada por los hombres»? ¿Entendemos que todos los hombres tienen más poder, riqueza, libertad y estatus social que todas las mujeres? La respuesta a esta pregunta es que no. En sociedades estratificadas por castas, clases o divisiones raciales o étnicas, muchos hombres se verán excluidos del poder político y económico, y habrá mujeres que, por su posición en un estrato social elevado, gozarán de autoridad sobre los hombres que pertenecen a un estrato más bajo. La mujer de un esclavista podía dar órdenes a los esclavos varones; la señora del feudo gozaba de una posición más elevada que los agricultores varones que trabajaban las tierras de su esposo. Sin embargo, incluso la mujer de mayor rango en la sociedad o la plantación feudal debía someterse a la autoridad de su esposo. El mismo principio se cumplía en otros niveles de la jerarquía social. El trabajador agrícola, por ejemplo, estaba sometido a la voluntad de la mujer de su amo, pero en su casa cabía esperar que su esposa se sometiera a la suya.

La relevancia de este punto —esencialmente, que la misma desigualdad entre hombres y mujeres se reproduce en cada nivel de la estructura social— se pierde a veces en disquisiciones sobre las diferencias y las desigualdades entre las mujeres. Si una megaestrella de Hollywood se queja de que su coprotagonista varón ha cobrado el doble que ella por su última película, algunas feministas sugerirán inmediatamente que debería tomar conciencia de su privilegio, señalando que apenas una mínima fracción de sus ingentes ingresos podría transformar las vidas de millones de mujeres. Y, claro, es un apunte legítimo: yo, desde luego, no pienso defender que pelear por la paridad de género entre personas millonarias deba ser una prioridad política del feminismo. Pero esto no significa que la existencia de una brecha salarial entre los famosos de Hollywood (o los directores generales o los banqueros) carezca de interés para las feministas. Es otra prueba más de que la dominación masculina es estructural: impregna el sistema de arriba abajo. Podrían (de hecho, deberían) preocuparnos más sus efectos en las mujeres que están abajo, pero lo que debe derrumbarse al final es el edificio entero. Por este motivo, muchas feministas abogan por retener algún concepto general de dominación masculina, o patriarcado, aunque sin dejar de reconocer ni de prestar atención a las diferencias entre las mujeres.

Pero sigo sin contestar a la pregunta que formulé al principio de este capítulo: ¿es muy común la dominación masculina? ¿La encontramos en todas las sociedades pasadas y presentes o ha habido excepciones? ¿Han existido sociedades que no estuvieran dominadas por ninguno de los sexos o en que las mujeres dominaran a los hombres? Muchas feministas (aunque no todas) dirán que sí que existen sociedades igualitarias, en las que ningún sexo domina al otro, pero no así sociedades dominadas por las mujeres. Claro que ha habido sociedades cuyos soberanos fueron mujeres, sociedades en las que una mujer déspota o monarca absoluta (como Catalina II de Rusia) tuvo un enorme poder sobre los súbditos de ambos sexos. No obstante, un despotismo cuyo déspota es una mujer no es lo mismo que una sociedad estructuralmente dominada por las mujeres. De lo segundo, los documentos históricos no ofrecen ejemplos claros, lo cual suscita la pregunta: ¿cómo explicamos su ausencia?

Una de las explicaciones tradicionales se basa en cierto determinismo biológico: la dominación masculina es la consecuencia inevitable de las diferencias naturales entre los sexos. Los hombres dominan a las mujeres y no al revés (y por lógica siempre lo han hecho) porque los hombres son más grandes, más fuertes y más agresivos, y porque su papel en la procreación humana los limita menos. En su forma básica, este razonamiento suele presentarse como de simple sentido común, pero también se ofrece en versiones más elaboradas y científicas. Los teóricos evolucionistas suelen alegar que la dominación masculina (o los rasgos que la sustentan, como la agresividad y la competitividad) evolucionó en beneficio de ambos sexos, al transmitir sus genes a la progenie. Las mujeres, que deben invertir más tiempo y energía en la procreación, pueden maximizar su éxito reproductivo intercambiando sexo —y los productos del mismo: los hijos portadores de los genes de ambos progenitores— por los servicios de abastecimiento y protección de los varones. Su función natural no es dominar, sino criar.

