Guanche
Capítulo XI
– ANO a la espalda —animó Santiago Brito. M
Hombro con hombro, las cabezas juntas oreja a oreja, encorvados y
agarrando con la mano izquierda el pantalón del otro, el hombre y el niño empezaron el forcejeo. El hombre, Santiago Brito, era el maestro, y el niño, un tal Felipillo Santana que Brito sacó del mar hacía más de dos semanas y mostraba nervio para la lucha.
En la lucha canaria basta tocar el suelo con una mano o con cualquier parte del cuerpo que no sean los pies para resultar vencido un luchador. Es evidente que no había manera de que el aprendiz Felipillo conmoviese la humanidad madura del maestro. Pero a Brito le gustaban las mañas del chaval y se prometía hacer del niño, por lo menos, un luchador tan recio como fue él en sus buenos tiempos.
Era Brito un hombre cuadrado y de constitución maciza. Chato y oscuro de piel, tenía aún buena planta con sus cuarenta y cinco años encima. En el puerto aprendió a vivir entre los «cambulloneros» como uno más, con lo que cada día iba dándoles la providencia. Cualquier cosa era buena con tal que diese dinero. Y si en ocasiones se presentaba una machada para contrabandear hasta Huelva con cualquier cáscara que se mantuviese a flote, aquí estaba él dispuesto a jugarse la piel a cambio de lo que buenamente pudiera ganarse, que eso sólo Dios lo sabía.
Vivía calles arriba en una pequeña casa de la Isleta. Panchigofio y Felipe se le antojaban la estampa viva de los hijos que hubiese podido tener si hubiera emprendido otra vida más ordenada. En cierto modo tenía derecho a ellos. Los sacó con apuros del mar, y los chicos se le pegaron para comer a su costa como recién destetados. Iban y volvían a su casa del Pagador, pero allá paraban poco. Se estaban haciendo a Brito y éste se hacía cada vez más a ellos.
—Buena ayuda para un hombre honrado —comentaba con un amigo en cierta taberna del puerto.
—¿Desde cuándo eres honrado?
—Bueno, honrado, lo que se dice honrado, un pisquito sí soy, pero lo he de ser entero así que me afinque un poco.
Ahora seguía la luchada.
Adelantaba una pierna, que, al cruzar ante las del niño, hizo tropezar a éste impulsándolo hacia arriba. Felipe, al perder suelo con los pies, dio en patear el aire con vanos intentos para recuperar el equilibrio.
—¡Fuerte machango! —rió Brito manteniéndolo levantado.
En lugar de dejarlo caer, lo enderezó con cuidado para dejarlo de pie en tierra. En seguida, como requiere esta clase de lucha, tal que estuviesen sobre la arena, se estrecharon las manos con divertida cortesía. Para Brito, antiguo luchador, no podían descuidarse los requisitos de una luchada ni siquiera en el trance de broma que se encontraban. Primero los pies descalzos, después la agarrada y, en seguida, todas las picardías lícitas que la lucha requiere.
—Déjeme echarle una burra, Santiago, que ahorita sí le tumbo.
El hombre se agachó para juntarle el hombro. Lo sentía tan pequeño y frágil entre sus manos cuadradas, que casi se le antojaba que iba a romperlo. No obstante, estaba seguro de que no perdía el tiempo, puesto que estaba fabricando un gran luchador que habría de sonar en la isla así que pasara el tiempo.
—Mano a la espalda, muchacho.
Esperó, flácido el cuerpo, que el niño tramara sus mañas para jugarle la burra.
—Adelanta ligero el pie, que yo no lo vea venir. Otra vez. Repítelo.
Felipe alargó la pierna para enroscarla en la contraria de Santiago, que esta vez se la notó tan comprometida que pensó que ya andaba viejo para esta clase de títeres. En este momento no hubiese querido caer ni siquiera por descuido. Verdad es que estaba descuidado; pero ¡diablo!, ¡cómo empujaba el niño adelantando el pecho! Le obligó a dar un traspiés y en seguida otro. Casi seguro que un tercero no le había de valer para mantenerse plantado.
Con apuros pudo enderezar la pierna. Fuerza contra nervio, consiguió la contraburra, empujando a Felipillo como si fuese un hombre. Y esta vez no evitó la caída del niño. Lo tumbó resentido y al punto se sintió ruin viéndolo tendido en el suelo.
—Flojo hombre eres, Felipe —dijo volviendo fatigado a la sonrisa que se le llevó el esfuerzo.
