Guanche

Enrique Nácher · Capítulo 9 de 21

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Guanche

Capítulo IX

 

 

E L gran barco maniobraba lento para acercarse el muelle. Un sugestivo espectáculo que hacía olvidar hasta los gritos del hambre. Casi entendían ahora, con la luz nueva y todo el día para volver al Pagador, que valía la pena esta escapada para ver tanta cosa como estaban viendo.

Parecía mentira que tan gran mole pudiera moverse por sí sola. Claro que ella sola no se movía. Por encima de las colosales plataformas se oían ruidos diversos. Pitos, cadenas, una campana y, a veces, gritos de hombres.

¡A saber de dónde vendrían todas aquellas personas que miraban el puerto acodados sobre las barandillas! Gente rara. Alguien decía por allí que eran turistas. Una palabra difícil que no se entendía. Desde luego, a Felipe y a Benigno les tenía sin cuidado la palabra. Tan sin cuidado como tantas cosas de este sitio que no podían entender. En verdad, en Las Palmas todo empezaba a ser muy complicado.

Algunos jóvenes gritaban a los turistas desde la orilla haciéndoles señas extrañas. Llevaban el torso desnudo y vestían calzón corto. No sólo gritaban, sino que uno de ellos se lanzó al agua de cabeza. Y aún no había salido a la superficie, cuando se lanzaron los otros. Cuatro mocetones de carne curtida y bien puesta.

—¡Ah, muchacho! Fuerte chapuzón —gritó Felipe entusiasmado.

Nadaban con la cabeza elevada hacia los del barco y seguían gritando.

—Écheme una peseta, miste.

Un míster de aquéllos fue el primero en entenderlos y largó su peseta al agua. Tensaba el ánimo verlos zambullirse a todos a la vez. Al poco, uno salió a la superficie con su bien ganada peseta en la mano para que la viesen los de arriba.

A Felipe le hervía una idea mientras se quitaba la camisa y los zapatos. Aquí estaban al sol sus carnes magras y oscuras. Él, uno más entre todos.

—Allá voy, Benigno.

—¡Hale tú!

Panchigofio empezaba a pensar optimista en la posibilidad de comer.

A los del barco les gustó verlo tan pequeño y negro entre los hombres. Y cuando Felipe asomó la cara repitiendo lo que decían los otros, tres monedas cayeron a su alrededor.

—Pa lueguito es tarde.

Y se zambulló con los ojos abiertos detrás de una mancha blanca que descendía. Una fortuna, pensaba, a la vista de una presa tan fácil. Pero de pronto hubo de reconocer que la cosa no era tan fácil. Porque cuando alargó la mano para coger la pieza se tuvo por muerto de tantos golpes como recibía. Alguien le apretaba el cuello y alguien, sin saber quién, le pateaba la espalda empujándole a lo hondo. Pero sabía, porque la notaba en la mano, que la moneda estaba bien agarrada. Mucho habían de porfiarle para que él soltara lo que con tanta urgencia necesitaban.

Apretó los dientes, cerró los ojos y, luchando por la vida, comenzó a lanzar golpes con pies y manos. Puede que los pulmones reventasen antes de terminar el esfuerzo que estaba realizando. Otro maldito de aquéllos volvía a empujarle hacia el fondo. La mala pierna se movía sobre su cabeza, al parecer, buscándole la cara. Y tan cerca se la buscaba, que encontró cierta comodidad para hincar los dientes apretando tanto como la mano que guardaba el tesoro.

Mientras volvía con afán de aire hacia la superficie comprendió que se hallaba entre enemigos. Pero debía seguir luchando a muerte por este dinero indispensable. Era malo el recuerdo de la noche pasada entre cajas de tomate y del miedo que tuvieron por compañía. Sin embargo, aún era peor el hambre. Una sensación inaguantable para la que no necesitaba forzar la memoria.

Aire. Aspiró lleno de dicha este buen aire que le entraba en el cuerpo, enseñando a todos su peseta. Allí estaba Panchigofio, también mirando, con nuevos ojos de susto que no parecían suyos. Si se le diese nadar tan bien como tocar la guitarra, ahora puede que tuviesen dos pesetas.

