Goat Mountain

David Vann · Capítulo 8 de 17

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Goat Mountain

La bestia es lo que hace al…

La bestia es lo que hace al hombre. Bebemos la sangre de Cristo para poder

 

ser animales otra vez, para degollar y beber sangre, bañarnos en sangre,

devorar carne, recordar quiénes somos, desandar el camino y volver. Nos

tranquilizamos a nosotros mismos. Los Mandamientos algo imposible, no

podemos sino fracasar, por eso necesitamos confirmar cada domingo que eso

que somos no se ha perdido todavía.

Tragué aquel corazón y alcancé la plenitud. Una generación completada,

podía plantarme ya ante mi padre y mi abuelo. Pero aún había otra cosa que

hacer. La dominación no estaba completa. Lo que hacía de aquel animal un

macho tenía que ser extirpado también, y esa era la parte más difícil, sobre

todo con tan poca luz, la noche se nos echaba encima.

Cogí el cuchillo del suelo, me arrodillé ante su entrepierna y tiré de una

pata para abrirlo bien. Seguí el corte hacia abajo desde el vientre hasta llegar

al ano. Así sus pelotas, tiré con fuerza y di un tajo, lancé los testículos al

matorral, conminándolo al olvido. Desollé la piel de la cara interior de sus

muslos y le arranqué la vaina del pene, dejando tan solo aquel muñón interior,

delgado y ratuno sin el pellejo.

Moscas por todas partes, pequeños satélites a la luz en declive, aquel

sonido enervante que me provocaba una sensación de urgencia. Ahondé con

el cuchillo a través del músculo hasta el hueso de la pelvis. Tenía que

localizar la vejiga pero con cuidado de no pincharla, la orina estropearía la

carne.

No acababa de entender por qué tenían la vejiga tan escondida. ¿A qué

plan, a qué motivo respondía eso? Seguí cortando pero sin conseguir dar con

ella. Metí los dedos con cuidado, apartando carne, entre los huesos, un lugar

trastocado al palparlo, y busqué a ciegas confiando en que fuese pequeña y

pudiera sacarla por el agujero que había abierto para el pene. Pero era grande,

estaba llena y todavía caliente.

Mi cara pegada al ciervo, moscas cebándose en mis mejillas y en mi

cuello, y ya no veía lo que hacía, cada vez más oscuro y mis manos hurgando

dentro, pero al final conseguí apartar las membranas que rodeaban la vejiga y

noté cómo se aflojaba en la palma de mi mano.

Hice un corte fino alrededor del ano y saqué todo aquello por el agujero

resultante: colon, vejiga y pene, que hube de empujar hacia su propio

agujerito con una mano mientras tiraba con la otra, viendo desaparecer la fina

cola de rata.

Transporté todo el trofeo cuidadosamente con ambas manos y lo tiré a los

matorrales, lejos de la carne. Después volví a por los pulmones, retiré el

amasijo espumoso y lo fui lanzando a puñados al matorral, buscando entre las

costillas por si quedaba algún resto.

Bueno, dijo mi padre.

Sí, dijo Tom. Habrá que traer la camioneta.

Se alejaron los tres por el cortafuegos, espectros empequeñeciéndose,

manchas más oscuras que la propia oscuridad reinante. Me quedé a solas.

Pasé las manos por el interior de las paredes, pero estaba todo liso y

empezaba a secarse. Las manos se me encogían según iba secándose la

sangre, como una segunda piel más ceñida.

De pie junto al ciervo levanté la vista, el cielo de un azul muy oscuro, las

primeras estrellas, la polar baja y brillante. Yo ya era un hombre. Aquel

cortafuegos y la pendiente un lugar sagrado, el sacrificio y los rituales

llevados a cabo. Pero era aún mejor que eso. Ojalá pudiera volver a aquel

momento. Mi antiguo yo, mi otra vida, consumidos: una especie de inocencia,

un nuevo comienzo. Lo que todos deseamos, ¿no? ¿Y cuántas veces llegamos

a experimentar eso en la vida? Un momento siempre tan fugaz.

Todo estaba entero. El lugar donde me hallaba el único lugar, el ciervo

tendido en el suelo mi ciervo, el mío, y yo acababa de hacer lo estipulado, mi

obra concluida, y sin más luz que la de aquel azul oscuro y las estrellas,

ningún indicio de otros humanos aparte del cortafuegos, un tajo abierto en el

matorral, pero si era capaz de borrar todo aquello de mi mente, podía pensar

que estaba en cualquier época y que la ladera y el firmamento me pertenecían.

