Feminismo

Deborah Cameron · Capítulo 4 de 10

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Feminismo

3. Trabajo

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Trabajo

 

¿Qué esperaríais encontrar en un capítulo sobre las perspectivas del feminismo sobre el trabajo? Supongo que entre las respuestas frecuentes veríamos la diferencia salarial de género, la escasa presencia de mujeres en determinadas industrias, el «techo de cristal» y el problema de lo que suele llamarse «la conciliación de la vida laboral y familiar». Todos estos temas figuran en un lugar destacado de la cobertura mediática sobre las «cuestiones de la mujer»: la atención que reciben refuerza y refleja la opinión generalizada de que la incorporación de la mujer al mundo laboral — especialmente en profesiones muy valoradas— es una de las metas principales, cuando no la meta principal, del feminismo. Este supuesto ha llevado a los conservadores a quejarse de que el feminismo devalúa el rol tradicional de la mujer en el hogar, mientras que los radicales se quejan de que se centra excesivamente en los «problemas del primer mundo» de una minoría selecta de mujeres profesionales. Podría decirse, no obstante, que ambas críticas atacan un «feminismo de paja». Las ideas feministas sobre el trabajo son más variadas y más complicadas de lo que el tópico reconoce.

Los debates populares sobre la mujer y el trabajo suelen equiparar el «trabajo» específicamente con el trabajo remunerado; el trabajo realizado a cambio de dinero, en forma de salarios, honorarios o un sueldo. Nuestra forma de expresarnos a diario también lo refleja. Por ejemplo, la gente pregunta a las madres primerizas si tienen pensado «volver al trabajo», como si cuidar de una criatura no fuera «trabajo». Uno de los rasgos distintivos de la perspectiva feminista es el reconocimiento de que el cuidado familiar también es trabajo: la diferencia es que no te pagan por hacerlo. Y esto es una cuestión feminista, porque la mayoría del trabajo de cuidados no retribuido lo realizan mujeres. Este hecho, que parece de sentido común, se invoca con frecuencia para explicar cosas como la diferencia salarial de género («las mujeres ganan menos que los hombres porque tienen responsabilidades familiares»). No obstante, para las feministas, que las «responsabilidades familiares» de las mujeres se den por hecho deja mucho que desear: necesitamos explicar por qué sólo se exige este equilibrismo a las mujeres, y por qué se entiende como un problema que las mujeres deben resolver individualmente y no como un asunto que incumbe al conjunto de la sociedad.

Otro problema de la consabida lista de las cuestiones sobre «mujeres y trabajo» es que muchas se desechan fácilmente porque se entienden como problemas que sólo afectan a una pequeña minoría privilegiada. La mayoría de las mujeres del mundo no pueden permitirse el lujo de estar pensando en opciones profesionales y techos de cristal: trabajan para pagar el alquiler y llevar comida a la mesa. Pero la cuestión no se limita a la diferencia de situación entre las mujeres con profesiones de elite y las mujeres menos privilegiadas; además, sus potentes carreras pueden depender verdaderamente del trabajo de esas otras mujeres que hacen de limpiadoras, amas de casa, niñeras y canguros. Las que realizan estos trabajos son principalmente mujeres de clase trabajadora, mujeres de color y —cada vez más— mujeres migrantes de regiones más pobres. Su situación (trabajar, y a veces también vivir, en casa de sus empleadores) puede hacerlas vulnerables a la explotación y al abuso. Organizaciones benéficas han documentado numerosos casos de condiciones laborales que rozan la esclavitud: no se permite a las trabajadoras salir de casa, las obligan a trabajar sin salario, las privan de sus pasaportes y las someten a violencia física y sexual.

El feminismo debe tener en cuenta la situación de todas las mujeres, no de unas pocas; debe ser capaz de hacer frente a las diferencias y las desigualdades entre mujeres y a la explotación de unas por otras. Sin embargo, como apunté en la introducción, una de las creencias esenciales del feminismo es que las mujeres sufren opresión por ser mujeres. Así, un análisis feminista deberá preguntarse igualmente cómo se ven afectadas las relaciones entre mujeres (incluidas las desiguales o explotadoras) por el hecho de ser mujeres y no hombres.

