Gitano en ambar
Capítulo 16
C elie Miyeyeshti era una mujer importante por muchas razones. Para empezar, era una montaña de mujer, cuyas enaguas formaban laderas de pliegues orográficos. Cuando se iba a sentar, sus biznietos se apresuraban a juntar dos sillas. Entre los gitanos, la palabra «importante»
era la descripción adecuada de alguien con peso, y así Celie Miyeyeshti era la mujer más importante de Nueva York.
Además de eso, era phuri dai, una mujer reconocida como poseedora de poderes extraordinarios de percepción y de tal conocimiento de las leyes gitanas, no escritas, que los niños y los formidables miembros del Kris acudían con sus problemas al deslumbrante trono plegable de la descomunal vieja bruja.
Nadie sabía su edad. Su pasaporte daba lugar a adivinanzas según fuese su nacionalidad. Viajaba en el asiento trasero de su Fleetwood Cadillac limusina, con asientos abatibles para aquellos que quisieran sentarse con ella y sacar provecho de su sabiduría en materias tales como la renta de una ofisa, cómo hacer un bozur o qué crimen era lo suficientemente grave para convocar la asamblea de los Kris. Y lo hacía con un aire de misterio que era casi sexual.
A la mañana siguiente, cuando Kalia y Laza hubiesen consumado su matrimonio y la mancha de sangre fuese presentada como prueba de virginidad, Celie se entrevistaría con la exhausta pareja. Partiría un bollo de pan, echaría sal en cada trozo y se los ofrecería diciendo: «Cuando os canséis de este pan y esta sal, os cansaréis también el uno del otro».
Laza y Kalia intercambiarían sus mitades y se las comerían mientras los niños les tiraban puñados de arroz a la cabeza. Con ello daría comienzo una nueva ronda de celebraciones.
—Trae una butaca para Roman —ordenó Celie.
Una muchacha diminuta arrastró una silla en su dirección.
—Gracias.
Roman se secó el sudor de la frente y miró a Celie, que se mantenía distante con su mantilla española y los collares de monedas que llevaba a las fiestas. El oro parecía rezumar de su persona y resplandecía con el sonreír de las coronas de sus veinte dientes y muelas.
—Debes aprender a relajarte —observó Celie—. Si todo ha concluido,
¿por qué no te relajas? ¿Qué es lo que quieres preguntarme?
Roman se preguntó qué era lo que lo delataba. Qué más daba; ella podía leer la mente por la expresión del rostro, pero, además, veía cosas que él no podría ver en un millón de años. Celie sabía que no se sentaba allí con ella para bromear acerca de sus enormes dimensiones.
—No lo sé —respondió.
Más allá, al lado de las mesas, Kore y Dodo jugaban a ser el Oursari y su oso. El chico que había cantado el patshiv djili estaba cantando un patético canto hondo[5] que había aprendido en Granada. Dos mujeres discutían sobre quién había cocinado los mejores bokoli y los niños se atacaban unos a otros con barras de pan. Cuando uno de ellos lanzó uno de los bokoli en disputa, el bullicio se incrementó. Un círculo de personas mayores comenzó a cantar los viejos sones y, minutos más tarde, cuando les volviera su segundó viento, empezarían a bailar también.
Celie se levantó pesadamente de sus dos sillas.
—Ven —le indicó a Roman—. Este no es sitio para hablar de la muerte.
Dany terminó de morderse el labio inferior y comenzó con el otro. Sus inmensas gafas descansaban en la punta de la nariz, reflejándose en los cristales el tono azul del brillo de la pantalla del televisor. Sin ellas, todo lo situado a más de tres metros lo veía como un borrón. Las lentes de contacto le hacían llorar los ojos y eso creaba nuevos problemas. De todas formas, las llevaba siempre en público y Roman se burlaba de ella cuando alternaba mientras paseaban frente a Harry Winston’s entre risas despreocupadas y pañuelos de papel.