Felipe no olvidó, a pesar del golpe, los debidos protocolos. Muy serio se puso en pie, y alargando la mano se la ofreció a Brito, para que éste la estrechara con aquella zarpa de oso que tanto le admiraba.
No paró en esto la fiesta. La solitaria calle donde se divertían no estaba tan sola como otras veces. Algún curioso se había detenido para entretener la afición con las inocentes luchadas del hombre y el niño.
Apoyado en la pared y mascando tabaco había allí cerca un tipo que miraba con ojos turbios. Era grande, gordo y se veía claro que estaba borracho.
Inesperadamente empezó a hablar.
—¡Ya co! Tamaño tramposo. Le luchó sucio al niño.
A Brito le quemaba la evidencia de su reciente dificultad. Se revolvió furioso.
—¿Quién le mete aquí, cristiano? Yo enseño al niño.
—Pa enseñar hay que saber denantes.
Esto, en verdad, era osadía. Santiago Brito sabía que él no era un hombre ilustrado. Ignoraba muchas cosas que, sin duda, debió haber aprendido a su hora. Pero estaba seguro de que a meter contrabando y luchar nadie tenía que enseñarle nada. Y menos este gordo borracho que le provocaba, apoyado contra la pared.
—Segurito que no será usted quien venga a enseñarme.
—Con poco me sobra pa eso. Le veo muy atrasado entovía.
Había una cierta provocación en la manera de sonreír el gordo. Y casi se le antojó a Brito que escupía aquel pringue amarillo para que él entendiese su desprecio. Tal vez estaba buscando pelea. Aquí había paz. La calle estaba tranquila. Ellos se divertían. ¡Ah, maldito! ¿Qué hacía plantado este tipo con su sonrisa cínica?
—Yo no le quiero mal, muchacho —dijo Brito con buena voluntad.
—Venga pa casa —dijo Felipe tirando de él.
—Lárgate tú y déjame a mí este asunto.
El gordo se limpió la boca con el dorso de la mano adelantando un paso.
—¿Es suya la calle? —dijo.
—Se me antoja que sí —replicó Brito enderezando su mole.
Se miraban sin entender qué cosa se estaba ventilando en este momento. Y era evidente que no había motivo para esta ridícula tensión. Tal vez esperaban el arte de algún mediador para que terminase buenamente el trance.
Pero la poca gente que había en la calle miraba quieta, de lejos, a la espera de divertirse gratis. Gente de la Isleta. Curtidos a diario por la dura vida que habían de vencer. Apenas pasaba nada curioso. Dos hombres se desafiaban y era mejor mirarlos de lejos para cuidarse de algún navajazo perdido. La Isleta es la Isleta y tenía su pequeña ley. Un modo de ser que no se entendía en Las Palmas, tan cerca y tan lejos de la pobre gente de los arrabales.
Brito, más viejo y prudente, miró para un lado buscándose la salida. En esto cruzó su vista con la de Felipe, que, junto a la pared, estaba tan blanco como el muro que tenía detrás.
—Veo que se achica, compadre —dijo riéndose el gordo.
—Sólo porque le veo borracho. Dese otra vueltita cuando esté claro y veremos.
—Se me figura que no va a llegar ese cuando.
Encendía tanta hechura con tan poca facha. Además, borracho. Daría gusto tumbar la bola de sebo.
Brito pensó que, delante, no tenía ni la mitad que otras veces. Fue un campeón volcando a los mejores hombres del archipiélago. Y ahora un nadie le buscaba torpemente las pulgas.
Daba risa, en verdad, pensar en el talegazo. Ahora ya lo estaba deseando. Pero lo deseaba con el noble sentido de convertir esto en una luchada. Jugarían a tres luchas.
—Si tanto sabe de lucha, mi amigo, aquí me tiene pa aprender lo que me enseñe.
—Ya me gusta usté, compadre. Aguarde un pisco, que en seguida me tiene listo.
Largó el sombrero y la chaqueta sobre la acera y, quitándose unos zapatos tan viejos y estropeados como su ropa, acudió al centro de la calle. Antes de buscar postura para la luchada escupió la mascada de tabaco, limpiándose la boca con el dorso de la mano y el antebrazo.
—Cuando quiera.
Y raramente tranquilo alargó la mano para que la estrechase Brito.
—Listo —dijo Brito cumpliendo la protocolaria cortesía.
Hombro con hombro, juntas las cabezas y agarrando el pantalón contrario con la mano izquierda, enlazaron las derechas hasta tocar con los dedos el suelo.
—Va —dijo Brito.
Soltaron la mano y, en este momento, comenzó el esfuerzo. Algo sencillo, había pensado Brito, antiguo luchador de la Isleta. Ahora iba a ver el gordo. Seguro que, en adelante, llevaría más cuidado con la lengua.
