Guanche

Enrique Nácher · Capítulo 1 de 21

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Guanche

Capítulo I

 

L A verdad es que parecía un madero. A veces un madero y a veces cualquier otra cosa flotando allá lejos.

Pudiera ser algo que valiese la pena y, por tanto, ésta una buena ocasión para agenciar algunas pesetas. Alguien lo pensaba desde la costa mirando cómo se movía aquello sobre el mar.

El mar estaba bastante quieto. Un día de agosto como otro día de agosto. Un buen día bajo el sol con su poquito de lumbre.

Aquí hablaban de lo que estaban viendo:

—Le digo, maestro Pancho, que es un madero.

—¡Oh! Ya veo. Un madero. ¿Y qué?

Para el honrado Felipe Santana, el dinero tenía por ahora cierto interés. La vida estaba pidiendo lo suyo. Para alguien, en las islas, valió la guerra un buen pico. Pero Santana los vio subir sin poder moverse de su sitio de peón. Poca letra en el seso, ya lo sabía. Así le iba todo como le iba. Mas si el tiempo le daba salud, ya se vería todo cuando creciese el hijo nuevo que mantenía en brazos María Candelaria. Su buena escuela habría de tener y seguro que aprendería finos modos. Los modos que daban cuartos a tantos sin apurarse en mover una mano.

—Me ayuda, viejo —dijo Santana poniéndose en pie y largando la chaqueta a un lado.

—Ya lo dijiste, Felipillo. Soy viejo. Mas nada te digo.

A Felipe le corría la prisa. El viejo quedó sentado en su sitio. Tan en paz. Viendo acabar el mar en espuma sobre los acantilados del Roque de San Felipe. Como siempre. Con esta dulce quietud que daba la tierra en una perpetua sucesión de años inmóviles.

Decían —sabía que decían— que la guerra había terminado. Confusamente asociaba Versalles, una palabra nueva en su pequeño mundo, con el fin de la espantosa matanza. Algo sabía de los alemanes y algo también de los aliados. Hasta entró alguna vez como francófilo en las discusiones apasionadas de la taberna del Pagador. Así se le daba un mejor pasar a la longitud tibia de las tardes. Sentados en los bancos de piedra gris que hay ante la taberna, maestro Pancho y otros viejos ganaban su guerrita conjeturando sobre el vacío de sus mutuas ignorancias. A veces, machos de estirpe, tiraban, enrollando las puntas, de sus largos bigotes horizontales. Entretanto, se iba definiendo en la mente la luz de un argumento arrollador.

Ahora parecía flotar allá lejos un madero. Y podría ser que este madero, o lo que fuese, tuviera algo que ver con la guerra recién terminada. Así le gustaba pensarlo al viejo Pancho desde su quietud de la roca que le servía de asiento. Debía ser, sin duda, algo que abandonaron los alemanes. La idea tenía no poco de sugestiva. Vaya que le hubiese gustado ayudar a Felipe. Pero los años… ¡Ah, vida! Los años traían tan despacito sus cosas, que no podía saberse cuándo fue el día que las piernas empezaron a fallar. Pero ¡Cristo!, fallaban de veras y hasta dolían a ratos. Puede que fuese reuma. Y el viejo Pancho seguía mirando el madero o lo que el demonio quisiera que fuese aquello.

Cosa buena la juventud. Por allá corría con ella encima Felipe Santana. Daba envidia a maestro Pancho verle saltando sobre las rocas negras. Ancho, fuerte, aceitunado. Saltando descalzo sin notar en las plantas el arañazo de las aristas rocosas. Asomaba los brazos oscuros por las bocas del chaleco y con uno de ellos levantaba el sombrero llamando a alguien que acudía.

Maestro Pancho vio acercarse a don Rafael Guerra. Alto, huesudo, seco. Un hombre de esta tierra, rico e importante. Venía despacio asomando un habano bajo las hebras del bigote lacio.

—Se toma el fresquito, ¿eh?

—El poco que viene, don Rafaé —dijo el viejo quitándose el sombrero.

