Hombre lento
Capítulo 9
Margaret lo visita por segunda vez, esta vez sin avisar. Es domingo y él está solo en el apartamento. Él le ofrece té y ella lo rechaza. Ella camina en círculos por la sala, se sitúa detrás de donde él está sentado y le acaricia el pelo. Él permanece quieto como una piedra.
—Entonces, ¿esto es el final, Paul? —pregunta ella.
—¿El final de qué?
—Ya sabes qué quiero decir. ¿Has decidido que este es el final de tu vida sexual? Dímelo claro para saber cómo tengo que actuar en el futuro.
Margaret no suele andarse con rodeos. Eso siempre le ha gustado de ella. Pero ¿qué puede contestarle? ¿«Sí, he llegado al final de mi vida sexual, a partir de ahora trátame como a un eunuco»? ¿Cómo puede decirle eso cuando tal vez ni siquiera sea cierto? ¿Y si, en efecto, es verdad? ¿Y si el negro corcel resollante de la pasión ha pasado a mejor vida? El ocaso de su hombría. Menuda decepción. ¡Pero qué alivio también!
—Margaret —dice él—, dame tiempo.
—¿Y tu asistenta de día? —dice Margaret, atacando su punto débil—. ¿Cómo os lleváis tú y tu asistenta?
—Mi asistenta y yo nos llevamos bien, gracias. Si no fuera por ella, no me molestaría en levantarme por las mañanas. Si no fuera por ella, acabaría como uno de esos casos de los periódicos en que los vecinos notan un mal olor y llaman a la policía para que eche la puerta abajo.
—No seas melodramático, Paul. Nadie se muere por una pierna amputada.
—No, pero la gente se muere de indiferencia hacia el futuro.
—Así que tu asistenta te ha salvado la vida. Eso está bien. Se merece una medalla. Se merece un extra. ¿Cuándo voy a conocerla?
—No te lo tomes como algo personal, Margaret. Me has hecho una pregunta e intento darte una respuesta sincera.
Pero Margaret no se lo toma como algo personal.
—Me voy —dice—. No te levantes, no hace falta que me acompañes. Llámame cuando vuelvas a estar listo para las relaciones sociales.
En sus sesiones con el fisioterapeuta, le avisaron de que existía riesgo de que los músculos cercenados del muslo se retrajeran y tirasen hacia atrás de la cadera y la pelvis. Se apoya en el andador y con la mano libre se palpa la parte inferior de la espalda. ¿Puede sentir cómo empieza a sobresalir su trasero? ¿Se está volviendo esa horrible media pierna todavía más horrible?
Si fuera a ceder y a aceptar una prótesis, habría una razón más fuerte para ejercitar el muñón. Ahora mismo, el muñón no le sirve de nada. Lo único que puede hacer es acarrear con él como si fuera un hijo no deseado. No es de extrañar que se quiera encoger, retraer, retirar.
Pero si ese objeto carnal es repulsivo, ¡cuánto más lo es una pierna sacada de un molde en plástico rosado, con una bisagra en la parte superior y un zapato en la inferior, un aparato que uno se sujeta con correas por la mañana y se quita por la noche y lo tira al suelo, zapato incluido! La idea le produce escalofríos, no quiere saber nada de ello. Son preferibles las muletas. Al menos, las muletas son honestas.
No obstante, una vez por semana accede a que un vehículo de recogida lo pase a buscar y lo lleve a la calle George, en Norwood, a una clase de rehabilitación que dirige una mujer llamada Madeleine Martin. En la clase hay otra media docena de amputados, todos los cuales pasan ya de la sesentena. No es el único que no lleva prótesis, pero sí el único que ha rechazado una.
Madeleine no entiende lo que ella llama su actitud.
—Hay gente por la calle, por todas partes —le dice—, que ni siquiera notaría que llevan prótesis, caminan de una forma muy natural.
—No quiero parecer natural —dice—. Prefiero sentirme natural.
Ella cabecea con sonriente incredulidad.
—Es un nuevo capítulo en su vida —dice ella—. El viejo está cerrado, tiene que decirle adiós y aceptar el nuevo. Aceptar: es lo único que tiene que hacer. Entonces, todas las puertas que usted cree cerradas se abrirán. Ya lo verá.
Él no responde.
¿De verdad quiere sentirse natural? ¿Se sentía natural antes de lo que ocurrió en Magill Road? No tiene ni idea. Pero tal vez es eso lo que quiere decir sentirse natural: no tener ni idea. ¿Acaso la Venus de Milo se siente natural? A pesar de no tener brazos, la Venus de Milo es considerada un ideal de belleza femenina. Al principio tenía brazos, según la historia, luego se le rompieron; su pérdida tan solo hace su belleza más conmovedora. Y, sin embargo, si mañana se descubriera que la Venus fue en realidad esculpida a partir de una modelo amputada, la retirarían de inmediato a un almacén en un sótano. ¿Por qué? ¿Por qué se puede admirar la imagen fragmentaria de una mujer pero no la imagen de una mujer fragmentaria, no importa lo bien cosidos que estén los muñones?
