Hombre lento

John Maxwell Coetzee · Capítulo 24 de 31

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Hombre lento

Capítulo 24

Cuando invitó a Drago a quedarse, no había nada detrás de la invitación que él pudiera considerar —elige la escrupulosamente desaprobadora palabra del momento, la sopesa, la prueba— «inapropiado». Su corazón, en la medida en que puede mirar en el interior de su corazón, era y es puro, sus motivos son inocentes. Le cae bien Drago de una forma mesurada, con un afecto apropiado como el de cualquier hombre hacia su hijo adoptado o hacia su futuro hijo.

La convivencia que él había imaginado entre ambos era más bien tranquila: unas cuantas veladas de camaradería juntos, Drago sentado ante sus deberes a la mesa del comedor y él en un sillón con un libro, mientras esperaban a que los ánimos se calmaran en casa de los Jokić.

Pero las cosas no resultan ser así. Drago trae amigos a casa; pronto el piso se vuelve tan ruidoso y confuso como una estación de tren. La cocina es un caos de envases de cartón de comida para llevar y platos sucios; el cuarto de baño está siempre ocupado. El tranquilo avance en el grado de intimidad entre ambos que él había esperado no se produce en absoluto. De hecho, tiene la sensación de que Drago lo está evitando. Después de la noche del risotto de champiñones, ya ni siquiera comen juntos.

—Me estoy haciendo una tortilla para cenar —anuncia en el tono más despreocupado posible—. ¿Quieres que te haga otra? ¿Con jamón y tomate?

—No, gracias —dice Drago—. Voy a salir. Uno de mis amigos pasará a recogerme. Comeremos algo fuera.

—¿Tienes dinero?

—Sí, gracias, mi madre me ha dado dinero.

El amigo en cuestión es un pelirrojo con acné que se llama Shaun y que a él le cae mal en cuanto lo ve. Shaun, que según Drago no va mucho a la escuela porque toca en un grupo, está siempre rondando por el piso. Él y Drago salen cuando ya es de noche, vuelven tarde y se encierran en lo que antes era su estudio y ahora es la habitación de Drago. La música y el murmullo de sus voces lo mantienen despierto hasta avanzada la madrugada. Malhumorado y triste, permanece tendido a oscuras escuchando la BBC.

—No es solo el ruido —se queja a Elizabeth Costello—. Drago está acostumbrado a una familia grande, no espero de él un silencio monacal. No, lo que me preocupa es la forma en que reacciona cuando me atrevo a pedirle un poco de consideración.

—¿Cómo reacciona?

—Corre un velo. Deja de verme. Es como si yo fuera un mueble más. Marijana dice que él y su padre siempre están a la greña. Bueno, empiezo a entender por qué. Empiezo a compadecer a su padre.

Después de sus frías palabras junto al río, él había pensado que no volvería a ver a Elizabeth Costello. Pero no, ella ha vuelto, tal vez porque no puede renunciar a él, pero también porque no se encuentra bien. Ha perdido peso; se la ve muy débil; tiene una tos persistente.

—¡Pobre Paul! —dice—. ¡En las postrimerías de la vida, tan monacal, como dice usted, tan aferrado a sus costumbres, y ahora tan cascarrabias! ¡Qué intento tan insensato de hacer de niñero! En abstracto, estoy segura de que le gustaría querer al joven Drago, pero la realidad de la vida cotidiana no hace más que impedírselo. No podemos querer simplemente a voluntad, Paul. Tenemos que aprender. Es por eso por lo que las almas descienden de su reino en las alturas y se prestan a nacer de nuevo: para que, mientras crecen a nuestro lado, puedan guiarnos por la dura senda del amor. Desde el principio, usted vio algo angelical en Drago, y estoy segura de que no se equivoca. Drago ha permanecido en contacto con sus orígenes sobrenaturales más tiempo que la mayoría de los chicos. Venza su propia decepción, su irritación. Aprenda de Drago ahora que puede. Un día de estos, las últimas volutas de gloria que va dejando a su paso se esfumarán en el aire y se convertirá, simplemente, en uno de nosotros.