—Écheme una peseta, miste —dijo Felipe cuando respiró tres veces.

Lo dijo alejándose de los otros nadadores.

—Una peseta, una peseta…

La pieza venía volando hacia él. Blanca, plateada. Y cayó aquí mismo, tan cerca, que casi parecía un robo atraparla sin apenas zambullirse. Sin embargo, a pesar de tanta facilidad, cuando creía cerrar la mano sobre la moneda, no hizo más que arañar una espalda que pasaba por debajo más ligera que un tiburón. Sin verlo era cosa de no creer, cómo nadaban aquellos diablos. Lo había visto lejos mientras caía la pieza y he aquí que, sin saber cómo, aparecía a su lado levantando victorioso su moneda.

Desde este momento vino lo peor. Los del barco, movidos a simpatía por la pequeñez de Felipe, le lanzaban a él las monedas. Pero los otros se dieron cuenta de este privilegio y no tardaron en rodearle tan prietos, que parecía mentira que fuese tan difícil moverse con tanta agua como había para todos.

—¡Ahí va una, Felipe! —era la voz ilusionada de Panchigofio.

La siguió con el ojo bien abierto. Se dijo que tenía codos para buscarse sitio y los ahuecó rabioso, en tanto iniciaban todos la zambullida.

Dolían los golpes camino del fondo. ¡Vaya que dolían! Pero seguramente, más por lo atentos que estaban para quitarlo de en medio que por falta de recursos, se les fue la peseta a los hombres y Felipe, empujado de pronto por una patada que le dobló el espinazo, se vio en las negras entrañas del mar con la peseta en la mano y algo así como un peso muy grande que le dolía en los oídos.

Esta vez aplaudieron algunos turistas.

—¡Ah, muchacho! —gritaba Benigno en la orilla—. Fuerte macho mi amigo.

Felipe miraba a los del barco con una avidez que obedecía al hambre. Otra y sería bastante. Tenían para un festín con esta fortuna que iba almacenándose bajo la lengua.

—Que va otra —le gritó Benigno.

Empezaba a gustarle esta lucha. Se sentía tan hombre como los otros nadando hacia la manchita blanca que descendía. La mancha oscura del casco del barco, se veía bajo el agua avanzando lenta hacia ellos para alcanzar el muelle. Era como una pesada nube que se acercaba.

La peseta estaba entre las manos de todos. La suya se cerró sobre otra que había llegado primero. Y sin que pudiera esperarlo, esta mano se volvió hacia él cayéndole con fuerza sobre la cara mientras otras manos invisibles le empujaban por todos lados.

Y esta nueva lucha que mantenía ahora, nada tenía que ver con la conquista de la peseta. En verdad estaba luchando por la vida. Con brazos y piernas buscaba sitio por donde zafarse en tanto tenía la boca dispuesta para morder, pero cuidando mantener bien aprisionado el dinero para que no se le escapase.

Al poco se vio con más espacio para moverse e inició con prisa el camino de la superficie. Y un golpe, en este momento no pudo precisar pero debió ser un golpe en el vientre lo que le mandó hacia atrás con una diversa sensación de dolor, mareo e inconsciencia. El hombro le había tropezado contra el casco del barco, percibiendo en él una sensación fugitiva de arañazo. Pero lo que de pronto empezó a ser apremiante, fue una idea totalmente lúcida, de agua entrando a torrentes por la boca abierta. Sofocaba el agua salada, obligándole a toser sin aire.

Sólo por instinto movió sus brazos durante un difícil braceo que le llevaba hacia arriba. Arriba presentía, casi vencido por mortal desespero, el aire. Pero estaba endiabladamente lejos este aire indispensable. Veía luz allá, asociando la idea con cierta torpeza. Luz, luz, aire. Ideas fijas que se eternizaban en minúsculas fracciones de tiempo. El agua se notaba en torno. También se notaba dentro. En realidad no era agua lo que notaba. Era más bien una opresión interna asfixiando. Se le antojaba el de la superficie un eterno camino que no llegaría a recorrer. Nunca el tiempo tuvo tal dimensión como en estos escasos segundos del tránsito. Su madre, maestro Pancho, el Roque de San Felipe. Toda su vida presente en un momento, como una sola imagen llena del brillo de aquella imposible luz que veía.

