Goat Mountain

David Vann · Capítulo 10 de 17

Páginas del PDF

Goat Mountain

Jesús en el desierto. Cuarenta días en…

Jesús en el desierto. Cuarenta días en el páramo, volviendo atrás, negando la

 

civilización. Sus pies endurecidos hasta convertirse en pezuñas, las orejas

peludas, un caballón creciéndole de lado a lado en la cabeza y hoyos para los

cuernos, el hueso desarrollándose, y se inclina sobre las patas delanteras y

encuentra más cómodo andar así. Delicado de pies, ahora puede avanzar por

las piedras, listo para saltar y correr a la menor amenaza. La piel de la espalda

tornándose pellejo, una protección contra el sol inclemente. En el fondo de

sus grandes ojos galaxias en formación, una luminiscencia, visión nocturna,

como un segundo día.

La historia de nuestra transformación ha sido censurada, borrada de la

Biblia que ahora tenemos. ¿Dónde está Pan, mitad cabra, con torso de hombre

y cuernos de macho cabrío? ¿Dónde están las sirenas, mitad pez? ¿Dónde la

medusa, con su cabeza de serpientes? Son historias que forman parte de

nosotros, no se las puede borrar. La Biblia no estará completa mientras no sea

devuelto lo que fue borrado.

Jesús se escondía. ¿Y qué tenemos nosotros que esconder si no la bestia?

Pezuñas y cuernos y el mundo como era antes, un paisaje animado. Jesús

como uro, el toro, gruesos pitones oscuros, testa baja bramando por un

desierto de piedra. O echado sobre el vientre, los dedazos de los pies

terminados en punta, la lengua asomando para oler, plaquetas a lo largo del

lomo, ojos como cuentas.

Olor a ciervo en mi persona. Y olor a sangre también. Doblado de cara a

la tierra invisible a mis pies, caminando por aquella oscuridad.

Nuestra espina dorsal procede de los peces, el primer vertebrado. Y

nuestros brazos y piernas son aletas. Esa es la verdad. El pez pulmonado está

más próximo a nosotros que a la mayoría de los peces. Respira aire, camina

por terreno seco, se mete en la madriguera a esperar la lluvia, vive tanto como

nosotros. Jesús en el desierto volviendo a sus orígenes, debió de ver cómo sus

brazos y sus piernas se encogían para ser otra vez aletas lobuladas, debió de

notar cómo volvía a crecerle la cola para completar el espinazo. Debió de

esconderse bajo tierra y soñar con agua.

La espera y el deambular y la migración, todo eso olvidado. Subí por aquel espinazo de monte, encorvado y afanándome con mi trofeo a cuestas, y

no me detuve. Podemos volver a eso. Un pie delante del otro aunque no nos

queden fuerzas, aunque necesitemos dormir y necesitemos agua y comida.

Poder seguir a pesar de todo.

La tierra podría haber sido plana. Si alguien la creó, ¿por qué no podía

tener cualquier forma? Por eso la gravedad y las cuestas empinadas están

pensadas como una tortura, un ponernos a prueba. Aquel monte se elevaba

ante mí y mis pasos no eran del todo firmes, resbalaba un poco hacia atrás, los

arbustos me arañaban el rostro hasta que me desviaba, y entonces me

arañaban por el otro lado y tenía que enderezar de nuevo el rumbo. No veía

nada. El ciervo mirando hacia lo alto y todo iluminado por él. Si el mundo

evolucionó, entonces es esto. Si lo creó alguien, entonces su forma es el

averno.

El sonido de mis pisadas y nada más. Un lento caminar, y pasado un rato

pudo parecer que las pisadas eran de otro, un sonido inconexo. Escuché el

caminar de esa otra figura por el cortafuegos. Siempre cerca y a la vez lejos.

Un fantasma que podías olvidar para acordarte de él otra vez. Cada paso

independiente, forzado, llevando algo. Sin inercia. Un sonido hecho tan solo

de voluntad.

El infierno una cámara de eco, sonidos sin origen alguno. Nuestro anticipo

en vida es el sentido del yo, que nunca es constante, carece de solidez, no hay

forma de localizarlo. Como una sombra proyectada sobre el matorral y

cambiando constantemente de tamaño, y la luz que produce esa sombra algo

que estuviera más allá del ámbito de lo que podemos ver. Sabemos que la

sombra está ahí pero no la encontramos nunca.

