Hombre lento

John Maxwell Coetzee · Capítulo 20 de 31

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Hombre lento

Capítulo 20

Tarda casi una hora, cojeando de un lado para otro por los parques, en encontrar a Elizabeth Costello. Al final la halla junto al río, sentada en un banco, rodeada de patos a los que parece estar dando de comer. Cuando él se acerca, los patos se dispersan alarmados y regresan ruidosamente al agua.

Se planta ante ella sobre la hierba. Son más de las seis, pero todavía siente el peso del sol estival.

—Estoy buscando a Drago —dice—. ¿Sabe dónde puedo encontrarlo?

—¿A Drago? Ni idea. Pensaba que se alojaba en su casa. ¿No va a preguntar por mí? ¿No siente curiosidad por saber cómo he pasado la noche después de echarme de forma tan grosera?

Él ignora la pregunta.

—Acabo de tener un encuentro con el marido de Marijana.

—Miroslav. Sí, pobre hombre, qué humillado se siente… Primero por sus celos, y ahora por descubrir qué clase de hombre es su rival. ¿Qué le ha dicho?

—Le he pedido que se lo vuelva a pensar. Le he pedido que anteponga los intereses de Drago. Le he repetido que es una oferta sin ningún tipo de compromiso.

—Querrá decir compromiso visible.

—De ninguna clase.

—¿Y qué me dice del compromiso del corazón, Paul, el compromiso afectivo?

—El compromiso afectivo no tiene nada que ver. El dinero es para la educación de Drago. Es absurdo sugerir que estoy intentando comprar a su madre.

—¿Absurdo? Eso se lo tenemos que preguntar a Marijana. Podría verlo de otro modo. Quid pro quo, podría decir. No hay nada que no cueste algo. Usted ha ofrecido su ojo. Ahora la presión recae en ella para que ofrezca el ojo que corresponde, el ojo apropiado.

—No sea asquerosa.

—Bueno, confieso que aún no logro apreciar qué ve usted en su señora balcánica. A mí me parece un poco rechoncha y no muy bien conservada para su edad. Nunca habría pensado que le gustara esa clase de mujeres. Un hombre alto y una mujer robusta: es una pareja algo cómica. Un tipo como usted podría conseguir algo mejor. Pero chacun ses goûts, supongo.

»Mi opinión, por si sirve de algo, es que si busca ser correspondido, si busca un amor correspondido, deje estar a la señora Jokić. Ella no es para usted. Su mejor opción sigue siendo Marianna, Marianna la de las dos enes. Un arreglo con Marianna, o con alguien como ella, funcionaría muy bien. Para un caballero soltero de su edad, a quien su discapacidad le hace reacio a aparecer en público, resultaría muy apropiado recibir en su casa, una tarde a la semana, a una amiga discreta como Marianna, alguien que a cambio de los favores prestados estuviera dispuesta de vez en cuando a aceptar un bonito regalo.

»Sí, Paul, regalos, obsequios. Tiene usted que acostumbrarse a pagar. Se acabó el amor gratis.

—¿Ya no puedo amar a quien yo elija?

—Por supuesto que puede amar a quien elija. Pero tal vez de ahora en adelante debería reservarse ese amor para usted, al igual que uno soporta un resfriado a solas, o un ataque de herpes, por consideración hacia sus vecinos.

»Sin embargo, si su veredicto es que Marianna no da la talla, ¿quién soy yo para poner objeciones? En ese caso, ¿por qué no telefonear a la señora Putts? Dígale que está buscando a una nueva enfermera. Dígale que quiere a una mujer ni demasiado joven ni demasiado vieja, con bonitos pechos y pantorrillas bien torneadas, sin compromisos, los hijos no son un obstáculo, preferiblemente no fumadora. ¿Y qué más? Que sea una mujer dispuesta, dispuesta y fácil de complacer.

»¿O por qué molestarse con la señora Putts? ¿Por qué someterse a todo el follón de contratar enfermeras y enamorarse de ellas? Ponga un anuncio en el Advertiser. “Caballero sexagenario, sin hijos, vigoroso pero con movilidad limitada, busca mujer, treinta y cinco a cuarenta y cinco para amor y paternidad mística. Bonitos pechos, etcétera. Oportunistas, abstenerse”.