Una sombra de hombre casi desnudo se movía más cerca que la luz del sol. Presintió el último golpe. Las brillantes ideas que cruzaron como un destello, se apagaban ya.

¿Tiraban de él hacia arriba? Le habían agarrado del pelo y tiraban. Desde luego ascendía sin esfuerzo, notando más agua que entraba por la nariz. Pero de pronto dejó de ser agua. Otra vez aire entrándole por la boca, en una inspiración feliz que le llenaba de vida. Más aire en seguida. Más.

Escocían los ojos y empezó a toser.

—¡Cuidado!

Con cierta alarma se llevó la mano a la boca. Volvía a la vida con un pensamiento vil de dinero. Y no se sintió dichoso por la sensación de vivir y respirar. Lo que le hizo sentirse feliz, fue el tacto duro de las tres pesetas acomodadas bajo la lengua. En los ojos de Panchigofio adivinó la misma execrable incertidumbre y alzó la lengua para que viese brillar el tesoro. Y el amigo dio dos saltos en tanto se le llenaba la cara con la más adorable de sus sonrisas.

Por arriba había gran griterío. Los de tierra y los del barco increpaban a los nadadores porque se dieron cuenta del juego sucio que hicieron con el pequeño. A los de tierra se les entendía bien, pero los del barco gritaban en una jerga extraña. Para Felipe y Benigno, esto más que hablar se les antojaba ruido de voces. Algo muy raro y verdaderamente nuevo.

Los nadadores fueron trepando al muelle y, bajas las cabezas, se alejaron de la gente, sin decir nada. Felipe se encontraba solo en el agua y satisfecho con su papel de héroe. Ahora iba a ver la gente quién era él. Presentía una fortuna en pesetas de plata.

—Écheme una peseta, miste.

Pero los del barco ya no le echaban pesetas. Le conminaban con señas para que saliese del agua. A los de tierra se les entendía mejor.

—Quita pa afuera, muchacho.

—¡Valiente mataperros!

—Sube, Felipe —decía Panchigofio.

Casi asustado comenzó a trepar por los bloques del muelle, asiéndose a un calabrote y apoyando un pie en una argolla de hierro que había sujeta a la piedra.

No pudo comprender nada hasta que Benigno le hizo reparar en el hombro ensangrentado. Una cosa verdaderamente horrible, ver tanta sangre corriéndole por el brazo. De modo confuso asociaba la sangre del hombro con el encontronazo que tuvo con el casco del barco. Y lo raro es que no dolía. Lo único que molestaba era cierto dolor en la garganta que le obligaba a hablar ronco. Lo del hombro, como si no lo tuviera.

—Mira, Benigno —dijo asustado—, me estoy diendo en sangre.

Benigno sacó de junto al ombligo un pringoso trapo de los usados para limpiar plataneras y, con mejor voluntad que ánimo, comenzó a limpiarle la sangre.

—Fue no más un rasguñito —dijo alguien.

—¿Curará? —preguntó Panchigofio, pálido como un muerto.

—¿Qué te pasa, Benigno?

Ahora era Felipe quien se alarmaba ante el tambaleo del amigo que apenas se tenía en pie mientras su cara se parecía cada vez más a la de un difunto.

—No sé qué me da.

De improviso se sentó en el suelo y cogiéndose las sienes con ambas manos comenzó a echar bilis por la boca. Tal se diría, que iba a vaciarse del todo con tanto esfuerzo.

—¿Te dio mareo?

—Pienso que mismamente me muero.

