Goat Mountain

David Vann · Capítulo 1 de 17

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Goat Mountain

La oscuridad un gran músculo que se…

La oscuridad un gran músculo que se tensaba, lleno de sangre, un ser vivo ya

antes de que dios hiciera su trabajo. Sin primer aliento, más bien una

animación anterior, un pulso, una presión. Esperé en la oscuridad, tumbado, y

no me dormí, y lo único que tenía sentido era el espacio oscuro entre las

estrellas, no las estrellas mismas. Eso era lo que vivía, lo que respiraba y se

flexionaba. Debajo de mí el suelo se mecía suavemente, respondiendo al

tirón, y yo estaba atrapado entre ambas cosas. Una especie de cepo sobre

muelles, y mi abuelo, aquel corpachón tambaleante en la oscuridad, sus

pisadas dirigiéndose quién sabía adónde.

Lo que no se deja comprender es el tiempo, por qué un pie cae cuando lo

hace. Mi abuelo aguardando durante toda mi vida, y algo dentro de mí

aguardando también.

Me pareció que no iba a poder dormir nunca más. Mi mente diáfana como

el aire frío, completamente alerta, y cada momento expandiéndose casi hasta

el infinito. Una noche más larga que mi vida entera hasta entonces. No hay

escala ni medida en este mundo que sea siempre constante. Siempre estamos

deslizándonos.

Pero al final oí el sonido del farol, Tom que se había levantado para

preparar el desayuno, y los árboles aparecieron por encima de mí, creados en

apenas un instante, transformados a partir de sus sombras, hechos en la luz,

millares de agujas sin color verdadero, no verdes sino de un blanco

amarillento, y sus gruesas piñas y ramas y los profundos surcos de sus

troncos. Las distancias desaparecidas, los cielos borrados. El mundo se

acható.

No pude oír el suave fragor de la lámpara, que tanto me gustaba, porque la

fuente hacía demasiado ruido, pero sí metal contra metal, rozando y cortando

mientras Tom trabajaba, y supe que al fin estaba a salvo. Mi abuelo no

vendría a por mí, por ahora. El día había dado comienzo e iríamos a cazar los

cuatro juntos y todo cuanto nos esperaba quedaría aplazado.

Permanecí dentro de mi saco de dormir, caliente, y la brisa empezó a

soplar pese a que no había ningún atisbo de sol. Una prefiguración, el aire

mismo impaciente por que empezara el día. Yo me imagino la creación así. Una cosa esperada, una inquietud.

La luz del farol no firme sino latiendo lo bastante despacio para hacerse

notar, una clase distinta de sol. Y nuestro campamento convertido en un

universo enano, independiente de la oscuridad circundante. Me levanté, me

puse los tejanos, las botas, la cazadora y el gorro, mi sombra dibujada enorme

en la cuesta y los árboles de más atrás. Tom el más gigantesco de todos,

movía un brazo y la zona donde yo estaba quedaba momentáneamente en

sombras.

Enrollé y até el viejo saco de dormir y lo remetí bajo el tronco caído. Eché

a andar lateralmente por la colina, el rifle en ambas manos y el cartucho aquel

metido todavía en la recámara, a punto, y abordé el campamento desde una

dirección distinta, cerca de la fuente y el caño y el arroyo, enmascarando así

el sonido de mis pisadas.

Tom estaba de pie junto a la parrilla, a contraluz del farol. Verde oscuro

moteado de su gorra de béisbol y su chaqueta de camuflaje. Una mano en el

bolsillo y la otra sosteniendo una espátula. Oyó algo, levantó la cabeza y me

vio.

Un desayuno como otro cualquiera, dijo. Un día de caza cualquiera. Tú

ahí con el rifle. Pero yo sé que no es lo mismo.

El rostro de Tom en sombras, pero su voz igual que la que yo había oído

toda mi vida.

Uno no hace algo y pretende que no ha pasado nada. En cuanto volvamos

a casa, lo primero que haré será hablar con el sheriff.

Tienes razón, dijo mi padre. Deberías entregarte por haber matado a ese

hombre. Es lo más correcto. Mi padre al otro lado de la mesa, en la parte de

abajo, su rostro a la luz del farol. Probablemente había ido a ver al muerto en

su saco.