Era una razón más para odiarlo y añadir a todas aquellas otras razones que se le habían ocurrido a lo largo de la noche. En la televisión, una gigantesca iguana aterrorizaba a Japón. Era una película estúpida y aburrida, pero la asustaba y constituía una razón más para odiarlo por haberla dejado sola.
Cambió de postura en el sofá y se puso un cojín sobre el estómago. Era una noche caliente. Llevaba puesto solo el quimono y, como había girado al máximo el mando del aire acondicionado, sentía frío.
Miró al reloj. Eran las dos y media, y tenía bastantes valiosas gemas de hostilidad almacenadas como para durarle todo un mes.
Roman había prometido volver temprano, y Dany estaba asombrada de su propia agudeza auditiva para captar los movimientos del ascensor. Sabía lo que le iba a decir. No le diría nada; se limitaría a dejarle que lo reconcomiese el sentimiento de culpabilidad. Más tarde, por la mañana, le permitiría que la despertara. Cuando la iguana de treinta metros se comió un tanque en el centro de Tokio, apretó el cojín contra su cuerpo.
El ascensor se detuvo en su rellano. Tenía que ser Roman, porque el apartamento estaba en el piso de arriba y el otro vecino se había ido a Europa. Era demasiado tarde para apagar el televisor, así que cogió el libro y se puso a leer las últimas páginas de Spinoza. No se oyó la llave en la cerradura, e iba a dejar el libro en el suelo cuando sonó el timbre. Dio un respingo y se rio de sí misma. Roman sabía que estaba levantada esperándolo.
Se tomó algún tiempo mirándose al espejo, observando con aire displicente cómo le quedaba la banda de la cintura más apretada. Retiró la cadena de la puerta y abrió. Antes de poder cerrarla de nuevo, una mano se disparó al interior y la empujó. Trató de mantener el equilibrio agarrándose a la antena del televisor y entonces la mano le tapó la boca. Intentó revolverse y otra mano la agarró por la nuca. La antena se rompió al ser arrastrada hasta el sofá.
Eran cinco, todos ellos ataviados con brillante vestimenta de esquí: máscara, jersey, chubasquero y guantes. El calor de la noche les hacía sudar y parpadear.
—¡La cerradura, la cerradura! —ordenó el que la sujetaba.
Pusieron la cadena y volvieron a ella. Dany se giró y trató de arañarlos; le cogieron las manos y se las retorcieron tras la espalda. Algo le mordió las muñecas mientras se las ataban juntas. Después, la arrojaron de bruces sobre el sofá. Se asfixiaba con el cojín, hasta que le levantaron la cabeza tirándole del pelo y pudo respirar antes de que le introdujeran en la boca una media de nailon. Con uno de los calcetines de Roman le vendaron los ojos.
Era ridículo, lo sabía, pero se dio cuenta de que el quimono se le había abierto hacia la espalda durante el forcejeo y el trasero le quedaba al descubierto. Pensó que debía seguir luchando, aunque fuese inútilmente, pero eso la dejaría completamente desnuda. Apretó las piernas e hizo esfuerzos por no vomitar en la mordaza que le habían puesto. Pudo oír con claridad el ruido de los cristales de las gafas al ser pisoteadas.
—Tómalo con calma —le dijo el que la había sujetado, con su mano descansando familiarmente sobre la nalga desnuda—. Tómalo con calma y responde con la cabeza. ¿Va a volver a casa?
Dany sacudió la cabeza. Lloraba y se maldecía a sí misma por ser tan débil. Lo peor que podían hacer era violarla, se dijo en silencio. Una mano le tapó las fosas nasales, apretándole el cartílago con fuerza, y los ojos se le salieron de las órbitas al presentir lo que podrían hacerle. La presión sobre la nariz cedió y pudo respirar.
—Te lo preguntaré otra vez. ¿Va a regresar esta noche?
