Goat Mountain

David Vann · Apéndice

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Goat Mountain

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¿A qué viene que cacemos? ¿No es acaso para regresar a algo más antiguo?

¿Y no es Caín lo que nos esperaba en toda época anterior?

Cuando nos despertamos más tarde, fue para hacer los preparativos de la

batida vespertina. El aire había refrescado, ya no era un aire pesado y muerto.

Una promesa al término de cada día, una estimulación. Las sombras de los

árboles extensísimas, uniformes franjas oscuras inclinadas a la par. Cada

amarilla brizna de hierba del prado alineada también, grabada, viva en su

perfil, y los helechos más altos que flanqueaban el arroyo dibujando en el

espejo de agua franjas primitivas.

La brisa había arreciado en las copas de los pinos, dando un sentido de

urgencia a nuestros movimientos. Mi padre, mi abuelo y Tom cogieron sus

rifles y cartuchos, cantimploras y prismáticos, chaqueta oscura y sombrero.

Formas sin voz en aquel bosque, huraños y lacónicos, despertados de entre las

sombras.

Podríamos haber sido cualquier partida de hombres en una época

cualquiera. La cacería un modo de retroceder mil generaciones en el tiempo.

El primer motivo para juntarnos: matar.

No se me permitió coger el rifle. Desarmado, un intruso en la batida que

tenía que ser mi iniciación. Esto me enojó de tal manera que no habría sido

capaz de expresarlo con palabras. Monté en la trasera de la camioneta y

esperé.

La plataforma despejada y vacía, lo que iba a permitirme viajar de pie, los

hombros por encima de la cabina. Deberíamos haber ido al bosque a pie,

pisando con sigilo, semiocultos por los árboles y al acecho de una

cornamenta, una sacudida de orejas o una mancha de un marrón más claro

que el fondo. Parando para escuchar. Pero mi abuelo se había convertido en

una cosa medio moderna, una obesidad a reventar de insulina y pastillas e

incapaz de andar kilómetros por el bosque. Un millar de generaciones,

decenas de miles de años, terminaban con él. Obligados a ir en camioneta y a

cazar con un motor de fondo, tan ruidoso que los venados notaban nuestra

presencia desde kilómetros de distancia. Desconectados del suelo, rodando

sobre neumáticos que producían todo tipo de ruidos y que dejaban un rastro ajeno e inverosímil.

Miré a mi abuelo mientras recogía y vi cómo arrastraba los pies y me

pareció imposible ser un descendiente suyo. Sus rasgos faciales en franca

retirada, dejando nada más que extensiones de carne como moco de pavo.

Mi padre iba camino de tener esa misma cara, mentón y mejillas fofos. No

intercambiaban palabra, los tres, se movían con el máximo sigilo, de lo más

ridículo puesto que dentro de un momento el motor arrancaría. Montaron en

la cabina colocando los rifles entre sus rodillas y cerraron las puertas con

delicadeza, apenas un clic en cada lado.

Luego el motor y marcha atrás y el giro y ya estábamos rodando, y a

quién le importaba lo que pudiese haber en la carretera. Yo ni siquiera podía

mirarla. Qué sandez de cacería. Yo era el observador, pero solo veía árboles.

Primero el bosque viejo, seguido del nuevo, la parcela de terreno que había

sido talada pocos años después de nacer yo, los árboles delgados y separados,

una repoblación, las zonas intermedias llenas de desperdicios. Hierba,

helechos, avena venenosa habían enrojecido con el otoño, eran como

ramilletes, un paisaje de desecho esperando a arder, todo ramas pequeñas

dejadas por los leñadores y todavía en proceso de putrefacción, atorando cada

vereda, formando un falso suelo.

Di un puñetazo en el techo de la cabina y mi padre frenó. Se abrieron las

puertas y Tom fue el primero en salir por el lado derecho, el rifle pegado ya al

hombro. Después mi padre por el izquierdo, levantando su rifle también.

¿Dónde está?, preguntó Tom. Su voz ronca y alta pese a que intentaba

susurrar. ¿Dónde está el ciervo?

Señalé en la dirección donde el bosque nuevo descendía hacia la maleza y

hacia una parte del rancho donde no íbamos a cazar. Tan cerca del

campamento nunca encontrábamos venados.

