Guanche
Capítulo XVIII
D ON Salvador Martín conocía de antiguo a don Nicolás Ramírez Gómez. Dos perros de presa de parejo estilo, criados por Dios y entendiéndose con la innata desconfianza de cada uno. Más de una vez habían discutido peseta a peseta, transacciones fruteras a las que ambos se dedicaban.
Ahora don Salvador estaba seguro de que la discusión sería larga aunque, como siempre, amistosa. Los hombres honrados discuten sus negocios honradamente. Sin acaloramientos ni enojos que a nada conducen. Cada uno valora su conveniencia a la hora de cerrar el trato y si éste está de acuerdo con los cálculos preconcebidos, todo sale bien y pueden beberse unas copas en compañía.
Desde la muerte del viudo don Juan Doreste Ramírez, don Nicolás Ramírez Gómez fue nombrado tutor de la pequeña Pino Doreste, que ya había perdido a su madre al nacer. La niña quedó huérfana recién cumplidos los cuatro años. Su pariente más próximo, don Nicolás Ramírez, primo hermano de su padre, tenía fama de honrado y cumplidor. Además era rico. Nadie mejor para ejercer la tutela de la desamparada niña.
El hombre hizo remilgos al cargo pero al fin, él, santo varón —ya veían— cargó gustoso con esta cruz que Dios le mandaba, para honrar la memoria de su querido primo. De lo que no se habló y habría sido ofensa para la integridad moral de don Nicolás, es de los bienes que la niña había heredado. No podía ponerse en duda que la administración de las fincas de Pino estaba en muy buenas manos. Bien sabía todo el mundo que don Nicolás nada necesitaba. Y con cierta solemnidad, prometió que aumentaría la hacienda de la niña. No era difícil. Seis fanegadas de plataneras, algún celemín mal contado y dos casas; una, parte de cierto pago de las cercanías de Moya y otra en el mismo pueblo, aseguraban una renta anual que habría de incrementar el capital si no se tiraba el dinero.
Pero las fincas no aumentaron un palmo desde la muerte de don Juan Doreste y a nadie le cabía en la cabeza que don Nicolás, tan agarradito él, hubiese tirado el dinero.
También se sabía que para que nada faltase a la niña, don Nicolás la puso, tan pronto pudo, bajo el cuidado de Luisa la Moganera. Ninguna mejor. Fue su nodriza y sentía por la niña un tierno afecto. En adelante nada faltaría en casa de maestro Pancho. La pensión que fijó don Nicolás a la niña cubría con exceso todos los gastos incluidos los extras de ron con que se regalaba el viejo.
Claro, siempre existen malas lenguas y ojos que vigilan lo que no les importa. Pero eran voces escondidas que no llegaban a don Nicolás. Si sus negocios marchaban bien y paso, paso, iba comprando sus finquitas, trabajo le costaba. Podían verle tan ocupado en negocios. No fuesen a creer… Aquí estaban claras las cuentas de la niña. Mucho arreglo de fincas, malos tiempos…, ¿qué querían? Bastante preocupación le daba conservarlas.
Podían ver que no descuidaba lo oportuno así que hubo llegado el tiempo. La pequeña Pinela se educaba conforme a su rango en las Dominicas. Un ojo costaba el internado. Y todo caía sobre el apurado don Nicolás. Como si no tuviera cosas que atender. Ahora a buscar como fuese, los muchos duros que costaba la educación.
Hablaba como cansado, de su preocupación constante, aclamándose al día venturoso en que un hombre se llevara la niña al altar, y le librase de los desvelos que como padre, sufría por la crianza de Pino.
Y ese venturoso día llegaba, como todo llega al cabo del tiempo. El predestinado, un hombre gordo, maduro y con la pitarra tracomatosa escondida tras los lentes oscuros, subía las cuestas de Moya blandamente sentado en un automóvil de alquiler. En esta ocasión le gustó cuidar las formas destinando un puñado de duros para la locomoción. El coche aparcaría frente a casa de don Nicolás Ramírez. Iba a descender como un verdadero señor. El ser inferior que manejaba el volante lo esperaría hasta que a él le diese la gana. Para eso le pagaba con su dinero.
Seguramente se compraría pronto un automóvil. Era un placer sentirse transportado tan de prisa y cómodo. Si todavía no se compró el vehículo, fue por no mantener un chófer. Un vago comiendo a su costa sin más trabajo que pasear tan ricamente sentado. Y aunque alguna vez llegó a pensar que él mismo podría manejar el volante, le vencía el conocimiento de su incapacidad. Así, pues, la posesión de un automóvil se asociaba en él con la dolorosa idea de mantener el imprescindible vago.
El coche se había detenido. Ésta que aparecía a la derecha era la casa de don Nicolás Ramírez. Una gran casa. Seguramente mejor que la suya de Bañaderos. Y de la comparación que le vino a la idea nació en seguida un sentimiento de envidia.
Gran ladrón don Nicolás Ramírez. Y adelantándose al tiempo don Salvador empezó a interesarse por los bienes de Pino Doreste. Sumados a los suyos, formaban una hacienda considerable de la que don Nicolás robó a su antojo durante años. Eso se iba a acabar. Pronto. Las formalidades del desposorio serían cortas, puesto que empezaba a quemarle el deseo de ver junta la tierra. Le iba por la cabeza que Pino tenía casa en Moya. Un gran sitio para el verano. Alto, fresquito, sin la aplastante pesadez de la costa. Tal vez fuese la casa una de estas que estaba viendo. Tenía idea de que se trataba de una gran casa.
Don Nicolás era un hombre casi viejo, de hombros estrechos y caderas anchas. Toda su cara era una masa fláccida que parecía colgarle del esqueleto en pellejos movedizos. No se quitaba el sombrero más que en misa y por esto se sabía que era calvo.
Lo encontró don Salvador en el centro del patio, cómodamente sentado en una mecedora. Se espantaba las moscas con un abanico, que apenas movía, al ritmo de balancear su pereza con el suave vaivén del asiento.
—¡Válgame Dios don Salvador! ¿Qué le trae? —Con el abanico le indicaba sin moverse, otra mecedora.