Por ejemplo, podríamos preguntarnos por qué la explotación del trabajo doméstico de las mujeres pobres se presenta, tan a menudo, como responsabilidad exclusiva de las mujeres pudientes. Desde una perspectiva feminista, en esta transacción participa un tercero, aunque permanezca en discreto segundo plano: el hombre de la casa. Esta particular forma de explotación viene determinada por la expectativa de que la mujer es responsable del cuidado de la casa y de los hijos; si no quiere suministrar estos servicios ella misma, es responsabilidad suya buscar una sustituta. Su marido se beneficia de este acuerdo tanto como ella (sin él, tendría que compartir el trabajo o aceptar un servicio de menos calidad). Pero no es al marido al que se ve como al explotador, porque no es él quien ha decidido pagar a otra persona para que haga «su» trabajo.

Y podríais decir: pues, claro, de eso se trata, la mujer de una familia rica no va a trabajar por necesidad, sino por gusto. Está haciendo una elección, y es una elección que la mayoría de las mujeres no tienen. Muchas mujeres envidiarían su libertad de no tener que trabajar fuera de casa. Pero esto pasa por alto otra cuestión. Un ama de casa a tiempo completo —con independencia de su clase social— depende económicamente de su marido, y esta dependencia es una forma de desigualdad que no sólo la perjudica a ella en su relación (si no tiene ingresos difícilmente podrá escapar si él abusa de ella, por ejemplo), sino que también contribuye a la desventaja económica que las mujeres sufren colectivamente. La idea de que las mujeres pueden depender del «sostén de la familia» se ha utilizado continuamente para justificar una menor retribución a todas las mujeres, y esto exacerba la pobreza de muchos hogares que en realidad dependen de los ingresos de la mujer. Por todas estas razones, las feministas, desde el siglo XIX, han visto en el acceso al trabajo remunerado una importante demanda política. Y no es sólo importante para las mujeres occidentales más privilegiadas.

En 1990, el economista Amartya Sen escribió un artículo titulado «More than 100 million women are missing» («Faltan más de 100 millones de mujeres»). Basó esta afirmación en un análisis de estadísticas poblacionales que reveló que, en ciertas partes del mundo, como el norte de África y gran parte de Asia, los hombres son significativamente más numerosos que las mujeres. En China, en los años ochenta, la proporción era de 94 mujeres por cada 100 hombres. En el estado indio de Punjab era de 86 mujeres por 100 hombres. Estos datos son asombrosos porque revierten el patrón esperado. Nacen más niños que niñas (la proporción normal es de 105 por 100), pero como la mortalidad infantil es mayor en los niños y, en el otro extremo del espectro de edad, la esperanza de vida es mayor para las mujeres, la norma — de no intervenir otros factores— es que la población total contenga un porcentaje ligeramente mayor de mujeres. Cuando otras cosas no son iguales, se dan excepciones: cuando las niñas y las mujeres no son valoradas o tratadas con equidad, el resultado son unos índices desproporcionadamente altos de mortalidad femenina. Las niñas y las mujeres mueren porque no tienen suficiente que llevarse a la boca, o porque no reciben los cuidados sanitarios que necesitan. En algunos casos, las niñas lactantes son descuidadas deliberadamente o incluso asesinadas. Y hoy por hoy sabemos que muchas niñas nunca llegan a nacer porque las familias utilizan el aborto selectivo para no tener hijas.

Sen no cree que esto sea una mera cuestión de mujeres en situación de desventaja respecto de los varones allí donde escasean los recursos económicos. Él apunta que los hombres no superan en número a las mujeres en la mayoría del África subsahariana, una región que abarca algunos de los países más pobres del mundo; en India también el desequilibrio es mayor en Punjab —un estado relativamente rico— que en Kerala, mucho más pobre. La verdadera cuestión, afirma, es cómo se distribuyen los recursos en el hogar. Y esto, cree, puede tener un vínculo con la cuestión del trabajo de las mujeres: a saber, si las mujeres participan o no en el trabajo productivo que contribuye de manera tangible a la economía familiar. Su análisis sugiere que las mujeres son mejor valoradas, y mejor tratadas, cuando ejercen una actividad remunerada y ganan dinero fuera de casa.

