HRH,1-Vencida

Hope Tarr · Capítulo 13 de 20

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HRH,1-Vencida

Capítulo 13

«Nada es más molesto que un secreto.»

Proverbio francés

Las luces del amanecer aparecían en el cielo cuando Callie llegó a la casa de la calle

de la Media Luna envuelta en su arrugado vestido, que dejó sobre el respaldo de una silla,

y se deslizó en su cama, vacía y fría. Se sentía cansada y, a la vez, sensible en algunos

puntos que no podía nombrar pero que la hacían sentirse maravillosamente bien, por

encima de todo. Por primera vez en su vida había hecho el amor de verdad, y la fuerza del

momento había superado con creces sus sueños más salvajes.

Tenía que creer que él también lo sentía igual, que aquella conexión era una fuerza

natural que había circulado entre ellos como la corriente eléctrica, uniéndolos en cuerpo,

sí, pero también en alma. ¿Cómo si no la habría tocado así, con tanta ternura, con tanto

cuidado, como si estuviera hecha de porcelana en lugar de carne y hueso?

Por su parte,

nunca antes había sentido aquel arrojo, aquella necesidad absoluta de tocar a otra persona.

Después, cuando Hadrian la había acompañado hasta la calle principal y había hecho

señas a una calesa que pasaba cuyo conductor estaba medio dormido, le había resultado

muy difícil dejarle. Con el rostro protegido por la capucha de su capa, no había podido

resistirse a un último beso. Agotada como estaba, su cabeza no dejaba de dar vueltas

pensando cómo podría escaparse de la oficina otra vez para ir a verle.

Entretanto, tenía que ir a tomar el té de la tarde con los Stonevale y todavía estaba

pendiente la reunión con lord Salisbury al día siguiente. Incluso en una mañana

cualquiera, su rutina era lavarse, vestirse y bajar a desayunar a las siete más o menos. Ella

misma se servía algo del aparador y se sentaba a la mesa, donde se tomaba los huevos con

mantequilla y se bebía sus tres tazas de café, bien cargado, mientras ojeaba el montón

diario de periódicos con rapidez, uno tras otro.

Sin embargo, esa mañana le pasó por la cabeza la idea de hacer algo gratificante para

ella. Así que aunque lo que tenía eran muchas ganas de dormir, se quedó un rato en la

cama pensando en las últimas horas que había pasado con Hadrian: cómo su lengua

jugueteaba con sus pechos, cómo había logrado excitarla con sus hábiles dedos, la

deliciosa presión que había sentido cuando había entrado dentro de ella y la había llenado

por completo. Una llamada en la puerta la sobresaltó y la sacó de sus pensamientos.

Pensando que se trataría de su tía, y ya que esta era demasiado lista como para

creerse la excusa del dolor de cabeza, se levantó apoyándose en los codos.

—Estoy despierta. Entra —le dijo.

La puerta se abrió y Jenny entró sonriente, moviéndose con ligereza y con su

desayuno listo en la bandeja.

—Buenos días, señorita. Su tía ha pensado que quizá prefiera tomar hoy el desayuno

en la cama, ya que ayer salió hasta tan tarde —añadió, guiñándole un ojo.

—¡Qué detalle! —exclamó Callie, luchando por no sonrojarse mientras Jenny

depositaba la bandeja en su regazo y le ahuecaba las almohadas.

Tomar el desayuno en la cama era una costumbre decadente y deliciosa reservada

para ocasiones especiales como su cumpleaños, pero sabiendo lo moderna que era su tía

en lo relativo a los asuntos del corazón, seguro que pensaba que tener un amante después

de diez años de abstinencia era algo digno de celebrarse, tanto como cualquier festividad

del calendario.

Jenny se daba prisa en arreglar la habitación. Estaba sacudiendo su arrugado vestido

de noche con una risita mientras murmuraba «vaya, vaya», lo que confirmaba las

sospechas de Callie de que tanto la sirvienta como su tía sabían muy bien a qué hora había

regresado. Evitando su mirada, Callie se fijó en el contenido de la bandeja.