»Cree que estoy loca, ¿verdad?, o que he perdido el contacto con la realidad. Pero recuerde: he criado a dos hijos, dos hijos reales, no místicos; usted no ha criado a ninguno. Yo sé para qué sirven los hijos, usted todavía lo ignora. Así que preste atención cuando hablo, aunque hable con figuras retóricas. Tenemos hijos para poder aprender a amar y a servir. A través de los hijos nos convertimos en los sirvientes del tiempo. Mire en su interior. Pregúntese si dispone de las reservas de fortaleza que necesitará para el viaje, y de aguante. Si no, tal vez debería retirarse. No es demasiado tarde.

Hablar con figuras retóricas. Ángeles de las alturas. Es el discurso más desconcertante que ella ha dado desde el galimatías de la mujer de las gafas oscuras. ¿Acaso está perdiendo la cabeza por no comer? ¿Está intentando burlarse de él otra vez? ¿Debería ofrecerle algo más que una taza de té? Él la mira con dureza, con toda la dureza que puede. Pero ella no titubea. Al parecer, cree en lo que está diciendo.

 

En cuanto al acuerdo al que solemnemente llegaron Marijana y él, parece haberse quedado en papel mojado. Ella no se presenta ningún día y tampoco da ninguna explicación. Su hijo, en cambio, es bendecido con frecuentes llamadas telefónicas. De esas conversaciones, que son en croata, él solo oye un monosílabo por parte de Drago de vez en cuando.

Hasta que una tarde, cuando él menos lo espera, Marijana se presenta en su casa. Drago no ha vuelto de la escuela y él está haciendo la siesta.

—Señor Rayment, ¿yo lo desperté? Lo siento. He llamado y nadie abre. ¿Quiere que le haga té?

—No, gracias. —Está molesto porque lo han pillado dormido.

—¿Cómo está su pierna?

—¿Mi pierna? Mi pierna está bien.

Una pregunta estúpida y una respuesta estúpida. ¿Cómo va a estar bien su pierna? No tiene pierna. La pierna en cuestión hace tiempo que se la cortaron y la incineraron. «¿Cómo está su ausencia de pierna?»: eso es lo que debería haberle preguntado. «Mi ausencia de pierna no está bien, si quiere que le diga la verdad. La ausencia de mi pierna ha dejado un agujero en mi vida, como vería cualquiera que tenga ojos en la cara».

Marijana ha traído con ella a Ljuba. Él intenta ocultar su irritación por deferencia a la niña.

Marijana se abre paso a través del desorden de cosas tiradas por el suelo y se sienta a los pies de su cama.

—Usted tenía buena vida, buena y tranquila —dice—. Y, de repente, ¡pfu! Le atropella un coche. Y, luego, ¡pfu!, le atropella la familia Jokić. Y ya no es tan buena, ¿eh? Lo siento. ¿No quiere té? ¿Seguro? ¿Cómo se lleva con Drago?

—No tengo ninguna queja. Nos llevamos bastante bien. Estoy seguro de que estar con gente joven me hace bien. Me anima.

—Usted y él se hacen amigos, ¿eh? Bien. Blanka le manda gracias.

—No ha sido nada.

—Blanka viene un día a decir gracias en persona. Pero hoy no. Sigue siendo, ya sabe, la niña de papá.

Lo cual él interpreta como: sigue habiendo dos bandos en el seno de los Jokić, el bando del padre y el bando de la madre. Y todo es por culpa de usted, Paul Rayment. De la tormenta que usted ha desencadenado. De la pasión incipiente por su mujer de la limpieza que fue usted tan necio de declarar.

—¡Vaya! ¡Tiene usted una nueva visita!

Por un momento él no entiende a qué se refiere. Luego reconoce lo que ella tiene en la mano y está examinando: la media de nailon con que la señora Costello le vendó los ojos, la media que por alguna razón él ató a la base de la lámpara de su mesita de noche y dejó allí olvidada.

Con gesto delicado, Marijana se acerca la media a la nariz.