Un sonido de roce, eso fue todo lo que oí al principio. Pero luego un golpe

sordo justo debajo, mi peso tocando tierra, una prueba. A mi lado, como si

anduvieramos en tándem. Y acto seguido separándose un poco y hacia atrás.

Mi piel, asimismo, una cosa independiente, inflada por la avena venenosa y

derramándose sobre mi propio perímetro corporal.

El arma un anaquel sobre mi cogote, acero frío, y las astas del ciervo sin

vida. Sus vértebras superiores contra las mías, ser bicéfalo mirando en

direcciones opuestas, tierra y cielo, nuestros ojos laterales. Imposible

sorprender a semejante guardián. Un solo juego de pulmones, una sola

respiración.

A ratos la sensación era de tener latidos dobles. Una especie de

reverberación cada vez que el corazón sacudía mi pecho. Onda sinusoidal

tensándose hacia fuera, algo que ver con el golpe sordo de cada pisada, ningún sonido grave contenido, siempre yendo más allá.

Arriba en los claros el camino se empinaba todavía más, yo hincando los

dedos de mis pies como pezuñas. Curiosas pantorrillas, demasiado gruesas.

No hay pantorrilla en un venado, es solo hueso y tendón, y músculo en la

parte de arriba. Nuestras proporciones están mal, los pies demasiado largos y

giratorios.

Topé con matorral, toda una pared espesa y sin salida, exuberante, y supe

así que estaba en la bifurcación. No veía absolutamente nada, ni siquiera

cuando pestañeaba en busca de contornos, pero giré hacia la derecha y

entonces noté bajo mis pies la joroba en el centro del camino, la hierba corta

que la cubría, y me moví hacia la rodada que había al lado.

Seguí aquel surco, cargado con la doble cabeza. Los codos en alto, los

hombros ardiendo, tan menudos en comparación con los de un ciervo.

Grandes extensiones de músculo, capaces de saltar, pero que ahora yacían

más atrás en el camino, desconectadas. Un par de patas delanteras y hombros

y costillar y parte de espinazo vagando por su cuenta, tomándose un descanso

acostados en el camino. Y más abajo otro par de patas, incapaces de tirar o

arrastrar, tan solo empujando carne hacia el suelo, yendo a ninguna parte.

No podía arriesgarme a que me adelantaran, tenía que seguir. Mis pasos

inseguros en aquel profundo surco tallado por el agua. Piedras grandes al

descubierto, agolpándose en la costura, y mis pies resbalando en aquellas

paredes. A oscuras, no podía saber cuán profundo era. Podía estar siguiendo

un canal que ahondara en la montaña hasta que sus laderas estuviesen por

encima de mi cabeza, si no más, y no darme cuenta. Sumergido y creyendo

que me hallaba todavía en la superficie.

Pero la cuesta se volvió menos empinada, las paredes bajaron y el surco se

colmó. Una curva somera de terreno, olor a pinos de azúcar y murmullo de

aire en sus copas, el camino ya no era un canal, y con la puntera de mi bota

toqué una de aquellas piñas enormes y luego pisé otra, que crujió al aplastarla.

Estaba donde mi abuelo había recolectado sus piñas.

Tenía que descansar un momento. Me puse de rodillas en la blanda

alfombra de borrajo y hierba y me incliné hacia un lado para apoyar la culata

del rifle en el suelo y me dejé caer de cabeza. Aparté las piñas y me acurruqué

en posición fetal, primera y última formas. Respirando por la boca. El suelo

frío, todo el calor del día evaporado ya.

Era aquí donde habían tomado la decisión de abandonarme, sabiendo que

yo seguramente no conseguiría volver, sabiendo que el ciervo se echaría a

perder en el cortafuegos. Me pregunté qué habrían dicho. Tal vez nada. Tal vez habían montado en la camioneta y arrancado sin más.

Yo no les conocía y ellos tampoco a mí. Toda forma familiar puede perder

la familiaridad. Una de las trampas de este mundo consiste en sentir que uno

pertenece a algún sitio.

Necesidad es todo lo que tenemos. Me levanté de aquel suelo porque

había cogido frío, y caminaría de nuevo porque el campamento era el único

refugio a mano. Volví a subirme aquella cabeza y el rifle a los hombros e

intenté orientarme en plena oscuridad.