Le habían

servido todo lo que más le gustaba: unos mujfins calientes, bizcochos, mermelada de

melocotón y un cremoso chocolate a la taza en lugar de su habitual café.

Cuando Jenny le

dijo que volvería enseguida con los periódicos, Callie dudó unos instantes y le pidió que

no se tomara esa molestia. Ya habría tiempo más tarde para leer noticias, casi siempre

desagradables. Esa mañana, por primera vez en su vida, quería disfrutar de su desayuno,

pensar en un mundo distinto y disfrutar de las nuevas posibilidades que se le habían

abierto tras la velada de anoche.

La puerta se cerró con un chasquido. Sola de nuevo con sus pensamientos, Callie se

centró en su desayuno. No se dio cuenta de lo hambrienta que estaba hasta que dio el

primer bocado. Se había perdido la cena de la noche anterior, aunque había sido por el

mejor de los motivos. Hadrian.

Mientras masticaba intentaba recordar la palabra con la que él había descrito su

figura. Oh, sí, «generosa». En ese momento había pensado que el generoso era él, pero

ahora la curiosidad la llevó a echar un vistazo por sí misma. Se chupó la mantequilla que

tenía en el pulgar. Después de todo, estaba sola y nadie podía verla así que,

¿por qué no?

Descalza, caminó por el suelo de su habitación hasta el espejo, levantó los brazos y se

quitó el camisón de franela por la cabeza. Lo tiró sobre una silla, respiró hondo y se miró

al espejo.

La mujer de ojos grandes con el pelo revuelto cayéndole por la espalda no era una

sílfide, eso era cierto, pero tampoco una gorda, no era la «vaca» que le había hecho creer

su prometido desde la infausta noche de su baile de compromiso. Tenía los pechos

grandes, sí, bastante, aunque no tenían ni mucho menos aspecto bovino. Si eran algo, eran

unos pechos firmes y bien formados. Moviéndose para examinar su cuerpo más abajo,

tenía que admitir que no tenía precisamente una cintura de avispa, pero por lo menos

estaba donde tenía que estar. Si se quedara embarazada se ensancharía más; sin embargo

eso todavía quedaba muy lejos, si es que llegaba a ocurrir alguna vez. Tenía las piernas

largas, las nalgas y las pantorrillas firmes, no como las de las cabareteras que a veces había

visto en fotografías, con aquellas medias y faldas tan cortas. Se imaginó vestida como una

de ellas para un único espectador, Hadrian, y dejó escapar una risita que le hizo cosquillas

en la garganta. Respiró hondo y se puso de perfil. No tenía un trasero pequeño, desde

luego, pero tampoco tan horrible como ella siempre había pensado.

Durante muchos años se había visto fea, su cuerpo era su enemigo. Pero esa mañana,

desde ese mismo instante, estaba haciendo las paces con su físico. Y más que hacer las

paces con su cuerpo estaba dando carpetazo a su pasado, dejando atrás sus antiguas

inseguridades y sus miedos de una vez por todas. El suyo era un cuerpo de mujer, ni

grotesco ni tampoco el de una diosa. Tenía sus puntos fuertes y sus puntos débiles, pero

era un cuerpo sano y por esa razón bello. Ella era bella. Por primera vez en más de diez

años veía lo que los demás veían, lo que Hadrian parecía ver: a una mujer fuerte y todavía

joven con los deseos y necesidades de toda hembra joven y sana.

Unos deseos que él había satisfecho la noche anterior muy por encima de sus

expectativas más salvajes, de sus fantasías más secretas. Aun así, quería más de él, no solo

la mecánica de la satisfacción física. Quería que fuera su amante en el sentido más amplio

del término. No solo deseaba su cuerpo, que era un regalo maravilloso, sino también su

mente y su alma.

«Si hacemos el amor, no pasará mucho tiempo sin que quieras algo más de mí, algo

más permanente. Y te lo digo ahora, Callie: no tengo nada que darte, ni a ti ni a ninguna

otra mujer, salvo esto.»

Por primera vez desde que saliera de la cama su euforia disminuyó. Si pensaba de

una forma racional, tenía que darse cuenta de que debía contentarse con lo poco que él

quisiera darle. No estaba mal, y después de todo él la había advertido. Pero tras haber

saboreado la felicidad tan de cerca, ¿cómo iba a volver a sus viejas costumbres, a su vida

anterior?