Pero las mujeres que no «ejercen una actividad remunerada» también están trabajando, reconoce Sen. Normalmente dedican muchas horas al día a actividades de cocina, limpieza, colada y remiendos, cuidado de hijos, ancianos y enfermos. En algunas sociedades, analiza, es posible que también se dediquen a tareas caseras que requieren mucho tiempo, como recoger agua y leña. Pero este trabajo no es, señala, «ni remunerado ni valorado». Su contribución real no se reconoce porque sus productos son en gran medida intangibles (numerosos teóricos clasifican las labores domésticas como trabajo «reproductivo» y no como trabajo productivo: es trabajo que permite a otros miembros del hogar dedicarse al trabajo productivo, pues los libera de tareas, como preparar la comida, que, de otro modo, tendrían que hacer ellos mismos). Y no es una cuestión que sólo atañe a las mujeres del norte de África o Punjab. En todas las sociedades debe realizarse el trabajo reproductivo, y en todas las sociedades tiene consecuencias para las mujeres.

En 2014 la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) informó de que «en todo el mundo las mujeres dedican entre dos y diez veces más tiempo al trabajo de cuidados no retribuido que los hombres». Como implica esta formulación, existen diferencias entre regiones y países (así como entre clases sociales; por lo general, cuanto más pobre es la familia, mayor es la brecha). En India, donde la disparidad entre hombres y mujeres es particularmente grande, el tiempo medio que las mujeres dedican al trabajo de cuidados no retribuido es de seis horas al día; el de los hombres es de treinta y seis minutos. Pero incluso cuando la disparidad es mucho menor, las mujeres siguen haciendo en torno al doble de trabajo no retribuido que los hombres (en Norteamérica, por ejemplo, el promedio del hombre apenas supera las dos horas al día y el promedio de la mujer es algo inferior a cuatro). Esta desigual división del trabajo doméstico afecta a la posición de la mujer en el mercado laboral remunerado. Cuando las labores domésticas consumen más tiempo, las mujeres no pueden realizar trabajos remunerados; cuando les consumen un poco menos de tiempo, se verán limitadas a empleos a tiempo parcial, esporádicos y escasamente remunerados. Las responsabilidades domésticas también pueden imposibilitar que las mujeres y las niñas gocen de las oportunidades de educación y formación que mejorarían sus perspectivas laborales y su capacidad de obtener ingresos.

La OCDE ve aquí un grave problema para los países en desarrollo, porque esto significa que no pueden aprovechar plenamente la fuerza de trabajo femenina en su empeño por fomentar el crecimiento económico. El informe recomienda varias medidas que los gobiernos podrían adoptar para resolver este problema: invertir en infraestructura para reducir el tiempo de las tareas domésticas (si la electricidad llegase a más hogares en Ghana, habría menos mujeres perdiendo tiempo en recoger leña); ampliar servicios públicos como guarderías y centros de día para personas mayores (el informe menciona un proyecto de creación de guarderías móviles en Kenia para los hijos de las mujeres que trabajan en zonas de construcción); introducir políticas de apoyo a la familia (como horarios flexibles y permisos parentales), y procurar desmontar «normas sociales y estereotipos de género profundamente arraigados» en un esfuerzo por «desfeminizar los cuidados» y fomentar que los hombres hagan más de lo que hacen.