»No me mire así, Paul. Solo bromeo, es hablar por hablar. Tenga por seguro que he aprendido la lección. Se acabó hacer de casamentera, se lo prometo. Si ha decidido usted que nadie puede reemplazar a Marijana en su corazón, que tiene que ser Marijana o nada, me rindo, lo acepto. Debo informarle, no obstante, de que Marianna, la pobre Marianna, la otra, está profundamente dolida por la forma en que ha sido tratada. Solloza y se tapa la cara con el pañuelo. “No te desanimes”, le digo yo, “hay muchos peces en el mar”. Pero no tiene consuelo. Después de lo que tuvo que aguantar por usted, su orgullo ha recibido un duro golpe. “¡Me encuentra demasiado gorda!”, se lamenta. “Tonterías”, le digo yo. “Tiene el corazón en otra parte, eso es todo”.

»Pero tal vez lo estoy malinterpretando por completo. Tal vez lo que usted anda buscando no es un amor correspondido. O tal vez su búsqueda de amor encubre una búsqueda de algo muy distinto. ¿Cuánto amor necesita alguien como usted después de todo, Paul, hablando objetivamente? ¿O alguien como yo? Nada. Nada de amor. Los viejos como nosotros no necesitamos amor. Lo que necesitamos es que nos cuiden: que alguien nos coja la mano de tanto en tanto cuando empezamos a temblar, que nos preparen una taza de té y nos ayuden a bajar las escaleras. Que alguien nos cierre los ojos cuando llegue el momento. Los cuidados no son amor. Los cuidados son un servicio que cualquier enfermera que se gane el sueldo puede proporcionar, siempre y cuando no le pidamos más.

Hace una pausa para recuperar el aliento. Por fin él tiene oportunidad de hablar.

—He venido aquí en busca de Drago —dice él—, no para escuchar cómo usted afila su ingenio conmigo. Entiendo perfectamente la diferencia entre amar y cuidar. Nunca he esperado que Marijana me ame. Mi deseo, como caballero sexagenario, es simplemente hacer todo el bien que pueda por ella y por sus hijos. En cuanto a mis sentimientos… mis sentimientos son asunto mío. Está claro que no se los soltaré de nuevo a la pobre Marijana.

—Una cosa más, ya que está usted decidido a ser escéptico. No subestime el deseo que hay en cada uno de nosotros, el deseo humano, de extender un ala protectora.

—¿En cada uno de nosotros?

—Sí, en todos. Hasta en usted. Si es que es humano…

Basta de charla. Le duelen los brazos, le está empezando a afectar el calor y le gustaría sentarse. Pero si se sentara al lado de la señora Costello, parecerían demasiado lo que no son: un viejo matrimonio que ha parado para descansar un poco. Y, después de todo, sí que queda algo por decir.

—¿Por qué invertir tanto esfuerzo en mí, señora Costello? Yo soy un don nadie, de verdad. ¿Nunca se ha preguntado si elegirme no habrá sido un error, si no es posible que yo sea un error de principio a fin?

Una pareja joven en un patín acuático en forma de cisne gigante pasa junto a ellos, sonriendo con expresión jovial.

—Claro que me lo he preguntado, Paul. Muchas veces. Y, por supuesto, según algunos criterios, usted es un don nadie. La cuestión es: ¿según qué criterios? La cuestión es: ¿hasta qué punto lo es? Paciencia, me digo a mí misma: tal vez todavía se le pueda sacar algo, como la última gota de zumo de un limón, o como el agua de las piedras. Pero sí, puede que tenga razón, que sea realmente un error, lo admito. Si no fuera usted un error, es probable que yo ya no estuviera aquí en Adelaida. Sigo aquí porque no sé qué hacer con usted.

»¿Debería entonces admitirlo? ¿Debería abandonarlo a usted y empezar de nuevo en otra parte? Estoy segura de que eso lo haría feliz. Pero no puedo. Sería un golpe demasiado duro para mi orgullo. No, tengo que continuar hasta el final.

—¿Hasta el final?

—Sí, hasta el amargo final.

Él espera oír más. Confía en oír cuál será el final. Pero ella se ha callado de golpe y mira para otra parte.

—En cualquier caso —insiste él—, mientras intentaba entender qué hace usted en mi vida, se me han ocurrido un montón de hipótesis. No las voy a exponer todas, aunque sí le digo que en ninguna sale usted muy bien parada. La primera, que sigue siendo la más verosímil, es que usted me quiere como modelo para un personaje de un libro. En ese caso, déjeme repetirle lo que estaba diciendo hace un momento y que usted encuentra tan difícil de aceptar. Desde el día de mi accidente, desde que pude morir pero al parecer fui perdonado, me ha atormentado la idea de hacer cosas buenas. Antes de que sea demasiado tarde, me gustaría llevar a cabo algún acto que sea, perdone la palabra, una bendición, aunque sea modesta, en la vida de los demás. ¿Por qué, se preguntará? En última instancia, porque no tengo hijos a los que bendecir como padre. No tener hijos fue el gran error de mi vida, se lo aseguro. Y por eso mi corazón sangra todo el tiempo. Por eso hay una blessure en mi corazón.