Siempre quería más. ¿No había sido ese el error de su vida?

* * * * *

Callie no fue la única que no durmió aquella noche. Hadrian la había pasado

caminando por las calles de Londres desde que la dejó en la calesa. Después de dar

muchas vueltas, acabó llamando a la puerta de Gavin.

Cuando el sirviente de su amigo le hizo pasar al pequeño comedor de la casa, no le

sorprendió encontrarse allí con Rourke. Ambos alzaron la vista de sus platos, colmados de

costillas asadas picantes, huevos con mantequilla y una tostada, cuando entró.

—Harry, por Dios, tienes muy mal aspecto —le dijo Gavin, levantándose de la

cabecera de la mesa. A pesar de no ser todavía las nueve de la mañana ya estaba

impecablemente vestido—. Siéntate y toma algo para desayunar antes de que desfallezcas.

Hadrian retiró una silla y se sentó a la mesa. En un aparador cercano había unas

lonchas de bacón cubiertas con tapaderas de plata, pero ni siquiera las miró.

—¿Podrías ofrecerme algo para beber?

Desde el otro lado de la mesa, Rourke asintió con la cabeza.

—Creo que lo que quieres tomar no es precisamente un café. Aquí tienes, esto te

ayudará a despertarte —le dijo su amigo, echando mano de su botella de bolsillo. Se había

arremangado la camisa y dejaba a la vista sus musculosos brazos—. Es el mejor whisky de

Escocia. Ningún escocés que se precie puede salir de casa sin él.

Hadrian aceptó la botella y dio un buen trago. Luego la tapó y se la devolvió a su

dueño.

—Mucho mejor, gracias.

Gavin lo observaba pensativo.

—Para ser un hombre que desaparece antes de la cena con la encantadora Caledonia

del brazo no es que se te vea muy contento.

—La llevé a casa, fin de la historia.

—Ya, claro. ¿A casa de quién, a la tuya o a la suya? —soltó el escocés guiñándole un

ojo.

Había prometido a Callie que no hablaría de aquello con nadie, así que prefirió

cambiar de tema.

—¿Qué tal te fue con lady Kat?

Con una mirada que daba que pensar a sus amigos, Rourke se encogió de hombros.

—La conseguiré, es solo cuestión de tiempo. Sé que ya le rondo por la cabeza.

Hadrian le guiñó un ojo.

—¿Ah, sí?

Rourke alargó una mano por encima de la mesa y le propinó una colleja que le hizo

recordar cuando eran niños.

Gavin sirvió más café para todos.

—De hecho, estábamos hablando precisamente del amor cuando entraste.

Aquí

nuestro duro amigo —dijo mirando a Rourke— sostiene que o no existe, o bien que existe

pero solo como una forma de locura pasajera. En cambio, yo sostengo que cada alma tiene

su alma gemela —añadió sin hacer caso del gruñido de Rourke—. Mis propios padres

estaban muy enamorados. Cuando mi madre desafió a su familia para casarse con mi

padre lo dejó todo: su familia, sus amigos, su posición en sociedad y, sí, también su dinero.

Nunca oí salir de su boca una sola palabra de arrepentimiento. Cuando miro atrás y

recuerdo el edificio de varios pisos donde vivíamos veo que, aunque era un poco lúgubre,

mis padres hicieron de él un hogar y lo lograron mucho mejor que otros que viven en

grandes mansiones.

Cuando dejó de hablar, Gavin se dispuso a echar azúcar en el café, sin duda recordando el día en que, siendo solo un niño de diez años, volvió al edificio del East End

donde estaba su casa y se lo encontró en llamas. Tanto sus padres como una hermanita

pequeña, que entonces era solo un bebé, habían fallecido. Gavin se convirtió en huérfano y

le quedó de por vida la necesidad de salvar a todo el mundo de cualquier problema que

pudiera cruzarse en su camino. Incluso cuando todavía era un niño, Gavin siempre

rebosaba de esa calidad etérea que le distinguía de los demás. Le llamaban

«san Gavin»

bromeando, aunque por lo que Hadrian sabía no había ningún santo con ese nombre. Pese

a que le quería como a un hermano, nunca pudo entender a Gavin tan bien como a

Rourke.

