Feminismo
7. Fisuras y futuros
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Fisuras y futuros
Los intentos de resumir el estado actual del feminismo afloran con bastante frecuencia: la revista Prospect publicó uno en 2017 con el titular «Todo lo que siempre quisiste saber sobre la cuarta ola del feminismo y nunca te atreviste a preguntar». «Una nueva amplitud —decía— ha hecho que sea difícil definir un feminismo coherente para el siglo XXI». Si «coherente» significa «de ideas y objetivos políticos unificados», entonces está claro que el feminismo actual es menos coherente que el que le precedió; a posteriori, el pasado siempre parece más coherente de lo que fue para las personas que lo vivieron como presente. Pero huelga decir que ahora se está imponiendo cierta coherencia desde fuera, mientras las feministas afrontan los retos de la situación política actual.
Desde la crisis económica de 2008 la situación de la mujer en muchos lugares ha empeorado económica, por la repercusión de los programas de austeridad de los gobiernos, y políticamente, por el repunte del nacionalismo y el autoritarismo de derechas. En países tan dispares como India, Polonia, Rusia, Turquía y Estados Unidos (ésta no es una lista completa), líderes autoritarios y legisladores conservadores intentan revertir los logros del pasado reciente (en Polonia intentaron prohibir por completo el aborto, en Rusia han descriminalizado muchas formas de violencia doméstica). En algunos lugares las feministas sufren el acoso de los agentes del Estado: Human Rights Watch informó en 2017 de que la policía había interrogado a un grupo de mujeres rusas que asistían a un encuentro feminista y les habían llamado la atención por sus «actividades extremistas». En otros lugares son grupos de extrema derecha los que acosan. En Estados Unidos analistas de la derecha alternativa han hallado una fuerte conexión entre la participación en organizaciones neonazis o supremacistas y el activismo de los derechos de los hombres. En estas condiciones, la agenda política no deja lugar a dudas: «Contraataca». La coherencia no siempre es buena señal.
Una resistencia efectiva requiere una coalición de base amplia que represente a diversos electorados y voces. Para las feministas esto pone de relieve, una vez más, la necesidad de reconocer y abordar las relaciones de poder y desigualdad entre las mujeres. En principio, esto es algo sobre lo que las feministas están de acuerdo. El artículo de Prospect no es el primero que sugiere que el compromiso con el principio de la interseccionalidad es uno de los rasgos definitorios de la «cuarta ola». Pero una cosa es hablar de interseccionalidad y otra aplicarse el cuento. Las Marchas de las Mujeres que se organizaron para protestar contra la investidura de Donald Trump fueron, en cierto grado, una exhibición impresionante de unidad feminista, pero también un espacio de conflictos sobre la exclusión o la marginación de algunos grupos de mujeres por parte de otros. Las mujeres negras señalaron que las organizadoras iniciales eran blancas sin excepción y que habían tomado, sin reconocerlo, los nombres escogidos para el acto de las primeras protestas de los derechos civiles y las mujeres negras. Una activista explicó a las organizadoras en una carta abierta por qué no podía apoyar la marcha: «Cooptar la labor política con “TODAS LAS MUJERES” y “TODAS LAS VOCES” es un mero intento de suprimir las necesidades específicas de las personas afrodescendientes». También hubo cierta polémica en torno a si las consignas
pussy hats [3] y pussy power (referencias a la infame grabación en la que se oye a Trump jactarse de «agarrar a las mujeres del coño») fueron excluyentes e irrespetuosas con las mujeres transgénero.
El hecho de que esto se convirtiera en un tema de debate señala otra característica de la «cuarta ola»: su interés por nuevas cuestiones en torno a la identidad de género y la diversidad. Durante la mayor parte de su historia, el feminismo se ha entendido (y a menudo explicado) como un «movimiento de mujeres», un movimiento que persigue derechos, igualdad o liberación para las mujeres como clase. Quejarse, como hizo Laurie Penny en 2015, de que «el hecho de que el feminismo centre su atención en las mujeres puede ser alienante» habría sido como quejarse de que una panadería venda pan (o, de otro modo, te habría señalado como esa clase de antifeminista que va repitiendo la eterna cantinela del «¿Y los hombres qué?»). Hoy, sin embargo, existe un grupo importante dentro del feminismo que se cuestiona las bases de la definición tradicional.