»Sonría si quiere, señora Costello. Pero, déjeme que le recuerde, hace mucho tiempo yo era un niño católico como Dios manda. Antes de que el holandés nos desarraigara y nos trajera al fin del mundo, fui a la escuela con las hermanitas de Lourdes. Y tan pronto como llegamos a Ballarat me encomendaron al cuidado de los Hermanos Cristianos. “¿Por qué quieres hacer eso, chico? ¿Por qué quieres cometer un pecado? ¿No ves que el corazón de Nuestro Señor sangra por tu pecado?”. Jesucristo y su corazón sangrante nunca han desaparecido de mi memoria, aunque ya hace tiempo que abandoné la Iglesia. ¿Por qué le digo esto? Porque no quiero hacer más daño a Jesucristo con mis acciones. No quiero hacer sangrar su corazón. Si quiere usted ser mi cronista, necesitará entender eso.

—Un niño católico como Dios manda. Me lo creo, Paul. Me lo imagino perfectamente. No olvide que yo también soy una muchacha católica irlandesa como es debido, una Costello de Northcote, Melbourne. Pero continúe, continúe, esto está resultando muy gracioso, incluso fascinante.

—En mi vida anterior no hablaba con tanta libertad de mí mismo como ahora, señora Costello. El pudor me frenaba, el pudor o la vergüenza. Pero usted es una profesional, si no recuerdo mal, del negocio de las confidencias, como un médico, o un abogado, o un contable.

—O un cura. No se olvide de los curas, Paul.

—O un cura. En todo caso, desde mi accidente he empezado a desprenderme de algunas de esas reticencias. «Si no hablas ahora», me digo a mí mismo, «¿cuándo hablarás?». Así pues, me digo: «¿Me aprobaría Jesucristo?». Esa es la pregunta que en la actualidad me hago todo el tiempo. Ese es el criterio que intento satisfacer. No tan escrupulosamente como debería, lo admito. El perdón, por ejemplo: no tengo intención de perdonar al chico que me atropelló con su coche, no importa lo que diga Jesucristo. Pero Marijana y sus hijos… Quiero extender una mano protectora sobre ellos, quiero bendecirlos y hacerlos prosperar. Eso es algo de mí que usted debería tener en cuenta, y no creo que lo haga.

Lo que él ha dicho sobre desprenderse de las reticencias, sobre hablar con sinceridad, no es, en un sentido estricto, verdad. Ni siquiera a Marijana le ha abierto su corazón. ¿Por qué entonces se desnuda delante de la Costello, que evidentemente no es su amiga? Solo puede haber una respuesta: porque ella lo ha agotado. Ha sido una actuación absolutamente profesional por su parte. Ocupa su lugar junto a la presa, espera, y al final la presa se entrega. Son esas cosas que saben todos los curas. O todos los buitres. Sabiduría buitresca.

—Siéntese, Paul —dice ella—. No puedo seguir mirándolo con el sol de cara.

Él se deja caer pesadamente a su lado.

—Su corazón sangrante —murmura ella. El sol que cae se refleja con tanta intensidad en la superficie del agua que se ve obligada a cubrirse los ojos. La familia de patos, más que una familia, el clan de los patos, se está agrupando para un nuevo asalto a tierra firme. Es evidente que él, el intruso, ha sido analizado y encontrado inofensivo.

—Sí, mi corazón sangrante.

—El corazón puede ser un órgano misterioso, el corazón y sus movimientos. Oscuro, lo llaman en español. El oscuro corazón. ¿Está seguro de que no tiene usted simplemente el corazón un poco oscuro, Paul, a pesar de sus muchas buenas intenciones?

Él había pensado en realizar una oferta tentativa de paz. Había pensado en ofrecerle a la mujer, si no un techo para pasar la noche, sí al menos un billete de avión de vuelta a Melbourne. Pero ahora la antigua irritación lo inunda de nuevo.

—¿Y está segura —replica él en tono gélido— que no está usted viendo complicaciones donde no las hay, en interés de esas tediosas historias que escribe?

La señora Costello mete la mano en la bolsa de plástico que tiene en el regazo, deshace en migas un panecillo y lo arroja a los patos. Se produce una enorme conmoción cuando se agrupan en torno a su bendición.