Destapando la botella de whisky de nuevo, Rourke se echó un buen chorro en el café.

—Es una historia preciosa, aunque quizá tus padres sean la excepción a la norma;

aun así, insisto en que cualquier hombre que se enamore de Kat Lindsey o de cualquier

otra mujer se confunde. Lo único que quiero de lady Kat o de cualquier otra esposa es que

me caliente la cama, dé a luz a mis hijos y me sirva a la mesa. Con eso tendré más que

suficiente. ¿A que sí, Harry?

Hadrian dudó. Unas semanas antes habría dicho lo mismo que su amigo.

Pero desde

que Callie había entrado en su vida las cosas habían cambiado. Él había cambiado. Para un

hombre adulto que se había planteado el sexo como un servicio, algo que hasta ahora

hacía para aliviarse, hecho pensando con todo su cuerpo y, sí, con el corazón, era un

experiencia que había cambiado su vida, de la misma manera que el viaje de Saúl a

Damasco o el descubrimiento de Daguerre de un método para fijar las imágenes de una

cámara oscura. Milagroso. Maravilloso. Aterrador.

Como había llegado demasiado lejos como para echarse atrás, pues antes de que

nadie le tocara a Callie un solo pelo de la cabeza él dejaría que Dandridge le fuera

arrancando los brazos y las piernas uno a uno, tuvo que tragarse el orgullo y admitir que

le pasaba algo.

—Tengo un problema.

Gavin y Rourke le observaban e intercambiaban entre sí miradas de preocupación.

—Te ayudaremos, vamos. Dinos qué te sucede —soltó Rourke, que no era amigo de

hablar en balde.

Sin ahorrarse ni un solo detalle, empezó a relatar cómo había conocido a Callie en

Parliament Square, el episodio del callejón con los dos matones y, finalmente, la visita que

Dandridge le había hecho en la tienda y lo que le había ofrecido.

Cuando todavía no había terminado, Rourke dio un puñetazo en la mesa que hizo

saltar los platos y los cubiertos como si fueran de goma.

—Jesús, María y José, ¿en qué demonios estabas pensando? Ya te hubiera prestado

yo el dinero. Qué digo prestado, te lo hubiera dado y punto. Voy a dártelo, ya está.

Devuélvele a Dandridge el anticipo y dile que se vaya al diablo.

Hadrian asintió con la cabeza.

—Como si fuera tan fácil. Ahora sé demasiado de él como para que me permita

seguir con vida. Me ha amenazado, y no es que quiera decir que, llegados a este punto, mi

vida valga mucho. Si no le entrego la fotografía que quiere, la que hunda a Callie, será solo

cuestión de tiempo que consiga que caiga «vencida», como a él le gusta decir. Si el

proyecto de ley de sufragio universal por el que ella lucha llega a presentarse por tercera y

última vez, su vida estará más en peligro que la mía.

—¡Desgraciado! —gritó Rourke, que todavía tenía el pelo alborotado de haber

dormido. Estaba realmente furioso—. Podríamos acudir a los periódicos.

—De momento, solo es mi palabra contra la de un respetable miembro del Parlamento. Dados sus antecedentes y los míos, ¿a quién iban a creer en la calle Fleet, a él

o a mí?

Gavin, que no había dicho nada hasta ahora, se dispuso a hablar.

—Eso es cierto —dijo—. Tenemos que encontrar otra forma de resolverlo

—añadió

mirando a Hadrian con solemnidad—. Por supuesto, tienes que hablar con Caledonia y

contarle la verdad, toda la verdad, aunque solo sea para que esté sobre aviso.

Hadrian se pasó los dedos de una mano por sus cabellos revueltos, mientras recordaba lo mucho que le había gustado que Callie le acariciara el pelo y cualquier otra

parte de su cuerpo.

—Sé que tengo que hacerlo. Me odiará, por supuesto, pero eso es menos de lo que

me merezco.