Es llamativo que sólo la última de estas recomendaciones se ocupe directamente de la desigualdad entre los sexos. Las otras están pensadas para reducir el peso sobre las mujeres sin transferir ninguna parte a los hombres. Las propias estadísticas de la OCDE sugieren la dificultad de redistribuir el trabajo no remunerado. En los países ricos, en especial los Estados del bienestar de Europa Occidental, las familias ya tienen acceso a tecnología destinada al ahorro de tiempo, servicios de guardería y horarios de trabajo flexibles, pero siguen siendo las mujeres quienes asumen más el trabajo asistencial no retribuido. ¿Por qué es tan persistente esta división del trabajo? ¿Cómo podemos explicarla? ¿Y qué podemos o debemos hacer al respecto?

Como el resto de preguntas analizadas en este libro, también éstas han suscitado debate y desacuerdo entre las feministas. El resto del capítulo explorará algunos de los análisis, teorías y propuestas concurrentes que han sido formulados. Pero primero reflexionaré sobre cómo hemos llegado adonde estamos hoy.

La mayoría de las sociedades humanas han tenido algún tipo de división sexual del trabajo, un régimen que asignaba unas tareas a las mujeres y otras a los hombres. En las sociedades tradicionales pequeñas, esto ha sido descrito con frecuencia como un régimen igualitario: los dos sexos son económicamente interdependientes en la medida en que cada cual necesita los productos del trabajo del otro. No parece que haya muchas formas de trabajo universalmente reservadas sólo al hombre o sólo a la mujer: la misma tarea — como cultivar trigo, por ejemplo— puede ser cosa del hombre en un grupo y cosa de la mujer en otro.

En sociedades preindustriales más grandes y complejas, como las de la Europa medieval o de principios de la Edad Moderna, los historiadores han señalado elementos de jerarquía y también de reciprocidad en la organización del trabajo del hombre y de la mujer. Antes de la Revolución Industrial, buena parte de la producción se basaba en el hogar, y buena parte de ella se destinaba a su uso más que a su venta. Este modo de producción exigía la mano de obra de ambos sexos; por ejemplo, mientras que los hombres se dedicaban más a la ganadería, las mujeres descuartizaban y preservaban la carne, batían la mantequilla y hacían velas con la grasa. Las mujeres casadas con artesanos o mercaderes solían aprender el comercio de sus esposos y los ayudaban en su trabajo; a veces hacían las veces de agentes de sus esposos, o se hacían cargo del negocio cuando éstos morían. No puede decirse que éste fuera un régimen igualitario entre sexos, porque el matrimonio no era una relación de iguales. En Inglaterra (y más tarde en las colonias) las mujeres casadas estaban sujetas a la coverture, una disposición legal que estipulaba que la mujer casada no tenía una existencia independiente de su marido: su propiedad, sus ingresos y sus servicios le pertenecían a él. Las mujeres casadas que trabajaban junto a sus maridos no estaban en pie de igualdad con su pareja. Pero el hecho de que su contribución fuera necesaria les procuraba cierta influencia: la dependencia era mutua y no unidireccional.

La Revolución Industrial cambió estas circunstancias. Gran parte de la producción se desplazó gradualmente del hogar a las fábricas y los molinos, donde hombres, mujeres y niños trabajaban a cambio de un salario. En consecuencia, el trabajo doméstico dejó de ser una actividad productiva para ser principalmente reproductiva. En lugar de hacer las cosas que se usaban en su hogar (alimentos, cerveza, ropa, velas), el trabajo del ama de casa consistía en realizar los servicios domésticos (cocinar, limpiar, hacer la colada) que permitían a otros miembros de la casa seguir yendo a trabajar fuera. Los sueldos que ganaban se usarían en adelante para comprar lo que antes se había producido «internamente». La prestación de servicios domésticos no se convirtió en una nueva responsabilidad femenina: ya lo era (las labores requeridas eran labores que las mujeres habían hecho en el pasado); lo que cambió fueron las condiciones de la prestación de estos servicios. En la nueva economía industrial, el «trabajo» y el «hogar» pasaron a ser dominios diferenciados. La mujer con un trabajo asalariado se vio forzada a realizar tareas domésticas como cocinar y limpiar cuando no estaba «en el trabajo»; en realidad, la forzaban a trabajar un «segundo turno».

