Gitano en ambar

Martin Cruz Smith · Capítulo 13 de 24

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Gitano en ambar

Capítulo 13

—¿ I nsectos? —exclamó el capitán Frank—. Se suponía que ibas a terminar con ese caso de asesinato y me hablas ahora de insectos. —Se levantó, pasó rozando al sargento Isadore, se acercó a la puerta, la cerró con llave y volvió tras su escritorio—. Te hablaré yo de insectos. Ayer regresé aquí tarde y ¿qué me encontré? A uno del Departamento Central de Investigación colocando un micrófono en el lavabo de hombres. ¿Qué te parece? Y a un hombre en traje de paisano rebuscando en la papelera. Eso es todo, así que no me hables de insectos. —

Isadore apretó los labios. Su cara redonda adoptó la rigidez de una trampa de hierro al cerrarse sobre un animal pequeño. El animal era su lengua—.

¡El zoólogo! ¿Estaba demasiado enfermo para venir? ¡Mantenlo lejos de aquí! Podías haber arrestado a ese como se llame. En cambio, le permites entrar en el almacén y, prácticamente, poner una tienda de antigüedades con las piezas rotas. Apuesto a que se rieron de eso en el departamento central.

¿Por qué no les damos a todos los sospechosos la posibilidad de jugar con las pruebas? Pueden llevárselas si quieren, como en una biblioteca.

Cuando Isadore encontró la oportunidad de marcharse, con los oídos zumbándole, se sintió satisfecho de no tener que oír hablar de insectos. Y

volcó su enfado contra Grey. El gitano había roto su promesa de ayudarlo.

Cuando llegó a su despacho le esperaba una nota escrita: «El hijo número uno» había llamado. Si ese hijo apareciese, lo arrestaría también.

Miró al tablero de formica negra de su mesa de despacho y trató de controlarse. Marcas circulares de vasos de café se mezclaban con quemaduras de cigarrillos, y unas y otras conducían, como exclamaciones, a las migas de un cruasán que había tomado para desayunar. Cogió la miga con la punta del dedo y se comió las pruebas. No podía detener a su hijo. En

cuanto a Grey, actuaba solo como gitano. ¿Por qué se dedicó Roman a manipular las antigüedades? ¿Había pruebas en las pruebas? Era la clase de pregunta que le proporcionaba al bicarbonato un lugar permanente en el estómago de Isadore.

Una hora más tarde estaba en el almacén de mudanzas Astor, cercano al Astor Place, en East Village. El amigo al que Buddy Locher había sustituido el día del accidente se encontraba allí después de traerse un furgón de Boston el día anterior. El almacén no era mucho más que un par de muelles de carga de camiones, entre un emporio de ropa usada y una fábrica de sombreros y prendas de fieltro. Todo yacía bajo una capa de polvo tan gruesa que parecía terciopelo gris.

Isadore estaba al borde de un ataque de nervios. Era un mal día y el caso tenía mal aspecto; no se le podía pedir a un hombre que hiciera todo al mismo tiempo. Vio un quiosco, se acercó y compró un paquete de cigarrillos. Encendió uno camino del almacén. La primera calada se inició lenta e inocua y concluyó con una perversa inundación de humo que podría paralizar los pulmones más sanos. A paso lento, se aproximó al muelle vacío.

—Oiga, ¿qué desea? —le preguntó un hombre con un uniforme sucio de empresa de mudanzas, mientras descendía por la rampa. El uniforme se tensaba sobre los brazos carnosos y el estómago abultado.

—Quiero…

—¡Oiga! —gritó, apuntando al cigarrillo y al letrero al lado del muelle

—. ¿No sabe leer?

«Se prohíbe fumar en los furgones, en las instalaciones y durante el trabajo», decía el letrero.

—Qué es esto, ¿un hospital? —murmuró Isadore, pero a regañadientes salió a la calle, tiró el cigarrillo y lo pisó.

Volvió y le informó, con su calma habitual, de quién era y a qué iba.

—¡Oye, Hale, baja! ¡Aquí hay un poli que quiere verte! Usted no viene a por mí, viene a por El Niño.

Isadore contuvo el impulso de preguntar que si la recogida de basura era un buen entrenamiento para el transporte de arte.

El Niño impresionó a Isadore aún más. Su nombre era Howard Washington Hale. Su cabello era rubio y largo, pero bien cuidado y cortado, y el uniforme estaba blanco e impecable. Y hasta era un tipo educado.

—Conocí a Buddy en la mili y era un poco raro; no peligroso, sino solo nervioso. No me avisó de que venía a Boston y apuesto a que fue por el alivio de haberse licenciado.

—¿Cuánto tiempo hace que te licenciaste tú?