—Poco es cristiano. ¡Vaya veranito seco!

—¿A cómo vienen pagando la hazada de agua?

—No me lo arricuerde, que me pongo malo. Hoy subieron otro pisco. No sé en qué vamos a parar.

—Pero también subió el plátano.

—¡Bah! Poco nos llega. Casi «to» se lo llevan entre embarques y seguros. Hablan de que en Londres van a comprar fruta de Jamaica.

Don Rafael calló mirando aquello que se movía en el mar. Algo distinto para animar la tranquila vida del Pagador. Como él, la gente que descendía hacia la costa señalaba la movediza negrura. Hablaban, reían. Casi una fiesta para la gente sencilla. Algunos jóvenes se habían unido a Felipe Santana y reían como él señalando la cosa que flotaba.

—Es una ballena muerta —aventuró don Rafael.

—No sé —dijo respetuoso maestro Pancho elevando un poco el sombrero —. Yo diría que no más es un madero.

—¡Qué madero ni qué demonios! No es un madero.

—Pues si no es, qué me sé yo qué será.

Maestro Pancho elevó los hombros mostrando las palmas de las manos.

—Le apuesto un duro a que no es un madero.

—Usted, señor, sabe que no ando «pa» jugar nada; mas si pudiera, no uno, más de dos le echaría. Felipillo y los que hay con él van a traerlo. Mire, ya aprontaron una soga.

—Será cosa de ver si «puen» echarle esa soga.

—Digo yo si nadarán desde la punta. Repare cómo lo trae el mar.

—Mejor será que no topen con una vieja o algún tiburón. ¿Se acuerda de Tomás Aguiar?

—¡Ave María! Mismamente se me figura estar viéndolo al cabo de tantos años. Con una pierna de menos lo sacaron del mar por ese sitio. ¡Ay, Tomasito! No hubo quién «pa» parale la sangre. ¡Vaya si me acuerdo!

Hablaban como tantas veces. Sin alzar la voz. Se diría que temerosos de romper el eterno silencio de este trozo de la costa norte de Gran Canaria. Sólo el siseo del oleaje sobre el acantilado y el canto de los pájaros cruzando el aire era posible oír cuando los hombres callaban.

 

La masa flotante se acercaba al acantilado. Cada vez parecía menos negra a medida que se acercaba. Sobre la mole, el sol tangente de la tarde brillaba en tonos rojizos marginados por un cerco de espuma. Desde luego, un madero. Ahora se veía que lo era en los momentos que el mar lo alzaba sobre las suaves ondulaciones de la calma. ¡A saber de dónde venía! Tal vez parte del cargamento de algún barco torpedeado sabe Dios cuándo ni dónde. Se podía imaginar este origen porque aquí se hablaba mucho del torpedeamiento de barcos. Una de las quiebras de la exportación de fruta para los cargamentos no asegurados.

Todo se iba sabiendo. Hasta en la vieja taberna del Pagador se hablaba — claro que con ciertas precauciones— de recientes fortunas almacenadas por algún comerciante de la isla. La cosa, según la mala lengua de la gente, se amañaba del siguiente modo:

He aquí un barquito viejo cargado de lastre. Nada impedía al armador contratar un fuerte seguro. En seguida el barco se hacía a la mar mandado por un capitán de pelo en pecho. Su cuenta les tendría la aventura de lanzarse a la busca de un submarino alemán. Lo cierto es que, después del torpedeamiento, todo el mundo pasaba a cobrar. Y también se venía hablando en los mentideros, siempre cosas de la mala lengua, que algún subdirector de compañía de seguros andaba a la compra de plataneras.

De estas cosas, claro es, nadie sabía nada. Sólo rumores y cuentos que se narraban al oído por si el aire se hacía con las palabras y después… ¡Cualquiera sabe después! Al fin es el dinero quien todo lo puede o, por lo menos, así se entendían las cosas en esta tierra de humildes.