Laurie Penny pertenece a una nueva ola de activistas genderqueer que conciben el feminismo no solamente como un movimiento para terminar con la opresión de las mujeres y la dominación de los hombres, sino también como un movimiento para liberar a todo el mundo del rígido binarismo de género que produce estas dos categorías en primer lugar. Como muchas otras personas que se definen como algo distinto de «hombre» o «mujer» — transgénero, no binarias, sin género, de género fluido, (gender)queer—, Penny recuerda sentir desde temprana edad que las categorías binarias normalizadas eran insuficientes para comprender quién era ella (aunque ha seguido definiéndose como mujer y no pondría objeciones a mi uso del pronombre ella). Desde esta perspectiva, el género no se entiende como lo entendían las feministas de la segunda ola, como un conjunto de roles restrictivos y desiguales que las sociedades imponen a sus miembros, varones y mujeres, sino como una forma de identidad que los individuos deberían definir libremente por sí solos. Mientras que las feministas de la segunda ola imaginaron con frecuencia, tanto en sus escritos políticos como en la ficción utópica, un mundo futuro sin distinciones de género (mundo en el que, como dijo Shulamith Firestone en 1970, las «diferencias genitales dejarán de importar culturalmente»), el punto de vista de Penny es diferente:
No quiero ver un mundo sin género. Quiero ver un mundo donde el género no sea opresivo o
impuesto, donde haya tantas formas de expresar y entender tu identidad como personas hay en la
Tierra. Quiero un mundo donde el género no sea doloroso, sino gozoso.
Podría decirse que, a fin de cuentas, esto no es tan distinto de eso que las feministas que siguieron los pasos de Firestone y son críticas con el género quieren entender. Si de veras existieran tantas identidades de género como personas en el planeta, entonces el género, tal como lo conocemos, habría dejado ciertamente de existir: la palabra ya no significaría «un rol social impuesto basado en el sexo de cada persona», sino algo más parecido a «un conjunto de comportamientos que expresan la personalidad de un individuo». Si el feminismo genderqueer y las herederas del feminismo radical de Firestone son sólo diferentes vías que conducen al mismo destino, ¿por qué existe un conflicto entre ellas?
Una respuesta es que, si bien casi todas las feministas piensan que el género es un constructo social, en cambio discrepan sobre la finalidad de este constructo y sobre a quién beneficia para que haya sido concebido así. Como expliqué en el capítulo 4, se podría decir que las cualidades y las conductas que una cultura codifica como «femeninas» o «masculinas» no son sólo arbitrariamente diferentes: están pensadas para justificar la dominación de los hombres mientras mantienen a las mujeres en un lugar subordinado. Las feministas que entienden así el género ven con escepticismo la idea de que las «expresiones» de género autoconscientes o irónicas (un concepto extraído de la obra de la teórica feminista/queer Judith Butler) son políticamente subversivas. Como apunta Laurie Penny (aunque ella no lo piensa), para algunas feministas las expresiones queer o trans, especialmente si materializan una versión estereotipada de la feminidad o la masculinidad, no están subvirtiendo el sistema que subordina las mujeres a los hombres, sino reforzándolo.