Gavin negó con la cabeza.

—Si estuviera en tu lugar no estaría tan seguro de eso. Por lo menos dale la oportunidad de que te perdone. Quizá te sorprenda.

Rourke sonrió.

—Eso si no te corta antes las pelotas.

Sintiéndose un poco mejor ahora que había quitado aquel peso de su conciencia,

Hadrian se levantó y se encamino hacia la puerta.

Gavin miró hacia atrás sin darse la vuelta.

—¿A dónde vas ahora?

Aunque fuera un alma perdida, se maldeciría a sí mismo antes que arrastrar a Callie

consigo al infierno.

—A mi casa. Quiero estar presentable antes de ver a Callie.

Y así, sin más, cerró la puerta ante la atónita mirada de sus amigos.

Al salir a la calle, se puso a pensar que, antes de conocer a Callie, el sexo había sido

algo que sucedía fuera de él, un medio para conseguir un fin o un intervalo en el que se

había dedicado a deambular sin pensar en nada. Su cuerpo se había unido a otro pero su

cabeza no, seguía lejos. En cuanto a su corazón, bien, hacía mucho tiempo que no había

pensado en él.

Sin embargo, amar a Callie había hecho que todo eso cambiara. Aun en el caso de

que no volviera a verla jamás después de hablar con ella, estas últimas semanas juntos le

habían cambiado. Irremediablemente. Para siempre. Nunca más volvería a ser el mismo, y

aunque le dolía muchísimo el corazón y estaba aterrorizado, también se sentía…aliviado.

Seguir siendo Hadrian St. Claire le parecía más un problema, demasiado trabajo por algo

que no valía la pena, era como una patada en el trasero. Fuera quien fuese Harry Stone,

por fin estaba listo para aceptarlo de nuevo en su vida.

* * * * *

Lord y lady Stonevale tenían una modesta casa en la calle Arlington.

Mientras subía

las escaleras de mármol de la fachada de ladrillo, Callie sintió una punzada nerviosa. Al

contemplar el llamador de bronce con forma de cabeza de perro repasó mentalmente la

carrera política de Stonevale. Antes de heredar su título de conde y su condado, cuando

solo era Simón Belleville, había sido el protegido del último primer ministro conservador,

Benjamín Disraeli. Durante los quince años que pasó en la Cámara de los Comunes, se

había ganado fama de ser alguien sagaz e imparcial. En más de una ocasión, se había

pasado al otro lado del hemiciclo para apoyar alguna propuesta de los liberales relativa al

bienestar de mujeres y niños.

Manteniendo esa última idea en su mente, se sintió con más fuerzas y decidió llamar

a la puerta. El mayordomo que la abrió era un hombre de aspecto amable que tenía una

amplia sonrisa, regordete, con la camisa poco almidonada. No se parecía en nada al

individuo estirado que ella esperaba encontrarse como empleado de un parlamentario. En

lugar de tener que esperar en el recibidor mientras anunciaba su llegada, simplemente

movió la cabeza y le indicó que le siguiera.

—Por aquí, señorita, por favor.

El hombre la condujo por el vestíbulo recubierto de azulejos hasta la parte trasera de

la casa, dejando atrás el salón principal, para llegar hasta la biblioteca, que tenía las

paredes paneladas en madera de roble. La puerta estaba abierta. Mirando por encima del

hombro del mayordomo, Callie vio a lord y lady Stonevale calentándose las manos cerca

de la chimenea. Ella tenía un gato atigrado acurrucado en el regazo y él un perro mestizo

blanco y negro, con las orejas caídas, a los pies. La biblioteca estaba repleta de los más

diversos objetos, fotografías enmarcadas y toda una miscelánea de detalles que tenían que

ver con la vida familiar. Según parecía, aquella estancia era el corazón de la casa. De

hecho, la paz y la alegría parecían flotar en el aire.

Contemplar aquella escena era como ver un diorama. Lo hogareño del momento

ayudó a Callie a sentirse más cómoda, pero además le llegó al corazón.