—¡Ave María, don Nicolás! ¿Y cómo va su vida? Ya se le ve la tranquilidad. Vengo, pus ya sabe, pa que hablemos.
—Que yo sepa tenemos concluidos todos los tratos —dijo don Nicolás con cierta malicia—. Algo nuevo, ¿no?
—Usté lo dijo, hermano, nuevito.
—¿Quiere un trago de agua de Firgas?
—Déjelo pa más luego. Ahorita le traigo un recado p’al que no creo que ponga inconveniente.
—Claro que no. Viniendo de quien viene habrá de ser honrado —dijo enderezándose para atender mejor.
—Le agradezco su confianza. El trato es más que honrado puesto que no me mueve el interés.
—Y si media y hay conveniencia para los dos… —Los dedos de don Nicolás se movían indicando dinero.
Don Salvador empezó a sentirse molesto. Debía entender el viejo avaro que nada tenía que ganar en este negocio. Sintió de pronto que lo aborrecía y dijo con prisa lo que traía pensado para acabar pronto.
—Comprendo que un día me tengo que casá. Pensé en Pino y vine a que hablemos de eso.
La cara de don Nicolás intentó contraerse en un pronto que le obligó a tirar hacia arriba de los pellejos colgantes. Raramente se alzó el labio superior apareciendo tras él dos dientes solitarios de un color amarillo mate. No era fácil entender si intentaba reírse o más bien era la suya una mueca de indignación.
—¡Válgame Dios, don Salvador! Usté está chiflado. Tamaño disparate.
—Yo no lo veo. ¿Por qué?
—Déjese de esa idea. Pino es entovía una niña.
—¡Qué niña ni que demonio! ¿Y por qué, pues, anda hablando de su descanso cuando se la lleve un hombre? Aquí está el hombre —decía con ambas manos sobre el pecho y el busto ridículamente enderezado.
—Quite p’allá, don Salvador. Está usté muy trabajado. Pino es una niña. Tengo que cuidá.
—Demasiado cuidá.
—¿Qué quiere desí?
—Si me entiende pa que repetirlo.
Había en los dos pareja torpeza. Se entendían a su modo y esperaban que de un momento a otro el diálogo estallase en violencias. Don Nicolás temía por su buena fama seguro de que el otro la iba a malparar con razón, si no había acuerdo entre ellos. Con torpe astucia intentó una jugada que tal vez le diese ventaja.
—Mire, amigo, yo no soy quien se tiene que casá. Hable con Pino y ella le dirá.
Don Salvador se revolvió frenético.
—¿Qué tiene que ver la niña en este negosio? Ella hará lo que usté mande.
—Bien, lo que yo mande, pero qué voy ganando con eso.
—Ya ganó lo suyo.
—¡Por Cristo, don Salvador! —exclamó levantándose nervioso—. Ni un vellón he tocado de lo de la niña. Ahí están las cuentas. ¿Las quiere?
—Si no hay inconveniente vamos a echar un repaso.
—¿Con qué derecho?
—Usté dijo que las mirase. Son seis fanegadas y algún selemín suelto. Eso deja. ¿Dónde está?
—Le veo enterado.
—Tuve cuidado en eso.
—Qué quiere que le diga. Hubo gastos. Puse la niña en las Dominicas pa que se eduque como una señorita y no la voy a dar al primero.
—Usté sabe que estoy bien afincado. No gana poco su sobrina con lo que le pido. Triplico lo suyo. Soy un hombre cabal, honrado, ¿qué más quiere?
—¡Ah, caraho! Qué más quiero, qué más quiero. ¿Pus no lo sabe? Yo hice un trabajito. Catorse años ocupándome de educarla pa que usté se la lleve tan lindamente. ¿Quién me paga el trabajo?
—Le dije que lo tiene cobrado.
Don Nicolás amenazó con los puños alzados. Una inocente amenaza la suya. Pero don Salvador, viéndoselo delante, se agarró lleno de pánico al bastón cubano, pensando defenderse y sin ánimo para mover un dedo. Si hubiese porfiado un poco, tal vez habría sido el amo de la situación. Pero se ablandó rastrero:
—Aquiétese, don Nicolás. Hablé sin pensá. Podríamos llegar a un trato.
El hombre volvió fatigado a la mecedora y reclinando la cabeza, comenzó el lento vaivén mientras se abanicaba. En sus rasgos péndulos había una muestra de cansancio. Tal vez deseo de mostrarse incomprendido.
—¡Dios mío, Dios mío! Que yo…
—Y bien… —insinuó don Salvador.
—Qué quiere que le diga. Hable usted.
—Mire, ya sabe, los tiempos no andan muy bien. Faltan barcos y no se exporta en la medida de otros años.
—No llore, amigo. Usté tiene un bonito rincón.
—Hay muchos pagos.
—Sí, pero…
—¿Mil duros?
—¿Cómo dijo? —tronó don Nicolás—. ¿Viene de burla? Mil duros por catorse años de sacrifisio. Está usté loco. Ni veinte mil. ¿Se da cuenta de la hasiendita que tiene la niña? Claro que se dio, por eso vino. Le conozco, don Salvador. Si quiere arreglo tendrá que subir mucho entovía.
—¡Válgame Dios! ¿Y cómo subo? No tengo tanto.
—Si le hubieran de ahorcar ya lo sacaría.
—Usté me arruina, don Nicolás. Puedo llegar a treinta mil. Más no.
—Venda alguna miseria si no tiene. No le bajo de las setenta y cinco mil.
—Sincuenta y no puedo más, se lo juro —dijo don Salvador con voz ridícula.
Don Nicolás lo miró fijamente, como estudiando sus posibilidades. Pensaba nervioso en la oferta. Un buen montón. Nadie habría sacado otro tanto al miserable don Salvador. Un feroz regocijo le animaba en este momento. Podía transigir. ¡Vaya si podía! Nadie habría dado más y, antes o después, algún aprovechado se habría hecho a cambio de nada con la voluntad de la niña. De todos modos, no era fácil que durase toda la vida el buen negocio de administrar las fincas de Pino.
