Gitano en ambar
Capítulo 5
E l entierro de Nanoosh tuvo lugar en el cementerio de Linden, en Nueva Jersey, donde los gitanos de Nueva York han enterrado siempre a sus muertos. Isadore contempló la ceremonia desde lejos. Vera no pudo contenerse y cayó de rodillas sobre la tierra recién removida, para alcanzar con las manos el féretro de su hermano cuando iba a ser colocado en el hoyo. Los participantes recitaron sus condolencias en caló e Isadore pudo entender alguna que otra frase. Cuando los enterradores comenzaron a arrojar tierra sobre el ataúd, los gitanos lanzaron monedas para que una rica mezcla de tierra y dinero cubriese a Nanoosh. Volvieron luego a sus Cadillac y tomaron la dirección de Nueva York. Roman se acercó a Isadore, que esperaba en el interior de su Ford.
—¿Quieres que te lleve de vuelta, Roman?
—Confiaba en regresar contigo, sargento. —Montó en el coche—. ¿Has oído algo?
—Sabes que no hablo lo suficiente para entenderlo.
Tomaron por la US 1 hasta pasar Roselle y Hillside, sobre el siempre creciente cuadriculado mapa de suburbios y polígonos industriales de Nueva Jersey. Isadore llevaba el sombrero echado hacia atrás descubriendo la franja blanca sin broncear sobre la frente. Conducía con plena atención, con ambas manos sobre el volante, mientras hablaba de su hijo, al que llevaría a ver el partido de los Mets en el Shea Stadium el siguiente fin de semana.
—Quiero demostrarle que hay algo más en la vida que las manifestaciones de protesta —afirmó.
—Los Mets van en cabeza, ¿no es cierto? —preguntó Roman, distraído
—. Van por delante de los Jets, ¿no?
Isadore abrió la boca, sorprendido.
—¿Jets? Ese es un equipo de fútbol. Chaval, no estás en contacto con el mundo real, ¿verdad? —Miró a su pasajero con un rápido y seguro movimiento de cabeza para comprobar que no le estaba tomando el pelo—.
¿No te has enterado todavía de que el béisbol es el deporte nacional?
—Béisbol, fútbol, Jets, Mets… —Roman miró por la ventanilla a una valla publicitaria. En ella se aseguraba que Nueva Jersey tenía más autovías por metro cuadrado que ningún otro Estado del país—. ¿Hay más información sobre la chica?
—Sus huellas dactilares no figuran en ningún archivo; hemos de esperar a los informes dentales, lo que quiere decir que tenemos que averiguar de dónde viene. Lo averiguaremos, y también de dónde procedía el coche.
Nanoosh lo traía lleno de mercancía de Sudamérica. El capitán dijo que eso no indicaba nada porque no había ningún informe de las aduanas sobre Nanoosh. Creo que llegué a convencerlo de que los gitanos han cruzado fronteras desde tiempo inmemorial, y nunca por los controles aduaneros.
Tan pronto como recibamos el informe del zoólogo acerca de los insectos hallados en el coche, sabremos exactamente de dónde venía. Es sorprendente lo que los expertos pueden hacer; examinan una hormiga conservada en ámbar, muerta hace millones de años, y te dicen todo lo que pasaba entonces. Seguiremos la pista del coche y hallaremos a la muchacha.
—¿Sigues creyendo que fue Nanoosh?
—¡Maldita sea, Roman! ¿Quién si no?
Marcharon un kilómetro más flanqueados por arroyos de agua fuertemente contaminada por productos industriales.
—Lo que quiere decir que soy el sospechoso número uno de tu lista.
—Algo así.
Isadore se mordió el labio inferior añorando un cigarrillo. Sufría, Roman se dio cuenta de ello. Tenía un caso de asesinato, era un buen policía y debía detener a alguien, por lo menos para mejorar su expediente.
