Guanche

Enrique Nácher · Capítulo 3 de 21

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Guanche

Capítulo III

 

 

A tres kilómetros del Pagador, dirección Las Palmas, sobre la carretera de Guía, se encuentra el silencioso poblado de Bañaderos. Es un lugar pequeño enclavado entre platanares y con una amplia abertura al norte por donde limita con el mar. Se baja a la costa por una suave pendiente rocosa que se deshace en cantos rodados sobre los que rompen las olas. Al sur de Bañaderos empiezan escalonadas montañas que se pierden en lejanías hacia las cumbres del centro de la isla. El verde mate de las laderas en ascenso, aparece salpicado por la blancura de los caseríos que emergen diseminados sobre el inmenso platanar.

Aquí hay dinero. Pero también miseria escondida en las viejas casas del acantilado. Un propietario es don desde que nace y esto le hace soberbio a lo largo de toda una vida de papanatas. Ante él se descubre el peonaje como mendigando el saludo. Así fue, así es y así parece que habrá de ser hasta que Dios quiera. La humildad es humildad verdadera. Sin doblez ni halago interesado. Tal vez entendiendo una condición humana que no pueden cambiar los hombres.

En la plaza de San Pedro, muy cerca de la iglesia, vivía el prócer don Miguel Martín Rosales. También don desde la cuna, mantenía en línea la ancestral obesidad de la familia. Lo sabían rico, lo era y andaba por las calles del pueblo con el aire fanfarrón de quien se sabe más. Manoseando la cadena de oro macizo que cruzaba su panza y con un golpeo rítmico del piso al descansar cada paso sobre el mango del bastón cubano. El mismo que usó su padre después de morir el abuelo, quien lo trajo de Cuba, entre el bagaje de unos sacos de oro que ganaron el don para toda su estirpe.

Don Miguel cuidaba celoso del patrimonio. Con el ojo puesto en los racimos de plátanos, no les perdía el rastro hasta verlos empacados en huacales de madera por los hombres del almacén.

Plátanos de la mejor clase, los de Bañaderos. La flor de la isla, decían.

Don Salvadorito era el descendiente directo de don Miguel. Un verdadero disparate de la naturaleza. Gordinflón, torpe y casi tonto. Pero don Salvadorito Martín sabía distinguir su mano derecha. Ya a sus veinte años, le andaba con pleitos caseros a su padre, por la hijuela que éste retenía desde que enviudó.

Ahora estaban comiendo con la miserable frugalidad acostumbrada en la casa. Gofio con papas y pan duro. El caliente asunto estaba sobre la mesa y otra vez discutían, apenas alumbrados por la torpeza de sus entendimientos.

—Te echo de comer, te visto, te compro botas y aún te doy cuartos, ¿qué más quieres? —decía don Miguel Martín con una vocecilla que jamás cambiaba de tono.

—Quiero lo mío —don Salvadorito no le bajaba la vista.

—Lo tuyo, lo tuyo. ¿Me dirá qué es lo suyo? Cuatro quinchas de lo pior. Me habrías de pagar mejoras y si te descuento esto —señalaba la cazuela— veremos qué queda.

Don Salvadorito se agitó en la silla, realizando esfuerzos para ponerse en pie. Se diría que en este momento le faltaba aire para respirar.

—¡Esto, esto! —también señalaba el plato— ¿qué vale esto? El perro no se lo comerá. Mire.

Tomando una porción con la cuchara la arrojó al majorero que esperaba junto a la mesa. El perro lo olió en el suelo y de nuevo adoptó su actitud de espera.

—¿Ve? —gritó rabioso don Salvadorito con una ridícula voz heredada.

—Tira, tira. Pa eso quieres lo tuyo. Pa tirarlo. Poco te iba a durar si te lo largo. Quítame p’allá, ya lo tendrás toíto en junto en cuanto yo arreviente.

—Seré un pisco viejo cuando usté arreviente. Es mío y lo quiero.

—¿Pa qué?

—Mire, ¿ve?

Con ambos índices tiró de sus párpados inferiores acercándose a su padre para mostrarle los ojos enrojecidos y pitarrosos. El labio inferior pendía bobalicón como un biftec. Y jadeaba por el esfuerzo de obligar el vientre.

—Boberías tuyas.

—Me pican los ojos. Tengo legañas. Quiero curarme. En Las Palmas hay médicos, pero usté no me llevará. Lo que quiere es que me muera pa que no le haga gasto.

—¡Muchacho! Que soy tu padre.

Don Salvadorito se mordió los labios para tragarse la mala palabra que le venía a la boca. Se limitó a golpear la mesa con los puños mientras cabeceaba de un lado a otro. Por las muestras, parecía que fuese a darle un agobio. Al cabo de forzar la comedia sólo con gestos, prorrumpió en alaridos histéricos.