Simuló meditar pellizcándose los pellejos de la papada. Veía a don Salvador como a un sapo aplastado en su mecedora. Con una súplica en el rostro fofo que le divertía. ¡Ah, gran marrano!
Le habló en tono acongojado:
—Mire, se me rompe el alma pensando que voy a separarme de esa muchacha. Pero por tratarse de usted cierro el trato con las cincuenta mil. Para algo soy su amigo.
A don Salvador se le fue un suspiro que más bien parecía un relincho. Respiraba fatigado disparando odio a través de los lentes oscuros. Inevitablemente pensaba en la revancha. Ya llegaría.
—Nada de resibos ni formalidades. Me da el dinero y asunto acabado. La palabra basta.
—Se lo daré todo el día de la boda.
—Tres días antes —reclamó el tutor.
—Conforme. Tres días antes.
Ahora ya podían reír volviendo al trato de amigos. Sobre todo don Nicolás se mostraba eufórico dando afectuosos golpes en la espalda del gordo. No había que preocuparse. Hablaría con Pino haciéndole comprender la conveniencia de su boda con don Salvador Martín. Mañana domingo ultimarían todos los detalles. Estaba entendido que don Nicolás corría con el gasto.
—… Almorzaremos en Las Palmas. ¿Qué le parese el Metropole? Pa por la tarde me creo que hay una buena luchada en el Campo de España. Será un gran día, don Salvador, un gran día, no lo dude.
Entre Las Palmas y el Puerto de la Luz, en la avenida de León y Castillo, está situado el Campo de España. Es un viejo estadio que tuvo su auge, en los tiempos que el fútbol no había absorbido la pasión de las multitudes.
El recinto es cuadrado, con rústicos graderíos y pequeños palcos, que enmarcan la pista de dimensiones adecuadas para celebrar partidos de fútbol. Pero en 1935 el fútbol no apasionaba en la Isla. Las tradiciones canarias se mantenían con cierta pureza y, en la pista del Campo de España, se celebraban exhibiciones folklóricas de toda índole. Riñas de gallos, danzas isleñas, isas, folías y sobre todo, luchadas.
Es la lucha canaria un deporte tan viejo como la misma historia de las islas. Sólo en ellas se conoce, practica y apasiona. Hombres de toda condición, acuden desde los pagos lejanos hasta el Campo de España los días de luchada, para ver al muchacho que siguen con su ilusión. Es uno de ellos. El más fuerte. El Pollo. Pasará lo que pase sobre la arena, pero de todos modos, será ésta una tarde intensa para los seguidores.
Esta clase de lucha constituye el esfuerzo limpio de dos hombres. La saña no está en los que luchan sobre la arena, está en los que discuten en torno a la pista y seguirán discutiendo en el apartado pago hasta que el tiempo haga recuerdo de lo que se discutió en su día.
Otra vez domingo. Había lucha en el Campo de España. Centraba la pista el gran círculo de arena. Las sillas de preferencia situadas alrededor, iban llenándose de hombres habladores. Algunos empezaban a apostar «tollos» — como llamaban a los duros— con gente conocida que encontraban entre las sillas.
En las gradas de general hervía la multitud que se adelantó con tiempo para tomar buen sitio. Había color, bulla y alegría en el Campo. Un sol vivo, alargaba tangente las sombras en la tarde que comenzaba. Casi dañaba la vista la luminosidad amarilla del ruedo de arena.
En este momento, confundidos entre la gente y amigablemente enlazados del brazo, dos prohombres entraron en el Campo. Se habían hartado en el Metropole y fumaban sendos habanos. Gran día hoy, como prometió el pagano de la fiesta, don Nicolás Ramírez. Su compinche don Salvador Martín apenas sonreía a las chanzas. Buscaba su sitio entre las sillas de primera fila como temiendo que algún aprovechado se la tuviera ocupada.
Puede que de este modo intentase distraer el furor. No era fácil sonreír todo el día al ladrón de don Nicolás. Con prematura angustia pensaba en sus cincuenta mil pesetas. Y aún quedaba toda la tarde con este hombre. Había para maldecir aunque aceptaba la incomodidad del día como un trámite indispensable para la realización del negocio. ¡Qué bien en casa ya, con las piernas tendidas para que la Alcaravanera le quitase las botas!
Sólo en su sitio de Bañaderos podía sentirse feliz. Descansado, quieto. Sabiéndose amo y sin este cansancio extenuante de andar por Las Palmas.
Bien acomodado en su silla de primera fila, cruzó las manos sobre la barriga, reclinando la barba en el pecho abombado. Tranquilito, aislado de tanta gente, oía sin querer oír, las sandeces de don Nicolás. Éste, obligado con los cumplidos del que espera un buen negocio, leía en voz alta el programa de mano de la luchada.
—Será una luchada macho. Mire «Ajodar» de Guía, contra «Unión de Sardina». Dos equipos de primera, «Unión de Sardina» trae hombres nuevos. Veremos, veremos. A lo mejor hay sorpresa. ¡Mire! Pollo del Pagador. ¡Del Pagador! ¿Quién será?
Don Salvador levantó algo interesado la cabeza. Tampoco él sabía que hubiese luchadores en el Pagador. Desde luego nada tenía de particular, porque el Pollo figuraba entre los nuevos. Entraría en las primeras eliminatorias y sólo si vencía podían verlo con los ases. Empezó a pensar don Salvador, que casi valía la pena haber venido esta tarde a la luchada.
—Mis buenos sinco tollos voy a jugar por ese muchacho, sea quien quiera —dijo resuelto—. Por más que pienso no sé quién será. Algún bandido descamisado. Segurito, un hijo del demonio. Pero me dan ganas de jugar algo por él.
La gente seguía entrando en el Campo. Un grupo de campesinos muy puestos de sombrero y con sus trajes de fiesta, aparecieron en la puerta principal. Luisa la Moganera, María Candelaria y Pino, se mezclaban con los hombres que buscaban sitio entre las sillas de pista. Seguro que más de uno pidió el dinero prestado. Pero hoy presumían solemnes, buscando sitio entre los señores, porque para ellos era un día verdaderamente esperanzado.