El gran barco casi terminaba la maniobra de atraque. Se oían allá arriba risas que hicieron levantar la vista a Felipe. Vio seres raros. En realidad eran hombres y mujeres, pero la rareza estaba en los colores de la ropa. Entre todos formaban un abigarrado conjunto sin que la vista pudiera pararse en ninguno de ellos. Masa uniforme y espesa.

La llegada de esta gente extraña a Las Palmas se animaba de pronto con la escena pintoresca de este grupo de niños. Antes se habían divertido con la lucha de los miserables por un poco de dinero. Por una sola peseta los seres estúpidos pueden maravillarse viendo luchar como fieras a seres de su misma especie.

«Écheme una peseta.»

Humilde miseria de los Santana. Una peseta, una sola peseta y a pelear como bestias. Un Felipe cualquiera saltó hostigado por el hambre hasta casi perder la vida, para que siguiera la diversión. Y al final de la hazaña, he aquí un pintoresco grupo de niños ayudándose en solitaria compañía, para que pudiese reír a gusto un cargamento sin alma que sólo puede entender el bello color de la Isla.

—¿De qué se ríen esos sanguangos?

Felipe Santana oprimía el hombro con el trapo sucio, oyendo detrás los lamentables y cómicos espasmos de Panchigofio.

Pero a él no le daban risa. El dolor se le adentraba entre un cúmulo de incertidumbres. Y los de arriba seguían riendo. Tal vez unos días en la Isla con un «¡Ah!» políglota al descubrir su encanto, y otra vez al barco para dejar atrás, olvidada, la inefable cagada de mosca de maestro Pancho.

De algún modo dolían a Felipe las risas de los turistas. Parecía éste un modo de sentirse menos que nadie con aquellas pesetas de limosna en la mano. Una cosa nueva que no pudo conocer nunca en el Pagador. Él no sabía que el suyo era, al fin, un sentimiento de humillación. Se sentía cansado, triste y la sensación de abandono y soledad era cada vez más sensible.

¿Por qué esto?

He aquí una pregunta rabiosa que pudo hacerse mirando la risa de los del barco. Insensiblemente comenzaba a odiar. Seguro que aquella gente no tenía derecho a reírse. Se mezclaba con todo el impreciso recuerdo de la mano de María Candelaria junto con la suya, y cerca de ellos el gran abismo que se abría al borde del cementerio de Moya.

Era emocionante pensar ahora que él tuvo un abuelo. Don Rafael dicen que se llamaba. Y había en la cosa un vehemente deseo de grandeza. Sin embargo, se encontraba ridículo reteniendo la porquería de unas pesetas en la mano cerrada mientras intentaba mirar de frente a la gente que reía arriba.

También él podía reírse de los de arriba. Pero con una risa más seria que no parecía risa sino dolor. Porque con cada peseta que lanzaba furioso, se perdía la esperanza de algo fundamental que ahora no podía entender.

Algo sucio repetía cada vez con los dientes apretados.

—¡Estás loco! —la voz calculadora de Panchigofio le hizo pensar cabalmente en las esperanzas perdidas.

Felipe no estaba para contestar. Con su fardo de ropa debajo del brazo, salió de allí con tanta prisa como le permitían las piernas. Y como si no hubiese mejor medicina para su agobio, Panchigofio se puso en pie saliendo tras él mientras los del barco seguían gritando desde arriba.

 

Un poco lejos, entre mercancías diversas, se habían detenido. Aún respiraban fuerte por la carrera. Allá veían el gran barco recién atracado con su carga multicolor sin perfiles definidos. Había muchos barcos atracados, cerca, y a lo largo del malecón que se adentraba en el mar. Un mercante salía del puerto entreteniéndoles la atención mientras Felipe se ponía la ropa.

Panchigofio no decía nada, pero pensaba cosas que si las decía, es seguro que acabarían a golpes. Estaba de veras resentido con su amigo Felipe. Verdad es que él no ganó el dinero, pero también tenía su mérito el trabajo de haberle curado los rasguños del hombro. Exaltaba para sí el mérito de su trabajo, con el vahído que le causó verse tanta sangre delante. Y pudo decirse al fin, que también él colaboró en la ganancia y, por tanto, estaba en derecho de pedir cuentas.

