Goat Mountain
Jesús en el desierto. Cuarenta días en…
Jesús en el desierto. Cuarenta días en el páramo, volviendo atrás, negando la
civilización. Sus pies endurecidos hasta convertirse en pezuñas, las orejas
peludas, un caballón creciéndole de lado a lado en la cabeza y hoyos para los
cuernos, el hueso desarrollándose, y se inclina sobre las patas delanteras y
encuentra más cómodo andar así. Delicado de pies, ahora puede avanzar por
las piedras, listo para saltar y correr a la menor amenaza. La piel de la espalda
tornándose pellejo, una protección contra el sol inclemente. En el fondo de
sus grandes ojos galaxias en formación, una luminiscencia, visión nocturna,
como un segundo día.
La historia de nuestra transformación ha sido censurada, borrada de la
Biblia que ahora tenemos. ¿Dónde está Pan, mitad cabra, con torso de hombre
y cuernos de macho cabrío? ¿Dónde están las sirenas, mitad pez? ¿Dónde la
medusa, con su cabeza de serpientes? Son historias que forman parte de
nosotros, no se las puede borrar. La Biblia no estará completa mientras no sea
devuelto lo que fue borrado.
Jesús se escondía. ¿Y qué tenemos nosotros que esconder si no la bestia?
Pezuñas y cuernos y el mundo como era antes, un paisaje animado. Jesús
como uro, el toro, gruesos pitones oscuros, testa baja bramando por un
desierto de piedra. O echado sobre el vientre, los dedazos de los pies
terminados en punta, la lengua asomando para oler, plaquetas a lo largo del
lomo, ojos como cuentas.
Olor a ciervo en mi persona. Y olor a sangre también. Doblado de cara a
la tierra invisible a mis pies, caminando por aquella oscuridad.
Nuestra espina dorsal procede de los peces, el primer vertebrado. Y
nuestros brazos y piernas son aletas. Esa es la verdad. El pez pulmonado está
más próximo a nosotros que a la mayoría de los peces. Respira aire, camina
por terreno seco, se mete en la madriguera a esperar la lluvia, vive tanto como
nosotros. Jesús en el desierto volviendo a sus orígenes, debió de ver cómo sus
brazos y sus piernas se encogían para ser otra vez aletas lobuladas, debió de
notar cómo volvía a crecerle la cola para completar el espinazo. Debió de
esconderse bajo tierra y soñar con agua.
La espera y el deambular y la migración, todo eso olvidado. Subí por aquel espinazo de monte, encorvado y afanándome con mi trofeo a cuestas, y
no me detuve. Podemos volver a eso. Un pie delante del otro aunque no nos
queden fuerzas, aunque necesitemos dormir y necesitemos agua y comida.
Poder seguir a pesar de todo.
La tierra podría haber sido plana. Si alguien la creó, ¿por qué no podía
tener cualquier forma? Por eso la gravedad y las cuestas empinadas están
pensadas como una tortura, un ponernos a prueba. Aquel monte se elevaba
ante mí y mis pasos no eran del todo firmes, resbalaba un poco hacia atrás, los
arbustos me arañaban el rostro hasta que me desviaba, y entonces me
arañaban por el otro lado y tenía que enderezar de nuevo el rumbo. No veía
nada. El ciervo mirando hacia lo alto y todo iluminado por él. Si el mundo
evolucionó, entonces es esto. Si lo creó alguien, entonces su forma es el
averno.
El sonido de mis pisadas y nada más. Un lento caminar, y pasado un rato
pudo parecer que las pisadas eran de otro, un sonido inconexo. Escuché el
caminar de esa otra figura por el cortafuegos. Siempre cerca y a la vez lejos.
Un fantasma que podías olvidar para acordarte de él otra vez. Cada paso
independiente, forzado, llevando algo. Sin inercia. Un sonido hecho tan solo
de voluntad.
El infierno una cámara de eco, sonidos sin origen alguno. Nuestro anticipo
en vida es el sentido del yo, que nunca es constante, carece de solidez, no hay
forma de localizarlo. Como una sombra proyectada sobre el matorral y
cambiando constantemente de tamaño, y la luz que produce esa sombra algo
que estuviera más allá del ámbito de lo que podemos ver. Sabemos que la
sombra está ahí pero no la encontramos nunca.