Lo cierto es que, aparte de estas confusas ideas, especulaciones sobre el alza o baja de la fruta relacionadas con la guerra y la noticia reciente de la paz del mundo, el alcance de la contienda mundial y sus causas apenas tenía cabida en las mentes indígenas que poblaban las inmediaciones del Roque de San Felipe. En verdad, el mundo se veía desde aquí demasiado pequeño. Todo estaba más allá del mar y de su dimensión no les cabía en la cabeza más que el trozo que divisaban. Aquí no había casi nada. Plataneras, montañas negras escalonadas casi verticales desde la costa y sed. Cosas al parecer insignificantes, pero, sin embargo, llenas de rara grandeza, ya que con tan poco tenían que ocupar nada menos que toda su vida.

Ahora flotaba un madero cerca de los oscuros acantilados. Una juventud sana de cuerpo y alma pensaba con humana codicia en el botín. Ellos eran los mejores de la costa. Felipe, uno más entre todos. Tendrían que repartirse aquello que flotaba. Pero, aun así, puede que fuese mucho ya que ninguno tenía nada. Mañana sería fiesta en el Roque de San Felipe. Allí estaban las mujeres. Asomaban sobre el acantilado que batía el mar en su base. Entre ellas corrían críos semidesnudos o en cueros vivos, con la sal de la marisma pegada a las carnes oscuras del sol.

María Candelaria, alta, cimbreña y oscura de piel, miraba de lejos el trabajo de Felipe sin quitarle ojo. Por allá andaba enredado con la soga y bromeando con los otros como si fuese a entrar en el mar. Miraba ella al marido, con la mejilla junta al aterciopelado moflete de su «machango» nuevo. Y así, quieta, mirando a Felipe cómo andaba de un lado a otro, se le removía dentro un salvaje deseo. Tal vez mañana tuviesen dinero. Quería creer en Felipe. ¡Quién sabe! Algún día iba a ser verdad todo lo que soñaron juntos.

 

Unos se animaban a otros. Pudiera ser que el tronco estuviera un tanto lejos para alcanzarlo nadando ninguno de todos. Y, sin entenderlo, les movía a risa verse delante de la infranqueable lejanía. Una risa gorda y disparatada. Eran jóvenes y se manifestaban con la despreocupada estupidez de la juventud. Al fin, una magnífica estupidez. Puede que la risa la motivase una confusa idea de peligro. Pero había en el empeño como un reto a los hombres. Casi era esto un desafío entre ellos lleno de bárbara y ancestral belleza. El instinto primitivo de lucha estaba aquí mismo, entre risas que ocultaban desesperadas cobardías.

Se mojaban hasta la cintura pisando cantos rodados. Unos pasos y sólo agua bajo los pies. Para el recuerdo de los del Roque, la aventura se agrandaba con el oscuro incipiente del atardecer. Lo de Tomás Aguiar, un nombre para la leyenda, estaba en este momento en la memoria de los que miraban. Para unos una manta, para otros un tiburón. Y el madero estaba lejos.

Felipe Santana, el buen Felipillo de los que le trataban, mantenía con dos más el cabo de la soga. Alguno que lo estuvo manteniendo un tiempo se hizo atrás y esperaba en segunda fila. Pero estos tres continuaban firmes en el cabo. Apenas mirándose con recelo y manteniendo la risa porque sabían que el momento estaba cerca. El tronco se movía lejos aún. La deriva lo arrastraba paralelo a la costa y no se podía esperar que se acercara al acantilado. Ni una mala barca se veía por la orilla.

Cada momento estaba en la idea de Felipe adelantar su paso. Lo más difícil era lograr la decisión necesaria. No sólo era la atracción del tronco. Sabía que toda su gente estaba mirando. Recordarían esto. Para hablar después días y días a la puerta de la taberna, en las tardes apacibles, mientras las mujeres preparaban la cena. Puede que valiese la pena ser el primero en echarse a andar hasta perder el pie. Adivinó a María Candelaria en lo alto del Roque, tal como estaba. Con el crío en brazos y las mejillas juntas. Razonó ingenuo que su hijo lo iba a ver y le maravilló la idea.

«¡Ah, Felipillo!»