—Míralo desde mi punto de vista, Roman. Las antigüedades y los objetos de arte deben ser declarados al entrar en el país. Estados Unidos tiene convenios con otros países a los que van tus amigos; si la mercancía no pasa las fronteras por los conductos legales, estás incurriendo en
contrabando. De esta forma, te conviertes en cabeza de una banda de contrabandistas. Nanoosh es tu cómplice y mata a la chica. Pudo ser un accidente, pero luego la descuartiza. —Miró a Roman de nuevo—. Nanoosh era tu cómplice e hizo con ella una carnicería. —El Ford adelantó a un camión y prosiguió su marcha—. Puedo olvidarlo y decir que el asunto se ha cerrado. Nueva York cuenta con un asesinato diario sin resolver. Es pura estadística, uno más en la estadística. Pero la chica estaba mutilada. ¿Cómo puedo mirarle a la cara a mi hijo si hago una cosa así? Contéstame.
—¿Qué te gustaría que hiciera?
—Ayudarme. —El tono de la voz de Isadore era de súplica—. Creo que no sabes nada acerca de la chica, pero dime lo que sepas. Puedo sacarte de la sospecha de contrabando con cierta facilidad. Esas facturas de venta que tienes no están mal.
Las manos regordetas que agarraban el volante se estaban poniendo blancas. Al frente de ellos, Newark se elevaba como un espejismo en olas de calor. La losa de cristal de una compañía de seguros dominaba sobre un gueto. En el centro de la ciudad, el cubo mate de una cervecería flotaba, anunciando la fragancia de la levadura. El Ford siguió la corriente de coches hacia los túneles de Manhattan.
—Haz una cosa. Toma la autopista a Palisades y vamos a intentar ver lo que sucedió.
Isadore lo pensó. Llevar allí al gitano complacería a Frank y hasta tranquilizaría su conciencia. Continuaba diciéndose a sí mismo que debía considerarlo cuando llegaron a la autopista de peaje en Kearny. Entraron y, a través de las burbujas de acero de las refinerías de petróleo, tomaron la dirección de Fort Lee y Palisades Parkway. Una peste a petróleo, semejante a la de la descomposición de un animal, los obligó a cerrar las ventanas del coche. Roman encendió un Gauloise para matar el mal gusto. Isadore no quiso fumar.
Palisades Parkway, en comparación con la autopista de peaje, tenía aspecto limpio y hasta ofrecía un paisaje. El puente de Washington era como un pisapapeles apoyado sobre su extremo sur. Avisos en blanco sobre verde instaban a los conductores a detenerse y gozar de la vista sobre el
Hudson. Isadore efectuó un giro en horquilla en una abertura de la franja señalizada «para uso oficial únicamente» y paró a un lado de la calzada.
—¿Qué esperas encontrar? —preguntó.
—No lo sé.
Se apearon y caminaron a lo largo de la cuneta de grava. Isadore indicó unas rozaduras blancas en el asfalto. En línea recta al otro lado del río, se veía la arcada medieval de los Cloisters.
—Allí fue donde volcó el furgón. Podrías ver sangre alrededor, pero el Estado hace limpieza después de cualquier accidente. Puedo enseñarte fotos si quieres ver las manchas y cómo quedaron los vehículos.
Roman dio patadas a la grava con la punta del zapato. De pronto se dio cuenta de la estupidez de pretender encontrar algo que la policía hubiera pasado por alto. Los conductores le dirigían miradas curiosas al pasar camino del puente que estaba unos metros más allá. Se aproximó a la orilla de hierba. Si algo les hubiera pasado inadvertido a los policías, ya no estaría allí. La hierba estaba recién segada. Roman se frotó el mentón con la mano.
La barba incipiente había crecido desde el afeitado matutino.
Isadore volvió al coche. No le importaba que otro descubriera lo duro que era el papel del detective, pero no era su intención que su amigo se sintiese incómodo. Fue a su encuentro con un sobre en la mano, cerrado con un cordel.
—Ahí están las fotografías, Roman. Te servirán de ayuda.
Abrió el sobre y sacó veinte copias en papel brillo de veinte por veinticinco centímetros.
—Gracias.
Las primeras habían sido tomadas desde el camión de la policía y mostraban cien metros de carretera. De los dos coches, el furgón era el más próximo al objetivo. El Cadillac, volcado, aparecía unos diez metros más atrás. Con una equis estaban marcados los lugares donde habían quedado los cuerpos. Más alejados, a ambos lados se encontraban desperdigados trozos de muebles y platos, cuerdas y rellenos de colchones. Roman recordó que aquel había sido un día soleado. Los platos de oro brillaban. Entre ellos, la equis volvía a marcar los lugares donde habían sido encontrados los trozos mutilados de la muchacha.