—Mire, don Salvador, gente de allá. Conozco alguno. Vendrán para ver al Pollo. Escuche. ¿No es aquélla mi sobrina?
Don Salvador enderezó la gordura para mirar. Y de pronto se sintió herido por un doble sentimiento de vergüenza y humillación.
—No me parese éste sitio para mujeres.
—Le juro que no fue por falta de cuidado. Debió ser cosa de esa maldita Moganera. No crea, le pago bien.
—Es una vergüenza.
—¿Qué quiere que haga? Ya le hablaré.
—Mándela ahorita mesmo pa casa.
—¡Ave María! Y cómo la mando, tan acompañada ella.
—Usté verá.
—Le prometo que tomaré medidas pa otra güelta. ¿No ve? Está muy acompañada.
Don Salvador no contestó. Metiendo la barba en el pecho mantuvo un pensativo gesto de hombre ofendido. Vagamente quería imaginar algo que le causaba gran dolor. Había visto con Pino a la ladrona. Ocupando junto a la arena un sitio entre señores. Pudiera ser que el llamado Pollo del Pagador fuese… ¡Y había pensado apostar cinco tollos! Cinco palos.
Recordaba al niño odioso andando por su casa cual hijo del amo. De ningún modo podía perdonar aquello a su padre. De buena gana lo hubiese pateado como lo pateaba entonces. ¡Ah, la vida! Cosa dura vivir entre la gente.
Y la gente llenaba el campo gritando impaciente por el comienzo de la luchada. Un viejo luchador ocupó el centro de la mesa de los jueces y a los lados se sentaron los representantes de los equipos en competencia. Uno por «Ajodar» y otro por «Unión de Sardina». En seguida salieron al campo los componentes de ambos «clubs» ocupando, sentados en el suelo, posiciones opuestas.
Eran casi todos muchachos altos, macizos y de gran fortaleza física. La vieja estirpe de los guanartemes parecía haber concentrado dos grupos ideales de descendientes. Aquí estaban, como un milagro del tiempo, los guanches de Gran Canaria. Tal como son, como fueron y como serán mientras dure la llamada de la lucha, que los hace acudir con renovados atavismos de raza.
Vestían blusas de color claro y pantalón corto de tela fuerte, con el camal doblado a lo largo de su perímetro para darle mayor fortaleza. Todos iban descalzos y, sentados como estaban, imponían sus torsos doblados, con el nombre del equipo estampado en la trasera de las blusas.
Un hombre en mangas de camisa, único árbitro de la lucha, salió a la arena hundiendo sus pisadas en la blandura del piso virgen. En los graderíos altos sonó un breve aplauso de satisfacción. Una voz apartada y potente empezó a informar del orden de la luchada.
—Señoras y señores…
Eulogio Santana elevó el brazo desde su sitio haciendo una seña al Pollo. Felipe, sentado como estaba, apenas respondió con una sonrisa nerviosa.
—Le veo preocupado —dijo a su vecino Brito.
—Todos estamos. Pero yo confío. Ha aprendido mucho. ¿Vio ayer cómo batió sinco veces a Panchigofio?
—Felipe puede dar guerra.
Benigno Panchigofio metió la cabeza desde la fila de atrás:
—Me voltió porque estaba descuidado.
—¿Las sinco veses? —dijo riendo Brito.
Para Candelaria éste era un día de íntima traición a Santiago. Viendo a su hijo entre los de la «Unión» recordaba al otro Felipe Santana. Joven, fuerte, con toda una vida ilusionada por delante. Se enternecía imaginándolo en este lugar y también como ella, esperando el gran momento. Riéndose como él se reía. Con la boca grande, sin malicia. Sano por dentro y por fuera.
Brito no era aquel Felipe. Pero nadie quería más que él a su hijo. De algún modo el hombre llenaba el lugar vacío. Le veía discutir con todos y en lucha con la angustia que le tensaba los nervios.
—Aguarde, amigo, pa que vean al Pollo del Pagador.
Para Pino una luchada era algo ignorado hasta este momento. En verdad su vida estaba llena de absolutas ignorancias. Entre la vida quieta del Pagador y las Dominicas se había gastado todo su tiempo. Monotonía, días repetidos. Sin más historia que esperar la noche para dormir y pasar los días sin nada que los animase. Pero he aquí que de pronto surgía algo verdaderamente nuevo. Saltaba de gusto ante la novedad con la expansión fácil de su juventud oprimida.
La pequeña mujer que había en ella, gozaba las ignoradas emociones que se iban sucediendo en la tarde. La excitaba ver a Felipe entre los otros. Debía ser algo muy importante verlo allí tan serio esperando turno. Casi sentía necesidad de gritar a la gente, que aquél, precisamente aquél, el tercero del semicírculo, era Felipe Santana. Los otros no parecían nadie a su lado. Todos debían darse cuenta de que aquél era Felipe. Y lo miraba con el deseo de que él la descubriese entre el público.
Una vez, Felipe se volvió hacia ella. Y Pino alzó la mano con inesperada timidez. Tal vez lo vio sonreír. De todos modos la había visto y pasara lo que pasara él debía saber que ella estaba a su lado.
Fue difícil mantener más rato el modo de mirarla Felipe y Pino se distrajo ladeando la vista. En cierto sitio, detonaban al sol las gafas negras de don Salvador. Un ser conocido. Lo había visto alguna vez en el Pagador. Y se dijo que no le gustaba el tipo. Siempre, al cruzarlo, la miraba con insistente fijeza. Como la miraba ahora.
Junto al gordo de las gafas negras, ¡Santo Dios! Había para echarse a temblar. En la cara de don Nicolás se plasmaba en colgajos fláccidos toda la severidad del hombre. Y sin comprenderlo del todo, Pino imaginó delito en el hecho de hallarse sentada entre la gente del Campo de España. Desde luego esto estaba prohibido. Lo entendía bien en la cara del viejo.
—Mire quien está allí, Candelaria —dijo.
—¡Jesús! Dios los crió y, mírelos, tan juntitos.