—Mentira, mentira.

—Tamaño majadero. Cállese que no respondo —amenazó don Miguel, sacudido por un cobarde estremecimiento.

—Mentira.

—¡Válgame Cristo! —comenzó a dar voces—. Juana, Juana: venga pa que vea.

Juana, la sirvienta, empezaba a envejecer en la casa. Conoció la juventud de don Miguel y había acunado en pañales a don Salvadorito. Asomaba la mujer media cara por la puerta del comedor con una sonrisa servil. La de siempre. Inmóvil como toda ella y con la mansedumbre de la obediencia arraigada en el pensamiento.

—¿Qué le pasa, mi niño? —dijo con la misma entonación que hubiese empleado para darle los buenos días.

Don Salvadorito se puso en pie, acercándose a ella con los dedos puestos en los párpados.

—Mira, pa que veas cómo tengo los ojos.

—Trabajaítos están, señor.

—No quiere que vaya al médico —señalaba furioso a su padre.

—Eso no es verdad —protestó don Miguel.

Si era o no verdad, es cosa que Juana no podía entender, puesto que no podía ser juez para los importantes señores. Pero por lo menos don Miguel hablaba, esta vez, seguro de su razón.

—Yo no le dije eso, Juana. Irá a que lo vean y no ha de faltar quién. Pero no fío de médicos. Será más cristiano que le eche un ojo a la vieja Paulina, que está en gracia de Dios. Ella sí lo curará.

—Bien dijo, señor. La Paulina tiene buen amaño pa curar. En cuantito lo vea estoy segura que sanará. Si quiere yo le acompaño, mi niño.

El muchacho se sintió derrotado. Su padre ponía a su alcance los medios para curarlo. Un médico era seguramente gran cosa, pero las artes de la vieja Paulina estaban más allá del humano saber. Se sentía humillado ante Juana en tanto allá dentro aumentaba el resentimiento contra su padre. Pensaba en sus cosas. En su dinero, se entiende. Había una ley que le amparaba.

Don Miguel Martín Morales manoseaba su cadena de oro mirando al hijo. Con el mismo afán de dinero. De ningún modo cedería sus tierras. Eran suyas desde el día que cerró con su difunto suegro el contrato matrimonial.

 

Cuesta arriba, entre platanares, caña dulce y campos de maíz, se llega al Trapiche. En el fondo del valle que se divisa, Bañaderos ocupa el centro de los caseríos plantados entre el verde que llega hasta el mar.

Montado en su mula, don Salvadorito la arreaba por la pendiente. Juana, andando detrás con los pies descalzos, entendía su destino de seguir al amo donde quiera que le antojase llevarla. Para servirle como correspondía. Sin más derecho que obedecer y amar de algún modo a la pobre cosa que mandaba en ella.

Don Salvadorito no hablaba. Alguna vez se frotaba los ojos con el dorso de la mano, molesto por la luminosidad del día. Sudaba más que la mula y ambos escurrían al suelo un reguero de gotas que se tragaba el polvo.

—¡Ave María, cómo suda! —exclamó Juana una vez.

—Cállate y anda, vieja del demonio.

Para Juana esto era cosa de cada día. El acostumbrado modo de hablar de los amos. De otra manera no habría podido entenderse la diferencia de clase. Pero ella no saludaba y tal vez pensando en esto era posible disfrutar una íntima y gozosa represalia. Ajustó el nudo del pañuelo que le cubría la cabeza, bajo la barba magra, se caló el sombrero de paja y empezó a cantar un aire más viejo que su lejana juventud. Algo de esta tierra que nada tenía que ver con la moda. Canciones antiguas nacidas del dolor y la soledad de los campos.

En ellas estallaba el alma triste de la isla. Son canciones del silencio que se oyen lejos. Entre la inmensidad quieta del platanar. Llegan dulces, cortando el aire gris que lo cubre todo y al oír estremece la voz cansada que las entona.

Don Salvadorito no oía la voz de Juana. Tenía en los oídos cascos de mula machacando el suelo y, en la mente, un apretado haz de cifras que le hacía pensar en injusticias y en una ley de los hombres que le daba la razón.

Aquel gran platanar que veía junto a la carretera, era suyo. Y aquél, y aquel otro, y el de más lejos…

Se sabía rico e injustamente desposeído. Viviendo cotidianas miserias. Ya sabía quién era el maldito avaro. Y se preguntaba, razonando durante este lento meneo de la mula, para qué necesitaba su padre tanto dinero. Un día… Habría de llegar ese día. La violencia del deseo estaba contenida por innatas cobardías. Temía a su padre. Pero era, al fin, un temor recíproco, ya que su padre le temía a él.

—Juana —gritó rabioso—, ¿tú sabes qué hace mi padre con el dinero?

La mujer se sobresaltó.