La mayoría de las fotos restantes eran primeros planos de los coches y de los cadáveres, cubiertos con mantas o a la vista, tal y como yacían en las ambulancias. Las más crudas correspondían a las fotos de la chica anónima, con cada trozo en una bolsa de plástico en fotos separadas con transparencias de celuloide, de tal forma que no podía evitarse el tratar de adivinar, como si fuera un juego, a qué parte del cuerpo correspondía cada trozo. Roman dirigió la mirada de las fotos a la carretera. Un coche deportivo, sin silenciador, pasaba veloz por el preciso lugar donde estuvo la cabeza de la muchacha.
—¿Lo ves? —El dedo de Isadore señaló la fotografía primera, en la que se veía la carretera—. Platos, trozos de estatuas, la chica. Todo en la misma zona.
—Y las antigüedades.
—Y hay una gran diferencia entre tu forma de operar y la de Hoddinot Sloan. Sus antigüedades iban destinadas a su stand del Armory Show. Un agente de su compañía de seguros subió al furgón y comprobó la mercancía.
Fue por ello por lo que el furgón escogió la Palisades en lugar de continuar por la Merrit. El agente siguió incluso al furgón por la autopista durante algunos kilómetros, y contamos con testigos que iban en otros coches y que lo vieron hasta el mismo momento en que se produjo el accidente. Es una lástima que no ocurra lo mismo en tu caso.
Isadore esperó en el interior del coche mientras Roman inspeccionaba el borde de la carretera con las fotos en la mano. Pasado un rato, el gitano renunció a proseguir y se unió a él.
—Bueno, ¿qué me contestas? —preguntó Isadore—. ¿Vas a ayudarme?
—Ese Sloan —susurró Roman, sorprendentemente imperturbable, mientras golpeaba el extremo de otro cigarrillo contra el paquete—
¿recogió sus antigüedades?
Isadore giró el volante con la punta de los dedos y se introdujo en la corriente de tráfico.
—No. ¿Por qué iba a tomarse ese trabajo? Probablemente habrá obtenido ya su beneficio del seguro; además, la mercancía debía de ser irrecuperable. Y también existe el problema de quién está capacitado para
entregarlas. Nosotros las tenemos en la ciudad, pero siguen constando en los papeles de Nueva Jersey. El clásico follón.
—¿No examinó personalmente sus antigüedades?
—Le enviamos las fotos a través de la policía de Massachusetts. Las identificó y las declaró pérdidas totales; no hace falta ser un experto para verlo. Hablé con él por teléfono y, francamente, me pareció un bastardo. Ni siquiera preguntó por el conductor.
—Y, ahora que lo mencionas, ¿qué me dices del conductor?
Isadore suspiró al tiempo que cogía una bolsa de papel que colgaba bajo la radio policial. Hasta aquel momento, Roman había creído que era una bolsa de basura, pero se trataba del archivo de Isadore. En su interior había sobres mezclados con notas escritas a mano.
—Aquí está.
—Locher —leyó Roman en el sobre que tenía en la mano.
Lo abrió y sacó varios folios sujetados por un clip. En seis páginas, Isadore tenía el historial conciso de Harold Locher, alias «Buddy», desde su nacimiento hasta su muerte a los veintinueve años. Había descripciones médicas, psicológicas y profesionales; la mayoría de ellas, de su vida en el ejército. Se había licenciado con el grado de cabo diez días antes, en Fort Hood, Tejas.
En el dorso de la última página volvía a aparecer la escritura manuscrita de Isadore.
—Locher dejó el ejército para evitar su tercer recorrido de Vietnam. Se declaraba mecánico, no soldado de infantería. Llegó a Boston un día antes del accidente, en busca de un amigo que estaba ausente de la ciudad. Logró un puesto de conductor donde trabajaba él, en su misma ruta, por escasez de conductores. Pasó una noche en su apartamento de Boston. Algunos testigos afirmaron que estaba solo. Se hizo cargo del furgón que estaba en Boston. La comprobación de la mercancía tuvo lugar en Nyack, Nueva York, y la ruta tuvo testigos hasta el accidente en el acceso al puente. Sin móvil ni ocasión. —Roman miró las páginas del medio antes de volver a colocarlas en el sobre—. Muy completo. Sin móvil ni ocasión.