No estoy seguro de haber oído bien, dijo Tom. Se volvió hacia mi padre.

Puedes estarlo.

No, es imposible que te haya oído bien, dijo Tom.

Nuestro trabajo consiste en reunir pruebas, dijo mi padre. Yo he metido a

ese hombre dentro de un saco y te he apresado a ti y te he traído junto con el

cuerpo del delito. Hay tres testigos.

Serías capaz de hacer eso.

Sí.

Y estás seguro.

Lo estoy. Aunque tal vez no haya ninguna necesidad de ir a ver al sheriff.

Es mejor así, ¿no crees?

Vaya. Tom se volvió de nuevo hacia la plancha. Las primeras tortitas

están a punto, dijo. Id cogiendo platos.

Con el rifle al extremo del brazo, me acerqué lo justo para coger un plato.

Tom me sirvió dos panqueques y luego me miró. Yo estaba en sombras y esta

vez pude verle la cara, sin afeitar y exánime, los ojos distorsionados tras los

cristales de sus gafas.

Me senté en el lado de abajo de la mesa, evitando a mi padre. La culata

del rifle entre mis pies y el cañón enhiesto junto a mi hombro derecho, cerca y

protegido. Cogí al cazo de crema de champiñoñes que humeaba en el centro

de la mesa y eché un poco sobre mis panqueques, blanco lechoso con pedazos

oscuros, medialunas. Una crema espesa, condensada sin el añadido de agua.

Mi padre se sentó delante y aún así consiguió no verme. Yo como si no

existiera. Se sirvió crema también y luego cortó un pedazo de tortita con su

cuchillo. El rugir del farol, muy cerca sobre nuestras cabezas, el sonido

dominante.

Mi abuelo vino de la oscuridad arrastrando los pies, y mi padre se levantó

para hacerle sitio y que pudiera pasar las piernas por encima del banco. El

trabajoso sonido de su respiración, pulmones demasiado pequeños para tanta

corpulencia, el corazón del tamaño de una nuez. Todas sus vísceras

encogidas, al final se le podría cortar a pedazos y no encontrar otra cosa que

grasa.

Le pusieron un plato delante y él se puso salsa y empezó a masticar antes

incluso de que la comida estuviera en su boca.

Mi padre cortando perfectos triángulos de doble capa, como hacía

siempre. La misma cantidad de salsa en cada bocado, masticando

aproximadamente la misma cantidad de veces, todo tan ordenado.

Y luego Tom, metiendo las piernas bajo la mesa a mi lado. En su plato

tres panqueques, no dos. Se sirvió de aquella salsa blanca y empezó a cortar

con el tenedor, a la buena de dios, avanzando hacia el centro del panqueque

sin recortar los bordes. Cosa que a mi padre, que miraba de reojo, siempre le

fastidiaba. Y de repente dio la impresión de que podía ser un día de tantos,

levantarnos muy temprano, antes de que saliera el sol, mi padre mirando de

reojo el plato de Tom y conteniéndose de hacer comentarios. El farol y la

fuente. La brisa que se levantaba.

El muerto haciendo el indio dentro del saco, un bufón amordazado. Volví

la cabeza y allí estaba, meciéndose un poquito al viento, aguantando la risa, la

barbilla pegada al pecho, los ojos cerrados.

Yo entiendo que ha ocurrido algo, dijo mi padre.

Aleluya, exclamó Tom.

Pero pensad en lo que habéis sugerido vosotros dos. Primero matar y

quemar a mi hijo, y eso viniendo de su propio abuelo, que, según parece, ha

perdido la cabeza.

Mi abuelo se hizo el sordo. Sus mandíbulas en movimiento automático

como las de una vaca, la expresión ausente.

Y luego la brillante idea de ir a ver al sheriff para poder explicarle cómo

ocurrió esto y por qué lo trajimos aquí y lo metimos en un saco, etcétera,

etcétera. Tendremos tiempo de sobra, vestidos con el pijama a rayas, para ir

explicando cada cual su historia.