La mayoría de las feministas no secundan este argumento, puesto que implica que la dominación masculina y la subordinación femenina son hechos ineluctables de la naturaleza, mientras que para el feminismo es necesaria la convicción de que nuestros regímenes sociales pueden cambiarse. El compromiso con esta propuesta ha llevado a muchas feministas (y otros detractores del determinismo biológico) a reflexionar sobre los orígenes históricos del patriarcado. Si puede mostrarse que el patriarcado tiene una historia —si podemos decir cuándo, dónde, cómo y por qué razones se originó—, entonces no tendremos que aceptarlo como una parte más de la condición humana: antes de él había algo, y en su lugar podría haber otra cosa.

Reconstruir los orígenes del patriarcado no es tarea fácil, porque la evidencia (especialmente sobre las vidas de nuestros ancestros preliterarios) es limitada y difícil de interpretar. No obstante, varios investigadores lo han intentado, basándose en pruebas aportadas por la arqueología, la antropología, la historia antigua y el estudio de la mitología. Los primeros relatos fueron producidos en el siglo XIX por hombres como el investigador suizo Johann Jakob Bachofen y el antropólogo estadounidense Lewis Henry Morgan (que pasó temporadas viviendo entre los indios iroqueses). Ambos sostenían que el patriarcado había desplazado una forma primitiva matriarcal de organización social; «matriarcal» en el sentido literal de «gobernado por madres». Se creía que las sociedades humanas primitivas practicaban la libre promiscuidad sexual, o el matrimonio grupal, lo que hacía imposible determinar la paternidad de los hijos. Estas sociedades fueron por lo tanto matrilineales (trazaban su descendencia a través de la línea femenina), y la unidad básica de la sociedad era el clan dirigido por mujeres, centrado en un grupo de hermanas y sus hijos. El patriarcado se produjo por un cambio hacia el linaje patrilineal. Este sistema separó a las hermanas, puesto que cada una se fue a vivir con el clan del esposo, al que también pertenecerían sus hijos.

Sobre qué propició este cambio, es posible que el primer relato verdaderamente influyente fuera el ofrecido por Friedrich Engels en su libro de 1884 El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. En este libro, Engels situó las primeras investigaciones en el marco del materialismo histórico, el enfoque marxista que sostiene que «el factor decisivo en la historia es […] la producción y reproducción de la vida inmediata». Engels explicó que esto incluía tanto «la producción de medios de existencia, de productos alimenticios, de ropa, de vivienda y de los instrumentos que para producir todo eso se necesitan» como «la producción del hombre mismo, la continuación de la especie». En cualquier tiempo y lugar, la organización global de la sociedad reflejaría la organización del trabajo y la estructuración de las familias.

En el relato de Engels, la emergencia de la familia patriarcal vino dada por un cambio en «la producción de los medios de existencia», principalmente el desarrollo del pastoreo (la cría y el pastoreo de animales domésticos). Esto incrementó la riqueza del clan, al tiempo que dio a sus hombres (que antes se habían ocupado de atender el ganado mayormente) un papel más importante. Los hombres explotaron su nueva posición para garantizar la transmisión de sus bienes a sus hijos. Para ello fue necesario sustituir el sistema tradicional basado en lo que Bachofen llamó el «derecho materno» por otro basado en el derecho paterno. Como es bien sabido, Engels describió la imposición de este sistema como la «derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo». Como resultado de esta derrota, escribía, «la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de procreación».

En su libro de 1986 La creación del patriarcado, la historiadora Gerda Lerner presentaba un relato ligeramente distinto. Gerda pensaba, como Engels, que el surgimiento del patriarcado guardaba relación con los nuevos avances en el modo de producción (agricultura), pero rebatía su tesis de que las mujeres estuvieran subyugadas por el deseo masculino de garantizar la transmisión de sus propiedades a sus descendientes. Más bien, ella afirmaba que los hombres habían convertido a las propias mujeres, junto con sus hijos, en propiedad. El motivo fue la creciente demanda de mano de obra humana que los nuevos modos de producción exigían. En aras de producir más hijos, las comunidades necesitaban más mujeres fértiles, requisito que con frecuencia se satisfacía apresando y esclavizando a mujeres de los grupos vecinos. «Las mujeres esclavizadas y los hijos —afirma Lerner— fueron la primera propiedad».

