Gitano en ambar

Martin Cruz Smith · Capítulo 4 de 24

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Gitano en ambar

Capítulo 4

E n la calle Ochenta y dos, encima de una bodega con la bandera de Puerto Rico ondeando sobre latas de jugo de papaya y frascos de azafrán, había una ventana que agregaba aún más colorido al asunto.

Mostraba una mano amarilla, con las líneas de la palma en rojo, en el acto de ofrecer el as de espadas. Un anuncio colgaba sobre la acera con versiones a escala menor de los símbolos y la inscripción: «Madame Vera.

El futuro en las líneas de tu mano y a través de las cartas. Amor o carrera.

¿Cuál es tu destino?».

Madame Vera se había mudado a la ofisa el mes anterior. Ella y su familia, formada por doce personas, habían pasado por el puente de Manhattan, dejando atrás la vieja ofisa de la avenida Flatbush de Brooklyn, en dos Chrysler nuevos, pero ya abollados. Al llegar a su nueva dirección, los chicos descargaron del maletero un conjunto de sillas plegables. Los hombres subieron las mesas y los niños se esforzaron por llevar escaleras arriba las gonyas. Cada gonya constaba de una correa que se ponía sobre los hombros, con enormes bolas en cada extremo. Dentro iba el tesoro familiar, compuesto de gruesos collares, de antiguas monedas de oro de diez y de veinte dólares estadounidenses, y de pesos de oro mexicanos; pero, sobre todo, de monedas de cuatro ducados austríacos con la efigie del emperador Francisco José. Una vez colocadas las sillas y las mesas, los hombres subieron y bajaron una y otra vez las escaleras con colchonetas enrolladas y edredones, a los que llamaban dunbas.

Mientras los hombres descansaban fumando, Vera, con sus hermanas e hijas, arreglaron la ofisa. Clavaron clavos en las paredes, tendieron alambres entre ellos y allí colgaron cortinas rojas, de forma que, en cuestión de minutos, el piso, largo y estrecho como un vagón, quedó dividido en

cuartos y salas de té, donde las mujeres echarían la duikkerin, la buenaventura.

Colgaron asimismo tres carteles de hule toscamente pintados. Uno de ellos mostraba una mano con los trazos de un mapa, otro exhibía un Buda y una cruz y el tercero, una carta de frenología. A lo largo de las paredes y sujetos por tachuelas se alineaban horóscopos de revistas y recortes de periódicos relativos a Django Reinhardt y a Yul Brynner. En una hora, la ofisa quedó lista para recibir nuevos clientes.

La clientela gustaba de aquel escenario. Subían por las escaleras ilusionados porque iban a conocer el significado de sus sueños y su número de la suerte. Solo unos pocos querían averiguar su futuro. Leyéndoles la mano, Vera los colmaba de satisfacción; si eran viejos, hablándoles de

«aquella disputa sobre aquella propiedad que les había producido una profunda angustia» y, si eran jóvenes, de «aquella pasión incomprendida que les había proporcionado tantos sinsabores».

También a los «especiales», a los que tenían verdaderos secretos no tenía dificultad en leérselos. En la forma de hablar, en la mirada fija o evasiva, en las comisuras de los labios, surgían las letras de un alfabeto que solo necesitaba ser puesto en palabras, y estas en frases.

La familia permanecería en la ofisa hasta que Vera hiciese su bozur.

Vera conocería a la víctima tan pronto como entrase: una mujer sola, cuyos hijos la visitaban una vez al mes, igual que la última clienta de Brooklyn.

Vera había pasado más tiempo de lo usual con ella antes de preguntarle, con cierta brusquedad, si últimamente había notado dolores peculiares.

Como todas las víctimas, la mujer respondió afirmativamente, con un toque de ilusión en el tono de su voz. Vera le examinó la palma de la mano con profunda atención y vio «algo malo». La despidió y le indicó que durmiera desnuda bajo sus tres mantas más calientes y con un huevo sobre el vientre.

Al día siguiente, la mujer volvió con el huevo envuelto en una servilleta.

Vera lo cascó y en la yema apareció una cabeza con cabello humano que les sonreía diabólicamente. La cabeza del diablo era señal de un mal, posiblemente cáncer, que crecía en su interior. Se trataba del signo de una maldición.

La raíz de la maldición estaba en el dinero de la cuenta de ahorros de la mujer. Vera le explicó que, en algún momento, aquel dinero había pasado por las manos de un asesino y el mal no dejaría de crecer hasta que se hubiera desprendido de la maldición. No quería ningún dinero para ella; aquello era demasiado importante. Para comprobarlo, le sugirió que sacara de su cuenta un billete de diez dólares y se lo llevase a ella con otro huevo, envuelto todo en una servilleta.

Cuando la mujer volvió, intentó darle el billete, pero ella rehusó tocarlo.