Aún hay tiempo, dijo Tom. Por ahora solo es uno el que ha cometido un

crimen.

No, dijo mi abuelo. Eso no es verdad. Estaba mirando al muerto, como si

le apuntara pero desde una gran distancia, sobre la mesa el puño con el

tenedor asomando.

¿Y cuál es tu brillante idea?, preguntó Tom a mi padre.

Enterrarlo, dijo mi padre.

Enterrarlo, repitió Tom. Claro, un bonito sepelio cristiano. ¿Invitamos a

su madre?

Es fácil, dijo mi padre. Con tanto terreno alrededor y dado que nunca hay

nadie, será imposible registrarlo todo. Vamos al sotobosque, cavamos un buen

hoyo, lo enterramos y a otra cosa, mariposa.

Como si no hubiera pasado nada.

Exacto.

Y cuando vengan a buscarle, ¿qué?

Que busquen. Nosotros no sabemos nada.

¿Y qué pasará cuando vean la sangre en el sitio donde cayó muerto?

Nada en absoluto. No hay cadáver. Y nosotros no sabemos nada.

No sabemos nada.

Eso digo.

Y tu hijo tendrá la boca cerradita, ¿no? Durante toda su vida. No se le

escapará decir algo en la escuela.

Claro que no.

El problema no es el tipo que está en el saco, dijo mi abuelo. Aunque lo

entierres, no solucionarás nada.

El zombi de mi papá dándoselas de puto filósofo.

¿Zombi?

Sí, papá, un muerto viviente. Con menos vida que un pedazo de madera.

Y ahora, de repente, cuando me vendría bien que me echaras una mano, hete

aquí a Aristóteles. Joder. Paparruchas. Solo sé que no sé ni lo que me sale del

propio culo. Hacer algo es no hacer nada. Y bla bla bla.

El puño con que mi abuelo sujetaba el tenedor se movió a una velocidad

inesperada para mí. De pronto el tenedor estaba clavado en el antebrazo de mi

padre, allí donde este se había subido la manga, los dientes clavados hasta el

hueso y mostrando ya los bordes rojos. Fue tan repentino que el tenedor casi

parecía formar parte natural de aquel brazo.

A continuación el aullido de mi padre al arrancarse el tenedor, puntitos

rojos en el aire, rojos a pesar de la luz chata, y mi padre trabándose con

aquella mole, una colisión que revertió el tiempo, que cogió lo que había

parido y lo encontró entero otra vez, una masa cayendo hacia atrás,

suspendida, una caída blanda y continuada, casi un acto de amor, la cara

inferior de las botas ondeando por encima de la mesa y un golpe sordo de

carnes chocando contra el suelo, una suerte de berrido que me resultó

irreconocible, y nada que se hubiera puesto en marcha iba ya a cesar.

Volteretas y gruñidos y la mesa me tapaba la vista, de modo que me levanté,

al igual que Tom, y vimos cómo aquel amasijo iba avanzando hacia el país de

las ruedas hidráulicas y los islotes y los canales, y aquellos gigantes humanos,

a veces separados, a veces trabados, se levantaban y caían en aquella región,

el agua un registro del movimiento, grandes chapoteos y salpicaduras ahora a

la sombra del árbol pero las gotas provistas de luminosidad, un azul pálido

incluso en pleno aire, y yo ya al borde del agua con el rifle en las dos manos,

y mi padre afanándose por mí. Lloraba. Eso pude oírlo. Lloriqueaba sin dejar

de propinarle puñetazos a mi abuelo y de recibir otros tantos, los sonidos

chatos y disconexos. Cayendo de nuevo al trecho de luz, un poco aguas abajo,

y entonces vi abrirse la boca de mi abuelo, un gran agujero negro aspirante,

aquella mole necesitada de combustible. Y supe que mi padre no tenía

esperanzas.