Se llenaba la piel de pinchas.

Pero no fue Felipe el primero en avanzar un paso. Algo más fuerte debió animar a su vecino. Felipe lo supo en seguida. También, como Candelaria, Nieves, rolliza y colorada, estaba en lo alto del Roque. Perico Hernández, el que empezaba a andar, se rompía los pechos por ella. Y aquí estaba la ocasión para enamorarla. Anduvo un momento solo tirando del cabo de la soga que, cobardemente, Felipe y el otro le largaban. Andaba silencioso, obstinado y con la vista fija en el mar. Al poco, atándose el cabo a la cintura, empezó a hundirse llevando los brazos en alto. Felipe empezó a caminar apretando los dientes.

—Pa lueguito yo no lo dejo.

Con la frase se sacudía el miedo. Ya notaba descender el piso camino de la hondura. El agua le llenaba el cuerpo de frío hasta que empezó a nadar manteniéndose pegado a la cuerda para no perderla. Dos hombres comenzaron a nadar tras él sin perder el rastro de la soga que conducía Perico.

La poca luz de la tarde parecía llamar al miedo en el comienzo de la aventura. La cosa había empezado en juego y, de pronto, sin esperarlo, se rodeaba de dramatismo. Los hombres nadaban mar adentro y el tronco flotaba lejos. Posiblemente más lejos de lo que pensaron.

Algunas mujeres empezaron a llamarlos con inútiles gritos. Los hombres dominaron su preocupación cruzando apuestas. Dios los hizo de este modo y apostaban para no enseñar el miedo. No es fácil desentrañar la complejidad de ciertas manifestaciones de la existencia.

Los cuatro hombres braceaban en la distancia cada vez más confusos. En torno a ellos se levantaban pequeñas manchas de espuma blanca. Seguro que se estaban alejando demasiado. En tierra, los hombres se descorazonaban y empezaron los juramentos en tanto se contenía la respiración.

—¡Ya co! ¡Tamaños locos! —exclamó maestro Pancho golpeando el suelo con la caña que le servía de bastón.

—¡Échemelos p’al diablo! —dijo apretando los puños el gallo viejo de don Rafael Guerra.

 

Perico Hernández puso la mano sobre el enorme tronco y volvió la cara para que los que venían entendiesen que lo que tocaba era suyo. Algo de facha se le llevó la tos; pero, a pesar de eso, se le entendía el derecho que reclamaba sobre la presa.

Se trataba de un gran tronco de árbol. Sin duda, una fortuna flotante. Por lo menos para ellos, una bonita fortuna. La madera mostraba al corte un hermoso color rojo vinoso. Sin estrías ni defectos. Lisa. Sabían ya que se trataba de una madera excelente.

—¡Ya, muchacho! Buena madera —dijo Felipe.

—Pero ya sabéis: es mía —reclamó Perico.

—Aún no la tienes en casa —protestó el tercero—; si lo arrastramos los cuatro, habrá que partirlo.

El cuarto nadador llegó rezagado y casi sin alientos para mantenerse a flote. Desesperado buscaba asidero en la lisura del tronco. A la vista de su apuro se detuvo la discusión que empezaba.

—Me ahogo.

Y la voz se le rompía en gárgaras mientras empezaba a vomitar agua. Braceaba sin fuerza para mantener apenas la cabeza fuera del agua. Y era evidente que su lucha no podía durar.

—Agárrate a la soga —le gritó Perico.

Lanzó el cabo por encima del tronco, manteniéndolo desde el otro lado. Felipe y el tercer nadador empujaron al que se ahogaba hasta que éste pudo echar una mano al cabo. Se trataba de un duro momento para todos. Si aquél no soltaba la cuerda, no habría medio de pasarla alrededor del tronco con el fin de poderlo remolcar hasta la costa. Además, el tiempo tenía su importancia, metidos como estaban en estas aguas que amenazaban desde la profundidad.

Sólo quedaba en el horizonte media esfera de sol hundiéndose lentamente. Hasta esa lejanía el mar era una mancha dorada y brillante que dañaba la vista.