Le pidió que lo colocara sobre la servilleta, juntamente con el huevo, en una esquina de la ofisa. Esperaron una hora y, al romper el huevo, en la yema estaba otra vez la cabeza del diablo. Ya no había duda acerca de la maldición.

Vera le explicó a la mujer lo que necesariamente tenía que hacer. Al día siguiente, fue al banco y retiró hasta el último centavo de su cuenta de ahorros en billetes grandes de cincuenta y de cien «para que se ajustasen dentro de su pequeño bolso», le dijo textualmente. La palabra caló para denominar el bolso era bozur. Vera tendría que sostenerlo cuando arrojase afuera la maldición.

La mujer ató el bozur ella misma. Jadeando, Vera comenzó a hablarle al bolso y a los espíritus con los que se ponía en contacto. Enseguida, la conversación se tornó en súplica, del inglés pasó al caló, y a algo completamente ininteligible al desplomarse en el suelo moviendo los ojos con angustiosos quejidos bajo el peso del bozur. Se desgarró la blusa y se arañó la cara. Cuando emitió un siniestro aullido de agonía, sus manos escondieron el bolso bajo los innumerables pliegues de sus enaguas y sacaron otro exactamente igual. Y, como conclusión, la gitana se quedó inmóvil en el suelo, aparentemente sin conocimiento.

Una vez devuelta a la vida, le comunicó a su clienta que regresaba con malas noticias. Para que la maldición fuese totalmente conjurada, el dinero debía ser destruido. La mujer dudó, pero Vera le mostró la cabeza del diablo, que las miraba con lascivia desde el interior de una caja de cristal.

La gitana había preparado de antemano el recipiente con el carbón encendido. La víctima se rindió asustada y ella misma echó a las brasas el bozur falso, que contenía solo papeles cortados a la medida de los billetes.

Las dos mujeres se arrodillaron y rezaron mientras las llamas se elevaban consumiendo el bolso y su contenido de papel. Triunfante, Vera le comunicó que había sido librada de su mal con una condición, que nunca le dijera a nadie cómo lo había conseguido.

Al día siguiente, el director de la sucursal bancaria llamó al hijo de la víctima y, al final de una conversación con ella, la mujer les contó lo sucedido; pero para entonces Madame Vera y su familia se habían mudado ya con sus gonyas y sus dunbas a una nueva ofisa.

Sin embargo, una posible víctima hubiese sufrido una decepción en ese momento, pues, por primera vez, el destino había engañado a madame Vera.

— Nanoosh, te aves yertime mander, te yertil tut o Del —murmuró Roman, que estaba en el centro de la larga «ofisa», con sus rizos negros cubriéndole la cabeza y vestido con un traje desgarrado y húmedo de sudor.

—Nanoosh, si me perdonas todo lo que te he hecho, yo te perdonaré todo lo que me has hecho.

El cántico venía de las siluetas acurrucadas en el suelo contra las paredes de arpillera roja.

— Te avel angla tute, Nanoosh, kodo khabe tai kado pimo tai mange pe sastimaste —replicó Vera Pulneshti, con lágrimas recorriendo sus mejillas laceradas.

—Nanoosh, si me perdonas todo lo que te he hecho, yo te perdonaré todo lo que me has hecho —repitió la familia.

En el centro del cuarto se apilaban las joyas que cada uno llevaba al enterarse de la muerte de Nanoosh. Los gemelos de oro de Roman se mezclaban allí con pendientes, brazaletes y collares. En la penumbra, las joyas reflejaban la luz de las velas encendidas sobre un pequeño altar en el que habían colocado una fotografía de Nanoosh y una imagen en miniatura de una Virgen Negra.

Una niña de bruñida piel morena paseaba una bandeja con vasos de té endulzado con mermelada de fresa. Era aquello todo lo que los Pulneshti ingerirían hasta después del entierro. Roman cogió un vaso con el pulgar sobre el borde y el índice bajo el fondo. Vera rehusó tomar uno para sí y continuó sujeta al brazo de Roman.

—Era tan bueno… Recuerda cómo lo respetabas. Todos lo respetaban

—susurró con voz ronca. Eso no era exactamente cierto. Nanoosh era jugador experto en las carreras de caballos, pero torpe con las cartas, y debía dinero a todo el mundo. De todos modos, resultaba muy divertido en las fiestas y tocaba la guitarra como un gitano español; la obligación de su hermana era honrarlo—. Todo aquello que le dije a Nanoosh la última vez que estuviste aquí con él fueron palabras cariñosas, ya me entiendes. Y

ahora está muerto.

Cuando Roman trató de consolarla, ella lo empujó a un lado. Rabiosa, con andares de pato, se acercó al altar improvisado, cogió bruscamente la fotografía y se la llevó a Roman. Era una foto Polaroid de Nanoosh sentado en el parachoques de una limusina.

—Todo un gitano, eso es lo que era —musitó Roman, y el resto de los hombres allí reunidos manifestó su acuerdo.

