Hombre lento

John Maxwell Coetzee · Capítulo 4 de 31

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Hombre lento

Capítulo 4

La enfermera de día recomendada por la señora Putts se llama Sheena. Sheena aparenta unos diecinueve años, pero sus documentos atestiguan que tiene veintinueve. Es gorda, con una obesidad dura, mantecosa, firme, y sin lugar a dudas inquebrantablemente jovial. A él le cae mal de inmediato, no la quiere con él, pero la señora Putts le presiona.

—Ser enfermera privada es un trabajo especializado —dice la señora Putts—. Sheena ya ha trabajado antes con amputados. Sería usted tonto si la rechazara.

Así que él cede. A su vez, la señora Putts acepta que él no necesita una enfermera de noche, siempre y cuando contrate un servicio de urgencias y tenga un busca a mano en todo momento.

Él procura no poner de mal humor a la señora Putts porque cree tener una idea bastante precisa de sus poderes. La señora Putts es parte del sistema de asistencia social. «Asistencia» quiere decir cuidar a gente que no puede cuidar de sí misma. Si en algún momento la señora Putts decidiera que él es incapaz de cuidar de sí mismo, que hay que protegerlo de su propia incompetencia, ¿qué recurso le quedaría a él? No tiene aliados que luchen a su lado. Solo se tiene a sí mismo.

Es posible, por supuesto, que esté sobrestimando la preocupación de la señora Putts. En lo que se refiere a la asistencia social, en lo que se refiere a los cuidados sanitarios y las profesiones asociadas a ellos, es casi seguro que él está anticuado. En el nuevo mundo en el que tanto él como la señora Putts han renacido, cuya consigna es Laissez faire!, tal vez la señora Putts no se considere su cuidadora, ni la cuidadora de su propio hermano ni de nadie. Si en este nuevo mundo los lisiados o los enfermos o los indigentes o los sin techo quieren comer de los cubos de basura e instalar sus sacos de dormir en el portal más cercano, que lo hagan: que se acurruquen bien, y si a la mañana siguiente se despiertan vivos, mejor para ellos.

Cuando la ambulancia lo lleva a casa, Sheena está lista y esperando. Es ella quien le reorganiza el dormitorio, quien supervisa a la mujer de la limpieza, quien da instrucciones al carpintero sobre dónde instalar barandillas y quien asume el control de todo. Ya ha esbozado un plan diario para los dos que cubre las comidas, los ejercicios y lo que ella llama CM, Cuidado del Muñón, y lo pega en la pared sobre la cabeza de él. Incluye tres bloques, uno a media mañana, uno a mediodía y otro por la tarde, etiquetados «TIEMPO PRIVADO DE SD», unos períodos durante los cuales ella se retira a la cocina a descansar. Ella guarda sus cosas en un estante de la nevera que ha etiquetado «COSAS PRIVADAS DE SD». Para evitar morirse de aburrimiento, tiene la radio encendida en la cocina, en una emisora que alterna anuncios vocingleros con música machacona. Cuando él le pide que baje el volumen, ella baja el volumen. Sin embargo, él todavía puede oírlo sin esforzarse.

La primera prueba de su capacidad física se produce cuando, mientras Sheena le sostiene por el codo, intenta usar el retrete. La maniobra de sentarse lo derrota: la pierna izquierda, la que le queda, es tan débil como si fuera de masilla. Sheena frunce la boca.

—A la cama ahora mismo —dice—. Ahora le llevo el orinal.

Ella llama orinal a la cuña. A su pene lo llama pilila. En pleno baño con esponja, antes de ocuparse del muñón, ella se detiene y pone voz de niña pequeña:

—Ahora, si él quiere que Sheena le lave la pilila, tiene que pedirlo con mucha educación —dice ella—. Si no, va a pensar que Sheena es una de esas niñas malas. Esas niñas malas, muy malas.

Y le da una palmada jovial en el brazo para darle a entender que no es más que una broma.

Soporta a Sheena hasta el final de la semana y luego llama por teléfono a la señora Putts.

—Voy a pedirle a Sheena que no vuelva —dice él—. No la soporto. Tendrá que encontrarme a otra persona.

Librarse de Sheena resulta no ser en absoluto tan simple. Cuando su orgullo profesional queda aplacado, él ya ha tenido que soltarle el sueldo de dos meses. Se pregunta cuántas veces en su carrera de enfermera ha llevado a cabo esa clase de jugada. Tal vez la radio no fuera más que un truco para ponerlo furioso, igual que hablar con voz de niña.

Después de Sheena lo atiende una sucesión de enfermeras de la agencia, enfermeras que se llaman a sí mismas «temporales» y que vienen solo un día o dos seguidos.