Otra respuesta es que la política identitaria de género contemporánea plantea cuestiones fundamentales sobre qué es lo que define la categoría «mujeres», y éste es otro punto sobre el que discrepan las feministas. Aunque muchas, si no la mayoría, suscriben la idea de que «no se nace mujer, se llega a serlo», podemos seguir haciendo la pregunta: ¿cómo se llega a ser mujer? ¿Puede cualquiera llegar a ser mujer o es necesaria cierta clase de historia personal (que te traten, desde que naces, de la manera en que tu cultura trata a las chicas, en oposición a cómo trata a los chicos)? ¿Existen aspectos del «llegar a ser mujer» intrínsecamente relacionados con tener cierta clase de cuerpo? Incluso si reconocemos que los cuerpos existen en un contexto social que determina sobremanera la experiencia de la encarnación, ¿existen realidades materiales corporales que siempre serán relevantes para el proyecto feminista de terminar con la opresión de la mujer?
Laurie Penny cree que el proyecto feminista (tradicional) y el feminismo genderqueer no son incompatibles: dice que «el sexo también es una categoría política, y políticamente sigo en el equipo de las chicas». No obstante, otras feministas (de ambos lados) están menos seguras de que las dos perspectivas puedan reconciliarse. Este debate se ha vuelto muy visible y polarizado, pero también evoluciona rápidamente: cómo se desarrollará incluso a corto plazo es difícil de predecir. El conflicto que ha generado casi siempre se presenta ante todo como un conflicto generacional (se dice que las críticas a la nueva política identitaria de género proceden de feministas de más edad, cuyas ideas se formaron durante la segunda ola y cuya perspectiva se volverá inevitablemente cada vez menos importante a medida que el feminismo termine en manos de mujeres jóvenes que piensan de otra forma). Pero posiblemente estemos ante otro caso de algo que mencioné en la introducción: la tendencia del modelo de la «ola feminista» a alisar las diferencias políticas que existen en cada grupo generacional. Las visiones distintas y opuestas sobre la naturaleza y el significado del género vienen acompañadas de ideas divergentes sobre qué es el feminismo y cuál es su fin, y estas diferencias formarán parte del futuro del feminismo, lo mismo que son parte de su presente y de su historia.
La importancia de la identidad de género como una cuestión del feminismo contemporáneo refleja una preocupación cultural mayor por la identidad en todas sus formas, y recientemente ha suscitado ciertas reflexiones críticas sobre el estado del feminismo actual. Sylvia Walby observa que, en el siglo XXI, el feminismo se está conceptualizando cada vez más como una especie de identidad personal y no como un proyecto político: preguntamos «¿es feminista tal persona?» y no «¿practica el feminismo tal persona?». Este énfasis en la autodefinición, dice Walby, puede ser contrario a los objetivos de la interseccionalidad y la inclusión, puesto que no reconoce como «feministas» proyectos en los que, aunque de hecho están haciendo feminismo —oponiéndose a la opresión de la mujer y trabajando por su progreso—, participan individuos y organizaciones (como los sindicatos) que no se definen principalmente como feministas. Precisamente porque estos proyectos se centran en las intersecciones del género con la raza y la clase, su invisibilidad o no reconocimiento como proyectos feministas termina marginando a las feministas obreras, negras y de minorías étnicas.
Algunos analistas han vinculado el auge del feminismo como identidad con esa forma que el capitalismo de consumo tiene de apropiarse de imágenes e ideas de los movimientos de base y de convertirlas en productos vendibles. En su libro We Were Feminists Once, Andi Zeisler dice que el feminismo se está promoviendo ahora como «una identidad que cualquiera puede y debería consumir», y que el resultado es diluirlo y despolitizarlo. Se está animando a personas que pueden no tener ningún compromiso con ningún proyecto político concreto a reivindicar una identidad feminista simplemente a través de la compra de productos que simbolizan feminismo. Hace poco apareció un ejemplo en mis comentarios de Facebook: era el anuncio de un producto llamado FeministBoxTM. Por un precio superior a cincuenta libras, el estuche incluía una camiseta, un bolso, una chapa, unas pegatinas, un libro y dos fanzines, además de un cupón de descuento para otros productos de la compañía. En 2017 las consumidoras puestas en temas de moda con suficiente dinero en el bolsillo podían considerar también la posibilidad de comprar por 710 dólares (con un porcentaje de la recaudación destinado a una organización benéfica fundada por Rihanna) la edición limitada de la camiseta de Dior con las palabras impresas «Todas deberíamos ser feministas».