—A todos nos gustaría ser más simples, Paul —dice ella—, a todos nosotros. Sobre todo cuando nos acercamos al fin. Pero los seres humanos somos criaturas complicadas. Es nuestra naturaleza. Usted quiere que yo sea más simple. Y usted también quiere ser más simple, más desnudo. Bueno, yo contemplo asombrada, se lo aseguro, sus esfuerzos por desnudar su alma. Pero tiene un precio, ese corazón simple que usted desea, esa forma simple de ver el mundo. Míreme a mí. ¿Qué ve?

Él no dice nada.

—Déjeme decirle lo que ve, o lo que se dice a usted mismo que está viendo. Una vieja a la orilla del río Torrens dando de comer a los patos. Una vieja a quien se le está acabando la ropa interior limpia. Una vieja que lo irrita con lo que usted cree que son insinuaciones maliciosas.

»Pero la realidad es más complicada que eso, Paul. En la realidad usted ve mucho más, lo ve y enseguida lo expulsa de su mente. Esta luz de cierta estridencia, por ejemplo. Una figura atrapada por esta luz a la orilla del agua que fluye suavemente. Lanzas de luz que se clavan en ella y amenazan con atravesarla.

»¿Una complicación innecesaria? No lo creo. Una expansión. Como respirar, inspirar y espirar. Expandirse, contraerse. El ritmo de la vida. Usted tiene capacidad para ser una persona más plena, Paul, más grande y más expansiva, pero no lo permite. Insisto: no aborte esas líneas de pensamiento que tiene. Sígalas hasta el fin. Sus pensamientos y sus sentimientos. Sígalos hasta el fin y crecerá usted con ellos. ¿Qué fue lo que dijo aquel poeta americano? Un tejido ficticio ondea siempre procedente de tal y tal sitio. Estoy perdiendo la memoria. Cada día que pasa mis recuerdos son más vagos. Una pena. Por eso estoy intentando impartirle esta pequeña lección. “La halla junto al río, sentada en un banco, rodeada de patos a los que parece estar dando de comer”. Puede ser simple, como descripción, su simplicidad puede incluso seducir a alguien, pero no acaba de funcionar. No me hace cobrar vida. Tal vez hacerme cobrar vida a mí no sea importante para usted, pero existe el inconveniente de que entonces tampoco usted cobra vida. Ni los patos, ya puestos. Haga cobrar vida a estos humildes patos y ellos le harán cobrar vida a usted, se lo prometo. Haga cobrar vida a Marijana, si ha de ser Marijana, y ella le hará cobrar vida a usted. Es así de elemental. Pero, por favor, como favor personal, le ruego que deje de titubear. No sé cuánto tiempo podré soportar mi actual modo de existencia.

—¿A qué modo de existencia se refiere?

—A la vida en público. La vida en las plazas públicas, dependiendo de los servicios públicos. La vida en compañía de borrachos y sin techo, lo que antes llamábamos vagabundos. ¿O no se acuerda? Ya le avisé de que no tenía ningún sitio adonde ir.

—Está diciendo tonterías. Puede coger una habitación en un hotel. Puede tomar un avión de vuelta a Melbourne o a donde quiera ir. Yo le presto el dinero.

—Sí, podría hacerlo. También podría librarse de los problemáticos y volubles Jokić y vender su apartamento y mudarse a un asilo para ancianos bien equipado. Pero no lo hace. Somos quienes somos, Paul. Esta, por el momento, es la vida que nos ha tocado vivir y tenemos que vivirla. Cuando yo estoy con usted, estoy en casa; cuando no estoy con usted, no tengo casa. Así es como han caído los dados. ¿Le sorprende oírme decir esto? No debería. Pero no se flagele… Me he adaptado sorprendentemente bien a esta nueva vida. Mirándome, nunca diría usted que toda mi vida está en una sola maleta, ¿verdad? O que llevo días sin comer. A excepción de un par de uvas.

Él guarda silencio.

—En cualquier caso, basta ya de hablar de mí. Tal como no dejo de repetirme: Ten paciencia, Paul Rayment no pidió que cayeras sobre sus hombros. Y, sin embargo, sería una gran ayuda si Paul Rayment se diera prisa. Como he dicho antes, puedo estar llegando a mi límite. No puedo explicarle ni mucho menos lo cansada que estoy. Y no es el tipo de cansancio que pueda arreglarse con dormir bien una noche en una cama como es debido. El cansancio al que me refiero ha pasado a formar parte de mi ser. Es como un tinte que ha empezado a filtrarse en todo lo que hago, en todo lo que digo. Me siento, para usar la palabra de Homero, «desatada». Una palabra con la que usted está familiarizado, creo recordar. Se me ha agotado la fuerza de tensión. La cuerda de arco que antes estaba tensada ha quedado tan floja y seca como una hebra de algodón. Y no es solo el yo corporal. También la mente: laxa, a punto de quedarse adormecida.