Pino creyó que había llegado el momento de marcharse a casa. La espantaba la lejana autoridad de don Nicolás. Luisa la acompañaría.
—Vámonos, Luisa. Allá está mi tutor.
—¡Ay, Virgen del Pino! No sé qué hacer, mi niña. Tengo agobio. Vámonos.
—Pa qué tanta prisa. Aquiétense, muchachas. Ya las vieron y tanto da — dijo Candelaria.
—Al diablo —dijo Santiago Brito— ustedes se quedan y déjenme al hombre cuando venga a reclamar.
En otro sitio don Salvador defendía sus derechos.
—Mírela. Y usté tan tranquilo. Se me regüelve la sangre ¿no vio? Está enamorando a ese mataperros. Fíjese. No es mujer pa ningún hombre honrado. ¿Qué hago yo ahora? Dígame.
—Esté tranquilo y no alborote, que nos mira la gente.
—Que fácil habla usté. Se la pedí en matrimonio como mujer honrada y, mírela.
—Ella no lo sabe y entovía no tiene por qué guardarle respeto. Toas las mujeres son así.
—Toas son unas… —se mordió los labios—. Si uno no estuviese tan solo. ¡Ah, si no estuviese tan solo! Ni ésa ni ninguna me agarran a mí. Pero allí tengo al demonio de la Alcaravanera. Una ladrona. Me roba cuanto usté no sabe. Y si no la otra. Allí la tengo, en la cama, chiflada y hasiendo gasto.
—No se rasque, don Salvador, yo le dejo a Pinito tan suave que no ha de encontrar otra. Ahora no se pierda la luchada que, como ve, ya empieza.
El voceador había cantado dos nombres, uno de cada equipo. En seguida, dos muchachos se levantaron, empezando a andar descalzos hacia el centro del gran círculo de arena. De un lado Roque Bentaiga, casi negro, musculoso y con el pelo de un azabache subido, completamente revuelto. Caminaba hacia él un llamado Camurrio, ancho como una pared, de brazos colgantes y andar simiesco.
Se saludaron estrechándose la mano y, al momento, curvaron las cinturas encajándose hombro con hombro mientras asían con la mano izquierda el borde del camal contrario. Las manos derechas, juntas, pendían hasta tocar la arena con la punta de los dedos.
Una estampa quieta durante unos segundos bajo el sol enervante de la tarde. Dos colosos esperaban la voz del árbitro para empezar el esfuerzo. Éste se retrasaba un momento cuidando que no hubiese ventaja para ninguno.
En el ruedo de gente se contuvo el aliento. Pero aún no estaba en ellos el calor de la competición. Sólo espera, atención y silencio.
—Ya.
A la voz del árbitro, Camurrio y Roque Bentaiga soltaron las manos enlazadas tensando el dorso con toda su fuerza.
Uno, dos, tres, cuatro segundos apenas, duró el titánico forcejeo. Camurrio intentó un desvío y Roque Bentaiga, por contradesvío, le cayó encima proclamándose vencedor de la primera fase de esta eliminatoria. A Camurrio le quedaban, no obstante, dos luchadas con el Roque y si las vencía aún podría proclamarse ganador.
Puestos en pie se saludaron emprendiendo el regreso hasta el lugar donde estaban los del equipo de cada uno. Tanto Camurrio como Roque Bentaiga jugaron su lucha con limpieza y ganas de vencer. Había que verlos andar después de los cuatro segundos. Respirando hondo y altas las cabezas para aquietar la fatiga. Lo dieron todo como exige esta clase de lucha. El máximo esfuerzo concentrado en unos segundos de suprema intensidad.
Otros dos hombres salían al encuentro. Gente nueva y potente. Cada uno una esperanza. Después de estas eliminatorias, los neófitos vencedores se enfrentarían con los consagrados que, antes que ellos, anduvieron este camino. Allí estaban. Sentados y esperando el turno de la segunda parte.
Ahora un tal Pollo de Tirajana había vencido su lucha por cango y, mientras el vencido buscaba sitio entre los del equipo, el de Tirajana emprendió un viaje especulativo por delante de las sillas de preferencia, para recoger las monedas que le daban simpatizantes y admiradores. Demostró bravura y habilidad. Valía lo suyo el trabajo y la gente lo valoraba dándole al Pollo vencedor lo que tenía por voluntad.
Poco a poco los ánimos ganaban calor. La pasión iba ganando a la gente y por nada se entablaban discusiones. Un viejo de sombrero calado daba fe de no ser de Tirajana por los gritos que se despachó así que el Pollo pasó ante él atesorando calderilla. Pero uno que sin duda vino desde Tirajana para ver lo que había visto, después de largar al paisano dos reales bien contados, se ensució de palabra con el viejo y, entre otras cosas de su media voz hilvanó un sabroso recuerdo para la difunta madre del hombre, que éste no debió oír.
En esto el voceador daba los nombres de otros dos luchadores. Uno de cada equipo.
—Boro, del «Ajodar» de Guía, contra Pollo del Pagador de «Unión de Sardina».
El bloque del Pagador se puso en pie agitando pañuelos. Pino se sentía desfallecer viendo a Felipe camino de la arena, mientras Santiago Brito y Eulogio Santana gritaban a los de alrededor.
—Verán qué muchacho —decía Brito.
—Agárrense que no hay mejor —porfiaba Eulogio—. Yo mismo me lo he preparado y a fe que es duro.
Boro era un joven taciturno. Alto, ancho, musculoso, con un cuello tan ancho y firme como un roque de Tejeda. Andaba pausado mirando al suelo. Era en la lucha tan nuevo como Felipe. El sorteo los había juntado y acudían con pareja ilusión a la arena. Es seguro que forzarían la pelea con toda su sangre.
Cuando Felipe empezó a caminar se le fue un ojo hacia los del Pagador. ¡Cómo gritaban! En este momento hubiese querido desaparecer. Pero estaba andando con menos seguridad y confianza de la que aparentaba. Quizá con miedo. Puede que el temblor que llevaba encima no fuese más que eso.
En otro sitio don Salvador protestaba acalorado.