—¿No me puede encontrar a nadie fijo? —le pregunta por teléfono a la señora Putts.

—Estoy hasta arriba de trabajo —dice la señora Putts—. Hay una demanda enorme de enfermeras para atención a inválidos. Tenga paciencia, está usted en mi lista de prioridades.

Su euforia por haber escapado del hospital no dura mucho. Cae presa de un humor huraño que no lo abandona. No le gusta ninguna de las temporales: no le gusta que lo traten como a un niño o como a un idiota, no le gusta la voz cantarina y alegre que ponen para él. «¿Cómo estamos hoy?», le dicen. «Eso está bien», dicen, aunque él no se haya molestado en contestar.

—¿Cuándo le arreglan la pierna? —le dicen—. Una pierna nueva es mucho mejor que las muletas, de veras, en cuanto le coge uno el tranquillo. Ya lo verá.

Pasa de estar irascible a estar triste. Quiere que lo dejen en paz. Y no quiere hablar con nadie. Sufre accesos de lo que él califica como llanto seco. «¡Ojalá me vinieran las lágrimas! —piensa—. ¡Ojalá me ahogaran las lágrimas!». Da la bienvenida a esos días en que por una razón u otra nadie viene a cuidar de él, aunque eso quiera decir que tiene que subsistir a base de galletas y zumo de naranja.

Culpa a los calmantes de su melancolía. ¿Qué es peor, la nube de melancolía en la cabeza o el dolor del hueso que lo mantiene despierto toda la noche? Intenta pasar sin pastillas y no hacer caso del dolor. Pero la melancolía no se va. Parece haberse asentado y formar parte del clima.

En los viejos tiempos, los tiempos previos al accidente, no tenía lo que él llamaría un temperamento melancólico. Puede que fuera solitario, pero solo de esa forma en que ciertos animales macho son solitarios. Nunca le faltaban cosas que hacer para mantenerse ocupado. Tomaba prestados libros de la biblioteca, iba al cine; cocinaba para sí mismo, hasta horneaba su propio pan; no tenía coche, pero iba en bicicleta o andaba. Si aquel estilo de vida lo convertía en excéntrico, era una excentricidad moderada tratándose de Australia. Era alto, era delgado, incluso conservaba cierta fuerza nervuda. Era de esos hombres que llegan a los noventa y tantos, excentricidades incluidas.

Bueno, puede que todavía llegue a los noventa, pero ya será por propia elección. Ha perdido la libertad de movimientos, y sería una tontería pensar que alguna vez la recuperará, con o sin pierna artificial. Nunca volverá a subir Black Hill, nunca irá pedaleando al mercado a hacer sus compras, mucho menos bajará a toda velocidad con la bicicleta por las curvas de Montacute. El universo se ha contraído hasta convertirse en este apartamento y la manzana o dos que lo rodean, y nunca volverá a expandirse.

Una vida limitada. ¿Qué diría Sócrates al respecto? ¿Puede una vida estar tan limitada que no valga la pena vivirla? Los hombres salen de la cárcel después de pasarse años mirando la misma pared vacía sin que la melancolía se apodere de sus almas. ¿Qué tiene de especial perder una pierna? Seguramente una jirafa que perdiera una pierna moriría, pero las jirafas no disponen de las agencias de los estados modernos, encarnadas en la señora Putts, que cuidan de su bienestar. ¿Por qué no puede él conformarse con una vida modestamente limitada en una ciudad que no es inhóspita para los ancianos inválidos?

No puede dar respuesta a esta clase de preguntas. No puede dar respuesta porque no está de humor para respuestas. Eso es lo que comporta estar melancólico: a un nivel por debajo del juego y del revoloteo del intelecto («¿Por qué no esto?», «¿Por qué no lo otro?»), él, «él», el «él» al que a veces llama «tú» y a veces «yo», está perfectamente listo para afrontar la oscuridad, la quietud, la extinción. Él: no aquel cuya mente discurría siempre de aquí para allá, sino el que sufre dolor toda la noche.

Por supuesto, no es ningún caso especial. La gente pierde brazos y piernas o el uso de estos todos los días. La historia está llena de marineros con un solo brazo e inventores condenados a una silla; de poetas ciegos y también de reyes locos. Pero en su caso la amputación parece haber separado el pasado del futuro con una limpieza tan poco común que le confiere un nuevo significado a la palabra «nuevo». Por la señal de esta amputación, que empiece una nueva vida. Si hasta ahora has sido un hombre y has tenido una vida de hombre, a partir de ahora serás un perro y tendrás una vida de perro. Eso es lo que dice la voz, la voz que sale de la nube negra.