En los años ochenta, otras feministas intentaron probar que la dominación masculina no era sólo el producto inevitable de las diferencias sexuales biológicas. Para ello se centraron en sociedades contemporáneas que no se organizaban según principios patriarcales. Aunque a veces se las etiqueta como «matriarcales», estas sociedades no eran casos de dominación femenina; se basaban, más bien, en la igualdad de géneros, o eso se cree. La veracidad de esta descripción suscitó cierta controversia entre las antropólogas feministas. Algunas afirmaban que la dominación masculina es realmente universal, señalando que incluso en las sociedades supuestamente igualitarias son los hombres quienes dominan las funciones públicas o rituales de mayor rango (por ejemplo, entre los iroqueses matrilineales, las mujeres son madres del clan, pero sólo los hombres ejercen de jefes tribales). Otras sostienen que, si bien existía habitualmente una división de roles entre los hombres y las mujeres —no eran iguales en el sentido de «idénticos e intercambiables»—, sus roles y los productos de su trabajo se valoraban por igual, y ningún sexo explotaba o controlaba al otro.

Algunos de los casos más claros de igualitarismo de género que se conservan son las sociedades cazadoras-recolectoras que han mantenido su forma de vida tradicional. Los estudios sugieren que en estas sociedades los hombres y las mujeres contribuyen por igual a la supervivencia de la comunidad, participan por igual en la toma de decisiones y disfrutan de niveles similares de libertad personal y sexual. En algunos casos, sus actividades diarias difieren poco o nada (no es cierto que las mujeres nunca cacen/pesquen, ni que los hombres nunca recolecten). Las comunidades de cazadores-recolectores no son sólo igualitarias en el sentido negativo de que no han creado jerarquías: también fomentan activamente una ética de cooperación e intercambio, y rechazan con firmeza cualquier muestra de dominación individual (los individuos que infringen esta norma afrontan distintas sanciones comunitarias). En contraste con la conocida teoría de que la dominación masculina es producto de la selección natural, algunos investigadores han sugerido que su ausencia podría haber sido realmente ventajosa para la supervivencia de nuestros primeros ancestros humanos.

Sin embargo, aunque la existencia de sociedades que practican la igualdad de géneros muestra que la dominación masculina no es un hecho natural universal, los ejemplos descritos en la literatura antropológica no son un modelo muy útil para las feministas que viven en sociedades modernas complejas. Es verdad que han inspirado utopías feministas ficcionales (Mattapoisett, por ejemplo, la sociedad igualitaria en la novela de Marge Piercy Woman on the Edge of Time, es una versión tecnológicamente mejorada de la cultura matrilineal de los indios wampanoag) y ciertos experimentos reales con modos de vida alternativos. Pero no todas podemos volver al forraje o la horticultura, y pocas lo deseamos. El objetivo de la mayoría de las feministas es reducir, y finalmente eliminar, la dominación masculina tal como existe en las condiciones del siglo XXI. Para este fin puede que no sea tan importante explorar los orígenes del patriarcado como analizar sus formas actuales, formas que han cambiado claramente no sólo desde los albores de la civilización, sino también desde los años ochenta del siglo XIX, cuando Engels escribía, e incluso desde los debates feministas de las décadas de 1970 y 1980.

En su libro Theorising Patriarchy, Sylvia Walby sugiere que en sociedades como la británica se produjo durante el pasado siglo un viraje gradual de las formas «privadas» del patriarcado a las más «públicas». Por patriarcado «privado» ella entiende un sistema que somete a las mujeres a la dominación directa de los hombres a título individual —maridos, padres, hermanos— en la esfera privada del hogar y la familia. Esto es lo que Engels entendía por dominación masculina hacia 1880: la ley otorgaba a los hombres poder sobre sus esposas, y para la mayoría de las mujeres no existía alternativa a casarse, puesto que eran excluidas de (o no estaban cualificadas para) las clases de trabajo retribuido que les habrían permitido ganarse la vida. En la actualidad esta forma privada de dominación masculina ha pasado a un segundo plano (aunque no puede decirse que haya desaparecido por completo). La mayoría de las mujeres en Gran Bretaña trabajan ya fuera de casa; pueden decidir si casarse o no, o dejar de estarlo, y la ley ya no las obliga a obedecer a sus maridos. Pero esto no significa que no sigan estando subordinadas en modo alguno. En todo caso, significa que experimentan su estatus subordinado menos en sus relaciones personales con hombres a título privado y más en sus funciones públicas como ciudadanas y empleadas.

En la esfera del trabajo, por ejemplo (analizada con detalle en el capítulo 3), las mujeres se concentran en profesiones de bajo salario y baja categoría, sufren discriminación sexual y están en desventaja debido a la expectativa de que también ellas se harán cargo del trabajo asistencial no retribuido en casa. En décadas recientes, los programas de «austeridad» que han reducido la prestación de servicios públicos han tenido repercusiones especialmente negativas para las mujeres, tanto porque los servicios en cuestión emplean principalmente a mujeres como porque la retirada de servicios públicos aumenta la cantidad de trabajo asistencial no retribuido que ellas tienen que hacer.