Daría lo que fuera por estar pedaleando otra vez en su bicicleta por Magill Road, con el viento dándole en la cara. Daría lo que fuera porque el capítulo que está cerrado se volviera a abrir. Desearía que Wayne Blight nunca hubiera nacido. Eso es todo. Muy fácil de decir. Pero se calla.
Los miembros tienen recuerdos, dice Madeleine a la clase, y tiene razón. Cuando él da un paso con las muletas, su lado derecho todavía se balancea trazando el arco que su vieja pierna habría trazado. De noche, su pie frío todavía busca a su hermano frío y fantasmal.
Su trabajo, les dice Madeleine, es reprogramar los sistemas de recuerdos viejos y ahora obsoletos que nos dictan cómo conservamos el equilibrio, cómo caminamos y cómo corremos.
—Por supuesto que queremos aferrarnos a nuestros viejos sistemas de recuerdos —dice ella—. No seríamos humanos si no lo hiciéramos. Pero no podemos aferrarnos a ellos si son un obstáculo para nuestro progreso. No si se interponen en nuestro camino. ¿Están ustedes conmigo? Pues claro que sí.
Como todos los profesionales sanitarios que ha conocido recientemente, Madeleine trata a todos los ancianos que tiene asignados a su cargo como si fueran niños: niños no muy listos, un tanto taciturnos, un tanto indolentes, que necesitan que alguien les levante el ánimo. Madeleine no llega a los sesenta, ni tampoco a los cincuenta, ni siquiera a los cuarenta y cinco; sin duda corre como una gacela.
Para reprogramar los recuerdos del cuerpo, Madeleine usa el baile. Les muestra cintas de vídeo de patinadores sobre hielo con trajes ajustados de color dorado o escarlata deslizándose en círculos y bucles, primero el pie izquierdo y luego el derecho, con música de Léo Delibes de fondo.
—Escuchen y dejen que el ritmo los lleve —dice Madeleine—. Que la música discurra por su cuerpo y que baile en su interior.
A su alrededor, aquellos compañeros de su grupo que ya han conseguido sus miembros artificiales imitan lo mejor que pueden los movimientos de los patinadores. Como él no puede hacerlo —no puede patinar, no puede bailar, no puede caminar y ni siquiera puede ponerse derecho sin ayuda—, cierra los ojos, se agarra a las barras y se mece al ritmo de la música. En alguna parte, en un mundo ideal, se desliza por el hielo cogido de la mano de su atractiva instructora. «¡Hipnotismo, no es más que eso! —piensa para sus adentros—. ¡Qué pintoresco, qué anticuado!».
Su programa personal (cada uno de ellos tiene un programa personal) consiste básicamente en ejercicios de equilibrio.
—Tenemos que aprender a recuperar el equilibrio —explica Madeleine— con nuestro nuevo cuerpo.
Así es como lo llama: nuestro nuevo cuerpo, no nuestro cuerpo viejo y truncado.
También hay lo que en el hospital se llamaba hidroterapia y que Madeleine llama ejercicios acuáticos. En la estrecha piscina de la sala de atrás, él se agarra a las barras y camina dentro del agua.
—Mantened las piernas rectas —dice Madeleine—. Las dos. Como tijeras. Snip, snip, snip.
En los viejos tiempos se habría sentido escéptico respecto a gente como Madeleine Martin. Pero, por el momento, Madeleine Martin es lo único que le ofrecen para mantener la fe. Así que en casa, a veces bajo la mirada de Marijana y a veces no, lleva a cabo su programa personal de ejercicios, incluida la parte de mecerse al ritmo de la música.
—Es bueno, bueno para usted —dice Marijana asintiendo—. Es bueno que coja un poco de ritmo.
Pero no se molesta en disimular la nota de burla profesional en su voz.
«¿Bueno?» —le gustaría decirle—. «¿De verdad? No estoy tan seguro de que sea bueno para mí. ¿Cómo puede serlo cuando me resulta todo tan humillante, todo este asunto de principio a fin?». Pero no pronuncia las palabras. Se contiene. Ha entrado en la zona de humillación; es su nuevo hogar; nunca va a salir de él; es mejor callarse y aceptar las cosas.
Marijana recoge todos sus pantalones y se los lleva a su casa. Dos días después los trae de vuelta con las perneras derechas pulcramente dobladas y cosidas.
—No las he cortado —dice—. Tal vez usted cambia de opinión y se pone el, ya sabe, prosthese. Ya veremos.