Muchas mujeres sí que integraron la mano de obra industrial, pero sus salarios siempre eran más bajos que los de los hombres, y esto produjo un conflicto. Los hombres argumentaron que no debían competir con mujeres que eran más baratas de emplear, ni tampoco conformarse con salarios más bajos. Empezó a cuajar la idea de que los hombres debían cobrar lo suficiente para mantener a una familia, mientras que las mujeres debían dar prioridad a sus responsabilidades domésticas y trabajar, idealmente, fuera de casa sólo para complementar los salarios del sostén de la familia. Este régimen del «cabeza de familia varón con mujer dependiente» es lo que la gente identifica comúnmente con la familia «tradicional» o con el papel «tradicional» de la mujer, pero en términos históricos no tiene nada de «tradicional». Del mismo modo que nunca fue una norma universal en la práctica. Sin embargo, se ha afirmado que pasó a verse como el modelo ideal no sólo porque convenía a los hombres, sino también porque servía a los intereses del capitalismo. Las mujeres cuya ocupación principal se entendía que era la de estar en el hogar formaban un «ejército industrial de reserva» barato y conveniente, el término marxista para un grupo de personas desempleadas o subempleadas que pueden ser requeridas como fuerza de trabajo cuando son necesarias (cuando la economía es floreciente, por ejemplo, o en tiempos de guerra, para reemplazar a los hombres enrolados en el ejército) y después expulsadas de nuevo cuando la recesión, o la paz, las vuelve superfluas. En el caso de las mujeres, esto podía justificarse diciendo que ya tenían un trabajo en casa, y que sus empleos remunerados eran necesarios para los hombres con familias que mantener.

Pero he estado usando el tiempo pasado por una razón. La forma actual de capitalismo neoliberal y globalizado ofrece otras opciones para reducir costes y maximizar beneficios, como, por ejemplo, reclutar a trabajadores extranjeros que estén dispuestos a aceptar sueldos menores, o hacer contratos de «cero horas» a los trabajadores, contratos que exigen su disposición total para trabajar pero no garantizan que vayan a hacerlo. Las empresas también pueden trasladar algunas de sus operaciones a otras regiones del mundo donde los costes son menores, o invertir en tecnología que disminuye su dependencia de la mano de obra. Los trabajadores que se han visto más afectados por estas prácticas no son mujeres, sino hombres de clase trabajadora del primer mundo: los empleos de producción industrial que antes desempeñaban se han trasladado al extranjero o han sido automatizados, en tanto que los empleos de reciente creación son los menos seguros y peor retribuidos del sector servicios, donde predominan las mujeres. Durante la recesión que siguió a la crisis financiera de 2008, el Globe and Mail de Toronto informó de que el desempleo de los hombres en Canadá aventajaba al de las mujeres por el margen más grande jamás registrado.

El viejo modelo de un hombre que trabaja para mantener a su mujer y a sus hijos con un «salario familiar» se aleja cada vez más de la realidad de la mayoría de la gente, pero sigue siendo poderoso en la imaginación cultural. Lo que ha alimentado el reciente repunte del populismo de derechas en Estados Unidos y numerosas regiones de Europa no ha sido únicamente el racismo y la xenofobia, sino también la nostalgia de la edad dorada del cabeza de familia varón. Gran parte del atractivo de Donald Trump entre los votantes estadounidenses (en especial los hombres blancos con poca formación) residió en su promesa de rescatar los empleos bien retribuidos y seguros que antaño conferían autoridad a los hombres en sus casas y estatus en sus comunidades. El mismo deseo de regresar al pasado se expresa en una carta escrita a un periódico de Utah en 2017 en la que se pide a los legisladores estatales que rechacen un proyecto de ley que obligaba a la igualdad salarial entre hombres y mujeres basándose en el tradicional motivo de que los hombres «necesitan ganar lo suficiente para mantener a sus familias y permitir que la Madre se quede en casa para criar y alimentar a los hijos». Este razonamiento presupone no sólo que es deseable que las mujeres sean dependientes de un cabeza de familia, sino también que todas las mujeres tienen esta opción. En realidad, muchas mujeres no la tienen: bien porque no están con nadie (son solteras, divorciadas o viudas), bien porque los hombres con los que viven están en paro, se ven obligadas a ser ellas el «principal sostén de la familia». También fue así en la llamada «edad de oro»; y, de hecho, durante cientos de años antes. Siempre ha habido hogares que dependían de los ingresos de la mujer. Pagar menos a la mujer que al hombre condena a muchos de estos hogares a la pobreza. Ésta es una de las razones (la otra es el principio básico de equidad) por las que las feministas han apoyado siempre leyes como la que suscita el rechazo del ciudadano de Utah.