¿Acaso se ha rendido? ¿Quiere morir? ¿A eso se reduce? No. La pregunta es falsa. No se quiere cortar las venas, no quiere tragarse veinticuatro Somnex, no quiere tirarse por el balcón. No quiere la muerte porque no quiere nada. Pero si se da el caso de que Wayne Blight lo atropella por segunda vez y lo manda volando por los aires sin ninguna dificultad, se asegurará de no salvarse. Nada de rodar con el impulso del golpe y ponerse en pie de un salto. Si tiene un último pensamiento, si hay tiempo para tenerlo, será simplemente: «Así que esto es un último pensamiento».

«Desatado»: esa es la palabra que recuerda de Homero. La lanza destroza el esternón, la sangre mana, los miembros se desatan y el cuerpo se derrumba como un muñeco de madera. Pues bien, sus miembros se han desatado y ahora también tiene el espíritu desatado. Su espíritu está listo para derrumbarse.

 

La segunda candidata de la señora Putts a tiempo completo se llama Marijana. Es de origen croata, le informa ella en su entrevista. Dejó atrás su tierra natal hace doce años. Se formó en Alemania, en Bielefeld; después de llegar a Australia obtuvo el certificado vigente en Australia Meridional. Además de hacer de enfermera privada, limpia casas para sacarse, como ella dice, «un dinero extra». Su marido trabaja en una planta de montaje de coches. Viven en Munno Para, al norte de Elizabeth, a media hora en coche de la ciudad. Tienen un hijo que estudia secundaria, una hija que estudia primaria y una tercera criatura que todavía no va a la escuela.

Marijana Jokić es una mujer de cara cetrina que, aunque no ha llegado a la mediana edad, muestra un engrosamiento a la altura de la cintura que le da cierto aire de matrona. Lleva un uniforme de color azul celeste que a él le resulta un alivio después de tanta blancura, con manchas de humedad bajo las axilas. Habla un inglés australiano veloz y bastante incorrecto, con consonantes líquidas eslavas y un dominio incierto del «un» y el «el», salpicado de la jerga que debe de haber oído a sus hijos, y que estos deben de haber oído de sus compañeros de clase. Es una variedad del idioma con la que él no está familiarizado. No le disgusta.

El acuerdo al que han llegado él y la señora Jokić, con la mediación de la señora Putts, es que ella lo ayudará seis días a la semana, de lunes a sábado, y durante esos días empleará con él toda su gama de conocimientos asistenciales. Los domingos él volverá a depender del servicio de urgencias. Durante todo el tiempo en que su capacidad ambulatoria esté limitada, ella no solo hará de enfermera, sino que también atenderá sus necesidades cotidianas, le hará la compra y las comidas, así como la limpieza más superficial.

Después de la experiencia infortunada con Sheena, no tiene grandes esperanzas depositadas en la mujer de los Balcanes. En los días siguientes, sin embargo, se descubre agradecido a regañadientes por su llegada. La señora Jokić —Marijana— parece capaz de intuir para lo que está preparado y para lo que no. No lo trata como a un viejo chocho, sino como a un hombre cuyos movimientos se ven dificultados por su lesión. Con paciencia, sin hablar como una niña, ella le ayuda con sus abluciones. Cuando él le dice que quiere estar solo, ella se ausenta.

Él se acuesta. Ella le desenvuelve la cosa, el muñón, y le pasa un dedo por la superficie desnuda.

—Buenas suturas —dice ella—. ¿Quién puso las suturas?

—El doctor Hansen.

—Hansen. No conozco Hansen. Pero es bueno. Buen cirujano. —Sopesa el muñón con la mano con expresión calculadora, como si fuera una sandía—. Buen trabajo.

Enjabona el muñón y lo lava. El agua tibia provoca un rubor blanco y rosado. Ya no parece tanto un jamón curado, sino más bien alguna clase de pez abisal ciego. Él evita la mirada de ella.

—¿Ve muchos malos trabajos?

Ella frunce los labios y separa las manos en un gesto que le recuerda a su madre. «Tal vez», dice el gesto. «Depende».

—¿Ve muchos de… estos?

Y se toca con un levísimo contacto de la yema del dedo.

—Oh, sí.

A él le resulta interesante la falta de dobles sentidos en la conversación.

Para sus adentros no lo llama muñón. Le gustaría no llamarlo de ninguna manera. Le gustaría no pensar en ello, pero no es posible. Si lo llama de alguna manera, lo llama le jambon. Le jambon lo mantiene a una distancia despectiva, agradable.

