Hombre lento

John Maxwell Coetzee · Capítulo 7 de 31

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Hombre lento

Capítulo 7

En el trabajo Marijana no lleva gorro de enfermera, sino un pañuelo en la cabeza, como cualquier buena ama de casa balcánica. Él aprueba el pañuelo, así como cualquier muestra de que no se haya desprendido completamente del viejo mundo a favor del nuevo.

Aparte de los diversos criminales de guerra y de ese jugador alto de tenis con un potente servicio cuyo nombre siempre se le olvida (¿Ilja? ¿Ilić? ¿Roman Ilić?), los croatas son una incógnita para él. Los yugoslavos son otra cosa. En la vida debe de haber conocido a docenas de yugoslavos en la época en que todavía había yugoslavos. Pero, por supuesto, nunca se le ocurrió preguntarles qué variedad de yugoslavos eran.

¿Dónde encaja Marijana en el retablo yugoslavo, Marijana y el marido que monta coches? ¿De qué huían cuando abandonaron su país natal? ¿O tal vez fue simplemente que, hartos y cansados de tanto conflicto, hicieron las maletas y cruzaron la frontera en busca de una vida mejor y más pacífica? Y, si una vida mejor y más pacífica no se encuentra en Australia, ¿dónde se va a encontrar?

Marijana le está hablando de su hijo, que se llama Drago pero a quien sus amigos llaman Jag. Para su recién cumplido decimosexto cumpleaños, su marido le ha comprado una moto. Un grave error, en opinión de Marijana. Ahora Drago se pasa las tardes fuera de casa, no hace los deberes y se salta comidas. Él y sus amigos se pasan el tiempo en carreteras poco transitadas, haciendo carreras, practicando derrapes y Dios sabe qué más. Ella tiene miedo de que se rompa una pierna o algo peor.

—Su hijo es joven —le dice a Marijana—. Se está probando a sí mismo. No se puede impedir que los jóvenes exploren sus límites. Quieren ser los más rápidos. Quieren ser los más fuertes. Quieren ser admirados.

Él no conoce a Drago, y es probable que no lo conozca nunca. Pero disfruta de la actuación de Marijana, disfruta de su transparencia: demasiado bien educada para jactarse de su chico, lo que hace es quejarse de su desobediencia, de su temeridad, de su joie de vivre y del hecho de que va a ser la ruina de su madre.

—Si quiere meterle miedo a Drago —sugiere él, no del todo en serio—, tráigalo aquí un día. Le enseñaré mi pierna.

—¿Usted cree que hará caso, señor Rayment? Dirá que no es nada, solo un accidente de bicicleta.

—También le enseñaré lo que queda de la bicicleta.

Todavía conserva la bicicleta en el cuarto trastero de abajo, con la rueda trasera doblada por la mitad y las barras encastradas entre los radios. Al final nadie se molestó en robarla aquel día en Magill Road, aunque estuvo tirada en el arcén hasta la noche. Luego la policía se la llevó. También recuperaron la caja de plástico que iba sujeta con correas a la cesta, junto con una parte de las compras de la mañana: una lata de garbanzos abollada, un cuarto de kilo de brie que se había derretido bajo el sol y que luego cuajó. La lata la ha guardado como recuerdo, como memento mori. Está en una estantería de la cocina. Le enseñará la lata a Drago, le dice a Marijana. «Imagínate que esto fuera tu cráneo —le dirá. Y añadirá—: Piensa un poco en tu madre. Ella se preocupa por ti. Es una buena mujer. Quiere que tengas una vida larga y feliz». O tal vez no mencionará lo de que es una buena mujer. Si su propio hijo no lo sabe, ¿quién es él, un desconocido, para decírselo?

Al día siguiente, Marijana trae una fotografía: Drago de pie junto a la moto en cuestión, vestido con botas y tejanos ajustados, sujetando por el codo un casco con un relámpago estampado. Es alto y fornido para sus dieciséis años y tiene una sonrisa encantadora. «Un bombón», como solían decir las chicas en los viejos tiempos, igual que su madre debió de ser «una monada». No hay duda de que romperá muchos corazones.