—¡Flor de limonero! —dice—. ¡Qué agradable…! A la amiga de usted le gusta el limón, ¿eh? En Croacia, ¿sabe?, tiramos flores de limonero a la mujer y el hombre cuando se casan en la iglesia. Una tradición antigua. No arroz, flores de limonero. Para que tengan muchos hijos.

El sentido del humor de Marijana. No es precisamente sutil. Va a tener que adaptarse a él, si aspira a convertirse algún día en su novio místico y recibir una lluvia de pétalos de limonero.

—No es lo que parece —dice él—. No pienso dar explicaciones. Limítese a aceptar lo que le digo. No es lo que usted piensa.

Marijana sostiene la media con el brazo extendido y la deja caer ostentosamente al suelo.

—¿Quiere saber lo que pienso? No pienso nada. Nada.

Se hace el silencio. No pasa nada, se dice a sí mismo, ya nos conocemos bastante a estas alturas, Marijana y yo, para tener nuestros pequeños contretemps.

—Muy bien —dice Marijana—. Ahora le miraré la pierna y luego lo lavo y hacemos ejercicios como siempre. Hemos descuidado los ejercicios, ¿eh? Tal vez usted no hace ejercicio igual de bien cuando está solo. ¿Seguro que no quiere el prosthese?

—No quiero una prótesis, ni ahora ni nunca. Tema zanjado. Por favor, no hable de eso.

Marijana sale de la habitación. Ljuba se lo queda contemplando con esa mirada de enormes ojos negros que a él cada vez le parece más inquietante.

—Hola, Ljuba —dice—. Ljubica. —La expresión de cariño suena extraña en sus labios, presuntuosa. La niña no responde.

Marijana regresa con la palangana.

—Momento privado para el señor Rayment —dice—. Ve a hacer un dibujo para mamá.

Acompaña a la niña afuera y cierra la puerta. Se ha quitado las sandalias. Sus pies, se da cuenta por primera vez, son anchos y planos. Lleva las uñas de los pies pintadas de un sorprendente rojo oscuro, casi púrpura, del color de un moretón inflamado.

—¿Necesita ayuda? —dice ella.

Él niega con la cabeza y se quita los pantalones.

—Túmbese —dice ella. Le extiende una toalla pudorosamente sobre la cintura, se coloca el muñón sobre el regazo, desenrolla las vendas con destreza y le da un golpecito aprobador a la cosa desnuda—. Nada de prosthese, ¿eh? ¿Cree que le va a crecer otra vez la pierna, señor Rayment? Solo los niños piensan eso: que se corta y vuelve a crecer.

—Marijana, pare, por favor. Ya hemos tenido esta conversación antes. No quiero hablar…

—Vale, vale, no más hablar de prosthese. Quédese en casa, sus amigas lo visitarán, mejor así —le pasa el pulgar por la cicatriz—. Más barato. ¿No duele? ¿No pica?

Él niega con la cabeza.

—Bien —dice ella; y empieza a enjabonar el muñón.

El mal humor de él se está evaporando como la neblina matinal. «Lo que fuera — piensa—. Daría lo que fuera por…». Lo piensa con tanto fervor que resulta imposible que no le acabe llegando a Marijana. Pero la cara de ella permanece impasible. «Adorada —piensa—. ¡Adoro a esta mujer! ¡A pesar de todo!». Y también: «¡Me tiene en la palma de su mano!».

Ella termina de lavar el muñón, lo seca con cuidado y empieza el primer masaje. Después del primer masaje vienen los ejercicios de estiramiento. Después de los ejercicios de estiramiento, el segundo y último masaje.

«¡Que esto no acabe nunca!».

Ella tiene que estar acostumbrada a ello, todas las enfermeras tienen que estarlo: a que los hombres que están bajo sus cuidados se exciten físicamente. Debe de ser por eso por lo que es siempre tan rápida y tan eficiente, y evita mirarle a los ojos. Probablemente será así como las enseñan a tratar con la excitación masculina. «A veces sucederá que… Es importante comprender que… Esos movimientos son involuntarios y resultan tan embarazosos para el paciente como para la enfermera… Es mejor…». Momentos animados en una clase por lo demás aburrida.