¿Qué era?, preguntó mi padre.

Un macho grande, dije. De tres puntas, creo, pero estaba saltando y se

movía muy rápido hacia la maleza.

Mi padre echó a correr en aquella dirección, Tom en su flanco derecho y

yo siguiéndolos. Difícil encontrar buenos puntos de apoyo. Ramas pequeñas y

tocones aserrados y hoyos por todas partes, pero la parte superior de mi padre

flotaba como provista de muelles, mirando exactamente hacia el punto que yo

había señalado, buscando al ciervo. Sus piernas y sus botas afanándose

debajo, como desconectadas de él.

Volví la cabeza y pude ver a mi abuelo muy atrás, renunciando a la

persecución, y mientras sonreía tropecé y me di de bruces contra una mata de avena venenosa, grasienta maldición que al día siguiente me tendría la cara, el

cuello y los brazos hinchados. Pero me dio igual. Formaba parte de la cacería.

Me levanté y corrí tanto como pude, tratando de alcanzar a los otros dos.

Tenía ganas de chillar a voz en cuello, porque lo estaba pasando en grande. Si

no iban a dejarme cazar, nos dedicaríamos a perseguir ciervos fantasma por el

peor terreno que aquel paraje podía ofrecer.

Corriendo derecho hacia el sol, que estaba bajo en el horizonte. Tom

sujetando el rifle con ambas manos, salvando todos los obstáculos, saltando

como una liebre. Mi padre en cabeza, más agachado y sereno, el rifle en una

sola mano.

La forma había devenido color. Mis pies buscando el marrón claro de la

tierra, planos, evitando las sombras más densas de ramas caídas y el gris

blanquecino de los tocones o lo podrido rojo oscuro. El amarillo apenas una

ilusión, un cedazo, lo mismo que el aire, insustancial. Hierba seca era por

donde vadeábamos, en algunos sitios me llegaba por la cintura, y yo

zigzagueando para esquivar cardos, sus verdiblancas espinas lechosas.

El truco era mirar mucho más adelante. Podías tropezar solo si mirabas

demasiado cerca, si te preocupaba lo que estuviera pasando en ese instante.

Pero si mantenías una visión más amplia, la mirada puesta en el sol al fondo,

no te caías.

Mi padre y Tom dos sombras en esa luz, semipresencias, perdiendo

sustancia por momentos, convirtiéndose en movimiento sin peso. Un brazo

echado hacia atrás, a media zancada, captaba la luz del sol y el cuerpo volvía

a ser cuerpo otra vez, pero luego entraba de nuevo en la sombra que se

extendía hasta donde yo estaba y mucho más allá.

Avanzaban cada vez más deprisa, los estaba perdiendo, me iba rezagando,

pero entonces Tom daba un salto y la altura de su sombra pasaba por encima

de mí y la brecha abierta entre nosotros se fundía. Él podía expandirse o

hundirse sin dejar de estar a escala en todo momento, y en cada uno de esos

momentos todo cuanto había a su alrededor crecía, hasta la última sombra

alargada de todos aquellos delgados árboles, el mundo estirándose hacia mí

conforme yo corría.

Mi padre un volumen más constante, siempre medio agachado, su

gravedad diferente. Daba igual que el ciervo fuera inventado. Yo sabía que mi

padre lo iba a encontrar, que haría aparecer uno. Dispararía sin detenerse y el

estampido resonaría de ladera en ladera, rebotando en las cumbres.

Lo que queríamos era correr como lo estábamos haciendo, perseguir a la

presa. Ese era el sentido. Corríamos por el gozo y la promesa de matar.

Yo me notaba los pulmones, pero era porque sabía que no había ningún

ciervo que cazar. Ellos, los hombres, seguramente no notaban nada, el dolor

anestesiado por la adrenalina. No había goce más completo e inmediato que

matar. La mera idea de hacerlo era ya mejor que cualquier otra cosa.

Las botas me pesaban a medida que iba perdiendo de vista a los hombres

y me concentraba en las ramas y troncos y matorral y hierba que me salían al

paso. Procurando no caerme. Miedo a las serpientes, miedo a torcerme un

tobillo o romperme una pierna. Había despertado del sueño a golpes, pero mi

padre y Tom seguían soñando.