Necesitó repetirse que su ayuda fue muy necesaria para poder llegar a este convencimiento. De todos modos, el feroz apetito que sentía, ahora más que antes de vaciar la bilis, acabó de afianzarle en sus nuevas convicciones.

—¿Y ahorita qué?

Un modo suave de empezar sus razones. Mucho cuidado porque todavía estaba pintada la rabia en la cara de Felipe.

—¿Ahora? Qué sé yo.

—Pus eso digo yo, ¿ahorita qué?

—Yo con lo mío hago lo que quiero.

—¡Tuyo! Linda cosa. ¿Quién te curó el hombro?

Como el argumento le pareció flojo, añadió en seguida:

—Bueno, conforme, tú lo dijiste, tuyo. Pero creo que bien me gané una peseta con el desmayo. ¿Y ahorita qué? ¿Qué comemos?

Felipe sacudió los hombros. Cosa mala el hambre. Daba fatiga sentirse tan vacío. Por todas partes se veía algo que comer. Todo tan cerca y tan imposible. Junto a los alimentos que vendían en las tiendas estaba el indispensable guardián para que nadie escapase sin pagar aquello. Pan, queso, salchichón.

Era una tienda pequeña en la que un hombre gordo y colorado sonreía a los clientes. Con las tres pesetas el hombre gordo y colorado también les habría sonreído a ellos entregándoles comida para reventar. Sin el dinero les molería a palos si cogían de la tienda lo que necesitaban. O cosas peores, pensó Felipe notando un escalofrío.

—Por tu culpa —dijo Panchigofio, más agresivo.

—Por mi culpa o por la del demonio. Hice lo que me dio la gana. ¿Entendiste?

—Sí, con lo tuyo haz lo que se te antoje. Yo no te discuto. Pero ¿y lo mío?

—¡Qué tuyo ni qué infierno! ¿Quién cogió el dinero? Haberte echado al agua.

—Sólo te digo que quiero lo mío.

—Ahorita vas y lo buscas. Por allá está.

—Te digo que ya estoy bastante rascado, Felipe.

—Y yo.

—¿Conmigo?

—No veo con quién otro.

Panchigofio rodó el brazo, descargando el puño sobre el pecho de Felipe. Hizo, exactamente, lo que faltaba a su amigo para ponerse a punto de pelea.

—Pa que güelvas —dijo Benigno.

—Aguárdate.

Al tiempo de la palabra alargó los brazos para prender con ellos en la camisa del otro. Pero Panchigofio, que esperaba la revuelta, le rodeó el cuello con ira. De todo su hambre y de toda su amargura tenía la culpa Felipe. Él le arrastró a esta aventura sin respetar su honrado dolor de garganta. Si entonces se hubiese mostrado razonable, los dos estarían gozando la dulce tranquilidad del Pagador con la barriga bien llena. Tal vez largando a los perros del tabernero la comida que les sobraba:

Pero a pesar de los acontecimientos, todo habría podido evitarse de no haber tirado al mar, Felipe, el dinero que pertenecía a los dos. Porque por mucho que dijese Felipe, para Panchigofio el dinero era cada vez más suyo.

Agarrado como lo tenía del cuello, forcejeaba con la cintura para tumbarlo de costado. Un esfuerzo definitivo que iba a dar buen escarmiento a Felipe.

En pleno esfuerzo, notaba las manos del pequeño Santana buscando por donde escapar para, al fin, rodearle el pecho en un abrazo. Un momento de la pelea duro e impresionante, porque fue acompañado del ruido inconfundible que hace una camisa al romperse. Y por lo largo del gemir de la tela, Panchigofio imaginó la gran evidencia en que quedaban sus carnes y, cuando una tregua del esfuerzo le permitió mayor reflexión, pudo pensar, lleno de amargura, en la cara que iba a poner su madre.