El camino ya no estaba claro. Noté que mis pies pisaban hierba, el terreno

se volvió irregular y al poco rato me había perdido. Aquello no era un

camino. Agucé los oídos, como si el camino pudiera hablarme, intenté buscar

alguna brújula interior, algún indicio de si me había desviado hacia la derecha

o hacia la izquierda. El aire arremolinándose en torno a mí, siempre una

confusión, siempre despistando. Es en el aire donde el diablo hace sus

diabluras.

Claro que el diablo no existe. Nos gustaría que sí. Queremos que mande

alguien. El infierno es anarquía, cada uno de nosotros manda en todo y en

nada y no oye jamás ninguna otra voz. El aislamiento más horrible que el

propio castigo.

Si me equivocaba de dirección estaría doblemente perdido, daría media

vuelta y sería incapaz de desandar el camino. Tiré hacia la izquierda pero

avanzando medio agachado, arrastrando la testa del ciervo y el rifle, pasando

la mano libre por la hierba, tanteando en busca de una hondonada, un sitio

donde la hierba estuviese pisada.

La palma de mi mano un zahorí en busca de algún trastorno, una huella en

el vacío. Los ojos cerrados, como si eso pudiera ayudarme. Cerrados a la

oscuridad. Intentando retroceder a un conocimiento anterior del aire y del

terreno.

Y el aire por fin se hundió, mi mano bajó con él, la hierba aplanada formó

una huella somera. Me alcé de nuevo, demasiado cansado para levantar la

cabeza, sujetando las astas con una mano, pesadas y rozando el suelo, mi rifle

en la otra. Alguien que avanzara penosamente, solo y a oscuras, en un lugar

seco poblado de zarzas y maleza, llevando un arma de fuego y una cabeza

cortada. ¿Cómo no iba a ser un paisaje infernal? Y tenía duración, además,

eternamente en aquel camino, subir la cuesta y cruzar en sentido transversal y

desviarme repetidas veces para acabar entre espinos.

No sé qué aspecto tendría el diablo si realmente existiera. Yo creo que

tendría mi cara, aunque sé que el resto adoptaría una forma diferente, y esa forma no sería la de una bestia sola sino la combinación de todas aquellas que

nos dan miedo, extrañas y corolarias. Sería imposible ver al diablo entero,

siempre habría una parte cambiante y oculta. Él no se deja esbozar.

Mi abuelo era la forma más próxima que yo conocía, su cara la mía pero

deformada y sin alma, su cuerpo siempre cambiante y jamás visto entero,

terrorífico y capaz de cualquier cosa. Se le parecía bastante.

Tirité de frío en aquel camino y fui acercándome cada vez más a él,

portando mi carga como si de dones se tratara. Una cabeza cortada para

aplacar al demonio y eludir un día más la aniquilación.

Y mientras caminaba sucedió una cosa extraña. Me entró la certeza de que

podía ver. El mundo iluminándose muy tenuemente, una luz interna que yo

podía arrojar al vacío, y luego de un azul oscuro discernible, y comprendí que

era por la luna, oculta todavía tras las montañas pero tiñendo de blanco una

parte del horizonte, perfilando sierras y picos al fondo del valle.

El camino ahora visible, todas las formas del aire alejándose, todo más

delgado, ya no daba miedo. Apreté el paso tratando de entrar en calor,

desesperadamente helado, castañeteo de dientes y mis hombros doblados

hacia abajo y estirados. Sabía dónde estaba, ya no me quedaba mucho.

Cayendo hacia delante, a trompicones, el camino despejado, el terreno

más llano y cada vez más espacio entre los árboles que esperaban en la ladera,

la quietud que transmitían, una gran calma, una serenidad. Crecidos en

paralelo, conociendo todos la misma curvatura de la tierra. El mundo otra vez

presente. Montaña desocupada, sin demonios.

La luna una cosa estacionaria a medida que se movía. Sólida y cercana.

Luz suave, indirecta, y todo al descubierto, los helechos de la presa y uva

silvestre encaramándose por todo aquel terraplén, formas cambiantes, grandes

hojas en montículos y espaldares llenando todas las brechas y todos los

huecos, como una manta para tapar hojarasca y rodadas.

Yo era allí el único demonio, mi cargamento una forma de blasfemia en la

noche plácida, correteando encorvado bajo aquel peso. Dándome prisa, casi

corriendo, y entonces miré por encima del hombro, sensación de que me

seguían, alguna otra parte de mi yo, demasiado vulnerable a la luz, necesitado

de protección.