Prosthese: lo pronuncia como si fuera una palabra alemana. Tesis, antítesis y prótesis.
La herida quirúrgica, que hasta el momento no ha dado problemas y que él pensaba que ya estaba curada del todo, empieza a picarle. Marijana le pone polvos antibióticos y la envuelve en vendas limpias, pero el picor continúa. Por las noches empeora. Tiene que permanecer despierto para evitar rascarse. Empieza a sentir la herida como una enorme joya inflamada que brilla en la oscuridad; guardián y prisionero, está condenado a postrarse ante ella y protegerla.
El picor remite, pero Marijana continúa lavando el muñón con un esmero especial, poniéndole polvos, cuidándolo.
—¿Cree que volverá a crecerle la pierna, señor Rayment? —le dice ella un día, sin venir a cuento.
—No, nunca lo he pensado.
—Aun así, tal vez usted lo piensa algunas veces. Como niño. Idea de niño, lo cortas y crece otra vez. ¿Me entiende? Pero usted no es niño, señor Rayment. ¿Por qué no quiere entonces ese prosthese? Tal vez usted tímido como chica, ¿eh? Tal vez usted piensa: «Yo camino por la calle y todo el mundo va a mirar. ¡Ese señor Rayment solo tiene una pierna!». No es verdad. No es verdad. Nadie lo mira a usted. Usted lleva prosthese y nadie lo mira. Nadie sabe. Nadie importa.
—Lo pensaré —dice—. Tengo mucho tiempo. Todo el tiempo del mundo.
Después de seis semanas de ejercicios acuáticos y de mecerse y de ser reprogramado, decide dejar a Madeleine Martin. La llama a su estudio fuera de horas de trabajo y deja un mensaje en el contestador. Llama al servicio de coches de recogida y les dice que no vuelvan. Incluso piensa en telefonear a la señora Putts. Pero ¿qué le va a decir a la señora Putts? Se ha pasado seis semanas dispuesto a creer en Madeleine Martin y en la cura que ella ofrecía, la cura para viejos sistemas de recuerdos. Ahora ha dejado de creer en ella. Eso es todo, no tiene más misterio. Si queda algún residuo de fe en él, ha sido transferido a Marijana Jokić, que no tiene estudio propio y que no promete curarle, solo cuidar de él.
Sentada en un lado de su cama, presionándole en la ingle con la mano izquierda, Marijana observa, asintiendo, cómo él flexiona, estira y hace girar el muñón. Ejerciendo una presión apenas perceptible, le ayuda a extender la flexión. Le masajea el músculo dolorido; le da la vuelta y le da un masaje en la parte baja de la espalda.
Del contacto de sus manos él infiere todo lo que necesita saber: que a Marijana no le resulta desagradable ese cuerpo maltrecho y cada vez más flácido; que está dispuesta, si puede y si él se lo permite, a transmitirle a través de las yemas de sus dedos una buena cantidad de su rubicunda salud.
No es una cura, no está hecho con amor, probablemente no sea más que una práctica ortodoxa de enfermería, pero con eso basta. Todo el amor que hay lo pone él.
—Gracias —dice él cuando acaba su tiempo juntos, y lo dice con tanto sentimiento que ella se lo queda mirando, intrigada.
—De nada —responde ella.
Una tarde, después de que Marijana se haya marchado, él llama por teléfono a un taxi y emprende por su cuenta el lento descenso de lado por las escaleras, agarrándose con fuerza a la barandilla, sudando de miedo por que se le caiga una muleta. Para cuando llega el taxi, él ya está en la calle.
En la biblioteca pública —donde por suerte no necesita nada que no esté en la planta baja—, encuentra dos libros sobre Croacia: una guía de Iliria y la costa dálmata y otra de Zagreb y sus iglesias. También una serie de libros sobre la Federación Yugoslava y sobre las recientes guerras balcánicas. No obstante, sobre lo que él ha venido a informarse —el carácter de Croacia y de sus gentes—, no hay nada.
Toma prestado un libro titulado La gente de los Balcanes. Cuando el taxi regresa, él ya está listo y esperando.
La gente de los Balcanes: entre el Este y el Oeste, reza el título completo. ¿Es así como se sentían los Jokić en su país: atrapados entre el Este ortodoxo y el Oeste católico? De ser así, ¿cómo se sienten en Australia, donde este y oeste tienen significados bastante nuevos? El libro tiene páginas con fotografías en blanco y negro. En una de ellas, un par de muchachas campesinas con pañuelos en la cabeza conducen a un burro cargado de leña por un sendero en una montaña rocosa. La más joven sonríe con timidez a la cámara, revelando un hueco entre sus dientes. La gente de los Balcanes está publicado en 1962, antes de que Marijana fuera concebida. Las fotografías son de quién sabe cuándo. Las dos muchachas podrían ser abuelas hoy día, o podrían estar muertas y enterradas. Y el burro también. ¿Fue ese el mundo en que nació Marijana, un mundo inmemorial de burros y cabras y pollos y cubos de agua con una capa de hielo por las mañanas, o bien fue una hija del paraíso de los trabajadores?