Divide a la gente con la que tiene contacto en dos clases: los pocos que han visto aquello, y el resto, los que gracias a Dios no lo verán nunca. Le parece una lástima que Marijana tenga que caer tan pronto y tan rotundamente en la primera clase.

—Nunca he entendido por qué no pudieron dejar la rodilla —se queja a ella—. El hueso se suelda. Aunque la articulación estuviera destrozada, podrían haber intentado reconstruirla. Si hubiera sabido lo importante que era perder una rodilla, nunca lo habría consentido. No me dijeron nada.

Marijana cabecea.

—La reconstrucción —dice—, cirugía muy difícil, muy difícil. Te pasas años entrando y saliendo de hospitales. Para, ya sabe, pacientes viejos, no les gusta hacer reconstrucción. Solo para jóvenes. ¿Para qué molestarse, eh? ¿Para qué molestarse?

Ella lo clasifica a él entre los viejos, aquellos a los que no vale la pena salvar: salvarles la articulación de la rodilla, salvarles la vida. ¿Dónde, se pregunta él, se pondría ella a sí misma? ¿Entre los jóvenes? ¿Los no viejos? ¿Los que no son viejos ni jóvenes? ¿Los que nunca serán viejos?

Raras veces ha visto a nadie volcarse tanto en sus obligaciones como Marijana. La lista que se lleva para hacer la compra regresa con la cuenta de la caja registradora adjunta, cada producto de la lista marcado o, donde ha tenido que hacer alguna variación, anotada con su pulcra caligrafía del viejo mundo, con los unos puntiagudos, los sietes con su rayita en medio y los nueves parecidos a lazos. De las tempestades de su cocina emergen comidas que resultan infaliblemente apetitosas.

A los amigos que llaman por teléfono para preguntar cómo le va, les habla de Marijana simplemente como la «enfermera de día».

—He contratado a una enfermera de día muy competente —dice—. Me hace la compra y también cocina.

No se refiere a ella como Marijana para que no suene demasiado familiar. Cuando habla con ella, la sigue llamando señora Jokić, pues ella lo llama a él señor Rayment. Pero para sus adentros no tiene reparos en llamarla Marijana. Le gusta el nombre, con sus cuatro sílabas duras e inflexibles. «Marijana vendrá por la mañana —se dice a sí mismo cuando siente que la nube de la melancolía se cierne sobre él—. ¡Arriba ese ánimo!».

Todavía no sabe si Marijana, la mujer, le gusta tanto como su nombre. Siendo objetivos, no carece de atractivo. Pero cuando está con él parece tener la capacidad de anular el sexo. Es enérgica, eficaz, jovial: esa es la cara que le muestra a él, a su patrón, esa es la cara por la que él paga y con la que tendría que estar satisfecho. Así que deja de ser irascible y se esfuerza por recibirla con una sonrisa. A él le gustaría que ella pensara que soporta su percance con buen ánimo; le gustaría que ella tuviera una buena impresión de él en todos los sentidos. A él no le importa que ella no flirtee. Es mejor que hablar como una boba de su pilila.

Algunas mañanas ella se trae a su hija más pequeña, la que todavía no va a la escuela. Aunque nació en Australia, la niña se llama Ljuba, Ljubica. A él le gusta el nombre, lo aprueba. En ruso, si no está equivocado, ljubov quiere decir «amor». Es como llamar a una niña Aimée o, mejor todavía, Amour.

Su hijo mayor, le informa ella, acaba de cumplir dieciséis años. Dieciséis: debió de casarse joven. Él está en pleno proceso de revisar su valoración de ella. Más que no carecer de atractivo, en ocasiones es una mujer realmente hermosa, bien formada, robusta, con el pelo castaño, ojos oscuros y un tono de piel oliváceo más que cetrino. Una mujer con buen porte, la espalda recta y los pechos que apuntan hacia delante. «Orgullosa», piensa él, buscando una palabra inglesa que la capte. Sus dientes amarillentos por la nicotina son el único defecto objetivo. Ella conserva el hábito de fumar de la vieja Europa no reconstruida, aunque por deferencia a él sale al balcón.

En cuanto a la niña, es una verdadera belleza, con rizos oscuros y una piel perfecta y unos ojos que brillan con lo que solo puede ser inteligencia. Las dos juntas forman una bonita estampa. Y se llevan bien. Mientras cocina, Marijana ayuda a la niña a hornear magdalenas glaseadas o galletas de pan de jengibre. De la cocina llega el murmullo continuo de sus voces. Madre e hija: los protocolos de la feminidad siendo transferidos de una generación a otra.