Con una potente levantada de ombligo, el talegazo sería más aleccionador.
—¡Aúpa!
Toda la enorme fuerza de Brito cargó con ambos brazos sobre el dorso encorvado para doblarlo y conseguir la levantada. Pero el dorso del gordo resultó talmente un madero bajo el inútil esfuerzo. Lo notaba duro por todas partes, buscando sin encontrarlo un posible agarradero.
Y tan confiado comenzó la formidable ofensiva que apenas pensó en la defensa. Por eso le causó sorpresa notar que sus pies iban perdiendo su apoyo sobre el suelo. Con un esfuerzo de buey tensó la cintura para vencer esta dificultad. Pero, a pesar del empeño, el gordo ya lo elevaba, doblándolo por los riñones, mientras intentaba un ladeo para que no se plantara en la caída que había comenzado.
Aún hubo en el aire un triste patear, más instintivo que premeditado. Santiago Brito cayó de cabeza al suelo mientras la mano del gordo se tendía rápida para ayudarle a levantarse.
Aquí no había arena y la caída fue dura. Pero Brito se aguantó el golpe, dando la mano, como debía, a su vencedor. Ciertamente un mal momento éste en la vida de Brito. Había que aguantarlo, no obstante, y sacar el mayor partido de la dificultad en que se encontraba.
—Ya tiene una, pero arricuerde que son tres luchadas —dijo con ansias de desquite.
—Tres, sí; son tres.
Anduvieron de un lado a otro en varios paseos para calmar la fatiga del enorme esfuerzo. Fue Brito, más impaciente, el primero que se detuvo.
—Cuando quiera, aquí me tiene.
El gordo acudió después de escupir dos veces. Se puso en postura sin añadir palabra y esperó que el más viejo diese la orden para soltarle la mano diestra que tenía enlazada.
Brito olía el aliento fuerte y vinoso del gordo. Un olor hediondo mezcla de ron y virginia de lo más fuerte. No era posible que este saco de alcohol y tabaco volviese a derribarlo. Aún no era tan viejo. Pero, enternecido, pensó en el paso de los años. Se daba cuenta ahora de que iban pesando sobre la piel. ¡Ah, vida! Pero aún podría. Éste no era más que un borracho. Ahora tenía que poder.
—¡Va!
Soltó la mano de prisa, cargándola fuerte sobre la espalda del otro. Era dura como un leño. Se lastimó, al golpearlo, la punta de los dedos. Seguramente, fuerza por fuerza, tampoco esta vez iba a poder con él. Lo primero defenderse y en seguida buscar el volteo con las mañas de un viejo luchador.
Una viradilla rápida para causar el traspiés al gordo. Lo tenía descuidado y, como antes, forzando una levantada. Pero ahora éste era un atento Brito, no el de antes. Se mantenía bien sobre los pies y aguantando, sin ceder, el abrazo. Pero los talones del gordo no se movieron, fallando a Santiago la viradilla. No obstante, lo tenía bien puesto para aplicar la cadera.
Pero, estudiando sus mañas, se daba cuenta de que salirse con ellas no iba a ser tan fácil. El gordo era una mole pesada e inmóvil. Fijo en su sitio, no se movía un milímetro por más que tiraba de sus calzones. Una roca, pensaba Brito durante el terrible esfuerzo. Empujaba, tiraba de él, buscó enredarle las piernas…
El esfuerzo llevado al máximo durante unos pocos segundos le agitaba la respiración, en tanto oía jadear al otro. Los dos desfallecían durante la briosa agarrada. Brito seguía notando los brazos del otro sobre su espalda, oprimiendo con brutal presión. Intentaba, como la otra vez, doblarlo con la misma presa de ahogo, que ahora resultaba tan fácil de recordar. Y cada vez se sentía Brito más blando bajo el empuje de este abrazo irresistible.
Pero ahora no sucedería aquello. A toda costa mantenía firme el arco de la cintura bajo el hierro que lo cruzaba. Había dolor en esta resistencia del hombre. No se podía intentar nada para vencer durante estos instantes el sufrimiento. Ya se cansaría el gordo sin conseguir la tronchada y entonces…
Aquí estaba el viejo Brito. El de aquellos tiempos. Duro, hábil, esperando el mejor momento para el engaño. Apenas importaba el sudor ni siquiera que reventase el fuelle de los pulmones. Para esto los tenía. Para reventar en cualquier momento. Éste era un extraordinario momento.
—¡Aúpa!