—Seis meses. Me gustaría haber estado allí cuando Buddy llegó, pero me habían invitado a una fiesta fuera de la ciudad y… ya sabe. No le diga nada al señor Astor.

Isadore abrió la boca, sorprendido.

—¿Hay un señor Astor?

—Claro. Acaba de hablar con él.

Isadore habló con Hale hasta que el jefe reapareció abriendo la puerta con un empujón de su prominente estómago.

—¿Pero está todavía aquí? —le vociferó a Isadore—. Tengo un horario que cumplir. Esto no es un servicio de beneficencia.

Hale se encogió de hombros.

—¿Alguna pregunta más?

—No, gracias.

Hale saltó al furgón. Aunque parecía difícil, El Niño mantenía su vehículo limpio a pesar de estar en aquel almacén. Sobre el salpicadero se exhibía un santo de plástico. Isadore recordaba que había otro igual entre las pertenencias de Locher. Astor actuó de guardia de tráfico en la calle, amenazó a un conductor que hizo caso omiso de él y dio paso al furgón.

Isadore vio que tomaba la dirección de Broadway y esperaba al cambio del semáforo.

Astor se le acercó con gesto angustiado.

—¿Qué va a pasar ahora?

—Nada. Gracias, ha sido usted muy amable, señor Astor.

—De acuerdo, de acuerdo. ¿Van a hacer algo con esto? Usted y el FBI

¿van a involucrar a mi negocio en el bajo mundo?

Cuando Isadore iba a arrancar, un mendigo le pidió un cigarrillo. Le dio el paquete completo e inició la marcha.

Condujo hasta el final de Manhattan, donde la grúa dejaba los vehículos que servían como pruebas. Una pareja de policías de la patrulla examinaba los que pasarían a subasta. En aquel momento estaban detenidos ante lo que parecía un acordeón desarmado y que había sido un Cadillac Eldorado.

Isadore continuó hasta el furgón. El letrero de la puerta decía: «Alquilado a Mudanzas Astor». No tenía techo; había sido arrancado con el impacto.

Isadore pasó a su interior por tercera vez. No esperaba encontrar nada que hubiera dejado de examinar, nada que no hubiera visto al producirse el accidente; pero la acusación de Grey de que la tomaba con los gitanos lo había molestado. Excepto por las marcas producidas por la colisión, la cabina estaba impecable y lo mismo el furgón donde las antigüedades habían sido transportadas. Isadore se bajó, sintiéndose absuelto, y se dirigió al Eldorado. Encontraría un abanico de posibilidades en cuanto el zoólogo llegase. El optimismo se reflejaba en su expresión.

Pero comenzó a refunfuñar al acercarse y ver algo sospechoso. Corrió hacia el coche y, cuando estuvo ante el retorcido parachoques, se detuvo dándose mentalmente golpes en el pecho. Ya no era precisa la visita del zoólogo, pues la carrocería estaba, por alguna extraña razón, tan limpia como el furgón.

La respuesta de uno de los ordenanzas a la pregunta de Isadore fue:

—Los de la Central de Investigación dijeron que laváramos todo con una manguera. El lugar, con tanta porquería, se estaba convirtiendo en un peligro para la salud.

Tenía sentido. El Departamento de Inspección Policial usaba el local mucho más que la Central de Investigación. Isadore y el ordenanza levantaron el capó, y él miró enseguida al radiador y a su panal abollado.

Los insectos que iban a servir de prueba habían desaparecido; la manguera se había encargado de dejarlo tan limpio como el resto.

El interior del coche estaba todavía sucio, pero había sido examinado detalladamente. El contenido, de la ceniza al polvo, estaba metido en cajas de cartón selladas. La puerta permanecía abierta, con un aspecto de ala rota.

La tapicería apenas existía. El laboratorio había tomado muestras de las manchas, que, eran muchas y cubrían casi todo el interior del coche de Nanoosh Pulneshti. Los ceniceros habían desaparecido y también las

alfombras. El salpicadero mostraba las marcas de arañazos inescrutables.

Poco quedaba del parabrisas, a través del cual Nanoosh salió despedido al exterior. No le habían dejado nada para él.

Casi nada, admitió Isadore. Había solo un poco de tierra bajo el pedal del freno y, como nota patética, un grupo de hongos se había instalado allí.

Le recordó de un modo superfluo la humedad de aquellos últimos días.

Sobre la desolación de la muerte, la vida persistía. Isadore no era un hombre insensible.

No parecía necesario examinar el puesto del conductor. La puerta no se había abierto desde el accidente. Se inclinó sobre el piso del vehículo para obtener una mejor perspectiva de los hongos: era una franja de setas minúsculas, con sus tallos y sombreretes puntiagudos, de una clase nueva para él, que solía llevar a su hijo a buscar setas en los Catskills durante el otoño.