Un sonido de roce, eso fue todo lo que oí al principio. Pero luego un golpe
sordo justo debajo, mi peso tocando tierra, una prueba. A mi lado, como si
anduvieramos en tándem. Y acto seguido separándose un poco y hacia atrás.
Mi piel, asimismo, una cosa independiente, inflada por la avena venenosa y
derramándose sobre mi propio perímetro corporal.
El arma un anaquel sobre mi cogote, acero frío, y las astas del ciervo sin
vida. Sus vértebras superiores contra las mías, ser bicéfalo mirando en
direcciones opuestas, tierra y cielo, nuestros ojos laterales. Imposible
sorprender a semejante guardián. Un solo juego de pulmones, una sola
respiración.
A ratos la sensación era de tener latidos dobles. Una especie de
reverberación cada vez que el corazón sacudía mi pecho. Onda sinusoidal
tensándose hacia fuera, algo que ver con el golpe sordo de cada pisada, ningún sonido grave contenido, siempre yendo más allá.
Arriba en los claros el camino se empinaba todavía más, yo hincando los
dedos de mis pies como pezuñas. Curiosas pantorrillas, demasiado gruesas.
No hay pantorrilla en un venado, es solo hueso y tendón, y músculo en la
parte de arriba. Nuestras proporciones están mal, los pies demasiado largos y
giratorios.
Topé con matorral, toda una pared espesa y sin salida, exuberante, y supe
así que estaba en la bifurcación. No veía absolutamente nada, ni siquiera
cuando pestañeaba en busca de contornos, pero giré hacia la derecha y
entonces noté bajo mis pies la joroba en el centro del camino, la hierba corta
que la cubría, y me moví hacia la rodada que había al lado.
Seguí aquel surco, cargado con la doble cabeza. Los codos en alto, los
hombros ardiendo, tan menudos en comparación con los de un ciervo.
Grandes extensiones de músculo, capaces de saltar, pero que ahora yacían
más atrás en el camino, desconectadas. Un par de patas delanteras y hombros
y costillar y parte de espinazo vagando por su cuenta, tomándose un descanso
acostados en el camino. Y más abajo otro par de patas, incapaces de tirar o
arrastrar, tan solo empujando carne hacia el suelo, yendo a ninguna parte.
No podía arriesgarme a que me adelantaran, tenía que seguir. Mis pasos
inseguros en aquel profundo surco tallado por el agua. Piedras grandes al
descubierto, agolpándose en la costura, y mis pies resbalando en aquellas
paredes. A oscuras, no podía saber cuán profundo era. Podía estar siguiendo
un canal que ahondara en la montaña hasta que sus laderas estuviesen por
encima de mi cabeza, si no más, y no darme cuenta. Sumergido y creyendo
que me hallaba todavía en la superficie.
Pero la cuesta se volvió menos empinada, las paredes bajaron y el surco se
colmó. Una curva somera de terreno, olor a pinos de azúcar y murmullo de
aire en sus copas, el camino ya no era un canal, y con la puntera de mi bota
toqué una de aquellas piñas enormes y luego pisé otra, que crujió al aplastarla.
Estaba donde mi abuelo había recolectado sus piñas.
Tenía que descansar un momento. Me puse de rodillas en la blanda
alfombra de borrajo y hierba y me incliné hacia un lado para apoyar la culata
del rifle en el suelo y me dejé caer de cabeza. Aparté las piñas y me acurruqué
en posición fetal, primera y última formas. Respirando por la boca. El suelo
frío, todo el calor del día evaporado ya.
Era aquí donde habían tomado la decisión de abandonarme, sabiendo que
yo seguramente no conseguiría volver, sabiendo que el ciervo se echaría a
perder en el cortafuegos. Me pregunté qué habrían dicho. Tal vez nada. Tal vez habían montado en la camioneta y arrancado sin más.
Yo no les conocía y ellos tampoco a mí. Toda forma familiar puede perder
la familiaridad. Una de las trampas de este mundo consiste en sentir que uno
pertenece a algún sitio.
Necesidad es todo lo que tenemos. Me levanté de aquel suelo porque
había cogido frío, y caminaría de nuevo porque el campamento era el único
refugio a mano. Volví a subirme aquella cabeza y el rifle a los hombros e
intenté orientarme en plena oscuridad.
El camino ya no estaba claro. Noté que mis pies pisaban hierba, el terreno
se volvió irregular y al poco rato me había perdido. Aquello no era un
camino. Agucé los oídos, como si el camino pudiera hablarme, intenté buscar
alguna brújula interior, algún indicio de si me había desviado hacia la derecha
o hacia la izquierda. El aire arremolinándose en torno a mí, siempre una
confusión, siempre despistando. Es en el aire donde el diablo hace sus
diabluras.