Con toda su fuerza en el empeño inició la levantada. Más de cien kilos empezaban a subir para rodar en un momento. Sería éste un instante de verdadera satisfacción. Después del talegazo que ya llegaba faltaría la tercera luchada, tan suya como ésta. Era el mejor de los dos y pronto se iba a enterar este ignorante entrometido.
Notaba el enorme peso sobre los brazos. Otros más grandes había levantado. Le sobraba fuerza, pudo pensar apenas durante un destello optimista presintiendo el triunfo.
¿Qué diablos estaba ocurriendo? Lo tenía levantado y, sin saber cómo, se vio enredada la pierna derecha con la del gordo. Y así enredado era difícil el equilibrio con todo el peso sobre los brazos. Inevitablemente caía para atrás, en tanto aflojaba los brazos para emplear toda su fuerza en la contraburra. Una contra primero difícil y después imposible. La pierna se le doblaba en el enredo y con la otra no encontraba sitio para mantenerse.
Cayó de espaldas como cae un bulto. Rendido, sin fuerzas para levantarse ni siquiera alargar la mano y estrechar la que le ofrecía el gordo. Puede que fuese éste uno de los momentos más duros y difíciles de la vida de Santiago Brito. Cuando un hombre se acaba otro empieza a vivir, pensaba mirando al gordo lleno de humilde respeto.
—¿Quién diablos es usted? —pudo decir.
—Me llamo Eulogio Santana —dijo el gordo con voz fatigada.
Otro Santana. Un buscavidas del puerto que aparecía, al fin de la luchada, reconciliado y amigo.
Santiago Brito se levantó sacudiéndose el polvo. Y he aquí algo difícil de comprender; pero el demonio tiene su arte para acercar a los hombres. Una luchada fue esta vez el principio de la amistad. Los dos hombres se habían vapuleado y ahora se miraban como arrepentidos, sin apenas acertar palabra y jadeantes por el esfuerzo.
—Y bueno… —acertó a decir Brito—. Si quiere, véngase conmigo. Le pago un traguito.
Felipe los vio marchar calle abajo. Algo muy confuso empezaba a llenarle de admiración por los hombres. Él sería un hombre. También, como aquél, se llamaba Santana.
Por allá venía su íntimo Panchigofio con una cesta de pescado. Para una mano iba a tener con él.
—Ven ligerito, Benigno, que aquí te espero pa echarte una luchada.
—Aguarda que haga esta encomienda. Mas aprepárate porque no tengo contigo ni pa empesá.
La vida marchaba adelante en casa de María Candelaria. Un tal Brito dio trabajo a Felipe, sólo Dios sabría qué trabajo, y por allá andaba con él, ¡santo Dios!, por Las Palmas. Bien se veía que su hijo no era para este sitio. Tenía camino delante. No como los de aquí, sometidos a la cotidiana tristeza de un jornal. Felipe era de los que se iban, como otros se fueron, y volvían con sortijas, bien calzados, y alguno hubo que trajo de América un presente para la virgen de Candelaria, ganándose la envidia al pasar por la carretera en su automóvil indiano.
América y su distancia eran cosas que no podía concebir la mujer. La sobrecogía el miedo con la idea de Cuba, de donde los hombres a veces no volvían. Y tanto soñaba la prosperidad del hijo querido como la estremecían los años de separación. Pero si era voluntad del muchacho, ella no opondría nada. En realidad, nada podía oponer, puesto que cada día se sentía menos para dominarlo.
Crecía con el vigor guanche de los de su clase. Los mismos ojos, la misma estampa de aquel hombre extraordinario que fue su abuelo y que Dios haya en la gloria eterna, se dijo Candelaria exaltando el recuerdo.
La mujer andaba hacia su casa con la «talla» de barro cocido sobre la cabeza. Un antiguo sistema de aguada que los siglos arraigaron en el campo canario. Candelaria andaba tiesa sin ladear el tiesto al pasar los desniveles del piso. Como autómata mantenía su «talla» como algo inadvertido, en tanto seguía pensando en el hijo.
Aún había mujer en María Candelaria. Cimbreña, esbelta, movediza, daba que hablar a los célibes del Pagador, que se encandilaban a su paso. Algo le habría dicho en serio algún gastado solterón, pero Candelaria daba miedo. Buena hembra, pero…
—Cuidado.
—Acuérdese de don Miguel. Como un perro quedó pataliando en la carretera.
—¿Y qué me dise del pobre Felipe?
—¡Quítemela p’al diablo!