—Justo. Empiezas a comprender que hago algo más que sentar el culo y molestar a los gitanos. Locher estaba un poco loco, si con esa palabra
describimos al que tiene miedo a morir Y aunque fuera un criminal maníaco no tuvo la oportunidad de probarlo.
Salieron del puente de Washington y giraron para tomar la Henry Hudson Driveway. Seguro que había otro sobre como ese con sus datos personales, pensó Roman. Escueto en historial, pero detallado en sospechas; sospechoso por ser gitano y no actuar como tal, lo que constituía una clase diferente de doble riesgo. ¿Le habría divertido a Isadore la reconstrucción de su pasado pieza a pieza?
Todo el mundo sabía lo de que los nazis habían matado judíos. Nadie sabía, o a nadie le preocupaba, lo de los quinientos mil gitanos asesinados en los campos de concentración porque, «por razones de salud pública y particularmente porque los gitanos llevan por herencia el color oscuro de su piel y porque, además, son criminales empedernidos que se constituyen en parásitos del pueblo, es conveniente evitar que se reproduzcan, por lo que deberán ser destinados a realizar trabajos forzados en los campos creados a este efecto. El programa deberá ser llevado a cabo sin miedo ni reservas, manteniendo presente queja esterilización es solo una medida a medias.
Esto es conforme con los principios de un Estado con una moralidad del más alto nivel y, particularmente, con el Tercer Reich».
Roman recordaba muy bien la carta del Gauleiter de Steiermark al Reichsminister. Había sido la causa, la resonante trampa de papel que había atrapado y asesinado a sus padres, no estaba seguro de si en el campo de trabajos forzados o en el vagón de ganado que los transportaba de Rumanía con otros rassenverfolgte, seres de raza indeseable. Su padre y su madre habían sido unos insensatos. Ambos eran gitanos ingleses y creyeron que podían ignorar la guerra y echarse a, la carretera para acudir a la boda de un amigo en las afueras de Constata. Era el tiempo de la Guerra Falsa y los gitanos, como de costumbre, hacían caso omiso de los asuntos de los payos.
Estaban en los brindis cuando la Sicherheitsdienst los rodeó con el cerco de luz de los faros de sus camiones y los separó en grupos de hombres, mujeres y niños, los cargó en sus vehículos y los transportó al cercano nudo ferroviario.
No tenía motivos fundados para escapar. El camión en que viajaba era el último de la fila; la policía de seguridad no veía la necesidad de utilizar la
patrulla de motos que necesitaría más tarde, cuando los detenidos conociesen su destino. Debido a que los compartimentos de carga iban abarrotados, al niño de cinco años lo sentaron en la cabina con el conductor y un guardia. A medio camino de la estación, el camión moderó la velocidad, el guardia empujó al niño a un ribazo de hierba y el vehículo aceleró a continuación y se unió a la oscura caravana. Aquella fue la última vez que vio a sus padres. Yojo y Mara Gry dejaron de existir.
Roman volvió al campamento donde se había celebrado la boda y se sentó en medio de lo que parecía un circo abandonado: tiendas y furgones pintados, caballos hambrientos y atados a estacas y hasta un oso amaestrado, tumbado en la pradera, desconcertado, a la espera de los gitanos. No apareció nadie, solo una pareja mayor que llegaba tarde. Eran turco-americanos y enseguida comprendieron lo que había sucedido.
Metieron a Roman en el asiento trasero de su viejo coche y reemprendieron la marcha. Lazlo y Yula Kronitos habían regresado de Estados Unidos con los ahorros conseguidos gracias al bozur para poder vagar por Anatolia con cierto confort. En vista de los acontecimientos, cambiaron el programa y recorrieron el norte de África y Portugal, viviendo a costa de las monedas de oro de los collares de Yula y con el niño siempre a su lado. De Lisboa zarparon rumbo a Nueva York, donde hicieron entrega de Roman a su hijo.