Ante ella se

presentaba la razón misma de que cientos de poetas y filósofos hubieran empleado tanta

tinta y papel en exaltar las virtudes del hogar. Antes, esos textos le habían parecido basura

sentimental dirigida a subyugar a la mujer, sin embargo ahora consideraba que quizá no

se había dado cuenta de lo que aquello significaba en realidad. Tan ocupados como

estaban los dos Stonevale con sus carreras y sus causas, tenían un oasis al que regresar

cuando llegaban a casa. Se tenían el uno al otro.

Casi le dio pena cuando el mayordomo trajo la luz y el cuadro tan hogareño que

estaba contemplando desapareció: al abrir la puerta, se vio entonces ante un lord y una

lady.

—Callie... Señorita Rivers, estoy encantada de que haya venido —dijo con una

sonrisa radiante lady Stonevale, dejando al gato que tenía sobre el regazo en una silla

vacía que estaba justo a su lado para levantarse a continuación.

Lord Stonevale se levantó también y, al verlos uno al lado del otro, Callie no pudo

dejar de observar la buena pareja que formaban. Él era alto, de hombros anchos y

constitución atlética. Podría haber pasado muy bien por un hombre de unos cuarenta años

en lugar de uno que estaba cerca de los sesenta. En cuanto a ella, ataviada con un sencillo

vestido de tarde que destacaba su esbelta figura, se acercó a Callie para darle la mano con

la gracia natural de una bailarina.

Lady Stonevale pidió que les sirvieran el té y luego hizo señas a Callie para que se

sentara en uno de los dos magníficos sillones orejeros que había a los lados de la

chimenea. Lord Stonevale observaba con atención a Callie. «Me está mirando», pensó ella,

así que echó los hombros hacia atrás y se irguió.

Charlaron de asuntos fortuitos, como el tiempo, hasta que finalmente el tema cambió.

—He estado siguiendo sus esfuerzos y los avances de su proyecto de ley con gran

interés, y desde que anoche la conoció mi esposa no me ha hablado de otra cosa —dijo

lord Stonevale—. Le aseguro que no resulta nada fácil impresionarla pero usted lo ha

hecho, y por eso me decidí a conocerla.

—Es un honor, milord, y quiero agradecerles a ambos que hayan decidido dedicarme

parte de su tiempo.

—Mi esposa me ha hablado muy bien de usted, señorita Rivers, y le aseguro que no

da su aprobación a cualquiera.

La llegada del té hizo que la conversación se detuviera. Mientras lady Stonevale

servía e iba pasando las tazas y los platillos, Callie se fijaba en lo que ya sabía de la vida de

los Stonevale por su tía Lottie. Él había conocido a su esposa en circunstancias poco

convencionales, por no decir escandalosas. Después de veinticinco años, cinco hijos en

común y muchos nietos, la pareja seguía enamorada, y eso era algo que todo el mundo

sabía. Callie, a quien no pasaron inadvertidas las miradas de cariño que se lanzaban el uno

al otro, veía que era cierto.

Cuando estuvieron todos servidos, con su té y sus sándwiches, Stonevale recuperó el

hilo de la conversación.

—Como le estaba diciendo, señorita Rivers, aunque valoro positivamente los méritos

de su causa no dejo de tener algunas reservas.

Levantando la vista de su humeante taza de té, Callie captó la dura mirada que lord

Stonevale le dirigía.

—Y ¿cuáles son, milord?

—Algunas sufragistas parecen creer que ir por ahí destrozando los cristales de los

escaparates de las tiendas y otros objetos es el mejor método para lograr sus objetivos. Le

aseguro que esa manera de proceder no encontrará muchos amigos en el Parlamento ni en

ninguna parte.

La estaba poniendo a prueba. Ella podía sentir la intensidad de aquellos ojos oscuros.

Determinada a defender su causa, se dispuso a hablar para aclarar su postura.

—Le aseguro, lord Stonevale, que esos grupos no tienen nada que ver con la

Sociedad Londinense para el Sufragio Femenino ni con la confederación nacional a la que

pertenecemos. Dicho esto, la frustración de muchas no deja de estar exenta de motivos.