La sexualidad es otro terreno, sugiere Walby, en el que se ha observado un cambio en la forma típica de dominación masculina. Con frecuencia los últimos cincuenta años se entienden como una época de liberación sexual: si comparamos la situación actual en Gran Bretaña con la que prevaleció en los años sesenta, vemos que las minorías sexuales han conseguido mayor aceptación social y el estigma asociado a las relaciones sexuales heterosexuales fuera del matrimonio es menor. El acceso a los anticonceptivos seguros ha disminuido el riesgo de embarazos no deseados, y ya no se presupone que a las mujeres «normales» les interese poco el sexo. Pero, si bien estos avances han sido positivos para ambos sexos, las feministas han criticado la idea de que las mujeres gozan ahora de la misma libertad sexual que los hombres. También aquí, a todas luces, ha habido un viraje del patriarcado privado —un sistema en virtud del cual las mujeres se definen como una propiedad sexual exclusiva de sus maridos— a una forma más pública que da por hecho que las mujeres están o deberían estar sexualmente a disposición de cualquier hombre. Lo que solía estar prohibido a mujeres y niñas es lo que se espera ahora de ellas, y con demasiada frecuencia les es impuesto. Esta forma de dominación masculina, ora manifestada en el fenómeno del acoso sexual en los colegios, ora en la «cultura de la violación» en los campus universitarios, el acoso sexual en el trabajo o los alardes presidenciales sobre «coger [a las mujeres] del coño», es fundamental para mantener el poder patriarcal moderno, y como tal ha devenido una preocupación cada vez más visible para el activismo político feminista.

Como hemos visto antes, prácticamente todos los relatos de los orígenes del patriarcado sugieren que un factor importante en su aparición fue el deseo de los hombres de explotar y controlar las capacidades reproductivas de la mujer. Algunas feministas han afirmado que las mujeres fueron incapaces de oponerse a la dominación masculina precisamente porque, por citar a Shulamith Firestone, habían estado «a continua merced de su biología». Mientras Firestone escribía (en 1970), los avances en la ciencia y la tecnología habían cambiado esta situación. Firestone llegó a insinuar que, en un futuro, la reproducción artificial podría utilizarse para liberar completamente a la mujer de su carga biológica. Las feministas nunca aceptaron en su totalidad esta propuesta, pero la mayoría estuvieron de acuerdo con la reivindicación de Firestone a favor de «la plena restauración a la mujer de la propiedad sobre su cuerpo». La liberación de la mujer no podría conseguirse a menos que las propias mujeres, y no los hombres y las instituciones dominadas por ellos (el Estado, la Iglesia, la profesión médica), decidieran si querían tener hijos y en qué momento.

En Estados Unidos, en 1970, una de las batallas políticas fundamentales en esta área fue la del derecho al aborto legal (Roe contra Wade, el caso del Tribunal Supremo que finalmente estableció este derecho, no se celebraría hasta tres años después). En Gran Bretaña, donde el aborto había sido despenalizado en 1967, pero sólo si dos médicos certificaban su necesidad, las feministas hicieron campaña para poder abortar si así lo solicitaban. Las activistas que participaron en estas campañas esperaban alcanzar sus objetivos con el tiempo. Pero, casi cincuenta años más tarde, los progresos se han estancado prácticamente en todas partes. Se han multiplicado las nuevas restricciones al aborto; en algunos lugares (como en Polonia) ha habido intentos de prohibirlo por completo, y en algunos estados de Estados Unidos se han propuesto leyes que en la práctica otorgan a los padres el derecho al veto.

Este renovado entusiasmo por una de las prácticas más antiguas del patriarcado —obligar a las mujeres a tener hijos— señala un problema aún mayor que el feminismo ha de afrontar en el siglo XXI: el auge de nuevos y militantes movimientos patriarcales, que incluyen tanto formas modernas de fundamentalismo religioso como grupos laicos de derechos de los hombres (que suelen tener vínculos con organizaciones racistas y nacionalistas: la supremacía blanca, la supremacía masculina y el odio a musulmanes y judíos

son las causas principales de la llamada «derecha alternativa»[1]). Las ideologías de estos movimientos antes marginales han logrado ahora no sólo influencia, sino también poder político. Un ejemplo ilustrativo, sin duda, es el actual gobierno estadounidense, cuyo vicepresidente (como escribí en 2017) es un fundamentalista cristiano. Pero esto no es sólo un «problema del primer mundo». Algunos grupos fundamentalistas religiosos en África y Oriente Próximo, como Boko Haram e ISIS, han adoptado, en el curso de varias insurgencias, la antigua práctica patriarcal de apresar, violar y esclavizar a mujeres y niñas. La autonomía corporal de la mujer, tanto sexual como reproductiva, está amenazada de las dos maneras, la antigua y la nueva, y combatir esta amenaza es, por tanto, una de las prioridades de la actual agenda feminista.

