Goat Mountain
La oscuridad un gran músculo que se…
La oscuridad un gran músculo que se tensaba, lleno de sangre, un ser vivo ya
antes de que dios hiciera su trabajo. Sin primer aliento, más bien una
animación anterior, un pulso, una presión. Esperé en la oscuridad, tumbado, y
no me dormí, y lo único que tenía sentido era el espacio oscuro entre las
estrellas, no las estrellas mismas. Eso era lo que vivía, lo que respiraba y se
flexionaba. Debajo de mí el suelo se mecía suavemente, respondiendo al
tirón, y yo estaba atrapado entre ambas cosas. Una especie de cepo sobre
muelles, y mi abuelo, aquel corpachón tambaleante en la oscuridad, sus
pisadas dirigiéndose quién sabía adónde.
Lo que no se deja comprender es el tiempo, por qué un pie cae cuando lo
hace. Mi abuelo aguardando durante toda mi vida, y algo dentro de mí
aguardando también.
Me pareció que no iba a poder dormir nunca más. Mi mente diáfana como
el aire frío, completamente alerta, y cada momento expandiéndose casi hasta
el infinito. Una noche más larga que mi vida entera hasta entonces. No hay
escala ni medida en este mundo que sea siempre constante. Siempre estamos
deslizándonos.
Pero al final oí el sonido del farol, Tom que se había levantado para
preparar el desayuno, y los árboles aparecieron por encima de mí, creados en
apenas un instante, transformados a partir de sus sombras, hechos en la luz,
millares de agujas sin color verdadero, no verdes sino de un blanco
amarillento, y sus gruesas piñas y ramas y los profundos surcos de sus
troncos. Las distancias desaparecidas, los cielos borrados. El mundo se
acható.
No pude oír el suave fragor de la lámpara, que tanto me gustaba, porque la
fuente hacía demasiado ruido, pero sí metal contra metal, rozando y cortando
mientras Tom trabajaba, y supe que al fin estaba a salvo. Mi abuelo no
vendría a por mí, por ahora. El día había dado comienzo e iríamos a cazar los
cuatro juntos y todo cuanto nos esperaba quedaría aplazado.
Permanecí dentro de mi saco de dormir, caliente, y la brisa empezó a
soplar pese a que no había ningún atisbo de sol. Una prefiguración, el aire
mismo impaciente por que empezara el día. Yo me imagino la creación así. Una cosa esperada, una inquietud.
La luz del farol no firme sino latiendo lo bastante despacio para hacerse
notar, una clase distinta de sol. Y nuestro campamento convertido en un
universo enano, independiente de la oscuridad circundante. Me levanté, me
puse los tejanos, las botas, la cazadora y el gorro, mi sombra dibujada enorme
en la cuesta y los árboles de más atrás. Tom el más gigantesco de todos,
movía un brazo y la zona donde yo estaba quedaba momentáneamente en
sombras.
Enrollé y até el viejo saco de dormir y lo remetí bajo el tronco caído. Eché
a andar lateralmente por la colina, el rifle en ambas manos y el cartucho aquel
metido todavía en la recámara, a punto, y abordé el campamento desde una
dirección distinta, cerca de la fuente y el caño y el arroyo, enmascarando así
el sonido de mis pisadas.
Tom estaba de pie junto a la parrilla, a contraluz del farol. Verde oscuro
moteado de su gorra de béisbol y su chaqueta de camuflaje. Una mano en el
bolsillo y la otra sosteniendo una espátula. Oyó algo, levantó la cabeza y me
vio.
Un desayuno como otro cualquiera, dijo. Un día de caza cualquiera. Tú
ahí con el rifle. Pero yo sé que no es lo mismo.
El rostro de Tom en sombras, pero su voz igual que la que yo había oído
toda mi vida.
Uno no hace algo y pretende que no ha pasado nada. En cuanto volvamos
a casa, lo primero que haré será hablar con el sheriff.
Tienes razón, dijo mi padre. Deberías entregarte por haber matado a ese
hombre. Es lo más correcto. Mi padre al otro lado de la mesa, en la parte de
abajo, su rostro a la luz del farol. Probablemente había ido a ver al muerto en
su saco.