Claro que el diablo no existe. Nos gustaría que sí. Queremos que mande
alguien. El infierno es anarquía, cada uno de nosotros manda en todo y en
nada y no oye jamás ninguna otra voz. El aislamiento más horrible que el
propio castigo.
Si me equivocaba de dirección estaría doblemente perdido, daría media
vuelta y sería incapaz de desandar el camino. Tiré hacia la izquierda pero
avanzando medio agachado, arrastrando la testa del ciervo y el rifle, pasando
la mano libre por la hierba, tanteando en busca de una hondonada, un sitio
donde la hierba estuviese pisada.
La palma de mi mano un zahorí en busca de algún trastorno, una huella en
el vacío. Los ojos cerrados, como si eso pudiera ayudarme. Cerrados a la
oscuridad. Intentando retroceder a un conocimiento anterior del aire y del
terreno.
Y el aire por fin se hundió, mi mano bajó con él, la hierba aplanada formó
una huella somera. Me alcé de nuevo, demasiado cansado para levantar la
cabeza, sujetando las astas con una mano, pesadas y rozando el suelo, mi rifle
en la otra. Alguien que avanzara penosamente, solo y a oscuras, en un lugar
seco poblado de zarzas y maleza, llevando un arma de fuego y una cabeza
cortada. ¿Cómo no iba a ser un paisaje infernal? Y tenía duración, además,
eternamente en aquel camino, subir la cuesta y cruzar en sentido transversal y
desviarme repetidas veces para acabar entre espinos.
No sé qué aspecto tendría el diablo si realmente existiera. Yo creo que
tendría mi cara, aunque sé que el resto adoptaría una forma diferente, y esa forma no sería la de una bestia sola sino la combinación de todas aquellas que
nos dan miedo, extrañas y corolarias. Sería imposible ver al diablo entero,
siempre habría una parte cambiante y oculta. Él no se deja esbozar.
Mi abuelo era la forma más próxima que yo conocía, su cara la mía pero
deformada y sin alma, su cuerpo siempre cambiante y jamás visto entero,
terrorífico y capaz de cualquier cosa. Se le parecía bastante.
Tirité de frío en aquel camino y fui acercándome cada vez más a él,
portando mi carga como si de dones se tratara. Una cabeza cortada para
aplacar al demonio y eludir un día más la aniquilación.
Y mientras caminaba sucedió una cosa extraña. Me entró la certeza de que
podía ver. El mundo iluminándose muy tenuemente, una luz interna que yo
podía arrojar al vacío, y luego de un azul oscuro discernible, y comprendí que
era por la luna, oculta todavía tras las montañas pero tiñendo de blanco una
parte del horizonte, perfilando sierras y picos al fondo del valle.
El camino ahora visible, todas las formas del aire alejándose, todo más
delgado, ya no daba miedo. Apreté el paso tratando de entrar en calor,
desesperadamente helado, castañeteo de dientes y mis hombros doblados
hacia abajo y estirados. Sabía dónde estaba, ya no me quedaba mucho.
Cayendo hacia delante, a trompicones, el camino despejado, el terreno
más llano y cada vez más espacio entre los árboles que esperaban en la ladera,
la quietud que transmitían, una gran calma, una serenidad. Crecidos en
paralelo, conociendo todos la misma curvatura de la tierra. El mundo otra vez
presente. Montaña desocupada, sin demonios.
La luna una cosa estacionaria a medida que se movía. Sólida y cercana.
Luz suave, indirecta, y todo al descubierto, los helechos de la presa y uva
silvestre encaramándose por todo aquel terraplén, formas cambiantes, grandes
hojas en montículos y espaldares llenando todas las brechas y todos los
huecos, como una manta para tapar hojarasca y rodadas.
Yo era allí el único demonio, mi cargamento una forma de blasfemia en la
noche plácida, correteando encorvado bajo aquel peso. Dándome prisa, casi
corriendo, y entonces miré por encima del hombro, sensación de que me
seguían, alguna otra parte de mi yo, demasiado vulnerable a la luz, necesitado
de protección.