Pero la diferencia salarial de género no es sólo una consecuencia de que los empleadores paguen a las mujeres menos que a los hombres por hacer el mismo trabajo (visto que la diferencia persiste en lugares como Gran Bretaña, donde las leyes de igualdad salarial llevan en vigor más de cuarenta años). En muchas áreas del mercado laboral existe la segregación por sexos: mujeres y hombres desempeñan distintos trabajos, y los que hacen las mujeres se infravaloran precisamente porque los hacen mujeres. Algunos de estos trabajos se ven como extensiones del trabajo no retribuido que las mujeres hacen en casa, y como tales se asume que el esfuerzo y la competencia requeridos para su desempeño son menores que otros trabajos comparables realizados por hombres. Éste fue un tema central en un conflicto industrial que contribuyó a allanar el camino para la legislación sobre la igualdad salarial en Gran Bretaña, en el que participaron las costureras industriales que hacían las fundas para asientos de coches en la planta de Ford en Dagenham. Estas mujeres lucharon durante años para que las reconocieran como trabajadoras cualificadas y no como no cualificadas, petición que desestimaron reiteradamente los gerentes, que probablemente ni siquiera sabían enhebrar una máquina de coser. Asimismo, cuando trabajé en la lavandería de un hospital a mediados de los años 1970, los hombres, cuyo trabajo era cargar y descargar las lavadoras, ganaban casi un 50 por ciento más que las mujeres, que planchaban batas quirúrgicas y uniformes de enfermera. (Si no crees que el planchado requiere más habilidades que cargar una lavadora es que no has planchado mucho en tu vida).

Otro aspecto que contribuye a la diferencia salarial es que muchas mujeres restan tiempo del trabajo remunerado o trabajan a tiempo parcial mientras sus hijos son pequeños. En consecuencia, ganan menos que sus homólogos constantemente empleados a tiempo completo, tardan más en escalar cualquier escalera profesional que pueda existir y terminan recibiendo pensiones más pequeñas. Esta forma de equilibrar las demandas contrapuestas del «trabajo y la familia» (o, dicho de otro modo, del trabajo retribuido y el no retribuido) a menudo se describe como una «elección» que las mujeres toman a título individual. Pero el lenguaje de la «elección» encubre que las opciones de las mujeres están limitadas por factores estructurales sobre los que ellas no tienen control. Incluso antes de tener hijos, muchas mujeres ganarán menos que sus parejas, lo cual, desde un punto de vista económico, convierte en razonable que la madre sea el progenitor principal o a jornada completa. Luego están los factores culturales que la OCDE glosa como «normas sociales y estereotipos de género profundamente arraigados». Existe una fuerte expectativa social de que la principal cuidadora de los hijos será su madre: muchos hombres o no quieren asumir este rol o temen dar una mala imagen a sus empleadores si lo hacen. Por último, pero no menos importante, está la forma de organización de casi todo el trabajo remunerado, que presupone que los trabajadores a jornada completa pueden delegar el trabajo de cuidados no remunerado a otra persona. Un ejemplo sencillo de esto es que la jornada laboral estándar de ocho horas es más larga que la jornada escolar estándar o que el horario estándar de la consulta de un médico.