No estoy seguro de haber oído bien, dijo Tom. Se volvió hacia mi padre.
Puedes estarlo.
No, es imposible que te haya oído bien, dijo Tom.
Nuestro trabajo consiste en reunir pruebas, dijo mi padre. Yo he metido a
ese hombre dentro de un saco y te he apresado a ti y te he traído junto con el
cuerpo del delito. Hay tres testigos.
Serías capaz de hacer eso.
Sí.
Y estás seguro.
Lo estoy. Aunque tal vez no haya ninguna necesidad de ir a ver al sheriff.
Es mejor así, ¿no crees?
Vaya. Tom se volvió de nuevo hacia la plancha. Las primeras tortitas
están a punto, dijo. Id cogiendo platos.
Con el rifle al extremo del brazo, me acerqué lo justo para coger un plato.
Tom me sirvió dos panqueques y luego me miró. Yo estaba en sombras y esta
vez pude verle la cara, sin afeitar y exánime, los ojos distorsionados tras los
cristales de sus gafas.
Me senté en el lado de abajo de la mesa, evitando a mi padre. La culata
del rifle entre mis pies y el cañón enhiesto junto a mi hombro derecho, cerca y
protegido. Cogí al cazo de crema de champiñoñes que humeaba en el centro
de la mesa y eché un poco sobre mis panqueques, blanco lechoso con pedazos
oscuros, medialunas. Una crema espesa, condensada sin el añadido de agua.
Mi padre se sentó delante y aún así consiguió no verme. Yo como si no
existiera. Se sirvió crema también y luego cortó un pedazo de tortita con su
cuchillo. El rugir del farol, muy cerca sobre nuestras cabezas, el sonido
dominante.
Mi abuelo vino de la oscuridad arrastrando los pies, y mi padre se levantó
para hacerle sitio y que pudiera pasar las piernas por encima del banco. El
trabajoso sonido de su respiración, pulmones demasiado pequeños para tanta
corpulencia, el corazón del tamaño de una nuez. Todas sus vísceras
encogidas, al final se le podría cortar a pedazos y no encontrar otra cosa que
grasa.
Le pusieron un plato delante y él se puso salsa y empezó a masticar antes
incluso de que la comida estuviera en su boca.
Mi padre cortando perfectos triángulos de doble capa, como hacía
siempre. La misma cantidad de salsa en cada bocado, masticando
aproximadamente la misma cantidad de veces, todo tan ordenado.
Y luego Tom, metiendo las piernas bajo la mesa a mi lado. En su plato
tres panqueques, no dos. Se sirvió de aquella salsa blanca y empezó a cortar
con el tenedor, a la buena de dios, avanzando hacia el centro del panqueque
sin recortar los bordes. Cosa que a mi padre, que miraba de reojo, siempre le
fastidiaba. Y de repente dio la impresión de que podía ser un día de tantos,
levantarnos muy temprano, antes de que saliera el sol, mi padre mirando de
reojo el plato de Tom y conteniéndose de hacer comentarios. El farol y la
fuente. La brisa que se levantaba.
El muerto haciendo el indio dentro del saco, un bufón amordazado. Volví
la cabeza y allí estaba, meciéndose un poquito al viento, aguantando la risa, la
barbilla pegada al pecho, los ojos cerrados.
Yo entiendo que ha ocurrido algo, dijo mi padre.
Aleluya, exclamó Tom.
Pero pensad en lo que habéis sugerido vosotros dos. Primero matar y
quemar a mi hijo, y eso viniendo de su propio abuelo, que, según parece, ha
perdido la cabeza.
Mi abuelo se hizo el sordo. Sus mandíbulas en movimiento automático
como las de una vaca, la expresión ausente.
Y luego la brillante idea de ir a ver al sheriff para poder explicarle cómo
ocurrió esto y por qué lo trajimos aquí y lo metimos en un saco, etcétera,
etcétera. Tendremos tiempo de sobra, vestidos con el pijama a rayas, para ir
explicando cada cual su historia.