Recuerdo que extendí los brazos aquella noche y tuve la sensación de que

podía extenderme hasta el infinito. Si cerraba los puños y tiraba hacia dentro,

podía combar montañas, derrumbar sierras. Todo aquel mundo a mi alcance.

La noche era mía. Los mayores seguirían el cortafuegos hasta la

bifurcación y luego hasta los pinos y la camioneta. Volveríamos al

campamento y colgaríamos mi ciervo boca abajo al lado del furtivo, y yo le

despellejaría los perniles e introduciría el puño entre la piel y la carne. Todo

eso a la luz del farol, y cenaríamos muy tarde y yo me dormiría agotado de

cansancio. No había hecho siesta ni pegado apenas ojo la noche anterior. Me

tumbé de espaldas en la tierra y al momento noté que me quedaba dormido, el sueño una especie de recinto que todo lo atenuaba, pero entonces oí arrancar

el motor de la camioneta, muy lejos y amortiguado.

Al ponerme en pie sentí un mareo. Sin comer, sin beber, sin dormir. Y los

esfuerzos que había hecho peleando con el ciervo, cortándole el pescuezo con

mi cuchillo. El hombro dolorido de tantos golpes contra el suelo. Y luego la

plaga de la avena venenosa, extendiéndose por todo mi cuerpo. Me rascaba

sin parar, pero eso solo empeoraba las cosas.

Alcancé a ver brevemente las copas de unos árboles iluminados por los

faros. Árboles que estaban más arriba en la ladera, por encima de los claros.

El rugido del motor muy tenue. La colina una especie de arco que me tapaba

la vista y amortiguaba el sonido, distorsionándolo hasta el punto de que la

camioneta parecía estar alejándose. Y entonces vi luz blanca otra vez en las

copas de los árboles pero más arriba, cosa que me extrañó.

La zona talada que daba al cortafuegos estaba en los claros, no más arriba.

Los faros deberían haber mirado en la otra dirección. Deberían haber barrido

el espacio más arriba de donde yo estaba e iluminado la loma por detrás, y el

sonido aproximándose.

Pero ¿qué hacéis?, dije en voz alta. El sonido de la camioneta ya no era

constante, sino momentáneo, interrumpido, se desvanecía.

Se marchaban sin mí. Mi padre, mi abuelo y Tom regresaban al

campamento y me dejaban allí solo, con mi ciervo.

Busqué el rifle, lo encontré todavía enganchado, lo saqué de allí y me lo

pasé por los tejanos para quitarle la tierra y la sangre adheridas. Enfilé

después aquel cortafuegos, no había luna, estaba muy oscuro, el camino de un

negro ligeramente más claro que el de la oscuridad. Si parpadeaba, la imagen

permanecía un momento detrás de mis párpados. Aunque no tenía

posibilidades de alcanzarlos, corrí porque no podía hacer otra cosa.

Afanándome cuesta arriba, las piernas ardiendo, me las arañaba en los

arbustos del margen, y luego virando hasta llegar al punto más alto del arco,

donde la montaña descendía hacia dentro y el camino se nivelaba, y vi el

blanco de los faros más lejos aún, en otra cuesta, leve iluminación de matorral

y un guiño de rojo.

Introduje un cartucho en mi 30-30 y disparé hacia donde había visto las

luces de cola. Ni siquiera lo pensé. Apreté el gatillo y nada más. Así de

furioso estaba. Y el retroceso me magulló el hombro. No lo había notado al

dispararle al ciervo, pero esta vez sí, quizá porque faltaba la emoción de

matar. Me quedé sordo de golpe y noté un olor a azufre. La camioneta siguió

adelante como si tal cosa.

Me quedé allí de pie, jadeando. No oía otra cosa que la electricidad

estática invadiendo mi cabeza.

Varado en aquella ladera, abandonado por mi familia. La oscura mole de

la montaña meciéndose bajo mis pies. El matorral como una malevolencia a

mi alrededor, observando y a la espera.

Estaba tan furioso que no pude moverme. Paralizado de pura incredulidad.

Pero la camioneta no volvía. Se había perdido de vista tras otro pliegue y

cada vez hacía más frío. Yo solo llevaba puesta una camiseta, y el ciervo

tendido en mitad del cortafuegos y eran varios kilómetros hasta el

campamento.

No sabía qué hacer, pero regresé en busca del ciervo. No había otra

alternativa. Tendría que cargar con el venado fuera como fuese.