A ella no llegaba nada del oscuro hablar de los hombres. Se reía de los requiebros replicando a su modo salvaje y procaz. Sólo hablar. Hablar y reír, advirtiendo gozosa una existencia casi feliz encontrada a lo largo del tiempo.
A veces, viendo el cuchillo de Felipe Santana, recordaba un día. El último de todos, creyó entonces, mientras tenía en los oídos el ruido de la marea. El llanto de Felipillo le enseñó que había una razón para seguir existiendo. A pesar de todo. Y todo era un discurrir de años en casa de don Miguel. Quizá fue necesario aquello para saber ahora que esto era vivir.
Mañana sería domingo. Gran día el domingo. Un descanso en el trabajo duro de las oscuras peonas. Llegaría Felipe para dejarle, con aquella reciente cara de triunfo, unas pesetas sobre la mesa.
—Mire, madre.
El humor le distendía las comisuras de la boca. Tal vez pensaba en aquel oso que a veces acompañaba a su hijo.
—Ya lo verá, mi niña, éste ha de ser el pollo del Pagador.
Y Brito golpeaba el hombro de Felipillo mientras decía esto.
—No habrá quien le plante el pie —confirmaba el grandullón de Eulogio, un hombre gordo y raro que le gustaba emborracharse en la taberna del Pagador. Aquí, decía, era más barato. Tal vez mañana no hubiese bastante ron para matarle la sed. Pero, de todos modos, se asomaría el tabernero al paso del coche de horas para cerciorarse de si venía su cliente. Segurito que el hombre se frotaba las manos cada vez que Eulogio libraba al camión de su enorme peso.
—¿De qué vienes riendo, niña?
Un hombre le cerraba el paso.
—Quita p’allá, sanguango.
—Buen geniesillo se trae, Candelaria.
Ella le empujó, bromeando, en el pecho y se fue con su risa hacia las escarpaduras del Roque.
Subía sin mover el cuello. Riendo aún sin motivo o, tal vez, rebosando la alegría que llevaba dentro. Desde lo alto se detuvo para mirar atrás. Allá estaba detenido el que le cerró el paso fingiendo un jocoso dolor en el pecho para expresar, seguramente, que no debió haberle empujado.
Enfiló la estrecha calle del Roque, notando bajo los pies descalzos la humedad resbaladiza de la piedra. El aire de la marina era aquí más fresco y parecía más puro. Notaba en este sitio la existencia como algo firme y dichoso. Sin trabas que reprimiesen la absoluta libertad.
Los críos corrían desnudos entre la piedra bajo el cuidado de la providencia. Alguno se haría sobre esta mole negra tan viejo como maestro Pancho. Allá estaba tendido sobre su acera pulida. Con sus buenas moscas en torno al bigote y el sombrero caído sobre la cara. Seguro que dormía tan lleno de ron como de costumbre.
¡Ah, viejo! Bendita vida la suya. Sin maldad. Existiendo ignorado años y años en su rincón del Roque. Esperando su día en un lugar cualquiera de su querida cagada de mosca.
«¡Ah, viejo!», pensó Candelaria con alegre deseo de dar un tironcito a la incitante guía del bigote. Pero pasó por su lado apenas sin sentar los pies. Cuidado. Despacito. Que durmiese maestro Pancho el sueño barato que nadie le podía robar. En su sitio de la acera pulida y arrullado por sus moscas eternas.
Pasado el pequeño horno para cocer pan, que ocupaba un lugar a la intemperie, Candelaria empezó a ver su casa. Detenida y mirando fijo, notó que algo temblaba en ella. Tal vez era luz lo que empezaba a faltarle. La «talla» que mantenía era un montón de corcho sobre su cabeza.
Algo malo iba a pasar en el Roque de San Felipe. ¿Por qué, Dios? ¿Por qué? Todo se acabó en su día. Daban ganas de llorar verse a los tres hombres allí sentados. Ante su casa y en el suelo. Sólo pudo pensar en toda la maldad que les conocía. Ella, una pobre mujer, no podría nada contra esta trampa del destino.
Viendo el bastón cubano de don Salvador, se agolpaban odiosos recuerdos. Y entre nubes espesas del entendimiento, buscaba nombres de santos que la pudiesen valer en este momento.
Don Salvador se levantaba penosamente, apoyado en su bastón cubano. Vio cómo se sacudía el polvo del trasero, y en seguida recobró su total lucidez, al oír cómo la «talla» que había mantenido sobre la cabeza se hacía pedazos contra el piso de piedra.
—¿Qué me quiere? Lárguense. Yo no tengo nada suyo.
Don Salvador esperó con la cabeza baja, casi oculto entre los que le acompañaban.