Me detuve, doblado por la cintura, las manos en las rodillas, tratando de

recobrar el resuello. Si lo pienso ahora, es extraño que un chaval pudiera

llegar a cansarse, pero recuerdo bien el martilleo en el pecho y que estaba

mareado y que todo era excesivo. Recuerdo que después eché a andar por

aquella alfombra de hojarasca y que llegué a unas matas de avena venenosa

tan intrincadas que solo cabía atravesarlas. Los bordes, satinados y de un

verde ceroso, se volvían rojos, como si la planta se hubiera envenenado a sí

misma y estuviera pudriéndose y agonizando sin dejar de secretar veneno.

Qué pintará esa planta en este mundo.

Donde se tala el bosque es donde crecen plantas más malignas, plantas

que luego pelean entre sí para estrangularse. Cardos y ortigas, encinos y

avena venenosa, abrojos, pinchos y espinas. A un sitio así había enviado yo a

mi padre y a Tom, y tenía que seguirlos.

Nos adentramos en aquel reino del olvido y seguimos adelante, el terreno

describiendo una suave curva descendente. El sol, en declive, centelleaba

desde la montaña más alejada para desaparecer después, el cielo todavía

luminoso, el planeta rotando bajo nuestros pies. Los tres separados ahora,

solos, en la ladera, oyendo nuestros propios pasos y el rumor de la sangre con

un trasfondo de brisa, el aire caliente ascendiendo desde el valle.

Ni yo los llamé ni ellos me llamaron a mí. Seguimos cada cual su camino,

por separado, esperando el momento en que el cielo, al perder luz, nos

obligaría a volver a la camioneta prácticamente a oscuras, cada uno de

nosotros sabedor de cuándo se produciría ese momento. Y aunque seguíamos

caminos diferentes, sabíamos que íbamos a llegar al mismo tiempo.

Caminando en un vacío. La verdad de todo paisaje. Cuando te quitan la

promesa de matar, el matorral es cosa sin nombre, hay una docena de

variedades pero todo es seco y busca la luz y es compacto e implacable, crece

muy pegado entre sí haciendo la huida más difícil. El cielo nuevo y viejo y

nada, la tierra insustancial. Seguimos andando porque no queda otra cosa que hacer.

Mis manos estaban vacías, sin rifle. Lo bueno es coger el rifle por la

culata y apoyar el cañón en el hombro. El peso del mismo abriendo un surco

en tu pescuezo. El balanceo del arma según vas caminando, el peso y el calor

todavía en ese cañón. Y en matorral más alto, pasar la otra mano por encima

del cañón y llevar el rifle sobre los dos hombros. Se convierte uno en un

gigante, con el rifle así. La distancia entre los hombros y el suelo aumenta, y

puedes vadear cualquier matorral sin quedar atascado. A todo eso acechando

posibles movimientos a un lado o el otro. En un momento puedes bajar el rifle

y hacer fuego. Un pie quedaría atrás para mantener el equilibrio, pero uno

jamás habría pensado en ponerlo allí. Y aunque no llegues a percibir

movimiento ni a apuntar con el rifle, siguen siendo dos, uno mismo y el rifle,

los que caminan por ese vacío, y la noche a medida que se acerca resulta

amigable.

Pero sin rifle el aire es aire y nada más, y uno no sabe qué hacer con las

manos. Brazos en alto, sí, como escudo contra matas y espinos, pero las

manos en sí mismas inútiles, y el matorral cada vez más crecido y no hay

modo de orientarse, el rastro que uno deja sinuoso como el de una serpiente.

Sepultado en matorral, una inmensidad arbustiva, y cada paso un gran

esfuerzo.

Me abrí paso entre enormes matas de avena venenosa hasta que conseguí

salir por el otro extremo y atravesar un yermo más despejado. Estaba

demasiado oscuro para ver la camioneta pero quedaba luz suficiente para abrir

camino, todo calibrado a la luz desde antes de que yo naciera, mis pies

también, lo mismo que mi respiración y mi sangre e incluso mis

pensamientos, aunque pensara en nada.

Nos detuvimos junto a la camioneta mirando al suelo o al cielo.

Demasiado oscuro para seguir el rastro, dijo finalmente mi padre. Pero

mañana lo encontramos seguro.