En cuanto empezó a sacudir la cabeza de nuevo, la mano volvió a apretar. No podía escapar. Una uña se le clavaba en la piel. En un vacío negro vio con claridad que iban a matarla. La mordaza de nailon la tenía otra vez en la garganta. Trató de rodar del sofá al suelo, pero dos manos le sujetaron los tobillos. Oyó un ruido seco y temió que fuese la rotura del cartílago de la nariz, producida por la tenaza férrea de la mano implacable.
Tardó en comprender que el chasquido doble era la débil protesta de los tímpanos. El sofá parecía abrirse como un féretro almohadillado.
La muerte era un torrente. Una iguana cambió de color al acercarse a ella. Se le agarró a los dedos de los pies y escaló hasta descansar en el suave empeine. Dany se sentía flotando y no podía desprenderse de ella. Al ganar aliento, la iguana prosiguió su escalada por la pantorrilla y continuó,
haciéndole cosquillas, hasta alcanzar el dorso de las rodillas. Los afilados pies del lagarto se hundían en la carne de sus muslos mientras proseguían su camino. Cuando se subió a la temblorosa carne de las nalgas, las pisadas del lagarto se hicieron más sonoras, retumbantes, ensordecedoras. Notó entonces el tacto frío de la lengua bífida en la base de su espina dorsal y no pudo resistirlo. Dany huyó de su propio cuerpo.
—Oye, tiene convulsiones y está vomitando.
—Aprieta la mordaza.
No podía escapar. Algo había en su boca y en su nariz: coágulos de sí misma. Los crujidos se hicieron aún más sonoros, más precisos.
—Se asfixia con eso.
—No lo puedo soportar. Que la tape alguien, por favor.
—Sobrevivirá.
Las pisadas estaban en su interior, corriendo con pesados y siniestros ruidos sordos, sacudiéndola a cada paso. Entonces, con asombro, reconoció su propio corazón; y el sabor agrio del vómito en su boca, y el hecho de que no estaba muerta. Algo caliente la tocaba.
—Lo siento, he tenido que taparla —se oyó la voz de una chica.
—Susurra, maldita sea, susurra. Te puede oír —oyó decir a la voz que Dany identificaba mejor—. ¡Sube el volumen de la tele!
Fue maravilloso escuchar de nuevo los chillidos de horror de la película.
No debía de llevar sometida más que unos pocos minutos. Le dolían los oídos, pero podía percibir sonidos inusuales además de los gritos de los extras de la película. Era el ruido de un cajón al abrirlo y el estrépito inconexo de la caída de su contenido al suelo; una cortina arrancada con todo cuidado y malicia; una butaca antigua estrellada contra la pared con una ira demencial.
Que cuándo regresaría, habían preguntado. Pues ya tardaba.
Probablemente estaba en camino a toda prisa, pensó Dany. Destruían el apartamento porque no podían destruirlo a él. Rezó para que se hubiese emborrachado, para que sus amigos lo retuvieran, para que anduviese ligando con una chica; cualquier cosa que le impidiera volver mientras ellos estuviesen allí. El ruido frío de los cristales al romperse llenó la sala. Nadie lo oiría, pues los vecinos de abajo también estaban de vacaciones.
—La culpa es tuya. Dijiste que estaba en casa.
—Las luces estaban encendidas —replicó a la voz de mujer una voz de hombre.
—No tires la porcelana. Utiliza un martillo.
Sabían que estaba despierta, porque hablaban en voz baja. Era difícil distinguir las voces masculinas de las femeninas.
—Es porcelana de Sèvres.
—Dame el martillo.
La taza de porcelana produjo una explosión como la de un disparo. A medida que los invisibles fantasmas prosiguieron con la destrucción, el resto del frágil juego de piezas fue reventando como una hilera de petardos.
Dany se acurrucó en la manta, temblando y con la lengua fuera por la presión de la media que la ahogaba, confiando en que no la torturasen más.