Antes de la Caída, dice san Agustín, todos los movimientos del cuerpo estaban regidos por el alma, que se nutre de la esencia de Dios. Por tanto, si ahora nos encontramos a merced de caprichosos movimientos de partes del cuerpo, es consecuencia de una naturaleza caída, apartada de la divinidad. Pero ¿tenía razón el bendito Agustín? ¿Son los movimientos de las partes de su cuerpo puramente caprichosos? Para él todo se reduce a una cosa, un solo movimiento: la inflamación del alma, la inflamación del corazón, la inflamación del deseo. No se puede imaginar amar a Dios más de lo que ama a Marijana en estos momentos.

Marijana no va vestida con su uniforme azul, lo cual quiere decir que no considera hoy como día de trabajo, o al menos no lo consideraba cuando salió de casa. Lo que lleva es un vestido de color verde oliva con un cinturón negro y una pequeña raja en el lado izquierdo que deja ver una rodilla y un atisbo del muslo. Sus brazos morenos desnudos, sus piernas morenas y suaves. «¡Lo que fuera! —piensa de nuevo—. ¡Daría lo que fuera!». Y de alguna forma ese «¡Lo que fuera!» y su aprobación del vestido de color verde oliva, que le resulta irresistiblemente atractivo, no son distintos de su amor a Dios, quien, si no existe, al menos llena lo que de otra forma sería un agujero inmenso que lo devoraría todo.

—Ahora el lado izquierdo. —Ella recoloca la toalla para cubrirlo pudorosamente —. Haga fuerza contra mí.

Ella empuja el muñón hacia atrás. Se supone que él debe hacer fuerza hacia delante, en sentido contrario. Durante un breve intervalo, los dos permanecen en sus sitios, sin moverse: ella, agarrando el muslo cortado con ambas manos y apoyando todo su peso en él, y él, agarrando el borde de la cama y resistiendo. «¡Tan lejos!… —piensa él—. ¡Tan cerca y sin embargo tan lejos!…». Podrían estar igualmente pecho contra pecho, presionando sus seres caídos el uno contra el otro. «¡Qué diría Wayne si se enterara de esto!». Pero, de no ser por Wayne Blight, nunca habría conocido a Marijana Jokić. De no ser por Wayne Blight, no habría conocido nunca esta presión, este amor, esta urgencia. Felix, felix. Felix lapsus. A fin de cuentas, todo ha acabado siendo bueno.

—Muy bien, ahora relájese —dice Marijana—. Bien. Ahora por delante.

Ella se sube un poco el vestido y se sienta a horcajadas sobre él. Por la radio, que fue lo que le hizo dormirse y que no ha sido apagada, un hombre habla de la industria automovilística coreana. Cifras por aquí, cifras por allá. Marijana desliza las manos bajo la camisa de él, encuentra con los pulgares un nudo de dolor por encima de la nalga y empieza a masajearlo. «Gracias, Dios», piensa él. Y gracias, Dios porque la Costello no esté aquí para observar y hacer comentarios.

—Štò rádiš, mama?

Él abre los ojos, sobresaltado. A un brazo de distancia, Ljuba lo está mirando fijamente. La severidad de su mirada es inconfundible. Ahí está él, viejo y feo y peludo y medio desnudo y sin duda apestoso a su angelical sentido olfativo, forcejeando con su madre, los dos atrapados en una postura que ni siquiera tiene la majestad repulsiva del acto sexual.

Durante un instante, mientras la niña hablaba, él ha sentido que Marijana se quedaba paralizada. Ahora ella reanuda el ritmo de su masaje.

—El señor Rayment tiene dolor —dice ella—. Mamá es enfermera, ¿recuerdas?

—Ya está bien por hoy, Marijana —dice él, y se apresura a cubrirse—. Gracias.

Marijana se baja de la cama, se pone sus sandalias y coge a Ljuba de la mano.

—No te chupes pulgar —dice ella—. Es feo. Muy bien, señor Rayment. Tal vez dolor se va ahora.