Hacía mucho que no íbamos por esa parte, dijo Tom.

Años, dijo mi padre. Más que eso.

Puede que allí no haya nada.

Puede. Lo decidiremos por la mañana. A ver cómo pinta la cosa.

Allí los cuatro, presencias más oscuras que la propia noche, que se había

vuelto fría. El aire demasiado fino, no conservaba el calor una vez

desaparecido el sol, pero sí en cambio un pequeño atisbo de luz. Lo suficiente

para ver que mi padre y Tom sostenían sus respectivos rifles en el pliegue del

brazo, el cañón apuntando hacia abajo. Mi abuelo con el suyo colgado del hombro por la correa. En la oscuridad, una sombra puede moverse a placer, y

si yo pestañeaba o desviaba un momento la vista, los hombres parecían

acercarse o alejarse.

Puede que allá abajo no haya nada, insistió Tom.

Puede, dijo mi padre. Pero hemos visto uno.

Que hemos visto uno, dice. ¿Tú has visto alguno, o la menor señal de que

lo hubiera?

No, dijo mi padre.

Era un macho grande, intervine yo.

Ya te hemos oído, dijo Tom. A contraluz del sol, me imagino. Como si

estuviera en llamas. Las cuernas encendidas, y brincando a toda mecha por

esa maldita selva.

Sí, dije.

Y mientras estábamos mirando, va y desaparece.

Sí.

Bueno, dijo mi padre. Ya basta.

Nunca hemos visto un macho grande tan cerca del campamento, dijo

Tom.

Eso no significa que sea imposible, dijo mi padre.

¿Cuántos años?, preguntó Tom.

Pasaban murciélagos, fragmentos de noche sueltos y lanzándose en picado

entre nosotros. Aleteo silencioso.

Lo que pasa ahora no tiene nada que ver con lo que pasó antes, dijo mi

abuelo.

Claro que tiene, dijo Tom.

¿Y qué cosa de antes nos avisó de que este le pegaría un tiro al furtivo?

No es lo mismo.

Claro que lo es.

El frío empezando a hacer mella. Tantas veces la misma escena repetida,

congregados junto a la camioneta, a oscuras, después de una batida. Pero esta

vez no olía a azufre. Eso faltaba.

El ciervo ese podría estar allí o podría no estar, dijo mi abuelo. Es

imposible saberlo.

Empieza a hacer frío, dijo mi padre. Volvamos al campamento.

Os habéis vuelto locos los tres, dijo Tom. Sí, los tres.

Mi padre abrió la puerta del lado del conductor y la luz se encendió. Única

luz en toda la falda de aquella montaña, y vi cómo le raleaba el pelo cuando

agachó la cabeza para subir. Después Tom para ocupar su sitio en el medio, el cañón del rifle apoyado en el hombro, y finalmente mi abuelo.

Yo me senté en la plataforma, atrás, y me acurruqué contra el frío

mientras la camioneta serpenteaba y el motor gemía, y al poco rato estábamos

ya en el campamento.

Mi padre encendió el farol antes que nada, cebándolo a oscuras y

prendiendo después las mechas, como bolsitas de té encendidas. Las llamas se

contrajeron, volviéndose de un blanco cegador al abrir él un poco más la

válvula, sonido de caldera, un suave fragor.

Dejó el farol cerca de la parrilla y preparó un fuego en el hoyo al lado de

la mesa. Grandes fósforos de cocina Blue Tip y papel de periódico, leña muy

menuda y luego los troncos que habíamos traído ya partidos. Mientras Tom

preparaba la cena, los otros aguardamos sentados en sendos leños grandes. La

lumbre crecida y desprendiendo calor, los tres inclinados hacia el fuego.

Chispas que se elevaban hacia los pinos. El fuego separándonos de todo lo

demás. Lo primero que distinguió al ser humano. Cazar en grupo era anterior,

pero también lo hacían los animales.

Pocas cosas hay más antiguas y más humanas que sentarse junto a un

fuego. Cómo envuelve la llama un pedazo de madera y lo ilumina, el aspecto

tan blando de la llama, y cómo parece que nada puede ocurrirle a la madera.

Rubia todavía por debajo, visible a través de la llama. La transformación en

materia negra pasa inadvertida hasta que ya es un hecho.