Lo encontré en el camino, una sombra en medio de otras sombras en

aquella noche sin luna. Me arrodillé ante la cavidad con cuidado de no pisar el

montón de entrañas. Busqué a tientas mi cuchillo, tuve que arrastrarme como

un ciego, mis dedos cribando el polvo hasta que toqué el filo. Me lo limpié en

los tejanos y luego busqué sus cuartos traseros. El tendón de Aquiles y la

bolsa almizclera, una cosa acre y exasperante, y hundí el cuchillo en el hueco

entre hueso y tendón, un hueco natural cubierto únicamente de piel fina.

Limpié ambas patas de esta manera y luego busqué las delanteras. Se las partí

a la altura del codo hasta que asomó el hueso y luego metí cada pata de

delante en una de atrás, formando una especie de mochila. Los huesos que

asomaban resbalaron y quedaron enganchados en los tendones de Aquiles.

Envainado el cuchillo y con el rifle en una mano, me tumbé al lado del

ciervo, la espalda contra su vientre, y me pasé las patas enganchadas por

encima de los hombros, y luego tiré de pescuezo, cabeza y cornamenta hasta

que quedaron colgando sobre mi pecho. Por último me incorporé y desde la

posición de sentado intenté ponerme de pie.

El ciervo pesaba más que yo. Unos cincuenta kilos, calculé, y eso sin las

tripas en su sitio, literalmente un peso muerto. Duro, inflexible y real. Avancé

un paso cuesta arriba, luego otro, las piernas me temblaban, la espalda se me

hundía con la carga. No podía caminar así dos o tres kilómetros.

Pero lo intenté. Seguí adelante, encorvado, haciendo esfuerzos, poniendo

una pierna y luego la otra. La cabeza y las astas del ciervo me golpeaban el

pecho, una bestia de nuevo cuño, amalgama de hombre y animal,

compartiendo el mismo respirar y la misma sangre. Animal destripado, pero

su pellejo y pezuñas y cornamenta protegían como un escudo la desnudez y

debilidad del hombre. ¿En qué me convertiría? Si lograba recorrer toda la distancia hasta el campamento, ¿me saldrían pezuñas?

Estaba convencido de que aquel animal podía devenir yo. Lo presentía.

Era un niño, y por tanto no estaba mermado todavía por los límites de la

existencia. Todo parecía posible. Metamorfosis. Deseo, voluntad y

desesperación lo bastante fuertes como para modificar el físico y encontrar

una forma más verdadera. Mis piernas más delgadas en las pantorrillas, los

pies endurecidos y encogiéndose, mis muslos fortaleciéndose y girando sobre

la articulación. Un caballón de lado a lado de mi cráneo y el hueso asomando,

mi cuello más ancho para contrarrestar el peso. En mis brazos el pelo cada

vez más basto y espeso y apelmazado, la piel endureciéndose para ser pellejo.

Todo sonido amplificado, más próximo, diminuto y exacto, el olor de cada

planta perfectamente diferenciado, la vista encontrando luz en las sombras.

Todo pensamiento aniquilado, sustituido por el mundo. La inmediatez y

enormidad de ese mundo, convertirse en una parte de él, por fin, nunca más

extirpado. La maldición de la humanidad es perder el mundo, el pensamiento

es la pérdida de la inmersión.

Ni dudas ni indecisiones, solo instinto. Yo era algo completamente

diferente del ciervo. Y la noche para mí no era inmediata. Yo no conocía cada

sonido y cada movimiento, no era capaz de oler la mayor parte de las cosas

que traía el aire. No tenía pellejo que me protegiera.

Si hubiera podido transformarme, habría podido cargar con aquel peso.

Pero seguía siendo humano y débil y empecé a flaquear y caí de costado al

suelo, encima del ciervo, mi improvisada mochila de carne todavía tibia.

Aparté de mí la testa y la cornamenta, me liberé de sus patas y me puse de

pie sin saber qué hacer. La noche negra, negra de verdad, en el cielo brillaban

estrellas pero su luz no alcanzaba el suelo. Una separación de distancias

imposibles, este mundo de abajo hurtado a la luz.

Agarré la cornamenta con ambas manos y empecé a tirar, arrastrando al

ciervo por el suelo, cuesta arriba. Caminando hacia atrás, doblado por la

cintura, tirando con todas mis fuerzas, errando por aquel planeta oscuro en

compañía de un cadáver pesado y flácido.

El infierno diferente de lo que pensamos, repleto y bullicioso, tormentos

por doquier y llamas, figuras saltando aquí y allá para distraer y entretener.

No, el infierno será solitario. Cada uno de nosotros arrastrándose por una

interminable extensión oscura y monótona. El infierno una tarea interminable.