—Suelta la soga y aguanta un pisco. Vamos a atar el madero —dijo Felipe.

El otro lo miraba aterrado, con los ojos enrojecidos y tiritando. Sus manos estaban firmes en el extremo de la soga. Ni un dedo movería él. Es evidente que lucharía hasta morir antes que soltar una mano.

Perico mantenía la soga desde el otro lado del tronco haciendo contrapeso. Tal vez no pensara en este momento en sus derechos sobre la presa. Encontrarse en tierra y pisar firme la roca se le antojaba la más bella de las realidades.

—Mándenme el cabo por ahí abajo, que me canso.

—Ahorita va —le gritó Felipe esperanzado—. Ahora veremos qué se le antoja a este sanguango.

Cada uno empezaba a pensar en su propia vida. La costa estaba lejos. La veían como algo confuso donde se agitaba el color de la gente. Y el tiempo pasaba restando fuerzas a cada uno.

Agarraron por los brazos al que se ahogaba.

—Suelta.

—No.

—Ablanda la soga, Perico, y éste que se agarre a donde pueda.

Perico aflojó sin piedad, deslizándose la soga por encima del tronco. El madero rodó peligrosamente y el que se ahogaba comenzó un desordenado braceo mientras daba gritos aclamándose a algo que no se podía entender. Parecía que le llegaba el momento de hundirse.

—Aguántate como puedas. Lueguito tendrás donde agarrarte.

Santana buceó arrastrando el cabo de soga hasta enlazar con Perico. El tronco le arañó la espalda mientras lo cruzaba por debajo. Por eso no era fácil renunciar al botín en favor del otro. También él estaba haciendo lo suyo. Perico Hernández no echaría el nudo sin empeñar antes una palabra formal. Para todos. Esto era lo justo. Cada cual arriesgaba lo que podía y el tronco valía bastante dinero.

—Aguarda, Perico. Vamos a la parte o por Cristo que no te anudo la soga.

—Yo lo toqué el primero.

Se le revolvía la sangre a Felipe viéndole tanta obstinación.

—No busques pleito, Perico.

—Dame ese cabo o te…

Adelantó un brazo con saña buscando la cara de Felipe. Pero éste evitó el golpe braceando hacia detrás en tanto buscaba, alargando las piernas, la barriga del otro.

Empezaba para todos un mal momento.

Desde el otro lado gritaba el compañero con el miedo de ver ahogarse al desfallecido.

—Amarren pronto y déjense de pelea. Éste se nos larga si no sujetan firme la soga.

Felipe hizo el nudo.

—Agárrense.

No había más que hablar. Ahora hacía falta concentrar todas las energías para remolcar el tronco. Verdad es que podían cogerse al madero y descansar de vez en cuando. Pero tenían prisa. Uno de ellos no era más que carga para los otros. Asido a la lazada tosía, temblaba y, seguramente, si se demoraban, puede que lo perdiesen en el mar.

El tronco se deslizaba lento sobre el agua tranquila. Los tres hombres, tirando de la cuerda, desfallecían cada vez más. Y la tierra la veían lejos. Era difícil comprender la alegría de los que esperaban en la costa. Hasta ellos llegaban los gritos de júbilo. Los veían acercarse y la confianza volvía a ellos.

Alguien parecía aplaudir con entusiasmo desde lo alto del Roque. No era fácil que imaginasen la competencia surgida entre Perico y Felipe.

—El madero es mío.

—Te partiré la cabeza. ¿Por qué no lo arrastras tú solo?

—Si no te gusta, deja la soga. Me basto pa llevarlo a la fin del mundo.

—En cuantito lleguemos yo te arreglo esta cuenta.

—Mas luego se verá.

Por fin llegaban. Extenuados, pero éste era el fin. Ya buscaban con los pies el fondo de la pequeña ensenada. La gente estaba aquí mismo. Oían claramente sus voces. Tal se diría que empezaba una fiesta en el Pagador después de la puesta del sol. Detrás de la gente se alzaba la barrera de tarajales, plantados para proteger del marote los campos de plataneras, escalonados desde la orilla del mar. Las ramas apenas se movían empujadas por la tenue brisa. Las rocas estaban altas y la marea baja.