El borde de una llama jamás se rompe o se desgarra. Puede adoptar

cualquier forma pero todos los cambios son fluidos, todos sus bordes

redondeados, cada ola nueva nace de la anterior, se completa y desaparece.

Solo en el fuego o el agua podemos encontrar un corolario al misterio

experimentado, un rostro para aquello que tal vez somos, pero el fuego es más

instantáneo. En el fuego nunca nos sentimos solos. El fuego es nuestro primer

dios.

Mañana podríamos cazar en los claros, dijo mi abuelo.

Tenemos que volver a por ese ciervo, dijo mi padre.

Sabes muy bien que no hay ninguno.

Tres generaciones con la vista fija en aquel fuego, las primeras brasas, el

naranja que irradiaban, más oscuro cuanto más caliente. La leña

organizándose conforme se iba consumiendo, segmentándose en ascuas

rectangulares. ¿De dónde surgió este orden?

Eso no lo sabes, dijo finalmente mi padre.

Lo que sé es que él no está bien, dijo mi abuelo. Algo tiene dentro que no

está bien. Y lo que deberíamos hacer es matarle ahora mismo y quemarlo en esta fogata.

Estás hablando de mi hijo, de tu nieto.

Por eso mismo hemos de encargarnos nosotros de hacerlo.

Ni el uno ni el otro me estaban mirando. Hablaban de mi persona como si

yo estuviera a millones de kilómetros.

Antes te mataría a ti, dijo mi padre.

Eso ya lo sé, dijo mi abuelo.

A la luz de la lumbre sus rostros dos versiones de lo mismo, solo

separadas por el tiempo. Mismos ojos dirigidos a las brasas, mismas manos

abiertas, solo diferentes en la superficie. Piel más vieja, y mi abuelo hinchado

y endeble. Pero si fuera posible atravesar la grasa, retroceder en el tiempo,

encontraríamos al mismo hombre.

Lo que no consigo recordar es qué entendí yo entonces. Sé que oí a mi

propio abuelo decir que había que matarme y quemarme, pero no recuerdo

qué es lo que sentí al oírlo. Creo que no sentí nada, porque es nada lo que

recuerdo. Tal vez hubo ira. Cuando uno no logra entender, la ira siempre está

a mano. Pero yo no podía haberme sentido identificado, y, por algún motivo

que se me escapa, no sentí ningún miedo.

Cada momento que pasa las cosas se nos complican más, dijo mi abuelo.

Minuto a minuto. Ese cadáver ahí colgando es como un reloj.

Eso es verdad, dijo Tom. Una voz venida de fuera, nadie lo había invitado

a participar. Olor a filetes y a cebolla en la parrilla, de vez en cuando un

chisporroteo de grasa colándose entre los ruidos más secos de la fogata.

Quizá que no te metas, dijo mi padre.

Ojalá pudiera, dijo Tom. En serio. Ojalá pudiera borrar el momento en

que os conocí. Perdería todos esos años solo por evitarlo.

Nos conocimos cuando ni siquiera teníamos memoria.

Pues lo borraría todo.

Tu vida entera, entonces.

Mi vida habría sido diferente, eso es todo, y al margen de lo que hubiera

pasado, seguro que me habría ido mejor de lo que me va ahora.

Eso es miedo, dijo mi abuelo. Es el miedo el que habla, y nunca dice la

verdad.

Os lo pido por favor, dijo mi padre. Callaos de una vez. Tenía la cabeza

gacha como si estuviera rezando, la boca apoyada en sus manos juntas,

acodado en las rodillas. Los ojos cerrados. Rezándole al fuego y el fuego

dibujando formas delante de él, la forma de todos y cada uno de los animales

que hayan existido jamás, una convocatoria atávica a la que mi padre era totalmente ajeno. No podemos ver esas formas en nosotros mismos y no

podemos verlas en el tiempo. Solo recordarlas. Si volvemos y buscamos, es

posible encontrar portentos de toda índole, cada momento de nuestras vidas

hablándole a todos los otros momentos.

El cadáver sigue ahí colgado, dijo mi abuelo. No os dais cuenta de que lo

que hagáis o digáis o penséis ya no importa.

Haz el favor de no decir nada más, le cortó mi padre.