Ante todo se juró venganza. La ropa es la ropa y sabe Dios las calamidades que acechan a un niño cuando se rompe. Por eso bajó rápido los brazos que rodeaban el cuello de Felipe, y, haciendo presa en el canesú, tiró fuerte hacia los lados. Causaba el mustio gemir del jirón, un inefable placer que superaba al de la difícil tumbada del tieso enemigo. Ahora sufrían parejo agravio y ya llegaría a cada uno su momento de rendir cuentas.

Pero, achicado por el estupor, conoció al punto el desquite de Felipe, mientras oía el conocido crepitar de la ropa al romperse. No cabía duda que era la suya, ya que él no forzaba tela y por otra parte en su hombro derecho empezaba a notar, sin nada que la guardase, la tenue caricia de la ventolina reinante.

Ciego de furor buscó las dos mangas de Felipe pero, tal vez por esto, descuidó un segundo la atención que requería la lucha. Una aprovechada pierna entendió el descuido, enroscándose a la suya. Y así, con el empujón que se le vino sobre el pecho y sin más apoyo que el aire, no hubo manera de mantenerse en pie. Cayó de espaldas, pero el otro se vino detrás de tan agarrado como lo tenía.

Subió la pierna más fácil sobre las de Felipe y haciendo palanca rodó sobre él. Ya estaba encima, pero el mismo arte le valió a Felipe para invertir la posición. Es decir, comenzaron a rodar compartiendo la posición de dominio y de este modo se fueron acercando al borde del muelle.

El mutuo deseo estaba en despedazarse. Pero en esto se acabó el suelo y los dos cayeron de cabeza al agua. Apenas un destello en el aire que horrorizó a Felipe pensando que Benigno no sabía nadar. Ahora no se trataba de romperle la camisa ni siquiera de despedazarlo. La verdadera amistad volvía ante el peligro que amenazaba.

—Benigno.

—Que me ahogo, Felipe.

La voz de Panchigofio fue no más que una gárgara salada.

—Ya voy, aguántate un pisco.

Braceó con prisa hasta cogerlo por la pechera. Se sentía fatigado, notando los huesos torpes. El agua salada hacía operación, haciéndole notar cierto escozor en el arañazo del hombro y sobre otros más recientes del cuello de los que ahora se daba cuenta.

Aquí estaba Panchigofio alargando los brazos y con la cabeza echada hacia atrás. Y así que tuvo cerca a Felipe tiró de él agarrándose fuerte al cuello en un abrazo desesperado. Como si deseara más pelea. Felipe se sintió impotente con la cabeza debajo del agua.

Mala mañana se le estaba dando a Felipe. Con la misma desesperación del otro comenzó a darle golpes en la barriga. ¿Quería lucha? Duro. Pero no cedía la presión del abrazo. Nunca hubiese imaginado que el gordinflón de Benigno tuviera esta fuerza. Y ahora sí se ahogaba de veras. Sólo un milagro de Dios…

Inesperadamente se estaba realizando el milagro. Brazos poderosos los sacaban del agua sin que ellos pudiesen comprender nada. Y no se sabía por qué, pero ellos estaban sentados sobre una barca. Felipe tosía y Benigno vomitaba agua. Algunos hombres nadaban vestidos. Otro, de bigote largo y oscuro, aquí mismo, sobre la barca, les daba golpes en la espalda.

—No fue nada, mi niño. Un remonjonsito no más. Eso va bueno pa dar ganas de comer.

Felipe le miró abatido.

—Ya la traemos de largo, señor —pudo decir.

Panchigofio se acercó con cara de mendigo.

—Va pa dos días que no entró cosa por esta boca.

Los que les sacaron del agua se acodaban en torno a la barca, tomando a risa lo que decían. Porque en verdad daba risa ver vivos a los dos muchachos después de tan apurados.

—¿Alguno tendrá de sobra pisquito apenas de pan? —dijo rastrero Panchigofio.

—Vengan conmigo, muchachos; hoy les tengo convidados —dijo entre risas el hombre de la barca.

Remaba despacio hacia la escalerilla. Demasiado para la prisa de los muchachos.

—¿Le ayudo, señor? —dijo respetuoso Felipe.