—Un pajarito[1] —dijo el teniente Ebert.

Con unas pinzas levantó a la luz uno de ellos. El técnico del laboratorio se sorprendió tanto como Isadore cuando este acudió a él con las muestras en un pañuelo.

—¿Dónde consiguió esto?

—¿No es local, entonces?

—Yo diría que no. Puede venderse un pequeño tesoro como este por quinientos dólares en East Village. Proviene de México, del estado de Oaxaca, al oeste de Guatemala. Los indios mazotecas cultivan los mejores hongos alucinógenos del mundo. Los llaman pajaritos[2], derrumbes[3] y, a los de mayor tamaño, Santísimo Cristo[4]. Es la primera vez que los veo en la ciudad.

Los gitanos no lo habían introducido de contrabando, de eso estaba seguro Isadore, porque nada semejante se había recogido del interior del coche después del accidente. Aquellos pajaritos se habían introducido ilegalmente por su cuenta.

—¿Cuál es exactamente el período de germinación? Quiero decir,

¿cuánto tiempo les llevaría crecer y morir en Nueva York?

Ebert se rascó el cabello ralo. Como detective especializado en narcotráfico llevaba una vida al aire libre, y el tono bronceado se dejaba ver

bajo el corte de pelo al cepillo.

—Depende. Los hongos son muy básicos. Brotan con facilidad en el medio adecuado, pero aquí en Nueva York morirían enseguida; sobre todo estos pajaritos. He estado allí con la patrulla de inmigración. La Sierra Mazoteca es húmeda y fría. Mire —añadió, y extendió la mano—, estos se están deshidratando. Podrían resistir, una vez brotados, unos cuatro o cinco días.

—¿Cuánto tiempo habrían estado en la tierra antes de brotar?

—Bueno, considerando el cambio de clima, muy poco. Menos de una semana, aunque no lo sé con seguridad. Como dicen mis amigos, las setas son criaturas locas.

Isadore volvió a su despacho y se sentó con lápiz y papel. Si los pajaritos tuviesen solo cuatro días y el período de germinación fuese de una semana, Eldorado habría estado en el sur de México once días atrás. Un viernes. El accidente había ocurrido cuatro días antes. Eso le dejaba a Nanoosh Pulneshti menos de una semana para recorrer todo México y gran parte de Estados Unidos. Los gitanos estaban considerados muy buenos conductores, pero en tan poco tiempo parecía casi imposible, cuanto menos para, por añadidura, descuartizar y empaquetar un cadáver.

Paseó por el cuarto, que se hallaba casi vacío, solo había un teniente en un rincón aprendiendo a escribir a máquina. Los demás estaban en casa, cenando. ¿Por qué no hacía él lo mismo? Sobre un panel de corcho había fotografías de muchachas declaradas perdidas por sus padres. Debajo en un fichero estaban los nombres y las descripciones de otras fugadas, chicas que no aparecían en casa a la hora de la cena. Por décima vez examinó el fichero y escogió aquellas que podrían parecerse al cadáver del archivador del depósito de cadáveres. Tras una estricta selección se redujo el número a cinco.

Una estudiante de un instituto de Roanoke, Virginia; una enfermera de Brownsville, Tejas; otra estudiante, de un instituto de Memphis; una que había abandonado sus estudios, de Little Rock, y una asistente social de Wheeling, Virginia. Tenía que ser alguien de la ruta de México, de eso estaba seguro. En el caso de que Pulneshti lo hubiese hecho. Y, si no lo

había hecho él, Isadore sabía menos que cuando empezó la investigación.

Comenzaba a sospechar que Grey realmente era el que estaba sobre la pista.

Tuvo que engatusarlos, pero a Erskine Lippincoot, de Lippincoot Frères, le satisfacía trabajar para la policía. Cuando el sargento Isadore le llamó el sábado por la mañana tuvo el gusto de comunicar, a sus huéspedes del fin de semana, que a menudo ayudaba a las autoridades en asuntos relacionados con antigüedades y que tendrían que disculparlo durante unas horas, Una llamada del deber, y los Lippincoot no vacilaban en prestar sus servicios.

Isadore esperaba en el almacén cuando Lippincoot llegó en su Mercedes conducido por su chófer. Hizo una bola con el chicle y lo guardó envuelto en un papel, al tiempo que Lippincoot se bajaba del coche con su traje blanco de lino y su chalina anudada al cuello. No se habían visto nunca, pero se reconocieron enseguida.

—Quizá me lo pueda explicar de nuevo —sugirió Lippincoot al entrar en el almacén.

—Lo intentaré. Tenemos aquí unas antigüedades de un accidente. Un experto las ha examinado, pero aún no nos ha enviado el informe. Le agradecería que, con su experiencia, las estudiase con detenimiento.