Aún hay tiempo, dijo Tom. Por ahora solo es uno el que ha cometido un
crimen.
No, dijo mi abuelo. Eso no es verdad. Estaba mirando al muerto, como si
le apuntara pero desde una gran distancia, sobre la mesa el puño con el
tenedor asomando.
¿Y cuál es tu brillante idea?, preguntó Tom a mi padre.
Enterrarlo, dijo mi padre.
Enterrarlo, repitió Tom. Claro, un bonito sepelio cristiano. ¿Invitamos a
su madre?
Es fácil, dijo mi padre. Con tanto terreno alrededor y dado que nunca hay
nadie, será imposible registrarlo todo. Vamos al sotobosque, cavamos un buen
hoyo, lo enterramos y a otra cosa, mariposa.
Como si no hubiera pasado nada.
Exacto.
Y cuando vengan a buscarle, ¿qué?
Que busquen. Nosotros no sabemos nada.
¿Y qué pasará cuando vean la sangre en el sitio donde cayó muerto?
Nada en absoluto. No hay cadáver. Y nosotros no sabemos nada.
No sabemos nada.
Eso digo.
Y tu hijo tendrá la boca cerradita, ¿no? Durante toda su vida. No se le
escapará decir algo en la escuela.
Claro que no.
El problema no es el tipo que está en el saco, dijo mi abuelo. Aunque lo
entierres, no solucionarás nada.
El zombi de mi papá dándoselas de puto filósofo.
¿Zombi?
Sí, papá, un muerto viviente. Con menos vida que un pedazo de madera.
Y ahora, de repente, cuando me vendría bien que me echaras una mano, hete
aquí a Aristóteles. Joder. Paparruchas. Solo sé que no sé ni lo que me sale del
propio culo. Hacer algo es no hacer nada. Y bla bla bla.
El puño con que mi abuelo sujetaba el tenedor se movió a una velocidad
inesperada para mí. De pronto el tenedor estaba clavado en el antebrazo de mi
padre, allí donde este se había subido la manga, los dientes clavados hasta el
hueso y mostrando ya los bordes rojos. Fue tan repentino que el tenedor casi
parecía formar parte natural de aquel brazo.
A continuación el aullido de mi padre al arrancarse el tenedor, puntitos
rojos en el aire, rojos a pesar de la luz chata, y mi padre trabándose con
aquella mole, una colisión que revertió el tiempo, que cogió lo que había
parido y lo encontró entero otra vez, una masa cayendo hacia atrás,
suspendida, una caída blanda y continuada, casi un acto de amor, la cara
inferior de las botas ondeando por encima de la mesa y un golpe sordo de
carnes chocando contra el suelo, una suerte de berrido que me resultó
irreconocible, y nada que se hubiera puesto en marcha iba ya a cesar.
Volteretas y gruñidos y la mesa me tapaba la vista, de modo que me levanté,
al igual que Tom, y vimos cómo aquel amasijo iba avanzando hacia el país de
las ruedas hidráulicas y los islotes y los canales, y aquellos gigantes humanos,
a veces separados, a veces trabados, se levantaban y caían en aquella región,
el agua un registro del movimiento, grandes chapoteos y salpicaduras ahora a
la sombra del árbol pero las gotas provistas de luminosidad, un azul pálido
incluso en pleno aire, y yo ya al borde del agua con el rifle en las dos manos,
y mi padre afanándose por mí. Lloraba. Eso pude oírlo. Lloriqueaba sin dejar
de propinarle puñetazos a mi abuelo y de recibir otros tantos, los sonidos
chatos y disconexos. Cayendo de nuevo al trecho de luz, un poco aguas abajo,
y entonces vi abrirse la boca de mi abuelo, un gran agujero negro aspirante,
aquella mole necesitada de combustible. Y supe que mi padre no tenía
esperanzas.
A mi padre lo debilitaba un sentido del bien y del mal. Lo injusto era un
peso para él, de buena gana habría instaurado un orden perfecto en el mundo,
cosa que es imposible. Pero mi abuelo actuaba según normas más antiguas,
eso lo entiendo ahora, se regía por lo que mueve montañas y hace curvarse la
luz. Él solo estaba esperando a ver qué pasaba, ningún resultado le parecía
menos deseable que otro. De eso no fui consciente entonces, aunque algo
intuí, creo, un temor ganado a pulso, un instinto que era infalible, un instinto
que de algún modo mi padre había perdido.