—Usté vio. La estuvo mirando. Y fíjese en ella. Con las manos en la cara como si le importase ese mataperros.
—Espere un pisco y yo le arreglo el negosio.
—Me vengo rascando con tanta espera.
Boro y Pollo del Pagador se detuvieron frente a frente estrechándose las manos. Por primera vez Boro enseñó su sonrisa. Ancha, buena, mostrando unos dientes muy blancos.
Felipe sintió una súbita simpatía por él. Le disgustaba que su camino pudiera empezar a costa de este hombre. Pero el tiempo apremiaba y todos los ojos estaban puestos en ellos. El momento era, en verdad, trascendental para los dos. Oprimiendo la mano medía la enorme fuerza de Boro y, con su misma sonrisa le dijo:
—Mucha suerte, amigo.
—Que la haiga pa los dos —replicó el otro, sumiendo a Felipe en una rara confusión.
No era fácil empezar a pensar. Doblaron ambos la cintura hasta adoptar la posición inicial. Junto al suyo, notaba Felipe el cuello duro de Boro. La mano que se juntaba con la suya rozando la arena, era también una mano endurecida y callosa. Un hombre del campo, fue su última idea en tanto esperaba la voz del árbitro.
Los gritos del bloque del Pagador habían cesado. Como al empezar las otras luchadas, se hizo un silencio tenso entre el público. Hasta don Salvador, sin poderlo evitar, permanecía callado y pendiente de lo que ocurría en la arena. Deseaba con toda su alma ver al flamante Pollo del Pagador con las piernas por alto. Un placer nacido de su permanente sensación de inferioridad. De su fealdad. De su pobreza de espíritu.
—¡Ya, Boro! —dijo una vez por lo bajo arrimando los codos a los costados.
El «ya» de don Salvador fue simultáneo al del árbitro. Las manos juntas de los luchadores se soltaron, buscando con prisa hacer presa en el contrario. Tensaron el cuello, la espalda, los brazos. Las piernas se pusieron rígidas, hundiendo los pies en la arena. Contenían el aliento. En un instante rebosaron todas sus energías.
Más, más, más.
Semejaba que fuesen a romperse en este momento. De pronto la respiración contenida un momento se fue en un bufido de Boro y, tras el esfuerzo, jugó la maña buscando su oportunidad.
¡Sería posible que…! Felipe pensó en los del Pagador, durante un desesperado destello. En realidad era él quien iba de camino por el aire sin comprender lo que había podido pasar. Preparaba su levantada y de pronto… Ya caía. Vertiginosamente. Con el dolor de ver cómo la arena se acercaba de prisa después de la pardelera que le había luchado Boro.
Y en un momento.
Vagamente oía desde el suelo los aplausos viendo los pies de Boro bien plantados sobre la arena. Alguien que lo deseaba lo había visto con las piernas por el aire y aplaudía frenético, puesto en pie y lastimándose las manos gordas. Ya tenía preparada su peseta para cuando Boro iniciase la vuelta.
—Hombre macho —decía con un contento que se llevó las preocupaciones de don Nicolás.
De prisa se levantó del suelo Felipe. Ahora era difícil sonreír a Boro. Pero no sintió rencor al estrecharle la mano.
Volvió a su sitio con la cabeza baja. Sin querer mirar a los suyos y lleno de pesadumbre.
Pino se tapaba la cara con las manos. María Candelaria permanecía con la boca abierta, los ojos fijos y como ausente del sitio. Todavía no pudo entenderlo. ¡Fue tan rápido! Sin embargo Santiago Brito no se doblegaba ante la adversidad.
—Esperen, que entovía no se soltó el muchacho. Le cogió descuidado. Aún tiene dos luchas de por delante.
—¡Jujuy! —rebuznó alguien con su mazo de calderilla preparado para el gran Boro, que venía dando vuelta ante las sillas.
En su sitio, sentado en el suelo, disimulaba Felipe su tristeza. Se había engañado a sí mismo. No era nadie ni valía nada. Bastó un momento para verse volando sin más asidero que el vacío. Y seguramente, tan pronto le agarrase otra vez el coloso de Boro, volvería a volar. Lo veía tan satisfecho dando su vuelta. Grande, fuerte, un acabado ejemplar de la especie humana.
Pensaba tristemente en Pino, sin querer mirarla. No sabía cómo ni si podría hacerlo en adelante. Lo había visto volteado, ridículo. Y quedaba lo peor. Otra lucha, tal vez la última de su vida, en la que se iba a repetir la desventura. Se sentía el bufón de la tarde sin posibilidad de evitarlo. Y pensaba en la próxima lucha que de ningún modo podía evitar.
Inútilmente se esforzaba en desear esta lucha. Aún podía notar la potencia de sus músculos al contraerlos bajo la blusa. Con los codos apoyados en las rodillas, golpeaba nervioso una mano con el puño de la otra. Sin hablar, serio y mirando hacia la pista. Una tras otra, se sucedían las luchadas de la competición.
El público gritaba con entusiasmo después de cada caída. La pasión de la luchada caldeaba los ánimos cada vez más. Había discusiones, gritos, apasionamiento. Cada uno tomaba partido. Un hombre tocaba el suelo, lo había rozado con una mano y, por tanto, estaba vencido. Pero alguien decía que no había tocado.
—Mentira, mentira.
He aquí motivo para una disputa.
Y acabó la primera vuelta.
Otra vez Camurrio y Roque Bentaiga, caminaban hacia la pista para luchar el desquite. Felipe pensaba en sí mismo viendo los desconfiados pasos de Camurrio. Si ahora lograba vencer, quedaría empatado con el Roque para decidir la victoria en una tercera agarrada.
Ya estaban juntos. La gente callaba mientras los luchadores acoplaban los hombros. Ahora se vería quien.
—Ya.
Comenzó el forcejeo. Roque Bentaiga tiró fuerte del calzón del otro crispando en el brazo todos los músculos. Pero Camurrio se defendió con las piernas tiesas y como clavadas sobre la arena. Luchaba este desquite con coraje. Oprimiendo con toda su fuerza la espalda del Roque que se vencía lentamente bajo la presión. El aliento se detenía ante el colosal esfuerzo de los dos hombres. Parecía imposible que pudieran resistir un segundo más.