—¡Jesús, señor! ¿Yo?

—Tú lo sabes. ¿Verdad que lo sabes? Ya sé. No me lo dirás porque te mantienes de su parte. Pero yo también te pago, porque lo que te da es de mi dinero. Dime —dijo casi conminando—. ¿Estás de su parte?

—Yo les quiero, señor. No me ajogue con preguntas que antes me habría de volver loca que contestárselas.

—¡Bah! —Y escupió con rabia.

Llegaban despacio a los altos del Trapiche. La vieja Paulina vivía en aquella casa miserable que empezaban a divisar. Era cuadrada, amarilla y con cenefas azules en las esquinas y ventanas. La pintura estaba descuidada. Ante la puerta se movían algunas gallinas.

Aquella que se veía allí era la vieja Paulina. Recordaba en cierto modo el sexo a que pertenecía. Desdentada, flaca, greñuda y sucia, andaba tristemente, apoyada en un trozo de caña. Talmente una bruja de los cuentos de niños. Debía ser muy vieja. Por lo menos lo parecía. Temblaba toda al andar, dando la impresión de que fuese a caer en cualquier momento. Una ruinosa humanidad en la que la naturaleza había concentrado en junto toda la fealdad que puede caber en un ser humano.

Se acercaba a los recién llegados con una risa temblona que le agrandaba la boca sin labios. Movía la cabeza por un tic senil. Su voz, algo escondido y turbio, recordaba el balido de un cabrito. Y, sin embargo, no faltaba dulzura en los pequeños ojos de la vieja Paulina. Tal vez lo único que brillaba entre las ruinas de su humanidad. Miraban desde la hondura de sus cuencas ocres y, en verdad, parecían infundir confianza.

—¿Qué les trae, mis hijos? —dijo la vieja acercándose.

Don Salvadorito miraba estúpidamente a Juana, esperando que hablase ella.

—¡Tamaños ojos se le pusieron a mi amo! Venimos pa que se los vea y ponga remedio.

La vieja empezó a andar hacia la casa. Imponía verla tan torpe con sus andrajos a cuestas. Don Salvadorito indicó a Juana que la siguiera y él anduvo detrás, hurtando los ojos a la luz con la visera de una mano.

La casa era pequeña y sucia. Algunas sillas, una pequeña mesa y al fondo la cuadra, separada del resto de la vivienda por un enrejado de madera. Detrás de la reja vivía, en inmunda promiscuidad, la hija loca de Paulina. Asomaba los ojos muy abiertos, como asustados, mirando a los que entraban en la casa. Por los jirones del vestido, enseñaba la carne magra y oscura. Reía, gritaba y, de pronto, empezó a llorar.

—¡Válgame Dios! ¿Por qué no la saca de ahí? —dijo conmovida Juana.

—¡Ah, no, hijita! Tiene los demonios en el cuerpo.

La loca sacó los brazos descarnados entre los palos, para aclamarse a Juana. Gruñía y lloraba sin alterar la estupidez de los rasgos de la cara. Alguna vez, alzando las manos, se oprimía las sienes para terminar dándose fuertes tirones de pelo.

Paulina se ocupaba de don Salvadorito. La loca y sus cosas, parecían no existir para ella. Sin duda, lo que en verdad tenía importancia era la pitarra tracomatosa que estaba mirando. Una porquería que, al parecer, necesitaba ser examinada con sumo cuidado. Y buen ojo debió de echar a aquello, puesto que al cabo de un rato de mirar emitió con seguridad su juicio:

—Se te cagó una araña en los ojos, muchacho, y te puso un telo delante.

—¿Se podrá curar? —preguntó amedrentado don Salvadorito.

—No es bueno lo que tienes. Pero yo te puedo curar. Mira, mi niño: por ocho días seguidos, al alba, te andarás un campo de millo por tres veces, con los brazos en cruz y mirando al cielo, pa estar en gracia del Señor. Tan luego pasen los ocho días, te has de ver curado.

—¿Qué más?

—Más nada. Que Dios te acompañe.

Juana se ocupó de las formalidades del pago. Ya sabían, Paulina no pedía nada a cambio de tanto bien como daba. Si estaba en la voluntad de las buenas gentes, ella tomaba con humildad lo que le diesen por el amor de Dios.

¿Una peseta? Bien, una peseta. Gracias sean dadas. Y parecía un palo seco, mandando su bendición desde lo alto, mientras la mula emprendía con su carga el camino de Bañaderos.

—Le mandaremos un gallina —dijo de lejos don Salvadorito, colmado de gratitud.

—¡Una gallina! ¡Jesús! ¿Qué dirá don Miguel? —exclamó entre aspavientos Juana.

—Con lo mío pago —rezongó don Salvadorito, gozando adelantado el disgusto que iba a dar a su padre.