Mi abuelo se levantó entonces y pisó la lumbre. Su bota, con todo aquel

peso encima, aplastando ramas medio quemadas y rescoldos, una colmena de

chispas, y luego retrocedió, intacto todo él. No era cosa que pudiera quemarse

y el fuego había quedado desbaratado, la piezas de leña ahora individuales,

llamas reducidas a sus orígenes y no más altas ya de unos cuantos

centímetros.

Continuó andando hasta la mesa, ocupó su puesto en la parte alta, cerca

del árbol y el arroyo. Se sentó pesadamente y sacó el gorro que llevaba en el

bolsillo de la chaqueta, un viejo gorro de tela escocesa verde con orejeras. Sin

expresión alguna, mirando fijo al frente, hacia la oscuridad donde estaba

colgado el furtivo, y la arpillera marrón captó la luz de aquel fuego ahora

menudo.

Mi padre dio la espalda a la lumbre, sentado en su tocón con las manos en

los bolsillos y mirando cuesta arriba, hacia la base de la montaña más alta, los

árboles destacándose apenas en la oscuridad. En ese momento deseé poder

hablar con él, pero ¿qué nos habríamos dicho?

Tom puso los platos de papel encima del banco, fue sirviendo carne y

cebolla y rebanadas de pan en cada uno y los llevó a la mesa. Él y yo nos

sentamos, como siempre, en el lado de abajo. Empezamos los tres a comer y

al cabo de un rato mi padre lo hizo también y comimos sin intercambiar

palabra. Solo se oía el masticar, el fragor amortiguado del farol, el agua

murmurando en el riachuelo, el viento más arriba en los árboles. Podríamos

haber estado solos, cada uno de nosotros, cosa que ahora me resulta de lo más

extraño. Es algo que no comprendo, por qué nunca hubo más conexión.

Cuando rebusco en mis recuerdos, la conclusión es que siempre fue así, que

los momentos pasados con mi padre o mi abuelo o Tom fueron momentos de

soledad. Más extraño aún es que esos momentos me importen siquiera, pero

al fin y al cabo eran las personas más próximas a mí. Mi madre se había

marchado antes de que yo tuviera conciencia, mi abuela había muerto, y

aquellos tres hombres eran todo lo que yo tenía. No conocía otra cosa, y

supongo que por eso mismo en su momento me pareció normal que hubiera distancia, las cosas eran así y punto. Como me parecía inevitable que

fuéramos a estar juntos toda la vida.

Terminamos de comer y Tom tiró los platos de papel a las brasas, donde

prendieron y se abarquillaron antes de extinguirse. Luego lavó los tenedores y

la parrilla y se secó las manos con un paño y fue hacia los árboles donde tenía

puesto el petate.

Mi padre se perdió también de vista en la espesura. Y luego mi abuelo,

teniendo que usar las manos para ayudarse a ponerse de pie, y aquel andar

tambaleante hasta su colchón, el sonido de los muelles, oxidados y viejos,

cuando se instaló en su saco de dormir.

Yo me quedé sentado un rato más escuchando el agua y el siseo de la

lámpara, dos sonidos de mundos diferentes que sin embargo casaban bien

porque ambos estaban presentes en mis primeros recuerdos. Cualquier cosa

puede acabar resultando familiar y predestinada.

Cerré el gas del farol. Pérdida inmediata de luz, el agua crecida, un fulgor

rojo en los bordes de las mechas como bolsitas de té, hasta que eso se

extinguió también y ya solo quedó el agua y la negrura y luego los puntos

luminosos de las estrellas apareciendo sobre el negro perfil de las copas de los

árboles.

El mundo antiguo. Sonidos de agua y de brisa, la montaña únicamente

iluminada por las estrellas. Un grupito de humanos durmiendo en el suelo

entre los árboles, esperando que amanezca para ir a cazar. En todo este tiempo

no ha cambiado nada, en ningún rincón del mundo.

Fui hacia los árboles para acostarme, extendí mi saco de dormir y me metí

dentro, y ahora pienso que me habría gustado dormir bajo unas pieles. Ojalá,

pienso, hubiera podido retroceder en el tiempo, porque si logramos ir lo

bastante atrás, no se nos puede hacer responsables de nada.