—Hay una caja de caudales bajo la cama. Vamos a abrirla.
Dany oyó que corrían la cama, a lo que siguió un relativo silencio mientras intentaban encontrar la combinación correcta. El fracaso en abrirla tuvo como consecuencia un nuevo asalto con el martillo al resto del apartamento. Dany, a través del calcetín de Roman, podía ya distinguir imágenes. Vio la navaja que penetraba en el asiento de una butaca y sacaba el relleno con puñaladas de maníaco.
Cuánto tiempo llevarían ya allí, se preguntó Dany. El terror se apoderó de ella al darse cuenta de que podría no quedar ya nada que destrozar en el apartamento. Butacas, mesas, espejos, juegos de porcelana y de cristal; todo había sido destruido, menos ella. Se quedarían quietos con los martillos y las navajas y las manos al acecho del último objetivo. La extraña cacofonía tenía pausas cada vez más largas. Si antes deseaba que aquello concluyera, ahora Dany estaba dispuesta a que continuase eternamente. La sala quedó en silencio, excepto por el jadeo de los que habían trabajado duro en una noche de verano con máscaras de lana cubriéndoles el rostro. De alguna forma sabía Dany que continuaban con ellas puestas, y también con los guantes. Qué agradable sería esquiar con Roman en Nueva Inglaterra, en White Mountains. Nunca había estado allí.
El sofá se hundió por un extremo. Alguien se había sentado junto a ella.
Pudo sentir el calor a un lado de la cara cuando se inclinó para hablarle.
—Tenemos que irnos. Nos vamos ya —oyó un susurro en un agradable tono familiar. La esperanza renació en Dany, aunque procuró no confiarse.
Permaneció lo más inmóvil que pudo. Una mano le recorrió las costillas—.
Tenemos que irnos —repitió la voz—. Pero no podemos marcharnos así,
¿sabes lo que quiero decir? No podemos marcharnos así. —La esperanza había muerto antes de nacer—. Dame la navaja.
Y Dany supo que ya no le hablaba a ella.
Era estúpido, por supuesto, pues el calcetín le impedía la visión, pero, aun así, cerró los ojos para no ver lo que el tipo iba a hacer porque ella era una chica estúpida, como Roman le decía siempre, y de esa forma iba a morir.
Al menos, sabía lo bastante como para desmayarse en cuanto él empezó.
Celie balanceó el vaso de té caliente entre los dedos para que pareciese la ofrenda a un Buda extraño.
Sopló una voluta de humo y se lo dio a Roman diciendo:
—Eres un chico listo, Romano, siempre lo he dicho. Tú puedes tener razón y yo puedo tener razón, ya que los dos somos muy inteligentes. Pero déjame que te diga algo sensato. Mantente apartado; es un asunto entre payos, no es asunto tuyo.
—Ya lo has dicho antes.
—Porque sé cuándo no me escuchas. Nanoosh está a salvo. Es lo único que debe importarte.
—Me amenazó con la cabeza del diablo.
—¡Bah! Eso no te asusta, y yo lo sé. Demuestra lo mucho que conoce nuestros ritos.
—Demuestra que cree que los conoce. Eso es lo que lo convierte en peligroso. —Pensó en Sloan, el cobarde que se paseaba durante horas por su despacho a la espera de una llamada telefónica y se acostaba para tener malos sueños. El individuo que dejó la cabeza del diablo dando vueltas sobre la cama había entrado por la ventana, lo mismo que Roman, pues si lo hubiera hecho por la puerta él le habría oído. Era alguien que se movía tan hábilmente en la oscuridad como el propio Roman—. La única razón por la
que no me mató fue porque yo estaba en la casa. Hubiera sido demasiada coincidencia para la policía. Él sabe lo que soy.
—¿Crees que esa cosa malvada te persigue a ti en particular? Tengo algo que decirte, el mal de los payos es más impersonal que todo eso.