A mi padre lo debilitaba un sentido del bien y del mal. Lo injusto era un

peso para él, de buena gana habría instaurado un orden perfecto en el mundo,

cosa que es imposible. Pero mi abuelo actuaba según normas más antiguas,

eso lo entiendo ahora, se regía por lo que mueve montañas y hace curvarse la

luz. Él solo estaba esperando a ver qué pasaba, ningún resultado le parecía

menos deseable que otro. De eso no fui consciente entonces, aunque algo

intuí, creo, un temor ganado a pulso, un instinto que era infalible, un instinto

que de algún modo mi padre había perdido.

Estaba mi padre tumbado de espaldas en el riachuelo, el rostro apenas fuera del agua, y mi abuelo atravesado encima de él mirando hacia lo oscuro,

limitándose a asestarle codazos, y cada vez mi padre encogiéndose de dolor

mientras su propio padre aparentaba casi desinterés, pocas ganas de esforzarse

más. Únicamente aquellos implacables y perezosos codazos y la mirada

perdida en el vacío.

Esa cara, esa mirada perdida, es lo que me queda por comprender. ¿Cómo

podía yo matar y no sentir nada? ¿Sabemos alguna vez en qué nos hemos

convertido?

Por eso sigo volviendo a la Biblia. La mayor parte no vale nada, y además

no me interesa Jesús, pero el Antiguo Testamento es una colección de

historias de un tiempo anterior, sombras atávicas por las que continúo

vagando en busca de la identificación.

La pelea terminó, mi padre derrotado y mi abuelo descansando encima de

él mientras descargaba todavía algún que otro codazo. El arroyo pensando

que eran una isla más en la corriente, el frío apoderándose de mi padre, y Tom

y yo en la orilla sin hacer nada. Mi abuelo era una fuerza de la naturaleza, no

había modo de aplacarla. Solo cabía esperar.

Y, por fin, se levantó. Primero de rodillas, apoyándose en mi padre para

mantener el equilibrio, estirando una pierna y después una especie de

acelerado abalanzamiento para poner recta la otra pierna, y siguió

abalanzándose al frente con pasos de gigante hasta la otra orilla del riachuelo

y la zona de la mesa para llegar finalmente a su colchón, donde lo oímos

derrumbarse otra vez.

Me metí en el agua, que estaba helada, agarré a mi padre por el brazo y le

ayudé a levantarse y que el agua se escurriera de su cuerpo. Él había peleado

por mí, aunque no hubiese modo de reconocerlo. Casi nunca lográbamos

verbalizar las cosas importantes. Apenas si teníamos lenguaje.

Ropa seca, dijo. En la camioneta.

Fui para allá y busqué su ropa y cogí una toalla, y él se había sentado a la

mesa y le ayudé a desnudarse. Primero la chaqueta y la camisa, se le veía

pálido y flaco a la luz del farol, del mismo tono amarillento que daban las

mechas. Solo unos atisbos de rosa. Le sequé la espalda y luego los brazos con

la toalla, y él allí sentado con el mentón contra el pecho, como el muerto del

saco, solo que sin colgar boca abajo. Pero ambos fríos y pálidos, exangües y a

la espera, y se me ocurrió que los dos eran víctimas de mi abuelo, como si

este y no yo hubiera puesto fin a la vida del furtivo.

Mi padre me pasó el brazo por encima y le ayudé a levantarse y a quitarse

los tejanos empapados y el voluminoso calzoncillo blanco. Peludo y con la piel de gallina, se sentó de nuevo y acabó de secarse con la toalla, despacio,

mientras yo le metía los pies en unos calcetines de lana secos y luego le

ayudaba con el pantalón Carhartt marrón y por último las botas. Se nos olvidó

el calzoncillo, pero mi padre dijo que daba igual. De nuevo le ayudé a ponerse

de pie y él se abrochó el pantalón. Después una camiseta blanca y una

chaqueta vieja que olía a humo, a sangre, a petróleo. Una tela verde oscuro

que tenía un tacto como de lona encerada y con manchas por todas partes,

formas que eran un friso de cuanto nos había acaecido allí, y en cierto modo

así era, pues estaban la sangre y las entrañas de innumerables ciervos y peces

y gansos y demás. Nuestra historia personal estaba allí también, en todas

aquellas piezas cobradas, y era ciertamente una historia, una historia sin

palabras que solo podía ser contada mediante formas con correspondencias

más directas.