Para las feministas no basta con decir que las mujeres deberían tener opciones a título individual. Necesitamos preguntar por qué las cosas están dispuestas de tal forma que obligan a las mujeres a tomar determinadas decisiones, y si podríamos o deberíamos organizarnos de otra manera. Muchos debates feministas sobre el trabajo han girado en torno a estas cuestiones, pero distintas feministas las han abordado de diferentes maneras.

Las feministas socialistas y marxistas han sentido un interés particular por comprender el lugar que ocupa el trabajo de la mujer en la estructura económica y social general. ¿Quién se beneficia del régimen actual? Su respuesta es que el trabajo de la mujer —tanto retribuido como no retribuido — no sólo beneficia a sus familias, sino también al capitalismo y al Estado. Los capitalistas obtienen así un ejército de reserva de mano de obra barata y los servicios de trabajadores a los que se ha alimentado, y por lo demás cuidado, sin coste alguno para su empleador. El Estado ahorra en servicios públicos porque las mujeres proporcionan cuidados a cambio de nada o a cambio de unas prestaciones sociales mínimas.

Este análisis marxista enfatiza el valor económico de los servicios domésticos que prestan las mujeres, y una de las propuestas que se han desprendido de él es que el Estado debería compensar a las mujeres pagándoles «salarios por las labores domésticas». En teoría, esto podría resolver dos de los problemas antes mencionados: la falta de seguridad y autonomía que produce la dependencia económica del ama de casa respecto de su marido y la carga de trabajar un segundo turno no retribuido. Pero hay problemas que no resolvería: no cuestiona la división sexual del trabajo (si las mujeres cobran por hacer las labores domésticas, los hombres tienen menos incentivos aún para compartirlas) y no resuelve el razonamiento de que hacer el trabajo doméstico en tu propia casa causa tanto aislamiento y es tan poco gratificante que nadie debería dedicarse a ello exclusivamente.

Otras feministas se han opuesto a la demanda de salarios para el trabajo doméstico alegando que liberar a las mujeres de las ingratas tareas domésticas sería una meta más progresista. Angela Davis sugirió que una solución sería pasar del modo preindustrial en el que quedó atrapado el trabajo doméstico (cada mujer haciendo las mismas tareas repetitivas en y para su casa) a uno más industrial que permita a «equipos de trabajadores formados y bien pagados ir de casa en casa con maquinaria de limpieza tecnológicamente avanzada para cumplir con rapidez y eficacia lo que el ama de casa actual hace tan ardua y primitivamente». Para la feminista radical Shulamith Firestone, la solución no era industrializar sino colectivizar el trabajo doméstico y el cuidado de los hijos, creando alternativas a la familia nuclear (una institución que ella entendía como un elemento central de la opresión de mujeres y niños). Firestone reconoció que experimentos previos en esta línea, como las primeras comunas soviéticas, no siempre fueron populares entre las mujeres; pero rechazó que la familia fuera la única institución que podía satisfacer las necesidades de la gente en lo relativo a intimidad y cuidados. En su opinión, el problema del experimento soviético fue que no sopesó adecuadamente estas necesidades: en realidad se limitó a «reclutar mujeres en un mundo de hombres».

Podríamos hacer la misma crítica a las sociedades capitalistas contemporáneas: son favorables a integrar a las mujeres en la fuerza de trabajo (es decir, incorporarlas al mundo masculino del trabajo productivo, ayudando a generar crecimiento económico), pero los esfuerzos por incorporar a los hombres al mundo femenino de la prestación de cuidados son tibios en el mejor de los casos: en muchas ocasiones no van más allá de piadosas exhortaciones como la petición de la OCDE de combatir «normas sociales y estereotipos de género profundamente arraigados». El problema básico se ha insinuado en otra cosa que dice la OCDE: que la prestación de cuidados debe «desfeminizarse» en aras de estimular la participación de los hombres. Mientras que las mujeres pueden aspirar a subir de estatus si realizan un trabajo de hombres, los hombres perciben el trabajo de cuidados «feminizado» como algo que disminuirá su estatus.