Échate a un lado y déjale pasar. Que siga su camino. Se olvidará pronto de Romano Gry.
—¿Y qué sugieres que haga mañana por la noche, no pensar en eso?
El ruido de la fiesta no era suficiente para turbar el silencio de la cocina.
Un alfiler del vestido de Laza estaba en el suelo; Roman lo empujó a un lado con el pie.
—Muy bien. Si eres tan amigo de ese policía, ¿por qué no se lo dices?
Era una concesión de Celie. Ningún gitano tenía tratos con la policía.
Solo esa dispensa le permitiría a Roman hacerlo a los ojos de las kumpanias.
—Isadore tiene a un sospechoso y yo a alguien a quien nunca he visto, un fantasma. Él tiene su móvil y sus pruebas acusatorias. Todo lo que puedo decir es que va a haber otro asesinato. ¿Crees que los tribunales admiten a gitanos que les van con historias acerca de diablos y ceremonias negras? He visto el arma del crimen y tú también. Isadore no sabría de lo que estoy hablando; además, Isadore sería capaz de llevarse al asesino al fútbol sin saberlo. Yo, si lo veo, lo conoceré al instante.
—Entonces, deja que los payos peleen sus propias batallas. Y, si no saben cómo, ese es su problema. ¡Ay, me has estropeado la noche! —
Isadore nunca había visto a Celie enfadada antes, y encogerse de hombros no iba a evitarlo—. Déjame que te diga otro secreto, ya que estás tan interesado en ellos, Romano. Estamos en Norteamérica, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Y hasta andas con una chica norteamericana, ¿no es verdad?
—Sí.
—¿Te consideras norteamericano? Porque, si es así, te tendría por un gran insensato. ¿Cuánto tiempo hace que existe este país? ¿Doscientos años? Bien; los gitanos llevamos por ahí cinco mil años, más que ninguna nación. ¿Y por qué? Porque sabemos sobrevivir. Los arios trataron de matarnos, y los persas, los tártaros, los magiares, los africanos, los
alemanes; todo el mundo. Pero nos mantenemos juntos, nos movemos de un lado a otro y tenemos presente siempre una cosa: sobrevivir. Ese es nuestro gran secreto. En el momento en que no pienses como un gitano, Romano, serás hombre muerto. Y cuando vengan a mi puerta a decirme que has muerto bravamente yo diré: bater, así sea.
Roman miró al alfiler. Había olvidado si era buena o mala suerte recogerlo. Eran más de las tres, había prometido estar de vuelta mucho antes y se encontraba cansado.
Celie había estado machacándolo durante una hora.
—No te habría dicho lo que querías saber si hubiese sospechado lo que pretendías hacer —prosiguió la mujer—. Tú eres mi favorito, por lo que podías habérmelo ocultado. Pero no era justo. Así que no te dejaré marchar hasta que me prometas que este es el fin. Porque me has involucrado, puedo pedírtelo. No harás nada. Dejarás que los payos se asesinen entre ellos y se cacen unos a otros. Te prohíbo que tengas nada que ver con ese asunto. —
Aquellos ojos negros que no tenían edad miraron a los de Roman muy fijamente—. ¿Me lo prometes?
Roman suspiró y puso el vaso en la mesa. El lateral estaba manchado de mermelada. Emitía un aroma ácido, un olor embriagador que había olido miles de veces en miles de sitios diferentes.
—Sí —respondió.
Al salir de la cocina, Kore tenía otra canción que quería que Roman oyese.
Yoyo estaba abriendo una nueva botella de brandy. Roman se disculpó y estaba ya a punto de irse cuando los recién casados regresaron.
Laza se sonrojó ante las risas maliciosas de sus antiguas compañeras de juegos. Vera abrió los brazos y exhibió la sábana manchada de sangre.
Roman no llegó a casa hasta pasadas las cuatro, y no tuvo otro remedio que romper la promesa que acababa de hacer.
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