La anciana pareja regresó a Europa en el mismo barco. El niño había sido, a los ojos de Yula, una obligación que el cielo les había encargado.
No fue difícil conseguirle a Roman documentación norteamericana.
Continuó con el apellido payo de su padre, Grey; era conveniente. Hablaba inglés. Además, las autoridades hacía tiempo que habían renunciado a pedir certificados de nacimiento a los niños gitanos que nacían por los caminos.
Roman se convirtió en el pupilo de un profesor de Nueva York. Era una estratagema tradicional entre las familias gitanas, buscar la protección de un rico y caritativo payo, lo que convertía a este en un rai. «Medio padre, medio primo», fue la descripción que James Oliver hizo del título que le acababan de otorgar. Oliver había sido juez de Poughkeepsie y abandonó la magistratura para estudiar sánscrito. Su interés por los gitanos surgió al descubrir la semejanza entre el caló y la lengua perdida, y además actuaba
como padrino en bautismos gitanos. No fue difícil, por lo tanto, infiltrar al niño gitano en su inmensa casa medio vacía a orillas del Hudson.
—¿Qué es lo que eres? —solía preguntar pensando en alto, al muchacho de tez aceitunada, sentado al otro lado de la mesa del comedor durante la cena—. ¿Hindú oriental? ¿Inglés? Turco, no; estoy seguro, a pesar de tus amigos. Gitano, naturalmente, pero ¿lovari, o de otra tribu? Los Gry ingleses son inteligentes y de piel oscura. Eso es lo que eres. Cuando te marches, ¿vas a ser medio payo, también?
Roman meneaba la cabeza, negándolo.
Oliver gozaba con oculto placer enseñando al avispado muchacho las cosas que consideraba importantes. Su ejercicio en el juzgado le había proporcionado una aversión manifiesta hacia la política y la ley. Tenía la casa decorada con lo que le gustaba: miles de libros en una docena de lenguas y una valiosa colección de antigüedades.
—No es tan horrible que rompas algo —le dijo en una ocasión, ante los brillantes trozos de una copa de cristal que Roman había roto—, ya que en realidad no sabes lo que has roto.
Roman así aprendía, sobre todo porque tenía que reconstruir, bajo la dirección del profesor, lo que había roto.
Tenía nueve años cuando se fugó por primera vez. Con anterioridad había pasado algunas semanas con los gitanos que bajaban por el valle del Hudson, pero esa vez su ausencia duró un año, vagabundeando con una familia de la tribu Kalderash de la lejana Ciudad de México. A su vuelta se encontró con su sitio habitual en la mesa del comedor.
—Borra ese gesto de disculpa de tu cara —le dijo Oliver—. No podía esperar que un vadniratsa permaneciera en la cárcel mucho tiempo.
Roman cogió un trozo de pan y sonrió con alivio. Un payo que comprendía «el ganso salvaje» era un verdadero rai.
La mesa se hallaba dispuesta siempre con un servicio para él, no importaba lo lejos que estuviera, y cuando buscaba la tumba de sus padres, preocupado por sus mulo, las ausencias eran largas. Fue en Baviera cuando, después de deambular por los campos en los que la hierba había cubierto las fosas comunes, le entregaron una carta en el servicio de correos de Múnich.
El profesor James Hancock Oliver había muerto de tuberculosis. Los
esfuerzos para contactarlo a través de los consulados norteamericanos habían sido en vano. ¿Debía regresar al recibir la carta? Era el principal beneficiario del testamento del señor Oliver. Leyó y releyó la carta un centenar de veces a orillas del templado y triste Danubio y maldijo el correo de los payos. Si un gitano hubiese muerto, lo habría sabido al día siguiente, por muy lejos que estuviera. Entonces se dio cuenta de que había desaprovechado a un padre vivo buscando a un padre muerto. Tenía veinte años y era rico en cosas que no deseaba. Por otra parte, no tenía nada.
—Me voy a la jefatura del departamento, Roman —le dijo Isadore—.
¿Vienes conmigo, o no?
—Claro, sargento. Me gustaría echar un vistazo a las antigüedades de Sloan.
—¿Por qué? Sloan ni las miró.
Roman se rio.
—Supongo que es por eso.
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