Otra crítica vertida contra esta versión comercializada del feminismo es que reduce las cuestiones políticas a asuntos de elección personal, produciendo la clase de discurso vacuo parodiado en el diario satírico The Onion, que una vez señaló el Día Internacional de la Mujer con una historia encabezada así: «Las mujeres se empoderan ahora con cualquier cosa que haga una mujer». Los debates sobre si el feminismo es, antes que nada, una política de elección individual afloran con relación a cuestiones políticas de suma importancia (como si hay que reformar, y cómo, la legislación sobre el aborto, o la prostitución), pero con frecuencia se desatan por asuntos menos trascendentales. Por ejemplo, cuando la escritora Zadie Smith dijo en un periódico en 2017 que le inquietaba que las chicas dedicaran mucho tiempo a rutinas de belleza y maquillaje, añadiendo que ella limitaba a quince minutos al día el tiempo que su hija pasaba delante del espejo, algunas feministas la acusaron de atacar a las mujeres que decidían llevar maquillaje; también se insinuó que ella no era quién para dar lecciones porque era tan guapa que no necesitaba mejoras estéticas.
Como indicaron las defensoras de Smith, lo que ella estaba criticando realmente era la presión social ejercida sobre mujeres y niñas para que prestaran tanta atención a su aspecto físico. Como apunté en el capítulo 4, las decisiones de las mujeres sobre cosas como llevar maquillaje están condicionadas por su comprensión de que cumplir o no con las normas de belleza imperantes tiene consecuencias materiales; también les influirán las sensaciones y los deseos producidos por las maneras que las chicas tienen de socializarse. Una implicación de «lo personal es político» es que no podemos pensar que nuestras decisiones individuales son totalmente «libres», puesto que siempre vienen determinadas por el contexto en el que se toman. Y, como sugieren los debates actuales sobre identidad y elección, ocurre lo mismo con el feminismo.
Puede que el feminismo esté teniendo uno de sus momentos periódicos de ser «tendencia», pero el mensaje de escritoras como Andi Zeisler es que ser feminista, en el sentido que requiere algo más que limitarse a comprar la camiseta, no es fácil o poco exigente. ¿Qué mueve a las feministas a serlo? Cuando hice la pregunta a un grupo de mujeres feministas, las respuestas se centraron no en las dificultades y los sacrificios que entraña el activismo político, sino en lo mucho que había enriquecido sus vidas. El feminismo, decían, les había dado una nueva comprensión del mundo que les había ayudado a entender sus experiencias personales; les había permitido conectar de manera positiva con otras mujeres, y les había convencido más, y no menos, de que el cambio radical era posible. Muchas hablaron del alivio que les produjo descubrir a una comunidad de mujeres con las mismas insatisfacciones que habían creído que sólo ellas sentían. «Me salvó de la locura», dijo una; otra dijo: «Me cambió la vida». Sus relaciones con estas otras mujeres feministas (como explicó una, «mujeres duras que no tienen miedo de pensar por sí mismas») eran importantes para todas ellas. Y, si bien todas habían tenido que lidiar con conflictos y reveses políticos, veían el futuro con esperanza. «El feminismo ofrece optimismo. Da la oportunidad de crear cambio».
A pesar de los retos que el feminismo afronta hoy, pienso que este optimismo es justificado. Los principios básicos del feminismo han conseguido aceptación mundial: su influencia se siente, de algún modo, en casi todas las sociedades contemporáneas, incluidas las que siguen negando libertades y derechos básicos a las mujeres. Aunque seguirá encontrando resistencia en algunos sectores, y suscitando discusiones sobre lo que se desprende de ella en la práctica, «la idea radical de que las mujeres son personas» no va a desaparecer.