—¿Es este el rostro de un asesino? —preguntó Vera—. ¿Podría un hombre así matar a una estúpida paya y cortarla en pedazos? ¡No! ¿Me vas a decir eso, Romano Gry?

—No lo he dicho. Los policías son idiotas, pero averiguarán que Nanoosh no tuvo nada que ver con ello.

Creía lo que decía. Isadore era como todos los payos, coleccionistas de trozos acumulados de un estilo o de un crimen. Tarde o temprano se daría cuenta de que Nanoosh era un trozo que no encajaba. Que Isadore averiguase quién había cometido el crimen no le importaba.

Vera se le acercó.

—Entonces, ¿por qué ha ido a buscarte?

Con los ojos ardiendo entre el cabello despeinado y los arañazos rojos de sus mejillas, no podía negarse que imponía como algo formidable.

—Ya sabes cómo son. Querían saber adónde se dirigía Nanoosh y creyeron que yo podría decírselo.

Vera, con el agitado movimiento de su busto, había arrinconado a Roman de espaldas contra una ventana. Él sabía que ni el más escéptico de sus clientes abandonaba su ofisa sin dejarle, asustado, por lo menos un billete —de veinte dólares.

—¡Vaya! ¿De modo que pensaron que podrías ayudarlos, Romano?

—Traía algunas cosas para mí, ya sabes.

Miró en derredor para ver si alguno de los hombres se apiadaba de él y le quitaba a Vera de encima. No había forma; tenía a la familia aterrorizada.

Su hijo Tibo, sentado en un rincón, era capaz de levantar él solo un coche pequeño para robarle la transmisión, pero con su madre no tenía más coraje que un ratón. Hasta el departamento de beneficencia le pagaba a Vera para que no apareciese por sus oficinas.

—Mira, Vera, he hecho gestiones para que puedas retirar el cuerpo de Nanoosh y lo enterréis con dignidad.

—¡Enterradlo con dignidad! —chilló ella, volviéndose al resto de los reunidos para que todos pudieran contemplar su actuación dramática—.

Escuchad a Romano… ¡Enterradlo con dignidad! ¡A mi hermano lo llaman asesino y este hombre dice que lo enterremos con dignidad! —Escupió al suelo—. Vives como un payo y te estás convirtiendo en uno de ellos. ¿Qué me dices del mulo de Nanoosh? ¿Qué me dices de esta noche, cuando su espíritu se pasee por el frío depósito de cadáveres a sabiendas de que la vergüenza de un asesinato pende sobre su cabeza?

Lo que decía no tenía nada de ridículo. El espíritu de Nanoosh había quedado libre del cuerpo, estaba muerto, pero no se había ido, era un mulo.

Los payos podrían despreciar a los gitanos, pero ninguno de estos olvidaba nunca a sus muertos.

Para ellos, no solo vagaba por la tierra el medio millón de gitanos que respiraban, sino también los innumerables que habían partido ya, espíritus inquietos que vagaban a través de ciudades y desiertos, tan reales como los vivos. En la sala oscura, colgando con las cortinas rojas de V era, aquello era un hecho real.

De todas formas, Roman contuvo una sonrisa. Vera hacía alarde de su talento dramático. Temblaba y exhibía su perfil de rasgos fuertes. Su prominente nariz aguileña era casi tan fina como la de Roman.

—Nanoosh cometió solo una equivocación —anunció a los reunidos—.

Creyó que Romano era un verdadero gitano, un phral. Quizá sea mejor que nunca supiera que estaba equivocado. Como todos sabéis, una chica gitana no es lo bastante buena para este hombre que veis aquí. Él no viste como los gitanos ni come como ellos ni a mí me huele como ellos. No somos

dignos de que se preocupe de nosotros. Ha cambiado. Lo siento, Nanoosh, perdóname por decírtelo.

Roman suspiró.

—De acuerdo, Vera, ¿qué es lo que buscas? Dímelo.

La echadora de cartas detuvo el movimiento del busto y se secó una lágrima.

—Solo quiero que ayudes al mulo de tu amigo. Nanoosh no podrá entrar en el paraíso con la mancha de un asesinato sobre su nombre. Los policías te han pedido ayuda. Creo que tienen razón, esos ignorantes bastardos.

Hazlo. Prueba que Nanoosh era un hombre íntegro, que no mató a nadie.

Roman no veía cómo iba a probar que Nanoosh había sido un hombre íntegro, pero al final dijo:

—Veré lo que puedo hacer.

—Eso está mejor —afirmó Vera. A una señal suya, una de sus hijas surgió de las sombras con un plato de cartón en el que había un pastel cubierto de pistacho y miel—. Nosotros no podemos comer hasta la pomana —añadió—, pero tú sí. Tienes mucho trabajo por delante.

—Gracias.

Roman observó que Vera volvía a su forma de ser habitual después de haber conseguido lo que quería.

—¿Por qué sonríes como un tonto ahora, Romano?

—Por el mejor de los motivos, Vera.

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