A la carrera, los cuernos rebotando en mis muslos, el hocico clavándose
en la rodilla, el rifle firme en mi otra mano. Pasando bajo pinos ponderosa, las
pequeñas formas oscuras de sus piñas en lo alto con un fondo de cielo
blanquecino. Subiendo cuestas y doblando recodos y cruzando llanos, más
orografía de la que recordaba yendo en la camioneta, el terreno agrandándose, pero yo acortaba distancias.
El roce de mis botas un sonido fuerte y sin embargo me sentí capaz de
correr más que nada ni nadie y esprinté hacia el campamento, el último trecho
más empinado de lo que recordaba, y finalmente llegué al espacio despejado
que había antes de nuestro bosquecillo.
Una vez allí me detuve, dejándome caer de rodillas, tiré la cabeza de
ciervo y me tendí en el polvo del camino con el rifle, como había hecho la
víspera, esperando y atento a cualquier indicio de mi abuelo. Respirando por
la boca, sin aliento, la sangre atronando por dentro, pero esperé hasta que mis
latidos se hubieron calmado. Él no tenía ninguna relación con el suelo. Ese
era el problema. Aquellas piernas como palillos, tan silenciosas, aguantando
toda la mole, capaz de moverse por cualquier parte. No sabías qué estabas
viendo u oyendo hasta que ya era tarde.
El calor me abandonaba de nuevo y no pude encontrar nada, la piel
resbaladiza de sudor y enfriándose. Frente a mí la arboleda donde estarían
durmiendo los mayores y el muerto esperando. Me puse de pie con la
cornamenta y abandoné el camino para bordear el arroyo. Más allá, el prado
era como otra luna, luminoso y blanco.
El muerto colgado sin su saco, sombras como franjas en su cuerpo.
Colgando de sus pelados tobillos sin sangre. Pude verle y luego no y después
sí otra vez, conforme se balanceaba entre aquellos árboles.
El sonido del agua un camuflaje del que se aprovechaba. Yo no podía oír
sus movimientos, solo el arroyo, sin tregua. Sonido que cobraba fuerza según
me acercaba, dominándolo todo hasta que ni siquiera pude oír mis latidos o
mi respirar. Árboles rotando sobre sus bases en el suelo, como si todo
estuviera sujeto a una enorme esfera. Un murmullo grave, producían, redoble
de tambores de piedra, pero no podía ser más que el agua, un salto más largo
a una poza más profunda.
El mentón muy pegado al pecho, las copas de los árboles sus referencias y
él deslizándose a placer entre ellos. Era la tentación, el demonio siempre se ha
movido así, sin mirar nunca de frente. Sombras rodeando a Jesús por los
cuatro costados, y tuvo que aprender que no había más sombra que la suya.
Sostuve en alto la cabeza del ciervo al penetrar en la arboleda, portándola
al frente como un escudo, ninguna bestia tan aterradora allí como pudiera
serlo yo. Aquellos ojos luminiscentes, galaxias muertas que conservaban un
poso de luz, y el muerto ya no podía escabullirse, viró y se agitó y no pudo ir
a ningún lado, prendido de sus ganchos y contenido hasta que me planté
delante de él y la esfera dejó de moverse bajo mis pies y los árboles arraigaron de nuevo.
Mis trofeos, los dos, equivalentes, sin diferencia alguna, y no me los iban
a quitar. Dejé caer al suelo la cabeza astada y el rifle al lado. Aflojé una soga
e hice bajar otro gancho.
Los mayores podían oírme, y mi abuelo era capaz de moverse con la
rapidez del diablo, pero yo sentía una extraña fortaleza interior, casi como si
fuera invencible, después de lo pasado en mi travesía. Ni siquiera miré a mi
espalda, simplemente cogí aquel gancho y la cabeza del ciervo y busqué un
sitio por donde empalarla. No había cuartos traseros ni tendones de Aquiles,
todo abandonado en el camino. Y violar uno de aquellos ojos no era posible,
de modo que le di la vuelta, la cabeza entre mis rodillas, moví la mano para
engancharla por la boca y luego di un tirón fuerte para que el gancho quedase
anclado en el cuello. Dejé caer otra vez la cabeza astada y caminé hacia la
camioneta para levantar la soga hasta que mi trofeo quedó más o menos a la
altura de los tobillos del muerto, muy cerca de este, cabeza mirando hacia
abajo y como si asintiera. Ahora podrían interrogarse el uno al otro y
reflexionar sobre su destino final. El hombre mirando al firmamento, el ciervo
al suelo desde arriba.