La dominación masculina no es sólo algo impuesto a las mujeres contra su voluntad: las mujeres también han aceptado muchas veces su propia subordinación, o han sido cómplices de ella. Las mujeres, al igual que los hombres, apoyan a líderes y votan a gobiernos que no ocultan su determinación de recortar sus derechos. Las mujeres, tanto como los hombres, son activas en movimientos sociales y religiosos que defienden «valores familiares» tradicionales (es decir, patriarcales). Por qué las mujeres actúan con tanta frecuencia contra lo que aparentemente son sus intereses es una pregunta que las feministas se han hecho muchas veces, y con frecuencia las respuestas dadas han sido de dos tipos.

Una de las respuestas se centra en la naturaleza de la relación de las mujeres con los hombres. Los amos tratarán de ganarse el afecto de sus sirvientes, esclavos, súbditos imperiales, arrendatarios o trabajadores (y puede que a veces lo logren), pero no existe otra forma de desigualdad estructural que apele a miembros del grupo subordinado para formar un vínculo permanente del tipo más íntimo con un miembro del grupo dominante. Aun cuando las mujeres no dependen de los hombres para la protección y la subsistencia, su amor por sus maridos, hermanos e hijos fomenta que se identifiquen con sus intereses («lo que es bueno para mi familia es bueno para mí»). Por añadidura, la familia patriarcal en su forma moderna y nuclear tiende a separar a las mujeres unas de otras, dificultando que desarrollen la clase de solidaridad colectiva que es necesaria para combatir eficazmente la opresión.

La otra respuesta se centra en cómo se socializa a mujeres y niñas para que acepten su subordinación como natural, inevitable y justa. Un agente importante de esta socialización es la familia, pero hay otros como la religión (casi todas las religiones más importantes del mundo han enseñado tradicionalmente que la subordinación de la mujer al hombre es un designio divino) y la educación, o la carencia de ella. Como apunta Gerda Lerner, durante la mayor parte de la historia de la humanidad a casi todas las mujeres se las excluyó de una enseñanza avanzada y, por lo tanto, su papel en la producción de conocimiento fue escaso. Esto también ha cambiado en tiempos recientes; pero serán necesarias más de unas cuantas décadas para deshacer las consecuencias de miles de años de dominación masculina sobre la manera que ambos sexos tienen de entender el mundo. La forma preeminente de conocimiento contemporáneo, la ciencia, sigue siendo de dominio masculino: hoy podría afirmarse que los relatos científicos de las diferencias entre hombres y mujeres contribuyen tanto al mantenimiento del patriarcado como los relatos religiosos tradicionales. Por otra parte, la ciencia —como la religión antes que ella— puede ofrecer a la mujer una base desde la cual cuestionar la dominación masculina y el conocimiento androcéntrico.

A menudo se afirma que los ordenamientos sociales que son característicos de las sociedades patriarcales oprimen a ambos sexos. El hombre podrá ser el sexo dominante, pero las normas de la masculinidad le someten a exigencias y expectativas (como, por ejemplo, que deberá contener sus emociones y no mostrar nunca debilidad, trabajar largas jornadas para mantener a su familia y librar guerras en nombre de su país) que muchos de ellos viven como una carga y no como un privilegio. Pero, si bien la mayoría de las feministas reconocerían que, a título individual, los hombres pagan un precio por la posición dominante que ocupan como clase, también señalarían que los hombres se benefician de estos ordenamientos sociales como nunca lo harían las mujeres. Por esta razón, muchas feministas rechazan lo que Susan Sontag llamó una vez «el cliché de que, cuando las mujeres se liberen, los hombres se liberarán también». Como dice Sontag, la idea de que el patriarcado oprime a todos por igual «se desliza sobre la cruda realidad de la dominación masculina, como si estuviéramos ante un ordenamiento que nadie hubiera ordenado realmente, que no le viene bien a nadie, que no obra en beneficio de nadie». La dominación masculina persiste por la misma razón por la que cualquier otro sistema de desigualdad estructural persiste: porque sí que obra en beneficio de alguien. Lo que las feministas anhelan es que entender su funcionamiento nos ayude a emprender las acciones necesarias para cambiarlo.