Incapaz de mover aquel cadáver ni un palmo de terreno más, dolor atroz en la

espalda, y sin embargo esto me llevará la noche entera y luego una confusión

de noches y el tiempo perdido, transcurrir de años y de vidas y por último tiempo geológico, la superficie cambiando bajo mis pies, crecer y formarse y

desplomarse montañas y yo todavía tirando y cada momento insoportable,

cada momento excesivo. El infierno es tiempo negándose a correr, y la

enormidad de lo que todavía queda por transcurrir.

El cuerpo que arrastramos en el infierno es el propio, lo que hemos sido y

el peso de ello, vamos tirando marcha atrás sin ver hacia dónde vamos, lo

mismo que cuando vivíamos. Sin rumbo claro, a ciegas, carente de sentido. Y

nuestro sufrimiento no se traduce en nada, nada quiere significar. Continuar

arrastrándose sin más.

El cadáver enganchándose en raíces y matojos y piedras, atrapado. Yo

teniendo que levantar y tirar pero ya sin espalda y los muslos ardiendo, y

cuando el peso vuelve a deslizarse otra vez lo hace ofreciendo más

resistencia, el suelo un guardián que le impide el paso.

La vista será el primero de los sentidos que desaparecerá en el infierno,

por ser el más preciado en vida. Lo conservaremos apenas el tiempo

suficiente para ver las estrellas allá en lo alto y conocer la distancia.

Pasaremos incontables noches creyendo que quizá se acercarán, creyendo que

podríamos alcanzarlas. Acabaremos dependiendo de ellas en busca de

consuelo y, sin querer, empezaremos a considerarlas una meta. Ellas nos

ofrecerán una huida, otro lugar, pero luego parecerá que pierden brillo y se

vuelven difusas, y esto durará tanto que ya no seremos capaces de recordar si

las estrellas fueron alguna vez más nítidas, pero nuestro anhelo por ellas no

habrá menguado y luego, de repente, ya no estarán allí, no habrá claridad

alguna y no sabremos si todavía somos capaces de ver o no. Desearemos

frotarnos los ojos, hurgar allí e intentar que resuciten, pero no tendremos las

manos libres.

Nos centraremos luego en el sonido, el arrastrar este cuerpo por terreno

escabroso. Y como no tendremos nada más, haremos un mundo de ese sonido.

Un raspar de pellejo sobre tierra era todo lo que yo podía oír en aquel monte,

un peso general y absoluto, pero luego el sonido se separa y se mueven

piedrecitas en el suelo y ruedan y rechinan sobre afloramientos de roca,

pequeños caballones como una espina dorsal prominente, arañando el pellejo,

un sonido de desgarro, y no podemos saber qué es lo que arrastramos, si un

animal de pelo como cerdas o nuestro propio cuerpo, pues el sonido de

desgarro pertenece al miedo y no se deja conocer. Pezuñas hollando el suelo,

eso deberíamos ser capaces de oírlo, la huella que dejan, pero la tierra son

millones de granos y cientos de piedras pequeñas y de vez en cuando una

mata de hierba y un rozar con raíces y matojos, tantos sonidos a la vez que nos perdemos. El propio sonido un paisaje del averno, sin escapatoria posible,

y ahora marchamos por dos mundos que se van separando, el del tacto y el del

sonido, sin indicación acerca del cuerpo que vamos arrastrando, y que tal vez

no es el nuestro.

Tacto. Peso físico y esfuerzo, y la noche interminable cada vez más fría,

todo el calor desvaneciéndose y el sol nunca volverá a salir. Un mundo

amortiguado, ciego y sin sonidos, pero no distante. Dolor y nada en qué

concentrarse salvo el dolor. El fracaso del cuerpo, rechinar de hueso contra

hueso, músculos escindidos, nervios que iluminan nuestro oscuro cielo.

Tenemos la sensación de ver un poco otra vez, pero es por dentro, puntos

luminosos de rechinar y desgarrar que corren en líneas muy delgadas, impulso

y pauta, rojo entramado de dolor, y verlo nos aparta de ello, limita lo que

sentimos, y aunque pensamos que es posible manejarlo, todo se torna oscuro

de nuevo y ahora conocemos cada pauta, cada pista, pero solo sentimos la

oleada, no vemos nada en absoluto. Dolor. La sensación de dolor, siempre

nueva. Y no hay ningún otro sentido. Gusto y olfato no importaron mientras

vivíamos, y tampoco en el infierno. Los hemos olvidado. Y aunque seguimos

andando hacia atrás, arrastrando este peso, ya no lo sabemos porque nos

hemos extraviado dentro de nosotros mismos, cada infierno personal y

contenido.