Es muy probable que los Jokić se trajeran del viejo mundo su propia colección de fotos: bautismos, confirmaciones, bodas, reuniones familiares… Es una lástima que él no pueda verla. Suele confiar en las fotos más que en las palabras. No porque las fotos no puedan mentir, sino porque, en cuanto salen del cuarto oscuro, quedan fijadas, inmutables. Mientras que los relatos —como por ejemplo, la historia de la aguja viajando por las venas o la historia de cómo se cruzaron su vida y la de Wayne Blight en Magill Road— parecen cambiar de forma todo el tiempo.
La cámara, con su poder de absorber luz y convertirla en sustancia, siempre le ha parecido un artefacto más metafísico que mecánico. Su primer trabajo de verdad fue como técnico de cuarto oscuro; y su mayor placer siempre lo obtuvo trabajando en el cuarto oscuro. Cuando la imagen fantasmal aparecía bajo la superficie del líquido, cuando las vetas de oscuridad del papel empezaban a entretejerse y hacerse visibles, él experimentaba a veces un pequeño temblor de éxtasis, como si estuviera presente en el día de la Creación.
Esa es la razón de que, más tarde, empezara a perder interés por la fotografía: primero cuando llegó el color, y luego cuando quedó claro que la vieja magia de las emulsiones sensibles a la luz se estaba desvaneciendo, que para la nueva generación el encantamiento estaba en una techne de imágenes sin sustancia, imágenes que podían pasar rápidamente por el éter sin residir en ninguna parte, que podían ser absorbidas por una máquina y salir de ella manipuladas, falseadas. Entonces dejó de registrar el mundo en fotografías y transfirió sus energías a conservar el pasado.
¿Dice eso algo de él, esa preferencia innata por el blanco y negro y los tonos de gris, y esa falta de interés por lo nuevo? ¿Es eso lo que las mujeres echaban en falta en él, y su mujer en particular? ¿El color, la apertura?
La historia que le contó a Marijana era que guardaba las fotografías antiguas por fidelidad a sus protagonistas, a los hombres, mujeres y criaturas que prestaban sus cuerpos a la lente de un desconocido. Pero esa no es toda la verdad. También las conserva por fidelidad a las fotografías en sí, a las impresiones fotográficas, la mayoría de ellas únicas, últimos supervivientes. Les da un buen hogar y se encarga, en la medida que puede, en la medida en que alguien puede, de que tengan un buen hogar cuando él ya no esté. Quizá, a su vez, algún desconocido todavía por nacer buceará en el pasado y guardará una foto de él, del extinto Rayment del Legado Rayment.
En cuanto a las ideas políticas de la familia Jokić, el lugar que pudieran haber ocupado en el mosaico de lealtades y enemistades de los Balcanes, nunca ha preguntado a Marijana y no tiene intención de hacerlo. Como pasa con la mayoría de los inmigrantes, sus sentimientos hacia su país de origen probablemente sean ambiguos. El holandés que se casó con su madre y la llevó de Lourdes a Ballarat guardaba una fotografía de la reina Guillermina al lado de una estatuilla de yeso de la Virgen María en la sala de estar. En los cumpleaños de la monarca encendía una vela delante de su imagen como si fuera una santa. «Infidèle Europe», solía decir de Europa; la foto de la reina llevaba el lema «Trouw», fe, fidelidad. Por las noches se apoltronaba junto a la radio de onda corta intentando captar bajo el chisporroteo alguna palabra suelta procedente de Radio Hilversum. Al mismo tiempo estaba desesperado por que el país al que acababa de jurar lealtad estuviera a la altura de la idea que se había formado del mismo desde la distancia. Enfrentándose a una esposa escéptica y dos hijastros infelices, Australia tenía que ser la tierra soleada de las oportunidades. Si los nativos no eran hospitalarios, si se quedaban callados en su presencia o se burlaban de su inglés titubeante, no importaba: el tiempo y el trabajo duro vencerían aquella hostilidad. Una fe a la que el hombre todavía se aferraba la última vez que él lo vio, a los noventa años, pálido como un champiñón, arrastrando los pies entre las plantas de su destartalado invernadero. Los Jokić, marido y mujer, deben de aferrarse a alguna variante de la fe del holandés. Mientras que sus hijos, Drago y Ljuba y la otra, se habrán formado su propia imagen de Australia, más luminosa y fresca.