—¿Qué planes tiene su hijo? —pregunta él.

—Quiere ir a la Academia de la Fuerza de Defensa. Quiere meterse en la marina. Por eso le pueden dar una beca.

—¿Y su hija, su hija mayor?

—Ah, es demasiado joven para hacer planes, tiene la cabeza en las nubes.

Ahora es ella quien tiene una pregunta para él, una que ha tardado un tiempo sorprendentemente largo en llegar.

—¿Y usted no tiene hijos, señor Rayment?

—No, por desgracia. Mi mujer y yo nunca encontramos el momento. Teníamos otras cosas en mente, otras ambiciones. Y luego, antes de darnos cuenta, ya estábamos divorciados.

—¿Y nunca le preocupó eso después?

—Al contrario, cada vez me preocupó más, sobre todo cuando me hice mayor.

—¿Y a su mujer? ¿Le preocupa?

—Mi mujer se volvió a casar. Se casó con un divorciado que ya tenía hijos. Tuvieron uno juntos y se convirtieron en una de esas familias modernas tan complicadas, donde todo el mundo llama a todo el mundo por el nombre de pila. Así que no, a mi mujer no le preocupa que no tuviéramos hijos o que yo no los tenga. A mi ex mujer. No tengo mucho contacto con ella. No fue un matrimonio feliz.

Todo está dentro de ciertos límites, lo que pasa entre ellos, dentro de los límites de lo personal impersonal. Una conversación entre un hombre y una mujer, una mujer que resulta ser la enfermera del hombre y su asistenta para las compras y su mujer de la limpieza y su cuidadora en general, intentando conocerse mejor en un país donde todas las personas son iguales y todas las religiones también. Marijana es católica. Él ya no es nada. Pero en este país una cosa es tan buena como la otra, el catolicismo y no ser nada. Puede que Marijana no apruebe a la gente que se casa y se descasa y que nunca llega a tener hijos, pero es lo bastante lista como para guardarse su desaprobación.

—¿Y quién va a cuidar de usted?

Es una pregunta extraña. La respuesta obvia es: «Usted. Usted va a cuidar de mí en el futuro inmediato, usted o cualquiera a quien yo contrate para ello». Pero es probable que haya una forma más caritativa de entender la pregunta, en el sentido de «¿Quién va a ser su apoyo emocional?», por ejemplo.

—Oh, yo me puedo cuidar solo —responde—. No espero durar muchos años.

—¿Tiene familia en Adelaida?

—No, en Adelaida no. Tengo familia en Europa, supongo, pero hace mucho tiempo que perdí el contacto. Nací en Francia. ¿No se lo había dicho? Mi madre y mi padrastro me trajeron a Australia cuando yo tenía seis años. A mí y a mi hermana. Yo tenía seis años. Mi hermana tenía nueve. Ahora ya ha muerto. Murió joven, de cáncer. Así que no, no tengo familia que cuide de mí.

Lo dejan así, él y Marijana, su intercambio de pormenores. Pero la pregunta de ella resuena en la mente de él. «¿Quién va a cuidar de usted?». Cuanto más considera las palabras «cuidar de», más inescrutables le parecen. Se acuerda de un perro que tenían en Lourdes cuando era niño, tumbado en su cesta en las últimas fases del moquillo canino, gimoteando sin cesar, con el hocico caliente y seco y espasmos en las patas. «Bon, je m’en occupe», dijo su padre llegado cierto punto, y recogió al perro, con cesta y todo, y salió de la casa. Cinco minutos más tarde, oyó la descarga sorda de una escopeta procedente del bosque, y ahí acabó todo, ya no volvió a ver al perro. «Je m’en occupe»: yo me encargo; yo me ocupo de él; voy a hacer lo que se tiene que hacer. Esa clase de cuidados, con una escopeta, no era ciertamente lo que Marijana tenía en mente. Con todo, es algo que también queda implícito dentro de la frase, esperando aflorar. Y de ser así, ¿qué hay de su respuesta «Yo me puedo cuidar solo»? ¿Qué querían decir sus palabras, objetivamente? ¿Acaso ese cuidarse solo del que él hablaba incluía también lo de ponerse su mejor traje, tragarse su alijo de pastillas de dos en dos con un vaso de leche caliente y tumbarse en la cama con las manos entrelazadas sobre el pecho?

