Gitano en ambar
Capítulo 8
—¡ Y a está usted aquí! —lo saludó Sloan, con aire de descubrimiento, cuando Roman entró en el comedor.
Había tres servicios en la mesa. Royal Worcester sobre caoba de Santo Domingo. El comedor era similar a los otros salones que Roman había visto, con la adición de una patriótica águila de madera.
Sloan sacó una botella de vino blanco, que estaba transpirando en un cubo de plata, y llenó las copas. Como preámbulo a la conversación de la cena le pidió a Roman que identificase las piezas del cuarto. Era una labor sencilla y aburrida, que Roman llevó a cabo con una sonrisa. Después de todo, ¿qué otra cosa suponía Sloan que tenían en común? ¿Amor? ¿Odio?
¿Una chica descuartizada? ¿Era una insinuación al nivel social de Roman el que Sloan no se molestase en comunicarle quién era el tercer comensal hasta que apareció?
—Ah, Hillary, nos preguntábamos dónde estabas. Te presento al señor Grey; se quedará a pasar el fin de semana. Mi hija.
Hillary tenía la mano fría como la copa de vino. Roman había visto un cuadro suyo en la sala de estar, con un marco de Biddle, Banks & Bailey.
Le pareció que todavía seguía dentro del marco de plata cuando ella se sentó. Su cabello era largo y tan rubio que casi era blanco. Había heredado los ojos azules y fríos de su padre, y la boca de labios prominentes de alguien más. Vestía una blusa llamativa y elegante, pantalones y un chaleco bordado. Roman calculó su edad en diecinueve años.
—Algo nuevo —susurró a modo de saludo.
—Yo también estoy encantado de conocerte —contestó Roman y, antes de que pudiera enfadarse, le dedicó una amplia sonrisa con el contraste de sus blancos y brillantes dientes sobre la oscuridad de su piel.
Ella miró sucesivamente a Roman y a su padre, tratando de buscar una conexión entre ambos.
—Bueno, papá, creí que conocía a todos tus amigos.
Sloan se sonrojó.
—El señor Grey está aquí con el fin de recopilar una lista de la colección para el Museo Metropolitano.
—Ah.
La información era clara. Y ella no solo humillaba a su padre con una soltura que indicaba entrenamiento, sino que ponía al mismo tiempo al visitante en su sitio. Hubo una pausa embarazosa, que ella aprovechó para alisar inocentemente la servilleta en el regazo.
—Comamos —dijo su padre de repente, como si fuera una buena idea.
La cena consistió en bacalao pasado de punto y ensalada, un menú pensado para un hombre de mediana edad que quiera perder peso. Roman se compadeció de la digestión de Sloan y la chica llevó la conversación de un tema espinoso a otro, con una suave y dulce voz. Era como un cirujano hurgando con el bisturí no para eliminar el dolor, sino para aumentarlo.
—Mi padre es un excelente coleccionista. Me alegra que su museo se haya dado cuenta de ello. Apuesto a que no hay nadie en Boston con su vista para encontrar lo valioso. Acuérdate de esa vez —añadió, girándose hacia su padre— cuando aquella irlandesa te pidió que examinases su cómoda. Ya sabes, la que había sido doncella de uno de los Cabot durante toda su vida y, cuando se jubiló, todo lo que le dieron fue aquel sucio y viejo tocador. La pobre vestía prácticamente con, harapos, me dijiste. De cualquier forma, mi padre lo examinó y se dio cuenta de lo que era, un…,
¿un qué?, un William & Mary, eso es. Le pagó a la mujer cincuenta dólares, lo trajo aquí, lo limpió y lo vendió, dos meses más tarde, por tres mil dólares. —Hizo deslizar la pala de pescado por la fláccida espina del bacalao—. Mis amigos están todos en contra de la guerra. La mitad de ellos se encuentran en Canadá, y el resto van a romperse un dedo del pie, o algo semejante, para que les den por inútiles antes que convertirse en carne de cañón. En lo que a mí se refiere, creo que requiere más valor eso que dejarse llevar. Pero estos tontos no son tan originales cómo creen. Mi padre fue mucho más listo, y hacer aquello era mucho más impopular en la
Segunda Guerra Mundial. Hacía falta valor entonces para fingir que tenías enferma la espalda, ¿no crees? —preguntó, dirigiéndose a su padre.
Cuando hubo terminado podría haberlo recogido tan limpio como su pescado. Los ojos de Sloan tenían el aspecto acuoso del hombre que ha sido puesto fuera de combate y se niega a desplomarse. El modo inusual del ataque de la chica, lo que lo hacía efectivo, era la total ausencia de sentimiento. No actuaba por traición o resentimiento, como podría hacer una hija. A Roman le recordó la presencia ausente de las fotografías enmarcadas. No había cuadros de su madre en ningún lugar de la casa. Las de Sloan con su hija desmentían que alguna vez la hubiese tenido sobre sus rodillas para otra cosa que no fuera posar para el fotógrafo. Era la clase de padre que envía a su hija de internado en internado, sin verla nunca o, si acaso, en algún Día del Padre, y aun así para hablar con los otros padres, pero no con Hillary Sloan. Y estaba pagando por ello.