—¡Hale op!
Pero siguieron quietos en el esfuerzo. Como dos estatuas en las que sólo pudiera apreciarse un leve temblor.
Felipe se sentía unido en desgracia con el potente Camurrio y de buena fe le deseaba el triunfo. Golpeaba más de prisa sobre la palma de la mano.
—Ahora, ahora. Levántalo. —A alguien se le habían roto los nervios.
Tras él comenzaron los gritos de muchos otros.
El Roque Bentaiga y Camurrio seguían quietos. Pero se hacía más visible el temblor del esfuerzo. De un momento a otro se iba a producir un cambio. Ya lo veían. El Roque fallaba de espalda cediendo la convexidad bajo la presión de Camurrio.
—¡Hale op!
De pronto se hundieron los lomos del Bentaiga, se le doblaron las piernas, caía.
—Aúpate, baladrón —gritó rabioso un muchacho.
Con un esfuerzo nada fácil de comprender, Roque Bentaiga enderezó las piernas, en tanto los pies de Camurrio intentaban no perder contacto con la arena estirados nerviosamente. Pero al instante sólo en aire se apoyaban las puntas de los dedos, agitados por el torpe instinto de no caer.
La potente levantada de pecho originó un traspiés y Camurrio volvió a encontrarse con la arena definitivamente vencido.
Mala tarde para Camurrio. Roque Bentaiga se llevó las dos luchas seguidas y por tanto, Camurrio quedó eliminado sin opción a la tercera.
Volvieron al sitio mientras otros seguían disputando su oportunidad. Y con esto la pasión crecía. Los hombres que vinieron desde los pagos fumaban nerviosos. No era fácil discutir. Las luchas se sucedían con legalidad y orden. Los muchachos jugaban limpio. El más fuerte o el más hábil se imponía y para los vencidos siempre quedaba el consuelo de otra oportunidad.
A Felipe le llegó el turno.
Boro echó a andar el primero y el del Pagador lo hizo en seguida con cierta pereza. Tal vez su mayor deseo en este momento, fuese mirar hacia Pino. Pero anduvo hasta la arena sin mirar más que la sonrisa confiada de Boro. Y lo veía enfrente como un gigante. Imposible vencerle. No se podía entender por qué esperó ilusionado este día.
Nunca volvería a luchar. Se decía esto en tanto llevaba adelante el triste requisito de la agarrada. Casi estaba decidido a dejarse tumbar del modo menos ridículo posible. Y lo deseaba con prisa de terminar.
Pero Brito no sospechaba esta cobarde traición de Felipe. Saltaba en su silla palmeando la enorme espalda de Eulogio y enseñando fanfarrón un billete de cinco duros.
—¿Hay quien tope mis cinco tollos? Van por el del Pagador.
—Van conmigo —dijo un viejo de la tercera fila.
—Ya —dijo el árbitro separándose de los luchadores.
Comenzó el esfuerzo.
—¡Anda mi niño que ahora te lo tienes bien puesto! —chilló histérico y puesto en pie Eulogio Santana.
Pino se había puesto las manos ante la cara resistiéndose a mirar, pero con un resquicio abierto entre los dedos. En un brazo notaba, oprimiendo, los dedos de María Candelaria.
—¡Por Cristo que me tengo de jugá un duro por ese condenao! —dijo Panchigofio con la moneda en alto.
En otro sitio don Salvador desafiaba a don Nicolás.
—Le digo que su Pollo va a ir patas p’arriba.
Sobre la arena Felipe sintió junto al suyo, como la otra vez, el cuello duro de Boro. Se clavaba hasta el dolor. Sin tregua. Empujando como un toro. Y de pronto, se sintió lleno de coraje. Ésta era en verdad su última oportunidad. ¡Quién sabe lo que podría pasar! Y se dio cuenta de que el dolor del cuello se lo causaba él mismo a fuerza de empujar. En realidad, comprendía que estaba luchando para vencer. Con todo su ímpetu puesto en el empeño.
Notaba muy firme el tirón del otro sobre el camal. Pero resistía bien. Si no le venía con un giro o engaño, este esfuerzo podía aguantarlo. También él tiraba igualmente agarrado. Y parecía como si flojease ahora la pierna de Boro. Por lo menos el pie iba adelantando y dejaba un surco hondo en la arena.
De pronto una angustiosa idea.
Pino lo estaba viendo.
¡Dios! Tal vez era sufrimiento lo que experimentaba. Y deseó creer que ella sufría también. Cómo debía sufrir María Candelaria. Y los del Pagador también lo estaban viendo. Habían venido, alguno con dinero prestado, sólo por ver lo que ocurría en este momento. De lo que pasara aquí habían de hablar. Días y días. Maestro Pancho esperaba noticias. ¡Ah, viejo!
Precisamente era ésta la tarde y éste el momento.
Toda su fuerza estaba en la mano que tiraba del pantalón. Boro empezaba a ladearse. Tal vez no fuese fácil mantener más la tensión. Dolía la espalda, el cuello, los brazos, todo dolía. Dentro reventaba algo. Seguramente serían los pulmones lo que empujaba desde lo hondo del pecho.
Cada vez Boro estaba más ladeado. Vagamente parecían oírse gritos en algún sitio. Debía ser el público. Sí, el público, asociaba. Pero ellos estaban aquí como solos durante su esfuerzo. Apurando todas las posibilidades.
Sin que pudiera esperarlo Felipe, Boro saltó hacia un lado buscando ventaja. De este modo el brazo del Pollo que tiraba del pantalón quedó blando y sin posibilidad de seguir el tirón.
«Cuidado».
Tal vez intentaba botarlo sobre los riñones. Pero Felipe se ladeó buscándole el frente. Fue el de los dos un esfuerzo difícil y completamente inútil. Quedaron como si volviesen al comienzo de la lucha.
Durante un instante permanecieron quietos. Descansando con cierta flaccidez de cuerpo, aunque atentos a cualquier maniobra del otro.
¡Pino lo estaba viendo!