Tiene muchos remordimientos, está lleno de ellos, se presentan de noche como aves que vinieran a posarse. El más importante de ellos es el remordimiento que le causa no tener un hijo. Sería bonito tener una hija, las niñas también tienen su encanto, pero el hijo que no tiene es el que realmente echa de menos. Si Henriette y él hubieran tenido un hijo enseguida, mientras todavía se amaban, o estaban enamorados, o sentían afecto mutuo, ahora ese hijo tendría treinta años, sería un hombre hecho y derecho. Tal vez algo inimaginable. Pero lo inimaginable está ahí para ser imaginado. Imaginemos pues a los dos, de paseo, padre e hijo, charlando sobre esto y aquello, cosas de hombres, nada serio. En el transcurso de esa conversación él podría dejar caer algún comentario, una de esas expresiones ambiguas que la gente utiliza en momentos en que resulta demasiado difícil decir las palabras de verdad, sobre el hecho de que «es momento de pasar el testigo». Su hijo, su hijo imaginario pero imaginado, lo entendería al instante: pasar la carga, pasar la sucesión, cerrar el chiringuito. «Hum —diría su hijo, William o Robert o como se llamara—. Sí, acepto. Tú ya has cumplido con tu deber, has cuidado de mí, ahora es mi turno. Yo cuidaré de ti».

No está fuera de los límites de lo posible conseguir un hijo, incluso en este momento tardío. Podría, por ejemplo, encontrar (pero ¿cómo?) a algún huérfano díscolo, a algún Wayne Blight embrionario, presentar una oferta para adoptarlo y esperar a ser aceptado; no obstante, las posibilidades de que el sistema de asistencia social, representado por la señora Putts, confiara alguna vez un niño al cuidado de un viejo mutilado y solitario serían cero, menos que cero. O bien podría encontrar (pero ¿cómo?) a una joven fértil y casarse con ella, o pagarle, o acaso persuadirla para que le permita engendrar, o intentar engendrar, a un hijo varón en su útero.

Pero no es un bebé lo que quiere. Lo que quiere es un hijo, un hijo como es debido, un hijo y heredero, una versión más joven y fuerte de sí mismo.

Su pilila. «Si quiere que le lave la pilila —le decía Sheena en sus momentos de intimidad con él—, me lo tendrá que pedir». ¿Es todavía capaz su pilila, sus agotadas entrañas, de engendrar un hijo? ¿Tiene aún la simiente, y la pasión animal suficiente para hacer que llegue al lugar apropiado? Su historial parece indicar que no. Su historial parece indicar que las efusiones apasionadas no forman parte de su naturaleza. Un afecto afable, una sensualidad tibia, sino gratificante: eso es lo que Margaret McCord recordará de él, ella y otra media docena de mujeres, sin incluir a su esposa. Un amante más bien perruno, de hecho: no es una palabra que le guste pero le parece adecuada. Un hombre agradable con el que acurrucarse en una noche fría; la clase de amigo con el que una se va a la cama de forma más bien distraída y más tarde se pregunta si realmente sucedió.

En resumen, no es un hombre apasionado. No está seguro de que le haya gustado nunca la pasión ni de haberla aprobado. La pasión: un territorio extranjero; una aflicción cómica pero inevitable como las paperas, que uno espera pasar mientras todavía es joven en una de sus variedades más leves y menos destructivas, para no cogerla más tarde y de forma más grave. Perros presa de la pasión apareándose, con muecas desdichadas en la cara y las lenguas colgando.