Hillary había dejado de ser adolescente. Roman sentía su presencia física en la línea que conducía de la mejilla al cuello largo y con estilo, en la blusa casualmente desabrochada y en el hecho de que ningún sujetador restringía él movimiento de los pechos al moverse de delante atrás, de su padre al pescado. Al mismo tiempo, se daba cuenta de que lo estaba estudiando. No era corriente para un hombre como él estar sentado en su misma mesa, perteneciese al museo o no. Las descargas eléctricas que le dirigía («siempre he supuesto que los inmigrantes comprendían mejor lo bestial qué es este país») no encontraban reacción en él, y eso la desorientaba más aún.
Comenzó a sentirse bastante sórdido por haberse introducido en la intimidad doméstica de los Sloan y escuchar la conversación de una cena que, excepto por su grado, tenía lugar en millones de hogares norteamericanos al mismo tiempo. Tuvo que recordarse a sí mismo que era necesario. Los vilos, las viejas brujas de Rumanía, podían ejecutar sus artes mágicas sobre una persona solo cuando poseían algo de ella, como una uña o un pelo; algo concreto. Roman no creía en artes de magia, pero comprendía la verdad del proceso. Necesitaba el pulso frígido y arrogante de los Sloan o, de otra forma, estaría a ciegas como lo estuvo en la autopista, tratando de descifrar un tramo de carretera y un puñado de
fotografías. No era detective, así que esa era la única manera en que podía trabajar, a la manera en que los gitanos habían trabajado siempre.
Hillary hablaba acerca de un festival de rock y Sloan escuchaba con ceño de desaprobación. Al hablar, levantaba los brazos sobre la cabeza, y la marca de sus pezones a través de la blusa añadía un grado más de intimidación. Sloan apartó la vista.
Roman la contemplaba con interés. Pocos payos comprendían el lenguaje físico entre las personas, y la chica probablemente no sabía lo bien que lo estaba haciendo al socavar la moral de su padre. Cuando concluyó su lujoso despliegue y vio que Roman no había retirado la mirada hacia su lechuga, lo miró fijamente. Y él le aguantó la mirada.
—Es un chaleco muy bonito —comentó Roman—. La cabritilla tenía un significado religioso en la Edad Media. Especialmente la negra.
—Tiene también uno de esos —medió Sloan, ansioso por hablar de los regalos que le había hecho.
—¿De veras? Eres un experto en muchas cosas —replicó Hillary, mientras Roman observaba sus pupilas azules, que se estrechaban con antipatía—. Supongo que es una lección. Quienes no pueden permitirse tener cosas saben más que nadie acerca de ellas.
—Me temo que esa sea la verdad —admitió Roman, con su fascinadora sonrisa.
Llegó el postre: copas de sorbete. Sloan comenzó el suyo tomando sin entusiasmo pequeñas porciones. Su hija se metió en la boca una cucharada llena, lo elogió de una forma exagerada y dejó que el hielo del color del limón, se derritiese hasta formar un charquito de consumo evidente. Roman se tomó el suyo con gusto.
—¿Has reservado ya las localidades para White Mountains? —preguntó Sloan, en un último intento de ratificar su papel de patriarca.
—No se reservan localidades para un festival de rock, padre —
respondió Hillary, como si le explicase cosas a un niño retrasado.
Los orificios nasales se le dilataron y sus dedos se elevaron unos centímetros sobre la mesa.
—¿Un cigarrillo? —le ofreció Roman, y acercó su paquete de Gauloises. Debido a que sentía deseos de fumar, como Roman había
detectado por sus gestos, cogió uno sin poder contenerse—. Son fuertes, pero es todo lo que tengo.
Rechazar el cigarrillo habría supuesto una confesión de debilidad.
Hillary aceptó el fuego que le ofrecía.
— Tres chic —comentó, con un movimiento del cigarrillo.
— Tres barato —replicó Roman.
Sloan intentó llevar la conversación una vez más al festival. Su hija lo siguió sin esfuerzo. Se había producido un cambio en la relación de la chica y el visitante. Así se lo hacía ver Hillary a Roman, y este se apoyó en el respaldo, los observó y consideró la educada ferocidad de Sloan, su Roy al Worcester, su prosperidad en marquetería de caoba, su abolengo en orificios de carcoma, su cabello y sus uñas.
Y, en un ejercicio de imaginación, colocó un cadáver descuartizado entre padre e hija y trató de ver si encajaba en el conjunto.
OceanofPDF.com