Juntó toda su potencia buscando salir por un lado en tanto Boro jugaba la pierna para atenazarle una burra. Una situación inesperada durante la que no fue difícil para Felipe mantener el indispensable equilibrio. Pero a pesar de todo, le salió bien la maña que traía ensayada. Aprovechando el ladeo, dobló de costado el cuerpo fuertemente asido a Boro.
—¡Pardelera! —gritó entusiasmado Brito.
—¡Pardelera! —dijo al mismo tiempo Eulogio abriendo los brazos para abrazarlo.
La potente mole de Boro se venció al ladeo abatida por la misma lucha que él le hizo antes al Pollo del Pagador. Y Felipe estaba ahora en pie. Sin comprender nada y viendo a Boro agitándose en el suelo.
Le dio la mano y, viéndolo sonreír, se sintió como culpable de algo malo que acababa de realizar. Desde luego podía mirar a los del Pagador. Y se dio cuenta de que antes de pensarlo, había empezado a mirarlos.
Parecían con sus saltos, gritos y abrazos, un hato de locos sueltos. Entre ellos, pálida y seria, estaba Pino. La verdad es, que le parecía, así de pronto, una gran cosa sentirse quien era. No un Santana cualquiera. Ya sabía quién.
Por tanto no dio la vuelta de los que vencían, para recoger la calderilla de los admiradores. Despacio, tal como salió a la arena, volvía al sitio de los de la «Unión». Se sentó en el suelo y apoyando los codos sobre las rodillas, dio en golpearse la palma de la mano con el puño. De este modo notaba satisfecho la presión de los músculos contra la blusa.
Ahora a esperar. Faltaba la lucha decisiva puesto que Boro y él estaban empatados.
Don Salvador hablaba indignado:
—Fíjese. Tan lindamente se dejó tumbá.
—El Pollo hiso una buena lucha.
—Quite p’allá. Se me figura que hiso trampa.
—Yo no la vi, mas si usté lo dise…
En cierto modo, don Nicolás, hombre de Moya, se sentía vinculado al Pollo del Pagador. Quizá por esto, lamentaba ahora la compañía de don Salvador tanto como el otro la suya. Pero un buen negocio lleva su trabajo y éste era el trabajo.
Cada vez quedaban menos luchadores.
Boro y Pollo del Pagador, empatados a dos luchas, fueron llamados para jugar la definitiva.
Ahora se vería quién. A los del Pagador se les detenía la sangre viendo andar a los muchachos hacia la arena.
—Felipe, Felipe, Felipe… —gritaban animándole.
Para el Pollo su nombré era un sonido lejano.
Oía sus pisadas.
Miraba a Boro.
El sol calentaba su espalda.
Sensaciones minúsculas que se sucedían como tenues relámpagos del entendimiento. Boro tomaba aire llenando el pecho. También él aspiró hasta sentirse lleno. Esta vez no estaba nervioso. Pensaba vencer. Había podido y podría. Cien veces podría, pensaba fanfarrón.
Boro, el muy condenado, era duro. Lo notaba otra vez al juntarse las carnes tanteando las manos a ras de la arena. Un madero parecía la mano. Y notándola tan dura, le falló el ánimo durante un momento.
Las manos del árbitro se mantenían sobre las espaldas de los luchadores. Faltaba un segundo, tal vez menos. La espera de la voz del hombre había sumido en silencio a los del Pagador. Felipe se daba cuenta de este silencio del campo, en tanto percibía la dureza de la mano de Boro. Un raro temblor empezó en él.
—Ya.
Se soltaron las manos y se diría que la lucha aún no había comenzado, cuando todos los del Pagador se pusieron en pie aplaudiendo.
¿Había sido él?
Felipe se lo preguntaba viendo a Boro en el suelo. Éste luchó sin dejar tiempo una cogida de muslo y el del Pagador le derribó por contracogida. Casi no fue posible darse cuenta de nada porque la lucha no llegó apenas a dos segundos.
—Trampa, trampa.
Una sola voz escondiéndose cobarde entre los aplausos de la multitud caldeada, protestaba la limpia pelea del Pollo del Pagador. En pie, alzados los brazos y pronto a discutir con los vecinos si alguien se lo proponía.
Y como don Nicolás aplaudiese al Pollo, se le revolvió furioso.
—¿No vio? ¿Pa qué tiene ojos en la cara?
Felipe venía a su sitio situado precisamente ante la localidad que ocupaba don Salvador. Venía tranquilo y respirando hondo. Apenas sin mirar nada pero abarcando con la vista el sitio de don Salvador.
Demasiado para el hombre que protestaba solo entre la multitud. Se diría que estaba apagándose el resuello del gordo. Con la boca abierta y contenida una protesta, empezó una difícil sonrisa en tanto sus manos gordas se juntaban en incomprensible aplauso.
—Viva —dijo mustio ante los ojos de Felipe.
El Pollo del Pagador se había sentado en el suelo dándole la espalda. Don Salvador se dejó caer en la silla como un balón desinflado. Pocas veces en su vida había odiado tanto como en este momento.
—Ámonos pa casa —dijo.
—¿Qué le ocurre tan pronto? Ahora viene lo mejó.
—Estoy malo. Ámonos.
El Pollo del Pagador no quedó esta tarde campeón de la luchada. Eso se sabía antes de empezar. Era un nuevo y un nuevo necesita curtirse y adquirir veteranía para llegar a campeón. Pero se llevó la copa Fedora, por ser el luchador de la primera serie que mejor papel hizo, ya que llegó a disputar la semifinal con el Pollo de Guía, que en posterior lucha quedó campeón de la luchada.
El Pagador se sintió orgulloso de haber dado al mundo, un Felipe Santana que daría mucho que hacer a los mejores luchadores del archipiélago. Ahora tenían tema de sobra para pasar las tardes a la puerta de la taberna. Años pasarían, y la leyenda, agrandando los hechos, hablaría de un Pollo del Pagador, como no habría otro en muchos años.
—¡Ave María! —exclamó maestro Pancho—. Cómo se me iba a figurá. Fuerte mataperros. ¡Ya co!