Goat Mountain

David Vann · Capítulo 16 de 17

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Goat Mountain

Un dios terrible. Es todo lo que…

Un dios terrible. Es todo lo que sabemos. Miedo atávico. Dios que nos hacía y

nos destruía, pero de ese dios nos hemos olvidado. Nuestros sueños de Jesús

nos han hecho blandos.

Mi abuelo me apretó contra la tierra negra, dispuesto a arrancarme los

ojos. Eso es lo que sé. Aquella mole, más pesada que la montaña, una

gravedad diferente. Todo aquello en lo que no acertamos a creer.

Hundiéndome en la tierra, hacia el averno, y todo yo en llamas. Pero

entonces me cogió la cabeza con las dos manos, como si yo le importara. Y le

vi sonreír. Mi dolor despertaba su curiosidad. Sin preocuparle las balas que

pudieran venir de abajo.

Vas a matar, dijo. Ojos grises y menudos y vacíos en sus centros. Ojos

hechos de tiempo, hebras de aquel gris surgiendo de la oscuridad, haces y

cordones de luz al principio invisibles, apareciendo en el borde interior y

cruzando aquel redondel para luego desaparecer en el borde exterior. El gris

una especie de perla y la superficie cualquier cosa menos superficie. Yo me

hundía bajo aquellas hebras en otras que había debajo, un mundo de galaxias,

haces de cordón gris perla infinitos que solo allí se mostraban. Yo podía caer

a través aquel lugar, a través del tiempo, y la caída sería eterna, sin suelo que

me parara.

Todo lo terrible es hermoso. Y las veces que lo vemos son siempre

demasiado breves. Una bala se hundió en la parte posterior de mi pierna

izquierda, invadiendo el músculo, tocando hueso. Sin rasguño, un quedarme

sin respiración y sin pensamiento y la embestida de un miedo animal

profundo. Cerré los ojos y mi abuelo me incorporó, me zarandeó por los

hombros, me clavó una rodilla en la espalda. Yo tenía el rifle en las manos y

él introdujo otro cartucho.

Le vas a matar ahora, dijo. Lo buscarás con la mira, notarás cómo se le

clava ese retículo en el pecho y luego dispararás. O lo haces o mueres aquí

mismo.

Yo ya no podía hablar. Perdía el conocimiento, y mi abuelo impedía que

perdiera pie. Apliqué el ojo a la mira y vi un cielo vacío, de un azul

blanquecino. A continuación árboles de las montañas al fondo del valle precipitándose a velocidades inverosímiles, lanzados a la superficie

describiendo arcos. Luego suelo negro, blancas formas retorcidas, y mi pierna

vaciada y ardiendo, un tipo de munición pensado para mantener viva la llama.

Mi padre se había acercado. No sé cómo pero lo supe. Un aliado. Mi

abuelo alzándose como un gran oso para encararlo, y era evidente que

aplastaría a mi padre. El cráneo entre sus manos. Caí de espaldas al suelo y él

tapó casi todo el cielo, haciéndose más grande por momentos, nutriéndose de

nuestro temor, y entonces dirigí el cañón del rifle hacia arriba y lo apoyé en

su costado y apreté el gatillo.

El estampido muy cercano, un extraño sonido opaco con el cañón pegado

a él, y supe que el disparo no tendría efecto. Mi abuelo demasiado grande,

creciendo todavía, hecho de una materia que no nos es dado conocer, algo que

va contra todo lo que nosotros podemos ver o sentir y hace posible que exista,

algo capaz de dar vida a la misma roca. La bala lo recorrería de punta a punta

sin encontrar jamás el blanco. Viajaría durante millares de años y no chocaría

con nada porque en alguna parte tendría una sombra inamovible. Esos

millares de años devenidos menos de un instante, y la bala esfumándose y

volviendo brevemente a la vida para extinguirse después.

En lo alto el cielo oscuro se bamboleaba, y alguna fumarola debió de

abrirse porque oí cómo se le colapsaba un pulmón, cómo el aire de dentro se

escapaba por su costado, y casi me pareció que podía ser un hombre. Mi

propia cabeza iba de un lado al otro, cabalgando olas de dolor y vibración,

apagándose, pero aún pude verlo girar y mirarme desde arriba, y tenía la boca

abierta en busca de aire. No hubo inhalación, y sí asombro en su semblante.

Me miró como si yo fuera dios también, un truco de última hora.

Sus brazos y sus manos cada vez más lejos, tratando de agarrarme. Se

tambaleaba hacia atrás, logró enderezarse, se inclinó al frente, y yo supe que

iba a caer y que me aplastaría.

Sus ojos de un gris muy vivo, metal bruñido, fijos en mí mientras su mole

descomunal se venía abajo. Una caída que asumimos juntos, encontrándonos

hacia la mitad de la misma, el tiempo a cámara lenta y la gravedad

disminuida. Y lo que sentí fue amor.

Eterna, aquella caída, y yo quedé aplastado entre montañas, inmovilizado

contra la tierra negra por el peso de algo más oscuro aún, y me quedé sin

respiración. La cara de mi padre extraviada y desesperada, un regreso a la

infancia, tirando de aquel corpachón, su mundo entero desaparecido. Tiró de

aquel cuerpo hasta que me lo quitó de encima, y entonces lloró a su padre.

Era imposible que mi abuelo se muriera. Al hacerlo quebrantó todas las normas. Dios al fin y al cabo.