Estaba mi padre tumbado de espaldas en el riachuelo, el rostro apenas fuera del agua, y mi abuelo atravesado encima de él mirando hacia lo oscuro,
limitándose a asestarle codazos, y cada vez mi padre encogiéndose de dolor
mientras su propio padre aparentaba casi desinterés, pocas ganas de esforzarse
más. Únicamente aquellos implacables y perezosos codazos y la mirada
perdida en el vacío.
Esa cara, esa mirada perdida, es lo que me queda por comprender. ¿Cómo
podía yo matar y no sentir nada? ¿Sabemos alguna vez en qué nos hemos
convertido?
Por eso sigo volviendo a la Biblia. La mayor parte no vale nada, y además
no me interesa Jesús, pero el Antiguo Testamento es una colección de
historias de un tiempo anterior, sombras atávicas por las que continúo
vagando en busca de la identificación.
La pelea terminó, mi padre derrotado y mi abuelo descansando encima de
él mientras descargaba todavía algún que otro codazo. El arroyo pensando
que eran una isla más en la corriente, el frío apoderándose de mi padre, y Tom
y yo en la orilla sin hacer nada. Mi abuelo era una fuerza de la naturaleza, no
había modo de aplacarla. Solo cabía esperar.
Y, por fin, se levantó. Primero de rodillas, apoyándose en mi padre para
mantener el equilibrio, estirando una pierna y después una especie de
acelerado abalanzamiento para poner recta la otra pierna, y siguió
abalanzándose al frente con pasos de gigante hasta la otra orilla del riachuelo
y la zona de la mesa para llegar finalmente a su colchón, donde lo oímos
derrumbarse otra vez.
Me metí en el agua, que estaba helada, agarré a mi padre por el brazo y le
ayudé a levantarse y que el agua se escurriera de su cuerpo. Él había peleado
por mí, aunque no hubiese modo de reconocerlo. Casi nunca lográbamos
verbalizar las cosas importantes. Apenas si teníamos lenguaje.
Ropa seca, dijo. En la camioneta.
Fui para allá y busqué su ropa y cogí una toalla, y él se había sentado a la
mesa y le ayudé a desnudarse. Primero la chaqueta y la camisa, se le veía
pálido y flaco a la luz del farol, del mismo tono amarillento que daban las
mechas. Solo unos atisbos de rosa. Le sequé la espalda y luego los brazos con
la toalla, y él allí sentado con el mentón contra el pecho, como el muerto del
saco, solo que sin colgar boca abajo. Pero ambos fríos y pálidos, exangües y a
la espera, y se me ocurrió que los dos eran víctimas de mi abuelo, como si
este y no yo hubiera puesto fin a la vida del furtivo.
Mi padre me pasó el brazo por encima y le ayudé a levantarse y a quitarse
los tejanos empapados y el voluminoso calzoncillo blanco. Peludo y con la piel de gallina, se sentó de nuevo y acabó de secarse con la toalla, despacio,
mientras yo le metía los pies en unos calcetines de lana secos y luego le
ayudaba con el pantalón Carhartt marrón y por último las botas. Se nos olvidó
el calzoncillo, pero mi padre dijo que daba igual. De nuevo le ayudé a ponerse
de pie y él se abrochó el pantalón. Después una camiseta blanca y una
chaqueta vieja que olía a humo, a sangre, a petróleo. Una tela verde oscuro
que tenía un tacto como de lona encerada y con manchas por todas partes,
formas que eran un friso de cuanto nos había acaecido allí, y en cierto modo
así era, pues estaban la sangre y las entrañas de innumerables ciervos y peces
y gansos y demás. Nuestra historia personal estaba allí también, en todas
aquellas piezas cobradas, y era ciertamente una historia, una historia sin
palabras que solo podía ser contada mediante formas con correspondencias
más directas.