Hace más de veinte años que John Stuart Mili elaboró un proyecto de ley para el sufragio

universal y todavía seguimos sin representación, sin voz. Para decirlo de una forma

sencilla, pagamos impuestos pero nadie nos representa, una circunstancia similar a la que

llevó a las colonias americanas a levantarse contra Gran Bretaña hace más de cien años.

Está mal, milord, simplemente, y, con todo el respeto, ha llegado el tiempo de que eso

cambie.

Él asintió con la cabeza, al tiempo que jugueteaba con la pasta de té que tenía en el

plato, sin comérsela.

—El voto femenino a nivel nacional es para muchos una idea radical. Como todos los

jóvenes, señorita Rivers, todavía tiene que aprender el arte de la paciencia.

Si hay algo que

mi estancia en Oriente me ha enseñado es que a los británicos nos gusta imponer el cambio

en los demás pero nos cuesta mucho aceptarlo en casa.

Callie sorbió un poco de té.

—Y sin embargo, milord, nuestras paisanas han mantenido el derecho al voto en la

mayoría de localidades desde hace dos años y la sociedad británica no es peor por eso —

repuso ella.

Lord Stonevale mantenía su taza y su plato sobre las rodillas.

—La verdad es que su argumento es convincente, señorita Rivers, y aun así debo

admitir que en mis días de soltero me hubiera opuesto a tal medida. No obstante, el llevar

un cuarto de siglo casado con una mujer inteligente, valiente y maravillosa me ha abierto

los ojos en muchos aspectos, uno de ellos la tremenda fuerza y la compasión de las

mujeres —dijo mirando a su esposa con cariño y colocando su mano sobre la de ella—.

Christine es mi partidaria más leal y también la crítica más sincera. Para mí es mucho más

que una esposa, compañera y madre de mis hijos, aunque también tiene muchísimo de

todo eso. Por encima de todo es mi conciencia, mi corazón. No hay muchos asuntos sobre

los cuales no busque su sabio consejo.

Callie se fijó en los ojos ambarinos de la mujer y vio que casi se le saltaban las

lágrimas por la emoción, igual que a ella. Que alguien te quisiera así, te respetase así, te

amase así, debía de ser algo maravilloso. Aunque la noche que había pasado en brazos de

Hadrian había sido algo grande, ahora sabía que quería más de él, algo más que una noche

o que una sucesión de noches. Lo quería a su lado en lo bueno y en lo malo, en la salud y

en la enfermedad. Para siempre.

Lady Stonevale retiró la mirada de su marido y la dirigió a Callie.

—Lo que Simón trata de decir con su largo discurso es que ha decidido apoyar su

proyecto de sufragio universal, ¿no es así, cariño?

—Una vez más, querida, lo has resumido perfectamente —dijo él, sonriendo y

levantando la mano de su esposa con la suya para llevársela a los labios.

Lord Stonevale depositó un beso en aquella mano de finos dedos, para después mirar

a Callie.

—Por ese motivo, me reuniré esta noche con mi viejo amigo, lord Salisbury, en

nuestro club. Antes de la hora de cenar el primer ministro sabrá que voy a apoyar el

proyecto de ley para el sufragio femenino que usted defiende.

Lo máximo que Callie esperaba de esta cita era que Stonevale no despachara sus

argumentos al instante, que tras una cuidadosa valoración quizá pudiera convencerlo de

que votase a favor del proyecto. Nunca se imaginó que se convertiría en el líder de su

causa ante el primer ministro.

Impresionada, casi se le cae el plato del regazo. Intentó recomponerse antes de

hablar.

—Lord Stonevale, no se imagina lo que su apoyo significa para mí personalmente

pero, de manera muy especial, para las miles de británicas que llevan luchando durante

décadas para conseguir el derecho al voto, si no para ellas, para sus hijas y sus nietas. Le

aseguro, milord, que el tiempo le demostrará que la confianza que ha puesto en mí, en

nosotras, ha valido la pena.

Stonevale asintió.

—En ese caso, señorita Rivers, tiene mi palabra de que haré todo lo que esté en mi

mano para apoyar su causa y que el proyecto de ley llegue a una tercera lectura en la

cámara, incluido el levantarme de mi escaño y proclamar: «Derecho al voto para la mujer

ya.»