A la carrera, los cuernos rebotando en mis muslos, el hocico clavándose

en la rodilla, el rifle firme en mi otra mano. Pasando bajo pinos ponderosa, las

pequeñas formas oscuras de sus piñas en lo alto con un fondo de cielo

blanquecino. Subiendo cuestas y doblando recodos y cruzando llanos, más

orografía de la que recordaba yendo en la camioneta, el terreno agrandándose, pero yo acortaba distancias.

El roce de mis botas un sonido fuerte y sin embargo me sentí capaz de

correr más que nada ni nadie y esprinté hacia el campamento, el último trecho

más empinado de lo que recordaba, y finalmente llegué al espacio despejado

que había antes de nuestro bosquecillo.

Una vez allí me detuve, dejándome caer de rodillas, tiré la cabeza de

ciervo y me tendí en el polvo del camino con el rifle, como había hecho la

víspera, esperando y atento a cualquier indicio de mi abuelo. Respirando por

la boca, sin aliento, la sangre atronando por dentro, pero esperé hasta que mis

latidos se hubieron calmado. Él no tenía ninguna relación con el suelo. Ese

era el problema. Aquellas piernas como palillos, tan silenciosas, aguantando

toda la mole, capaz de moverse por cualquier parte. No sabías qué estabas

viendo u oyendo hasta que ya era tarde.

El calor me abandonaba de nuevo y no pude encontrar nada, la piel

resbaladiza de sudor y enfriándose. Frente a mí la arboleda donde estarían

durmiendo los mayores y el muerto esperando. Me puse de pie con la

cornamenta y abandoné el camino para bordear el arroyo. Más allá, el prado

era como otra luna, luminoso y blanco.

El muerto colgado sin su saco, sombras como franjas en su cuerpo.

Colgando de sus pelados tobillos sin sangre. Pude verle y luego no y después

sí otra vez, conforme se balanceaba entre aquellos árboles.

El sonido del agua un camuflaje del que se aprovechaba. Yo no podía oír

sus movimientos, solo el arroyo, sin tregua. Sonido que cobraba fuerza según

me acercaba, dominándolo todo hasta que ni siquiera pude oír mis latidos o

mi respirar. Árboles rotando sobre sus bases en el suelo, como si todo

estuviera sujeto a una enorme esfera. Un murmullo grave, producían, redoble

de tambores de piedra, pero no podía ser más que el agua, un salto más largo

a una poza más profunda.

El mentón muy pegado al pecho, las copas de los árboles sus referencias y

él deslizándose a placer entre ellos. Era la tentación, el demonio siempre se ha

movido así, sin mirar nunca de frente. Sombras rodeando a Jesús por los

cuatro costados, y tuvo que aprender que no había más sombra que la suya.

Sostuve en alto la cabeza del ciervo al penetrar en la arboleda, portándola

al frente como un escudo, ninguna bestia tan aterradora allí como pudiera

serlo yo. Aquellos ojos luminiscentes, galaxias muertas que conservaban un

poso de luz, y el muerto ya no podía escabullirse, viró y se agitó y no pudo ir

a ningún lado, prendido de sus ganchos y contenido hasta que me planté

delante de él y la esfera dejó de moverse bajo mis pies y los árboles arraigaron de nuevo.

Mis trofeos, los dos, equivalentes, sin diferencia alguna, y no me los iban

a quitar. Dejé caer al suelo la cabeza astada y el rifle al lado. Aflojé una soga

e hice bajar otro gancho.

Los mayores podían oírme, y mi abuelo era capaz de moverse con la

rapidez del diablo, pero yo sentía una extraña fortaleza interior, casi como si

fuera invencible, después de lo pasado en mi travesía. Ni siquiera miré a mi

espalda, simplemente cogí aquel gancho y la cabeza del ciervo y busqué un

sitio por donde empalarla. No había cuartos traseros ni tendones de Aquiles,

todo abandonado en el camino. Y violar uno de aquellos ojos no era posible,

de modo que le di la vuelta, la cabeza entre mis rodillas, moví la mano para

engancharla por la boca y luego di un tirón fuerte para que el gancho quedase

anclado en el cuello. Dejé caer otra vez la cabeza astada y caminé hacia la

camioneta para levantar la soga hasta que mi trofeo quedó más o menos a la

altura de los tobillos del muerto, muy cerca de este, cabeza mirando hacia

abajo y como si asintiera. Ahora podrían interrogarse el uno al otro y

reflexionar sobre su destino final. El hombre mirando al firmamento, el ciervo

al suelo desde arriba.