Felipe tocó duro con los pies, arañándose las plantas con las aristas del fondo. En seguida vio a los otros también caminando sobre el piso firme y tirando seguros de la soga que arrastraba el tronco. Éste avanzó más de prisa por el nuevo impulso. Y Felipe se sintió feliz al final del esfuerzo. Los músculos se le antojaban blandos y casi inútiles. Pero se sentía alegre y con ganas de reír sin motivo alguno. Perico también reía saludando vanidoso a los de la costa. Tal vez buscaba entre la gente la cara mofletuda de Nieves.

Es seguro que en este momento ninguno de los que llegaban podía pensar en el tronco. Pisaban tierra. Una verdad difícil que bien pudiera conmover. La idea de la manta amenazando desde el abismo parecía una estúpida idea. Daba risa pensar en el miedo.

Con el último esfuerzo Felipe tiró de la cuerda ayudando a los otros para hacer avanzar más de prisa al tronco y dejarlo varado en la orilla. En verdad, una hermosa pieza tal como la veían de cerca. La mole se hundía un poco, para alzarse de nuevo sobre las olas próximas al rompiente rocoso. Y cada vez que se alzaba sobre la superficie, por los lados caía una doble catarata de agua espumosa.

—Adelante, muchachos.

—De prisa.

—Aprovechen la ola para que encalle alto.

Felipe Santana pisó en falso sobre un canto rodado cayendo de espaldas. Una roca que salía del agua le impidió el retroceso para librarse. Apenas llegó a un segundo la horrorosa visión de la mole avanzando hacia él. Una ola levantó el tronco y en el descenso chocó éste sobre el pecho de Felipe.

El alarido de María Candelaria fue uno más entre todos los de la costa. Vio correr a la gente. La oyó gritar sin entender nada. No pudo concebir en el vertiginoso instante lo que estaba ocurriendo. Tuvo la sensación de que empezaba a desplomarse. Pero, de pronto, comenzó a verlo todo con claridad. Muchos hombres habían entrado en el agua levantando el cuerpo flácido de Felipe.

Candelaria cerró los ojos durante un momento. No quería ver nada. Lo imposible no puede suceder. Y lo que le decía la razón era en verdad imposible. Pero al abrir los ojos tuvo que enfrentarse otra vez con lo que no podía ser.

Esto que sentía era desesperación. Sin embargo, no era fácil conseguir el llanto que pugnaba dentro de ella. Ya llegaría, sin embargo, cuando pudiese entender todo lo que estaba pasando.

Algunas mujeres comenzaban a rodearla. Hablaban, hablaban. Sólo ruido podía precisar en las voces. Su pensamiento estaba pendiente de lo que ocurría allá abajo, donde los hombres arrastraban el cuerpo inerte de Felipe. Precisamente ahora se encontraba colmada de deseos de él. Con ansia enloquecida de empezar a vivir la juventud. Juntos. Siempre juntos.

—¡Felipe!

Empezó a llorar. Fuerte. Con el impulso salvaje de su temperamento rústico y primitivo. Le molestaban las voces vacías que la rodeaban. Tenía ante todo necesidad de saber. Y corrió como huyendo de las voces exasperantes de las mujeres, alejándose a lo largo de la estrecha calle del Roque. El instinto la guiaba. Con el crío en brazos saltaba sin verlos los hondos del piso. Aquí mismo estaba el pequeño recinto. Aquí se encontrarían. En casa.

Lo subían a hombros por la escarpadura rocosa.

María Candelaria ajustó la espalda contra un rincón y allí quedó quieta. Esperando. Con la vista fija en la puerta. De algún modo que no entendía, buscaba en la fe un poco de esperanza para sobrevivir. No era posible que todo hubiese terminado.

«¡Ayúdanos, Señor!»

Por la estrecha calle subían los hombres. Atenta a sus voces, María Candelaria intentaba adivinar.