Teniendo en cuenta que es usted el anticuario número uno de la ciudad y que nos ha ayudado en el pasado, pensamos que podría echarnos una mano ahora. Verá, si usted no encuentra nada, entonces sabré que el otro tampoco encontró nada.

—¡Qué raro! —exclamó arrugando la frente—. ¿Quién es el otro hombre? Seguro que lo he oído nombrar.

—Desafortunadamente, no le puedo decir su nombre.

—Muy raro.

—Es solo para tranquilizar mi conciencia.

Lippincoot frunció el ceño. Iba desde Sag Harbour para tranquilizar la conciencia de un sargento…

—Aquí están —dijo Isadore.

La irritación de Lippincoot remitió ante el placer que siempre le producía la presencia de buenas antigüedades. Clasificó mentalmente las

diferentes piezas e ignoró al policía. La tragedia y, al tiempo, la obra de arte del conjunto era por supuesto la cómoda alta, reconstruida tan artísticamente que ocultaba el hecho de la imposibilidad de su reparación.

—Una maravillosa obra, realmente maravillosa. ¿Vino el propietario a recomponerla? No es este un trabajo que pueda hacer el carpintero de la policía.

—No. El otro experto. Lo hizo en una hora.

Isadore no sabía en cuánto tiempo la hubiese reconstruido Lippincoot.

—Eso es casi imposible —comentó este, y abrió un cajón con cuidado.

Sus expresivas cejas se elevaron—. ¡Qué raro! ¿Por qué hizo eso?

—¿Raro? ¿Qué es lo que hizo?

—Ese hombre arañó el interior del cajón, eso es todo. Es algo que usted también podría hacer para saber si la pieza es auténtica. Yo uso una navaja pequeña de plata para este tipo de prueba.

—¿A propósito, lo hizo a propósito?

—Por supuesto. No pensará usted que el hombre que recompuso este mueble se tropezó con él. La madera de pino es muy blanda y probablemente pudo arreglárselas con cualquier objeto afilado. Recuerdo que, durante la guerra en Francia, en un caso semejante tuve que arreglármelas con la uña…

—¡Ábralos! Todos los cajones.

—Oh, no —protestó Lippincoot—. Este mueble es de nogal y tiene más de doscientos años. Es muy frágil y está sujeto solo con resina adhesiva. Si lo movemos inadecuadamente podría desmoronarse.

—¡Ábralos!

La orden de Isadore tenía la misma autoridad que cuando trataba con los policías novatos. En algún lugar de aquella circunferencia de grasa había un núcleo de acero, según pudo observar Lippincoot, que tiró de los cajones uno a uno y los puso en el suelo.

—Qué raro…

La muletilla comenzaba a cansar a Isadore, pero con buenas maneras le preguntó qué era lo que le había provocado la exclamación.

—El corte se hace para ver si los orificios de la carcoma son genuinos.

Y estos lo son. Son orificios capilares regulares y es donde se encuentra uno

con problemas al darles el acabado. Absorben la humedad, por lo tanto. En algunos de ellos se ven residuos. Recientes, podría decir, aunque apenas se notan.

—¿Residuos de qué?

—De sangre, por supuesto. Soy un experto en esto, ¿sabe?

Lippincoot se mantuvo inmutable en su opinión. A la pregunta de si en los cajones había vestigios de hielo carbónico, utilizado como refrigerante, el anticuario lo afirmó, señalando el alabeo de las juntas.

—¿Lo ha comprobado un agente de seguros? —quiso saber—. Eso no quiere decir mucho si el hombre va con prisas para irse a almorzar o algo así. No se busca normalmente contrabando en una cómoda Chippendale, ya me entiende, solo para ver si alguien ha hecho un agujero en su interior. No se puede confiar demasiado en lo que digan los agentes de seguros. Como colectivo son muy…

—Raros —dijo Isadore, facilitándole la palabra que seguramente el hombre tenía en la punta de la lengua.

Había desaparecido una docena exacta de chicas en Nueva Inglaterra; esa fue la noticia con la que se encontró al llegar a su oficina. De la mitad se sospechaba que se habían marchado a cortar caña de azúcar a Cuba.

Otras cuatro, por el color del pelo, la constitución o las marcas de fácil identificación, quedaban descartadas. Las dos restantes eran una profesora privada de Middlebury, Connecticut, y una empleada de una biblioteca de Boston. No existían huellas digitales que pudieran cotejarse con las del cadáver. Tuvo que esperar un día más, pero al día siguiente Isadore consiguió que en Middlebury y en Boston se estableciera contacto con los dentistas de ambas para comprobar los perfiles dentales. El domingo por la tarde, pues, tenía la seguridad de que el cadáver era el de Judith Jean Mueller.

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