Hace mucho tiempo que no mira a Elizabeth Costello, no como es debido. En parte se debe a que la contempla a través de una neblina de irritación, en parte a que la encuentra del todo incolora, carente de rasgos, igual que su ropa le resulta completamente anodina. Pero ahora se esfuerza en prestarle toda su atención y resulta ser cierto lo que ella dice: ha perdido peso, le cuelga la carne de los brazos, tiene la cara pálida y la nariz picuda.

—Si me lo hubiera pedido usted —dice él—, la habría ayudado, en las cuestiones prácticas. Y estoy dispuesto a ayudarla ahora. Pero en cuanto al resto —se encoge de hombros—, no estoy titubeando. Al menos, no desde mi punto de vista. Voy a un ritmo que para mí es natural. No soy un persona excepcional, señora Costello, y no puedo convertirme en alguien excepcional solo por usted. Lo siento.

Está dispuesto a ayudarla. De verdad. Dispuesto a invitarla a comer. A comprarle el billete, a acompañarla al aeropuerto, a despedirla agitando la mano.

—Es usted un hombre frío —dice ella. Pronuncia la palabra condenatoria con ligereza, con una sonrisa—. Un pobre hombre frío. He intentado explicarme lo mejor que he podido, pero usted no entiende nada. Usted me fue enviado a mí y yo le fui enviada a usted. Solo Dios sabe por qué. Ahora usted debe curarse a sí mismo lo mejor que pueda. Intentaré no meterle más prisa.

Ella se pone de pie, no sin dificultad, y dobla la bolsa vacía.

—Adiós —dice.

Después de que ella se haya ido, él permanece allí mucho rato, mirando con los ojos entornados la superficie del río, agitado. Los patos, acostumbrados a que les den de comer, alentados por su inmovilidad, casi llegan hasta sus pies, pero él no les presta atención.

«Frío»: ¿es así realmente como lo ven desde fuera? Le dan ganas de protestar. Él es un buen tipo. Sus amigos pueden atestiguarlo, gente que lo conoce mucho mejor que la Costello. Hasta la mujer que fue su esposa estaría dispuesta a admitirlo: es un buen tipo, está lleno de buenas intenciones. ¿Cómo se puede llamar frío a alguien que tiene el corazón lleno de buenas intenciones, que cuando actúa lo hace de corazón?

«Frío» es una palabra que su esposa no usó. Lo que dijo su esposa fue muy distinto: «Creía que eras francés —le dijo ella—. Pensaba que tendrías alguna idea». ¿Alguna idea de qué? Años después de que ella lo dejara, él seguía desconcertado por aquellas palabras. ¿De qué se suponía que tenían idea los franceses, aunque fueran los franceses míticos? ¿De lo que hace felices a las mujeres? Lo que hace felices a las mujeres es un enigma tan antiguo como la esfinge. ¿Por qué iban a tener los franceses el poder de resolver ese enigma, y mucho menos un francés tan teórico como él?

Frío, ciego. Inspirar, espirar. Él no acepta la acusación; no cree que sea verdad. Cuando se está furioso, no se dice la verdad. Se dice la verdad, si es que se dice alguna vez, cuando se está enamorado. La mirada del amor no se deja engañar. El amor ve lo mejor del ser amado, incluso cuando cuesta mucho sacar a la luz lo mejor del ser amado. ¿Quién es Marijana? Una enfermera de Dubrovnik alta y corpulenta, con los dientes amarillentos y unas piernas que no están mal. ¿Quién sino él, con la mirada del amor, ve la gacela tímida y de ojos endrinos que se esconde en su interior?

Eso es lo que Elizabeth Costello no entiende. Elizabeth Costello lo considera a él un castigo que le ha caído encima para atormentarla durante los últimos días de su vida, una penitencia incomprensible que ella está condenada a decir, a hablar, a repetir. Ella lo mira con disgusto, con consternación, con exasperación, con desánimo, con todo menos con amor. Bueno, pues la próxima vez que la pille por ahí le dará una lección. «No soy frío —le dirá—, ni tampoco francés. Un hombre que ve el mundo a su manera y que ama a su manera. Y un hombre que no hace mucho perdió una parte de su cuerpo, no se olvide de eso. Tenga un poco de caridad —le dirá—. Entonces tal vez pueda encontrarla usted para escribir».