Lo que disminuirá son sus ingresos, que no les quepa duda. Katrine Marçal señala que, en Suecia, la asistente que conforta a una anciana moribunda cobra un salario por hora de 69 coronas (unas ocho libras esterlinas, o nueve euros), bastante menos, pongamos, de lo que ganaría un agente inmobiliario o un guarda de seguridad. La OCDE habla de «desfeminizar» la prestación de cuidados, pero si queremos realmente la igualdad entre los sexos también necesitamos «desmasculinizar» los valores y presupuestos del lugar de trabajo, de manera que pagarle más a una persona que vende o custodia propiedades que a una persona que cuida de ancianos, enfermos y moribundos deje de parecer «natural». En términos generales, tenemos que dejar de basar cada aspecto de la organización del trabajo en el supuesto de que el prototipo de trabajador es varón. Incluso las políticas de apoyo a la familia, como son conocidas, por lo general se conciben como concesiones a las «necesidades especiales» de la mujer. En 2017, por ejemplo, investigadores australianos recomendaron que la jornada laboral de la mujer se rebajara a un máximo de 34 horas a la semana (en comparación con las 47 máximas del hombre) para compensar el tiempo extra que las mujeres dedicaban a las «obligaciones domésticas». Si esta medida se adopta, sus consecuencias negativas —empleadores procurando evitar contratar a mujeres y hombres negándose a compartir las «obligaciones domésticas» («es tu trabajo, tienes tiempo libre para hacerlo»)— seguramente pesarán más que sus beneficios. Acortar la semana laboral para todo el mundo sería un enfoque más radical, asumiendo que el trabajador medio, con independencia de su sexo, tiene responsabilidades domésticas y asistenciales.

La relación de la mujer con el trabajo no sólo depende de factores institucionales y sociales (como las leyes y las políticas del Estado, los mecanismos del capitalismo y las demandas de los empleadores), sino también de factores personales. Las cuestiones relativas al trabajo (como el tiempo y el dinero, las tareas domésticas y el cuidado de los hijos) causan conflictos entre hombres y mujeres, y ejemplifican el principio feminista de «lo personal es político». En el fondo, lo que cuenta es el poder: quién tiene la obligación de hacer según qué para según quién, y quién tiene autoridad sobre quién.

Cuando yo era pequeña, era habitual que la gente le preguntara a una mujer casada si su marido la «dejaba» trabajar fuera de casa o si le «importaba» que tuviera un empleo. (Entonces, como ahora, las preguntas basadas en la premisa contraria —«¿te importa que tu marido tenga un empleo?» o «¿dejas que tu marido haga tareas domésticas?»— habrían sido absurdas). Estas preguntas presuponían que la mujer se sometía a la autoridad del marido, y que el hombre podía ver en el empleo retribuido de su mujer una amenaza a su autoridad. Hoy en día hay menos oposición a que las mujeres tengan empleos (en muchos hogares sus ingresos son esenciales), pero los estudios sugieren que sigue siendo bastante común que los hombres se resientan si sus compañeras ganan más que ellos. Algunos estudios han descubierto que los hombres en esta posición realizan menos trabajo doméstico que los tradicionales «sostenes de la familia», y también tienen más tendencia a tener relaciones extramatrimoniales. Esto no puede explicarse en términos puramente económicos: tiene más que ver con ideas sobre la masculinidad y la relación «apropiada» entre los sexos.

He empezado este capítulo refiriéndome a una visión extendida del feminismo como una suerte de campaña propagandística que insta a las mujeres a descubrir los placeres del trabajo al tiempo que, simultáneamente, devalúa su tradicional rol doméstico. La realidad es más complicada. Aunque las visiones feministas son muy variadas, todas parten de la comprensión de que el dilema de la mujer no es «si trabajar o permanecer en casa» (para la mayoría de las mujeres la casa es un lugar de trabajo), sino cómo negociar las exigencias del trabajo, retribuido y no, en un mundo que se organiza en torno a las necesidades de los hombres y no de las suyas.